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Maldito Silver – Silver Valley 1 – Joanna Wylde

 Maldito Silver - Silver Valley 1 - Joanna Wylde

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Resumen y Sinopsis De 

Maldito Silver – Silver Valley 1 – Joanna Wylde

Una hora más tarde me encontraba apoyado contra la pared de la casa, preguntándome cómo había tenido tanta suerte. Mi chica se llamaba Becca, y estaba
convirtiéndose rápidamente en mi hembra favorita. No es que hubiéramos hablado demasiado; era bastante callada. Pero era suave y cálida, y ya la tenía sentada entre
las piernas, con su espalda contra mi pecho.
«Asustadiza» no era la palabra adecuada. Se había puesto nerviosísima, tanto que temí que saliera corriendo y me dejara plantado. Por suerte, la cerveza ayudó, y
ahora descansaba relajada junto a mí, con los ojos cerrados y la cabeza vuelta hacia mi pecho, de manera que mi barbilla rozaba su frente. Habría pensado que dormía, si
no fuera por los gemidos que emitía cada vez que mis dedos rodeaban sus pezones bajo la camiseta, o se deslizaban por su estómago.
Habíamos apartado el sujetador, y me dedicaba a explorar otras regiones, lo justo para percatarme de que todavía no estaba húmeda… pero no tardaría. Lo cual era
oportuno, porque yo tenía el miembro como una roca y con ganas de acción. Moví un poco las caderas, rozándole la espalda con mi erección, y gemí.
Acariciarla junto al fuego era fantástico, pero ya era hora de pasar al siguiente plato.
Saqué la mano por su camiseta, tomé su barbilla y la alcé para darle un beso. Joder, era dulce. Sabía a rayo de sol y a cerveza, con un toque de tequila, para darle
gracia. Se notaba que no tenía demasiada experiencia, porque cuando deslicé mi lengua por su boca, no estaba muy segura de qué hacer con la suya.
Eso me puso a cien, lo admito.
Becca, ¿no crees que deberías llevártelo al piso de arriba?
La voz de Teeny interrumpió el beso, y Becca se puso rígida. Se apartó de mí y se cerró en banda con tanta intensidad que casi pude sentir el frío ártico. «Mierda.»
Por un instante consideré seriamente la posibilidad de matarlo. Me había costado casi una hora llegar a aquel punto, y ese desgraciado no me lo iba a joder.
Lo miré con dureza, entornando los ojos.
¿Hay algún motivo por el que estás hablando con ella? dije.
El tipo sonrió con descaro.
Solo me aseguro de que todo va bien.
Lárgate.
Llévatelo arriba, Becca.
Aquello solo logró que la chica se tensara aún más. Solté un gruñido. Sí, claro, podía buscarme a otra. Pero no quería a otra, y ese mamón me estaba jodiendo la
noche. La envolví en mis brazos y la apreté contra mí, con fuerza, para que le quedara claro que no tenía que preocuparse por Teeny.
Este sería un buen momento para desaparecer le dije al tipo, con un tono amenazador diseñado para causar un único efecto: miedo.
Becca se estremeció, y me dio rabia. Ya me había costado lo suyo conectar con ella, y ahora tenía que presenciar este espectáculo…
O me ocuparé de que desaparezcas. ¿Entiendes? añadí con más contundencia.
Boonie acudió a nuestro lado.
¿Hay algún problema? preguntó.
No replicó Teeny, mirándonos a mí y a Becca con furia.
Entonces se volvió y se escabulló como la cucaracha de mierda que era. Un escalofrío recorrió a la muchacha, y le acaricié los brazos.
No te preocupes, cariño le dije distraídamente. Gracias, Boonie.
No hay problema murmuró, sin apartar la mirada de Teeny. Me alegro de que nos vayamos por la mañana. Aquí hay algo que huele a podrido. Ha sido un
viaje muy instructivo.
Asentí, aunque no conocía la historia entera. Ya me la contarían luego. De momento mi intención era seguir el ejemplo de Boonie.
Vayamos dentro dijo Becca. A un lugar más íntimo.
Se zafó de mí coquetamente y se puso de pie con energía. Me sorprendió, aunque no de manera desagradable. Me tambaleé un poco al incorporarme. Me costaba
pensar, aunque mi rabo funcionaba perfectamente, así que estaba listo para lo importante. Becca me guio por el interior de la casa y escaleras arriba, hasta una
habitación pequeña en la parte trasera. Había una cama individual con las sábanas arrugadas y manchadas. El suelo estaba cubierto por vasos y botellas vacíos y un
charco de cerveza. Un cenicero medio lleno reposaba junto a la mesita de noche.
Supongo que no somos los primeros que hemos buscado algo de intimidad observé, pero la verdad era que me traía sin cuidado. No me importaba nada. Cerré la
puerta y eché el cerrojo. Cuando me volví, ya se había quedado en sujetador y estaba ocupada desabrochándose los jeans.
Joder. Era preciosa.
Es decir, ya había visto lo bonita que era, pero esas dulces tetitas que había estado manoseando durante una hora eran sin duda mucho más perfectas de lo que
imaginaba. Por algún motivo, el hecho de que un sujetador de algodón sin ninguna gracia las acunara realzaba ese momento. Entonces se quitó los pantalones y casi me
desmayé. En mi vida había visto nada tan sexi. Sentí ganas de atarla y tomar posesión de cada agujero de su cuerpo. Y repetir.
Becca vio todo esto escrito en mi cara y se asustó visiblemente. Dio un paso hacia atrás y levantó una mano. Una pregunta profundamente perturbadora irrumpió
entre mis nebulosos pensamientos.
¿Eres virgen? pregunté, casi sin querer.
Las palabras tenían un sabor extraño en mi boca. Becca soltó una risotada amarga y sacudió la cabeza.
No, no soy virgen.
Se llevó las manos a la espalda para librarse del sujetador, y entonces vi sus pezones por primera vez. Rosados, puntiagudos y preciosos, del tamaño perfecto para
metérmelos en la boca. Di un paso hacia ella y me ofreció una sorpresa: se puso de rodillas y fue directamente hacia mi bragueta.
¿Cuánto tiempo ha pasado? preguntó, con un tono de voz casi pragmático.
Gemí cuando me bajó la ropa y mi rabo al fin quedó al aire. Nunca había estado tan duro; no estaba seguro de si sobreviviría a los siguientes diez minutos. Mierda,
¿aguantaría diez minutos siquiera? Entonces sus cálida mano me envolvió y cerré los ojos, apoyándome contra la pared. Si no, me habría caído al suelo allí mismo.
Empezó con un ritmo lento pero constante, rodeándome con los dedos y realizando un movimiento de vaivén. Un minuto y se detuvo. Abrí los ojos y la encontré
mirándome mientras se lamía la palma de la mano; parecía mayor y más seductora de lo que había supuesto. Joder… ¡Joder! Entonces su otra mano descendió para
ocuparse de mis pelotas, y volvió al trabajo con todos los dedos.
Jadeé, dejándome llevar por la sensación. Me di cuenta de que no duraría demasiado. Imposible. Pero no pasaba nada, porque esta noche tenía más de una bala
cargada y lista para disparar.
Usa la boca le susurré.
Obedeció. Abrió la boca y se metió mi rabo, dándome golpecitos con la lengua, como una auténtica experta. Demasiado experta. Era raro y un poco sorprendente,
viendo cómo besaba. Entonces sus gestos pasaron a ser más profundos y dejé de pensar. Todo era cálido, húmedo, perfecto.
Treinta segundos más tarde exploté en su boca, sin avisarle. Joder, fue tan rápido que hasta a mí me pilló por sorpresa. Hice una mueca. Bajé la mano hacia su pelo y
le quité el coletero que lo sostenía; los mechones largos y castaños cayeron alrededor de su rostro. Se levantó, limpiándose la cara con el dorso de la mano, y sus dulces
ojos marrones se encontraron con los míos.
Volvía a parecer un pequeño ángel inocente.
Becca, esto ha sido…
No tenía palabras. ¡Dios, cómo había echado de menos el sexo! El sexo de verdad, no solo cascármela con la mano. No había nada tan delicioso en el mundo como la
sensación de tener a una mujer caliente y mojada en mi rabo.
Se volvió, se agachó para rescatar una botella de vodka matarratas medio vacía de la mesita de noche, tomó un trago y se enjuagó la boca con la bebida. Lo escupió al
suelo, donde se mezcló con restos de cerveza derramada, y tomó otro trago.
De acuerdo, no era un ángel, no del todo.
Alargué la mano y Becca me entregó la botella sin decir nada. Entonces se quitó las braguitas de algodón y se tumbó en la cama.
¿Estás listo? preguntó.
Tomé un buen trago de vodka. La cabeza me daba vueltas. Jamás en mi vida había estado tan listo para algo. Pero ella no parecía estarlo. Tenía la mirada distante, y
cuando me coloqué entre sus piernas, supe que su cuerpo tampoco lo estaba.
Por suerte, ese era un problema que sabía cómo solucionar.
Me quité el chaleco y busqué algún lugar seguro para dejarlo. La única superficie plana disponible era la mesita, pero en la esquina del fondo había una de esas barras
con ropa colgando. Fui hacia allí, agarré una percha, colgué la prenda y me volví de nuevo hacia Becca.
Había cerrado los ojos. Si hubiera entrado entonces, habría asumido que estaba dormida. Mierda, quizás perdió el conocimiento

Pages : 120

Tamaño de kindle ebook : 1,76  MB

Autor De La  novela : Joanna Wylde

kindle  Comprimido: no

kindle Format : True PDF 

Idioma :Español-España 

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Fotos – Imagen

 

 

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