---------------

Libro PDF Magia robada – Trudi Canavan

Magia robada – Trudi Canavan

Descargar Libro PDF Magia robada – Trudi Canavan 


personas que llevaban largo tiempo muertas que ya no le causaban repugnancia o miedo. Su carne reseca había dejado de ser fuente de enfermedades transmisibles años
atrás, y él no creía en fantasmas.
Cuando consiguió hacerse con el misterioso fardo, Tyen se enderezó con una sonrisa triunfal. Aunque no era tan implacable en su búsqueda de reliquias como sus
condiscípulos y su profesor, si volvía a casa de aquellas expediciones con las manos vacías, jamás obtendría el título de mago arqueólogo. Ejerciendo la voluntad, obligó
a la diminuta llama alimentada por magia a acercarse.
El recubrimiento del objeto estaba tan rígido y seco como el ocupante de la tumba, tras pasar unos seiscientos años oculto allí, según los cálculos de Tyen. Estaba
hecho de una piel gruesa oscurecida por el tiempo, desprovista de marcas y adornos de metal o piedras preciosas. Intentó abrirla. La envoltura se desgarró y algo cayó
por la abertura. Cuando atrapó el objeto en el aire a Tyen se le aceleró el pulso…
… y el desaliento. Entre sus manos no sostenía un tesoro, sino un simple libro. Ni siquiera se trataba de un libro con joyas engastadas y motivos dorados.
Un libro sin duda podía poseer valor histórico, pero, en comparación con los rutilantes tesoros que los otros dos alumnos del profesor Kilraker habían exhumado
para la Academia, era un hallazgo decepcionante. Después de meses de viaje, investigación, excavaciones y observaciones, su trabajo apenas había rendido frutos que
pudiera mostrar. Cuando por fin había descubierto una sepultura que no había sido profanada por saqueadores de tumbas, ¿qué había encontrado en ella? Un simple
féretro de piedra, un cadáver sin adornos y un libro antiguo.
Por otro lado, los vejestorios de la Academia no se arrepentirían de haber costeado su expedición si el libro resultaba ser importante. Lo examinó con detenimiento. A
diferencia de la envoltura, las tapas de piel conservaban su flexibilidad. La cubierta estaba en buen estado. De no ser porque acababa de sacarlo de la funda, habría
supuesto que el volumen no tenía más de cien años de antigüedad. En el lomo no se leía título ni texto alguno. Quizá se había borrado. Lo abrió. Como no había palabras
en la primera página, le dio la vuelta. La siguiente también estaba en blanco, así que pasó rápidamente el resto de las hojas y advirtió que todas lo estaban.
Se quedó contemplándolo con incredulidad. ¿Por qué iba alguien a enterrar un libro sin texto en una tumba tras envolverlo con sumo cuidado y colocarlo entre las
manos de su ocupante? Miró al muerto, pero este no le ofreció respuestas. Entonces algo atrajo su mirada de nuevo hacia el libro, que estaba abierto por una de las
últimas páginas. Se lo acercó a los ojos.
Había aparecido una marca.
Junto a ella se formó una mancha oscura, y luego docenas más. Se extendieron por la página y se juntaron unas con otras.
—Hola —decían—. Me llamo Vella.
Tyen profirió una palabra que habría escandalizado a su madre si aún hubiera estado viva. La desilusión cedió el paso al alivio y el asombro. Se trataba de un libro
mágico. Aunque en casi todos ellos la magia era débil y estaba utilizada de manera frívola, eran tan poco comunes que la Academia los coleccionaba. No había realizado
aquel viaje en balde, después de todo.
Pero ¿qué propiedades tenía aquel libro? ¿Por qué solo aparecía el texto cuando se abría? ¿Por qué tenía nombre? Se materializaron nuevas palabras en la página.
—Siempre he tenido nombre. Antes era una persona. Una mujer de carne y hueso.
Tyen fijó la vista en esas frases. Un escalofrío le bajó por la espalda, pero al mismo tiempo lo asaltó una sensación que conocía bien. A veces la magia resultaba
inquietante, a menudo inexplicable. A él le gustaban sus aspectos incomprensibles, pues dejaban margen a nuevos descubrimientos. Por eso había decidido estudiar
magia además de historia. Ambos campos le brindaban la oportunidad de hacerse un nombre.
Nunca había oído hablar de una persona que se hubiera convertido en libro. «¿Cómo es posible?», se preguntó.
—Soy obra de un mago poderoso —contestó el texto—. Se apoderó de mis conocimientos y de mi cuerpo, y me transformó.
Tyen notó que se le erizaba el vello. El libro había respondido a la pregunta que él se había formulado en la mente. «¿Me estás diciendo que estas hojas están hechas
con partes de tu cuerpo?», inquirió.
—Sí. La cubierta y las hojas están confeccionadas con mi piel. Para encuadernar se utilizó mi cabello, trenzado y cosido con agujas talladas
de mis huesos, y cola obtenida de los tendones.
Él se estremeció. «¿Y tienes conciencia?»
—Sí.
«¿Oyes mis pensamientos?»
—Sí, pero solo cuando me tocas. Cuando no estoy en contacto con un ser humano vivo, estoy ciega y sorda, atrapada en la oscuridad y sin noción
del tiempo. Ni siquiera duermo. Tampoco estoy del todo muerta. Mi vida discurre así, año tras año, desperdiciada.
Tyen volvió a mirar fijamente el libro. Las palabras, que casi llenaban ya una página, permanecían allí, oscuras sobre la vitela color crema… que estaba hecha con la
piel de la mujer.
Aquello parecía grotesco. Sin embargo… la vitela siempre se fabricaba con piel. Si bien aquellas páginas eran de piel humana, no tenían una textura distinta de la piel
animal. Eran suaves y agradables al tacto. A diferencia de un cadáver antiguo y desecado, el libro no resultaba repulsivo.
Además, era mucho más interesante. Conversar con él era como hablar con un muerto. Si aquel objeto tenía tantos años como la sepultura, conocería bien la época en
que lo habían enterrado. Tyen sonrió. No había encontrado oro ni joyas con las que cubrir los gastos de aquella expedición, pero el libro lo compensaría con información
histórica.
Se formaron más palabras.
—Pese a las apariencias, no soy un objeto.
Tal vez no era más que un efecto de la luz sobre la página, pero las nuevas letras parecían un poco más grandes y oscuras que las anteriores. Tyen sintió un ligero
ardor en las mejillas.
«Perdóname, Vella. Ha sido una descortesía por mi parte. Te aseguro que no pretendía ofenderte. No me encuentro con un libro parlante todos los días, por lo que no
estoy muy familiarizado con el protocolo.»
Se recordó a sí mismo que Vella era una mujer. Concluyó que lo mejor sería hacer uso de los buenos modales que le habían enseñado de pequeño. Por otro lado, el
trato con las mujeres podía resultar endemoniadamente complicado, incluso cuando se seguían todas las reglas de urbanidad. Sería una grosería iniciar una conversación
interrogándola sobre el pasado. La buena educación exigía que primero se interesara por su bienestar.
«Bueno… ¿Y es agradable ser un libro?»
—Cuando me sostiene y me lee una persona agradable, sí —respondió ella.
«¿Y cuando no, no? Me imagino que en tu estado eso debe de suponer un inconveniente, aunque sin duda ya lo habías previsto antes de convertirte en libro.»
—Lo habría previsto si hubiera tenido conocimiento de mi destino.
«De modo que no te convertiste en libro por voluntad propia. ¿Por qué te hizo eso tu creador? ¿A modo de castigo?»
—No, aunque tal vez la justicia natural quiso que expiara así mi ambición y mi vanidad. Me empeñé en atraer su atención, y la recibí en mayor
medida de lo que pretendía.
«¿Por qué querías atraer su atención?»
—Era famoso. Me propuse impresionarlo. Creía que así despertaría la envidia de mis amigos.
«Y por eso te convirtió en libro. ¿Qué clase de hombre es capaz de semejante crueldad?»
—El mago más poderoso de su tiempo, Roporien el Astuto.
A Tyen se le cortó la respiración, y un escalofrío le recorrió el espinazo. «¡Roporien! ¡Pero si murió hace más de mil años!»
—Así es.
«Eso significa que tú…»
—Soy aún mayor que eso. Pero en mis tiempos era una indelicadeza hacer comentarios sobre la edad de una mujer.
Él sonrió. «Sigue siéndolo… y sospecho que siempre lo será. Te pido disculpas otra vez.»
—Eres un joven muy educado. Creo que me gustará que seas mi dueño.
«¿Quieres que sea tu dueño?» Tyen de pronto se sintió incómodo. Cayó en la cuenta de que ahora consideraba el libro como una persona, y poseer una persona
implicaba esclavitud, una práctica inmoral e incivilizada que se había ilegalizado más de cien años atrás.
—Prefiero eso a quedar relegada al olvido hasta el fin de mi existencia. Los libros no duran para siempre, ni siquiera los mágicos. Llévame
contigo. Úsame. Puedo proporcionarte un sinfín de conocimientos. Lo único que te pido es que me cojas lo más a menudo posible para que pueda
pasar lo que me queda de vida despierta y consciente.
«No sé… El hombre que te creó hizo muchas cosas terribles, como tú misma pudiste comprobar. No quiero que su sombra planee sobre mí. —Entonces se le ocurrió
una posibilidad que le puso los pelos de punta—. Perdona mi franqueza, pero su libro o cualquiera de sus instrumentos podría estar concebido con fines perversos. ¿No
serás uno de esos instrumentos?»
—No fui concebida para hacer el mal, lo que no significa que no pueda ser utilizada con ese propósito. Un instrumento es tan maligno como la
mano que lo empuña.
La máxima le resultó tan familiar a Tyen que lo sorprendió y lo tranquilizó de un modo inesperado. Al profesor Weldan le gustaba. El viejo historiador siempre había
recelado de los objetos mágicos.
«¿Cómo sé que no mientes respecto a tu maldad?»
—No puedo mentir.
«¿En serio? ¿Y si estuvieras mintiendo respecto a tu incapacidad de mentir?»
—Tendrás que encontrar la manera de averiguarlo por ti mismo.
Tyen frunció el ceño mientras intentaba idear alguna prueba a la que pudiera someterla, cuando se percató de que algo zumbaba cerca de su oído. Se apartó dando un
respingo y luego exhaló un suspiro de alivio al ver que se trataba de Bicho, su pequeña creación mecánica. Más que un juguete, pero no exactamente una mascota, el
escarabajo se había revelado como un acompañante útil durante la expedición.
El insectoide, que cabía en la palma de la mano, descendió en picado y se posó en su hombro, plegó las alas de color azul iridiscente y emitió tres silbidos. Era una
señal que le advertía…
—¡Tyen!
… que Miko, su amigo y compañero de clase de arqueología se aproximaba.
La voz resonó en el corto pasadizo que conducía hasta la sepultura desde el mundo exterior. Tyen masculló una maldición. Bajó los ojos hacia la página. «Lo siento,
Vella. Tengo que irme.» Oyó unos pasos que se acercaban a la entrada del sepulcro. Como tenía demasiada prisa para guardarse a Vella en el morral, la escondió debajo
de su camisa, apoyándola sobre la cintura del pantalón. Desprendía calor, lo que perturbó un poco a Tyen ahora que sabía que era un ser consciente hecho de carne
humana, pero no era un buen momento para detenerse a pensar en eso. Se volvió hacia el pasadizo justo cuando Miko entraba dando traspiés.
—¿No se te ha ocurrido traer una linterna? —preguntó.
—No había tiempo para eso —jadeó su compañero—. Kilraker me ha enviado a buscarte. Los demás han vuelto al campamento para recoger sus cosas. Nos vamos
de Mailand.
—¿Ahora mismo?
—Sí, ahora —recalcó Miko.
Tyen volvió la vista hacia la pequeña sepultura. Aunque al profesor Kilraker le gustaba referirse a aquellos viajes al extranjero como búsquedas del tesoro, sus colegas
esperaban que los alumnos volvieran con pruebas de que la expedición también había sido educativa. Copiar los desdibujados motivos que decoraban las paredes de la
tumba les habría proporcionado algo que mostrarles. Tyen pensó con melancolía en los modernos grabadores instantáneos que los profesores más ricos y los
aventureros que corrían con sus propios gastos utilizaban para documentar su trabajo. Jamás habría podido permitirse uno con su exigua asignación. Y, aunque hubiera
podido, Kilraker se negaba a llevarlos a las expediciones porque eran artilugios pesados y frágiles.
Recogió su morral y abrió la solapa.
—Bicho, dentro.
El insectoide bajó rápidamente por su brazo y se metió en la bolsa. Tyen se colgó la correa del hombro y, con una orden mental, desplazó la llama hacia el pasadizo.
—Tenemos que darnos prisa —declaró Miko, y se encaminó a la salida—. Los lugareños se han enterado de dónde estabas excavando. Debe de habérselo dicho
alguno de los chicos a quienes Kilraker pagaba para repartir comida. Un puñado de ellos está subiendo hacia aquí por el valle entre toques de esos cuernos de batalla que
llevan.
—¿No querían que excaváramos aquí? ¡Nadie me había avisado de eso!
—Kilraker nos pidió que no te avisáramos. Creía que acabarías por descubrir algo importante, después de todas las horas que habías dedicado a la investigación.
Llegó a la abertura por la que Tyen se había colado en el pasadizo y se apretujó en ella para salir. Su compañero lo siguió y, una vez bajo el brillante sol de la tarde,
dejó que la llama se extinguiera. El calor seco lo envolvió. Miko trepó por una pared de la zanja. Mientras Tyen subía tras él, miró hacia atrás y contempló su obra.
Aunque no quedaba nada en la sepultura que pudiera interesar a los saqueadores, no quería dejarla expuesta a las alimañas y se sentía culpable por excavar una tumba
que los lugareños deseaban que quedara intacta. Tras proyectar la mente e invocar magia, arrastró las piedras y la tierra amontonadas a los lados hacia el interior de la
zanja.
—Pero ¿qué haces? —preguntó Miko con evidente exasperación.
—La estoy rellenando.
—¡No tenemos tiempo para eso! —Lo aferró del brazo y lo obligó a volverse de manera que ambos quedaron mirando hacia el valle. Señaló con el dedo—. ¿Lo ves?
Los márgenes del valle eran precipicios casi verticales, y allí donde se habían desmoronado por la acción del tiempo los materiales desprendidos se habían acumulado
contra la pared, formando pendientes escarpadas. Tyen y Miko se encontraban en una de ellas.
Al fondo del valle avanzaba una larga hilera de personas que escudriñaban el pedregal de arriba. Un brazo se alzó y apuntó a Tyen y Miko. Los demás se detuvieron
y levantaron el puño.
Un escalofrío de miedo y de culpabilidad sacudió a Tyen. Aunque los habitantes de los remotos valles de Mailand no descendían de la antigua raza que había
enterrado a sus muertos en aquellas tumbas, no querían que fueran profanadas por temor a despertar fantasmas. Se lo habían dejado claro a Kilraker tras su llegada, y
también a los arqueólogos que lo habían precedido, pero sus protestas nunca habían pasado de las palabras a los hechos, y parecían indicar que consideraban algunas
zonas menos importantes que otras. Debían de estar molestos para que Kilraker decidiera dar por finalizada la expedición antes de tiempo.
Tyen abrió la boca para hacer una pregunta cuando se produjo una explosión en el suelo a su lado. Ambos subieron los brazos instintivamente para protegerse la cara
del polvo y las piedras.
—¿Puedes escudarnos? —preguntó Miko.
—Sí. Dame un momento…
Tyen absorbió más magia y la usó para inmovilizar el aire que los rodeaba. Casi todos los actos de los magos consistían en mover o inmovilizar. Calentar y enfriar era
otra manera de mover o inmovilizar, pero más intensa y focalizada. Cuando el polvo se asentó al otro lado de su escudo vio que los lugareños se habían arracimado tras
una mujer vestida con prendas de colores vivos que oficiaba de sacerdotisa y hechicera de la comunidad. Tyen dio un paso hacia ellos.
—¿Has perdido el juicio? —inquirió Miko.
—¿Qué otra cosa podemos hacer? Estamos atrapados aquí arriba. Simplemente deberíamos ir a hablar con ellos, explicarles que no he…
Otra explosión estremeció el suelo, esa vez mucho más cerca.
—Me parece que no están de humor para hablar.
—No harán daño a dos hijos del Imperio leraciano —alegó Tyen—. A Mailand la beneficia mucho ser una de las colonias más seguras.
Miko dio un resoplido.
—¿Crees que eso les importa a los aldeanos? Esos beneficios no van a parar a sus manos.
—Bueno… Los gobernadores los castigarán.
—Tampoco parecen demasiado preocupados por eso ahora mismo. —Miko fijó la vista en el precipicio que se elevaba detrás de ellos—. No pienso quedarme a
averiguar si solo pretenden darnos un susto.
Arrancó a correr por el borde de la pendiente, a lo largo de la pared de roca.
Tyen lo siguió, manteniéndose lo más cerca posible de Miko para no tener que extender demasiado el escudo que los cubría a los dos. Al lanzar una mirada fugaz a las
personas de abajo se percató de que ascendían por la cuesta apresuradamente, pero las piedrecillas sueltas frenaban su avance. La hechicera los seguía caminando por el
fondo del valle. Él dedujo que, después de agotar la magia de la zona donde se encontraba, la mujer tenía que desplazarse para obtener más. Eso habría supuesto una
buena noticia, pues significaría que Tyen tenía un mayor alcance que ella.
La hechicera se detuvo y el aire se crispó ante ella en una onda que salió propulsada hacia él. Al reparar en que Miko se había adelantado Tyen invocó más magia y
alargó el escudo a fin de protegerlo.
Hubo un estallido de rocas sueltas a poca distancia por debajo de sus pies. Tyen hizo caso omiso de las piedras y el polvo que rebotaban en el escudo y apretó el
paso para alcanzar a Miko. Este llegó a una grieta en la pared de roca. Apoyó los pies en los bordes escabrosos de la estrecha abertura y comenzó a escalar. Tyen echó
la cabeza atrás. Aunque la grieta ascendía un largo trecho por el precipicio, no llegaba hasta la cima. En vez de ello, a una altura de unos tres hombres, se ensanchaba
hasta formar una pequeña cueva.
—No me parece una buena idea —farfulló. Incluso si no se despeñaran y se partían una pierna, o algo peor, una vez en el interior de la cavidad no tendrían
escapatoria.
—Es nuestra única salida. Si bajamos por la cuesta nos atraparán —repuso Miko con voz tensa y sin dejar de concentrarse en el ascenso—. No mires hacia arriba.
Tampoco hacia abajo. Limítate a trepar.
Aunque la grieta era casi vertical, las orillas, irregulares y llenas de hoyos, ofrecían numerosos asideros. Tragando en seco, Tyen se echó el morral a la espalda para no
aplastar a Bicho entre su cuerpo y la pared. Tras apoyar los dedos de manos y pies sobre la áspera superficie, comenzó a escalar.
Al principio le pareció más fácil de lo que esperaba, pero al poco rato los brazos y las piernas empezaron a dolerle a causa del esfuerzo. «Debería haber hecho más
ejercicio antes de venir. Tendría que haberme unido a un círculo deportivo. —Sacudió la cabeza—. No, ningún ejercicio habría fortalecido estos músculos en concreto
salvo trepar por precipicios, y, que yo sepa, no hay círculos deportivos que consideren eso una actividad recreativa.»
El escudo tembló detrás de él por un impacto repentino. Él lo reforzó con más magia, intentando no imaginarse a sí mismo chafado como un insecto contra la pared de
roca. ¿Estaba Miko en lo cierto respecto a los lugareños? ¿Se atreverían a matarlo, o acaso la sacerdotisa confiaba en que él fuera un mago lo bastante diestro para
rechazar sus ataques?
—Falta poco —le gritó Miko desde arriba.
Luchando contra el ardor en los dedos y las pantorrillas, Tyen alzó la vista y vio a Miko desaparecer en el interior de la cueva. «Ya no estoy lejos», se dijo. Obligó a
sus doloridas extremidades a contraerse y estirarse para subirlo hacia la seguridad de aquella penumbra. Sin dejar de lanzar miradas hacia arriba, advirtió que se hallaba a
un cuerpo de distancia de la abertura y luego lo bastante cerca para alcanzarla con los dedos. Una vibración recorrió la roca bajo su palma y saltaron esquirlas de la
pared, a escasa distancia. Encontró otro punto de apoyo para el pie, se izó, se aferró a un asidero, dobló el brazo, notó la fresca sombra de la cueva en el rostro…
… y unas manos lo agarraron de las axilas y tiraron de él hacia arriba.
Miko no dejó de hacer fuerza hasta que las piernas de Tyen estuvieron dentro de la cueva. Era tan angosta que los hombros de este rozaban las paredes. Al bajar la
vista, descubrió que la fisura estaba desprovista de suelo. Los bordes simplemente se aproximaban entre sí hasta formar una grieta que se prolongaba hacia abajo. Miko
tenía las botas afianzadas en las paredes de los lados.
Ese «suelo» tampoco era del todo plano. Descendía conforme se adentraba en la oquedad, de manera que Tyen tenía la cabeza más baja que las piernas. Notó que el
libro resbalaba por debajo de su camisa e intentó cogerlo, pero los brazos de Miko se interpusieron. El libro se precipitó al interior de la grieta. Tyen soltó una palabrota
y creó una llama. El libro había ido a parar a un lugar que habría estado fuera de su alcance incluso si hubiera tenido los brazos lo bastante delgados para poder
introducirlos en la abertura.
Miko lo soltó y dio media vuelta con cautela para examinar la cueva. Sin prestarle atención, Tyen se levantó ayudándose con los brazos y se puso en cuclillas.
Arrastró el morral hasta colocárselo sobre el pecho y lo abrió.
—Bicho —siseó. La diminuta máquina se removió, salió correteando de la bolsa y trepó por el brazo de Tyen, que señaló la grieta—. Trae el libro.
El insectoide emitió dos zumbidos afirmativos con las alas y, con un runrún, descendió por el brazo de su dueño hacia la grieta. Tuvo que abrir mucho las patas para
colarse en el estrecho hueco en el que había caído el libro. Tyen exhaló un suspiro de alivio cuando Bicho asió el lomo con sus minúsculas pinzas. En cuanto el
escarabajo y el libro emergieron de la cavidad, él los agarró a los dos y los guardó en su morral.
—¡Date prisa! ¡El profesor está aquí!
Tyen se puso de pie. Miko miró hacia arriba y se llevó un dedo a los labios. Un tenue sonido rítmico resonaba en aquel espacio.
—¿En el aerocoche? —Tyen sacudió la cabeza—. Espero que se haya enterado de que la sacerdotisa nos está tirando piedras, o el camino de vuelta a casa se hará
muy largo.
—Seguro que estará preparado para plantar batalla. —Miko desvió la mirada y prosiguió su avance por la cueva—. Me parece que podemos escalar por aquí.
Acércate, y trae esa luz contigo.
Tyen se enderezó y se abrió paso hacia donde le indicaba Miko. Más delante la grieta volvía a estrecharse, pero las piedras desprendidas habían llenado el hueco y
formaban una escalera natural, irregular y empinada. Sobre sus cabezas se abría una hendidura de cielo azul. Miko comenzó a escalar, pero los escombros se
desplazaban bajo su peso.
—Con lo cerca que está… —dijo mirando hacia arriba—. ¿Podrías elevarme hasta allí?
—Tal vez.
Tyen se concentró en la atmósfera mágica. Hacía mucho tiempo que nadie utilizaba la magia en aquella cueva. Estaba esparcida de forma uniforme y tan quieta como
el agua de un charco en un día sin viento. Además, era abundante. Él aún no se había acostumbrado a la fuerza y la disponibilidad que tenía la magia fuera de los pueblos
y las ciudades. A diferencia de lo que ocurría en la metrópolis, donde siempre fluía veloz hacia quien hacía un uso más importante de ella, en las zonas menos pobladas
la energía se acumulaba y ondeaba con suavidad en torno a él como una ligera bruma. Allí solo había encontrado Hollín, restos de magia consumida que en las ciudades
persistían por todas partes, en depósitos pequeños que se disipaban enseguida.
—Parece factible —anunció—. ¿Listo?
Miko asintió.
Tyen respiró hondo. Absorbió magia y la empleó para inmovilizar el aire frente a Miko en un cuadrado pequeño y plano.
—Da un paso al frente —le indicó.
Miko obedeció. Tras reforzar el cuadrado para que soportara el peso del joven, Tyen lo hizo ascender lentamente. Miko soltó una risita nerviosa, extendiendo los
brazos de golpe para no perder el equilibrio.
—Deja que me asegure de que no haya nadie esperando ahí arriba antes de que me subas —le pidió a Tyen, que lo miraba desde abajo. Echó un vistazo a través de la
abertura y desplegó una sonrisa—. El campo está libre.
Cuando Miko se apeó del cuadrado, se oyó un grito procedente de la entrada de la cueva. Al volverse, Tyen vio a un lugareño trepar por la abertura. Invocó magia
con la intención de expulsarlo con una descarga, pero cambió de idea. La caída podría matarlo. En vez de ello, creó otro escudo frente a la entrada.
Miró alrededor y percibió que el ambiente cicatrizaba allí donde la magia se había agotado, aunque ya empezaba a fluir más energía para ocupar su lugar. Tyen
absorbió un poco más con el fin de formar otro cuadrado y, esperando que los lugareños no hicieran algo que rompiera su concentración, subió a él y lo elevó.
Nunca le había gustado hacer levitar a personas, incluido él mismo. Si se distraía o se quedaba sin magia, no dispondría de tiempo para crear de nuevo el cuadrado.
Aunque era posible mover a una persona en vez de inmovilizar el aire bajo sus pies, un descuido o una disparidad en la velocidad de las distintas partes podía ocasionar
lesiones o incluso la muerte.
Cuando llegó a lo alto de la grieta Tyen salió a la luz del sol. Más allá del borde del barranco flotaba una gran cápsula romboidal llena de aire caliente: el aerocoche.
Bajó del cuadrado al suelo y se apresuró a reunirse con Miko junto al precipicio.
Mientras el aerocoche descendía hacia el valle el volumen de la cápsula impedía a Tyen ver la carlinga que colgaba de ella y a sus ocupantes. Los aldeanos se habían
apiñado bajo la grieta, algunos de ellos aferrados a la pared de roca. La sacerdotisa, que había ascendido un trecho de la pendiente pedregosa, tenía la atención puesta en
el aerocoche.
—¡Profesor! —gritó Tyen, aunque sabía que era poco probable que pudiera oírlo con el ruido de las hélices—. ¡Aquí!
El vehículo continuó alejándose del precipicio. Abajo la sacerdotisa hizo un gesto teatral cuyo único fin era impresionar, pues la magia no requería movimientos
físicos ampulosos. Tyen aguantó la respiración al advertir que una vibración en el aire subía a toda velocidad, y exhaló cuando la descarga se dispersó debajo del
aerocoche con un golpe sordo que resonó por todo el valle.
El vehículo comenzó a ascender. Poco después la parte inferior de la cápsula se hizo visible. Tyen alcanzaba a ver la alargada y angosta carlinga, cuya forma recordaba
bastante a una canoa, con hélices sostenidas por unos brazos que se extendían hacia los lados y un timón semejante a un abanico en la parte posterior. El profesor
Kilraker iba delante, en el asiento del conductor; Drem, su criado, un hombre de mediana edad, y Neel, otro alumno, se hallaban de pie, agarrados a la barandilla de
cuerda y a los listones que sujetaban la carlinga a la cápsula. Cualquiera de los tres habría avistado a Tyen y a Miko si hubiese mirado en aquella dirección. Por más que
él gritaba y agitaba los brazos, ellos continuaron mirando hacia abajo.
—Crea una luz o algo —dijo Miko.
—No la verán —repuso Tyen.
Aun así absorbió más magia y encendió una llama nueva, más grande y resplandeciente que las anteriores, con la esperanza de que resultara más visible bajo aquel
intenso sol. Para su sorpresa, el profesor se volvió y los divisó.
—¡Sí! ¡Aquí! —gritó Miko.
Kilraker hizo girar el aerocoche de modo que el morro apuntara al borde del precipicio, entre giros y zumbidos de las hélices. Había alforjas y cajas atadas a ambos
lados de la carlinga, lo que parecía indicar que no habían tenido tiempo de acomodar el equipaje en el interior. Un rato después el vehículo sobrevolaba la cima del
despeñadero, trayendo consigo una vaharada de olores conocidos. Al aspirar el aroma a tela resinada, madera pulida y humo de pipa Tyen sonrió. Miko asió la
barandilla de cuerda tendida en torno a la carlinga, pasó por debajo y subió a bordo.
—Lo siento, chicos —dijo Kilraker—. Hasta aquí llega la expedición. En vista de cómo se han puesto los lugareños, no tiene sentido quedarnos. Preparaos para que
se os tapen los oídos. Vamos a subir.
Tyen se echó el morral a la espalda, listo para embarcar, pensando en lo que llevaba dentro. No tenía tesoros de los que alardear, pero al menos había encontrado algo
interesante. Tras agacharse por debajo de la cuerda, se sentó en la estrecha cubierta, con las piernas colgando por el costado. Miko se colocó a su lado. El aerocoche
comenzó a ascender con rapidez, dirigiendo lentamente la proa hacia su hogar.
2
Era imposible permanecer desanimado mientras uno volaba con un constante viento de cola en una noche despejada y hermosa. Las vivas tonalidades rojizas y
anaranjadas del ocaso habían puesto fin a las pullas que se lanzaban Miko y Neel, y se había impuesto un silencio contemplativo. Belton, capital de Leracia y sede de la
Academia, también ofrecía unas puestas de sol magníficas, pero siempre empañadas por el humo y el vapor.
Los sentidos de Tyen le decían que el aerocoche generaba una especie de ola de proa. A diferencia de lo que ocurría en el agua, la ondulación en la atmósfera no estaba
causada por el desplazamiento, sino por la supresión de algo: magia. Esta daba paso a la oscura sombra del Hollín, que dejaba una estela similar al humo en pos de ellos.
No resultaba fácil describir el Hollín a quienes no podían percibirlo. Se trataba simplemente de la ausencia de magia, pero cuando era reciente, tenía textura, como si la
energía hubiera dejado un residuo en su lugar. Además se movía, encogiéndose a medida que la magia fluía para llenar el vacío.
Cuando Tyen absorbió más energía para impulsar las hélices y caldear el ambiente dentro de la carlinga aprovechó la oportunidad para utilizar la magia sin
restricciones. Emplearla le producía una sensación agradable, reflexionó, pero no se trataba de un placer físico. «Es más bien como el hormigueo que uno siente cuando
lo que está haciendo sale justo como lo había planeado», pensó. Como la satisfacción que había experimentado al crear a Bicho y las pequeñas baratijas mecánicas que
vendía para costearse los estudios.
Aunque pilotar el aerocoche no era complicado, exigía concentración. Tyen sabía que sus dotes de mago le habían valido un puesto en la expedición, pues gracias a
ellos el profesor Kilraker no tendría que pilotar durante todo el trayecto.
—Está refrescando —comentó Drem sin dirigirse a nadie en particular.
El criado de Kilraker había estado rebuscando en el equipaje un rato atrás, procurando que no cayera nada por la borda, y había encontrado sus chaquetas, capuchas,
bufandas y guantes de aeronautas. Tyen se había sentido aliviado al saber que su bolsa estaría en alguna parte de aquel montón y no se había quedado en Mailand como
resultado de las prisas por marcharse.
Una mano le tocó el hombro y, cuando alzó la mirada, vio que el profesor asentía con la cabeza.
—Descansa, Tyen. Yo conduciré desde aquí hasta Palga.
Tyen soltó las riendas de la magia, se puso de pie y, sujetándose a la tirante barandilla de cuerda, rodeó a Kilraker de modo que este pudiera ocupar el asiento del
conductor. Se detuvo por unos instantes, planteándose la posibilidad de preguntarle por qué lo había dejado excavar un yacimiento sagrado para los mailandeses, pero
optó por guardar silencio. Ya conocía la respuesta. A Kilraker lo traían sin cuidado los sentimientos o las tradiciones de los mailandeses. Lo importante para el profesor
era que la Academia confiaba en que él y sus alumnos regresaran con tesoros. En todos los demás aspectos, Tyen lo admiraba y quería parecerse más a él, pero en aquel
viaje había descubierto que tenía algunos defectos. Suponía que todo el mundo los tenía. Seguramente él mismo no era una excepción. Miko siempre le reprochaba que
se portaba tan bien que resultaba aburrido. Eso no significaba que Kilraker o él no fueran personas agradables. Al menos, eso esperaba.
Miko y Neel balanceaban las piernas por un flanco de la carlinga, en la zona central y más ancha de la cubierta, en tanto que Drem estaba en el lado opuesto, con las
piernas cruzadas, haciendo gala de una flexibilidad sorprendente para un hombre de su edad. Tras acomodarse en el mismo lado que el criado, pero a una corta distancia
de él, Tyen se quitó los guantes, se los guardó en el bolsillo de la chaqueta y sacó el libro de su morral. Aún estaba tibio. Tal vez antes se lo había imaginado y ahora
solo irradiaba el calor corporal que el propio Tyen le había transmitido a través del morral, que llevaba apretado contra el costado. En las horas transcurridas desde
entonces casi se había convencido de que el diálogo que había mantenido con el libro era fruto de su fantasía, aunque esperaba que no lo fuera.
Sabía que debía entregárselo a Kilraker, pero el hombre estaba ocupado, y Tyen quería determinar antes qué era exactamente lo que había descubierto.
—Bueno, Tyen —dijo Neel—, según Miko, has encontrado un sarcófago en esa fosa. ¿Había algún tesoro dentro?
Tyen bajó la vista hacia el libro.
—Un tesoro, no —respondió sin pensarlo.
—¿No había joyas, ni fruslerías como las que encontramos en las otras cuevas?
—Nada de eso. El ocupante debió de morir pobre. La tapa del ataúd ni siquiera estaba tallada.
—Nadie entierra a los pobres en sarcófagos de piedra. Seguramente unos ladrones saquearon la tumba. Debes de haberte llevado un buen chasco, después de pasarte
tanto tiempo investigando la ubicación del sepulcro.
—Pues eran unos ladrones muy considerados —replicó Tyen, dejando que su voz trasluciera la irritación que sentía—. Volvieron a colocar la tapa sobre el féretro.
Miko soltó una carcajada.
—Más bien tenían sentido del humor. O temían que el cadáver saliera a perseguirlos si no la tapaban.
Tyen sacudió la cabeza.
—Había pinturas interesantes en las paredes. Si algún día volvemos…
—Dudo que nadie vuelva allí durante una temporada. Los mailandeses han intentado matarnos.
Tyen negó con un gesto.
—La Academia encontrará una solución. Además, si me limito a copiar los dibujos de las paredes, sin llevarme nada, tal vez no les parezca mal a los aldeanos.
—¿Sin llevarte nada? A lo mejor cuando seas rico y puedas pagar tus propias expediciones —dijo Neel, y a juzgar por su tono no confiaba en que Tyen llegara a ser
rico jamás.
«Él lo tiene todo muy fácil. Es más tonto que un adoquín, pero viene de una familia tan adinerada e importante que aprobará el curso por muy malas notas que saque
o muy poco que se esfuerce.» Por otra parte, Neel estaba verdaderamente interesado en la historia y estudiaba mucho. Idolatraba a los exploradores famosos y estaba
decidido a prepararse para poder sostener una conversación con uno de ellos en cuanto se le presentara la ocasión.
Tyen abrió el libro con un suspiro. Como estaba demasiado oscuro para ver las páginas creó una llama diminuta y la hizo flotar en el aire por encima de sus manos.
Para encender una luz así había que mover unas partículas de aire muy deprisa de modo que se calentaran y empezaran a quemar el aire que las rodeaba. Refinarla hasta
un tamaño tan reducido requería concentración, pero, al igual que con un paso de danza repetitivo, una vez que lo conseguía podía dirigir su atención hacia otras cosas.
Al hojear el libro lo desilusionó comprobar que el texto que había aparecido antes se había esfumado. Sacudió la cabeza, y ya se disponía a cerrarlo cuando un renglón se
materializó y se alargó, ondulante, a través de la página. Tyen abrió el libro para leer el nuevo texto.
—Has mentido al no decir que me habías encontrado.
Miró las palabras, pestañeando. Seguían allí.
«No eres lo que ellos considerarían un tesoro. Un momento… ¿Cómo lo sabes? No te había abierto todavía.»
—Basta con que alguien me toque para que yo establezca una conexión con su mente.
«¿Puedes leerme el pensamiento?»
—Claro. ¿Cómo si no iba a formar palabras en tu idioma?
«¿Puedes manipular el interior de mi cabeza?»
—No.
«Espero que no hayas mentido respecto a tu incapacidad para mentir.»
—No te he mentido. Soy tan transparente para ti como tú para mí. Debo proporcionarte toda la información que me pidas. Aunque para ello,
claro está, es necesario que sepas que esa información existe y que yo la poseo.
Tyen frunció el entrecejo. «Era de esperar que utilizarte tuviera un precio, como ocurre con todos los objetos mágicos.»
—Así es como obtengo información de forma rápida y veraz.
«En ese caso yo salgo ganando más que tú. Puedes acumular mucha más información que yo, aunque dependerá de los conocimientos que tuvieran las personas que te
han tocado. En fin, ¿qué puedes contarme?»
—Estudias historia y magia. Obviamente, no puedo hablarte de los últimos seiscientos años porque los pasé en esa tumba, pero ya existía
desde muchos siglos antes. Me han tenido en sus manos grandes magos e historiadores, así como filósofos, astrónomos, científicos, sanadores y
estrategas.
Tyen notó que se le aceleraba el pulso. ¿Cuánto más fácil le resultaría aprender e impresionar a sus profesores con semejante libro a su disposición? Ya no tendría
que investigar en la biblioteca o estudiar hasta altas horas de la noche.
En todo caso, no tanto como hasta entonces. Los conocimientos que ella poseía tenían por lo menos seiscientos años de antigüedad, y durante ese tiempo habían
cambiado muchas cosas. Se había producido una revolución en el pensamiento y la práctica de la ciencia. Quizá ella estaba llena de errores. Al fin y al cabo, había
obtenido información de personas, e incluso las más famosas y brillantes cometían errores y hacían afirmaciones que resultaban ser incorrectas.
Por otro lado, si los miembros de la Academia estaban equivocados respecto a algo, Tyen no podría valerse de Vella para convencerlos. Para empezar, no darían
crédito a una sola fuente, por extraordinaria que fuera. No la aceptarían como prueba hasta haber determinado su fiabilidad, y cuando lo hicieran decidirían darle usos
más importantes que el de permitir que un alumno saciara su curiosidad o tomara atajos en su formación.
—Tus amigos y tu profesor guardan algunos descubrimientos en secreto. ¿Por qué no habrías de hacer tú lo mismo conmigo?
Tyen miró a Kilraker. Alto y delgado, con el pelo muy corto y un bigote enroscado en las puntas como dictaba la moda, era tan admirado por los estudiantes como
por sus colegas. Sus aventuras le habían granjeado respeto académico y lo habían provisto de numerosas anécdotas con las que cautivar e impresionar a la gente. Las
mujeres sentían fascinación por él y los hombres lo envidiaban. Era el reclamo perfecto para atraer alumnos a la Academia.
Sin embargo, Tyen sabía que Kilraker no estaba del todo a la altura de la leyenda. Tenía una actitud cínica respecto a su profesión y sus beneficios para la sociedad en
general, como si hubiera perdido la curiosidad y la capacidad de asombro que lo habían llevado a dedicarse a la arqueología. Ahora solo parecía importarle encontrar
cosas para venderlas o deslumbrar a los demás.
«No quiero ser como él —le aseguró a Vella—. Y quedarme contigo podría significar privar a la Academia de un descubrimiento único y quizá importante.»
—Debes hacer lo que consideres correcto.
Tyen apartó la vista de la página. El cielo se había oscurecido por completo. Estaba salpicado de estrellas, mucho más brillantes y numerosas allí, lejos del resplandor
y el aire viciado de la gran ciudad. Delante y debajo del aerocoche se divisaban hileras y cúmulos de luces más mundanas que celestiales: la ciudad de Palga. Supuso que
tardarían cerca de una hora en llegar.
El libro —Vella— ya había conectado dos veces con su mente. ¿Lo sabía todo respecto a Tyen? En caso afirmativo, cualquiera que la tocara podría averiguar lo que
quisiera sobre él. Le bastaría con preguntárselo. Ella había reconocido que estaba obligada a facilitar la información que contenía a quien se la pidiera.
Pero ¿acaso tenía él algo que ocultar? Nada lo bastante importante para que no se atreviera a utilizar el libro; nada que lo disuadiera de correr el riesgo de que otros
descubrieran detalles embarazosos sobre él y le tomaran el pelo por ello; nada que no habría revelado de buen grado a cambio de los conocimientos obtenidos a lo largo
de los siglos de los insignes personajes que habían sujetado el libro entre sus manos.
Como los «grandes magos» que ella había mencionado. Y el propio Roporien. Volvió a bajar la mirada hacia la página. Aún faltaban varios días para que llegaran a la
Academia. Tal vez le perdonarían que no se desprendiera de Vella hasta entonces. Después de todo, quizá Kilraker no tuviera tiempo para examinarla a fondo durante el
viaje, pensó. Más valía que aprovechara esos días para aprender de ella cuanto pudiera.
«¿Sabes todo lo que hizo Roporien?»
—No todo. Él era consciente de que para convertirme en un acervo de conocimientos eficaz debía acceder a la mente de quienes me
manipularan, pero guardaba secretos que no estaba dispuesto a divulgar. Por eso nunca me tocó después de crearme. Pedía a otros que me
formularan preguntas, pero rara vez necesitaba ocuparse de ello en persona.
«¿Porque ya sabía todo lo que había que saber?»
—No. Puesto que un mago puede leer la mente de los que son más débiles que él, y Roporien era el más fuerte de todos, no le hacía falta que yo
espiara los pensamientos de los demás. La mayoría de las personas de las que quería obtener información no intentaban ocultársela. Se la
proporcionaban por respeto reverencial o por miedo.
Pensar en magos que poseían la capacidad de leer la mente le dio vértigo. Debían de ser sumamente poderosos. «Pero ¿por qué creó Roporien un libro que no podía
utilizar?»
—Ah, es que no tenía que tocarme para utilizarme. Al ordenar a otros que me tocaran podía instruirlos y difundir los conocimientos.
«Me parece un acto demasiado noble para un hombre como Roporien.»
—Lo hacía por su propio interés. Era un medio de adiestrar a sus guerreros en las técnicas de guerra, de enseñar a sus criados cómo
servirle mejor, de inspirar a los más grandes creadores y artistas para valerse de la magia producida por su inventiva.
«¿La magia producida por su inventiva? Un momento. ¿Estás diciendo…? ¿No estarás insinuando que…?»
—¿Que su creatividad generaba magia? Sí, en efecto.
Tyen fijó los ojos en la página, desalentado. «Eso son sandeces supersticiosas.»
—No lo son.
«Ya lo creo que lo son. Es un mito rechazado por las mentes más privilegiadas de nuestra era.»
—¿Cómo lo han refutado?
Tyen sintió una punzada de irritación al caer en la cuenta de que no lo sabía.
«Tendré que averiguarlo. Debe de haber documentos. Aunque… también cabe la posibilidad de que simplemente nadie lo haya demostrado.»
—O sea, que si alguien demostrara que es verdad ¿no te quedaría más remedio que creerlo?
«Por supuesto. Pero dudo que alguien lo consiga. Rechazar las creencias y los temores primitivos, y aceptar solo lo que puede demostrarse es lo que nos ha
conducido a una era moderna e ilustrada. La recopilación y el estudio de pruebas, el uso de la razón, ha dado pie a grandes descubrimientos e invenciones que han
mejorado la vida de los hombres.»
—Como este aerocoche en el que viajáis.
«¡Exacto! Aerocoches y aerocarruajes. Trineorraíles y barcos de vapor. Máquinas que fabrican objetos con más rapidez que nunca, como telares que tejen más
deprisa que veinte tejedores trabajando a la vez o ingenios que imprimen miles de copias iguales de un libro en pocos días.»
Tyen sonrió al pensar en todo lo que había cambiado en el mundo desde la época que Vella había «vivido». ¿Qué le parecerían los avances conseguidos, sobre todo en
el último siglo? La impresionarían, de eso no le cabía duda. Una sensación similar al orgullo se apoderó de él. De pronto tenía otro motivo para retrasar el momento de
entregársela a Kilraker y la Academia.
Era importante que ella se enterara de los cambios que se habían producido en el mundo. Debía actualizar su acervo de conocimientos. Tendría que ponerla al
corriente antes de entregarla. Al fin y al cabo, si ella aún creía en supersticiones, tal vez no solo la declararían una fuente poco fiable, sino también peligrosa.
Al notar un malestar en el estómago que conocía bien, señal de que el aerocoche había iniciado el descenso, alzó la vista. Palga se encontraba ahora mucho más cerca.
Cerró el libro y se lo guardó en el morral, que llevaba atravesado sobre el pecho desde que habían huido de Mailand, y dejó que la llama se extinguiera, pero no podía
quitarse a Vella de la cabeza mientras bajaban despacio hacia la pequeña ciudad.
«Supongo que es imposible que sea una fuente de saber fidedigna habiéndose perdido los últimos seiscientos años de progreso y sin más información que la que
poseían las personas que la tocaron. Por otro lado, puede ofrecernos una visión fascinante del pasado. A cambio de lo que me enseñe, me parece justo comunicarle los
conocimientos que fue concebida para asimilar. A la Academia solo le interesará lo que pueda obtener de ella, así que más vale que lo haga antes de entregársela.»
El aeródromo de Palga, como el de casi todas las poblaciones, se hallaba a las afueras, en un campo situado cerca de la carretera principal. Dos aerocoches reposaban
sobre la hierba con las cápsulas sujetas a estacas clavadas en el suelo, junto a la carlinga, para que se enfriaran. Mientras Kilraker descendía Tyen se dirigió al frente para
coger la cuerda de proa enrollada al tiempo que Drem pasaba por debajo de la barandilla, preparándose para para saltar al suelo. Neel había agarrado la cuerda de popa y
Miko se encontraba en la parte posterior.
—Ese carro es el de Gowel, ¿no? —preguntó Miko mientras pasaban flotando junto a los vehículos estacionados.
—Ya lo creo. —Kilraker soltó una risita—. Esperemos que haya llegado hace poco, o no quedará ni una gota de oscujo bueno en El Ancla. ¿Listos?
Drem y Miko respondieron con gruñidos de asentimiento.
—¡Saltad! —ordenó el profesor.
Cuando los dos se dejaron caer el aerocoche frenó de golpe en su descenso y, al haberse librado de un peso considerable, comenzó a elevarse de nuevo. Kilraker
levantó los ojos hacia la cápsula. Unas solapas se abrieron para dejar escapar un poco de aire caliente. El ascenso se ralentizó hasta que el vehículo empezó a bajar de
nuevo.
—¡Cuerdas!
Tyen lanzó la soga de proa a Drem, que la atrapó y tiró de ella para tensarla. Formaban un equipo bien coordinado después de haber aterrizado el aerocoche varias
veces durante la expedición. Cuando la carlinga se posó en el suelo Tyen dejó caer una armella y se valió de la magia para hincarla en la tierra. Drem pasó la cuerda por la
armella mientras Tyen corría hacia la parte de atrás del vehículo para repetir la operación con Miko.
Una vez que el aerocoche quedó bien sujeto Neel y Tyen pudieron apearse. El profesor se alejó con grandes zancadas para concertar el transporte al hotel de la
Academia mientras Drem procedía a desatar el equipaje.
—Colocad las cosas que vais a dejar en la carlinga a la derecha y las que os llevaréis al hotel a la izquierda —les indicó Kilraker mientras Drem levantaba el primer
bulto.
—A la izquierda —dijo Miko. Cuando el criado comenzó a ordenar el equipaje, añadió—: Date prisa, Drem. Gowel lleva un año en el extranjero. Tendrá historias que
contar.
—Voy tan rápido como puedo, joven Miko —respondió Drem—. Y faltan muchas horas para que llegue ese ridículo momento de la noche hasta el que Gowel nos
mantendrá a todos desvelados.
—Estoy seguro de que el profesor te dejará retirarte a dormir mucho antes —dijo Tyen—. Alguno de nosotros tendrá que estar lo bastante lúcido para poner en
marcha este trasto mañana por la mañana.
—Querrás decir mañana por la tarde —refunfuñó Drem.
Una vez que la cubierta quedó despejada la cápsula se había enfriado lo suficiente para amarrarla al lado de la carlinga. Un carruaje de alquiler se había acercado y
Kilraker había regateado con el cochero hasta conseguir un precio razonable. Tyen ayudó a Drem a guardar parte del equipaje en la carlinga del aerocoche y el criado
cerró la escotilla con llave. Acto seguido todos cogieron sus bolsas y se dirigieron a toda prisa hacia el carruaje.
Kilraker sonreía mientras se apretujaban en el interior. «Está deseando ponerse al día con su amigo y rival —pensó Tyen—. Me pregunto si…» Tal vez debía volver a
meterse a Vella debajo de la camisa. Quizá ella aprendería algo de las anécdotas que los dos arqueólogos aventureros refiriesen esa noche.
3
La Academia tenía un hotel en cada una de las ciudades y los pueblos del Imperio que valía la pena visitar. Aunque Palga era demasiado pequeña para considerarla una
ciudad, a Tyen no le sorprendió que hubiera en ella uno de esos hoteles. Los vientos favorables la convertían en una de las escalas favoritas de quienes viajaban por aire
o por mar, entre los que había muchos titulados de la Academia.
Sin embargo, el tamaño del hotel lo había asombrado. Parecía desproporcionadamente grande para aquella población, y muchos de los habitantes trabajaban en él
como empleados o proveedores. A pesar de que todo era de una calidad ejemplar, Kilraker les aseguró que los titulados más jóvenes acudían en tropel al hostal El Ancla,
situado al otro lado de la calle, para tomar un «bocado» de oscujo y alardear de sus viajes a rincones remotos del Imperio y más allá. También frecuentaban el
establecimiento aventureros extranjeros y ajenos al mundo académico, en su mayoría hombres pero también alguna que otra mujer, a menudo dispuestos a relatar un par
de anécdotas.
Cuando Tyen entró en la sala común del hostal detrás de Kilraker y los otros alumnos el calor y el ruido lo envolvieron. Era consciente en todo momento del libro que
llevaba bajo la camisa de forma que el chaleco lo ocultaba. Drem había insistido en que todos se vistieran con su atuendo habitual de ciudad: camisa, chaleco, pantalón,
jubón y gorra, prendas que no habían vuelto a ponerse desde que habían pasado por Palga camino de Mailand, antes de cambiarlas por unos prácticos pantalones y
camisas de trabajo color tierra, además de ropa de abrigo: chaqueta de aeronauta, capucha, bufanda y guantes.
Tras entrar en el bar Kilraker colgó el sombrero en uno de los clavos dispuestos en fila en la pared más cercana. Los estudiantes dejaron las gorras en la fila de abajo y
siguieron al profesor hacia un grupo de cuatro hombres sentados en torno a una de las mesas de caballetes del hostal. Uno de ellos alzó la vista y al verlos desplegó una
sonrisa radiante que contrastaba con el bronceado de su rostro.
—¡Vals! —bramó—. Creía que no tenías previsto volver hasta dentro de un par de semanas.
—Y así era —repuso el profesor, rodeando la mesa para saludar al hombre con palmadas en los hombros—. Hemos tenido un pequeño roce con los nativos. Podría
haberme ocupado del asunto si hubiera estado solo, pero no quería exponer a los muchachos a ningún riesgo. —Se volvió hacia Tyen, Miko y Neel—. Creo que ya
conocías a Tyen Fundehierro y a Neel Long, pero no al joven Miko Barraverde. Chicos, tenéis ante vosotros a Tangor Gowel, el famoso aventurero.
—¿Famoso? —Gowel agitó la mano—. Solo entre las personas como nosotros, que valoran la fama menos que la amistad. —Señaló a los otros hombres—. Kargen
Montaguardia, Mins Speer y Dayn Zo, mis compañeros de viaje. Camaradas, os presento a Vals Kilraker, profesor de historia y arqueología en la Academia. Bueno,
siéntate y cuéntame dónde has estado. —Hizo una señal a un camarero que pasaba—. ¡Traiga cuatro copas más!
—Primero cuéntame dónde has estado tú —replicó Kilraker—. Oí que habías cruzado la Sierra Latitudinal Inferior y llegado al Lejano Sur.
Gowel sonrió de oreja a oreja, de modo que el bigote se le tensó.
—Oíste bien.
—¿En ese pequeño aerocoche junto al que hemos amarrado el nuestro en el aeródromo?
—En efecto.
—¿No se enrareció un poco el aire durante la travesía?
Los cuatro hombres asintieron.
—Pero encontramos una especie de collado. Un paso entre las montañas.
—¿Y qué había al otro lado?
El camarero llegó con las copas, y Gowel sirvió una cantidad generosa de cremoso y turbio oscujo en ellas y en las de sus amigos.
—El Lejano Sur es tal como lo describió Lignario el Descubridor —respondió, y entregó una copa a cada uno—. Está poblado por animales extraños y gentes aún
más extrañas. El ambiente está cargado de magia y lo que hacen con ella… —Se le iluminó la mirada al recordarlo—. Vimos la legendaria Tyeszal, que Lignario tradujo
como «Castillo de la Torre». Es una gran ciudad excavada en un peñasco tan alto como una montaña. Unas plataformas suspendidas suben y bajan a personas y
mercancías por el hueco que hay en el centro, y los niños vuelan por el exterior llevando mensajes y artículos pequeños.
Kilraker tomó un buen trago de oscujo sin apartar los ojos de la cara de Gowel.
—Así que no se trataba de una exageración. —A Tyen le pareció que al profesor le temblaba o se le tensaba algún músculo del rostro, dando cierta impresión de
envidia—. ¿Cómo son los nativos?
—Civilizados. Su rey es hospitalario con los extranjeros y está abierto al comercio. Los magos, bien instruidos, dirigen una pequeña escuela. Aunque están mucho
más atrasados que nosotros en cuanto a invenciones tecnológicas, han desarrollado métodos y aplicaciones que yo nunca había visto. —Se encogió de hombros—. Por
otro lado, podría estar equivocado. La magia no es mi especialidad, como bien sabes. No me envió allí la Academia, sino Tor y Brown Asociados, que me encomendaron
que buscara recursos sin explotar y mercaderías nuevas, así como una ruta aérea a través de la cordillera.
Kilraker apuró su bebida.
—¿Y encontraste recursos y mercaderías nuevas?
Gowel movió la cabeza afirmativamente y se sacó de la chaqueta una libreta grande encuadernada en piel. La hojeó, y los demás alcanzaron a entrever líneas de texto
y esquemas trazados con pulcritud. El aventurero se detuvo en una página para describir las plantas y los animales que había descubierto, tanto domésticos como
salvajes. Abrió la libreta por un mapa en el que señaló la localización de los diversos pueblos con los que sus acompañantes y él se habían encontrado. Tyen se fijó en
una raya que atravesaba un arco de montañas que bordeaba la parte superior del plano. ¿Indicaba la ruta que habían seguido los aventureros?
Cuando Gowel terminó, Kilraker desplazó la mirada de la libreta a su amigo y sonrió.
—No me digas que eso es todo lo que has traído de allí.
—Oh, además de las muestras habituales de flora y fauna, minerales y textiles.
—¿Ningún tesoro que venderle a la Academia?
Gowel sacudió la cabeza.
—Nada que pudiera lastrar los aerocoches.
El profesor manifestó de mala gana su conformidad con un gruñido.
—El oro y la plata son condenadamente pesados.
—El conocimiento vale más que el oro y la plata —declaró Gowel—. Últimamente gano más dinero con mis libros y conferencias que con los tesoros, aunque los de
la Academia me acusen de mentir. O quizá precisamente por eso. —Pasó la vista de Miko a Neel y de este a Tyen—. No dejéis que tan venerable institución os vuelva
estrechos de miras, chicos. Salid ahí fuera y decidid por vosotros mismos qué es folclore y qué es verdad.
—Todo eso está muy bien para hombres pudientes como tú, Gowel —repuso Kilraker—,

Web del Autor

Pagina Oficial

Si no sabes descargar mira este video tutorial

[sociallocker]
[popfly]

Descargar 

Leer en online
[/popfly] [/sociallocker]

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

error: Content is protected !!
---------