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Libro PDF Luna de Tor Mariam Agudo Campos

Luna de Tor  Mariam Agudo Campos

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espalda. Caían en cascada desde los hombros a la cintura. Su figura
parecía etérea entre las deformes manos que los árboles extendían,
como si trataran de alcanzarla. Sólo el brillo dorado del medallón en su
cuello, y el de sus ojos, destacaban en medio de la niebla.
Poco a poco, el frío otoñal se filtró en su cuerpo hasta hacerla
estremecer. No se detuvo. La incertidumbre había dado a paso a la
certeza de que alguien la llamaba, y necesitaba saber quién.
Anduvo durante unos metros más hasta alcanzar un claro en el que
unas cepas yacían sobre la tierra removida: su aspecto era cadavérico,
como criaturas muertas rodeadas por un halo rojizo. En torno a ellas no
había árboles y las sombras del atardecer casi daban paso a la noche.
Áurea oyó un sonido que, aunque apagado, recrudeció los latidos de
su corazón. Con la mirada recorrió el lugar. Únicamente detectó las
formas inanimadas de las rocas y los troncos arrancados de raíz. La
desolación del entorno la llevó a dudar si dar media vuelta y regresar a
la casa o permanecer allí, en silencio y a la espera.
Alzó los ojos al cielo con el gesto de quien busca una señal que le
indique el camino a seguir. Sólo los jirones violáceos que teñían el
firmamento y el parpadeo de las primeras estrellas le respondieron.
Unas nubes oscuras se formaron en el horizonte, como amenazantes
señales de lluvia. Apenas hacía unas horas que la última tormenta
había remitido, aunque no definitivamente.
El ululato de una lechuza, abandonando su refugio sobre el risco y
alzando el vuelo, la sobresaltó. Retrocedió asustada, tropezó con una
prominente raíz y cayó de espaldas.
El melodioso tintineo de unas risas flotó en la incipiente noche.
Reincorporándose hasta quedar sentada, recorrió nuevamente el
paisaje con la mirada. Necesitó hacerlo dos veces para detectar al niño
que se agazapaba detrás de una de las cepas, apiladas en el centro del
claro.
Con el orgullo herido, Áurea se puso en pie. Un rictus de enfado
arrugó su ceño. Encaró al niño.
—¿Quién eres? —El eco de su voz resonó en el solitario bosque.
El pequeño intruso, ignorando su actitud amenazante, continuó
riendo sin responderle.
—¿Por qué te escondes? —preguntó con suspicacia. ¿Acaso me
tienes miedo? —lo provocó.
—Yo no temo a nada ni a nadie —dictaminó el niño. Luego dejó de
reír, se alzó en toda su estatura y abandonó su escondite.
Áurea calculó que debía contar con algunos años más que ella,
probablemente unos nueve o diez, aunque le superaba con creces en
altura, lo que le hizo tragar saliva y lamentar su anterior bravuconada.
—¿Acaso me tienes miedo tú a mí? —respondió el chico ante el
súbito silencio y la palidez que tiñeron el rostro de la niña.
Ella negó con la cabeza; él entrecerró los ojos, suspicaz.
—Sí, me temes. —Se encogió de hombros con fingida indiferencia,
pero una chispa de desilusión brilló en sus ojos, velados por las
sombras—. No me importa, estoy acostumbrado.
Tal vez fue el timbre apenado, tal vez fueron las palabras lo que la
afectaron, pero la niña habló con firmeza.
—No, no te tengo miedo. No eres más que un niño —dijo mirándolo
de pies a cabeza.
Observó que tenía el rostro tiznado de tierra, al igual que las manos;
la ropa arrugada y manchada, como si llevara horas deambulando por
el bosque; sus cabellos negros caían en desorden sobre la frente.
—No, no lo soy. —Esa vez, su voz sonó lúgubre, con el deje
misterioso del que trata de atemorizar a alguien. Áurea, sin percatarse,
cerró los ojos.
Al abrir los párpados, el niño había desaparecido. El brillo nacarado
de la luna brillaba sobre la cepa que había escondido al niño. Sólo las
pisadas de sus pies se distinguían en el suelo embarrado.
Repentinamente, la lluvia empezó a descargar con furia sobre el
bosque, empapando la temblorosa figura de Áurea. Se estremeció de
frío, mientras las marcas que el niño había dejado fueron borrándose.
Pronto, allí no quedó nada.
1
Tor, los Pirineos – Primavera de 2005
Apenas abrió la puerta, el olor rancio de la humedad impactó a
Áurea en el rostro dejándola sin respiración. Hizo una mueca de
repugnancia antes de dejar caer sus maletas al suelo. El taconeo de sus
botas la precedió al traspasar el umbral. Abrió todas las puertas y
ventanas que encontró a su paso. El aroma a abetos y pinos inundó la
estancia y, aunque no logró embellecer su desolada apariencia, la
insufló del aliento de las montañas.
El aspecto de la casa evidenciaba su abandono. Pese a ello, la
presencia de sus abuelos, recientemente fallecidos, permanecía entre
aquellas paredes. Era tan palpable que la imagen de sus queridos
rostros se materializó ante sus ojos, inundándolos de lágrimas.
Parpadeó varias veces para evitar que se derramaran pero,
irreprimibles, afloraron a sus ojos.
Con la vista vidriosa, recorrió la estancia.
Los muebles yacían bajo sábanas para evitar su deterioro; enormes
telarañas pendían de los altos techos de vigas de madera. La suciedad
había hecho mella en el interior de la vivienda; la superficie estaba
cubierta por una espesa capa de polvo sobre la que destacaban sus
propias pisadas. Las paredes mostraban manchas de humedad y
suciedad; los cristales estaban tan empañados que apenas filtraban la
luz del sol.
La desolación y la melancolía invadieron su corazón.
Aquél era su refugio. Durante su infancia, incontables veranos y
Navidades lo atestiguaban. Nadie había amado aquella casa y aquella
aldea como ella, sólo los abuelos. Tal vez eso explicara por qué, tras su
muerte, habían estipulado que pasara a manos de Áurea.
Mientras el dolor por sus muertes la dominaba, arrancó con furia las
telarañas que colgaban de las vigas del techo y de la barandilla de las
escaleras que, situadas al fondo de la sala, conducían a la planta
superior, en la que se ubicaban los dormitorios.
Durante unos segundos observó la silueta de su equipaje junto a la
puerta, meditando si no sería más sensato abandonar Tor. Después de
todo, aún no tenía claro qué la había impulsado a regresar después de
tantos años.
Mientras divagaba, se percató de que las lágrimas seguían manando
de sus ojos, por lo que, ofuscada, las secó con las palmas de sus manos,
se arremangó los puños de su pulcra camisa blanca y se recogió en una
coleta la larga melena azabache.
No podía explicar los motivos que habían conducido sus pasos hacia
Tor, pero sí podía afirmar que aquellas montañas formaban parte de su
vida. Al instante, recordó las palabras de sus abuelos el día que le
hicieron jurar que nunca olvidaría sus raíces.
En su niñez no entendió bien el significado de esas palabras.
Después de todo, qué sabía una niña de raíces y solemnes promesas…
Como mujer, le bastaron unos segundos para comprender lo que
parecían ocultar: en sus raíces estaba su destino.
Caminó hasta el recibidor, cuyas paredes evidenciaban el mismo
estado deteriorado que el resto, y abrió la puerta de la cocina. Los
rayos de sol iluminaron su figura, rodeándola con un halo dorado. Los
cristales de las ventanas estaban quebrados, y el viento entraba por los
agujeros.
Se percató que la estancia aún conservaba los mármoles de piedra,
los armarios de estilo rústico y la vieja chimenea que los abuelos
construyeron años antes. Bajo tanto destrozo, se adivinaba la casa que
llenaba sus recuerdos.
Tras una búsqueda exhaustiva, sólo halló como utensilios de
limpieza una escoba, un deteriorado recogedor y un cubo abollado.
Mientras estudiaba el resto de habitaciones, hizo inventario del estado
general de la vivienda. El panorama era desolador: la casa estaba
prácticamente en ruinas. El suelo estaba hundido en algunas zonas, la
grifería oxidada y los goznes de puertas y ventanas chirriaban. Las
tuberías emitían un quejido tan lastimero que parecía el aullido de una
fiera hambrienta.
Comprendió que lo más sensato sería acercarse al pueblo para
abastecerse de más útiles de limpieza, así como de víveres para los
próximos días. Hacer habitable aquella casa iba a requerir mucho
tiempo y esfuerzo.
El centro del pueblo distaba a veinte minutos en coche. Los caminos
eran tan escarpados que la obligaban a concentrarse en la conducción.
Pese a ello, sus ojos se veían atraídos hacia los picos nevados en la
lejanía y los frondosos bosques que flanqueaban los caminos.
Ignorando las glaciales temperaturas, abrió la ventanilla para sentir
la caricia helada del Pirineo sobre su rostro, dejando que el frío
coloreara sus mejillas. El viento parecía entonar una silenciosa melodía
a sus oídos; un quedo suspiro brotó de sus labios ante la belleza
solitaria que la rodeaba. El olor penetrante de los pinos embotó sus
sentidos.
El sol comenzaba a desdibujarse en el cielo. Las sombras teñían la
aldea y las montañas, aún nevadas, cuando detuvo el coche ante la
única tienda en Tor.
Al acercarse a la puerta vio su aspecto reflejado en el cristal: algunas
telarañas se habían pegado a su lacia melena azabache; el polvo había
ensuciado el níveo inmaculado de su camisa y abrigo; sus tejanos
mostraban cercos de suciedad en las rodillas. Sacudió sus ropas y
cabellos, sin lograr mejorar su apariencia, pero sus mejillas lucían
arreboladas. El aire había coloreado la palidez de su piel, destacando el
color de oro viejo de sus ojos y el tono rosado de sus labios.
A pesar de su desarreglada apariencia y aunque no era consciente de
ello, alguien la observaba a unos metros de distancia.
Se detuvo ante la puerta y contuvo el aliento. No sabía cuál sería el
trato que los aldeanos del valle le dispensarían tras esos largos años de
ausencia. Inquieta, posó la mano sobre el picaporte, pero, apenas lo
hizo, una figura menuda, que se encorvaba ligeramente sobre un
vetusto bastón, la abrió del otro lado y cruzó el umbral.
La anciana se detuvo unos instantes para recuperar el aliento,
mientras sus ojos de un verde desvaído, casi translúcido, la estudiaron
con detenimiento. Pese a su avanzada edad, su paso renqueante y la
piel surcada de arrugas, su cuerpo desprendía vitalidad. Los cabellos,
tan blancos como la nieve, estaban recogidos en un apretado moño a la
altura de la nuca. Su mirada inquisitiva se cruzó con la de Áurea y, en
silencio, la observó con sagacidad. Con un escueto «Buenas tardes», la
anciana la rodeó y se alejó calle abajo con andar irregular,
acompañada por el traqueteo de su bastón.
Áurea volvió a empujar la puerta y los goznes chirriaron silenciando
las voces que se filtraban del interior. Al instante se sintió rodeada por
la mezcolanza de dialectos que convivía en Tor.
Tal como le sucedió al entrar en la casa del bosque, tuvo de nuevo la
inexplicable sensación que en aquel enclave de las montañas el tiempo
no había transcurrido, casi como si, sin percatarse, hubiera viajado de
regreso a su niñez. Un olor vago y difuso, que le hizo evocar el barniz y
la madera recién cortada que siempre se respiraba en el taller del
abuelo, penetró en sus fosas nasales mientras traspasaba el umbral.
La tienda era un espacio reducido, apenas un habitáculo revestido
de madera, en el que destacaba, junto a la pared del fondo, un viejo
mostrador de roble, lleno de arañazos. El resto de las paredes estaban
cubiertas de estantes que llegaban del techo al suelo.
Un silencio opresivo, quebrado sólo por el monótono zumbido de
una nevera, reinaba entre aquellas paredes. Con una débil sonrisa,
saludó a la pequeña multitud congregada ante el mostrador, tres
personas de avanzada edad y el dependiente.
Un débil coro de voces, a medio camino entre el recelo y la
curiosidad, le respondió. Después el silencio volvió a cuajar.
La paleta de rojos, púrpuras y malvas, que pintaban como un lienzo
el cielo de Tor, se filtró a través de la puerta y la pequeña ventana del
establecimiento difuminando la suave penumbra en el interior, porque
la única bombilla que pendía del techo acombado permanecía apagada.
En silencio, escogió un pequeño surtido de alimentos entre la
reducida variedad que ofrecía el establecimiento, los depositó en el
mostrador ante la atenta mirada de cuatro pares de ojos. Después, se
acercó hacia los estantes de su izquierda, donde seleccionó varios
productos y utensilios para la limpieza de la casa.
El silencio era total, nadie parecía saber qué decir ni hacer y sobre
su espalda sintió las miradas inquisitivas de los aldeanos mientras la
estudiaban. Contuvo la tentación de volverse para sorprenderlos en su
escrutinio, pero como si se hubieran percatado de su incomodidad,
retomaron la conversación abandonada minutos antes.
—Asier, ¿has oído el último desvarío de doña Cora? —preguntó una
voz grave y ajada, gesticulando en dirección a la puerta por la que se
había alejado la anciana minutos antes.
—No. ¿Qué ha hecho esta vez? —respondió la voz de otro hombre.
—No es lo que ha hecho —rio roncamente—, sino lo que ha dicho
—bajó el tono de sus palabras, o más bien lo trató, pero éstas
mantuvieron el mismo timbre ajado y altisonante—. Dice que la casa
del bosque, la que era de los difuntos Alma y Biel, que en paz
descansen, está embrujada.
Al oír aquellas palabras, Áurea se quedó paralizada.
—Esa vieja está medio loca, Pol. No deberías hacer caso de sus
habladurías. Durante un tiempo se dedicó a extender chismorreos
sobre mí, diciendo que yo era un espía ruso durante la Segunda Guerra
Mundial, o alguna absurdidad parecida —rio sin humor—. ¿Acaso
tengo aspecto de espía o, peor aún, de ser tan viejo?
—Bueno, no… Asier —murmuró una tercera voz—, pero no tengo
idea de qué apariencia debe de tener un espía, y en cuanto a tu edad…
—añadió con sorna, dejando las palabras en suspenso.
Un coro de risas, más parecido al cloqueo de gallinas, retumbó en el
abarrotado espacio.
Áurea dejó escapar el aire que había contenido y se aproximó al
desvencijado mostrador, sobre el que colocó los productos que
sostenía entre sus manos.
—Buenas tardes —murmuró, nerviosa bajo el escrutinio de aquel
grupo de ancianos, cuyas expresiones le parecieron más propias de un
aquelarre de brujos.
Voces discordantes y poco efusivas respondieron a su saludo.
El dependiente, un hombre robusto, con cabellos grises, espesas
cejas del mismo tono y profundas arrugas surcando su rostro, le miró
atentamente tras las lentes de unas gafas metálicas que se balanceaban
sobre la punta de su prominente nariz. Sus labios finos eran apenas una
línea de expresión en su ceñudo semblante.
La meticulosidad con que iba colocando la compra en bolsas
contradecía la hosquedad reflejada en su cara. Con palabras roncas,
que delataban el abuso del tabaco, le hizo la habitual pregunta:
—¿Desea algo más, joven?
Áurea negó con la cabeza, pero antes de que llegara a dar voz a su
negativa, volvió a escuchar el espeluznante chirrido producido por la
puerta al abrirse.
Un ligero cosquilleo le recorrió la espalda. El sonido grave de una
voz retumbó bajo el umbral. Era ronca pero aterciopelada, como miel
caliente, y su sonido le hizo experimentar la sensación de haber sido
rozada por unos dedos invisibles. Se estremeció, pero alzó la mirada.
Una figura grande y oscura se enmarcaba contra la luz menguante
del atardecer. Era un hombre alto, tanto que su cabeza casi rozaba el
dintel de la puerta. Al contrario que ella, fue recibido con obvia alegría
por parte de la concurrencia.
Lo estudió con disimulado interés, percatándose que era joven,
calculó que debía tener poco más de treinta años. Los cabellos
oscuros, un poco largos, estaban despeinados por el viento y
sobresalían por encima del cuello de su abrigo, abrochado hasta la
barbilla. Vestía completamente de negro. Su forma de caminar
transmitía seguridad en sí mismo, casi arrogancia mientras avanzaba
desde la puerta al mostrador.
Percatándose del modo indiscreto en que lo observaba, Áurea apartó
la mirada, pero eso no eliminó la energía que parecía flotar en el aire.
Sabía que los ojos de él estaban fijos en ella, lo sentía en cada
centímetro de su piel. Incómoda y excitada, por una extraña emoción a
la que no era capaz de dar nombre, se dirigió nuevamente hacia los
estantes.
El tendero la observó evaluando sus reacciones, alzó las cejas
divertido y sonrió de lado mientras saludaba al extraño.
—Buenas tardes, Isaac —dijo al recién llegado.
—¿Qué tal, Asier? —respondió el hombre más joven. Áurea
comprobó de soslayo que saludaba al resto de los allí congregados con
un cabeceo.
La sangre tronaba en sus oídos, impidiéndole oír con claridad el
resto de la conversación. Posó ligeramente la mano sobre su pecho,
como si así pudiera apaciguar los latidos de su furioso corazón. Notaba
que la piel le ardía bajo la mirada de fuego de aquel extraño, como si
de algún modo se hubieran reconocido mutuamente. Trató de apartar
esos inquietantes pensamientos y concentrarse en el insulso contenido
del estante ante ella.
Con sigilo, el recién llegado se desplazó hasta colocarse a su
espalda. Aun sin verle, pudo sentirlo aproximarse, y la corpulencia de
su cuerpo, en contraste, la hizo sentir pequeña. Mientras su corazón no
dejaba de latir con furia en el pecho. El olor a loción masculina y una
esencia indefinida, que parecía emanar de la piel del hombre, llegó a su
nariz. Era un aroma embriagador que la aturdía y advertía, de algún
modo, del peligro que entrañaba.
Decidida a marcharse cuanto antes, se decidió por comprar algunas
velas. Después de todo, en una casa tan desvencijada como la suya —
al parecer incluso embrujada— podrían serle de alguna utilidad. Se
detuvo a pensar que tal vez ni siquiera funcionara la instalación
eléctrica.
Como estaban colocadas sobre el estante superior, tuvo que alzarse
sobre las puntas de sus pies para alcanzarlas. Apenas sus dedos rozaron
los objetos de cera, otra mano más grande, bronceada y claramente
masculina, las tomó por ella.
Al levantar la mirada sobre su hombro se encontró con unos ojos
increíblemente azules, de un color tan eléctrico que incluso parecían
desprender destellos violetas, mirándola con grave interés.
El rostro era inconmensurablemente atractivo. Su piel atezada
parecía casi dorada bajo la escasa luz del establecimiento. Sus rasgos,
aunque algo toscos, eran sumamente seductores. Aquellos asombrosos
iris se enmarcaban bajo unas cejas oscuras y rectas. La nariz, también
recta, los pómulos y la barbilla desvelaban la arrogante masculinidad
del hombre. Los labios, el inferior ligeramente más grueso que el
superior, se curvaron en una lenta y taimada sonrisa ante el descarado
escrutinio del que era objeto.
Avergonzada, apartó la mirada y rodeó al hombre para acercarse
nuevamente al mostrador.
—Disculpa, te olvidas de las velas —le dijo escuetamente tratando
de enmascarar, bajo un carraspeo, la risa que se filtraba en sus
palabras.
Mortificada, Áurea se volvió a encararlo. Nerviosa, apretó los puños
y volvió a abrirlos antes de arrancárselas prácticamente de las manos.
Después se alejó de él y lo ignoró, o al menos eso se dijo.
Mientras colocaba la compra en el maletero del vehículo,
estacionado en la estrecha calle de piedra, su corazón latía desbocado
como si hubiera recorrido una gran distancia. Los edificios que
poblaban la zona eran casas de piedra o ladrillo, cuyos tejados de
pizarra estaban construidos oblicuamente para permitir que la nieve se
deslizara con mayor facilidad. A aquellas horas, bajo el reflejo rojizo
del sol, brillaban ligeramente.
La callejuela no era muy amplia y se bifurcaba más adelante,
extendiéndose desde aquel punto hacia la lejana línea del horizonte.
Las voces de los aldeanos resonaban a su alrededor. Algunos niños
correteaban y jugaban a unos pasos de distancia.
Con un golpe seco cerró el maletero y al hacerlo notó las cautas
miradas de los viandantes. La prudencia y una distante amabilidad
eran rasgos muy propios de aquella gente.
No podía dejar de pensar en la extraña reacción experimentada ante
el hombre joven. Su pulso seguía siendo frenético. Su mirada había
sido tan intensa que la sensación que le había provocado no
desaparecía. Casi juraría que la había desnudado con los ojos. Sentía
una quemazón en el pecho y la inexplicable certeza de que aquélla no
había sido la primera vez que sus caminos se habían cruzado.
Agitó la cabeza, desdeñando aquellos infundados pensamientos.
Dictaminó que el cansancio debía estar empezando a hacer mella en
su cuerpo, nada extraño después de dos días sin dormir. Una vez se
celebró el íntimo entierro de sus abuelos y se conocieron sus últimas
voluntades, sólo se había detenido a empacar algunas de sus cosas
antes de tomar la carretera y devorar los kilómetros que la separaban
de Tor. Sabía que allí, entre las paredes de aquella casa, en aquella
recóndita región, encontraría un refugio en el que su corazón podría
llorar libremente su dolor.
Mientras abandonaba el bullicioso entorno de la ciudad de
Barcelona, la idea de instalarse de modo permanente en tierras
pirenaicas había ido anclándose en su mente y, apenas pisó la aldea, la
posibilidad simplemente echó raíces. Puesto que podía ejercer como
ilustradora desde allí, su trabajo no representaría un problema, meditó
mientras abría la portezuela del pequeño coche gris plateado.
Pero los hados parecían estar en su contra. Un rápido vistazo al
suelo le mostró un nuevo infortunio: el neumático delantero izquierdo
estaba deshinchado, de modo que el vehículo se inclinaba ligeramente
sobre ese lado. Pronunció una maldición y apoyó la frente contra el
coche, en señal de derrota.
Aun antes de volverse, sintió una presencia a su espalda. Su
temperatura corporal se elevó varios grados, aunque las frías ráfagas
del aire vespertino fustigaban su piel. Un olor a loción masculina,
ligeramente conocida, llegó a su nariz aturdiendo sus sentidos, aunque
no tanto como lo que oyó a continuación.
—¿Necesitas ayuda?
El corazón le dio un salto tan vertiginoso que temió le llegara a la
garganta. El sonido de esa voz la atravesó como un rayo.
Con lentitud giró sobre sí misma, tratando de fingir una calma que
no sentía. Esos ojos azules no podían existir, le dijo su atribulada
mente, pertenecían a otro mundo; eran más propios de las criaturas
que poblaban los libros que ilustraba que del mundo de los hombres
corrientes.
Pese a la sombra que rodeaba sus rasgos, la tonalidad de los iris
azules resplandecía con la intensidad de un faro en mitad de la
tormenta. Sintió cómo la lengua se le pegaba al paladar y ningún
sonido coherente emergió de sus labios, sólo un ahogado gemido.
El extraño alzó las cejas en signo interrogativo, después desvió la
mirada hacia el neumático pinchado. Ella asintió con la cabeza.
—Muchas gracias —logró murmurar—. Si puedes ayudarme, te lo
agradecería inmensamente. No se me da demasiado bien cambiar las
ruedas…
El chispeante brillo de los ojos azules y la diabólica sonrisa del
hombre le señalaron que era plenamente consciente de los estragos que
le causaba.
Isaac se desprendió con destreza del grueso abrigo negro que vestía,
el cual le ofreció esbozando una sonrisa que trataba, infructuosamente,
de apaciguar el estado nervioso de la joven. Después se dirigió hacia el
maletero de cuyo interior extrajo la rueda de repuesto, el gato y varias
herramientas que Áurea no pudo identificar, pero que supuso eran las
necesarias para la tarea.
Mientras él se agachaba hasta quedar a la altura del neumático
deshinchado, Áurea permaneció inmóvil a un lado, sosteniendo entre
sus manos el abrigo. El tejido que parecía ser cuero, estaba
gruesamente forrado para proteger de las heladas temperaturas que
azotaban la región. Emanaba un aroma viril, el mismo que había
asaltado sus sentidos cuando se había acercado a ella momentos antes.
Reprimió el impulso de acercarlo a su nariz para aspirar su esencia,
una que parecía aturdir su mente y su corazón de un modo
inexplicable.
El ocaso bañó con un manto escarlata los contornos del pueblo. En
el cielo empezaron a formarse manchas violáceas y algunas luces
iluminaron las casas.
Sólo el sonido producido al izar el gato, desenroscar tuercas o
utilizar las herramientas rompía el silencio en la solitaria calle. El modo
en que desarrollaba aquella actividad la dejó absorta, aunque no tanto
como el modo en que la sudadera negra se adhería a sus hombros y
espalda, delineando con total claridad la curvilínea masa muscular que
ocultaba la tela.
Pudo apreciar nítidamente que Isaac poseía unos músculos
desarrollados, aunque no excesivamente prominentes. Cuando se
agachó sobre las herramientas diseminadas en el suelo, tratando de dar
con la que buscaba, el tejido de los pantalones se pegó a sus nalgas
delineándolas. Áurea tragó saliva, acalorada cuando una fugaz imagen
de ese cuerpo desnudo se dibujó en su mente.
—¿Acabas de llegar? —La gravedad de la voz interrumpió el curso
de sus descarriados pensamientos.
—¿Qué decías? —respondió despistada, aún absorta en los rasgos
masculinos.
Una sonrisa curvó los labios del hombre. Con lentitud se volvió
hacia ella desde su posición acuclillada.
—Tu cara no me resulta familiar, así que me imagino que acabas de
llegar a Tor. —Se encogió de hombros con fingida indiferencia, pero
sus ojos brillaron evidenciando su interés.
—Sí, llegué esta mañana —murmuró mientras observaba con
embeleso cómo el cabello negro le caía en desorden sobre la frente.
Isaac la miró con intensidad, instándola a que siguiera hablando.
—¿Vas a quedarte mucho tiempo o sólo estás de paso?
—Aún no lo he decidido —contestó evasivamente.
—Ya… entiendo. —Aunque en realidad no entendía absolutamente
nada.
—Tengo que resolver algunos problemas antes de tomar una
decisión —confesó, sin saber muy bien por qué razón le explicaba todo
eso a un extraño.
—¿Qué tipo de problemas? —indagó.
Encendió la luz interior del coche para iluminar las herramientas y
procedió a atornillar la rueda de repuesto.
—Pues… del estado de la… de mi casa —se corrigió titubeante, aún
inacostumbrada a la idea de que era de su propiedad—. Necesita
algunas reparaciones. También depende de mi trabajo —puntualizó
—¿Eres un agente secreto o algo así? —bromeó esbozando una
traviesa sonrisa.
Una risita escapó de la garganta de Áurea.
—Nada tan emocionante. Soy ilustradora —explicó tratando de
aparentar ligereza e ignorando el aleteo provocado en su estómago
ante la diabólica sonrisa masculina.
—¿Ilustradora?
¿Era imaginación suya o por momentos la voz de Isaac se oía más
oscura y sensual?
—¿Qué tipo de ilustraciones haces? —preguntó con renovado
interés y una nueva luz en su rostro.
—Ilustro libros de fantasía —añadió con un encogimiento de
hombros.
Una mirada chispeante iluminó los iris azules. Permaneció inmóvil
un instante antes de asentir con la cabeza. Se reincorporó, con gracia
casi felina, limpió con un trapo la suciedad que manchaba sus manos y
apagó la luz del coche, sumiéndoles en el claroscuro que reinaba en lo
que eran los últimos instantes del crepúsculo.
Se aproximó a Áurea, que retrocedió hasta notar el contacto del frío
metal contra su espalda.
—Tal vez aquí encuentres una fuente inagotable de inspiración —
dijo con un tono de voz que descendió varios decibelios, haciendo que
a sus oídos sonara aún más ronca e insinuante.
Una tenue sonrisa iluminó el rostro de Áurea cuando reconoció en
esas palabras las mismas que sus abuelos le repitieron con frecuencia
en el pasado.
—Sí, podría ser. Este lugar parece estar rodeado por un halo de
magia y… —se detuvo avergonzada.
—Entiendo lo que quieres decir —la tranquilizó recostándose contra
el coche y apoyando una mano contra éste, de modo que la rodeó con
uno de sus brazos—. Es la recompensa por vivir tan alejado de la vida
urbana, aunque no mucha gente sea capaz verlo de eso modo —su voz
sonó suave pero ligeramente ronca.
—Yo sí —musitó cada más nerviosa ante su inquietante cercanía.
—En ese caso tal vez decidas quedarte —añadió antes de apartarse
de repente, como si hubiese sentido un calambrazo. Se concentró en
recoger la rueda pinchada y las herramientas mientras alzaba la mirada
especulativamente hacia el cielo.
Interpretando aquel gesto como una señal de premura, Áurea se
sintió decepcionada. Probablemente debía haber alguien que lo
esperaba, una mujer, pensó con malestar y una absurda punzada de
algo parecido a los celos.
—Discúlpame, no pretendía hacerte perder el tiempo —alegó—. No
es necesario que guardes nada —añadió cuando lo vio recoger las
herramientas del suelo—. Has hecho suficiente. Gracias —musitó.
No obstante, Isaac continuó hasta colocar todas las herramientas de
nuevo en el maletero.
—No es ninguna molestia —explicó—. Y no me has hecho perder el
tiempo. A veces… parece eterno.
Un brillo especulativo iluminó su rostro. Después cerró con un
vigoroso golpe el maletero y se volvió hacia Áurea.
Las sombras purpúreas del atardecer lo envolvían en un halo de
claroscuro que velaba los rasgos de su rostro. Sólo el color irreal de sus
ojos y el brillo nacarado de su sonrisa destacaban bajo la tenue
iluminación. Repentinamente le tendió la mano. Era grande y, pese a la
deficiente luz, pudo apreciar el tono bronceado de su piel, los dedos
largos y las palmas curtidas.
Áurea creyó que aguardaba a que le devolviera el abrigo, que ella
aún mantenía apretado contra el pecho, pero sin mostrar interés en la
prenda dijo:
—Tal vez deberíamos presentarnos adecuadamente, ya que parece
que seremos vecinos. —Sus labios se distendieron en una sonrisa que
mostró la perfecta simetría de sus dientes—. Mi nombre es Isaac.
Áurea, sin pensarlo dos veces, colocó su mano pálida y pequeña en
comparación con la masculina, sobre ésta que, al cerrar los dedos
sobre ella, cubrió completamente.
Una energía intensa nació ante el contacto de ambas palmas, como
si sus pieles desprendieran chispas de electricidad. Un escalofrío la
recorrió, pero la sensación fue tan extrañamente placentera que la dejó
sin palabras.
Tras un ligero titubeo, murmuró:
—Soy Áurea.
Isaac, aún sosteniéndole la mano entre las suyas, se acercó más.
Arrugó ligeramente el entrecejo como si ese nombre le resultara
familiar. Asintió casi imperceptiblemente mientras sus cuerpos se
rozaban.
La mirada azul se posó sobre sus temblorosos labios durante unos
interminables segundos en que meditó si saborearlos o no; mientras el
corazón femenino latía con furia. Nerviosa, pasó la lengua sobre el
labio inferior, humedeciéndolo. Isaac observó, como en trance, el
modo en que la sonrosada punta recorría la aterciopelada piel de su
boca. Tragó saliva.
Áurea siguió hipnotizada el movimiento ascendente y descendente
de la nuez en la garganta masculina. Después posó los ojos, que
brillaban como oro líquido, en los azules de él. Se percató que la
mirada del hombre ya no estaba sobre su boca, sino en sus pechos, y se
sonrojó.
Los senos ascendieron y descendieron al compás de su agitada
respiración, y, aunque no eran grandes, sí se delineaban firmes contra
la tela de su camisa blanca. Los pezones endurecidos despuntaban bajo
la tela. Una llama de calor brotó en su interior, propagándose
instantáneamente por todo su cuerpo. Pensó, mortificada, que su
estado de excitación debía de ser bastante evidente.
No fue hasta al cabo de unos silenciosos segundos que comprendió
que los ojos del hombre permanecían estáticos en el medallón de oro
que descansaba sobre su pecho.
Isaac entrecerró los ojos, absorto en la joya, regalo que le hicieron
sus abuelos más de veinte años atrás. Entonces aún se veía demasiado
grande alrededor de su cuello. Aguijoneada por un impulso
incontrolable, alzó su otra mano, la que no estaba prisionera en la de
Isaac, y apretó el medallón entre sus dedos.
Los ojos de Isaac volvieron a concentrarse en los ambarinos
diciéndole sin palabras que era muy consciente del estado de
excitación en que se encontraba.
—En el pueblo hay hombres que podrían ayudarte con uno de tus
problemas. —La voz, aún más ronca que antes, la sobresaltó hasta el
punto de empeorar su nerviosismo.
Arrancó su mano de la de él que, sorprendido, retrocedió un paso
como si le hubiera golpeado.
—No necesito ayuda —espetó, mortificada— y no tengo ningún
problema.
Isaac frunció el ceño.
—Pues yo diría todo lo contrario —afirmó cruzando con
despreocupación los brazos a la altura del pecho—. Reparar una
vivienda es un trabajo duro, no creo que puedas hacerlo tú sola.
Además, la casa junto al bosque está muy necesitada de reparaciones.
Tus abuelos lo decían a menudo…
—¿Mis abuelos? —lo interrumpió, aún más desconcertada.
—Eres Áurea, la nieta de Alma y Biel, ¿no es cierto? —ante su
mudo asentimiento, prosiguió—. Ellos me comentaron en más de una
ocasión que la casa necesitaba algunas reparaciones, pero estando tu
abuelo delicado de salud fueron postergándolas.
—Así que, ¿conocías a mis abuelos? —preguntó con interés.
—De toda la vida. —Sus palabras resonaron con claridad bajo el
cielo sobre el que empezaban a titilar las primeras estrellas—. Si
quieres contratar a alguien que se encargue de las reparaciones, puedes
preguntar en la tienda de Asier. —Señaló con un enérgico movimiento
de cabeza en dirección a ésta.
Impulsivamente, Áurea se giró hacia el desvencijado edificio que
minutos antes había abandonado. Decenas de preguntas le
cosquilleaban en la punta de la lengua, cuyas respuestas confiaba que
Isaac pudiera facilitarle. Sin embargo, cuando volvió para encararse a
él, no lo encontró.
El haz amarillento arrojado por la luz de una farola cercana señalaba
un hueco vacío en la calle, en el lugar donde segundos antes él se
encontraba. Al instante, sintió un ligero roce en la mejilla, en lo que se
le antojó una caricia o… un beso.
Un cosquilleo le hizo exhalar abruptamente el aire a través de los
dientes. El corazón le latió como un tambor. Sus ojos se posaron sobre
el abrigo de Isaac, aún entre sus manos, con la suspicacia y el
desconcierto pintados en ellos. Una sensación extraña, casi como si
aquel suceso fuese un déjà vu y no un hecho aislado, la embargó. La
excitación de su cuerpo fue enfriándose poco a poco, hasta que una
emoción desconocida asaltó sus sentidos, aterradora por su intensidad,
aunque no tanto como el profundo vacío que se instauró en su pecho al
no encontrar ante ella a aquel atractivo desconocido de fascinantes
ojos azules.
2
El valle de Tor se extendía en silencio a los pies de la montaña que
daba nombre al lugar. Las habladurías y leyendas populares decían que
estaba maldita. Así se la conocía, la montaña maldita de Tor, en
nombre a los trágicos sucesos acontecidos en ella años atrás. Unos, que
pese al tiempo transcurrido, aún permanecían en el recuerdo de los
habitantes de la región.
La primavera despuntaba en la tierra, suavizando sus agrestes
superficies. Los primeros brotes de las flores silvestres, un aire más
suave pero todavía frío y el final de las nevadas señalaban el fin del
invierno pirenaico. El regreso de algunos de sus aldeanos empezaba a
hacerse notar, el de aquellos que habían huido del terrible frío del valle
y que ahora retornaban a sus hogares. Pero aun así, la quietud y la
placidez que rezumaba el entorno delataba que se trataba de un lugar
poco habitado, casi inhóspito.
La casa en el lecho del valle era una pequeña cabaña de piedra.
Bajo la luz espectral de la luna, que incidía sobre la nieve y el tejado
de pizarra, se veía solitaria y abandonada, aunque débiles volutas de
humo ondeaban de la chimenea. Su estela llegaba al cielo, fundiéndose
con su negror.
Sólo el blanco de la nieve ofrecía una nota de color en mitad de
aquel paraje gris. Los árboles que poblaban aquel entorno se
desdibujaban entre las sombras hasta desaparecer.
Reinaba la soledad.
El canto apagado de las criaturas de la noche era el único sonido
audible, ése, y el susurro del viento golpeando las cañadas y las lomas.
A lo largo del valle, bajo el reflejo de la luna, el agua del río brillaba
como un espejo. Su cauce abastecía a los aldeanos de Tor. El deshielo
había comenzado; fragmentos y astillas flotaban como cristales sobre
la corriente.
Aquella tierra era la que delimitaba el fin de la aldea de Tor con la
montaña maldita.
Una figura etérea fluctuó mientras recorría la zona norte de la aldea,
el terreno que delimitaba con la montaña maldita. Sus movimientos
eran fluidos, propios de un espectro. La sombra, aun siendo traslúcida,
emitió una tenue luz que la hizo débilmente visible antes de
desaparecer y aproximarse al punto en el que se erigía el cementerio.
El camposanto estaba rodeado por un muro de piedra. Un arco del
mismo material enmarcaba la entrada. En su interior, una hilera de
tumbas destacaban bajo el reflejo de la luna.
Como si lo impulsara su lado humano, hizo el movimiento de
arrodillarse ante uno de los panteones, ubicado al fondo del recinto. La
inscripción sobre la estructura de mármol negro permanecía en
sombras, por lo que era imposible su lectura, pero él la conocía de
memoria, como un día conoció a las personas cuyos cuerpos yacían
bajo la tierra. En cierto modo, el suyo también debía hallarse allí;
pensó que ésa era la única explicación posible para entender su
incorporeidad.
Sobre la fría superficie de mármol negro, contrastaba el blanco de
las flores que yacían sobre ella. El aspecto fresco de éstas desvelaba
que habían sido colocadas recientemente.
La figura permaneció en aquella posición de devoción durante unos
minutos más, después abandonó el lugar.
Bajo el arco de entrada del cementerio, un cuerpo de carne y hueso
apareció unos instantes después. El sonido de sus botas al pisar las
piedras, que formaban un sendero entre las tumbas, resonó con
sequedad en la noche.
Caminó hasta el final del recinto. Su destino parecía ser el mismo
sepulcro. La figura, completamente vestida de negro, parecía
fusionarse con las sombras que lo rodeaban. Tal como hiciera el
espíritu, se arrodilló sobre las losas ante la tumba, después extrajo del
bolsillo interior de su chaqueta una flor que colocó sobre el lecho que
las otras, de un níveo blanco, formaban. La flor era una orquídea. Su
color era el negro.
Durante varios minutos Áurea forcejeó con la cerradura de la
puerta. Al fin logró cruzar el umbral cargando en precario equilibrio las
bolsas que contenían la compra. Tropezó con las maletas, junto a la
entrada, y a duras penas consiguió mantenerse en pie.
—¡Mierda! —gruñó mientras conseguía afianzarse sobre el suelo sin
dejar caer su carga.
La penumbra en el vestíbulo era total, por lo que apretó el
interruptor de la luz, pero ésta no se encendió.
—¡Mierda! —repitió con exasperación.
Guiada por la luz de luna, caminó con cautela hasta la puerta
entreabierta de la cocina. Los vidrios rotos permitían que la luz de la
luna iluminara la estancia y le señalara el camino a seguir.
Dejó las bolsas sobre la rústica mesa de madera, tanteó en el interior
de éstas hasta encontrar las velas. Extrajo una que encendió con las
cerillas y, con ella entre las manos, volvió sobre sus pasos para
dirigirse a la sala.
Tiró con fuerza de las sábanas enmohecidas que cubrían el sofá y se
dejó caer pesadamente sobre él. Una nube de polvo se levantó, pero
disipó la humareda con la mano y apoyó la cabeza contra el respaldo.
Estaba completamente exhausta, así que ignoró la suciedad que lo
impregnaba todo.
Su mirada se posó sobre la llamita que temblaba entre sus dedos e,
inevitablemente, revivió la escena en la tienda, el encuentro y la
marcha de Isaac. Le inquietaba la desazón que la atenazaba. Aunque
quería restarle importancia al incidente, se sentía herida por la
brusquedad con que Isaac se había marchado sin despedirse, pero no
estaba menos furiosa consigo misma por haber reaccionado de un
modo que la avergonzaba, incapaz de mantener bajo control su cuerpo,
o al menos fingirlo. No se reconocía a sí misma en la mujer balbuciente
en que se había transformado. No era propio de ella actuar de esa
forma.
Apenas Isaac entró en la tienda, sus hormonas enloquecieron. Se
excitó tan repentinamente que, aún horas después, la aterraba la
magnitud de sus emociones. No sabía cómo explicarlo, ni justificar los
estremecimientos o los bruscos cambios de temperatura que había
padecido su cuerpo.
Era inquietante cómo sus sentidos habían despertado. Más que
despertar, habían sufrido un cortocircuito. Jamás había experimentado
algo ni remotamente similar por Jaime, el joven jefe de prensa de la
editorial donde trabajaba, con el que había mantenido una relación
durante los dos últimos años. En cambio, un breve contacto con Isaac
le había envuelto en una vorágine de emociones indescriptibles.
Trató de justificarse, recordando que su anterior relación se había
fundamentado en la amistad, no en la pasión, y que era muy normal
sentirse sexualmente atraída por un hombre tan atractivo como Isaac.
Con la perspectiva del tiempo, podía admitir que su noviazgo con
Jaime había sido un error tremendo. Durante meses había sido
renuente a aceptar esa realidad. Descubrir que su novio mantenía
simultáneamente una relación con su supuesta mejor amiga, también
había ayudado bastante a comprenderlo. Realizó una mueca ante el
humillante recuerdo. Pero aunque aquella relación hubiera estado
condenada al fracaso desde el principio, eso no hacía menos dolorosa
la traición de Sara, a quien consideraba su amiga.
Renegó de esos vacuos pensamientos que

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