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Libro PDF Los placeres de Blanca – Alex Leciel

 Los placeres de Blanca – Alex Leciel

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mis piernas. Un pequeñín que me
viera como la mujer madura y
experimentada con la que vivir una
historia de deseo y pasión, donde el
aprendizaje de los placeres carnales
fuera la única asignatura a examinar.
De esta manera, por fin, yo dejaría
una huella imborrable en un hombre
que siempre me recordaría como
alguien muy especial. Luego seguiré
mi camino alejándome de la
promiscuidad para darme la
oportunidad de centrarme en alguna
historia verdadera.
El relaciones públicas del
entramado hostelero donde trabajo,
me había hablado de él en
muchísimas ocasiones. Matías era
amigo de gimnasio de Alfredo. Por
lo visto, se había interesado por mí
haciéndole mil preguntas y éste me
lo hacía saber a mí para generarme
interés. El tal Matías era de lo más
codiciado en el micro mundo snob
donde nos movíamos. Estaba
terminando la carrera de medicina y
ya tenía montada su clínica de
pediatría. Solo tenía veinticuatro
años y ya poseías veintiocho
propiedades, además era un chico
muy atractivo y un éxito exagerado
entre las chicas que hacían cola por
dejarse ver con él.
A mí todo esto no me llamaba la
atención, en absoluto, más bien al
contrario, me espantaba. Sin
embargo tanto comentario sobre
que era un total caballero y que
estaba muy bien dotado, fueron
creando curiosidad en mí. Ya iba
teniendo ganas de ponerle cara al
efebo, y Alfredo insistía en que yo lo
había visto con él en varias
ocasiones. Esto me preocupaba
porque nunca tengo rollos con
clientes. Si bien es cierto que salgo
con ellos alguna vez a tomar una
copa, una exposición, alguna
inauguración o cena, cosas de ese
estilo para afianzar al cliente, pero
jamás rollos raros. Ir de boca en
boca en esos ambientes puede traer
muchos problemas.
Debido a que llevo trabajando
con ellos unos 15 años, igual trabajo
en el restaurante, en la bocatería,
en la cafetería o en la sala de
conciertos. De este modo el trabajo
no resulta tan monótono. Lo cierto
es que sea el que sea el espacio en
el que me toque desempeñar mi
tarea, los clientes suelen ser
siempre los mismos. El perfil es
claro y transparente. A muchos
clientes los he visto terminar la
carrera, casarse e incluso tener
hijos. Son lo que en mi ciudad se
conoce como gente bien, de buena
familia, gente guapa, gente con
posibles, lo que coloquialmente se
conoce como gente pija.
Particularmente no es un cliente que
me moleste, suelen ser educados y
te puedes encontrar alguno amable.
Como a todos los mortales les
encanta sentirse importantes y
exclusivos. Tienen la dentadura
perfecta porque pueden permitirse
la visita al dentista tantas veces
como yo saco la basura. Por
supuesto todos tienen estudios
superiores y siempre han cursado
varios masters fuera del país. Todos
los años hacen varios viajes a
lugares de moda. Su aspecto es
pálido y cuidado. En los hombres
impera el clásico más clásico, pero
también te encuentras algún atrevido
en los colores, incluso pueden llevar
zapatillas deportivas que, por
supuesto, les diseñan de manera
personalizada. Tanto ellos como
ellas utilizan coches deportivos o los
últimos modelos de alta gama. Si en
verano se ponen de moda las
mechas californianas ellas ya las
llevan a finales de febrero. Alguna
se atreve con el corte de pelo de
moda, pero lo que se impone son
las cabelleras largas y femeninas,
como ellas. Siempre elegantes
hasta en sus looks más deportivos,
nunca les falta ningún complemento
o detalle. He visto bolsos que
costaban mi suelo de medio año. La
verdad es que da gusto verlos
siempre tan limpios y brillantes. Hay
noches que vale la pena ir al trabajo
solo para ver el despliegue de
modelitos de última tendencia. Sus
pieles no tienen imperfecciones a la
vista, por supuesto tampoco hay
tatuajes o perforaciones visibles.
Sus zapatos son diferentes en cada
ocasión y nada les queda grande ni
estrecho. Huelen tan bien como los
mejores perfumees de las grandes
marcas. Por fortuna, todo esto hace
que yo esté muy bien pagada y me
lo teme muy en serio, por eso, tener
un rollo con un cliente sería un
inconveniente desafortunado.
Pero Matías no se podía
considerar cliente, en todo caso
amigo de Alfredo. Además yo nunca
lo atendí por lo que, técnicamente,
no era mi cliente. Así que… ¡ancha
es Castilla! Sí es cierto que Alfredo
me lo había presentado en alguna
fiesta, pero como de costumbre no
le debí prestar atención y me
resultaba imposible recordar su
cara. Por eso una noche en la que
estaba cerrando la cafetería Alfredo
pasó casualmente por ella para
presentármelo. Ya había bajado la
persiana cuando, al echar el cierre,
escuché la voz de Alfredo a mis
espaldas
– ¡Blanca! ¿cierras ya?
– ¡No!, si te parece voy a
abrir a las tres de la mañana.
¡No fastidies!
Levanté la cabeza para
preguntarle si buscaba a alguien y
entonces vi que iba acompañado.
– ¿Te acuerdas de mi
amigo Matías?
– ¡Claro! Tú eres el médico,
¿verdad? – Le pregunté,
mientras en cuclillas giraba la
llave. Aquel jovencito no
decía ni pío, pero, tendió su
mano cortésmente para
ayudarme a levantar y
mientras me besaba en las
mejillas me decía
– Bueno, en breve seré
pediatra – y sus ojos decía
claramente “guárdate el
corazón que te lo robo”
Era como si el muñequito de la
Barbie hubiera extraviado su caja.
Tenía un precioso y ondulado pelo
moreno, unos maravillosos ojos
grises y unos labios tentadores,
enmarcados por una barba
estudiada al milímetro. El cuello
insinuaba una espalda de nadador
olímpico. Llevaba la camisa de
Carolina Herrera totalmente
abrochada y escrupulosamente
planchada. Pantalones de Armani y
zapatos de ochocientos euros.
Vamos, venía en plan informal. Al
darme los besos de cortesía
comprobé que olía a gel de baño y
que sus dientes blanqueados
estaban alineados de manera
cautivadora.
– ¿Y qué haces por aquí a
estas horas?, le pregunté a
Alfredo.
Me comentó que pasaba para
ver si quedaban invitaciones para la
fiesta del viernes. Le dije que sí
pero que acababa de activar la
alarma y que sería preferible que
pasara al día siguiente para
recogerlas. Además yo volvía al
trabajo a las nueve de la mañana y
quería marcharme ya a casa. No
puso ningún impedimento y se
ofreció a llevarme a casa en coche.
No era necesario, yo tenía la bici
atada a pocos pasos de allí. Nos
despedimos, no sin antes
preguntarle a Matías si él iría a la
fiesta. Me comentó que tenía mucho
que estudiar pero que le gustaría
pasar un ratito. Mientras desataba
la bici vi como Alfredo se subía a su
deportivo y Matías a su BMW
blanco.
A las cinco de la tarde, Alfredo
apareció el “El Solecito” con una
sonrisa socarrona y preguntándome
que me había parecido

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