---------------

Libro PDF Luz de otono – Maga, Joseph

Luz de otono - Maga, Joseph

Descargar Libro PDF Luz de otono – Maga, Joseph 


soldados de toda ralea y
condición surcaran sus
callejones. En esta ocasión,
solo parecía cambiar el color
de sus uniformes.
Apoyado en una viga de
madera, Yuriy Majaluk
contemplaba desde la
herrería de su amigo Yevhen
el paso de los jinetes. Un
instante que más tarde
recordaría con inmensa
tristeza y amargura. Ambos
amigos mostraban la
preocupación que otorga la
experiencia de haber vivido
anteriores saqueos,
violaciones y peleas con las
que saludan los soldados
extranjeros a los pueblos por
los que transitan antes de la
batalla. Eran aliados, decían
algunos. Yuriy se apenó por
ellos; por el profundo
desengaño que sufriría su
visión romántica de la
guerra, por los gritos que
aullarían a sus madres al
verse rodeados de
explosiones. Pero eso es
algo que tendrían que
descubrir por sí mismos; al
principio es difícil de creer.
Los recuerdos de la Gran
Guerra permanecían
demasiado vivos en su
memoria. Cuatro años
terribles en los que los
dramas personales se
fundieron con la tragedia de
todo un pueblo. Los peores
momentos asomaron al
inicio de la contienda.
Cientos de jóvenes
entusiastas, incluido Yuriy,
partieron a la llamada del zar
a defender su imperio, y
para el primer año, ya
habían caído muertos o
heridos casi todos los que
habían partido de la
comarca. También su mejor
amigo, el hijo de Yevhen.
Los pocos que siguieron
enrolados se limitaron a
mantenerse con vida. Lo que
restaba de imperio ya no les
pertenecía.
La desolación se había
instalado en las granjas
ucranianas. Tras cuatro años
de Guerra Mundial y dos de
guerra civil, no quedaba sino
rezar para poder cuidar de
tus campos un día más. Con
la resignación como
bandera, a ningún granjero
le importaba ya la política,
solo deseaban seguir con su
vida, llorar a sus muertos y
que la pertinaz sequía pasara
pronto. No reconocían más
patria que el horizonte que
abarcaban sus cansados ojos.
Miró a Yevhen con
gravedad.
Yuriy no era un hombre
instruido, pero sí capaz.
Disponía de esa inteligencia
propia de los hombres de
campo, que poseen el
instinto de saber lo que va a
ocurrir porque siempre ha
sido así. El conocimiento de
la naturaleza humana, de la
consecuencia de nuestros
actos. No era necesario ser
licenciado para adivinar que
un ejército extranjero que
avanza, tarde o temprano
retrocede, y el desenlace de
una y otra acción siempre
permanece en el mismo
lugar: Ucrania. No estaba
dispuesto a sacrificar la vida
por nada que no fuera su
mujer y su hijo. Ya había
entregado su juventud y su
alma a un imperio que ahora
no existía, y desde luego, no
lo haría de nuevo junto a los
polacos.
Decidió esperar
acontecimientos; si la cosa
se ponía muy seria, tenía
parientes en Alemania que
estaban en deuda con él.
Llegados a este punto, no le
importaba irse de esa tierra
maldita. En más de una
ocasión lo había pensado.
Esperaba el momento
oportuno. Quizás estuviera
viéndolo desfilar en ese
mismo momento ante sus
ojos.
Hacía pocos meses que la
zona más occidental de
Ucrania se había declarado
independiente,
proclamándose República
Nacional de Ucrania
Occidental, y ahora se
encontraba enfrentada a
todos los vecinos de su
estrenada frontera. La parte
más oriental se había
decantado por los
bolcheviques, en plena
guerra civil contra el
Ejército Blanco. Los
ucranianos, agitados por sus
advenedizos políticos, se
encontraban enfrentados
entre ellos apoyando a los
distintos bandos que
ocupaban su territorio. Una
errónea elección costaba la
vida, ya fuera en el campo
de batalla o en la
retaguardia. Ucrania
acostumbraba a ser el
terreno de juego elegido
para que las potencias
vecinas mostraran su
ambición: quien ganaba se la
quedaba. Dubyna se ubicaba
en una encrucijada, cuya
frontera se diluía entre las
dos repúblicas ucranianas,
ocupadas actualmente por
los polacos. Toda una
provocación geográfica para
sus desgraciados habitantes.
Yuriy miró apenado cómo
unos niños del pueblo,
ajenos al drama que
acompaña a todo soldado,
jugaban entre los caballos
imitando su andar mientras
chapoteaban en el barro.
Algunos se ponían firmes y
otros saludaban. Hacía
tiempo que no se veía tanta
caballería. Los asombrados
críos admiraban el
espectáculo sometiéndose al
efecto embriagador que
ejerce sobre los más
pequeños un orgulloso
ejército en formación.
El rostro de los polacos
mostraba el cansancio de la
larga marcha, pero un brillo
especial en sus ojos delataba
la excitación que acompaña
a los ejércitos victoriosos
que avanzan hacia su
destino. El aire marcial y
altivo de sus oficiales
revelaba que todavía muchos
de ellos apenas habían
entrado en combate.
Yuriy había eludido el
reclutamiento gracias a una
herida en su pierna derecha
recibida en la Gran Guerra,
cuando todavía era capaz de
entregarse a alguna causa
patria y dar su vida por
valores que ahora le eran
muy ajenos. Una oportuna
esquirla le destrozó la rodilla
y facilitó su regreso. Con el
tiempo había recuperado la
movilidad, aunque aún
cojeaba ligeramente, sobre
todo en los duros días del
raspútitsa, cuando el barro
anega los caminos hasta
hacerlos desaparecer y
avanzar por ellos se
convierte en una penitencia.
Observando a aquellos
altivos jinetes, su mente se
dispersó por unos momentos
y le devolvió a las noches
estrelladas desde el fondo de
las trincheras junto a
camaradas que no tardaría
en perder. Más uniformes,
más gloria, más muerte.
La experiencia en la Gran
Guerra le había demostrado
que los soldados no eran
más que números anotados
en la libreta de un general:
tantos números tiene un
regimiento, tantos
porcentajes de bajas en el
ataque, tantos sobran para la
siguiente ofensiva. Se
preguntaba si los propios
soldados eran conscientes
del papel que desempeñaban
en aquella locura. Él, desde
luego, sí. Se había alistado
convencido de que su país
era agredido y debía
defender su honor. Más
tarde, tras las primeras
carnicerías, se preguntó:
¿qué convicción?, ¿qué
fuerza oculta animaba a los
soldados a obedecer a sus
mandos y salir a campo
abierto donde, con las
estadísticas que ellos
manejaban, moriría uno de
cada dos reclutas sin tener la
más mínima oportunidad?
La guerra le había cambiado.
La guerra lo cambia todo. El
barómetro que calibra las
desgracias anunciaba la
tensa calma que precede a la
tormenta. Los bolcheviques
estaban demasiado ocupados
en su guerra civil y ahora se
encontraban
provisionalmente distantes;
sin embargo, era cuestión de
tiempo que, apagado su
fuego interno, focalizaran
sus esfuerzos en la amenaza
que los visitaba por el oeste.
Yevhen se había retirado a
continuar su labor.
Demasiados recuerdos sin
cicatrizar. Yuriy permanecía
absorto mirando con tristeza
el avance de las columnas a
caballo; vítores de algunos
ilusos engañados por la
propaganda surgían de entre
los relinchos de los equinos.
La reciente declaración de
autonomía alimentaba la
ambición de los que un día
fueron kuláks, sin darse
cuenta de que, si se alargaba
esta nueva confrontación, no
quedarían herederos que
continuaran la labor.
Con los polacos, desfilaba
una sección de voluntarios
ucranianos, bastante peor
equipados, que simulaban
ser ordenanzas de los
oficiales a los que servían de
intérpretes. Parecían felices
y desfilaban orgullosos
mostrando su convicción a
los habitantes, quienes los
contemplaban en un intento
de justificación redentora,
saludando a las pocas
mujeres que, más ocupadas
en vigilar a sus niños que en
devolver sonrisas,
descansaban en los
soportales.
Yuriy estaba a punto de
retirarse junto a su amigo
cuando se percató de la dura
mirada que un jinete polaco
fijaba sobre él. Gritó en su
dirección. Debía de ser un
oficial o algo así que
cabalgaba paralelo a la
marcha. No reconocía sus
galones; tampoco le
entendía. Era joven, recién
salido de alguna academia.
De los que se creen que el
mundo los aguarda para
poner orden en él. «De los
peligrosos», pensó Yuriy.
Vestía un uniforme
impecable en el que
brillaban los correajes y las
piezas de metal de su
guerrera. Parecía dirigirse a
él. Asombrado de que no se
le hiciera caso de inmediato,
gritó de nuevo en dirección
contraria hasta que otro
soldado surgió de entre las
filas. Era un ucraniano que
le hacía de intérprete, quien,
por su acento, debía de ser
originario del Oeste, de la
Galitzia. El soldado era muy
joven y parecía encantado

Web del Autor

Clic Aqui Pagina Oficial

Si no sabes descargar mira este video tutorial

[sociallocker]
[popfly]

Descargar 

Leer en online
[/popfly] [/sociallocker]

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

---------