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Libro PDF Los fantasmas de la abadia – Ursula Llanos

Los fantasmas de la abadia – Ursula Llanos

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Madrid, en la que se encierran siglos de
historia dentro de sus muros. Puedo
asegurarles que no correrán el menor
peligro, porque los fantasmas no
agreden a los vivos. Aunque reconozco
que me hubiera gustado vivir alguna
experiencia extrasensorial en ese
entorno, no puedo por menos de admitir
que no he oído nunca cantar a doña
Elvira en el interior de la fundación
monacal en la que tomó los hábitos el
que fuera su marido ni los gemidos de
éste lamentándose de su infortunio al
regresar del más allá para transitar en
la oscuridad por las estancias, ahora sin
techo, de la que fue su casa. Quizás
obedezca esa circunstancia a que no he
estado en el monasterio en las noches de
plenilunio, en las que hay quien asegura
haber escuchado la triste canción de
ella, ni tampoco me he acercado por sus
proximidades después de la puesta de
sol, en la que dicen que la silueta difusa
de él, apenas entrevista y sin contornos
definidos, se perfila desdibujada en las
tinieblas. Pero lo cierto es que algo de
los dos perdura aún en la abadía. Se
siente su presencia en el aire que se
respira dentro de los paredones de este
monasterio, al que el paso de los años,
el viento que se ha ido filtrando por los
huecos de sus ventanas y la lluvia que ha
ido derrumbando las bóvedas que
cubrieron las distintas dependencias ha
ido transformando en un añorante
vestigio de lo que fue.

CAPÍTULO I
La puerta estaba entreabierta. La
luna que ascendía por el firmamento
aclaraba las sombras inciertas del
camino pedregoso que se extendía al
otro lado de la valla y que se
prolongaba como una cinta para morir
en las ruinas, que apenas podían
adivinarse desde allí, perfilándose en
negro en la oscuridad. Diego le señaló
la cancela.
—Mira. Los obreros se han
olvidado de cerrarla. ¿Entramos a echar
un vistazo?
Con los ojos muy abiertos
abarcó Alicia lo que podía distinguir de
la extensión de terreno solitario que en
su día cultivaran los frailes del
monasterio. Una finca, cercada por una
valla de piedra y ahora yerma, desde
que aquellos se vieron obligados a
abandonar la abadía durante la primera
mitad del siglo dieciocho. Se habían
iniciado ya las obras de restauración del
complejo arquitectónico y la puerta que
tenían frente a ellos y que daba acceso a
la finca en el que estaba enclavado
permanecía siempre herméticamente
cerrada, por lo que anteriormente se
había contentado ella con echar una
ojeada a través de sus barrotes de
hierro, cuando se acercaba por allí con
sus amigas en bicicleta. Apenas si se
divisaba desde ese lugar algo de lo que
en su día fuera una próspera abadía,
pero emanaba de esos vestigios del
pasado algo que Alicia no acertó a
precisar, pero que en ese instante le
erizó el vello de los brazos.
—No, no, vámonos. Es muy
tarde ya y además… — buscó una
excusa para negarse a trasponer la
puerta sin decepcionarle ni reconocer el
miedo que le inspiraba aquel entorno—
… es que ya sabes que Irina se preocupa
si me retraso.
— ¿Tu hermanita?
—Sí, claro.
—Tendrás que presentármela un
día de estos. Imagino que tendrá aspecto
de oso gruñón.
Con el ceño fruncido evocó
Alicia la juvenil imagen de la aludida, a
la que en absoluto le cuadraba el
calificativo que Diego le había
aplicado. Su hermana se le parecía
mucho y era espigada, como ella. La
expresión de su rostro además era dulce,
aunque en su opinión pecaba de
regañona, o al menos a ella se lo
parecía, pues últimamente tenía la
sensación de que se había abierto un
abismo entre las dos. No podía precisar
Alicia el motivo ni la fecha de ese
distanciamiento. Anteriormente y, pese a
los años que mediaban entre ambas, eran
inseparables, pero en el presente Irina
se había convertido en una especia de
cancerbero, que se excedía al imaginar
los peligros que podían acecharla a ella
a la que consideraba una alocada, por lo
que no le permitía regresar a casa de
madrugada ni siquiera en verano.
Trataba de averiguar siempre y en toda
circunstancia con quién salía, aunque el
mes anterior había cumplido ella los
dieciocho. Ya era mayor, por tanto. En
octubre comenzaría a asistir a la escuela
de enfermería, por lo que en su opinión
no necesitaba una niñera como la otra
parecía creer.
Aunque se llevaban doce años,
Irina podría pasar por una jovencita de
su misma edad. Con su melena castaña y
lisa y sus grandes ojos dorados de
mirada inocente, nadie adivinaría al
verla que poseía un carácter fuerte y que
era una profesora muy considerada en el
instituto donde daba clases de historia
del arte. Todas sus horas libres las
dedicaba a preparar la oposición para
acceder como funcionaria al puesto de
instituto que desempeñaba
interinamente, de la que le quedaba por
superar el último ejercicio. Estaba
convocado para principios del otoño,
por lo que ese verano apenas si había
levantado la cabeza de los libros,
mientras Alicia, por el contrario,
disfrutaba alegremente de las delicias de
la estación.
—No, no tiene aspecto de oso
gruñón— le rebatió—. En realidad se
parece mucho a mí o, mejor dicho, yo
me parezco mucho a ella. Lo que ocurre
es que es demasiado responsable. Si
estuviera aquí en este momento nos
recordaría que en las propiedades
ajenas no se entra sin permiso del dueño
y que…
Diego se echó a reír
desdeñosamente.
—Sí, claro. Y añadiría también
que no se deben visitar las ruinas sin ir
acompañados del encargado de las
obras y protegidos con un casco, porque
se corre el riesgo de que te pueda caer
una cornisa en la cabeza. ¿A que tu
hermana diría eso también?
No tuvo Alicia necesidad de
reflexionar para darle una respuesta.
—Sí, también lo diría.
—Porque debe ser un
pesadísimo rollazo.
Aunque le molestó su
comentario, no permitió que aflorara a
su semblante la contrariedad que le
había producido. En silencio clavó su
mirada en lo que podía distinguir del
rostro del muchacho a la pálida luz de la
luna, apreciando el indiscutible
atractivo que poseía. Le había conocido
ese verano y desde la mañana en la que
apareció con otros chicos de la pandilla
a bañarse en el pantano, en cuya orilla
se encontraba ella con varias amigas,
había hecho lo imposible, a la par que
las demás, para que se fijase en ella.
Diego acababa de cumplir los
diecinueve y era el único del grupo que
disponía de una moto en la que paseaba
a la afortunada jovencita que elegía en
cada ocasión. Ese verano había flechado
a todas sus amigas. Todas hubieran dado
algo por salir a navegar con él por el
pantano, pues también sus padres eran
propietarios de un velero, o porque les
propusiera acompañarle al cine de
verano como había hecho con ella esa
tarde por primera vez. Se lo había
sugerido unas horas antes en la heladería
y, aunque a Alicia le horrorizaban las
películas de acción en las que el
protagonista repartía mandobles a
diestro y siniestro, había aceptado sin
dudarlo. Al finalizar la película, la
había llevado hasta la cerca de la finca
que rodeaba la abadía, cuya puerta,
siempre cerrada, habían encontrado
inexplicablemente abierta y acababa de
proponerle trasponerla y aventurarse en
el enigma que encerraban los semi
derruidos muros que siglos atrás
constituyeron la morada de la orden
monacal. Desde el lugar en el que se
hallaban, se destacaban en negro contra
un firmamento tachonado de estrellas y
clareado a trechos por la luna. Su
apariencia a esas horas de la noche era
fantasmal, pero si se negaba a
acompañarle perdería puntos en su
estimación y quizás la relegase al
ostracismo en favor de otra chica de la
pandilla más decidida, Por esa razón no
quería decepcionarle.
En ese momento la contemplaba
con expresión burlona al preguntarle:
—¿Cuántos años tiene tu
hermana?—
Treinta. Doce más que yo.
—Ya, un vejestorio. Y te trata
como si fuera tu madre, ¿a que sí?
Aunque también a Alicia le
parecían viejos todos los que pasaban
de veinticinco, le fastidió nuevamente
que se refiriera a Irina de una forma tan
despectiva, pero no se atrevió a
contradecirle, diciéndose que
probablemente también perdería el
incipiente interés que había manifestado
por ella, si se daba cuenta del apego que
sentía por su hermana y la conceptuaba
como una chiquilla a medio crecer.
.—Bueno, sí. Creo que sabes que
mi padre es diplomático y que le
destinaron al extranjero hace varios
años. Ahora está en la embajada de
Kuwait, con mi madre. Cuando le
ofrecieron ese puesto, Irina estaba
estudiando en la universidad y yo en el
colegio, por lo que pensaron que era
mejor que nosotras nos quedáramos en
casa. Mi hermana se ha ocupado de mí
desde entonces y… es natural ¿no?
Diego se encogió de hombros
como si la explicación que acababa de
darle le aburriera soberanamente.
—Pues… no sé, supongo que sí,
pero no se va a enterar de que esta
noche, por casualidad, se han olvidado
de cerrar la puerta como acostumbran,
con lo que nos han permitido vivir la
aventura de pasearnos por una finca
misteriosa y de visitar una abadía
legendaria, siempre cerrada al público.
Nos acercaremos a las ruinas y
echaremos una ojeada. Tenemos la
suerte además de que esta noche hay
luna llena, así que a lo mejor vemos al
fantasma.—
¿Al fantasma. ¿A qué
fantasma?
Diego volvió a reír.
—¿Nos has oído hablar en el
pueblo de ese fantasma, de doña Elvira?
Movió Alicia negativamente la
cabeza, reprimiendo

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