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Libro PDF Lo Que Tengo Que Contarte Julia Montejo

 Lo Que Tengo Que Contarte  Julia Montejo

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Amaia no estaba cuerda. O eso decían. Pero ella solo se sentía atrapada, confinada en una estrecha realidad de muros imponentes. Eso no significaba que estuviera loca,
se repetía una y otra vez cuando las voces en su interior le exigían seguir buscando, no conformarse con la mediocridad a la que parecemos abocados en esa carrera
perdida contra la vida. Para ella, los locos eran los demás, aquellos que se malograban con parejas que no amaban, con trabajos que aborrecían, con amigos que no lo
eran. También los que proclamaban las bondades de la soltería y los que insistían hasta la saciedad en que una mujer o un hombre no necesitan a otra persona a su lado
para ser felices. Patrañas. Amaia sabía que para creer en la felicidad tenías que sentirte completo, y que el verdadero amor no nacía de un encuentro sino de un
reencuentro. Estaba escrito en su memoria. Hacía muchos años que ella había elegido su manera de vivir, o mejor, de buscar.
Amaia cerró los ojos para sentir el aire sobre su rostro. Volvió a abrirlos y contempló el desapacible y negruzco líquido ante ella, y el horizonte infinito tras los
mendrugos que enmarcaban la bahía. A nadie se le ocurriría salir de casa en una noche como aquella. El viento empezó a soplar con fuerza, ni una estrella para alumbrar
la oscuridad. Amaia no quiso ver más. El agua helada a la altura ya de sus muslos resucitó la más absoluta soledad, la que absorbe el aliento hasta asfixiarnos. El
detonante había sido una nueva decepción. Antes se levantaba tras cada caída con cierta desenvoltura, pero ahora las rodillas estaban doloridas por los golpes y la
búsqueda empezaba a perder sentido… ¿Por qué ella iba a tener más suerte que las mujeres que le precedieron? Sintió que su cuerpo temblaba. La ropa se pegó a sus
piernas. Qué curiosa sensación la de las envolturas que nos aprisionan, que nos esclavizan, y que luego se resisten a dejarnos ir. Respiró profundamente implorando una
señal que alumbrara el camino tantas veces equivocado. Hacía demasiados años que ella era el resto de un naufragio y estaba muy cansada.
Tomó aire de nuevo, esta vez con más esfuerzo. El frío que se había instalado en los huesos de sus piernas se extendía por el resto del cuerpo. Era un frío que
procedía de siglos pasados. Volvió a temblar. Fuera de la bahía, el mar se agitaba sin miramientos. En el Peine del Viento el agua se enredaba obstinada entre las púas de
la escultura de Chillida y gigantescos chorros de espuma oscura y tinta cabalgaban hacia el cielo fuliginoso. Y por allí paseaba él.
Asier necesitaba el mar para respirar. Se sentía parte de él, compuesto de su misma esencia. Por eso, cuando aquella noche oscura fue convocado por el Peine del Viento,
cogió su viejo cuaderno de notas y se dejó arrastrar hacia el hierro y la roca, eternamente revividos por las fuerzas de la naturaleza.
A lo lejos, la ciudad se preparaba para acostarse, pero a él siempre le costaba conciliar el sueño. El hijo del antiguo meteorólogo de San Sebastián hacía años que no
compartía su vida con nadie y se aburría a sí mismo. Solo allí, en el Peine del Viento, lugar mágico y férvido, se sentía, por unos instantes, vivo.
Ni una estrella. Cerró el cuaderno. ¿Sobre qué iba a escribir? ¿Otra vez sobre su soledad? Con cada año, se daba cuenta de lo poco que crecían sus experiencias. El
silbido de la galerna que se aproximaba, el mar y el estallido de las olas, el poder de la naturaleza frente al hombre ya habían quedado retratados en sus páginas pero ¿qué
más? Faltaban tramas en sus historias y sobraban adjetivos vacíos. Está bien, pensó para sí mirando al cielo, quizá una noche como aquella no era el mejor momento
para hacer balance de lo que había conseguido en sus casi cuarenta años de vida. Era hora de regresar a casa, y hasta su piel llegó el calor de los radiadores que había
dejado encendidos antes de salir.
Asier había retomado ligero el camino por el paseo marítimo que bordeaba la bahía cuando Amaia Mendaro llamó su atención. Al principio dudó. ¿Era una persona
aquella figura en el mar? Sí, claro que lo era. Una mujer, a juzgar por el pelo largo. Aceleró el paso. Un momento: ¿iba vestida? Una borracha o una demente. En todo
caso, alguien a quien la vida no importaba demasiado.
—¡Eh! ¡Eh, tú! —gritó desde la orilla. Maldita sea, ¿iba a tener que meterse en el agua para sacarla?
La silueta se volvió hacia él. Una ola la hizo tambalearse. Parecía esbelta, embutida en unos vaqueros y una gruesa chaqueta de lana clara. Aguzó la mirada intentando
encontrar sus ojos, pero el rostro permanecía oculto por las sombras.
—¡Vamos, sal de ahí! —le ordenó Asier con contundencia. ¿Era acaso una suicida? ¿Y qué se dice en estos casos? Al ver que ni sus palabras ni su presencia causaban
ningún efecto, soltó el cuaderno y empezó a descalzarse—. ¡Por favor, sal! Joder, ¡no me hagas entrar a buscarte!
La chica no parecía tener intención de obedecer: se volvió hacia el mar y continuó avanzando, así que a Asier no le quedó más remedio que quitarse los zapatos, el
abrigo y el jersey y acudir en su ayuda. El agua helada le aceleró más si cabe el pulso. ¡Vaya noche!
—¡Eh! ¿No me has oído? —le gritó al alcanzarla. El agua le llegaba a la altura del pecho. Amaia se volvió hacia él. Tenía los ojos verdes y profundos, e irradiaba una
extraña seguridad. No se molestó en responderle. A Asier le asombró su templanza ante la situación. Una serenidad extraña—. ¡Vamos!
La agarró del brazo y ella, por suerte, se dejó llevar. La salida del agua fue engorrosa. Sus cuerpos tiritaban.
—Joder, ¡qué frío! —exclamó Asier vistiéndose apresuradamente. La ropa y la mitad de la melena de la mujer estaban empapadas, y no tenía nada seco que ponerse
—. Vamos, vas a pillar una pulmonía.
Pero Amaia se limitaba a observarle. Su mirada se detuvo en el cuaderno sobre la arena. Parecía ida. No se quejaba.
—¿No tienes más ropa? No, claro que no —se respondió a sí mismo—. ¿Qué hago contigo ahora? Vamos al hospital.
—No. Estoy bien. ¿Qué escribes?
A Asier la pregunta le pilló desprevenido. Entonces se fijó en que ella tenía la vista fija en su cuaderno.
—Algún día algo que valga la pena, espero. Venga, te llevo al hospital.
—De eso nada. Me voy a casa.
Amaia se dio media vuelta. Asier no podía dejarla ir así.
—Espera, te acompaño —anunció apresurándose tras ella.
La luna salió de detrás de una densa nube, iluminando imágenes e ideas.
—¿Cómo te llamas? —le preguntó Asier.
—Amaia Mendaro.
—Yo Asier.
Ella se detuvo, sin dejar de temblar. Sus ojos se iluminaron como los de una niña que acaba de realizar un grato descubrimiento.
—Claro… Asier; si eres el principio en nuestra lengua, como yo soy el final.
—¿Dónde vives?
—Puedo ir yo sola. Estoy bien.
—No voy a dejarte así. Muy bien de la cabeza no puedes estar cuando…
Ella le lanzó una mirada dura, determinada.
—No insistas. No pensaba suicidarme, si es eso lo que estás pensando —le aseguró tajante.
—Solo quiero ayudarte —respondió Asier.
Ella hizo una mueca extraña que él no supo interpretar, quizá simplemente producto de los temblores que la recorrían. Asier le puso su impermeable por encima de
los hombros. La mueca era ahora una sonrisa.
—Perdona. No te preocupes por mí, de verdad. He estado peor.
—Pues si has estado peor, no hagas más tonterías.
Tras la sonrisa, el sarcasmo de ella:
—Umm, se nota que tu vida no ha corrido nunca peligro. Yo sé qué es hacer cualquier cosa para sobrevivir.
Asier la miró escéptico y también molesto.
—¿Ah, sí? ¿Como qué? —le preguntó retador.
Ella no respondió. Se puso a caminar hacia el paseo marítimo y él la siguió.
—¿Qué te parece comer carne humana?
Las desconcertantes palabras de Amaia actuaron como un revulsivo. ¿Pretendía deshacerse de él?, se preguntó para sí. Aquella mujer no estaba en su sano juicio.
¿Debería despedirse, alejarse de aquella extraña? Su aspecto no era el de una sin techo… No, él no se iría. Si lo hacía, quizá no volvería a verla y sentía curiosidad. ¿Qué
tenía que perder? ¿No acababa de lamentar ser un tipo aburrido? Además, no parecía peligrosa.
—Venga ya. No te creo.
Pero Amaia ni se inmutó.
—Tú también lo habrías hecho —continuó Amaia—. El ser humano hace lo que sea necesario con tal de sobrevivir.
—¿Tú has comido carne humana? —insistió él con incredulidad.
Amaia asintió con sus profundos ojos verdes.
—Llevábamos más de una semana alimentándonos de líquenes y con una temperatura que superaba los veinte grados bajo cero. Íbamos a morir. Islandia puede
convertirse en un infierno atroz. —La mirada de Amaia viajó por el tiempo y el espacio ante el rostro atónito de Asier—. No podía permitirme morir así. Primero pensé
que sería por mi ánimo de venganza, pero luego me di cuenta de que no era eso. Era la vida lo que me importaba.
Asier la miró confundido e intrigado.
—¿Y cuándo fue eso? —le preguntó.
—Hace mucho tiempo. En aquella aventura fatal, solo quedábamos siete y albergábamos muy pocas esperanzas. Es muy duro ver morir a los compañeros, uno a uno.
Además no sabíamos si el otro grupo sobrevivía, y Ari nos pisaba los talones.
—¿Ari? —repitió Asier intentando orientarse. Aquella mujer de unos treinta y pico, puede que incluso cuarenta, o quizá veintimuchos, era difícil asignarle una edad,
lo tenía desconcertado. ¿Qué pretendía? No estaba la noche para pasarla charlando a la luz de la luna y sin embargo, él era incapaz de seguir su camino.
—Ari Magnusson, el alguacil que había designado el rey danés. Un tipo ambicioso y sin escrúpulos. En realidad, un mediocre sanguinario. Esos son los más
peligrosos. Siempre nos habíamos llevado bien con los islandeses, pero en esta ocasión fue distinto y muchos de los nuestros murieron. Los que quedamos nos
dividimos en dos grupos para sobrevivir. Así las cosas, nos perseguían los hombres del alguacil y los islandeses. Sin embargo, a medida que pasaban los días, el frío se
convirtió en nuestro mayor enemigo.
—¿Qué me estás contando?
Amaia le miró muy ofendida.
—Me estoy molestando en contarte mi vida porque me has sacado del agua. Si no te interesa, me voy. Tengo mucho frío.
Asier asintió. Claro que tenía frío. Pero ¿qué demonios de historia era esa?
—Perdona, es que no entiendo lo que dices. No hay ningún rey danés que yo sepa, y eso de que os perseguían, ¿por qué?
—Bueno, es que todo ocurrió en 1615 —respondió ella con total naturalidad—, aunque yo lo recuerdo como si fuera ayer. Los dedos de los pies se me congelaron y
poco después de lo que te cuento, tuvieron que cortarme los dos meñiques. Un dolor como ese jamás se olvida, te lo aseguro.
—A ver, demuéstramelo —pidió Asier señalando sus pies.
—Pero ¿cómo te lo voy a demostrar? ¡Entonces tenía otro cuerpo! ¿Quieres que siga o no? ¿Acaso no estás aburrido de tu vida? ¿Tienes mujer? ¿Hijos?
Asier negó, atónito, molesto. Las sorpresas e interrogantes se acumulaban a cada paso. Amaia intentó contener la sensación de alivio que le produjo no haberse
equivocado con él. ¿Quién si no saldría por la bahía a esas horas en una noche como esa?
—¿Otro cuerpo?
—Va, déjalo —dijo ella. Y subió por las escaleras hasta el paseo marítimo. Aquello era un envite y él picó el anzuelo. Podía haberla dejado ir entonces, pero no fue
capaz de resistirse. Su alma de escritor frustrado se puso en guardia.
—¿Y qué sentiste? Al comer carne humana, me refiero —preguntó Asier siguiéndola ya sobre los losas del paseo.
—Lástima. Pena por mí misma, por lo frágiles que somos. No solo nuestro chasis es delicado, sino también nuestra alma.
Asier sintió una angustia tremenda.
—Entonces, ¿qué sentido tiene todo si nos convertimos en animales ante la adversidad? —preguntó.
Amaia se volvió hacia él y le cogió de la mano con una ternura extraña.
—Recuerdo la sensación en mi boca —continuó—. El regusto como de metal, de hierro, y las ganas de vomitar. El cuerpo de nuestro amigo estaba todavía caliente, si
no nos apresurábamos a ingerirlo corría el riesgo de congelarse. No podíamos hacer fuego y, desde luego, no había tiempo para remilgos. Nos perseguían muy de cerca.
Lo echamos a suertes. Mikel de Justía fue el encargado de cortar los pedazos. Pensé que el hambre nos daría valor, pero no fue tan sencillo. Oímos en silencio las
arcadas vacías, el llanto ahogado de Mikel mientras convertía a una parte de Salvador de Larramendi en nuestro alimento. Lope sintió unas náuseas incontenibles y
vomitó bilis verde sobre la nieve. A continuación anunció que él no iba a comer. Que prefería morir. Estábamos a punto de condenarnos para siempre en el infierno. En
el siglo XVII, imagínate. La mayoría éramos fervientes católicos apostólicos romanos y sus palabras nos hicieron dudar… —Amaia detuvo la narración por un instante
para mirar al mar oscuro con añoranza—. Era más sencillo creer en Dios en un mundo en el que la vida parecía no tener tanto valor, expuestos a una naturaleza que ni se
comprendía ni se podía controlar. Pero yo sabía que comer era nuestra única oportunidad de supervivencia. Les dije que pensaran en Cristo, en su cuerpo que nos
alimentaba, y que tenían la obligación de mantenerse vivos. Abandonarse a la muerte era el mayor de los pecados. La verdad es que ni yo misma terminaba de creerme
mis palabras. No sé de dónde diablos nacían. En aquellos días, a menudo me oía a mí misma sin reconocerme. Me había convertido en líder de la expedición por derecho
propio, por mi habilidad para comunicarme y por mis agallas. También por mi falta de escrúpulos a la hora de hacer lo que fuera necesario para proteger al grupo.
Entonces las mujeres no lo teníamos nada fácil y era insólito que una chica vasca hubiera podido cruzar el mar hasta aquellas tierras en un mundo hecho a medida del
hombre. Aceptaron mi liderazgo porque veían en mí a una bruja, una mujer que no podía ser humana pero que, por alguna inexplicable razón, pertenecía a su grupo y
estaba de su parte. Recuerdo de aquellas horas espantosas el intenso sabor a sal.
—¿Sal?
—La de las lágrimas que se congelaban en mis mejillas. Y los lamentos ahogados de Mikel y Lope —siguió Amaia—. También el frío extremo que nos ayudó a
anestesiar el corazón y las entrañas. Pero sobrevivimos porque era nuestro deber.
—No sé si yo sería capaz —comentó Asier, tan absorto en la narración que su incredulidad inicial había quedado suspendida.
—Claro que sí. Tú desciendes de esos hombres. La misma sangre corre por tus venas.
—¿Cómo retomas la vida tras algo así?
Amaia trazó una sonrisa cansada en los labios: la del que ha vivido y visto mucho. Mucho más que yo, pensó Asier. Y, de pronto, el escepticismo regresó. Aquello
que contaba no podía ser real.
—La vida ya no es igual, por supuesto —continuó la mujer—. Pero nunca lo es, hagamos lo que hagamos. Lo que quería que entendieras es que personas como yo,
sin nada en este mundo, en las condiciones más adversas, fuimos capaces de saltarnos las leyes del hombre y de la naturaleza para sobrevivir.
Amaia suspiró con fuerza e intentó poner un poco de orden en su revuelto cabello negro. El gesto descubrió en la penumbra una cicatriz que arrancaba debajo de la
oreja izquierda y se alargaba por el pecho.
—Entonces, ¿por qué te has metido hoy en el agua? —preguntó Asier recuperando cierto sentido de realidad.
—Porque aquí hay espacio para buscar —respondió ella con tristeza.
El firmamento dio la tregua por concluida y negros nubarrones comenzaron a descargar con fuerza sobre ellos.
—Vamos —le dijo Asier—. ¿Dónde vives?
Amaia le miró a los ojos y el tiempo se quedó en suspenso, sin coartada.
—¿De qué tienes miedo, Asier?
Asier se quedó descolocado. Definitivamente, esa mujer no podía estar cuerda.
Todo tiene una grieta, así es como entra la luz, recordó Asier de la canción de Leonard Cohen, su favorita. Amaia tenía unas cuantas grietas.
—Alimentarnos de nuestro amigo fue solo una muestra más de nuestra ansia por vivir. Y eso que, para entonces, ya éramos casi fantasmas. Como te he dicho, fue
mucho más lo que tuvimos que hacer para subsistir, y todo ello ayuda a explicar la naturaleza auténtica del hombre. Te lo contaré, si te interesa. Serás el único que sepa
la verdad porque todos los que regresamos a casa hicimos un pacto de silencio que jamás se rompió.
—¿Y tú vas a romperlo conmigo? —preguntó Asier suspicaz. Pero, a pesar de la lluvia que arreciaba sobre ellos y de la extravagancia de la historia, seguía siendo
incapaz de marcharse.
—Soy la única persona que puede y estoy convencida de que cuatrocientos años después, lo ocurrido tiene un valor que me exime del juramento. Pero tengo que
contarte la historia desde el principio. Fuera de contexto, la verdad se tergiversa. Además, quizá tú también puedas ayudarme. Quién sabe… ¿Te interesa?
Asier asintió. No fue una decisión meditada, simplemente asintió y Amaia levantó la vista al cielo para que las gotas de lluvia corrieran por su hermoso rostro.
—Izena duen guztia omen da —dijo.
—Todo lo que tiene nombre existe —tradujo Asier.
Amaia, satisfecha, se levantó de un salto, de nuevo llena de vida y con un humor excelente.
—Es decir, que yo existo. Recuérdalo mañana, cuando despiertes y dudes de mí.
Amaia Mendaro salió corriendo hacia la ciudad, y su figura desapareció tras la cortina de mar y lluvia. Ella se fue, pero quedaron las palabras de quien un día de 1615
fue Amalur, y de esas palabras quizá nació una historia que alguien tenía que contar.
2
Estoy tumbada sobre el pasto tierno del final de la primavera. Ni el sol ni la brisa que se escurre entre las hojas de los castaños han conseguido borrar el olor a humedad
de la noche. Puedo oír el silbido suave entre las ramas: los espíritus de mis antepasados han salido de las grutas para aconsejarme y yo me afano por atrapar sus voces.
La más ronca es la de mi abuelo.
Las hojas siguen meciéndose al mismo ritmo, el mismo siseo tranquilo, el mismo olor a hierba fresca…, un ciempiés empieza a escalar por mi mano. Giro la cabeza,
sin incorporarme, para observarlo mejor. Al darme cuenta de que pretende regresar a la libertad me incorporo para impedírselo. Presiente el peligro. Casi puedo oír su
pulso desbocado. Su miedo es mi miedo. Además, va a perder su libertad de la peor de las maneras: sin violencia aparente. Suspiro y lo dejo marchar.
El cielo azul ahora está pintado con nubes blancas y esponjosas. Si todo pudiera ser tan fácil, si yo pudiera ser una más… Veinte son ya años. Entiendo que mi
padre, con el que nada tengo en común, se preocupe, pero me angustia ese futuro tan envidiado por mis primas. A mi modo de ver, el dichoso matrimonio no significa
más que la obligación suprema y definitiva, el castigo que merezco por sentirme diferente. La cuestión es ¿diferente de quién? No de mis seis hermanos, que han podido
elegir su destino. A ellos solo puedo envidiarlos. Diferente de mi madre, de mi abuela, de mis primas y vecinas. De todas las mujeres, o más bien de todas las que llevan
una vida decente. Excluyo a la viuda de Bermeo. Ella se las ha ingeniado para vivir como se le antoje gracias a su valentía. Recibió por contrato dotal aparejos para la
caza de la ballena y, cuando falleció su marido en un accidente en el astillero de Astigarribia, organizó a un grupo de hombres para capturar en su nombre el codiciado
cetáceo. Después montó unas calderas cerca del mar en las que derriten las tiras de grasa y las convierten en aceite. Hoy es una mujer rica y elegante. Todos la respetan
y visita a su única familia, vecinos de un caserío colindante, cargada de regalos en primavera. El año pasado la criticaron mucho porque se ha construido un palacete para
sí sola en un alto de Deba, y en el dintel ha mandado labrar un escudo con cuatro remeros, uno de ellos lanzando un arpón a una ballena. Aquí no se conoce mujer igual.
—¡Amalur! —grita una voz varonil. Es mi hermano mayor. Me llama desde el enorme caserío de piedra gris, construido por el abuelo hace cuarenta y pico años en lo
alto de una loma vecina. Los Mendaro fueron meros arrendatarios hasta que el abuelo Joan, el menor de ocho hermanos, se echó a la mar para prosperar. Valiente y
temerario, volvió con lo suficiente para comprar un terreno, construir un caserío moderno y casarse con la moza más rica y bella del pueblo. Joan Mendaro murió
cuando yo tenía catorce años, en el año de Dios de 1609, pero mi abuelo y yo seguimos conversando.
Me levanto con premura. Se hace tarde para ir a la iglesia. Debería comentar con don Bautista mis preocupaciones. El cura siente simpatía por mí. Íñigo y yo siempre
hemos sido sus pupilos preferidos. ¡Ay, Íñigo! Si no anduviera tan malhumorado últimamente, podría hablar con él. El menor de los Ayestarán es mi amigo del alma,
pero lleva unas semanas insoportable. Me molestó que me llamara Amalur Mendaro, ¡con nombre y apellido!, y me exigiera retirar las vacas de la alberca porque según
él llevaban allí ya demasiado tiempo. Pero no, no debo disgustarme con él. Íñigo tiene problemas en casa. Su hermano mayor, un idiota prepotente y engreído que no ha
podido aprender ni la primera declinación del latín, va a quedarse con todo. Íñigo no quiere ordenarse sacerdote. Tampoco cuenta con posesiones de ningún tipo para
poder casarse. Sus opciones se estrechan a medida que pasan los meses y, ante la inminente boda de su hermano, su padre le ha dado un ultimátum: o la Iglesia o la mar.
Íñigo tiene demasiados problemas para preocuparse por los míos.
Llegamos los últimos a la misa. Nuestros paisanos ya están dentro, esperando la salida del sacerdote al altar. En mi aldea todos están muy orgullosos de esta iglesia.
Las hay más modernas, pero la nuestra fue construida por los últimos visigodos, los primeros cristianizados en estas tierras. Tiene en el ábside un hermoso arco en
forma de herradura y dentro te sientes segura. Me apresuro hacia el banco de las Mendaro mientras mi hermano se dirige a las escaleras para oír misa desde arriba. No he
anudado bien el pañuelo marrón oscuro bajo mi barbilla y lo ajusto. Las viudas, solteras y doncellas suelen afeitarse la cabeza pero yo me negué y mi padre no ha
podido imponerse a mi amenaza: tirarme de lo alto de las peñas. Sé cuándo y cómo hablar. Es difícil para los hombres imponer su criterio sobre los deseos de una loca.
Dos de mis tías, una soltera y otra casada, se quitaron así la vida. Me salí con la mía, para vergüenza de mi padre. A cambio, le prometí que siempre entraría cubierta en
la iglesia. Me siento junto a mi tía Martika, casada con un orfebre. Vive cerca del pueblo y le gusta presumir de su hermosa toca negra y verde.
El sacerdote habla sin parar. Yo suelo atender, pero hoy no. Hoy me siento demasiado viva, demasiado consciente de mi yo, de mi prisión. Y desde detrás de las rejas
observo a los que me rodean. Miro de soslayo hacia atrás. Íñigo, junto a sus cuatro hermanos, sigue la liturgia con fervor. Él es así: tiene una fe capaz de mover
montañas. Le envidio por ello, aunque me detengo por un instante en su rostro y me sorprende su expresión. Siento lástima. Incluso enredado en la plegaria, aferrado a
la mecánica de las palabras de las que intenta extraer un significado, una esperanza o mejor, un camino, la mirada de Íñigo trasluce el fracaso de su empeño. Tiene fe pero
sabe que la carrera religiosa no es una opción para él. Le conozco bien. Mi amigo del alma ya sabe del dolor de ir contra la propia conciencia. Íñigo ha aprendido y se ha
reconocido en las lecciones con los griegos. Nuestro querido maestro, el sacerdote, es un hombre de vasta cultura, y muy viajado. Conoció los Estados italianos en su
juventud. Nadie sabe muy bien cómo acabó en la aldea, pero él se ha convertido en nuestra única ventana al saber y al mundo. La tierra es un lugar muy grande, enorme.
Sus confines, inabarcables desde la perspectiva humana. Gracias al sacerdote letrado, Íñigo y yo hemos conocido a Plutarco y este nos descubrió al gran Alejandro en
una de sus Vidas paralelas.
Íñigo y yo estamos convencidos de que el griego, el latín y el estudio en general nos van a sacar de este mundo oscuro en el que la Iglesia y la incultura han hecho
desaparecer los anhelos personales. Íñigo cree que Dios no es incompatible con sus deseos de ser alguien. Él ambiciona. No sabe muy bien qué, pero no quiere
convertirse en un viejo con la mirada perdida que cuida de su rebaño. Y cuán intolerable se le hace haberlo descubierto. ¿Ha sido todo un error?, se pregunta una y otra
vez. ¿Ha sido el ansia de conocimiento su propio castigo? Ya es muy tarde para lamentar una instrucción muy superior a la de sus paisanos, a la de su propia familia.
Solo yo puedo entenderle, y si a él los estudios no parece que vayan a servirle de nada, a mí, como mujer, mucho menos. ¿Por qué tengo que casarme? La rabia me
ahoga, y este no es el momento.
A pesar de lo bien que lo conozco, como si hubiéramos nacido del mismo vientre, en las últimas semanas está raro. Algo esconde, y me evita. Quizá es su enfado
contra el mundo, pero presiento que hay algo más, algo contra mí. Quisiera darle con la garrota en la cabeza. Íñigo es un hombre. Yo una mujer. Mis ataduras serán
mayores. ¿Por qué parece molesto conmigo? Un frío helado me hace estremecer y al instante noto la mirada de Martin Lurra, mi futuro marido. Me vuelvo rápidamente
hacia el cura. Mi pretendiente me asusta. Me desagradan sus ojos pequeños y penetrantes. La noche anterior pasé varias horas junto al fuego con mi padre que hizo lo
posible por darme razones para aceptar el matrimonio. Pero soy un hueso duro de roer y Joan Mendaro, que así se llama mi padre, heredero del nombre familiar y de
algunas cualidades del abuelo, me dio finalmente la única razón para casarme que podría hacer el enlace más tolerable: Martin Lurra es un hombre de mar, embarcará tras
la boda y estará meses fuera. Hace unos años amasó una pequeña fortuna en el mar del Norte y se nota que es de esos hombres que necesitan demostrar valía y dureza
para que su existencia tenga sentido. Por un momento le envidio porque yo no encuentro sentido a la mía. Vagabundeo por mi miserable futuro pero su mirada en mi
espalda me atraviesa. Martin Lurra no estará mucho en casa. Volverá con dinero y, en cuanto se acabe, regresará al mar. Es el mejor partido de la zona. No aparecerá
nadie mejor y debo apresurarme: ningún hombre quiere una esposa vieja y resabiada. No dije que sí, pero prometí considerarlo.
Termina la celebración y todos salen. Todos menos yo. Mis rodillas están literalmente pegadas al frío suelo de piedra, mis ojos atrapados en la tosca imagen del Cristo
sobre el altar. Tardo en advertir que me he quedado sola. Regresa la sensación de que la vida no es un fluir constante, sino una fuente que mana y desaparece bajo tierra,
resurge a veces como un hilo, otras como laguna. Está plagada de elipses. Y en ellas, a muchos la vida se les va… ¿Me he quedado dormida? Intento girar la cabeza pero
no puedo. Los labios no se despegan. Una mano fría se posa sobre mi hombro.
3
—Amaia, ¿estás bien?
Amaia jadeaba, apoyada en la verja de entrada al caserón. La carrera, la lluvia y el cansancio de otras vidas todavía girando en espiral a su alrededor. Su vecina,
Anastasia, una elegante anciana de pelo blanco impecablemente peinado en un moño alto, estaba frente a ella, protegida por un paraguas y un anticuado impermeable
transparente. Su rostro reflejaba preocupación.
—Sí, sí, es que me ha pillado la lluvia —respondió Amaia intentando sonreír.
La anciana movió la cabeza con disgusto. Ella vivía y dejaba vivir, pero aquella chica la afligía. Había pasado mucho y estaba sola en el mundo. ¿Por qué no se echaría
un novio que la cuidase?
—La próxima vez coge un paraguas o quédate a resguardo. Y cámbiate la ropa cuanto antes.
Amaia asintió. Anastasia era la única vecina que la había conocido desde niña. La única que había conseguido sobrevivir a las tentadoras ofertas de las constructoras.
Adoraba su mansión familiar de principios del siglo XX, con sus vidrieras modernistas que miraban al mar, su soledad, su estilo de vida al margen de los tiempos. Como
ella decía, solo saldría de su casa con los pies por delante. Y para decepción de sus herederos, unos sobrinos que vivían en Soria y la visitaban religiosamente cada
Semana Santa, disfrutaba de unos espléndidos setenta y seis años.
—Ahora mismo me cambio. Lo prometo —la tranquilizó Amaia mientras abría la puerta del caserón en el que vivía desde que regresó de Madrid. Al cerrar, se hizo el
silencio. Fuera quedó la tormenta, el ir y venir interminable del mar y el viento furioso, y el recuerdo de un episodio que preferiría haber olvidado. Pero lo traería de
vuelta para Asier, porque lo necesitaba, porque sentía que era su deber devolverle las ganas de vivir. Y quizá en el camino, su amado regresaría a ella. Suspiró. No era
fácil mantener la esperanza después de tantos siglos.
La casa estaba a oscuras pero se adivinaba el abandono en el que se encontraba sumida. Se dirigió por la mullida y desgastada moqueta hacia una puerta junto a la
escalera y por allí bajó al sótano mientras se desprendía de la chaqueta empapada. Al final, junto al último escalón, dirigió la mano certera al interruptor. Se hizo la luz
en las entrañas de la mansión, y recordó la historia de Jonás, en el útero caliente y protector de la ballena. La idea de que un adulto pudiera encontrarse en la oscuridad
de un espacio acolchado, con kilos de grasa entre él y la realidad, un espacio en el que ni siquiera los propios movimientos de la ballena revolcándose en la superficie o
sumergiéndose en las profundidades se percibieran, le resultaba sumamente seductora. El mar, el agua. La lluvia humeante de la ducha. ¿Se encontraba bien? Sí,
perfectamente.
4
—¿Amalur? Amalur, ¿te encuentras bien? —me interroga el padre Bautista.
Mi respiración se reactiva con una sonora inspiración. El movimiento vuelve a mí. Tiemblo como si hubiera visto al diablo.
—Sí, sí. Es que… quería estar un rato a solas con Dios Padre —miento.
El padre Bautista me conoce y hace un gesto de incredulidad con las cejas.
—¿Qué te preocupa? ¿Necesitas hablar?
—No, no. Ya lo he hablado con el Altísimo.
—No te creo.
—¿Por qué? —pregunto levantándome molesta—. Aquí todo el mundo dice hablar con Dios. ¿Por qué yo no?
—Más que hablar, mantienen monólogos —responde el sacerdote con una sonrisa. Y me desarma. Me gusta su sentido del humor. Refunfuño. No quiero hablar con
él. Siempre me lleva a su terreno—. Acompáñame a la sacristía. Necesito ayuda para doblar las casullas. Esta tarde vienen las monjas a limpiar y no quiero que piensen
que estoy hecho un viejo desastrado.
Le sigo. Porque le admiro. Porque reconozco en él a un maestro, sabio y sereno. Debe de tener por lo menos cincuenta años. Observo la incipiente chepa y el pelo
ralo y blanco que cubre su nuca. Siempre con la misma sotana negra raída. Poco preocupado por las apariencias. Su dignidad como hombre de Dios procede de su
dignidad interior como hombre de letras.
—Padre Bautista, no deseo casarme, y menos con Martin Lurra —comienzo mientras doblamos la mantelería que cubre el altar. Me da un vuelco el corazón al
escuchar mis palabras descaradas, provocadoras. Ahora vendrá el sermón. Pero sostengo la mirada, desafiante. No es difícil leer la decepción en su mirada. Por fortuna,
el padre es la persona más pacífica que conozco. Por mucho menos, a las mujeres nos abofetean incluso en público.
—Ay, Amalur, nunca debí admitirte como pupila —se lamenta el padre Bautista—. ¿Qué va a ser de ti ahora?
—En realidad a nadie le importa mi felicidad. Da igual lo que yo quiera. Tendré que casarme.
—También podrías solicitar el ingreso en una orden. Las carmelitas de la Encarnación…
—No tengo carácter para cumplir con el voto de obediencia. Sería un desastre —le corto impaciente—. Si ni siquiera Íñigo, que me adelanta en humildad, se siente con
fuerzas, ¿cómo podría yo? Además, no me seduce la idea de casarme con Dios y tenerlo todas las noches metido en mi cama. Quién sabe qué tipo de esclavitud sería
esa. Le escandalizo. Me ha convertido en una mujer de ideas propias y muy peligrosas.
—Eso es casi blasfemia, Amalur Mendaro. Ten cuidado con lo que dices.
—Lo lamento, padre —me apresuro a rectificar. No necesito nuevos enemigos y además, sé que mi maestro no lo es.
—Reconsidera a Martin Lurra. —El padre Bautista se siente incómodo al pronunciar estas palabras. Lo noto.
—Padre, ¿ha oído que tiene otras mujeres?
—No soy ni ciego ni estúpido. Un hombre de treinta y un años no suele reservarse. Lo importante es que ahora te ha elegido. Y que sus padres están de acuerdo.
—Donatio propter nuptias, todo al primogénito que se case, eso es lo único que parece importarle a la gente en esta aldea —replico con amargura.
Esta vez el sacerdote no sabe qué responder. No me quiere envenenar con chismes e historias del pasado de Martin Lurra, pero tampoco mentirme. Aun a riesgo de
que el Señor me castigue, sé que soy su mejor alumna, que supero en inteligencia y pericia a todos los hombres que él ha instruido. Y sin embargo, como me dijo un día,
debo estar agradecida a Dios por no ser mal parecida y que haya hombres que, a pesar de mi educación, estén interesados en casarse conmigo.
—Siento de corazón el vacío que dejó tu madre. Las madres son muy importantes para que las hijas encuentren su camino. Tienes que hablar con tu padre. Él te sabrá
aconsejar.
—Ya lo he hecho. Y no fue mejor que usted.

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