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Luces en el mar – Miquel Reina

Luces en el mar – Miquel Reina

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Resumen y Sinopsis De 

PREFACIO
Fue un rayo el desencadenante de todo. Retorciéndose a través del tormentoso cielo nocturno, cayó con todas sus fuerzas contra el tejado de la casa más alejada de
San Remo de Mar. Para la pareja de jubilados que vivía allí, aquella sería su última noche en el pueblo; y aunque esa no era una noticia que desconocieran, lo que en esos
momentos ignoraban era que, al inicio del nuevo día, aquel rayo traería consigo una serie de consecuencias que unos considerarían una tragedia y otros, algo parecido a
un milagro.
Pero para llegar a eso aún faltaban algunas horas. Si hubiera podido suceder de otra manera, o si tal vez todo estaba predeterminado con las primeras gotas de lluvia
de la tarde, no era un asunto que pudieran plantearse en aquel momento. La cuestión era que su historia empezaba con aquel rayo y había ciertos detalles que era
necesario recordar para reconstruir los hechos que los habían llevado a aquella situación extraordinaria.
¿Cómo se llamaban? ¿Dónde vivían? ¿Qué hacían allí?
Sus nombres, por ejemplo, eran Harold y Mary Rose Grapes. Los Grapes o los señores Grapes, que era tal y como todo el mundo los conocía, vivían en el último
número de la calle del acantilado, y ese era posiblemente uno de los lugares más especiales de todo el pueblo.
A diferencia de la mayoría de casas y negocios que se apiñaban en la parte baja de la playa, la casa de los señores Grapes se encontraba alejada poco más de un
quilómetro del pintoresco pueblo, desafiando al mar, justo al borde del acantilado más alto de la isla: el acantilado de la Muerte.
En los días claros, la casa amarilla de los Grapes se podía divisar desde varios quilómetros a la redonda, ya fuese paseando por las fértiles colinas de antigua piedra
volcánica que rodeaban la pequeña isla de Brent o bien navegando plácidamente por sus frías aguas.
Cualquiera de esas actividades hubiese sido perfecta para disfrutar de aquella calurosa mañana de domingo. Las playas, los senderos y las terrazas de sus pequeños
cafés empezaban a estar abarrotadas de gente. Los habitantes de San Remo no estaban acostumbrados al buen tiempo y se habían echado a la calle para aprovechar
aquellos raros días en los que el sol brillaba sin miedo a ser cubierto por un espeso manto de nubes. Pero los señores Grapes, como casi siempre, estaban en casa. Pero a
diferencia de la mayoría de días, aquel domingo también era especial para ellos. Y más que nunca, sabían que no podían desperdiciarlo saliendo a la calle. Querían pasarlo
en casa, sin otra preocupación que la de disfrutar por última vez de los viejos maderos que conformaban su hogar.

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UN FUTURO INCIERTO
Mary Rose había pasado la mayor parte de aquella mañana de domingo empaquetando algunos recuerdos en anónimas cajas de cartón, forzándose a decidir en todo
momento cuáles eran los objetos de los que podrían prescindir en el nuevo lugar donde iban a vivir. Mientras sacaba las últimas mantas que quedaban en el fondo del
armario, una arrugada fotografía cayó a sus pies. La recogió con cuidado y, al darle la vuelta, un hormigueo le recorrió todo el cuerpo, concentrándose en sus manos
como si estuviera sujetando un pedazo de hielo.
Tuvo que sentarse en el borde de la cama y respirar hondo antes de volver a mirar la fotografía. Una imagen que hacía años que había escondido para olvidar. La
imagen había perdido algo de su nitidez original, pero aun así se distinguía perfectamente a las tres personas que aparecían. Un hombre, una mujer y un niño, los tres
sonrientes, los tres abrazados. Tras ellos, iluminado por el sol del atardecer, un barco a medio construir.
El color de la fotografía había perdido casi todo su brillo, pero eso no era un impedimento para Mary Rose. Sabía perfectamente que el pelo del hombre era negro
como la brea y que tras sus gafas se escondían los ojos azules más profundos que jamás había visto, iguales que los del niño. Un niño sonriente y con el cabello del
mismo tono castaño que la melena de la mujer de ojos verdes que lo abrazaba.
Una lágrima cayó sobre los ovalados cristales de las gafas de la señora Grapes al recordar los cientos de tardes que habían pasado en el viejo astillero de San Remo.
Por aquel entonces su único sueño era el de descubrir el mundo que había fuera de la isla, sin miedo a lo desconocido, sin ataduras ni reproches. Suspiró. En ese
momento, treinta y cinco años después, Mary Rose no conseguía reconocerse. En qué punto había dejado de ser ella misma o cuándo dejó ahogar sus sueños eran
preguntas que le dolía demasiado formular. Ahora, el dudoso futuro lejos de esa casa sólo conseguía aterrorizarla y observar aquella vieja fotografía solo le sirvió para
recordarle que su vida no había seguido el rumbo previsto. La miró por última vez, la guardó en la caja y bajó a la cocina.
Abajo, en el oscuro y abarrotado taller que había en el sótano, el señor Grapes trabajaba en uno de sus barcos en miniatura como si se tratase de otro día cualquiera.
A través de las ventanas de ojo de buey que había repartidas por todo el perímetro penetraba la luz del sol como si fuera sólida. Todo permanecía en su sitio. Las cajas
de cartón aún seguían plegadas junto al tándem que formaban la lavadora y la secadora y sobre el que reposaban una pila de libros. Justo al lado de la desalinizadora y el
enorme depósito que abastecía la casa de agua, se acumulaban decenas de electrodomésticos viejos y, tras una raída cortina de cuadros que delimitaba con su mesa de
trabajo, se escondía la despensa de la casa, ahora prácticamente vacía de alimentos.
Aunque siempre se quejaba del poco espacio que tenía, en medio de aquel caos Harold concentraba la mayoría de sus pasatiempos, ya fuera el arreglo de pequeños
chismes, el bricolaje que ayudaba a mantener la casa en buen estado o su favorito y el único que conseguía serenarlo los días que se sentía abatido: la construcción de
diminutos barcos embotellados.
Por toda la casa se podían divisar algunas de aquellas pequeñas maravillas nacidas de su maña y paciencia. En el recibidor, en la sala de estar, en el comedor y hasta
en el lavabo había réplicas a escala de antiguos barcos históricos construidos en el interior de viejas botellas que el mar arrastraba hasta la playa.
Pero ahora ninguna de esas miniaturas era visible en la casa; todas estaban debidamente empaquetadas y rodeadas de plástico de burbuja. Todas excepto una.
A diferencia del resto de miniaturas, la réplica que Harold tenía entre sus manos no estaba protegida por una botella sino por un viejo y rechoncho tarro de
mermelada. En su interior, en un mar de resina, navegaba desafiante su barco más preciado; el más antiguo de todos ellos, el primero que construyó. Aquel no era un
navío de delicados ornamentos o de grandes escudos reales estampados en sus velas. Era un simple velero de travesía, un barco modesto deseoso de grandes aventuras.
Un barco que nunca había tenido nombre y que Harold empezó a construir a escala real mucho antes que la minúscula copia a la que ahora sacaba el polvo.
De vez en cuando Harold aún podía notar el olor a madera, a alquitrán y a mar que impregnaba el aire del astillero en el que había trabajado cuando era joven. Aún
podía escuchar el sonido del martillo y el cincel al golpear la estopa entre las juntas de los maderos, sentir el calor del sol sobre su espalda descubierta. Harold recordaba
con añoranza cada uno de los barcos que había construido durante esos días, barcos de verdad: pesqueros, de arrastre, de pasajeros… Recordaba la dureza del trabajo y
sus dificultades, pero, sobre todo, la alegría de verlos zarpar por primera vez. De todas las embarcaciones que había ayudado a fraguar guardaba buenos momentos, pero
nada era comparable al cariño que había puesto al construir el velero que ahora observaba en forma de reproducción. Un barco que había contenido todos sus sueños y
que Harold empezó a construir con mimo y perseverancia en sus ratos libres. Harold apoyó el tarro sobre la mesa y suspiró al comprender que ninguno de esos sueños
llegó a zarpar nunca de ese astillero; se hundieron antes de que los maderos del barco tocaran el agua. Un barco que nunca acabó siendo un barco, sino la réplica de un
sueño amargo dentro de un frasco de cristal.
Entonces un ligero temblor recorrió todo su cuerpo, devolviéndolo de nuevo al sombrío sótano con olor a cerrado que lo rodeaba. El tarro que protegía al barco
empezó a vibrar y Harold tuvo que agarrarlo con fuerza para que no cayera al suelo. No sólo era él o el barco lo que temblaba; todo el sótano se agitaba violentamente,
moviendo de un lado al otro la bombilla que colgaba lánguidamente de una de las vigas del techo. Unos segundos más tarde, y tan inesperadamente como había llegado, el
temblor se desvaneció y todo volvió a la normalidad.
Harold resopló, enfadado al ver que la vela mayor del velero se había desenganchado y había caído sobre su menuda cubierta. Sin darle la menor importancia al
pequeño seísmo que acababa de suceder, se puso las gafas de aumento y cogió las pinzas de miniaturista para arreglar el estropicio. Entonces, la voz de la señora Grapes
surgió de la escalera.
—¡¿Harold, lo has notado?! ¡Este ha sido de los fuertes!
—¡Ha sido como todos los otros! —dijo gritando para que la voz llegase hasta el hueco de la escalera.
—¡De eso nada! ¡Y suerte que la mayoría de cosas ya están en cajas porque si no habría un buen destrozo! —Hizo una pausa y prosiguió—: ¡Me quedaría más
tranquila si salieses a comprobar los tirantes!
—Cuando acabe con esto saldré a echarles un vistazo, ¡¿de acuerdo?!
—¡Muy bien! —y añadió antes de marcharse—: ¡En diez minutos la comida estará lista!
Para los señores Grapes, los seísmos de su casa no eran algo nuevo, pero por más años que pasaran, Mary Rose nunca se había acostumbrado a ellos. Al volver a
entrar en la cocina su corazón le dio un vuelco. El macetero que había sobre la robusta mesa se había caído a causa de la sacudida, y las hortensias malva y fucsia que lo
habían coronado yacían desenraizadas sobre el tapiz de tierra y fragmentos de arcilla que se esparcían por el suelo.
Mary Rose sintió como si esa maceta estrellada la transportase al pasado; hacia un tiempo en el que la casa aún no existía ni en sus más remotos pensamientos. De
repente ya no estaba en la cocina de su casa, sino en el pequeño apartamento del pueblo en el que habían vivido hacía años. De nuevo parecía envolverla el sonido de la
lluvia repicando contra la ventana del comedor y el retumbar de los relámpagos cayendo sobre el mar. De nuevo volvía a revivir esa antigua noche de tormenta, cuando
una maceta de hortensias como aquella le resbaló de las manos y se estrelló contra el suelo de baldosas. Y entonces vino a su mente el mismo pensamiento que tuvo esa
noche del pasado: «algo malo va a ocurrir».
Mary Rose sabía que aquellas hortensias maltrechas en el suelo habían sido algo más que un mal augurio. Nada la había preparado para hacer frente a lo que horas
después descubrió. Desde entonces no dejó nunca de plantar esas flores por todo el jardín, porque le hacían recordar, porque eran lo único que hacía crecer una y otra
vez sin miedo a perderlas para siempre.
Entonces, un fuerte olor a quemado

Título: Luces en el mar (Spanish Edition)
Autores: Reina, Miquel
Formatos: PDF
Orden de autor: Reina, Miquel
Orden de título: Luces en el mar (Spanish Edition)
Fecha: 11 sep 2016
uuid: f58cbfef-3701-42f7-8404-49fe199d6100
id: 358
Modificado: 11 sep 2016
Tamaño: 1.13MB

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