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Libro PDF Luces y franjas rojas – Meme Canto

Luces y franjas rojas – Meme Canto

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Si le preguntas a Carmen a qué se dedica te dirá que es licenciada en Ciencias del Mar y ambientales por la universidad de Cádiz, que tiene una cafetería en
Chiclana de la Frontera, y una exclusiva boutique en la Costa de Sol, que dirige junto a su amiga y socia, Celia. Si le haces esa misma pregunta a Melania, te dirá que da
placer a quién lo paga, cumple tus mayores fantasías por un módico precio, vamos para que nos entendamos, que es prostituta.
Bien pues esa soy yo, Carmen y Melania.
Señorita responsable de día y scorts de noche, puede que no sea muy decente de cara a la sociedad pero es lo que hay, puedo decir sin agachar la cabeza que soy
prostituta porque disfruto de ello, me gusta el dinero fácil, me gustan mis bolsos de Prada, mis perfumes caros y mis salidas con mi amiga donde derrocho todo el dinero
que deseo sin miedo a que no pueda seguir manteniendo mi alto nivel de vida.
—¿Carmen has visto el tanga de cuero? —Me pregunta Celia, alias Lola, asomando la cabeza desde la puerta de mi habitación.
—Si Celia, están en el segundo cajón de la cómoda —contesto.
Entra desnuda en mi habitación con un perfecto movimiento de caderas y unos pechos altaneros, obra de nuestra señora la cirugía. La observo desde mi cama
pensando en la suerte que tengo de tenerla en mi vida.
—¿A quién tienes hoy? —pregunta mientras rebusca en mis cajones.
Me recuesto sobre la almohada para llegar a la mesita donde tengo mi móvil con el mensaje de Olga, nuestra celestina que organiza las citas.
—A Rubén Martínez, el cardiólogo.
—Vaya nena, mañana no podrás sentarte —comenta entre risas—. Aún me acuerdo de la primera y la única vez que tuve un servicio con él… Me pegué tres
semanas que tenía el culo como un traje de flamenca —dice riendo aún más—, está bueno pero como una puñetera cabra.
Su risa me contagia y empiezo a reírme con ella, Celia y sus ocurrencias…
—Sí, es bastante especial —inquiero.
Rubén Martínez, un cardiólogo cuarentón, muy atractivo que tengo en mi lista de clientes desde hace casi dos años, un hombre educado, higiénico y con una
fijación en ocasiones algo dolorosa por los culos. Como bien dice Celia, mañana probablemente me pegaré la mayor parte del día que me costará sentarme, hasta que la
inflamación de los cachetes de mi trasero pierdan el color tomate cherry y vuelvan a su estado natural. Debo de reconocer que como todo, mi trabajo tiene su parte
negativa, no todas las experiencias han sido buenas, los primeros clientes fueron sencillos, pero recuerdo el miedo y la inseguridad que sentí, la parte positiva es que esta
profesión es muy lucrativa. Una hora de trabajo son cuatrocientos euros, dos horas ochocientos y una noche completa puede oscilar entre dos mil y dos mil quinientos,
si agregamos el griego sube cien euros más al precio inicial, y si encima quiere jugar con la vara se incrementa ciento cincuenta euros la hora, así que, bienvenida vara.
Aunque mi trabajo no se limita solo al sexo, hay ocasiones en las que requieren nuestros servicios para cenas de negocios, cócteles o eventos.
—¿Y tú a quién tienes? —Le pregunto mientras se sienta en la cama a mi lado.
—Pues no sé, es nuevo. Olga dice que se llama Rodrigo, y que es un fetichista del cuero, así que, hoy tocara pasar más calor que un pollo en un asador.
—Ja ja mira el lado bueno, así sudas y eliminas impurezas. —Me río de ella.
—Que graciosa, bueno yo al menos mañana podré sentarme —asegura sacándome la lengua.
Ambas comenzamos a reírnos como idiotas, hasta que me acuerdo de algo que tenía que decirle.
—Celia, mañana deberíamos hacer acto de presencia en la cafetería, aunque Sara, se desenvuelve bien ella sola hay que ir a cerrar caja y pagarle.
—Vale Carmela, mañana por la tarde cuando seas capaz de sentarte nos pasamos un rato, —dice mientras se levanta de la cómoda donde se había apoyado y va
directa a la puerta—, me pongo algo y preparo la cena.
De repente algo comienza a vibrar bajo mi muslo derecho donde he dejado el móvil, miro la pantalla y descuelgo.
—Hola Mamá.
—¡¿Hola mamá?! —Iba elevando la voz, cada vez más irritada.
—Mami… —susurro con un tono zalamero para camelarme a mi madre.
—Ocho días sin saber nada de ti. ¡Ocho! ¿No te da pena tu madre? Después que soporté treinta y seis horas de parto… Que cuando naciste parecías una muñeca
repollo y, ¿así me lo pagas? —exclama.
—Perdona mamá he estado muy liada con la cafetería y apenas he tenido tiempo para nada, —lo cual era cierto en parte—. ¿Qué tal está papá? —pregunto.
—Tu padre me trae loca, ahora le ha dado por jugar al golf, estoy harta de tanto palo y tanta bola, desde luego que si lo hubiese matado cuando lo conocí ya
estaría en la calle. —Ríe.
—Ja ja —estallo en carcajadas.
Sabía que se adoraban, pero mi padre era de esos hombres que les encantaba llevar una vida activa y siempre estaban haciendo cosas nuevas, mientras que mi
madre entendía por actividad; ir a tomar café con sus amigas, salir de compras y criticar a todo bicho viviente que se encontraba en su campo de visión.
—¿Cuándo vendrás a visitarnos? —pregunta mientras la escucho encenderse un cigarro.
—¡Mamá! ¿No dijiste que dejarías de fumar? —pregunto algo molesta.
Hacía unos meses que había tenido una angina de pecho y el cardiólogo le recomendó dejar el tabaco y el consumo excesivo de café.
—Claro cielo lo estoy dejando poco a poco —contesta—, además viniendo de ti que eres una chimenea resulta muy irónico —me suelta la indirecta.
—Yo no he tenido una angina de pecho, ni tengo tu edad —respondo algo molesta.
—¿Me estás llamando vieja? —pregunta pegando uno de esos gritos suyos que te pueden perforar el tímpano.
—No mamá, no eres vieja, solo te quiero mucho y tienes que durarme muchos años —digo saliendo del paso.
—Yo también te quiero cariño y para tu consuelo te informo que Iván, y tu hermano me tienen más controlada que un cangrejo dentro de un cubo —me informa
riendo.M e quedo mucho más tranquila sabiendo que Pablo, mi hermano, e Iván, su novio, controlan a mi madre, si no fuera porque sé que ellos están allí, y van cada día a
verla nunca estaría tranquila.
—¿Cómo está mi hermanito? —le pregunto—. Hace días que no me llama para nada.
Y mi madre llega a su máximo apogeo, ya que no hay tema que le guste más que hablar de mi hermano. Mientras voy preparando la ropa para luego, la escucho
contarme que mi hermano e Iván, por fin ha firmado las escrituras del piso, que es precioso; que si tiene mucha luz, que si papá los está ayudando con las obras, que sí
qué bueno es Iván… Esto es siempre como un monólogo…
—¿Cielo cuando vais a venir a vernos? —pregunta de nuevo, cambiando de tema—, tu hermano está deseando que veas su piso y yo tengo ganas de tener a mis
niñas en casa.
—No sé mamá, ahora tengo la cosa complicada, puede que para el mes que viene —respondo intentando esquivarla.
—Veremos si es verdad, que he tenido que poner una foto tuya en la mesita para acordarme de tu cara —agrega medio en broma, medio en serio.
De eso no me cabe duda, a mi madre le encantan las fotos y tiene la casa forrada de retratos míos y de mi hermano, más que una casa parece el museo del
Guggenheim.
—Mamá tengo que dejarte, voy a salir con Celia, a dar un paseo, mañana te llamo.
—Anda déjalo, ya te llamo yo porque si tengo que esperar a que lo hagas tú… Se me caen los cuatro pelos que tengo, que sepas que me queda poca vida y luego
llorarás cuando me vaya.
—Ja ja mamá, eres un caso eh, ¡no vas a morirte! —digo entre risas—, pero sí es verdad que si dejas de fumar vivirás más.
—Ya estamos otra vez con el jodido tabaco, bueno te dejo hacer tus cosas, ya mañana hablamos más tranquilas, hasta mañana cielo, os quiero —añade dulcemente
—Hasta mañana mamá, dale besitos a papá, y a mis chicos, de nuestra parte.
En el fondo me siento una impostora, he ido a Málaga un par de veces desde la última vez que estuve en navidad hace ya dos meses, pero no he podido ir a verla,
fui a Puerto Marina a reunirme con un cliente en su yate y la segunda en el mismo Fuengirola, donde viven mis padres y también me fue imposible.
Las únicas personas que saben a qué nos dedicamos Celia, y yo son Iván, y mi hermano. Fue hace cuatro o cinco años, me fui a casa de mis padres un par de
semanas de vacaciones en verano. La Costa del Sol, en esta época del año es toda una locura, mucha fiesta, turismo y playa, y precisamente en una de esas fiestas bebí
más de la cuenta y le conté a mi hermano toda la película. Al principio creí que lo había soñado hasta que a la mañana siguiente me llamó que iba a buscarme para irnos a
la playa, que teníamos que hablar, al principio le costó, pero me quiere más que a nadie y terminó asumiéndolo, aunque nunca me lo dijo sé que Iván, fue participe en la
aceptación de Pablo, sobre mi situación laboral y eso será algo que siempre le agradeceré.
Es complicado compaginar dos vidas totalmente opuestas en una sola, pero fue un camino que elegí voluntariamente hace seis años, exactamente en mi primer año
de universidad y no me arrepiento, a veces echo de menos tener una pareja, un hombre a mi lado en quien apoyarme, que me haga sentir amada, pero cuando miro el
saldo de mi cuenta pues, ¡oye! Como que se me olvida, total, ¿qué hombre en su sano juicio se enamoraría de alguien como yo?
—¡Carmen baja a la tierra que son casi las ocho de la tarde y a las diez tenemos que salir de casa para llegar a Chiclana! —Grita Celia, desde el salón.
Sin duda un grito de Celia, despertaría a un muerto. Me dispongo a prepararme antes de ir al chalet, me levanto de la cama y me dirijo al baño a darme una ducha,
nuestra casa no es muy grande pero si acogedora, vivimos en Cádiz, justamente en el casco antiguo. Alquilamos esta casa hace más de seis años cuando llegamos aquí,
principalmente por su cercanía a la universidad, la decoramos a nuestro gusto y aunque aparcar es una odisea, al final decidimos quedarnos. Nos encanta la magia de esta
ciudad, pasear por sus callejuelas, ir de compras a la calle Ancha y tomarnos un café junto al palillero.
Vivimos justo en frente del Falla, un gran teatro de fachadas de ladrillo rojo, grandes arcos de estilo mudéjar alternan entre los colores blancos y rojos dándole un
aspecto Neoárabe, tres puertas de madera presiden la fachada principal la cual ahora mismo está vestida de fiesta por el carnaval. Sus calles se tiñen de luces y colores,
gente de todo el país viene a este rincón de España, para disfrutar de su famoso festejo, se disfrazan y salen para pasarlo bien, chirigotas, comparsas y coros regalan en
la calle sus coplas para todo aquel que desee escucharlas. Pero este año también nos quedamos sin carnaval, hay que trabajar.
Me desnudo delante del espejo de un metro ochenta, que tenemos en el baño. Antes de meterme en la ducha observo mi cuerpo con detenimiento, mis largas
piernas, mi vientre plano coronado algo más arriba por unos pechos pequeños pero bonitos, tengo dinero para ponerme silicona pero soy muy cagueta, apuesto que a
nadie le ha reventado, pero seguro que yo me las pongo y en un momento de entusiasmo con un cliente… ¡Boom! Al carajo las tetas, así que, como que no lo veo, me
quedo con mi noventa y cinco de sujetador y tan feliz.
No soy lo que puede catalogarse como una mujer guapa, pero si muy sensual, la genética me concedió unos labios carnosos por parte de mi madre y unos grandes
ojos negros por parte de mi padre. De piel más que blanca, “transparente”, que bronceo cada semana en una cámara de rayos uva, tengo el pelo largo de color negro y
aunque a veces parezco la china de la señal, lo peino y moldeo a mi gusto para sacar partido a mi cara y parecer más exótica.
Me meto en la ducha y dejo que el agua me envuelva por completo como si eliminara todo lo impuro que hay en mí, me acaricio con esmero y decido darme un
poco de amor, detengo mi mano sobre mi sexo y juego con mi clítoris mientras noto cómo va hinchándose, proporcionándome más satisfacción hasta que voy sintiendo
cómo va en aumento hasta que llegó al vértice del placer.
Hace cuatro años que sólo consigo un orgasmo cuando me lo proporciono yo misma, con los clientes finjo que me corro, pero nunca lo hago, es curioso. El hecho
de que pagan por recibir placer y cumplir sus fantasías pero si creen que te corres su autoestima aumenta, supongo que es el precio a pagar por mi trabajo y al fin y al
cabo, mi labor es hacer que ellos disfruten, no que lo haga yo.
Salgo de la ducha relajada y dispuesta a comenzar mi jornada laboral del mejor humor, no importa mucho la ropa que me ponga ahora, puesto que cuando llegue al
chalet tendré que volver a cambiarme. Salgo del baño y oigo la canción Highway to hell a toda pastilla y veo a Celia, pegando botes en el salón meneando la cabeza a
compás del estribillo, me uno a ella y empezamos las dos a gritar:
I´m on the highway to hell!
On the highway to hell!
highway to hell!
I´m on the highway to hell!
Puede decirse que ya es un ritual cada viernes, cantamos y bailamos mientras tomamos una copa de vino tinto, Vega Sicilia Único, de casi doscientos euros la
botella, yo, personalmente me bebo hasta el agua de las macetas, pero mi querida Celia tiene un paladar muy “exclusivo”, y a cuatro botellas al mes… ya ves por cuanto
sale la broma pero como el capricho es suyo, pues ella lo paga y yo me lo bebo.
Terminamos nuestra copa de vino y de arreglarnos, no somos muy ordenadas, así que, dejamos todo tal cual está y ya el lunes limpiaremos nuestra morada.
Emprendemos el camino hacia la calle, son casi las diez y a las doce tengo el primer cliente. Cuando salimos del portal una explosión de luces, música y murmullo
de cientos de personas golpean nuestros oídos, las calles están bañadas por miles de papelillos de colores y serpentinas típicas en estas fechas. Después de callejear
esquivando borrachos durante casi media hora, llegamos a nuestro parking privado donde está mi precioso Smart Roadster, negro y gris, un capricho que me regalé a mi
misma cuando empecé a ganar más dinero. Tardamos en salir del centro más de lo habitual debido a la gran aglomeración de gente, tomamos la salida a San Fernando y
luego directas a Chiclana.
No son aún las once y media cuando entramos por el carril de tierra que da a nuestro destino, a simple vista el chalet es como cualquier otro, pero nadie sabe el
pozo de lujuria y perversión que se esconde tras sus muros.
Llegamos una gran verja de acero gris que permanece cerrada justo al lado de la puerta del conductor, se puede ver una pequeña cámara de seguridad y un cuadrado
negro por dónde paso mi llave magnética que hace que se abra. El terreno es bastante amplio y está despejado, los vehículos de las trabajadoras del personal de limpieza,
mantenimiento y seguridad, se aparcan justo detrás de la casa en una enorme cochera y los de los clientes los aparca el hombre que está justo detrás de la verja que los
va colocando a la derecha del chalet.
Dejamos el coche y nos dirigimos caminando hacia la entrada, me quedo observando cómo Samuel, el chico de mantenimiento, termina de preparar la piscina y se
asegura que todo esté en perfectas condiciones. Es la parte de la casa que más me gusta, una enorme piscina climatizada en forma de riñón de quince metros de largo y
unos siete de ancho, aunque ahora mismo solo sirve de adorno, porque aunque Cádiz no sea un sitio frío, estamos a pleno mes de febrero y a ver quién tiene huevos de
meterse ahí y no desmayarse al salir del agua con la humedad que cae.
La bordean ocho camas balinesas vestidas de dosel blanco y sábanas de satén. Cuando llegamos a la entrada principal encontramos a José, y Javier, dos enormes
porteros que flanquean la puerta, rara vez entran dentro de la casa, ellos se encargan de nuestra seguridad y solo pasan si alguna situación lo requiere. Ambos similares y
a la vez tan distintos, mientras que Javier, es dulce y simpático, José, es serio y reservado, son hermanos y ambos infantes de Marina, pero los fines de semana se sacan
un sobresueldo como porteros.
—Buenas noches hechiceras —nos saluda Javi.
—Buenas noches Javi —contestamos Celia y yo.
—Buenas noches señoritas —agrega José.
—Hola José —responde Celia.
—Hola Lola —responde sin apartar la vista de ella.
Aunque ellos conocen nuestros verdaderos nombres, cuando estamos en el trabajo siempre nos llaman por nuestro nombre de guerra por así decirlo.
Javi y yo nos miramos y mientras sonrió, él se limita a levantar una ceja.
Desde luego entre estos dos hay tensión sexual no resuelta y a pesar de ser más que evidente la atracción que existe entre ambos, José, nunca ha intentado nada
con Celia, muy a pesar de ella.
—Hasta luego chicos —agregamos entrando en la casa.
—Que paséis buena noche chicas —dice Javi, mientras José, nos da la espalda.
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Otra noche más… ¿cómo puede una chica como ella dedicarse a esto? Si la hubiera conocido en otro lugar… no supiera lo que hace ahí dentro…
—¿Oye cuando vas a decirle lo que sientes? —Me pregunta Javi, sacándome de mis pensamientos—, está claro que te gusta, ¿por qué no quedas con ella? A ella
está claro que le encantas.
Odio babear como un gilipollas cada vez que la veo y lo peor es que mi hermano me conoce y me lo nota.
—Cállate canijo, yo paso de esa tía —no me lo creo ni yo—, es solo que me da pena que unas chicas tan guapas y jóvenes tengan que dedicarse a esto.
—Si ya… llegará el día en que no se dedique a esto… Que conozca a alguien del que se enamore y decida dejarlo. Si no fueras tan capullo y tuvieras tantos
prejuicios…
—¡YA BASTA JAVI! ¡No me lio con putas! —Le miro furioso—, y eso es lo que es, por muy simpática e inteligente que sea, no dejar de ser una puta.
Me mira de hito en hito sabiendo que eso es lo único que me detiene para no acercarme a ella y decirle lo que siento.
Entramos al gran recibidor donde está el guardarropa de los clientes, Ramón, se encarga de recibir a los señores que van llegando y les sirve una copa mientras llega
Elena, que es la chica que va acompañando a los salones o directamente a sus habitaciones.
Rara vez se cogen clientes sin cita previa, así que, se sabe perfectamente a qué habitación va cada uno y qué servicio ha requerido para esa noche. Tampoco se
atiende nunca a más de dos clientes por noche para cada chica, aunque a veces, ha habido clientes que te contratan toda la noche, también pueden requerir tus servicios
fuera del chalet y eso sube el precio bastante. Independientemente para lo que sea; acompañarlo a una cena, un evento social o una noche de sexo en un hotel, la hora se
cobra igual y siempre vamos vigiladas muy de cerca por uno de los chicos de seguridad a los que también se les paga más la hora, normalmente siempre es José, el que
nos acompaña. Ya sea por su casi metro noventa y cinco de altura, por su espalda que parece un ropero de cuatro puertas o esas manos que parecen tablas de planchar,
o simplemente por su mirada de: dime algo que te meto una hostia que no te reconoce ni la madre que te parió.
El caso es que siempre le toca a él, aunque curiosamente cuando el servicio es de Celia, nunca puede y tiene que cubrirlo Javi.
Ahora hay que cambiarse mientras que Celia se tiene que poner el vestido de cuero negro, a mí me toca el de colegiada para luego bajar al salón y esperar la llegada
de Rubén.
—Oye Celia, ¿qué ha sido eso de abajo? —pregunto.
—¿A qué te refieres?
—¡Pues nena a qué va a ser! Le has echado una mirada a José, que has puesto cachondo a todo el personal.
—Ja ja, anda no exageres, lo he mirado porque nos ha saludado, ¿qué querías que hiciera, que mirara al techo?
—Celia, te conozco desde pequeña y José, te pone, ¿por qué no intentas algo con él? Vamos con el polvo que tiene yo se lo haría gratis —dije entre risas.
—Carmela tú eres muy puta y yo soy más decente.
Empecé a reír a carcajadas.
—Sí Celia, tú eres muy decente por eso se te caen las bragas cuando ves esa cara de malote.
—Aun suponiendo que me gustara, que no es el caso, ¿crees que se fijaría en alguien como yo? —Agrega con cierta tristeza.
Se ha dado cuenta, al igual que lo he hecho yo… a José, le gusta pero no se acerca a ella por su trabajo.
—¿Por qué no? Eres preciosa y simpática, si yo fuera un tío me fijaría en ti —dije acercándome más a ella.
—También soy prostituta y eso eclipsa todo lo demás, el amor no está hecho para mujeres como nosotras, vamos de mano en mano siendo de todos y de nadie.
Yo hace mucho que me jure a mí misma no cometer los mismos errores y eso implica cualquier relación que se salga puramente de lo físico… Bueno vamos saliendo que
se hace tarde.
Preferí dejar el tema tal cual estaba, sabía que a ella le gustaba José, más de lo que deseaba admitir y que a él, ella no le era indiferente. Puede que tuviera razón,
¿estaríamos condenadas a estar siempre así? ¿Podría un hombre bueno y decente aceptar lo que eramos?
Bajamos las escaleras en silencio cada una sumergida en sus pensamientos. Cuando entramos en el salón Rubén, ya estaba allí tomándose su whisky con hielo, le
lancé a Celia un guiño y fui hacia él.
—Buenas noches Rubén —le saludo mientras me agacho para darle un beso de bienvenida.
—Mi preciosa Melania, tan encantadora y bella como siempre —dice mientras se levanta y me sujeta por la cintura.
—¿Subimos? —pregunto.
—Por supuesto.
Cuando entramos en la habitación ya está iluminada, una gran cama de dosel en el centro de la estancia con dos mesitas, una a cada lado de la misma, en una hay
una botella de vino y dos copas, y en la otra preservativos, unas correas y una fusta de cuero negro.
Se acerca a la botella de vino y sirve una copa para él y otra para mí, voy tras él y me posiciono a su espalda pasando mis manos por ella. Es un hombre atractivo,
un madurito interesante que mantiene esa belleza que había tenido en su juventud.
Tiene el pelo corto y cincelado con canas, dependiendo de la luz parecen betas de plata, unos labios finos y en su cara surcan algunas arrugas propias de su edad,
se gira para mirarme y me entrega la copa de vino. Bebo un sorbo mientras él va quitando los botones de mi blusa, me quita la copa bruscamente, me lanza sobre la cama
y me arranca la falda de un solo tirón.
—Colócate bien en la cama con los brazos y las piernas abiertas, boca arriba, por favor.
Rubén, siempre tan educado. Hago lo que me pide, se pone sobre mí, coge las correas y me sujeta las manos al cabecero de acero forjado y luego los tobillos.
Después se pone de pie y me observa.
—Preciosa, debería hacerte una foto y pintar un lienzo por lo hermosa que estás.
¡Sí hombre, lo que me faltaba, que tuviera en medio de su salón un lienzo mío de esta guisa! Pensé.
Se va desnudando poco a poco hasta que se lo quita todo, luego pone sus rodillas a ambos lados de mi cabeza, y me introduce su pene en la boca. Empiezo con
pequeños lametones hasta que la succiono en su totalidad, mientras él gime de placer y desliza la fusta por mi sexo. Primero va poco a poco, hasta que las embestidas
son cada vez más violentas hasta tal punto, que llego a pensar que me va a ahogar.
Finalmente aminora el ritmo, supongo que por miedo a correrse y tener que parar la fiesta. Se aparta y da un sorbo a la copa de vino para luego darme otro a mí,
bebiendo de su boca.
Sí, yo beso a los clientes, supongo que hay quién no lo hace, pero decir que un beso es muy personal, cuando dejo que penetren todos los orificios de mi cuerpo,
me resulta cuanto menos irónico.
Con las mismas se sienta a mi lado y me suelta las manos, las cuales tenía ya entumecidas y termina de sacarme la camisa que hacía rato había desabrochado.
—Levántate y siéntate sobre mí —ordena.
Y así lo hago. Mientras yo me siento, él termina de ajustarse el cordón, para luego sujetarme por las caderas y penetrarme con fuerza. No puedo evitar gritar
porque una punzada de dolor me recorre todo el cuerpo.
Disimulo a la perfección el grito de dolor como si fuera de placer, aunque si él se hubiera dado cuenta, tampoco habría parado.
Rubén, es algo retorcido y se excita infringiendo dolor. Me insta a moverme siguiendo las pautas que él marca sujetándome, mientras él gime y disfruta, yo pienso
en las cosas que tengo que hacer al día siguiente y en la ducha que me daré al llegar a casa, y todo esto sin olvidarme de gemir, lo cual aunque parece fácil, es todo un
arte.
Poco a poco va parando hasta que sin apenas verlo venir, me vuelve a lanzar sobre la cama, seguidamente se incorpora y me coloca boca abajo.
Bueno aquí llega lo doloroso…
«Madre mía quién me mandaría a mí meterme en estos bailes, ¡zas! ¡Zas! ¡Zas!»
Tres calambrazos de dolor me recorren entera, mientras que noto cómo arden los cachetes de mi culo, no puedo verle, pero sé cuál es su próximo movimiento.
Me agarra el pelo con fuerza y tira hacia atrás colocando mi cabeza en un ángulo bastante incómodo que incluso me dificulta la respiración, ¡zas! Un nuevo
fustazo más y un nuevo grito, en total conté veinte.
Mientras yo aguantaba el dolor, él lo disfrutaba. Ya por fin veo como lanza la fusta fuera de la cama, acto seguido levanta mi pelvis y acometiendo con fuerza me
penetra, ni siquiera lo noto, es tal la quemazón de mi culo que no siento nada más, aun así, gimo y gimo hasta que noto como él llega al orgasmo y hago lo propio,
acelero mi respiración para simular que yo también.
Seguidamente cae derrumbado sobre mí, noto todo su cuerpo presionándome sobre la cama, siento sus gotas de sudor deslizarse por mi cara y como poco a poco,
su respiración va volviendo a la normalidad.
—Mi preciosa Melania, ha sido maravilloso, como siempre.
—Para mí también —aseguro girando la cabeza hacia la derecha para mirarle a la cara.
Lo cual es mentira, me duelen las muñecas, el cuello y me arde el culo. Por suerte, se levanta y por fin puedo respirar, va hacia la mesita y deja un sobre, luego da
media vuelta y se mete en el baño.
—No te vayas —comenta antes de cerrar la puerta del baño.
Trato de sentarme en la cama pero es imposible porque el dolor es insoportable, así que, me acuesto boca abajo y espero a que salga del baño.
—Melania tráeme mi chaqueta que está justo al lado de la puerta —me pide saliendo del baño.
Obedezco reuniendo toda la voluntad que puedo y me levanto de la cama sin que él note mi malestar y voy por ella para entregársela.
—Bolsillo interior izquierdo —me informa detrás de mí.
Meto la mano y noto una pequeña cajita de terciopelo.
—Es para ti preciosa, un regalo.
Saco la caja y efectivamente es de terciopelo negro.
—Acércate —dice mientras se sienta en la cama.
Camino hacia él y me siento justo a su lado haciendo acopio de todas mis fuerzas para no gritar cuando siento el colchón bajo mi culo. Con un leve movimiento de
cabeza me indica que la abra. Es una lágrima de cristal celeste incrustada en plata y sujeta a una fina cadena.
—Gírate, vamos a ver qué tal te sienta.
Me la pone y besa mi cuello.
—Es preciosa, me encanta, muchas gracias Rubén.
—Bueno seguro que sabrás compensármelo dentro de un rato —agrega paseando sus manos por mis pechos.
Y durante las siguientes cuatro horas se lo compensé de todas las maneras que me pidió, hasta que por fin a las cinco de la mañana, dio nuestro encuentro por
concluido.
Estaba agotaba y no sabía cuánto tiempo le quedaba a Celia, así que, me vestí y bajé a fumarme un cigarro al jardín.
Cuando salgo, veo a José y Javi, postrados en la puerta igual que los había dejado horas antes.
—Hola hechicera, ¿qué tal ha ido?
—Bien Javi, como siempre, pero me duele el culo a rabiar —contesto con morritos de pena.
—¿Y Lola?
—Su segundo cliente acaba de irse, así que, no tardará mucho en bajar —respondió Javi.
—Está la cosa tranquila voy a dar un paseo por el jardín —nos informa José cortante.
Javi y yo lo vimos alejarse mientras refunfuñaba por lo bajo.
—Desde luego Javi, que tu hermano estará muy bueno pero que antipático es el tío.
Él me mira y comienza a reírse.
—Dímelo a mí que me pego la noche aquí con él muerto de asco.
—Oye, ¿y qué le pasa con Lola? —Ahí estaba mi vena cotilla.
Me mira con una sonrisa pícara y contesta
—No sé Carmen, supongo que la situación lo echa un poco para atrás… Es complicado, él… Yo creo que le gusta, pero… Bueno ya sabes…
—Que soy puta —se oye una voz a nuestra espalda.
—Lola, yo no quería…
—Déjalo Javi cielo si lo entiendo, ¿nos vamos? Estoy agotaba —posa su mirada en mí.
—Sí claro, hasta mañana Javi.
—Hasta mañana chicas, cuidado en la carretera.
Nos vamos directas al coche y de ahí a casa. Aunque la calle está plagada de borrachos de fiesta, conseguimos llegar sin ningún incidente. Comemos algo, nos
damos una ducha caliente y nos acostamos a dormir que mañana será otro día.
¡Boom!
Me despierto sobresaltado y bañado en sudor, me paso la mano por la cara y luego por el cuello, una pesadilla…
Ansiedad, me duele el pecho… Estiro el brazo para coger el móvil y mirar la hora, las cinco de la mañana. Uf ya no podré dormirme de nuevo, no se escucha ni un
solo sonido, solo mi respiración agitada y algún que otro grillo en el jardín.
Me gusta vivir en Chiclana, es un sitio tranquilo lejos del caos de la cuidad, me compré una casa de campo hace ya casi diez años. Había estado casi cinco años
botando entre San Fernando o la Isla como se le llama coloquialmente a Cádiz pero al final acabe aquí. Creo que es el único sitio al que he podido llamar hogar.
Me levanto y voy hacia el baño, necesito refrescarme y calmarme. Me coloco frente al espejo del lavabo y abro el grifo para lavarme la cara.
Joder tengo los apósitos empapados de sudor, cuando amanezca iré a la clínica de Jerez para que me los cambien.
Salgo del baño algo más despejado, me cambio de camiseta y pantalón y voy a prepararme un café. Me siento en la encimera y empiezo a tomarme mi nespresso
a pequeños sorbos y me dirijo al salón a ver un rato la tele.
Ya hace un mes que me dieron el alta hospitalaria, la que pedí voluntariamente porque estaba hasta los cojones de estar entre esas cuatro paredes que me
ahogaban.
Llevaba seis meses ingresado y aunque los dos primeros estuve sedado deseaba volver a casa, así que, no es de extrañar que aquella fría habitación me pareciera
una jaula, aunque era el doble de grande que el último corimec1 que estuve en Afganistán y que compartía con tres compañeros.
Afganistán… Quizás cuando me recupere del todo pediré volver a ir, total no tengo nada aquí y había perdido lo poco que me quedaba la última vez que fui.
Deseaba volver… A este paso estaré casi un año de baja gracias a mi última misión allí, solo podía pensar en recuperarme y regresar, aunque sea difícil e
incomprensible amo mi trabajo y creo en lo que hago, sí… pediré voluntario y me largaré de nuevo.
Así fue transcurriendo la madrugada y despuntó el día, me sumergía en mi cabeza intentado ordenarla y recolocarla para tratar de volver a ser la persona que un día
fui.
Cuando me vengo a dar cuenta, ya han pasado las nueve de la mañana, así que, voy a cambiarme para no llegar muy tarde a que me hagan las curas, es sábado y
parece que la gente enferma más en fines de semana, porque la sala de espera de urgencias siempre está petada.
Odio las curas, el tiempo que estuve en la unidad de quemados fue terrible, y cuando llegó el momento de los injertos la cosa fue aún peor. Por suerte con los
meses mi evolución fue cada vez más favorable hasta que el dolor disminuyó o simplemente me acostumbré a él.
Llevo un mes haciéndomelas a diario porque las quemaduras aún segregan líquidos que mi cuerpo produce, cuando estén secas podrán tratarme con parches de
plata, y en vez de curarme cada día podrán hacerlo tres veces por semana. Las primeras dos semanas estuvo viniendo una enfermera a casa porque me era insoportable
apoyar la espalda en el asiento del coche, pero por suerte han mejorado mucho y yo mismo puedo ir al hospital y me sirve de entretenimiento, ya que esto de no hacer
nada es un aburrimiento.
Intenté volver a entrenar pero la piel de mi espalda aún estaba muy tierna y me tiraba cuando cogía las pesas, quise volver a correr pero el sudor hacía que me
escocieran horrores, así que, básicamente leo, miro la tele y juego a la play. Espero poder empezar pronto la rehabilitación y recuperar toda la masa muscular que he
perdido por culpa de esta mierda.
¡Qué sillones más incómodos! Con lo concurrida que está siempre esta sala de espera, ya podrían poner unos butacones que no te destrozaran la columna, ahora
toca echarle paciencia. Me entretengo mirando el móvil mientras espero, WhatsApp, Facebook… Qué coñazo siempre lo mismo. De vez en cuando miro la pantalla
por si de una vez sale mi número para entrar… ¡Por fin!
Entro en la consulta y no hay nadie, así que, espero de pie a que venga alguien.
—Perdone, ¿viene para una cura? —pregunta una voz de mujer tras de mí.
—Sí —afirmo.
—Acompáñeme por favor —me pide la enfermera.
La sigo por un largo pasillo hasta llegar a una sala con un cartel que pone: sala de curas, muy acertado el nombre, sí señor.
Entro tras ella y me invita a sentarme mientras comprueba algo en el ordenador.
—Dígame su nombre —pregunta mirándome.
—Cristian Borrell Martínez.
—Son curas en la espalda, ¿no? Aquí pone que se las hace diarias, ¿es cierto? —pregunta mirando la pantalla del ordenador.
—Sí señorita, aunque ayer no vine pero me dijo la enfermera que me vio el jueves que no pasaba nada —respondí.
—Sí, no se preocupe, yo soy enfermera de planta, pero veremos que tal están, descúbrase y túmbese sobre la camilla boca a abajo.
Vaya tela, ¿cómo me voy a tumbar si no? Fijo mi vista en el suelo mientas la oigo rebuscar entre cajones y muebles, supongo que preparando el material que va a
usar.
—Bueno allá vamos.
Me preparo mentalmente para lo que viene ya que las curas duelen muchísimo.
—Vaya, ¿cómo se hizo esto?
Ya estamos con la preguntita…
—Una explosión —contesto secamente.
—¿En su casa?
—No.
—¿En el trabajo?
—No.
—¿Un accidente de coche?
—No.
—¿Y dónde fue?
—Perdone, ¿es necesario todo este interrogatorio para curar unas quemaduras?
Qué mujer más pesada, creo que ha captado la indirecta porque no vuelve a insistir, pasan unos minutos en los que solo se oyen los sonidos que ella produce
manejando el instrumental que está utilizando para intentar arreglar el estropicio que tengo y mientras yo interiormente cagándome en todo por lo que duele.
—Las heridas están casi secas, si sigue así dentro de poco podrá empezar a venir un día sí y otro no, de todas formas pida cita a su médico que lo valore.
—Gracias así lo hare, hasta mañana.
Por fin fuera, son casi las doce del mediodía y no me apetece volver a meterme en casa así que, creo que iré a tomarme una cerveza, hay una pequeña cafetería no
muy lejos de donde vivo a la que suelo ir, la camarera es simpática y el sitio es tranquilo.
—Buenos días Sara.
—Buenos días Cristian. ¿Lo de siempre? —pregunta.
Asiento y me dirijo a la mesa donde siempre me siento, el sitio no es muy grande solo tiene seis mesas y una barra en forma de L justo en frente de la puerta, pero
me gusta, es acogedor y nunca suele estar muy lleno, al menos a la hora que yo suelo ir. Soy un animal de costumbres, a las doce una cervecita y a las cinco de la tarde
un café, antes de que todo cambiara iba a otro que estaba un par de kilómetros más lejos.
Pero hace dos semanas cuando empecé a salir de casa descubrí este dando un paseo y ya fuese porque Sara me hacía sentir muy a gusto o porque este me cogía
más cerca de casa… Decidí cambiar mi fidelidad de la Tahona a Cafetería Enid. Está claro que el nombrecito significará algo para los propietarios porque es raro de
narices.—
Aquí tienes Cristian, ¿qué, como pinta tu sábado?
—Como todos los demás Sara, no tengo ahora mismo una vida social muy activa —contesto mientras me llevo la cerveza a la boca.
—Pues será porque no quieres, con lo guapo que eres podrías tener algún plan.
—Uy que va, déjate que las mujeres solo traéis complicaciones.
Ella empieza a reírse y agrega:
—Si ya claro, y los hombres sois tan simples…
Voy a contestarle cuando entran un par de ancianas, Encarna y María vienen cada sábado a esta misma hora, se piden dos descafeinados de sobre y una porción de
tarta de manzana cada una.
Se nota que ambas son viudas y amigas desde hace años, hablan de sus hijos, de sus nietos y de lo que la vida había cambiado, apenas he cruzado un par de frases
con ellas y me daba la sensación de que las conocía desde hacía años.
Siempre he sido muy observador, en parte creo que es por mi trabajo, he estado en lugares donde tenía que estar en un estado permanente de alerta, atento
continuamente a todo lo que me rodeaba y de alguna forma con el paso de los años lo he extrapolado a mi día a día convirtiéndose en parte de mí.
Bueno allá vamos, saco mi libreta de la bolsa de mano que llevo y empiezo a escribir, Día 10…
Estoy tan inmerso en mi escritura que apenas me doy cuenta cuando Sara se lleva la botella vacía y me trae otra, levanto la cabeza y la veo hablando
animadamente con dos chicas y ambas bastante atractivas. Contemplo como bromean y una de ellas ríe a carcajadas cuando su amiga trata de sentarse en uno de los
taburetes altos de la barra y no lo consigue, solo pone caras de dolor mientras la otra se ríe cada vez más fuerte, hasta yo no puedo evitar sonreír ante esa estampa. Esa
chica intentando poner su culo en el asiento, que por cierto, ¡qué pedazo de culo tiene! Se habrá caído y se habrá lastimado.
De repente noto como se va hinchando el bulto de mis pantalones, creo que llevo demasiado tiempo sin echar un polvo. Observo como apoya la frente en la barra
y empieza a reírse ella también.
—Por dios un buen cristiano que le traiga a mi amiga un cojín para sus bellas posaderas —dice su amiga en tono dramático.
Las tres comienzan a reírse aún más fuerte mientras las dos abuelas que están sentadas justo en frente no paran de bromear ante lo cómico de la situación. Me
ofrecería voluntario para sentarla en mis rodillas pero me temo que la ensartaría al notar ese culo sobre mí.
Entonces algo pasa… me mira… la miro… sonríe… sonrío… menudo gilipollas estoy hecho.
No es hermosa pero tiene algo que me atrae, una larga melena negra, unos profundos ojos oscuros y una preciosa sonrisa, aunque tiene pocas tetas… algo malo
tenía que tener. Decido intervenir, total tampoco tengo nada mejor que hacer.
—Yo tengo un cojín —cinco pares de ojos se vuelven hacia mí y empiezan a descojonarse.
—¡No jodas! ¿Y dónde lo llevas guardado? —pregunta la mujer que tiene toda mi atención.
—En el coche.
—¿Para qué coño llevas un cojín en el coche? —pregunta su amiga entre lágrimas.
—Pues porque tenía la esperanza que algún día una bella mujer necesitara uno y así estaba preparado —contesto fijando mi vista en la morena.
Más risas… desde luego Cristian que te metes en cada movida… Me levanto y voy hacia ellas, no dejo de mirarla, ni ella a mí, madre mía parezco un puto idiota.
¡Cristian reacciona, di algo! Hasta que Sara, en su infinita sabiduría salva la situación.
—Cristian ellas son las dueñas, Carmen y Celia, jefas este es Cristian.
La que se llama Celia, se acerca a mí y me da dos besos, pero soy yo el que se acerca a Carmen, para darle los dos besos de cortesía. Tiene la piel suave y cálida,
es joven, más de lo que yo pensaba, no tiene que haber cumplido aún los veinticinco años, aunque creo que de tanto mirarle el culo me he desconcentrado.
—¿En serio tienes un cojín en el coche? —pregunta.
—Si hace algunos meses tuve un… accidente y lo compré cuando empecé a conducir de nuevo para ir más cómodo. ¿Quieres que te lo traiga?
—No de verdad, no te molestes tampoco me duele tanto es más que nada molestia.
—No sería una molestia para nada, de todas formas quizás en una silla baja estarías más cómoda.
No sé muy bien qué me pasaba pero lo cierto era que estaba a gusto con ella y parecía que ella conmigo también, no me atrevía a preguntarle si tenía pareja para no
parecer un desesperado, pero joder lo estaba y tanto que lo estaba. Llevaba casi un año sin echar un polvo y eso pasa factura, había tenido folla-amigas pero desde que
regresé no había estado de humor para llamar a ninguna.
Su amiga viendo la situación se aleja al otro extremo de la barra a arreglar papeles mientras Sara se acerca a ella de vez en cuando, ya que su jefa la reclama.
Mientras sigo con Carmen, hablando de cosas bastante banales, es de Málaga pero se vino a Cádiz a estudiar con Celia, Ciencias del Mar, tenía veinticuatro años y
cogieron la cafetería hace seis, cuando Celia cogió una herencia de su abuelo. Viven en Cádiz capital y no suele venir mucho por la cafetería, confían plenamente en Sara,
que está aquí desde el principio.
—Vaya son casi las tres de la tarde, supongo que tendrás que irte ya, es hora de comer y seguro que tu novio te está esperando —desde luego el tacto no es lo
mío.
Ella me mira y sonríe.
—La verdad es que sí que tengo algo de hambre, pero tranquilo no me espera nadie, vivo con Celia, y no tengo novio.
¡Toma ya! No tiene novio y vamos aunque lo hubiera tenido no me hubiera importado.
—Carmen vámonos ya por favor que estoy muerta de hambre —dice Celia a mi espalda.
Joder con la dichosa Celia, que me ha cortado el rollo, me dan ganas de volverme y decirle cuatro cosas, pero decido callar por no parecer un capullo.
—Que sí Celia, que ya nos vamos, dame al menos un segundo —contesta mirando a su amiga con cara de; no me seas corta rollos y cállate ya.
—Bueno Cristian, tengo que irme antes de que esta empiece a morder a gente y nos monte aquí una peli tipo The walking dead, ha sido un placer conocerte —
se levanta de la silla.
Mierda Cristian haz algo, di algo que se va…
—¿Tienes WhatsApp? —¡Ole tus huevos! Vaya pregunta… ¿Quién no tiene WhatsApp hoy en día? Anda que hoy me estoy luciendo…
Ella se gira y me mira.
—Claro, apunta, quizás podamos vernos otro día. Sara lo de Cristian corre por cuenta de la casa.
—Ok jefa —contesta esta desde el otro extremo de la barra.
—Gracias, pero no es necesario de verdad —le digo a Carmen.
—Lo sé pero quiero hacerlo, la próxima invitas tu —añade sonriéndome.
La próxima vez… ¿Cuándo? ¿Dónde? ¿A qué hora? Dime que podré echarte un polvo, «no lo digas no lo digas que vas a parecer un salido» me contradigo a mí
mismo.—
Claro estaría guay —¿guay? ¿Acabo de decir guay? Ojú de verdad Cristian, que vaya tela eh… La madre que me parió, parezco subnormal.
—Ya tienes mi número, así que, cuando quieras —asegura sonriendo de nuevo.
Joder qué sonrisa más bonita tiene, me la pone dura con solo mirarla, no metas la pata Cristian no metas la pata…
Se acerca a mí y me da dos besos, pongo mi mano en su cadera y ella la suya en mi hombro, no te vayas, manda a tu amiga la corta rollos a la mierda y vente a mi
casa conmigo. Madre mía si pudiera leerme la mente saldría por corriendo.
Las veo irse de la cafetería hablando entre ellas y ahí me quedo yo, como un gilipollas mirando cómo se va… Me pegaría horas venerando ese culo. Hasta que una
voz me saca de mi atontamiento.
—Si quieres te presto mi mandil —comenta Sara sonriendo.
—¿Para qué quiero yo tu mandil? —pregunto levantado una ceja.
Ella empieza a descojonarse en mi cara.
—Para las babas chato, que me estás mojando el suelo.
La miro con ganas de estrangularla y contesto.
—Que graciosilla estás hoy eh, solo me ha caído bien, nada más —cosa que no me creo ni yo.
Ella me mira de nuevo y vuelve a partirse el culo a mi costa. Me termino mi cerveza de un trago, recojo mis cosas que dejé sobre la mesa donde estaba antes de que
llegaran, me despido de Sara y salgo a la calle.
Para estar en febrero hace un temperatura bastante agradable, pienso en mandarle un WhatsApp ¿pero qué le digo? Se ha ido hace cinco minutos, bueno se lo
puedo mandar, así tiene mi numero para que lo guarde en su agenda.
Me voy a mis contactos y ahí está, una foto suya de perfil con Celia, ambas con la lengua fuera y sonriendo. Joder qué buena está la hija de puta… Está en línea…
Venga ahora toca mándaselo.
—Hola morena, soy Cristian, el de la cafetería, así tú también tienes mi numero —enviar.
Vamos léelo… léelo…
Escribiendo…
—Ja ja hola Cristian ya te he agregado, bss.
¿Bss? ¿Le digo de quedar esta noche? No mejor no, mañana le hablo a ver si quiere tomar un café, una cerveza o lo que sea…
Me voy a casa y paso el resto del sábado haciendo el vago, menos mal que tengo la play porque si no, me muero. De vez en cuando me permito pensar en ella, me
gusta, tengo que volver a verla. ¿Le importará a mi espalda quemada? Ahora mismo no es muy agradable de ver, no creo que le importe, vamos no tiene porqué, se me
quemó la espalda no la polla. Joder qué cerdo soy a veces, bueno si veo que la cosa puede ir a más, pues se lo digo, si no, ¿para qué?
1 – Corimec: Casa prefabricada o en su defecto contenedor.
—Vuélvete disimuladamente y dime si está mirando —le pido a Celia muy bajito.
Ella que es toda una experta en el arte del espionaje, mira tanto hacia atrás que creo que se le va a romper el cuello.
—Celia tía te he dicho con disimulo… que solo te ha faltado ponerte un neón.
—Sí, Carmela, te está mirando, ¿cómo quieres que vea sin volverme? No tengo ojos en la nuca.
—Si hija pero no tan descarada —contesto sonriendo.
Vamos caminando y nos metemos en el primer restaurante que vemos a comer algo, doy gracias que los sillones sean acolchados porque mi culo no aguantaría algo
duro ahora mismo. Sé que no debería estar pensando en él, pero lo hago. Recuerdo sus labios gruesos, su barba bien cuidada y recortada, salpicada con alguna cana, sus
profundos ojos marrones mirándome como si me desnudaran, sus manos… Dios lo que podrá hacer con esas manos… Su cuerpo… Rondará el metro noventa, ancho de
espalda y se nota que hace deporte. ¿A qué se dedicara? Dios cómo me pone…
—¡Carmela! Baja a la tierra tía que te estoy hablando y pasas de mí, ¿estás pensando en el tío de la cafetería? No me jodas.
—Joder Celia, que bueno está, se me han caído las bragas al suelo vamos… ja ja.
—No ya, si me he dado cuenta, he estado a punto de acercarte un mantel para las babas, está que te cagas a ese no solo se lo hacía gratis sino que encima le pagaba
yo a él ja ja —comenta riendo.
—Pero qué putona eres cielo, además tampoco sé si volveré a verlo —comento jugando con mi copa.
—Tuoché2 Princesse3. Pero algo me dice a mí que volverás a verlo… Por cierto ¿de qué habéis hablado? ¿Qué edad tiene? —pregunta
—No lo sé —respondo.
—¿Dónde vive? —pregunta de nuevo.
—No lo sé.
—¿En qué trabaja?
—No lo sé—joder no sé nada…
—A ver Carmela, habéis estado hablando más de una hora, ¿no te ha dicho nada de él?
—Pues ahora que lo pienso… No.
—¿Entonces de qué habéis hablado? —pregunta levantado una ceja.
—Pues de mí —respondo algo confusa. Ella me mira y empieza a descojonarse en mi cara.
—¿Joder solo habéis hablado de ti? Ja ja ¡qué egocéntrica eres reina!
—Que no tía… Cuando iba a preguntarle algo sobre él, me hacía otra pregunta sobre mí y claro, me perdía.
Así pasamos la sobremesa, hablando y hablando, de vez en cuando miraba mi móvil por si recibía un nuevo WhatsApp, pero no era así. Terminamos de comer y
emprendimos camino a Cádiz, esta noche tenía otra cita a las doce y quería descansar un poco antes de ir.
Una vez en mi cuarto me permito volver a pensar en él, dudo en si hablarle o no, cojo mi móvil, escribo y borro seis mensajes hasta que me doy por vencida y
dejo el móvil en la mesita.
A las seis de la tarde, creo que debería echarme una siesta pero en vez de eso me pongo a leer un rato una trilogía que me tiene enganchadísima.
—¿Qué lees? —Me pregunta Celia tumbándose en mi cama.
Levanto el lomo del libro y se lo enseño.
—Provócame, mmm… Eso suena a libro guarro. ¿De qué va? —pregunta de nuevo.
Le explico que es una trilogía que se llama Solo por ti, de Angy Skay, y le resumo el argumento por encima deseando que se calle de una vez y me deje seguir con
mi lectura. Parece interesada, así que, le digo que le dejaré que lo lea cuando lo termine.
—Bueno pues te dejo con tu lectura, voy a echarme un rato y tú deberías hacer lo mismo —dice levantándose de la cama.
—Sí, leo este capítulo y me acuesto un rato —contesto sin ni siquiera mirarla.
Oigo sus pasos salir de la habitación y yo sigo con mi lectura.
No sé cómo fue pero cuando me voy a dar cuenta la alarma del móvil me despierta, son las nueve de la noche, después de estirarme un poco en la cama me
levanto, salgo de mi habitación y todo está en silencio, entro al cuarto de Celia pero no está, así que, me voy directa a la cocina a prepararme un café.
La cocina no es muy grande, un rectángulo como mucho de dos metros de ancho por unos cinco de largo, con muebles de madera y una encimera preciosa color
rosa palo.
Busco mi tabaco que para variar, no sé dónde lo he dejado y me enciendo un cigarro mientras espero que se termine de hacer el café, hasta que oigo abrirse la
puerta de la calle…
—Hola gorda —doy un grito desde la cocina.
Espero a que Celia, entre por la puerta de la cocina que está justo al lado de la puerta de la calle y para pasar a las habitaciones o al salón hay que pasar por ahí.
—Hola reina —saluda entrando en la cocina—, aquí huele a tabaco, ¿otra vez fumando? Qué costumbre más asquerosa.
—Sí Celia, yo también te quiero, ¿dónde has ido? —Una pregunta bastante absurda porque viene cargada de bolsas del súper.
—De la peluquería, no te jode, pues de comprar ¿no me ves? Que tenemos todo vacío, hasta el ratón que teníamos viviendo aquí se ha ido porque se moría de
hambre.
Así es ella, borde y dulce, cariñosa y arisca pero aun así, una de las personas que más quiero en el mundo, la única que me entiende de verdad, la que conoce la
peor parte de mí, mis mayores demonios y aun así sigue queriéndome. Todo el mundo debería tener una amiga como ella.
Se quejaba, renegaba y se cabreaba, pero a la hora de la verdad si tenía una batalla era la única que combatía a mi lado.
Para Celia la vida no había sido sencilla, mientras yo tenía una familia que me quería, me apoyaba y en la que nunca me faltó amor, ella tuvo que aprender desde
muy joven a defenderse sola, consiguió meterse en la universidad con becas, trabajaba de día y estudiaba de noche, ahorró durante años para poder salir de Fuengirola.
Luego su suerte cambió y el mundo de la prostitución de lujo le dio las comodidades que nunca había tenido. Nunca hablaba de sus malos años, sabía que a veces
la torturaban, veía reflejada la tristeza en sus preciosos ojos verdes pero no hablamos ello. Hacía años que había optado por hacer cómo si jamás hubiese sucedido, pero
en el fondo aquello se grabó a fuego en su alma y moriría con ella.
Pegué un salto de encimera y le serví un café mientras la escuchaba renegar de lo mal que olía a tabaco y que a este paso un día nos íbamos a comer la una a la otra.
Es curioso el dolor o el sufrimiento que puede llegar a tolerar el ser humano, como te hunde y vuelve a levantarte, cuando pensamos que hemos tocado fondo y
nuestra alma se ha quebrado, volvemos a recomponernos y continuamos luchando. ¿Pero qué pasa cuando te han roto tantas veces en millones de pedacitos de ti misma
que te es imposible volver a tu estado inicial? Ahí llega el verdadero tormento, ese que te ahoga y oprime cada parte de todo lo que eres.
En ese punto estaba ella desde hacía años… Viva pero marchita, era un recipiente hermoso pero vacío, solo había querido a una persona en toda su vida, la única
por la que daría cualquier cosa… yo.
—Toma Cel, un cafelito —me acerqué a ella y le dí un fugaz beso—, anda no te enfades, ya sé que odias que fume en casa, ¿me perdonas? —me pongo a hacer
pucheros.
—No es eso Carmen, me he despertado de la siesta un poco tonta solo eso.
La miro un segundo y la abrazo, sé que no necesitaba palabras de consuelo ni nada que se le pareciera, solo precisaba de calor humano, sentirse querida. Las veces
que eso sucedía ahí estaba yo para mimarla y darle miles de abrazos para que supiera que no estaba sola.
—¿Te das una ducha mientras yo preparo algo de cena y abro el vino para que se airee?
—Vale, pero por favor no vuelvas a quemar la cocina eh.
—Hey yo no la quemé solo se chamuscó un poco —sonrío.
Ella me mira de reojo levantando una ceja.
—¡Vale! Pues no vuelvas a chamuscarla —agrega saliendo de la cocina.
Vale sí, es cierto, hace un año quemé un poco la cocina, debo decir en mi defensa que no sabía que un bote de alcohol era mucho para hacer dos chorizos al
infierno, mi destreza culinaria se limitaba a freír unos huevos y meter comida precocinada en el microondas. Miro la nevera y ¡bingo! Hay huevos, ya tengo el cincuenta
por ciento de la cena, rebusco en el congelador y encuentro patatas congeladas, ahora solo tengo que prepararla y tratar de no quemar el edificio.
Cuando sale de la ducha, la mesa está preparada y la cena casi lista.
—¿Te ayudo? —pregunta desde la puerta de la cocina.
—No cariño, solo me falta freír los huevos y listo, llévate el vino a la mesa y ya voy.
A los pocos minutos salgo de la cocina bandeja en mano con los cuatro huevos fritos y la fuente de patatas fritas. Me siento a su lado y la observo en silencio
unos segundos, mientras ella se sirve sus patatas.
—¿Pesadillas? —pregunto.
—Sí —responde sin levantar la vista del plato.
—¿Quieres hablar de ello?
—Es lo de siempre Carmen, nada más —responde tristemente.
Me acerco más a ella para pasarle el brazo por encima.
—Podemos hablarlo si quieres Celia, no estás sola, nunca lo has estado. —Aseguro dándole un beso en la mejilla.
Me mira con sus preciosos ojos encharcados en lágrimas y en ese momento solo tengo ganas de matar a alguien.
—No llores gorda, aquello ya pasó ¿vale? Ahora todo eso quedó atrás y tú eres una persona nueva y me tienes a mí que te querré siempre.
—Lo sé Carmela, gracias por estar siempre ahí —me dice abrazándome de nuevo—, anda vamos a comer que tengo hambre —dice secándose las lágrimas y
sonriendo.
Cenamos tranquilamente sentadas en el sofá charlando de todo y de nada, esa noche ella tenía un cliente que la había contratado cuatro horas y yo dos, uno a las
doce y el otro a las tres, aunque casi nunca era puntual. Había una regla que nunca se rompía bajo ninguna circunstancia, total discreción, era raro que dos clientes se
encontraran dentro del chalet, todo estaba cuadrado al milímetro para que fuera secreta la identidad de los visitantes de la casa. Casados, solteros, viudos, empresarios,
banqueros, médicos, agentes de la autoridad, personajes públicos o famosos, nuestra lista era extensa y todos con un buen nivel económico.
Tanto José como Javi, cobraban una buena cantidad de dinero no solo por nuestra protección sino gran parte por no revelar nunca lo que allí veían.
Unas horas después estamos en la puerta de chalet, aparcamos donde siempre y llegamos donde se encuentran los dos hermanos.
2— Touché: Expresión francesa que significa ‘ ‘ tocado’ ’ .
3— P rincesse: P alabra francesa que tiene de significado princesa.
—Buenas noches chicos. —Les saludamos.
—Buenas noches —contestan al unísono.
Javi como siempre con esa radiante sonrisa y José con su habitual cara de agrio, tampoco faltaron las miraditas de cada fin de semana entre Celia y José.
—¿José algún día piensas decirme qué problema tienes conmigo?— Suelta Celia de sopetón.
Dios nos pille confesados porque esta noche se lía.
Él le dirige una mirada que si llegan a ser espadas la ensarta como un pinchito moruno. Desde luego mi cara tiene que ser un poema y la de Javi, no está muy
distinta.—
No tengo ningún problema contigo, anda corre que te esperan —contesta cortante.
—Correré si me da la puta gana, ¿te enteras?
Madre mía que papelón, ja ja la primera batalla, vencedora Celia.
—¿Pasa algo aquí fuera? —pregunta Olga desde la puerta del chalet.
—No, no, no —contestamos todos a la vez.
—Pues hala, a trabajar.
Nos damos la vuelta para entrar en la casa no sin antes lanzarse miradas de: ya te cogeré luego.
Prefiero no hacer ningún comentario sobre lo que ha pasado abajo, Celia hoy no tiene un buen día y no quiero cabrearla más. Así que, subimos a nuestro
dormitorio y comenzamos la noche.
Seis horas después de un buen gratificado trabajo, el silencio reina en la casa, Celia y yo estamos terminando de vestirnos cuando la puerta del dormitorio se abre
dando paso a Angie más conocida como Angélica.
—Hola reinas, uf estoy agotada… Madre mía ese muchacho es insaciable.
Angie un bellezón de metro setenta con unas curvas de infarto, una larga melena color arena y unos profundos ojos canela, tiene veinticinco años, natural de
Valladolid aunque lleva dos años asentada en Cádiz trabajando para la agencia de Olga.
Desde que la conocimos congeniamos a la perfección, así que, no fue difícil hacernos amigas al poco tiempo de su llegada.
—Hola Angie, ¿ya te vas? —Pregunta Celia.
—Sí ya he acabado por hoy, mañana me voy hasta el miércoles a Sevilla con un cliente, quiero descansar y preparar la maleta, ¿vosotras que tal?
—Bien, deseando irnos a desayunar, ¿te apuntas? —Pregunto.
—Claro dadme veinte minutos y nos vamos.
Nos vamos a la parte de abajo mientras ella se cambia y de paso, yo puedo fumarme un pitillo, no había fumado en toda la noche y menos dentro del chalet, así
que, me sabe a gloria cuando me lo enciendo.
Llegamos a la puerta, Javi y José siguen allí, es una situación violenta para todos los presentes y para nadie pasan inadvertidas las miradas que este último le lanza
a Celia y viceversa.
—Se acabó, ¿no? Ahora a descansar —pregunta Javi.
—Sí Javi, por fin, ¿y vosotros? —pregunto yo también.
—A punto de irnos, estoy desesperado por un café —comenta mirando de reojo cómo su hermano y Celia se lanzan rayos y centellas con los ojos el uno al otro.
Que tensión…
—Nosotras también, ¿os apuntáis?
De repente tres pares de ojos se clavan en mí y dos de ellos casi me perforan. Lo reconozco tengo una mente retorcida y ¡me encanta!
—Yo paso —comenta José de manera cortante.
—Ni falta que hace —agrega Celia en el mismo tono.
—Qué pasa ¿te molesta si voy? —pregunta.
—Pues ahora que lo dices, sí, la verdad, prefiero que venga solo Javi.
¡Toma ya! Aquí la tensión se podría cortar con un cuchillo… Segunda batalla vuelve a ganar Celia.
—Pues yo me apunto —añade Javi de repente.
—Pensándolo mejor yo también, me apetece un café.
Toma ya con José, este va a cuello.
—Bueno pues decidido todos a tomar café.
A los pocos minutos aparece Angie por la puerta y después de informarle de las nuevas incorporaciones para el desayuno, nos vamos las tres directas a los
coches mientras los chicos entran a despedirse y a cobrar su noche.
Poco después de salir del chalet vemos aparecer el coche de los hermanos y emprendemos camino a una cafetería cercana que sabemos que abre temprano.
Lo que creía que sería una situación tensa, resulta ser un rato muy agradable gracias a las bromas y ocurrencias de Javi, mientras José permanece callado sin apenas
participar en la conversación.
Celia se disculpa y va al baño pero lo que nos extraña fue que José va detrás segundos después, no le damos importancia en ese momento y sigo hablando con Javi
y Angie. A los pocos minutos Celia llega a la mesa y José detrás de ella, pero hay algo raro Celia está… Acalorada… ¡Madre mía aquí ha pasado algo!
José prosigue con su característico semblante mirando a Celia, mientras da pequeños sorbos de su taza, la miro a ella de reojo y… ¿está ruborizada? Ver para
creer… huy, huy, aquí hay tomate.
—Bueno chicas ha sido un desayuno muy agradable pero creo que ya va siendo hora de irnos a descansar que a todos nos espera una larga semana —comenta
Javi.
Empezamos a recoger nuestras cosas y ponernos los abrigos para pagar y marcharnos.
—Nenas podríamos quedar la semana que viene cuando vuelva para salir a cenar y hacer algunas compras —dijo Angie dirigiéndose a nosotras.
—Venga guay cuando llegues del viaje nos llamas y quedamos.
Estoy deseando que se vayan todos para pillar a Celia por banda y someterla al tercer grado y saber qué ha pasado en los servicios de la cafetería.
En cuanto nos sentamos en el coche la curiosidad me mata.
—Cuéntamelo ¡TODO! —exijo en cuanto que nos subimos al coche.
—No sé qué quieres te cuente —contesta restando importancia al asunto.
—Celia Rodríguez o me cuentas ahora mismo lo que ha pasado o te vas para Cádiz haciendo dedo —la amenazo.
—Serás zorra retorcida… —sonríe—, está bien Carmela, más vale que te prepares porque vas a flipar…
—Pero venga coño al grano —la insto.
—Si no te callas no avanzamos.
Hago el gesto de cerrar una cremallera invisible en mi boca y tiro la ficticia llave por la ventanilla.
—Había ido al servicio como viste y ni siquiera me di cuenta que vino detrás, los aseos tenía primero la puerta de señoras y luego la de caballeros, así que, cuando
salí no me di cuenta que estaba detrás de mí de mí hasta que lo tuve encima…
—Madre mía ¿y qué y qué?
—¡Quieres callarte ya! Total que en una abrir y cerrar de ojos estaba con la espalda pegada a pared y él pegado a mí, notaba su cuerpo caliente sobre el mío y
empecé a arder, no sé Carmen… Me puso una mano en el cuello y con la otra me sujetaba la cadera…
—La madre que me parió, ahora mismo si me pinchan no sangro… ¿Y? —pregunto encendiéndome un cigarrito.
La observo y por un momento, su mente viaja en el espacio del tiempo y vuelve a esos servicios.
—Tenía su cara pegada la mía tía, notaba su aliento envolviéndome mientras miraba mi boca como si deseara comérsela, no sabía qué decir, sabes que a salidas no
me gana nadie pero en ese momento tenía la boca seca y no podía articular palabra.
—¿Te besó? ¿Te dijo algo? —Por Dios la curiosidad me mata.
—Empezó a acariciar mi cara con su nariz y a respirar de forma descontrolada, notaba su erección sobre mi abdomen y cómo yo me iba excitando por momentos,
creía que me besaría Carmen, lo deseaba, nuestras bocas casi se rozaban, notaba su perilla haciéndome cosquillas en la cara, pero cuando habló casi me desmayo.
»No puedo evitar mirarte y desear arrancarte la ropa, me perturbas, me torturas, solo pienso en meterme dentro de ti y hacerte gritar como nunca han hecho ni
harán ninguno de todos esos gilipollas que te follas, pero oye está bien princesa, yo nunca, nunca te voy a tocar por mucho que lo desee, jamás me mezclaré con una
mujer como tú. Me soltó y se alejó a la puerta de los servicios de caballeros, esperé unos segundos para relajarme y volví a la mesa.
—Joder estoy flipando Celia, o sea que… —No puedo seguir al ver su cara, se la veía… ¿triste?—. Mira tía que le den por culo, tu no necesitas su aprobación para
nada, muchos prejuicios de que seas prostituta pero él bien que pone la mano para recibir el sobre que Olga le da, que parece que se le ha olvidado que su sueldo sale del
mismo sitio que el nuestro… Gilipollas…
—Ya lo sé… —contesta tristemente.
—Ahora nos vamos a ir a casa a descansar y cuando nos despertemos nos iremos a ver los coros que pasado mañana es fiesta en Cádiz y podemos aprovechar y
salir de copas un rato, ¿vale?
—Vale Carmela.
Hicimos el camino de vuelta a casa en silencio, quería consolarla

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