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Libro PDF Lola decoradora A. B. Martín

Lola decoradora  A. B. Martín

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Capítulo 2
Al salir de casa de Andrew, Lola llamó a su amiga Gloria, otra española que trabajaba como comerciante en una tienda de muebles chic.
– Hola que tal Gloria.
– Dichosos los oídos.
– ¿Oye te apetece ir a tomarnos unas copas? Es que esta noche se fastidió el plan y no me apetece volver a casa.
– Por mi genial, hay una discoteca que no he ido y me gustaría mucho ir – dijo Gloria dando saltitos de alegría.
– Ok ¿Te paso a buscar?
– Sí, bien, dejamos los coches y cogemos un taxi ¿Qué te parece?
– Por mi bien, genial.
Media hora más tarde estaba en la puerta de la casa de Gloria esperando a que su amiga saliera, había estacionado el coche justo enfrente de la propiedad de su
amiga.
– Chicaaaaaaaaaa, ¿Pero vas a ir así?
– ¿Cómo así?
– Con esas pintas, así no te vas a comer nada, anda sube y te pones algo mío, con esas ropas pareces una secretaria.
Subieron a casa de Gloria y se calzó unos vaqueros descoloridos, su top le iba bien, y sus tacones genial, también se hizo con una chaqueta vaquera.
Una hora más tarde estaban en una cola inmensa que había a la entrada de la discoteca…
– No vamos a poder entrar – comentó Gloria con cara de fastidio.
– Déjame a mí – Lola mostraba una sonrisita de lo más inquietante.
Se acercó al portero y sin mucho disimulo coqueteó con éste, también era hispano de Puerto Rico, se llamaba “Edualdo” (así lo pronunciaba él).
Al final se dieron los números de teléfono y las dejó pasar, no sin antes sobar un poco de la mercancía.
Ya dentro…
– Pues no será guarro “Edualdo”… me sobó todo el trasero, que asco, los tíos siempre los mismos.
– Pero estamos dentro ¿no Lola?… No creo que tu culo haya sufrido mucho, jajajajaja
Se pasaron horas bailando salsa, merengue y más ritmos hispanos, aquello era un hervidero, (carne fresca).
Ligaron con dos amigos dominicanos y se pasaron la noche bailando con ellos.
Cuando despuntaba el alba, Rey (que era uno de los chicos) se le ocurrió una idea que no podía rechazar.
– Mi amol… ¿Qué tal si vamos a desayunar?
– Por mi estupendo cariño – dijo Lola.
Gloria se estaba morreando con Luis, el otro dominicano.
Les avisaron y se fueron a desayunar cerca de casa de Gloria. El coche lo llevaba Ray, que era el que menos había bebido, y así se podían ir cuando quisieran.
– Oye Gloria que tengo una cita a las diez y a ésta no puedo faltar.
– No te preocupes mi pana, estarás a tiempo en tu cita – bromeó Gloria imitando el acento.
– Por favor Gloria estás peor que yo, deja la copa y no bebas más alcohol.
Al salir de la discoteca pasaron primero por el servicio de señoras.
– Diossssss, que pinta llevo gritó Lola, el rimmel, lo tenía en las comisuras de sus labios y no le quedaba ni un poco de lápiz labial.
– Pues no estoy mejor que tú… mira donde tengo el eyes line, si lo tengo en toda la cara menos donde va. Menos mal que vengo preparada.
Al salir las chicas parecían modelos de portadas, eso sí, talla mini.
Llegaron al local y cada uno pidió el desayuno. Eran las ocho y media, le quedaba hora y media para llegar a casa de George, (tiempo suficiente pensó).
A la luz del día no se veían las dos tan bien, tenían toda la pinta de haber pasado una noche loca, los pantalones de Lola tenían los bajos negros de los pisotones y
los tacones la estaban matando.
Terminaron de desayunar y Lola acercó a Ray al barrio latino, ya que Luis se quedó con Gloria…
– Oye, mi amol ¿Qué tal si subes a mi apartamento?
– Lo siento Ray, de verdad, tengo una cita de trabajo y llego con retraso, está al otro lado de la ciudad.
– Mamasita, ¿Te puedo llamar y quedar otro día? La verdad es que eres chevere.
– Muy bien, tú también me gustas.
Así que se intercambiaron los números de teléfono y Lola fue directa a casa de George, ya no podía pasar por su casa a cambiarse de ropa.
Al llegar cerca del lugar que él había dicho su amigo, estacionó el coche y se miró en el espejo retrovisor… Dios mío si parezco una buscona
Abrió la guantera y sacó un coletero y unos chicles (apestaba a alcohol).
Se hizo un moño como pudo ayudada por sus dedos y dejó un par de rizos suelto, así mejor, luego se pasó unas toallitas por los zapatos y los dejó presentables.
Capítulo 3
Al llegar a la dirección salió del coche, la verdad que aún así parezco una buscona, pero ya no hay remedio, (pensó Lola).
Tocó el timbre de la casa y espero hasta que esta se abrió. Era George, (pero que guapo era). Que desperdicio de hombre.
– Hola Lola, ven que te presentó a Judith y a sus padres. Hueles a alcohol – le susurró desesperado.
– Hola George, y tu hueles a estirado, ¿No te lo he dicho nunca?
Al entrar se encontró con una pareja mayor y una chica morena, muy parecida a ella, a no ser porque medía como quince centímetros más.
George hizo las presentaciones. Los padres de Judith parecían bastante agradables, y ella también, lo único que a Lola le cargaba era la manía de la pareja mayor de
tratarse entre ellos, se dirigían uno a otro como papá y mamá, así que la verdad no se quedó con sus nombres.
– George tienes una casa preciosa, con un poco de reforma te quedará genial
– Perdón Lola la casa es de los dos, comentó Judith.
– Lo siento, es que George no me lo comentó y como no soy adivina… me comprendes ¿verdad?
George se acercó a Lola y le susurró cerca del oído
– Por favor Lola compórtate, hazlo por mí.
– Lo siento Judith, es que he tenido una semana muy ajetreada, estoy de los nervios.
– Disculpas aceptadas.
En ese momento sonó el timbré.
– ¿Viene alguien más? – Preguntó Lola con una expresión poco agradable, tenía sueño, y esto le llevaría media mañana.
– Uh – dijo Judith – ese tiene que ser mi hermano Williams.
Esta se trajo a toda la familia, igual piensa que voy a estar aquí todo el día mientras me presenta hasta el gato.
Cuando se abrió la puerta a Lola se le cayó el corazón a los tobillos, pero si era su vecino el pesado.
– Que bien que hayas podido venir Will… dijo Judith.
– Como me podría perder el visitar la nueva casa de mi hermana… y ver trabajar en ella a la prestigiosa Lola.
– Será imbécil – pensó Lola.
– Estiró la mano hacia ella y se presentó
– Hola soy Will Raymondss.
– Hola soy Lola Hernández.
Como si no se hubieran conocido nunca, se dieron un apretón de manos y empezaron a recorrer la casa, Lola con el block en la mano iba haciendo bocetos de cómo
podía quedar, ellos estaban encantados, todo iba como lo la seda, hasta que Will se acercó a Lola por la espalda en un momento en que estaban todos distraídos mirando
la cocina.
– Anoche hubo juerga ¿eh?
Lola se giró, le miró a los ojos que eran de un color extrañísimo, era como mirar al mar tropical, AGUAMARINA.
– ¿Cómo dices?
– Que tienes una bonita mancha roja redonda en la parte de atrás del cuello.
– En ese momento lola intentó taparse el cuello con las manos.
– Mejor te sueltas el pelo.
– Sabes Will, es una marca de nacimiento… la tenemos todas las mujeres de la familia.
– ¿También con marcas de dientes?
– ¿De dientes? Eres un entrometido, ¿no tienes que hacer nada en el hospital? ¿Qué tal atender a borrachos o abuelitos que tienen tos?
– Es mi día libre.
– ¿Por qué no fastidias a tu hermana?
– Con ella no es tan divertido.
– Lola vamos a ver el cuarto de los niños – intervino Judith – papá y mamá están deseándolo.
– ¿Pero aún no te has casado y ya quieres que os prepare una habitación para bebés?
– Mis padres están deseando ser abuelos, no paran de decirlo.
– Es verdad – comentó la madre – a su edad yo tenía a Williams, y a Judith en camino.
– Y tú Lola – dijo Judith de repente – ¿Aún no tienes novio?
– Sabes que pasa Judith, tenía… sí. tenía uno, pero una zorra me lo arrebato…
A George, que conocía bien a Lola se le saltaron las alarmas, un color le venía y otro se le iba.
– George ¿Te estás poniendo enfermo otra vez?
– Nooo, es que en la cocina hace calor, igual ponemos un aparato de aire acondicionado.
– Bueno de todas formas no te preocupes si te da un síncope, tienes un médico en la familia.
– Lola, según me ha dicho George tienes su edad ¿verdad?
– Pues si Judith, ¿tiene eso importancia?
– No, lo decía porque como ya tienes una edad te tendrás que dar prisa con esos de los niños, se te va a pasar el arroz como dicen en tu tierra.
– Sabes Judith, a mí la paella me gusta más bien pasada – le espetó Lola.
Al terminar, de ver la casa y con los bocetos en la manos, Lola se acercó a George y le dijo al oído,
– Esto te va a salir una pasta gansa.
– Pero si no hay tanto que hacer.
– Lo digo por ir diciendo por ahí mi edad… (sonrisa maléfica en su cara)
– ¿Por qué no vamos a cenar esta noche? – propusieron los padres de la novia – y así nos conocemos mejor, Lola parece ser muy simpática y segura de sí misma, que
distinta a nuestra Judith.
– Papá… – protestó Judith.
– Niña si no lo digo por simpática, tú lo eres mucho, lo digo por la seguridad que desprende Lola.
Uyyyy, que les digo yo a esta gente, no puedo ir a un restaurante – pensó Lola – …mi fobia…
Mientras pensaba esto Lola miraba a George desesperadamente, y éste solo tenía ojos para su novia. No voy a poder evitarlo.
De buenas a primeras Lola se plego por la mitad como doblada por un súbito ataque y lanzo un alarido
– ¡Ayyyyyyyyyyy, que dolor!, seguro que es apendicitis, o una piedra en el riñón.
– ¿Lola que te pasa? – se acercó Will por atrás.
– Aparta y déjame actuar, no me interrumpas – le dijo entre dientes.
Puso los ojos en blanco y empezó a lanzar juramentos.
– ¡George! – dijeron los padres de la novia – tu amiga no se encuentra bien, parece estar poseída.
– Olvídense de Lola – dijo con tranquilidad George – seguro que no le pasa nada, es propensa a estos pequeños ataques, ahora mismo se va a casa se arregla y vamos
a cenar, déjenme a mí.
– Creo que Lola vive cerca de mi apartamento – intervino Will – la llevaré y me aseguraré de que este en perfecto estado. Para eso soy médico. ¿No?
Lola se metió en el coche haciendo todavía grandes aspavientos y poniendo cara trágica.
– Será entrometido y mal amigo este George – refunfuñaba Lola para sí – sabe que no puedo ir a un restaurante, vendido, eso es lo que es. Y luego la otra que se me
pasa el arroz, que se habrá pensado, ni que llevará bastón. Bueno como salgo después con las chicas, lo que puedo hacer es tomar una copa e irme.
Lola se arregló lo mejor que pudo y ya se disponía a salir pero en ese momento sonó el móvil. Era su amiga Carmen, que le había salido un ligue y no iba a poder ir…
vale, iremos Gloria y yo… colgó y llamó a Gloria, le saltó el contestador:
– Hola soy Gloria, en este momento no te puedo atender, si quieres puedes dejar un mensaje después de la señal… piiiiiiiiiiiiiiiiiiiii.
– Hola Gloria, soy Lola, ¿Aún sigue en pie lo de esta noche? Carmen se ha rajado así que iremos solo nosotras.
En eso momento se oyó la voz de Gloria, Lola, Lola, uffff, pensaba que habías colgado, mira es que Luis…vale Luis sigue aquí y nos lo estamos pasando tan
bien…no te importa dejarlo para otro día.
-Noooooo, esto no me puede estar pasando, pensó Lola…y ahora como hago para largarme del restaurante….y si hago alguna de mis actuaciones George me mata,
además estará el medicucho que se dará cuenta.
-Vale Gloria, lo dejamos para la próxima.
Se había arreglado para salir después, pero como solo iba a ir al restaurante, se puso un vestido ceñido corto, medias y tacones, con un abrigo y el bolso a juego.
George pasaría a buscarla en media hora, no tenía nada que hacer así que se preparó uno de sus combinados, sí, esos que despiertan a los muertos.
A la media hora, George estaba llamando a la puerta.
– Qué guapa estas Lola, venga vamos que quedamos con Judith y su familia dentro de media hora en el restaurante.
Lola tenía un borrachera sorda, se había tomado tres combinados, y era sabido que cuando Lola se emborrachaba se le soltaba la lengua, pero George con los nervios
al principio no se dio cuenta.
– Espera George, es que me falta poner en el bolso los kleenex.
Fue a su habitación y cogió las pastillas de mentos (su arma secreta) y salió de nuevo pero con una sonrisita maliciosa. Se pusieron en marcha y llegaron al
restaurante un poco antes que Judith y su familia, venían en el cochazo del medicucho… (antipático, pensó)
– ¿Que te pareció la familia de Judith? – preguntó George.
– Bien – dijo Lola sin mucho entusiasmo, estaba intentando aceptar la idea de que su gran amigo había conocido a alguien e iban en serio.
Esto me pasa por no haberme declarado yo… ¿Por qué tiene una que esperar a que se declaren los hombres? Si es que soy tonta – pensaba contrariada mientras
esperaba por los demás para entrar al restaurante.
Ya en la mesa, George miraba a Lola de reojo, pero esta vez no vio nada sospechoso.
Les sirvieron el vino, pero Lola pido una cola light,
– Qué extraño – pensó su amigo – con lo que le gusta empinar el codo.
Del primer plato Lola no probó nada, llegaron los segundos entonces, Lola se dirigió a Judith y le que la acompañara al baño y esta le respondió afirmativamente.
Camino del baño Lola le suelta a Judith
– ¡Ayyyy! No me encuentro muy bien, es que tengo tantas alergias, que no puedo comer muchas cosas.
Y de buenas a primeras se mete una de las pastillas de mentos en la boca, se había llevado la copa de cola de la mesa con toda la intención y le echó un trago y entre
estertores y la boca llena de espuma Lola dio un grito y se dejó caer justo en la entrada del baño. Se hizo un corro a su alrededor, ella se retorcía del dolor,
– ¡Es la alergia! – decía entre un estertor y otro… Por favor que alguien me indique que tenía esa sopa…
En la mesa seguían con su conversación, pero George sabía que Lola no podría aguantar más de una hora en el local… miró su reloj y miró en dirección al baño y vio
lo que se estaba temiendo toda la noche, un corro de gente alrededor de algo.
– ¡Lo ha vuelto hacer!- dijo con cara de incredulidad.
– ¿Cómo dices hijo? – comentó la madre de Judith.
– Nada, nada, discúlpenme un momento, en seguida vuelvo.
– Al llegar al lugar vio a una Judith bañada en lágrimas y una Lola que de verdad parecía estar enferma.
– ¡Lola! ¿Por favor que te pasa?
Lola se había atragantado con la pastilla de mentos y no podía respirar. George se acercó apresuradamente a la mesa y le comentó a Will lo que estaba ocurriendo.
Este se levantó y fueron juntos a ver lo que pasaba, los camareros ya habían llamado a una ambulancia. Lola se encontraba inconsciente y páaalida como una difunta,
Will sin perder un segundo la colocó en posición y le hizo una maniobra y de su boca salió disparada a toda velocidad la pastilla de mentos, pero la muchacha no
recobraba el sentido.
Llegó la ambulancia y se llevaron a Lola, Will la acompañaba hasta el hospital, ya en medio del camino Lola recobro la conciencia.
– Lola ¿Se puede saber qué comiste?
– ¿Yoooooooo?, pues nada. Tú estabas en la mesa.
– Es que de tu boca salió esto. Y le enseño la traicionera pastilla de mentos.
– Ahhhhhhh, eso, eso es para el aliento.
– ¡Mentirosa!… Te atragantaste con eso, reconócelo.
– Uyyyyyy, una puede tener un accidente, ¿No señor doctor?
Así llegaron al hospital, en el ya estaban los padres de Will, George y Judith.
Lola se bajó de la ambulancia por su propio pie, y por su propio pie… zasssssssssss, resbalón y al asfalto. Al final Lola salió de urgencia con toda la cara
magullada, tres puntos de sutura en la barbilla y un brazo escayolado.
– El Karma – pensó ella – esto es el Karma, clarísimo que lo tengo, algún día me tenía que pasar, pero me tiene que pasar frente al estirado medicucho, y encima me
acusa de atragantarme. Que culpa tengo yo de que el mentos se haya ido por otro sitio, ni que lo hubiese hecho adrede, si hombre, yo aún quiero seguir en la tierra de los
vivos.
En eso llegó una enfermera de los más mona, haciendo méritos y posturitas para ganarse al doctorcito…
– Señorita Hernández aquí tiene sus papeles y su factura – le dijo la enfermera.
– Encima tengo que pagar yo la ambulancia… – pensaba malhumorada – esto se lo cargo a George en el presupuesto de la casa, la culpa fue de él, bien sabe que no
puedo resistir los restaurantes.
– Oiga señorita, esta factura no puede ser la mía, solo me han enyesado un brazo y unos dado unos puntos de sutura.
– Si señorita, es su factura, incluye los gastos de la ambulancia y varías vacunas que se le pusieron.
– Señorita este es el presupuesto del hospital para todo un mes. Quiero la hoja de reclamaciones, esto es un robo a mano armada.
En eso se acercó George y la agarró por el brazo bueno.
– Lola no montes el número por favor.
– Mira George a mí me cuesta ganar el dinero, para que estos me roben así, deberías de estar de mi parte, para eso eres mi amigo y encima abogado.
Capítulo 4
Lola le arrancó la factura a la enfermera y salió lo más dignamente que pudo, al no tener coche la llevó a su casa Will, ya que vivían en el mismo bloque de
apartamentos. El intentaba sacar conversación, y ella lo cortaba con un sí o un no.
A lo largo de la semana se dedicó en cuerpo y alma a su trabajo con ayuda de Helen su secretaria, dejaron hechos los bocetos para casa de Andrew y la de George y
Judith.
Así pasaron las semanas, ya no tenía los puntos de sutura, solo le quedaba aguantar dos días para que le quitaran la escayola, y eso para ella sería una bendición.
Durante este tiempo, ya había enseñado los diseños para las casas y estaban aprobados, es decir que Helen se encargaría de ellos con la ayuda de su equipo, la propia
Lola había escogido desde el papel decorado, hasta los muebles, solo quedaba hacer alguna reforma y colocar muebles y cortinas.
Tenía que viajar hasta Nuevo México a la casa de un reconocido comerciante de la zona, quería remodelar toda su casa y eso le llevaría semanas. Así que le comentó
a su ayudante y secretaria que se iba por un par de semanas, que la podría localizar en su móvil. En este tiempo de recuperación no se había encontrado con el
medicucho, tampoco le había dado motivos para subir a dar las quejas, se había comportado como una vecina ejemplar.
El lunes siguiente embarcó rumbo al aeropuerto de San Antonio, allí la recogería la esposa del cliente. En la puerta de llegada había una chica morena que portaba un
cartel con su nombre
– Perdone el cartel que porta pone mi nombre.
– ¿Es usted la señorita Lola Hernández?
– Esa soy yo.
– Encantada, soy la esposa de Ramón, permítame que me presente, soy Adela González, bueno es mi nombre de casada, aún no me acostumbro a que me llamen
señora González, así que mejor me llama Adela. Mi esposo no se encuentra en la ciudad, tuvo que viajar por negocios, creo que en dos días estará por aquí. ¿Tiene
alguna reserva hecha en algún hotel?
– Pues la verdad es que no, pensé en llegar a la ciudad y reservar habitación.
– Señorita Hernández ¿Por qué no se queda en mi casa?, es muy grande y hay sitio suficiente, mi marido estará de acuerdo.
– Eso será mucha molestia, no me gustaría abusar – dijo Lola con la boca pequeña.
– Nooooo señorita, estoy sola con el servicio la mayoría de las veces, Ramón viaja mucho, así también estaré acompañada.
– Bien, pues me quedaré en su casa, pero si ve que mi compañía le incomoda, por favor dígamelo.
Y con estas palabras fueron a la recogida de equipaje, Lola tenía aún el brazo débil, cuando pasó su maleta por la cinta donde estaba ella, fue a cogerla, pero al no
poder hacer fuerza tropezó y fue a parar a la cinta junto a la maleta. Adela, intentó agarrar a Lola, pero no tenía fuerzas suficientes y las dos, junto al equipaje de Lola,
dieron un recorrido por la cinta transportadora.
– Lo siento Adela, soy muy torpe, siempre me pasan cosas de este tipo y si no pasan las ocasiono yo.
– No se preocupe Señorita a mí también me pasan estos desaguisados, en uno de ellos fue donde conocí a Ramón.
– ¿Por qué no nos dejamos de formalismos y me llamas Lola?
– Bien, pues a partir de ahora serás Lola.
Se echaron a reír mientras la cinta daba otra vuelta.
Un caballero las ayudo a bajar y le acercó el equipaje de Lola.
Lola le dio las gracias muy agradecida por su ayuda.
Así salieron del aeropuerto con el equipaje. En el exterior había un chofer esperando.
– ¡Qué lujo Adela!
– La verdad Lola, no me acostumbro, pero Ramón me tiene prohibido coger el auto, ya sabes, por mis continuos accidentes.
– Lo entiendo, muchas veces me pasan cosas sin querer y a veces las ocasiono yo – se confesó Lola.
– ¿Sabes Lola? No me acostumbro a esta vida de ricos y famosos, antes me dedicaba a atender una sección de caballeros en un centro comercial muy popular en la
ciudad y pasar de eso a esto me está costando.
– Si te puedo ser de alguna ayuda, no te cortes, me lo dices Adela.
Cuando llegaron a la casa a Lola la boca le llegaba a los tobillos, tuvo que hacer un esfuerzo por no silbar como un obrero.
Era una casa colonial, de ladrillo rojizo y rodeada de bosques, estaba situada en las afueras de la ciudad de Port La Vaca. Los vecinos más próximos estaba a tres
kilómetros de distancia, y un lateral de la casa daba hacía el mar. Tenía unas vistas extraordinarias, en la casa había mucho potencial.
Adela le fue diciendo lo que querían hacer. Lo primero era el salón, querían un gran ventanal que diera hacía el mar, y la habitación principal que se encontraba justo
encima igual, ellos querían una casa nueva, así que decidieron contratar a Lola.
Mientras hablaban Lola fue haciendo bocetos y se los enseñaba a Adela, y miraba su expresión, casi siempre estaban de acuerdo, quedaron en que Ramón tomara la
última decisión en lo que ellas no se ponían de acuerdo.
– Sabes Adela, esto va a llevar mucho tiempo, igual me alquilo una casita por la zona, y así tú y tu marido estarán más cómodos sin tener una extraña en casa.
– Que va Lola, mi esposo va a estar encantado con que te alojes con nosotros, también me haces compañía.
– Bueno ya veremos cuando llegue tu esposo.
Ramón tardó más de lo esperado, ya había pasado una semana y llamó por teléfono a su esposa para decirle que le quedaría como para un par de días más. Hablaron
largo y tendido sobre las reformas de la casa, también habló Lola con él por teléfono, le dijo lo que querían hacer. A Lola le pareció una persona bastante agradable,
sobre todo cuando reconoció que ella sabía más que él sobre cómo hacer la reforma de la casa, y que fueran adelantando trabajo mientras él no estaba. Así que Adela y
Lola empezaron con las reformas.
Cuando Ramón volvió a casa Lola llevaba dos semanas en Port La Vaca, y se había acostumbrado muy bien al clima.
– ¿Qué le parece Señor González? ¿Le gusta como quedo el salón?
– Por favor llámame Ramón, y el salón está espectacular, estoy deseando ver otras estancias.
– Jajajajaja – la risa de Lola era contagiosa, miró a Ramón y le comentó que solo les había dado tiempo de reformar el salón y que lo que había hecho en el resto eran
más bien elementos de adorno de la casa, ya que ésta tenía su espíritu, y no se podía ir en contra del espíritu de una casa.
Lola siguió alojada en Casa de los González más tiempo del que hubiese querido, pero también le sirvió para recorrer rincones de la casa, conocer la historia del lugar
y hacer muy buenos amigos.
Un día Lola había ido con Adela a darse un chapuzón a una cala que estaba cerca de la casa, las dos se pusieron unos bikinis nuevos que habían adquirido en una
boutique del centro. Pidieron expresamente los de colores más escandalosos.
El mar estaba un poco revuelto, pero eso nunca les echaba para atrás, así que las dos se metieron. Parecían tiernas chiquillas cogiendo olas, hasta que vino ésa, la
gran Ola… ¡Zassssssss!… Adela fue a parar a la arena, fuera del mar, y en top-less. Lola no podía salir del agua, la arrastraba mar adentro, Adela gritaba su nombre pero
Lola no la oía. Adela miró alrededor, las únicas personas que había eran unos surferos. Se enrolló rapidamente la toalla y fue a hablar con los chicos de las tablas, sin
pensar que Lola también había perdido su top…
– Chicos, chicos por favor, nos les importa y nos ayudan, mi amiga no puede salir del agua.
– Por supuesto guapa, ¿Dónde está tu amiga?
– Al otro lado de la cala, se va a ahogar.
Los chicos corrieron con sus tablas bajo el brazo, enseguida se sumergieron en el agua a rescatar a Lola, eran tres chicos de unos veintitantos años… El más
grandullón cogió a Lola por debajo de los brazos y así quedó descubierto su pecho, a los otros se les pusieron los ojos como platos, la mano de su amigo le había cogido
un pecho y no la quitaba.
Cuando Lola estaba sobre la tabla, se dio la vuelta y le dijo al muchacho…
– Mira acepto que me sobes mientras me sacabas del agua porque me estabas salvando, pero yo creo que ya es innecesario que sigas con la mano pegada a mi
pecho… ¿No te parece?
El muchacho retiró la mano y le dijo con una sonrisa a Lola:
– Es el precio por rescatarte.
El incidente de la playa quedó entre ellas y los surfistas.
Así pasaron los meses, Lola había recibido alguna llamada de George, le había dejado algún mensaje que no había escuchado, sabía que estaba enamorada de él desde
hacía mucho, pero como dice el refrán el tiempo lo cura todo y eso estaba haciendo ella. Ya llevaba como tres meses en la casa de los González y se habían hecho muy
buenos amigos, a Adela tampoco le gustaban los restaurantes estirados, las dos mujeres tenían mucho en común.
Pero llegó el día de irse, tenía muchos proyectos esperando y no podía retrasarlos más. El día después de la inauguración de la casa le dijo a Adela que tenía que
regresar a New York, que tenía mucho trabajo atrasado y no podía demorarse más.
Así que a la semana siguiente se iría a New York, con la cuenta muy llena y un moreno envidiable.
Los González la acercaron al aeropuerto, todo eran lágrimas por parte de las mujeres, se habían hecho inseparables. Lola prometió volver después de verano, ya que
tenía pensado ir a España para así demorar más el reencuentro con George. Esta vez solo iba a reunirse con Judith, solo hacía una escala en New York, y luego se iría a
Canadá para reformar y decorar la casa de un director de cine, otro proyecto que le llevaría como un mes. Por último partiría hacía España para ver a sus padres, total
que se pasaría todo el verano fuera.
Capítulo 5
Lola llegó a su apartamento, era medio día, se dio un baño se puso ropa cómoda y fue al supermercado de la esquina, era más caro que el que estaba a dos manzanas,
pero estaba muy cansada después del viaje.
Entró en el supermercado cogió una cesta y fue echando dentro de ella alimentos para pasar un par de días, un par de pizzas congeladas, algo de fruta, leche y café,
éste del mejor, ella nunca había podido con el agua que los americanos llamaban café.
Cuando estaba en la caja, se acercó una anciana que tenía solo dos paquetes en la mano y le pidió a Lola si no le importaba y se lo dejaba pasar a lo que Lola
respondió afirmativamente.
Cuando Lola se dio cuenta detrás de la anciana había otra con un carro lleno, pretendía colarse, pero estaba muy cansada para dejarla pasar.
– Disculpe señora, he dejado pasar a la señora porque solo llevaba dos paquetes, usted lleva el carro lleno.
– Pero es que venimos juntas.
– Pues ahora se van a separar.
– No puedo, es mi amiga íntima y jamás nos hemos separado
– Mire señora ya le he dicho que no le voy a dejar pasar, así que será mejor que retire el carro.
La señora se negaba a retirar el carro, ya se había formado una cola increíble detrás de la señora, pero Lola no pensaba dejar pasar a la anciana caradura.
Lola metió el pie y la señora le pasó el carro por encima del empeine, aulló de dolor, la gente le decía a la anciana que la señorita estaba primero, ésta discutía con
todo el mundo. Lola al verla despistada metió sus productos en la cinta transportadora, y así pasó primero que la anciana. Cuando estaba pagando la factura, la anciana
sorpresivamente sacó un cuchillo de grandes dimensiones y amenazo a la cajera, Lola corrió a llamar a seguridad, y redujeron a la anciana.
Camino de su casa pensó – Caray con la anciana, que agresividad… esta gente se altera por nada, y pobre cajera, han tenido que llevarla a urgencias con un ataque de
nervios, espero que la empresa pague la factura, si no no sé cómo podrá abonar la factura a esos ladrones del hospital.
Con estos pensamientos llegó a su casa, tenía veinte mil mensajes en el contestador, no pensaba contestar a nadie aun le quedaba poner lavadoras y volver hacer el
equipaje, esta vez con ropa de abrigo ya que se trasladaba a Canadá para su próximo trabajo.
Al llegar a su casa llamó a su despacho por si había algún problema.
– Hola Helen ¿Cómo van las cosas?
– Pues muy bien, ¿Te has puesto en contacto con el guapote de George? Te ha estado llamando.
– Sí, veo que tengo miles de mensajes en el contestador, pero la verdad que dentro de dos días salgo hacía Canadá y no me apetece nada oír cosas de trabajo.
– Parece que tu amigo tiene algo importante que decirte.
– Pues que me llame al móvil y me deje el mensaje en el buzón de voz. ¿Para eso está no? ¿Y qué tal los otros clientes?
– Las casas maravillosas, se han quedado encantados. El señor de la televisión, quiere un presupuesto para su casa en la playa, así que cuando vuelvas, tienes más
trabajo.
– Ufffffff, no me digas que el pulpo quiere seguir agarrándome con sus tentáculos.
– ¿Qué pulpo? Oye Lola creo que necesitas unas vacaciones.
– Si Helen, las necesito, pero aún no puedo permitírmelas. Bueno chaooooo, ya te llamó desde Ottawa.
Lo siguiente que hizo Lola fue reservar el billete pata Canadá y una habitación en un hotel céntrico. Si el trabajo se dilataba alquilaría una casita. A la mañana
siguiente cogería el avión, se entretuvo en hacer el equipaje, cenó y se fue a la cama temprano.
Al salir del apartamento cogió el ascensor, llevaba poca ropa, se compraría más cuando llegara al destino, no iba a estar cargando con un montón de equipaje.
El ascensor subió hasta el quinto piso y se subió a él, y luego paró en el cuarto. Iba con tiempo suficiente para embarcar, no tenía preocupación, cogería un taxi
hasta el aeropuerto, le iba a salir un ojo de la cara, pero no problem, a cargarlo en la factura del próximo cliente.
El ascensor abrió sus puertas ¿Y no adivinan quien se subió? Sí, ese mismo, el Doctorcito.
– Buenos días – dije educadamente.
– Ooohhh, dichosos los ojos, cuánto tiempo, ¿Has estado de vacaciones? Que gusto poder dormir sin tener que oír tus continuas fiestas.
– No le tengo que dar ninguna información – comentó altanera – Pero no, no he estado de vacaciones, el resto de los mortales nos dedicamos a trabajar, no como en el
hospital, que te roban por coserte la cara.
– Bueno, bueno, la cara no fue todo. Veo que te vuelves a ir, ¿Ya George ha hablado contigo?
– Mire Doctorcito, no tengo nada que hablar con usted, y no le interesa mis relaciones con mis amigos.
Con esto el ascensor llegó al bajo, Lola salió presurosa y plafffffffffff, contra las macetas de flores.
– ¿Se ha hecho daño señorita Lola?
– No Lucas, solo un rasguño – le dolía el codo a muerte, pero no iba a admitirlo.
– Lucas ¿Ha llamado a mi taxi?
– Si señorita, la está esperando en la puerta.
– Gracias Lucas, eres un amor, no sé qué haría yo sin ti.
Will vio la escena y como cambiaba la actitud de Lola cuando estaba hablando con otras personas, ¿Pues no va a ser que me tiene manía? – Pensó para sí.
Lola ya estaba embarcada en el avión, el tiempo de vuelo no sería mucho pero aún así decidió echar una cabezadita, sabía que la irían a recoger un coche de la
empresa, así que no se preocupó de nada más, apago el móvil como había dicho la azafata y descansó hasta llegar a su destino.
En Ottawa reinaba un frío de muerte, tendría que ir antes de lo que pensaba a comprar ropa. Como no tenía la reunión hasta la mañana siguiente, se cogería la tarde
para compras de ropas y otros menesteres.
Y así pasó la tarde de tienda en tienda comprando ropa de abrigo. También se dio algún que otro caprichito, como aquellas botas que le llegaban por encima de las
rodillas, le quedarían genial con la minifalda negra, el top dorado y el abrigo que acababa de adquirir. Con un montón de bolsas en las manos se dirigió al hotel, al entrar el
portero se ofreció a llevar los paquetes, cosa que ella rehusó, y la mala suerte quiso que se le trabara un pie en la alfombra y zasssssssss, todo por el suelo, ¿Por qué
tiene siempre que pasarme a mi estas cosas? – gimoteó Lola. La recogió el portero y le preguntó si se encontraba bien a lo que Lola respondió afirmativamente.
– ¡Dios tremendo tortazo me he dado! Si tengo hasta sangre en las rodillas…
Todo los paquetes de Lola fueron recogidos por los empleados del hotel y subido a su habitación.
Ella fue directa a cenar ya que lo que le apetecía era meterse en la cama, tenía que madrugar mucho, y el frío la estaba matando.
Al entrar en el restaurante vio que no estaba vestida para ir ese restaurante. Su indumentaria era ideal para un bar de carretera, además de tener los vaqueros
manchados de sangre (ya seca). Se sentó en una mesita alejada, el restaurante no era de lo más chic, pero ella sabía que algún día tendría que acostumbrarse a este tipo
den sitios y mejor empezar por algo de menos glamour, pero aun así no se sintió del todo a gusto hasta que se terminó la cena y se retiró a su habitación.
El día amaneció frío y gris. Ella ya tenía indumentaria para a casa de Edwin, era la primera vez que iba a entrevistarse con él en persona, todo lo que habían hablado
era por teléfono.
Con la dirección es su mano llegó hasta la residencia del director de cine, era una casa de lo más bonita, pintada de blanco y con rejas verdes y estaba situada en las
afueras de la ciudad. Como le había dicho el propio Edwin era su lugar de descanso.
Tocó el timbre y una señora de uno sesenta años la hizo pasa a una salita. La verdad que si Edwin quería una decoración moderna tendría que trabajar mucho.
Al poco tiempo entró un señor de la edad de su padre más o menos, era una persona alta y espigada, con su pelo surcado de canas, tuvo que haber sido rubio pensó
Lola. La entrevista fue a las mil maravillas, Edwin era lo que ella había intuido por las conversaciones, una persona sencilla, y que tenía las cosas muy claras, así que sería
un trabajo muy agradable.
Se pasaron semanas eligiendo telas, muebles, cortinas… etc.
Un día Lola ya estaba muy aburrida del hotel y se dedicó a buscar una casita cerca de su lugar de trabajo. Le iba a costar igual que lo que pagaba en el hotel, así que
encontró un pequeño apartamento a cinco manzanas de la casa de Edwin.
Iban pasando los días e ella cada vez echaba más de menos a sus pocos amigos. Edwin se dio cuenta de que Lola estaba con la moral baja.
– Lola ¿Por qué no salimos a cenar y después de fiesta?
– Te tengo que confesar algo Edwin, tengo fobia a los restaurantes, no puedo con ellos.
– Eso es porque no has ido con las personas adecuadas, ¿Qué tal si vamos esta noche con un grupo de amigos? Te aseguro que si en cualquier momento te encuentras
mal nos marchamos.
– De acuerdo, pero me lo tienes que prometer, mira que soy peligrosa.
– Jajajajaja – los dos estallaron en risa.
Capítulo 6
El viernes era el día que habían quedado para ir al restaurante, Lola estaba nerviosa, no quería perder la amistad de Edwin, le recordaba mucho a su padre, así que a
falta de una hora para que la fuera a recoger se empezó a preparar. Se puso esa minifalda que había comprado junto con el top y las magníficas botas, con ellas medía
como unos diez centímetros más, se calzó el abrigo… no, no iba a llevar su arma secreta, si se sentía mal se lo diría a su amigo.
Edwin la recogió a la hora acordada y se dirigieron al restaurante, iban charlando de cosas de la casa y que dentro de nada Lola daría por concluida la casa. Con esta
conversación llegaron al local y entraron.
Edwin se dirigió al maitre, ya tenía una reserva hecha para ocho personas, todos amigos.
Estaban esperando en la barra cuando ellos llegaron, ninguno era pareja de otro, es decir, eran solamente amigos entre sí. Sus nombres eran Charlene, Mirta, Cloe,
Frank, Walter y Jack, éste último parecía más joven. Todos se dedicaban a escribir para la televisión, menos Jack, él era un empresario de la construcción. Tenían en
común su gusto por las artes. Nos dirigimos todos a la mesa charlando de la última comedia que había escrito Frank, yo había visto varios episodios en la tele, así que
sabía de qué iba, hablamos de todo, de mi trabajo, de mi ascendencia española, y así fueron pasando las horas, cuando me di cuenta estábamos ya en los postres, había
superado mi fobia… biennnnnnn.
Después de salir del restaurante nos dirigimos a un pub. Allí se me soltó la lengua y el cuerpo, no dejaba de bailar con todos, pero quien me acaparó fue Jack,
estuvimos bailando tanto que ya no me podía mantener en pie (no sé si por el baile, las botas o más bien la cogorza que llevaba). La noche se alargó hasta el amanecer, y
al salir del pub era ya de día, decidimos ir a un café para tomarnos un desayuno, hacía bastante frío y mi abrigo no me cubría lo suficiente, me castañeteaban los dientes,
Jack muy caballeroso se quitó su abrigo y me lo puso por encima.
– Pero Jack, ahora el que vas a pasar frío eres tú.
– No, que va, yo estoy acostumbrado al clima, no quiero que mi próxima empleada se resfríe.
– ¿Cómo que tu próxima empleada?
– Pues eso, quiero contratarte para que me decores unas casas que estoy haciendo, aún están en planos, pero si tú las decoras se venderán como la espuma.
– Eso te va a salir muy caro, jajajaja.
– El dinero no me preocupa, así que te quiero aquí desde que las casas estén terminadas y listas para hagas tu magia.
– Jack me voy esta semana para España, y no sé cuándo volveré a tu país.
– Yo te llamaré cuando estén preparadas, será como el año próximo, quiero una urbanización de lujo, y eso no se consigue de hoy para mañana, ¿Qué me dices?
– Pues que sí, como me voy a negar a un trabajo tan lucrativo.
Después del desayuno Jack le pidió el número de teléfono a Lola, ella se lo dio, solo le quedaba una semana en Ottawa y ya había terminado la casa de su amigo. esa
semana la cogería para hacer turismo y comprar algunas cosas, además tenía que llevar un regalo a su madre, el mes pasado había cumplido años y no lo había podido
mandar nada.
Jack la llamó un par de veces para salir y ella aceptó. Le gustaba Jack, como la trataba, además no estaba nada mal, aunque no podía dejar de pensar que no era su
tipo…, sí, esos altos morenos… pero Jack no era exactamente así, era más de estilo nórdico, alto y con el pelo tan rubio que parecía blanco, tenía los ojos azules como el
hielo de la Antártida, y una mirada que te dejaba sin respiración. No sabía lo que media, pero tenía que ser muy alto ya que Lola le llegaba al pecho, se pasaron muchas
tardes juntos, también fueron a restaurantes, (pijos), pero Lola lo superó, estaba curada de la fobia, ahora sí que lo tenía claro. También hubo besos robados, y muy
disfrutados, pero Lola no quería por ahora nada más y así se lo hizo saber a Jack. El tampoco quería tener una relación seria, los dos estaban felices como estaban.
Y así pasaron los días hasta que llegó la hora de la despedida, Jack la llevó hasta al aeropuerto. Lola lloró como una niña cuando se despidió de Edwin, le prometió
volver el próximo año, y lo haría, eran como uña y carne, además la había salvado de sus manías.
En la terminal del aeropuerto, Jack le pidió a Lola que lo llamara, que él la llamaría, y que no olvidara los días que habían pasado juntos, la chica no pudo evitar llorar
de nuevo y le prometió todo lo que él le dijo, con un beso largo y apasionado se despidieron.
Embarcó rumbo a España, sería un vuelo muy largo, primero iría a Madrid y luego se dirigiría a casa de sus padres en Sevilla.
Esta vez escogió volar en primera, ya que eran diez horas y no pensaba pasarlas encasillada, así el vuelo se le haría más corto.
Se dejó dormir viendo una película, la azafata la despertó para cenar, y luego volvió a dormir, cuando abrió los ojos ya estaban sobrevolando espacio aéreo español,
le había dicho a su madre que llegaba al día siguiente, pero la volvería a llamar y se quedaría en Madrid un día, estaba agotada.
– Hola mamá, sí, soy Lola, mira que cambié el billete y voy pasado mañana, es que estoy derrotada y volar otra vez, pues como que no.
– Pero chiquilla, si casi nos pillas saliendo para el aeropuerto.
– Mamá estoy cansada, y creo que he pillado la gripe.
– Ah, eso sí que no, no la traigas por aquí, mira que tu padre está muy delicado, no me vaya a coger una de esas gripes extranjeras.
Lola cogió su equipaje y desde la misma terminal reservó un hotel en el centro de Madrid.
Cogió un taxi, la verdad es que no se encontraba bien, pero no pensaba que fuera la gripe, sabía que tenía que llamar a su amigo George, algo grande le tenía que decir
y ella no lo quería oír.
Zorrón, seguro que me anuncia que se va a casar con ese zorrón verbenero – hablaba para sí – pues no sé qué le vería, si no tiene curvas, parece una espiga.
La gente se quedaba mirando al pasar, no era costumbre ver a gente hablando sola.
Llegó al hotel y llamó a George.
Pili, Pili, Pili…
– ¿Lola? ¿Dónde estás?, mira que es difícil dar contigo.
– Hola George, estoy en Madrid.
– ¿Y qué haces tú en Madrid?
– Pues mira he decidido que este año he trabajado mucho y que tenía que coger unas vacaciones, así que me he

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