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Mafia Boy – Jessica Lord

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Resumen y Sinopsis 

Melinda Jackson
Al salir de la clase, Doris sintió que la blusa se le pegaba a la piel, y que la humedad le mojaba el pelo, convirtiéndolo en el desastre horroroso que había deseado que
no se convirtiera. Una corriente de chicas salió rápidamente, dirigiéndose hacia el baño de mujeres. Historia del arte era una asignatura tediosa y, aunque a diferencia de
sus compañeras, la disfrutaba mucho, hoy no era el día. Encendió el teléfono, comprobando el millón de mensajes que saturaban la bandeja de entrada de su correo
electrónico. Lo apagó rápidamente, caminando hacia la cafetería. Encontró a Hannah sentada en la única mesa medio vacía en el extremo izquierdo, el sitio en el que
solían sentarse en la cafetería.
“¿Por qué te empeñas en averiguar dónde estoy cuando sabes que nos vemos aquí todos los días?” dijo sonriendo mientras le daba un abrazo rápido a Hannah. Se
sentó y tomó un sorbo del refresco que le esperaba.
“Simplemente me gusta saber que estás aquí. Además, siempre tengo el miedo de que me abandones por Regina y compañía”, dijo Hannah guiñando un ojo, y usando
la mirada para señalar hacia la mesa de Regina y Todd, que bullía de ajetreo y dama escolar.
Hannah había sido descartada por Regina en su primer día en el Mill’s College. Con su aspecto europeo, una figura con ciertas curvas y su fuerte acento británico, ella
era la pieza perfecta que faltaba en la colección personal de amigas de Regina. Según Hannah, Todd y Regina habían empezado una extraña excusa para una fraternidad
en su facultad, y ella nunca habría dejado que una chica sensible como Doris arruinara su educación al convertirse en parte de su grupo.
“Hablando de Regina, ¿sabes que sus primas han organizado otra fiesta de medianoche en la casa de Todd este año?”, dijo Hannah entre bocados a su hamburguesa.
“¿A la que prometiste que nunca iríamos?”, preguntó Doris, incrédula, aunque extremadamente sorprendida por la última sugerencia extraña de su amiga.
“Sí, la misma”, dijo con una sonrisa dulce nunca vista. “Scott va a acompañarnos este año… o al menos nos recogerá, así que no tendremos el problema de quién
cuidará de nosotros después de que terminemos la noche. La última vez no pudimos hacerlo porque tenía que entregar uno de sus estúpidos envíos, pero ahora está
libre”, sus ojos brillaban. “Podríamos pasárnoslo muy bien”.
“No creo que me apetezca ir…”, murmuró.
“¡Doris Elizabeth Fleming! ¡No quiero oír ninguna de tus tonterías!”, le interrumpió Hannah. “El año pasado dijiste que no conocías a nadie. Bueno, la mitad de la
escuela te conoce por tus clases de intercambio de arte y tu fama con el discurso del Dr. Morrison…”.
“Oh, por favor”, dijo Doris poniendo la cabeza entre las manos. “Eso no”.
“¿Cómo era? Oh, “Sí señorita Fleming- ser o no ser”’, comenzó, haciendo muecas con la cara para llevar a cabo una terrible imitación del Dr. Morrison.
‘“¡Esa es la cuestión!”’, dijo Doris uniéndose a su mejor amiga antes de estallar en carcajadas.
Doris sólo llevaba en el Mill’s College un año y ya estaba empezando a acostumbrarse a sus maneras. Nunca había querido que la admitieran en una universidad de
gran reputación; no era precisamente una niña perfecta con la única meta de triunfar o morir en el intento, como su madre hubiera querido. En lugar de ello, prefirió elegir
un par de facultades pequeñas y acogedoras, una de las cuales era Scripps College. La escuela oculta perfecta para estudiar artes liberales sin el obstáculo de la invasión
maternal, había pensado. No sabía que el primer mes de su recién encontrada libertad iba a convertirse en una pesadilla. Oakland era famosa por disturbios y huelgas y
Donna Fleming no iba a permitir jamás que su hija se viera envuelta en un mundo de violencia y agresión.
Su padre era otra historia completamente diferente. Trabajaba en una galería y había soñado con ser un artista aclamado durante toda su vida. Entendía a su hija
precoz y deseaba que lograra la libertad que todos los artistas conseguían a su edad, razón por la cual, arriesgándose a sufrir la cólera de su mujer, tomó a Doris una
noche y la llevó a la casa de su tía lejana Audrey, que era mayor pero se mantenía en forma. Doris adoraba a Audrey, ya que nunca interfería en sus asuntos, pero
siempre estaba ahí cuando la necesitaba. Uno de sus primeros días en Mill’s College, cuando Doris aún estaba esforzándose por encajar con sus curvas mientras el resto
de las chicas estaban planas y secas como palos, Doris encontró a Audrey llevándole helado a su habitación.
“¿Qué crees que estás haciendo mirándome así?”, preguntó Audrey al pillar a Doris observándola fijamente.
“Me preguntaba cuándo empezará la gente a aceptar un poco de carne”, dijo suspirando.
Audrey notaba que la joven no estaba pasándolo bien en la nueva facultad. Le trajo una tarrina de helado de crema y dijo, “¿Y si vemos unas buenas películas de las
antiguas en las que los hombres se enamoraban de las bellezas con carne?”
Su oferta de paz no conseguía más que derretir el corazón de Doris.
“Eso sería genial”, dijo sonriendo, aceptando la tarrina de helado.
Había contestado lo mismo cuando Hannah, a modo de ofrenda de paz, le entregó las flores de mentira del jarrón que la cocinera Jarvis usaba siempre para decorar los
extremos del comedor.
* * *
Las manos de Doris temblaban mientras luchaba por dibujarse la línea del ojo. Como de costumbre, Hannah estaba lista antes de que ella, vestida con una minifalda
vaquera y una blusa rosa brillante con un escote bastante profundo. Ella iba con un vestido de asillas negro decente que le llegaba a la rodilla. Doris no iba a dar a las
chicas de su clase la satisfacción de hablar de sus méritos… o del poco mérito de su cuerpo y de su vestimenta. Limpiando el último trazo de tinta negra del extremo de
sus ojos, suspiró.
“Me rindo. Ser femenina no es lo mío”.
“No entiendo cuál es tu problema, Dori. Eres preciosa, pero te infravaloras constantemente. Como con esto”, dijo arrebatándole el lápiz de ojos de las manos.
“Píntalas como pintas pájaros volando en el cielo”.
“Vaya, vaya, qué poéticas nos ponemos de repente…”, dijo Doris, sonriendo a su amiga.
“Lo que tu digas”, murmuró Hannah, sonriendo y dejando que el humor de su amiga se le contagiara.
Doris se retiró ligeramente del espejo para observarse. Nunca había tenido el aspecto que tenía esa noche. De nuevo, quizás nunca había querido. Le encantaba el arte,
pero después de todo era una introvertida y el mundo de las fiestas y de los farsantes nunca le había interesado. Tampoco es que hubiera estado expuesta a él. Su madre
siempre había insistido en que se fuera a la cama como máximo a medianoche, y esa era la hora a la que la mayoría de las fiestas empezaban. Era una Cenicienta por
defecto.
“¡Tierra a Dori!”, llamó Hannah, sacudiendo su bolso en el aire. “¿A dónde se ha ido tu mente?”, preguntó.
“A ningún sitio en particular”, sonrió Doris.
“Entonces, ¿estás lista para ir a donde nos lleve la noche?”, preguntó Hannah con un brillo en los ojos, ofreciendo su brazo a Doris.
“¡Te apuesto a que sí!” contestó.
Llegaron a casa de Todd justo a tiempo. Doris sintió otro subidón de nerviosismo al tocar el timbre.
“Ho… hola”, murmuró un chico con unas gafas más grandes que su frente.
“¡Hola!”, contestó Hannah alegremente. “Hemos venido a la fiesta de novatos”.
“Pasad”, dijo él, iluminándose como una bombilla, mientras miraba a Hannah de arriba a abajo.
“Aquí hay vasos. El ponche está en el lado derecho y en el izquierdo. Aunque no sé cuál de los dos está mejor”, dijo babeando, dándole con el codo a Hannah y
guiñándole el ojo a Doris. “Por cierto, me llamo Patrick”, dijo ofreciéndole la mano a Doris.
“Hola, Patrick. Ella es muda, y tenemos que irnos”, dijo Hannah, recuperando su mano en un instante y ofreciendo a Doris un poco de tiempo para volver a su modo
de felicidad usual.
“Estoy segura de que no te has encontrado nunca con monumentos como este. Son bastante comunes en las fiestas. Anímate, Dori. Tómate algo y mézclate con la
gente”.
Doris hizo exactamente lo que Hannah le dijo. Aún así, por mucho que lo intentara, no conseguía integrarse bien con el resto de las chicas. En una esquina, algunas
estaban ocupadas bebiendo chupitos mientras insultaban a otras. Había un barril lleno de algo que la gente llamaba ponche pero que ella estaba casi segura de que se
trataba de ron, y agarraron a uno de los novatos cabeza abajo mientras bebía directamente de allí y el resto de la gente coreaba. La música que estaba sonando parecía ser
ofensiva no sólo para sus oídos sino también para el resto de su cuerpo. No podía imaginarse por qué iba gente en su sano juicio a bailar con aquello. Hannah se había
marchado hacía rato a servirles “un poco más de ponche”, pero no se le veía por ninguna parte. Después de una hora, Doris se levantó y empezó a moverse por los
alrededores buscando a su amiga. En la última habitación en lo alto de la casa, parecía que salía humo de una esquina. Cuando los respiró, le dieron un puñetazo en las
entrañas. En seguida se dio cuenta de lo que estaba haciendo la gente en aquella habitación. Al entrar encontró a Hannah sentada en una esquina con un par de tíos, uno
de los cuales rondaba sobre ella sin disimulo e intentaba acariciarla mientras ella les narraba la historia de la liberación de América.
“Así que fue Abe Lincoln quien…”, continuó mientras el chico que estaba a su lado estaba a punto de deslizar las manos por debajo de su ropa.
“¡Hannah! ¿Para esto te habías ido?”, gritó Doris.
“¡Dori! ¡Escuchad, escuchad! Todos, ¡esta es Dori! Le encanta la historia tanto como a mi. ¡Entra, siéntate con nosotros!”, dijo moviendo el dedo hacia el resto de la
gente.
“Tenemos que marcharnos, Hannah. Ahora mismo”, dijo cortante.
Hubo algún tipo de furia en aquella frase que hizo que Hannah se estremeciera. “Vale… vale. Déjame que alcance mi bolso primero. ¡Buenas noches, caballeros!”, hizo
una reverencia y se derrumbó en el suelo.
Sacarla de la habitación arrastrándola no fue tarea fácil. Llevó a Hannah hacia la esquina de la primera planta y sacó su teléfono. Por primera vez en su vida había
empezado a estar de acuerdo con su madre, que siempre le había dicho que esas fiestas eran una pérdida de tiempo. Empezó a buscar entre todos los números, que eran
en su mayoría de la gente de la universidad. Entonces se encontró con Scott, el número de su hermano, y decidió llamarlo. Contestó al tercer tono.
“Hola”
“Hola, soy la amiga de Hannah, Doris”
“¿Dónde está Hannah? ¿Está bien?”
“Bueno, sí y no. Está un poco intoxicada. Y creo que sería mejor que alguien la llevara a casa.”
“¿Qué? Voy de camino”, dijo y cortó la llamada, sin darle oportunidad a decir nada más.
Doris esperó con Hanna en sus brazos a que alguien viniera a buscarla. Ya que Hannah era también la acompañante de Doris, no podía irse a casa. Pasó un buen rato
y la casa de Todd empezó a vaciarse hasta que solo quedaban un par de personas en la habitación de la droga y en el patio. Doris estaba a punto de llamar a Audrey
cuando un tío de cabello oscuro se les acercó.
“¿Cómo está Hannah? ¿Está bien?”, dijo con el ceño fruncido.
Doris de pronto sintió que las mejillas se le enrojecían al escuchar el sensual acento británico de Scott.
“Está bien. Sólo se siente un poco mal”, dijo Doris secamente.
Para cuando terminó de decir aquello, Scott ya había descubierto lo que estaba haciendo.”¡Hachís! ¡Con eso era con lo que se estaban colocando! ¿Por qué no le dijiste
que no lo hiciera?”, dijo mirándole con los ojos entrecerrados.
“¡Ella no me dijo a dónde iba! Todo lo que dijo fue que iba a servirme ponche. Esperé una hora antes de ir a buscarla. ¡Yo qué iba a saber que estaba aquí con gente de
la universidad practicando su pasatiempo favorito!”, gritó.
Scott la miró de nuevo. Según Hannah, la chica con la que se juntaba en la universidad era bastante guay, un poco empollona, pero a la que no le gustaban la moda y
otras cosas que les suelen gustar a las otras chicas, y él le había dicho que siguiera saliendo con ella. Ahora que la tenía delante, veía a una jovencita con aspecto de diva,
embutida en un vestido negro de asillas, con unas mejillas perfectas y el cabello rojo derramándose por encima de sus hombros como una cascada furiosa. Tenía los ojos
casi llorosos, y ayudaba a Hannah por tercera vez a vomitar en un cuenco enorme. Decidió que había sido muy duro con ella, e intentó suavizar el tono.
“Llevémosla al coche. Con suerte la brisa le sentará bien”, dijo con voz neutral.
Doris asintió. Notó entonces que tener modales suaves se correspondía con el hermano de Hannah, tanto como con el estar enfadado. Llevaba el pelo castaóoscuro
rapado de un lado de la cabeza, de forma que el otro lado tenía mechones que le cubrían ligeramente la frente. Aquel peinado iba bastante bien con su imagen de hombre
joven furioso. Lo siguiente en lo que se fijó fue que sus ojos oscuros e intensos encajaban perfectamente en una cara perfecta, pero en seguida tuvo que concentrarse en
Hannah, que parecía estar más pesada que cuando la arrastró fuera de la habitación.
“¿Todo listo ahí detrás?”, le preguntó a Doris cuando terminó de meter a Hannah en su coche.
“Casi”, dijo antes de sentarse junto a él en el asiento delantero. “No te preocupes, vivo a dos manzanas de aquí. Audrey no me espera, porque le dije que iba a estar
con Hannah y a ella no le gusta que vuelva a casa sola”.
“Genial. Creo que Hannah te va a necesitar”, dijo. “Creo que deberías venir a casa y quedarte esta noche. No se muy bien cómo cuidar de una drogadicta, además tú
podrás ayudarla de formas que yo no.”
Scott no sabía por qué había dicho aquello. Sabía que Hannah tomaba drogas de vez en cuando, pero nunca dejaba que se metiera en ningún tipo de mal hábito cuando
estaba cerca. Estaba claro que su amiga ignoraba totalmente los hábitos de Hannah así que, ¿por qué no dejarlo así?
Doris no tenía a dónde ir, y un poco de aventura tampoco le vendría mal, así que asintió y se unió a Scott y a una Hannah inconsciente. Scott las llevó a su casa en
unos quince minutos, y ayudó a Doris a llevar
Título: Mafia Boy (Novela Romántica) (Spanish Edition)
Autores: Lord, Jessica
Formatos: PDF
Orden de autor: Lord, Jessica
Orden de título: Mafia Boy (Novela Romántica) (Spanish Edition)
Fecha: 11 sep 2016
uuid: 2966ee6f-4427-45e4-b5a4-72004f2d660e
id: 389
Modificado: 11 sep 2016
Tamaño: 0.67MB

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