---------------

Libro PDF Los caprichos de la suerte – Pío Baroja

Los caprichos de la suerte - Pío Baroja

Descargar  Libro PDF Los caprichos de la suerte – Pío Baroja


conspiraciones contra la monarquía alfonsina (que
Baroja también aborrecía), su aprensión ante el
ascendiente del fanatismo y su preocupación por la
doble destrucción del liberalismo progresista y de
la cultura tradicional, desplazados por la prensa
de combate, las vociferantes emisoras de radio y
la omnipresente politización de la vida (consignó
esa nostalgia en un precioso libro, Vitrina
pintoresca, 1935, que fue un réquiem emocionado
por la España popular que había conocido a
principios de siglo).
Para alguien que viera su derredor con ojos tan
pesimistas, la tentación más obvia era mirar hacia
atrás en el tiempo. Ya lo hizo al evocar el encanto
ajado del siglo XIX romántico en la preciosa y larga
serie de Memorias de un hombre de acción
(1913-1935) y siguió haciéndolo, tras la guerra
civil, al evocar el Siglo de las Luces (El caballero
de Erláiz, 1943) y al complacerse en viejas
historias de aventuras marítimas o en relatos de
conspiradores. Y también concibió sus memorias,
Desde la última vuelta del camino (1944-1949),
como una cita de sus lectores con el mundo más
ameno y apacible del que fueron arrancados en
1936. Pero también conoció la fuerza de una
pulsión casi masoquista por escribir de los días
atroces de la guerra: sentía el humano deseo de
justificarse y, sobre todo, su veterano y nunca
desmentido compromiso de compartir sus puntos
de vista con sus fieles. A lo largo de muchos años,
estos lectores habían sido los jóvenes radicales,
más de un obrero cultivado y la clase media más
avanzada; en los años cuarenta perseveraron los
de siempre, algo más viejos y desengañados, y
empezaron a serlo otros descontentos de toda laya.
Y todo esto le llevó a escribir febrilmente acerca
de la guerra, dando la razón a Antonio Machado en
aquella carta de 1938 que no había leído…
En 1937 ya publicó su primera apreciación de
la guerra, Todo acaba bien… a veces, en forma de
diálogo teatral, y en 1938, Susana (luego titulada
Susana y los cazadores de moscas); de 1939 fue
Laura o la soledad sin remedio, que es la mejor
de todas las narraciones que escribió sobre ese
tema, y contemporánea de la publicación en
Santiago de Chile de sus artículos y reflexiones
sobre la guerra, Ayer y hoy, que no satisfarían a
ninguno de los bandos contendientes. En todas
estas obras el escenario principal era París,
adonde llegan testigos, noticias y bulos de la
guerra, como también sucede en El hotel del Cisne
(1946), sobre cuya trama ya planean los agoreros
inicios de la Segunda Guerra Mundial. Pero fue a
finales del decenio de los cuarenta, instalado en
Madrid en su nuevo domicilio de la calle Ruiz de
Alarcón, restablecida su rutina y rodeado de su
tertulia vespertina (donde supo de nuevos
acontecimientos, brutalidades y exageraciones),
cuando trabajó más denodadamente sobre su
imagen de la contienda. Allí escribió un nuevo
tomo destinado a completar sus memorias Desde
la última vuelta del camino: el VII, La guerra
civil en la frontera, que vio la primera luz en en
2005, y los libros inconclusos Ilusión y realidad y
Rojos y blancos. Nunca terminó una trilogía, Días
aciagos, que había iniciado la ya citada novela El
hotel del Cisne, pero sí dedicó mucho tiempo a
otra, Las saturnales, que decidió ambientar en
España y cuyo primer fruto, El cantor vagabundo,
se concluyó e imprimió en 1950. Pero en 1949
andaba ya escribiendo otro volumen de la serie,
Miserias de la guerra, que en octubre de 1951 —
Baroja se lo contó a su amigo y admirador
Eduardo Ranch— no había logrado la autorización
de la censura. En 2006, el escritor Miguel
Sánchez-Ostiz publicó una transcripción del texto,
anotó sus referencias históricas y le añadió un
«posfacio», «El Madrid en Guerra de Pío Baroja»,
que da cuenta de los pasos del proyecto. Allí se
menciona también la existencia de la tercera parte
de Las saturnales, el presente relato Los
caprichos de la suerte, que casi un decenio
después los lectores de Baroja pueden tener en sus
manos.
En aquellas fechas Baroja reutilizaba a menudo
textos antiguos, o taraceaba añadidos y
correcciones sobre materiales que aun no había
empleado. Y a menudo, los olvidos que causaba la
arterioesclerosis le jugaban malas pasadas. En Los
caprichos de la suerte reescribió, de hecho, otra
novela corta, Los caprichos del destino, que había
publicado en la colección de relatos Los
enigmáticos (1948). El protagonista de esta es
Jesús Martín Elorza, viudo, profesor auxiliar de
Universidad que hizo una modesta carrera política
durante el periodo republicano y que, en 1936,
logró emigrar a París donde se ganó la vida
escribiendo para un periódico de Buenos Aires. El
lector de nuestra novela advertirá que la vida y
milagros del periodista Luis Goyena y Elorrio, que
firma como «Juan de Oyarzun», tienen mucho en
común con los de aquel otro y que tanto sus
desencantos ideológicos como los frustrantes
amores de Elorza con Flora Bertrand se
desarrollan, con más explicitud y crudeza, en la
relación erótica de Oyarzun y Gloria. Pero si las
páginas de Los caprichos de la suerte nacen de
una reescritura de Los caprichos del destino, la
trama de la novela desemboca también en la de
otro relato de 1946, El hotel del Cisne, pintoresco
refugio de exiliados internacionales que Baroja
coloca en las cercanías del curioso parque de las
Buttes-Chaumont, al noreste de París, donde
reconocemos al pintoresco, indefenso y un tanto
chaplinesco Procopio Pagani, el hombre cuyas
pesadillas ocupaban gran parte de aquella novela.
Tampoco ha olvidado Baroja los nexos de unión
con las otras dos novelas del ciclo: el coronel
británico Carlos Evans, una suerte de espía
jubilado, se mueve también, siempre escéptico,
por las trochas de esta novela como lo hizo en
Miserias de la guerra y en El cantor vagabundo,
a título de primo del fascinante protagonista de
este relato, el viejo buhonero Luis Carvajal y
Evans. Desde las páginas de La busca y La ciudad
de la niebla, pasando por las de la trilogía El mar
y no pocos relatos de las Memorias de un hombre
de acción, hasta llegar a estas otras tan tardías,
Baroja utilizó su particular visión de la impavidez
y el pragmatismo británicos como perspectiva y
fiel contraste de la obstinación y la mala cabeza de
sus paisanos.
Los caprichos de la suerte es una novela falta
de una última mano, que a veces tiene aire de
esbozo vertiginoso, otras es un atropellado
memorial de agravios y a menudo se trueca en una
tertulia donde ya se ha hablado todo. Pero en la
traza certera de un personaje secundario y efímero,
en cualquier réplica apasionada o escéptica, en
una ráfaga vivaz de paisaje o en la complacida
evocación de un barrio de París, reconocemos
siempre al mejor Baroja. Es un escritor al final de
su carrera —una situación que él mismo ya había
autodiagnosticado ¡en torno a 1912!— pero cuya
fidelidad a la escritura y al diálogo con sus
lectores tenía, en lo más áspero de la posguerra,
algo o mucho de heroico. El rescate de la última
novela que compone la trilogía Las saturnales
debería ser una noticia mayor en la historia de las
letras contemporáneas de nuestro país, donde
Baroja ha sido una lectura significativamente
transversal de sus coetáneos y herederos: lo han
leído y elogiado Azorín y Antonio Machado,
Ortega y Gasset y Ramón J. Sender, Juan Benet y
Manuel Vázquez Montalbán, Eduardo Mendoza y
Carlos Castilla del Pino, Andrés Trapiello,
Fernando Savater y Antonio Muñoz Molina. No
parecen malas recomendaciones para la
posteridad.
JOSÉ-CARLOS MAINER

Web del Autor

Pagina Oficial

Si no sabes descargar mira este video tutorial

[sociallocker]
[popfly]

Descargar 

Leer en online
[/popfly] [/sociallocker]

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

error: Content is protected !!
---------