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Libro PDF Los impunes Richard Price

Los impunes - Richard Price

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depósito de cadáveres. Era un inhóspito revoltijo
de mesas metálicas grises iluminadas por
fluorescentes y con separadores de plástico
animadas con fotos autografiadas de Samuel L.
Jackson, Derek Jeter, Rex Ryan y Harvey Keitel
que compartían espacio con fichas de
sospechosos, estampas familiares y espeluznantes
instantáneas tomadas en escenas del crimen. Un
acuario de cristal de dos metros, medio lleno de
peces gato cual tiburones en miniatura, dominaba
una de las paredes de hormigón; una bandera
estadounidense de tamaño embajada cubría la otra.
No vio a ninguno de los miembros habituales de
su brigada: Emmett Butter, actor a tiempo parcial,
tan novato en la unidad que Billy aún estaba por
permitirle encabezar alguna investigación; Gene
Feeley, que a finales de los ochenta formaba parte
del equipo que había acabado con el imperio del
crack de Fat Cat Nichols, llevaba treinta y dos
años en el Cuerpo, era propietario de dos bares en
Queens y seguía allí únicamente para sacarse la
pensión máxima; Alice Stupak, que trabajaba de
noche para poder estar con su familia durante el
día; y Roger Mayo, que trabajaba de noche para
poder evitar a su familia durante el día.
No era raro que la sala estuviera desierta treinta
minutos después de haber tenido lugar el relevo,
dado que a Billy no le importaba dónde pasaran el
turno sus inspectores siempre y cuando
respondieran al teléfono cuando los necesitaba. No
le veía ningún sentido a obligarles a pasarse la
noche entera sentados a sus mesas como si
estuvieran castigados en el colegio. Pero a cambio
de aquella libertad, si cualquiera de ellos —con la
excepción de Feeley, que tenía tantos contactos de
la vieja escuela en el n.º 1 de Police Plaza que
podía hacer o dejar de hacer lo que le viniera en
gana— dejaba de responder a su llamada, aunque
solo fuera una vez, quedaría expulsado de la
brigada sin que baterías descargadas, caídas en el
retrete, peleas callejeras, robos, el Apocalipsis o
la Segunda Venida sirvieran como excusa.
Tras dejar la bolsa del supermercado en su
diminuto despacho sin ventanas, Billy salió de la
sala y recorrió el corto pasillo hasta la centralita,
atendida por Rollie Towers, alias el Ruedas, un
muchacho grandote cual Buda vestido con
pantalones de chándal y sudadera de la John Jay,
cuyo enorme trasero asomaba por ambos costados
de su silla Aeron con cinchas mientras driblaba las
llamadas entrantes y desviaba como un portero las
peticiones de intervención de la Guardia Nocturna
desde diversos escenarios del crimen.
—Mire, sargento, mi superior aún no ha llegado
—dijo Rollie saludando a Billy mediante un
asentimiento de cabeza—, pero puedo adivinar lo
que va a decir. Nadie ha salido herido, el tipo ni
siquiera está seguro de que fuese una pistola. Yo
me limitaría a tomarle declaración y esperaría
hasta mañana a que lleguen los de la Quinta
Brigada, por si acaso se ajusta a algún tipo de
patrón que ya estén investigando, ¿le parece?
Tampoco es que nosotros podamos hacer gran cosa
en este caso. Sin problema… sin problema… sin
problema.
Colgó y se volvió hacia Billy.
—Sin problema.
—¿Alguna novedad?
Billy alargó una mano hacia los Doritos de
Rollie, luego se lo pensó mejor.
—Tangana en el distrito 3-2, dos mujeres
armadas con pistolas, una en la acera, la otra en el
asiento trasero de un taxi. A una distancia de, a lo
sumo, un par de metros. Seis disparos en total y,
ojo al dato, ninguna de las dos tiene un solo
rasguño. Toma exhibición de puntería.
—¿El taxi iba en marcha?
—Al parecer se estaban persiguiendo por los
Eisenhower. Una de las tipas se sube al coche y le
dice al taxista que salga cagando leches, pero el
tío en cuanto ve la pistola salta del vehículo y echa
a correr hacia Senegal, probablemente ya esté a
medio camino en estos momentos.
—Pies para que os quiero.
—Butter y Mayo están ahora en la comisaría del
3-2 viendo cómo Annie Oakley y Calamity Jane
duermen la mona.
—¿Y el taxista? Ahora en serio.
—Lo han encontrado a ocho manzanas de allí,
intentando trepar a un árbol. Se lo han llevado
para tomarle declaración, pero solo habla wólof y
francés, así que están esperando a un traductor.
—¿Algo más?
—No, señor.
—¿ Y a quién me han encasquetado?
Billy temía las incorporaciones voluntarias, una
colección siempre cambiante de inspectores del
turno diurno ávidos de horas extras que cada noche
engrosaban las mermadas filas de su brigada, a
pesar de que la mayoría no servía para nada
pasadas las dos de la madrugada.
—Supuestamente hay tres, pero a uno se le ha
puesto malo el niño, el otro fue visto por última
vez en una fiesta de jubilación en el Noveno, por
lo que convendría averiguar si está en estado de
presentarse, y haría bien en echarle un vistazo a lo
que nos ha enviado Central Park.
—¿Está aquí? No he visto a nadie.
—Mire debajo de la alfombra.
De vuelta en la sala de la brigada, el voluntario,
Theodore Moretti, se escondía a plena vista
encorvado con los codos sobre las rodillas frente
a la mesa más alejada de la puerta.
—Estoy en el aire —siseó para su móvil—,
ahora mismo me estás respirando, Jesse. Te rodeo
por completo…
Moretti, bajo y achaparrado, tenía el pelo negro
y liso peinado con la raya exactamente en el medio
y unos ojos de mapache que conseguían que los de
Billy parecieran claros y diáfanos en comparación.
—¿Qué tal?
Billy se plantó junto a él con las manos en los
bolsillos, pero antes de que pudiera presentarse
como su oficial superior, Moretti se levantó, salió
de la sala y regresó al cabo de un momento,
todavía al teléfono.
—¿De verdad crees que podrás librarte de mí
tan fácilmente? —le dijo Moretti a Jesse, la
afortunada en amores, algo que permitió a Billy
reconocerlo por lo que era y descartarlo en
consecuencia.
Aunque el dinero era la principal motivación
para quienes se incorporaban de manera puntual a
la Guardia Nocturna, de vez en cuando algún
inspector se presentaba voluntario no tanto por las
horas extras como porque simplemente le era útil
para sus acosos.
Dos menos cuarto de la madrugada… El ruido de
neumáticos rodando sobre una calleja secundaria
llena de bombillas rotas sonó como una bolsa de
palomitas alcanzando el clímax en el microondas.
Eran las consecuencias de un encontronazo
programado entre los Skrilla Hill Killaz, del
bloque Coolidge, y los Stack Money Goons, del
Madison, que se había saldado con el envío de
cuatro críos al St. Luke’s para que les pusieran
puntos, uno de ellos con una esquirla de cristal
clavada en la córnea como una vela en miniatura.
A saber de dónde habrían sacado las bombillas.
Cuando Billy y Moretti salieron de su sedán, la
Unidad de Grupos Juveniles Organizados 2-9 —
seis jóvenes con anorak y bambas de caña alta—
ya estaba practicando detenciones, poniéndoles los
grilletes de lazo a los pandilleros tendidos boca
abajo como quien ata gavillas de trigo. El campo
de batalla había quedado flanqueado por dos
niveles de mirones: en la acera, docenas de
vecinos del barrio, unos cuantos de ellos, a pesar
de la hora, con niños a remolque; por encima de
sus cabezas, una cifra similar de personas
asomadas a las ventanas de los gastados inmuebles
de renta baja que se alzaban a ambos lados de la
estrecha calleja.
Con su cráneo afeitado y pantalones vaqueros
cortados a la altura de la pantorrilla, como un
matón de patio de colegio múltiples veces
repetidor, el OI de la unidad, Eddie López, se
acercó a Billy con una docena de grilletes de lazo
todavía sin usar colgando de las muñecas como
brazaletes.
—Ambas pandillas llevan toda la semana
echándose mierda mutuamente en Facebook.
Deberíamos haber llegado aquí antes que ellos.
Billy se volvió hacia Moretti.
—Empieza a tomar declaraciones a los chavales
en Urgencias, que te lleve alguien de la Unidad de
Grupos Juveniles.
—¿En serio? No dirán una mierda.
—Aun así… —Billy lo azuzó con la mano,
pensando: «Un muerto que me quito de encima».
Desde el otro extremo de la manzana,
emergiendo de la oscuridad rodeada de árboles
como un carnívoro en embestida, apareció un
baqueteado taxi que no frenó hasta encontrarse
prácticamente encima del festival de arrestos. Una
mujer de cuarenta y tantos años en bata brincó del
asiento trasero antes de que el vehículo se hubiera
detenido del todo.
—¡Dicen que mi hijo podría quedar tuerto!
—Siete dólares —dijo el taxista, sacando una
mano por la ventanilla.
—Ya empezamos —le susurró López a Billy
antes de apartarse de él—. Señora Carter, con
todos los respetos, nosotros no le hemos pedido a
Jermaine que estuviera aquí a las dos de la
madrugada cazando Skrillas.
—¡Y usted cómo sabe lo que estaba haciendo en
la calle!
La luz de las farolas convirtió sus gafas de
montura al aire en discos de pálido fuego.
—Porque lo conozco —dijo López—. No es la
primera vez que trato con él.
—¡Le han dado una beca para estudiar en el
Colegio Universitario Sullivan County el año que
viene!
—Me alegro, pero una cosa no quita la otra.
—Lo siento, Charlene —dijo una de las
vecinas, bajándose de la acera—, sin ánimo de
ofender, pero aquí todas sabemos que tú eres tan
responsable como el muchacho que ha arrojado el
cristal.
—¿Perdoooona?
La cabeza de la señora Carter retrocedió
bruscamente cual martillo de pistola.
—¿Siete dólares? —repitió el taxista.
Billy le dio un billete de cinco y luego le pidió
que saliera marcha atrás.
—Te oigo hablar en todas las reuniones de la
asociación de vecinos —dijo la mujer—, siempre
lo mismo, «Mi hijo es un buen chico, no es un
pandillero de verdad, es el entorno, son las
circunstancias», pero aquí el agente tiene razón. En
vez de leerle la cartilla a tu hijo, continuamente
estás buscando maneras de excusarle, así pues
¿qué esperabas?
La madre del muchacho se quedó petrificada
con los ojos como platos; Billy, sabiendo lo que se
avecinaba, la agarró del brazo justo cuando
lanzaba un puñetazo hacia la mandíbula de la otra
mujer.
Una oleada de murmullos y chasquidos de
lengua recorrió a la multitud. Un cigarrillo salió
volando e impactó en el hombro de Billy, pero en
un entorno tan reducido resultaba imposible
adivinar contra quién había ido dirigido realmente,
así pues, c’est la guerre.
Mientras retrocedía para quitarse las cenizas de
la chaqueta deportiva, sonó su móvil: Rollie el
Ruedas.
—Jefe, ¿recuerda las Olimpiadas del 72?
—La verdad, no.
—¿La masacre de Munich?
—Vale…
—Uno de los nuestros estuvo allí, ayudó a ganar
la plata en cuatrocientos metros relevos. ¿Horace
Woody?
—Vale…
—Vive en las Torres Terry, en Chelsea.
—Vale…
—Acaba de llamar una patrulla, le han robado
la medalla. ¿Quiere que nos encarguemos
nosotros? Podría acabar siendo mediático y
además Mayo está sentado en su mesa hablando
solo otra vez.
—Entonces envíale a Urgencias del St. Luke’s
para que tenga vigilado a Moretti, que se asegure
de que no roba escalpelos o algo.
—¿Y el caso del medallón sustraído?
López le miró por encima de la cabeza de un
Money Stacker de trece años esposado.
—Eh, ¿sargento? Podemos encargarnos del
resto sin problemas.
—Dile a Stupak que se reúna allí conmigo —
dijo Billy al teléfono—. Voy para allá.
El caso parecía una nadería, pero nunca había
conocido a un atleta olímpico.
Las Torres Terry eran un complejo de doce plantas
de renta limitada levantado bajo el auspicio de la
Ley Mitchell-Lama en los aledaños de la Veinte
Oeste; es decir, un peldaño por encima de los
alojamientos de protección oficial, lo que
significaba menos ascensores permanentemente
fuera de servicio y hedores no tan feroces en los
pasillos. El 7G era un apartamento pequeño,
agobiante y desordenado, los platos de la cena
seguían sobre la mesa a las tres menos cuarto de la
madrugada. Horace Woody, bien entrado en los
sesenta pero bendecido por el ADN con el físico
de un adolescente larguirucho, se hallaba de pie en
mitad del angosto salón, en calzoncillos y con los
brazos en jarras. La tirante piel del pecho tenía el
color de un buen abrigo de pelo de camello, pero
sus ojos eran guindas y su aliento a licor dulce tan
intenso como para que a Billy le rechinaran los
dientes.
—No es que no sospeche quién puede haber
cogido la condenada baratija —dijo Woody
arrastrando las palabras y mirando
malhumoradamente a su novia, Carla Garrett,
apoyada contra un viejo mueble de televisor
cubierto por botellas de licor de esotéricas formas
y fotos arrugadas en marcos de plexiglás.
De mirada seria y realista, debía de tener la
mitad de años que él y era tirando a gruesa. La
jovial y resignada torsión en la comisura de sus
labios confirmó la corazonada de Billy sobre la
intrascendencia de la denuncia, en el peor de los
casos una disputa doméstica a cámara lenta, pero
en realidad no le importó, fascinado como estaba
por la extraordinaria lozanía del anciano.
—Algunas personas —dijo Woody— pretenden
quitarle toda la vida a la vida.
Llamaron discretamente a la puerta principal;
después, Alice Stupak, metro sesenta y dos, pero
con la constitución de un armario ropero, entró con
soltura en el apartamento. Su rosácea crónica y el
flequillo corto y anaranjado siempre le traían a
Billy a la cabeza la imagen de un Peter Pan
alcohólico y marcado por las batallas.
—¿Qué tal estamos todos esta noche? —bramó
con alegre autoridad Stupak. Después,
dirigiéndose como un misil hacia el niño
problemático—: ¿Y usted, caballero? ¿Está
pasando una buena velada?
Woody retrocedió entornando los ojos con
desaprobación, una expresión que Billy ya había
visto suscitada por Alice, sobre todo, pero no
exclusivamente, en sus repentinamente perplejos
interlocutores masculinos. Pero por temible que
resultara para algunos su contemplación, Billy
sabía que padecía de un perpetuo mal de amores y
que se pasaba la vida suspirando por tal o cual
inspector o bombero, camarero o portero,
dominada siempre por la desesperación de que
todos aquellos novios en potencia asumieran
automáticamente que era bollera.
—¿Señora? —dijo Stupak, asintiendo en
dirección a la novia de Woody—. ¿Qué hacemos
aquí?
Carla Garrett se apartó del televisor y se dirigió
con parsimonia hacia la parte trasera del
apartamento, curvando un dedo en dirección a
Billy para que la siguiera.
El cuarto de baño iluminado por leds resultaba
ligeramente claustrofóbico; frascos y tubos sin
cerrar de productos para el cuidado de la piel y el
cabello se acumulaban sobre el borde tanto de la
pila como de la bañera, toallas usadas colgaban
hasta del último pomo, barra y gancho disponibles,
y había pelos caídos en lugares que indujeron a
Billy a apartar la mirada. Mientras la novia de
Woody escarbaba en el interior de una colmada y
olorosa cesta para la ropa, el móvil de Billy sonó:
Stacey Taylor por tercera vez en dos días. Su
estómago dio un pequeño vuelco de alarma cuando
canceló la llamada tal como había hecho con las
anteriores.
—¿La tienes ahí? —ladró Woody desde el
pasillo—. Sé que la tienes ahí.
—Limítese a seguir viendo la tele —llegó la
voz de Stupak a través de la puerta cerrada.
Cuando la novia volvió a incorporarse junto al
cesto, sostenía la medalla de plata entre las manos;
tenía el tamaño de un platillo de café.
—Verá, cuando bebe demasiado le da por
empeñarla con idea de empezar una nueva vida. Ya
lo ha hecho algunas veces ¿y cuánto cree que le
dieron por ella?
—¿Un par de miles?
—Ciento veinticinco dólares.
—¿Puedo cogerla?
A Billy le decepcionó su ligereza, pero de todos
modos sintió un leve cosquilleo.
—Verá, Horace es majo la mayor parte del
tiempo, desde luego los he conocido peores, solo
se pone

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