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Libro PDF Manifiesto contra el progreso Agustín López Tobajas

Manifiesto contra el progreso  Agustín López Tobajas

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Este manifiesto no es expresión de ninguna
ideología o movimiento de carácter político o
social. Inútil sería buscar tras sus palabras alguna
seña de identidad colectiva, o la afiliación a
cualquier proyecto grupal de transformación
social, política o cultural. Fruto de la convicción
en la inoperancia radical de toda acción de esa
índole, tampoco se pretende expresión de ninguna
«nueva filosofía» ni quiere justificarse como
innovador mensaje espiritual. Nacido más bien de
una experiencia personal, no reconoce más
filiación que la que le une con la conciencia
metahistórica de una sabiduría perenne que la
mentalidad moderna —creyente o atea,
conservadora o progresista— ignora o rechaza.
Servir de cauce expresivo en la medida de sus
posibilidades a esa conciencia y contribuir a
recordar, aplicándolas a la situación actual, unas
verdades hoy desdeñadas, asfixiadas y hasta
ridiculizadas, es el espíritu que anima este escrito.
En una época de prisas apremiantes, de
eslóganes y consignas, de siglas y códigos de
barras, en unos tiempos en que la «realidad» se
conoce por encuestas y la sabiduría se reparte en
cursillos los fines de semana, un manifiesto, por su
misma naturaleza, cae de inmediato bajo la
sospecha de participar del «espíritu de los
tiempos»: sospecha razonable y quién sabe si
atinada; en todo caso, ante la imposibilidad de no
aceptar alguna concesión —so pena de mantenerse
en silencio—, su forma concisa y voluntariamente
escueta busca en la sencillez de la afirmación y la
negación («Sea vuestro hablar “sí, sí, no, no”») el
modo menos contaminado de oponerse a un
sistema que manipula cualquier discurso y todo lo
marca de una u otra manera con su signo. Riesgo
asumido con la esperanza de que esquematismo y
concisión no excusen, sino promuevan, una más
detenida y minuciosa reflexión.
Este texto nace, desde su título y por su
naturaleza intrínseca, con una orientación
determinada: la que le opone al Progreso, dogma
profano que sirve de fundamento, guía y meta al
espíritu moderno. Quizá se objete a este escrito —
cabe esperarlo— dogmatismo en el tono y
dicotomismo en el contenido; o tal vez se alegue,
más indulgentemente, que no todo es malo en la
modernidad. Es posible; incluso, en la medida en
que el Mal absoluto se identifica con la Nada, es
necesario que así sea; pero un manifiesto no puede
desdeñar por completo los criterios de
oportunidad y —aceptadas las limitaciones en
cuanto a concreción y brevedad— parece que
cualquier ambigüedad teñida de eclecticismo o
condescendencia entrañaría en las actuales
circunstancias riesgos superiores a los de una
crítica sin matices.
No hay en estas páginas pretensión alguna de
novedad. Las ideas aquí recogidas distan de ser
propias u «originales», en el sentido más común
de la palabra, pues este texto no tiene más
aspiración que ofrecer una síntesis de lo que otros,
antes, han analizado de forma sin duda más
profunda y concienzuda, aunque, tal vez,
integrándolo en otras perspectivas. Que las
exigencias del mercado editorial obliguen a
asociar todo texto con un nombre no debe hacernos
olvidar que en el marco del conocimiento importa
la reflexión, no el autor. No es el hombre el que
crea el conocimiento, sino el conocimiento el que
hace posible al hombre. Si una idea es verdadera,
no pertenece a quien la pone por escrito, sino a
todos los que puedan comprenderla; si es falsa, ¿a
qué jactarse de haberla inventado? En última
instancia, a Dios sólo corresponde la verdad y, al
hombre, en el mejor de los casos, la modesta
capacidad de reflejarla turbiamente en su discurso.
I
La creencia progresista
La superstición del progreso es el
veneno que corroe nuestro tiempo.
SIMONE WEIL
Se entiende aquí por «progresismo» la creencia de
que la historia de la humanidad es una historia de
progreso: trayectoria linealmente ascendente desde
un supuesto «hombre primitivo» de origen animal
hasta el hombre moderno de nuestros días. Todas
las fuerzas que se mueven públicamente dentro del
ámbito político-social —con sólo algunas
excepciones eventuales y de carácter marginal—
reivindican ahora el «progresismo», antaño
patrimonio de la izquierda, como seña de
identidad; la condición de siervos y adoradores
del Progreso absorbe, reduce y unifica a las
diversas fuerzas políticas, cuyas diferencias son,
más que nunca, profesan los dogmas, los fines y
las prácticas de la nueva religión universal: el
culto al Progreso.
Fiel a la egolatría cultivada con esmero
durante varios siglos, el hombre contemporáneo se
considera a sí mismo el punto culminante de la
historia —no hay síntoma más inequívoco de
necedad que alardear de sabio— y contempla el
devenir humano como una trayectoria ascendente
en cuya cumbre, y sin la menor muestra de pudor,
coloca con orgullo la grotesca caricatura de
hombre universal en que él mismo ha llegado a
convertirse. Nunca ninguna cultura desarrolló en el
pasado la arrogancia necesaria para considerarse
por encima de cuantas la habían precedido; la
creencia en el Progreso es, en efecto,
relativamente reciente, creación específica de la
moderna civilización occidental. Su expresión
«científica», el evolucionismo, socialmente
promovido en las últimas décadas de hipótesis a
fe, es una creencia dogmática que oculta su
carácter de tal y que se inculca en las conciencias
como si de una verdad comprobada se tratase.
Mutilado en su imaginación intelectual, el hombre
moderno parece incapaz de concebir siquiera otras
posibilidades sobre su origen que no sean un
darwinismo más o menos atildado o la
interpretación literal de los primeros versículos
del Génesis. El dogma evolucionista —sugiere con
acierto Jean Borella— resultaría más creíble si lo
colocáramos exactamente al revés: esa especie de
proyecto humano que se pretende situar en los
orígenes, cuyo horizonte intelectual no va más allá
de las preocupaciones materiales y que sobrevive
a fuerza de instinto, miedo y violencia apenas
contenida, se ajusta cada vez con mayor precisión
al estado espiritual del hombre contemporáneo.
Como dice René Guénon, con una frase mucho más
precisa de lo que a primera vista podría parecer,
en el mundo moderno todo está al revés.
Como hipóstasis demiúrgica, absoluta,
supuestamente autoevidente en su razón de ser, el
Progreso esconde su verdadero carácter
excluyendo toda pregunta sobre su naturaleza.
Nadie considera necesario precisar —porque
nadie sabe— en qué se progresa realmente.
Sesenta millones de muertos en dos guerras
mundiales, decenas de millones más en otras
guerras a lo largo del siglo XX, un planeta
devastado al borde del colapso, media humanidad
sobreviviendo en condiciones lamentables, no
parecen sin embargo argumentos suficientes para
hacer estremecerse, por poco que sea, la creencia
en el Progreso. Fantasma que recorre —
parafraseando a Marx— no ya Europa sino el
mundo, la idea de Progreso, refractaria a todo
proceso de inteligibilidad, es, junto con sus
secuelas de ignorancia, decadencia y destrucción,
lo único que en verdad progresa. La mentalidad
progresista, que se pretende básicamente
materialista, representa de forma paradójica el
mayor culto jamás profesado a una idea,
construcción fantasmal sin más realidad que la de
un ectoplasma engendrado en los sótanos de su
extraviada conciencia.
El patológico desarrollo, más allá de toda
proporción, de la mente razonadora y analítica que
ha generado en el hombre moderno la ilusión
prometeica del Progreso parece, más bien, la
compensación al progresivo obscurecimiento de
una facultad intelectual más elevada que la razón,
que haría posible al hombre antiguo un
conocimiento superior. En consecuencia, las
supuestas conquistas técnicas, científicas, sociales,
de la historia humana representarían, en todo caso,
no un progreso, sino el efecto progresivo de
compensación —en un orden ambiguo e inferior—
ante la pérdida continuada y creciente de las
prerrogativas espirituales que antaño poseía el ser
humano y del poder que éstas le conferían, de uno
u otro modo, sobre la materia, pues es una ley
cósmica fundamental que todo descenso en el
orden de lo cualitativo se ve acompañado de una
expansión en el orden cuantitativo. La esencia
disminuye para que la sustancia crezca.
El culto al Progreso se hipostasia en diversas
mediaciones —la ciencia, la técnica, el desarrollo
económico, la democracia…—, otros tantos ídolos
de la superstición racionalista. Superstición, en
efecto, en tanto que atribución de un poder a algo
que por esencia carece de él. No hay aquí metáfora
alguna. El hombre moderno atribuye a sus ídolos
el poder de llevarle a la plenitud de sus
posibilidades, poder del que esos ídolos, con toda
su potencia titánica, carecen por naturaleza. Así, la
mentalidad progresista, que se cree racionalista y
libre de prejuicios —pero atestada, en verdad, de
creencias laicas—, es intrínseca y estrictamente
supersticiosa, como de modo certero apuntaba
Simone Weil.
La adoración del progreso es la sublimación
de la

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