---------------

Libro PDF Los últimos días de Pompeya E.G. Bulwer-Lytton

Los últimos días de Pompeya  E.G. Bulwer-Lytton

Descargar Libro PDF Los últimos días de Pompeya E.G. Bulwer-Lytton 


hasta las frivolidades escolásticas; debe elevar la
erudición clásica hasta la facultad creadora en vez
de subordinar esta a la charlatanería de los
colegios.
Por lo que respecta a la lengua que he hecho
hablar a mis personajes, he evitado
cuidadosamente lo que me ha parecido siempre un
error de los que han tratado de pintar individuos
de un siglo clásico en los tiempos modernos[2].
Los autores han puesto en su boca el lenguaje
hinchado y sentencioso, la elocuencia fría y
didáctica que han hallado en los escritores griegos
o latinos de primer orden. Tan absurdo es hacer
que pronuncien los romanos períodos rotundos en
su conversación familiar a lo Cicerón, como lo
sería en un novelista poner en boca de sus
personajes ingleses las largas frases de Johnson y
de Burke. Es tanto mayor esta falta cuanto que tal
alarde de ciencia descubre que no se sabe palabra
de crítica: rinde, fastidia, repugna, y al bostezar, ni
siquiera tenemos la satisfacción de pensar que
bostezamos como eruditos. Cuando queremos dar
cierta exactitud al diálogo de nuestros personajes
clásicos, debemos cuidar de llenar o embutir
(como se dice al estilo de colegio) sus discursos,
de pasajes tomados de los antiguos modelos. Nada
da a la marcha de un autor un aire tan tieso y
estirado como el ponerse al instante la toga. Es
menester aplicar a nuestra tarea la experiencia de
muchos años: las alusiones, los giros, el lenguaje
en general, deben nacer de una fuente que esté
llena hace mucho tiempo; las flores deben
trasplantarse de un suelo vivo, no compradas en la
plaza por segunda mano. Esta ventaja, que consiste
de hecho en estar familiarizados con el asunto, más
bien es obra de la casualidad que del mérito, y
depende de la mayor o menor atención que hemos
prestado a los autores clásicos, en nuestros
primeros estudios, o en los de la edad madura.
Con todo, aunque el escritor tuviese esta ventaja
en el grado más alto que pueden proporcionarla la
educación y el estudio, sería muy difícil que se
transportase a un siglo tan diferente del suyo, de
manera que no se notase en sus descripciones
inexactitud, inadvertencia u olvido de ningún
género. Y cuando en obras sobre las costumbres de
los antiguos, en trabajos graves y científicos,
compuestos por los hombres más sabios, se
encuentran imperfecciones de esta clase, que
advierten hasta los individuos de instrucción
superficial, sería excesiva presunción de mi parte
esperar haber sido más feliz que tantas personas
mucho más entendidas que yo, y en una obra que
requiere bastante menos saber. Me daré por
contento con que este libro, cualesquiera que sean
sus imperfecciones, pueda pasar por un cuadro,
débil tal vez en el colorido e incorrecto en el
dibujo, pero que ofrezca en todo caso una
semejanza de los rasgos y usos del siglo que he
querido pintar; y lo que más importa todavía,
¡ojalá sea una copia exacta de las pasiones y del
corazón cuyos elementos son los mismos en todos
los siglos! Por último, séame permitido recordar
al lector que si he conseguido dar interés y vida a
una pintura de costumbres y a una novela de los
tiempos clásicos ¡he hecho lo que ninguno hasta
ahora!, de donde se deduce también la
consecuencia igualmente consoladora, si bien
menos honrosa, de que si me he estrellado, me ha
sucedido lo que a los demás. Después de esto, lo
mejor es concluir aquí mi prologo. ¿Qué más
pudiera yo decir para probar que nunca es tan
ingenioso un autor como cuando se esfuerza en
hacer que valga una de sus obras o en justificarla?
LIBRO PRIMERO
Tal es el Vesubio y eso sucede todos los
años, pero las erupciones posteriores, aunque
se juntaran todas en una, no tienen
comparación con la que hubo en la época de
que queremos hablar.
Trocose el día en noche y la noche en
tinieblas despidió el volcán cantidad
incalculable de polvo y de cenizas con que
lleno la tierra, el mar, el aire, y sepulto dos
ciudades enteras Herculano y Pompeya,
mientras estaba el pueblo en los megos del
teatro.
Dion Cassio libro LXVI.
Capítulo I
Dos elegantes de Pompeya
Bien venido seas, Diomedes. ¿Cenas a la
noche en casa de Glauco?
Así hablaba un joven de pequeña estatura. La
túnica que caía de sus hombros en sutiles y
afeminados pliegues revelaban en él un patricio y
un fatuo.
—No, querido Clodio, no me ha convidado —
respondió Diomedes, hombre de mediana edad y
de aristocrático continente.
—¡Por vida de Pólux! mala pasada me ha
jugado; se dice que en Pompeya nadie da tan
opíparas cenas como las suyas.
—Excelentes son, pero nunca hay bastante vino
para mí. No es antigua sangre griega la que circula
por las venas de Glauco, porque dice que cuando
bebe vino por la noche no tiene talento al otro día.
—Puede que sea otra la causa de su economía
—dijo Diomedes frunciendo las cejas— a pesar
de su orgullo y de su prodigalidad; no le tengo por
tan rico como aparenta, y sin duela cuida más de
sus ánforas[3] que de su talento.
—Doble razón para cenar en su casa mientras
le duren los sextercios[4]. Diomedes, el año que
viene tendremos que buscar otro Glauco.
—Dicen que también le gustan los dados.
—Le gustan todos los placeres, y mientras le
guste dar de cenar, él nos gustará a todos.
—Bien dicho —dijo Clodio— pero a
propósito, ¿has visto mi bodega?
—Creo que no, mi buen Diomedes.
—Será, pues, preciso que vengas a cenar
conmigo una de estas noches; tengo ricas lampreas
en mi estanque, y convidare también al edil Pansa.
—¡Oh no gastes cumplimientos conmigo!
Persicos odi apparatus: soy fácil de contentar.
Bien, el día empieza a declinar y voy a las
termas… ¿Y tú?
—Voy a casa del Questor[5]… para asuntos del
oficio… y desde allí al templo de Isis. Vale.
(Adiós).
—¡Qué hombre tan vanidoso, tan entrometido y
tan mal criado! —dijo en voz baja Clodio,
alejándose lentamente—. Con sus festines y su
bodega piensa que nos va a hacer olvidar que es
hijo de un liberto. Pero ¿para qué queremos más,
con tal que le honremos ganándole el dinero?
Estos ricos plebeyos son una viña para nosotros
los patricios pródigos.
Al acabar este monólogo entró Clodio en la
Vía Domiciana, que llena de gente, a pie y en
carros, presentaba todo el exceso de vida,
movimiento y alegría que se encuentran hoy en las
calles de Neápolis[6].
Las campanillas de los carros que corrían
rápidamente resonaban en los oídos, y Clodio
saludaba con una sonrisa o un movimiento de
cabeza a los dueños de los carruajes que más
sobresalían en lujo o en extrañeza, porque en todo
Pompeya no había joven que tuviese más vasto
círculo de conocimientos.
—¿Eres tú, Clodio? ¿Cómo has dormido con
tus ganancias? —exclamó con dulce y agradable
voz un joven sentado en un carro de la hechura más
preciosa y de última moda. En el bronce exterior
el mejor artista griego había esculpido bajos
relieves representando los juegos olímpicos. Los
dos caballos del carro eran de pura raza partha;
sus flexibles miembros parecían huir de la tierra
para buscar los aires, y sí ti embargo, al más
ligero movimiento de la mano del conductor que
iba a espaldas del amo, se paraban, como si se
hubieran transformado de repente en piedra,
inanimados, pero llenos de vida, semejantes a las
maravillas del cincel de Praxíteles. El dueño
desplegaba también en su persona la belleza de
simetría la soltura de formas que buscaban en sus
modelos los escultores de Atenas: se conocía su
origen griego en sus cabellos castaños, pero
rizados, y en la perfecta armonía de todas sus
facciones. No llevaba la toga, traje que en tiempo
de los emperadores había cesado de ser señal
distintiva de los ciudadanos romanos y aun
convertidos en cosa ridícula para todos los que
tenían pretensiones de ir a la moda; pero su túnica
brillaba con la púrpura de Tiro, y los broches,
fibulae que servían para sujetarla estaban llenos
de esmeraldas. Traía al cuello una cadena de oro
que se enlazaba sobre su pecho bajo la forma de
una cabeza de serpiente, de cuya boca pendía una
gran sortija de sello exquisitamente trabajada. Las
mangas de su túnica eran anchas y guarnecidas de
franjas hasta el puño; un cinturón bordado de
arabescos y de igual tela que la franja le servía de
bolsillo para guardar el pañuelo, la bolsa, el estilo
y las tablillas[7].
—Mi querido Glauco —dijo Clodio—, me
alegro de ver que tan poco haya influido tu pérdida
en tu buena cara. Cualquiera dina que te ha
inspirado Apolo, según la alegría y la satisfacción

Web del Autor

Pagina Oficial

Si no sabes descargar mira este video tutorial

[sociallocker]
[popfly]

Descargar 

Leer en online
[/popfly] [/sociallocker]

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

error: Content is protected !!
---------