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Libro PDF Los nombres del aire Alberto Ruy Sánchez

 Los nombres del aire  Alberto Ruy Sánchez

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también una ventana abierta a una corriente de aire
que se le escapa… Fatma —dijo Aisha después de
dar un alarido—, el canto de tu pájaro entrará hoy
de nuevo en el laberinto de tu oído, pero no sabrás
distinguirlo. Estarás muy cerca del ave que
persigues, casi la tendrás en la mano, pero no
podrás reconocerla porque cuando llegues a ella
habrá perdido los colores con los que la piensas.
El aire te arrebatará lo que antes te había traído.
Más alicaída aún después de las palabras de su
abuela, Fatma sintió en ella un reto enorme pero
digno del deseo que la movía. De nuevo en su
ventana, frente al mar, decidió tomar el desafío
que se le presentaba e iniciar el viaje interno
anunciado por Aisha. Su búsqueda había
comenzado. Estaba ansiosa por demostrar que sí
podría reconocer al pájaro que imperioso hacía
volar a sus aves secretas.
La gran celosía de madera que enmarcaba la
ventana de Fatma recortaba los rayos del sol en
formas geométricas que semejaban estrellas. Un
pequeño universo, al que Fatma daba la espalda,
aparecía sobre una pared del fondo.
II. Un secreto en el viento
Casi podía ser vista la sequedad del aire. Aquella
tarde en las costas de Berbería, sobre la ciudad
amurallada de Mogador, el otoño se anunciaba en
el viento. Sus impulsos invisibles, largos y secos,
metiéndose como serpientes furiosas entre los
arrecifes, arrancaban de esas piedras carcomidas
el sonido de una desgarradura.
Y como todos los años, cuando se anunciaba así
la estación, las aves del puerto parecían responder
a ese ruido con graznidos de alarma. A la mañana
siguiente, las más desprotegidas emigraban. Las
pequeñas gaviotas Cola de Luna, los Pavos de
Agua, los Cuervos Rojos, las Cigüeñas Friolentas
y las Aves Enanas —esas que eran devoradas por
los peces— hacían esa mañana giros cada vez más
amplios sobre las barcas y desaparecían. Las
barcas continuaban golpeando pausadamente sus
cascos contra los leños del muelle mientras las
aves se perdían en el horizonte, aparecían de
nuevo un instante acercándose de prisa y volvían a
desaparecer.
La ciudad iba cayendo compulsivamente bajo el
nuevo clima —pájaro cruel de plumas
transparentes y frías—, mientras Fatma oía desde
su ventana el viento entre los arrecifes, sentía
sobre los labios la sequedad del aire, y dejaba que
sus ojos acompañaran a las aves en su fuga
indecisa. Pero la mirada de Fatma, alejándose
obstinada, era en su vuelo el blanco de mil
murmuraciones. En ella estaban clavadas las
saetas de una población pequeña que veía en su
fijeza la forma alada de un enigma: un posible
secreto que perturbaba con su sombra la línea del
horizonte.
Mientras cruzaban la ciudad cien rumores, el
viento de la tarde removía la sal sedimentada
durante el año sobre la muralla, levantando de la
piedra largas y delgadas hojas blancas. Los niños
corrían a recibirlas en el momento que las hojas de
sal se desprendían del muro, y regresaban a sus
casas caminando lentamente con las frágiles
láminas sobre las manos. Nunca llegaban, porque
el mismo viento que se las había entregado se las
arrebataba, y al ponerlas a volar las convertía en
un polvo tan delgado que ni siquiera era posible
diferenciarlo del aire.
Fatma los veía hundir las manos en la piedra y
levantar, suavemente, unas telas finas y estiradas
que, bajo el sol y desde su ventana, parecían
salpicadas de puntos brillantes. En las manos de
los niños esas telas explotaban en silencio. Una
nube luminosa los ocultaba completamente un solo
instante, y se desvanecía mientras ellos
manoteaban tratando de apresar lo que ya ni
podían ver.
Fatma miraba con detenimiento una y otra vez la
misma escena, que en esa época era en Mogador
cosa de todos los días. Porque de pronto se había
puesto a mirar minuciosamente las cosas de todos
los días, encontrando en ellas la ventana hacia un
mundo que, para todos los demás, resultaba un
enigma. “Fatma, miras como si vinieras de otra
parte —le decían—, como si estuvieras
únicamente interesada en moscas que pasan lejos o
en pájaros que vuelan de noche.” Nadie pudo decir
exactamente en qué día el ánimo de Fatma había
tomado sus nuevos y extraños cauces.
Cuando todos se dieron cuenta ya parecía ser
demasiado tarde y no había consejos que dar ni
motivos claros para compartir lamentos. Ella
estaba haciéndolo todo de una manera que
exasperaba a las mujeres y a los hombres, pero
que al mismo tiempo los incitaba a tratar de
descubrir qué la había hecho cambiar así.
Todos en Mogador querían saber su secreto, y
se habían puesto a tratar de descubrirlo como
quien quiere obtener la confesión de un mudo
interpretando sus silencios: cada quien iba
poniendo palabras de su propio gusto en esa boca
cerrada.
Fatma se daba cuenta de que a su alrededor se
levantaban bruscas murmuraciones, pero no
mostraba ninguna inquietud por ellas, como si
todos sus pensamientos estuvieran embebidos en
una tela invisible, y ella supiera con certeza que
nadie podría nunca apresar su secreto, ya que éste
era de una materia ligera y brillante, comparable
tan sólo a las repentinas nubes de sal que por las
tardes se escapaban de las manos cerradas de los
niños.

III. Tempestad callada
Fatma había dejado de oír a la gente con más
desenvoltura que si fuera sorda, como quien se
deja ocupar totalmente por otra música: una voz
absorbente, una canción que llama. No dejó de ver
a los ojos de quienes la rodeaban, pero su mirada
penetraba, casi hiriente, y luego se iba alejando,
abriendo compuertas invisibles, para llegar a tocar
algo que era como el fondo del aire.
Casi no hablaba: pronunciaba las palabras
indispensables sin una más que se derramara de
una sonrisa difícil. Al principio cualquiera hubiera
pensado que estaba de mal humor o que cruzaba
algunas horas de tristeza. Con el tiempo se fue
haciendo inevitable captar que Fatma se había ido
a un viaje sin regreso, muy dentro de ella misma, y
que su alteración era una de esas heridas que ya no
cicatrizan.
Alguien llegó a decir que ella había sido
ocupada por el alma de un muerto que ahora le
reclamaba su atención; y alguien más aseguraba
que, en sueños, Fatma había cruzado las puertas
prohibidas del Blanco Palacio del Secreto y había
quedado para siempre enamorada de algunos de
los seres invisibles que lo habitan.
Para ciertas mujeres de Mogador, lo que la
ceñía no podía ser sino un embrujo: la distracción
o la tristeza eran poco para explicar eso que
dominaba los ojos de Fatma.
Cuántas cosas llegaron a decirse sobre ella,
sobre su ventana, sobre la manera extraña en la
que sus ojos examinaban los cuerpos: desde muy
lejos y muy adentro, dejando en todos una punzada
que se irritaba con el viento, un deseo profundo de
alterar su recorrido, de atraerla o rechazarla, de
impedirle cultivar esos gestos que no se dejaban
interpretar con certeza.
Para los habitantes de Mogador, Fatma se
convirtió pronto en algo más lejano que un cuerpo
extranjero. Conociéndola la desconocían, y ya sin
poder saber lo que ocultaban sus pensamientos,
quienes la veían depositaban en ella una parte de
los suyos: los irritables la veían muy irritada, los
friolentos aseguraban que tenía pulmonía, los
temerosos de perder sus cosas se preguntaban de
qué robo habría podido ella ser cómplice, los
comerciantes buscaban saber a quién se había
vendido con tan malos resultados, y quienes no
olían en ella culpas precisas se vaciaban de todas
maneras el pensamiento adivinando la humedad
atrayente de los pliegues entre sus piernas.
Las murmuraciones casi le tocaban la espalda
cuando iba al mercado (el gran Soko), a la fuente
de agua potable o al horno público. En los baños
(el hammam) lograba aislarse gracias al vapor y a
los rincones. Y donde menos observada se sentía
era en el breve recorrido que la llevaba de la
contemplación de su ventana a las orillas del
embarcadero. Ahí donde las rocas son más
grandes, junto a la muralla, bajando cerca del
estrecho por el que los barcos se deslizan para
entrar al puerto, Fatma miraba fijamente los
repliegues del mar entre las piedras.
Quien la veía pensaba que algo buscaba en el
agua, como algo parecía buscar en el aire cuando
estaba en su ventana. En el viento lograba
distinguir la misma agitación cadenciosa que ahora
veía, más rápida, entre las rocas: el agua entraba y
salía de los pasadizos arañados en las piedras,
removiendo en las diminutas cavernas un musgo
cuyos colores se escurrían del rojo al verde.
Fatma veía insinuarse entre la espuma delgada que
desaparecía ante sus ojos, una ventana pulida
hacia el fondo del mar. Bajo su mirada, el fondo
del mar y el del aire tenían los mismos paisajes
escondidos, los mismos habitantes fugaces.
Y Fatma parecía saber en qué instante la
transparencia del agua y la del aire se igualaban a
lo lejos, creando ese destello en el que, de pronto,
todo se ve.
Después de aquellos momentos ella parecía
deslumbrada, y no faltó quien quisiera hacerle
preguntas sobre el futuro, pedirle indicaciones
para concluir alguna transacción arriesgada, o
confirmaciones de felicidad futura ante un
matrimonio incierto. A todos éstos, agobiada,
Fatma los desconocía. Ellos eran, en la parte más
obscura de sus ojos, como pequeños e
insignificantes fuegos de artificio en lo que parecía
ser una larga noche de tormenta; tal vez, una
tempestad callada.

IV. Ardor y desconcierto
Fatma esperaba y era habitante de los lejanos
movimientos que lograba ver: vivía en las
profundidades de su larga espera. Y nadie parecía
saber cuál era la ausencia que la obligaba a mirar
velámenes hincharse por el camino donde los
barcos se alejaban del puerto amurallado de
Mogador. Hubo quienes llegaron a pensar que tal
vez ni ella misma supiera con certeza lo que
esperaba. ¿Algo impreciso pero indispensable?
Tal vez ojos que la miraran con la misma calma, o
alguien tan dispuesto a ser mirado por ella como
parecía estarlo la tarde a lo lejos. Y no faltó quien
al verla quisiera entrar en su rostro buscando las
marcas que rompieran su silencio: algunas líneas
alrededor de los ojos o de la boca que dejaran
saber para quién se preparaba su sonrisa.
Un ensimismado que salía de la escuela
coránica todo lleno de certezas iba quedando
intrigado al pasar cada día frente a la casa de
Fatma y verla en su ventana mirando de esa
manera hacia el mar. Era un hombre joven que
aprendía con orgullo y esmero a ver una virtud
mayor en la negación de su propia experiencia, y a
encontrar en El Libro Santo explicación, ley y guía
de la vida. Sin embargo, cuando se encontraba a
Fatma se veía envuelto por una inquietud que las
frases del Corán en su mente no llegaban a calmar.
Comenzó a pensar en ella más allá del tiempo en
el que la veía; fue invadiendo sus horas de reposo,
sus horas de lectura, y al poco tiempo también sus
horas de oración. Pero cuando ella alguna vez
llegaba a tenerlo enfrente, lo miraba con la misma
indiferencia, no completamente despreciativa, que
perturbaba a otros. Y él ardía en desconcierto al
verla porque no sabía identificar a la indiferencia:
sarraceno de corazón, sólo conocía negativas
desenvainadas. Deseaba a toda costa encontrar en
la actitud de Fatma señales de una posible
preferencia por él y buscaba ávidamente en el
Corán una manera de descifrarlas.
De pronto, El Libro comenzó a ser insuficiente
para sus necesidades, y eso hubiera sido para sus
maestros algo tan grave como encontrarle
imperfecciones a Dios.
Así que guardó en secreto su inquietud, y una
mañana que despertó antes de la primera oración,
entró solo a la biblioteca y abrió la caja sellada de
los libros prohibidos. Ya había oído hablar del
tratado sobre el amor y los amantes de Ibn Hazm, y
cuando lo tuvo en las manos fue directamente hacia
el capítulo sobre Las señas del amor hechas con
los ojos. “Los ojos hacen a menudo las veces de
mensajeros y con ellos se da a entender lo que se
quiere. Si los otros cuatro sentidos son puertas que
conducen al corazón y son ventanas hacia el alma,
la vista es entre todos el más sutil y el de más
eficaces resultados. Con la mirada se aleja y se
atrae, se promete y se amenaza, se reprende y se
da aliento, se ordena y se veda, se fulmina a los
criados, se previene contra los espías, se ríe y se
llora, se pregunta y se responde, se concede y se
niega. Cada una de estas situaciones tiene un signo
especial en la mirada…”
El ensimismado coránico iba al galope sobre
esas líneas, encendido en el asombro de encontrar
lo que en el Corán no cabía, atento sólo a su voraz
curiosidad. Presentía, o más bien deseaba, que en
este libro sí estuviera la clave de las miradas
tangenciales de Fatma hacia él. “Una seña con el
rabillo de un ojo denota veto de la cosa pedida.”
—Pero si no le he pedido nada todavía.
“Una mirada lánguida es prueba de aceptación”.
—Ella ve así, pero no cuando estoy frente a sus
ojos. Debe ser otra seña la que usa para mí.
“La persistencia de la mirada es indicio de
pesar y tristeza. La mirada de refilón es signo de
alegría. Entornar los ojos da a entender amenaza.
La seña furtiva con el rabillo de los ojos denota
súplica. Mover la pupila con rapidez desde el
centro del ojo hacia la comisura interna indica
imposibilidad. Mover ambas pupilas desde el
centro de los ojos es prohibición absoluta…” Al
llegar a esa línea sin encontrar su mejor respuesta
se topó con la conclusión de Ibn Hazm: “Las
demás señas de los ojos no pueden ser pintadas,
descritas ni definidas y se les comprende
viéndolas.” Era como dejar al aspirante coránico
sin silla, sentado en el aire. A él, que todo lo
encontraba escrito en El Libro, le estaban diciendo
de pronto que fuera a buscar cosas que ningún
profeta había cubierto con su manto infalible.
Comprendió o creyó comprender que por esa
razón eran prohibidos los libros como éste.
Con la curiosidad encaminada a otras partes y al
no ver en los ojos de Fatma señas claramente
favorables, dejó de pensar en ella. Pero comenzó a
frecuentar con enamoramiento los libros
prohibidos. Con el tiempo dejaría de ser
ensimismado y coránico absoluto; en secreto
tendría opiniones contrarias a las de sus maestros,
escribiría libros que también serían condenados.
Más tarde fundaría una secta herética:
Adoradores de la mirada que goza extendiéndose
sobre lo no escrito; escribiría poesía y moriría
lentamente en una plaza pública, ya sin seguidores,
apoyado únicamente por la soga dentada que
muerde el cuello de los herejes que desafían la
Alabada Palabra del Profeta.
Si el aspirante a coránico y futuro hereje
hubiese puesto un interés más minucioso en la
mirada furtiva de Fatma hubiese descubierto detrás
de su silencio una desbordada elocuencia de
gestos breves y otras señas sutiles. Podría haber
hecho el inventario poético de las señas del deseo,
de la misma manera que Ibn Hazm lo había hecho
con las señas del amor. Porque la historia de
Fatma en esos momentos era en sí misma como un
tapiz donde se entrelazaban los hilos delgados de
varias imaginaciones hirvientes de deseos,
incluyendo antes que ninguna, por supuesto, la de
ella.
Al leer esos libros prohibidos, el futuro
fundador de la secta de los Adoradores descubría
una tradición muy arraigada en la literatura
arabigoandaluza, la tradición del adab: del tratado
que es a la vez una narración y un poema,
generalmente vividos, en gran parte, por el autor.
Al ponerse frente a sus ojos, esa tradición parecía
pedirle que escribiera la historia de Fatma y de
sus deseos, mostrando públicamente la geometría
sutil, la arquitectura que esos deseos habían
construido en el espacio secreto de la imaginación
de unos cuantos. Pero sus propios demonios de la
vocación lo condujeron, inmediatamente, por otros
caminos.
Fatma ya estaba de nuevo en su ventana,
tensando el arco del horizonte, mientras el aún
coránico, intrigado por sus ojos, rompía en secreto
la cerradura de la caja prohibida. Ella no podía
imaginarse hasta dónde llevaría a algunos la
tenacidad de su mirada, pero sentía sin duda sobre
sus hombros una lluvia de preguntas constantes. Y
tal vez lo que ella esperaba era tan sólo un camino
sobre el mar que la alejara de su encierro entre
tantos ceños fruncidos interrogándola sobre su
espera.
Alrededor de su ventana, largas líneas de ocre
desvanecían la brillantez del muro encalado, como
si la lluvia atrapada por el sol sobre el muro
hubiera dejado en él las huellas de un quejido, sus
arañazos dorados. Quien pasaba bajo la ventana
de Fatma y la veía entre esas manchas escurridas
que enmarcaban su cara, se daba cuenta de que en
ellas estaban ilustrados sus más lánguidos
sentimientos. Porque no era solamente en su cara
sino también en las cosas que la rodeaban donde
había que enterarse de qué manera crecía y se iba
asentando en ella el callado animal de la
melancolía.
V. Presencia obscura
No frecuentaba a nadie fuera de la abuela con la
que vivía y aun de ella a veces parecía alejarse.
Su soledad buscada era inquietante en el puerto y a
algunos les desmentía las suposiciones de que
estuviera enamorada. ¿Qué enamorada dejaría de
frecuentar a su amado, aun si éste no le
correspondía? Y sin embargo, en el Soko, uno de
los vendedores de almendras verdes y castañas
crudas afirmó con mucha seguridad que las señas
mostradas por Fatma eran las de alguien que se
enamora, durante el sueño, de quien sólo entre
sombras la visita. El comerciante dio pruebas de
sus afirmaciones contando lo que le ocurrió a su
abuelo, “que murió de una enfermedad de las
ideas”.
Ahmed Al-labí, el abuelo, vendedor de higos y
dátiles remojados en azúcar, hizo fortuna desde
joven. Tomó por esposa a la hija de un Caid que le
permitió extender su comercio hasta la orilla del
desierto por el sur y hasta dos mares por el este y
el norte. Insatisfecho con los alcances de su dinero
equipó caravanas que de oasis en oasis cruzaron
varios desiertos, continuaban sobre barcas, y al
regresar traían de tierras inimaginables seda,
pólvora, oro y esclavas de ojos tristes como
almendras delgadas.
Ahmed Al-labí despertó una mañana con una
erección tan insistente que con las horas se hizo
terriblemente dolorosa. Ni su esposa ni sus
amantes habían presenciado esa terquedad y ese
volumen, más asombroso en una carne que estaba
ya en la edad del tibio descanso. Fue inútil todo
intento por apaciguarlo. Las matronas más
experimentadas sólo consiguieron aumentar su
hinchazón. Las brujas lo irritaron con ungüentos de
piel de iguana vieja. Y los médicos fueron
expulsados a gritos cuando blandieron sus afiladas
navajas.
Sesenta días le duró a Ahmed Al-labí ese
extraño sufrimiento que no amainaba un minuto y
que, en ocasiones, lo hacía dar gritos de júbilo y
dolor al mismo tiempo, justo antes de que su
venosa torre expulsara el líquido blanco que cada
vez parecía disolverse en el aire, como si algo
invisible e insaciable lo devorara.
Cuando todo acabó, Ahmed pesaba veinte kilos
menos, dormía tres horas más todos los días, y
entre sueños conversaba dulcemente con alguien
en una lengua incomprensible. Cuando estaba
despierto anhelaba dormir de nuevo, se hundía en
una tristeza cada vez más persistente. No vivió
más de diez meses. Aunque creyó que eran años.
Poco antes de morir, el viejo Ahmed confesó a
su nieto el sueño que tuvo la noche que
comenzaron sus pesares: una esclava de ojos
rasgados apareció mientras dormía, y eran tan
lentos sus movimientos que él los siguió uno a uno
con la mirada, como dejándose convencer por
argumentos incuestionables. Un deseo profundo
despertó en él dentro de su sueño. Pero la esclava
se alejaba hundiéndose en un líquido amarillo, en
el que Ahmed la seguía con los ojos cerrados. Al
abrirlos para buscarla, el líquido se hacía rojizo y
luego cada vez más transparente hasta que tomaba
de nuevo la consistencia del aire. Ella ya no se
veía por ninguna parte, como si se hubiera disuelto
en todo lo que Ahmed entonces respiraba.
Despertó angustiado mientras su carne preguntaba
por ella. Estaba en todo y no estaba, su olor era el
del aire, su fuerza el viento, su humedad la del
clima, su presencia ligera y en ocasiones opresiva;
siempre a su manera, exigente.
Después de contarle el sueño a su nieto, Ahmed
le mostró una mancha lisa y colorida, como un
tatuaje, que desde entonces había quedado como
cicatriz en la parte más alargada de su sexo. La
mancha tenía la forma de una araña roja, dorada y
negra, que crecía con la erección sin
empequeñecer después, como si se alimentara de
ella. Sus colores, expuestos a los rayos del sol,
daban la impresión de una flama. La araña
maduraba y se fortalecía al correr los meses,
mientras que el pene se arrugaba cada vez más
hasta hacerse diminuto.
Varias semanas después de aquel sueño, los
emisarios de Ahmed Al-labí regresaban de Oriente
con su cargamento acostumbrado. El viejo se
precipitó para ver a las esclavas buscando alguna
que saciara su entusiasmo. Su sorpresa se hizo
furia cuando se dio cuenta de que, por primera vez,
sus hombres no habían llegado con una sola
esclava. Su furia se hizo miedo cuando le dijeron
quién y cómo se los había impedido.
Llegando a un valle al que nunca habían
penetrado buscaron, como era su costumbre, la
protección del Señor de esos lugares para llevar a
cabo su comercio. Dominaba la región una mujer
de treinta años, propietaria de tierras y de gente,
que tenía una corte, un ejército y una biblioteca.
Todo un día interrogó a los hombres de la
caravana sobre la vida de quien los enviaba. Se
hizo describir durante horas hasta los últimos
lunares que Ahmed tenía en la cara, sus
ambiciones, su manera de hacer las cuentas, y
muchos otros detalles. Entre ellos, sus ardores
amorosos y su continuo afán de esclavas
extranjeras.
Al llegar la noche terminó su interrogatorio
diciéndoles: “¿Sabe su poderoso señor que puede
morir de fragilidad por haber extendido tan lejos
el abuso de sus deseos?” No esperó respuesta, se
retiró sin mirarlos.
Al día siguiente apareció frente a ellos con una
esclava muy hermosa, de ojos rasgados, digna de
perturbar los sueños del más poderoso o del más
santo. Con ella salieron sus tres hermanas,
terriblemente parecidas en su belleza. Cada una
llevaba el nombre de uno de los cuatro vientos que
recorrían aquella región. Eran un regalo

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