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Libro PDF Mariana, los hilos de la libertad José Calvo Poyato

Mariana, los hilos de la libertad  José Calvo Poyato

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ABSOLUTISMO ENCARNIZADO,
UNA MUJER SE ERIGIÓ EN
SÍMBOLO DE LA LIBERTAD.
Granada, 1828. En la España que vive
los últimos años del reinado de Fernando
VII se endurece la persecución contra los
liberales. Mariana de Pineda, mujer poco
convencional para su época, se encuentra
en el punto de mira de quien simboliza la
represión política en Granada: Ramón
Pedrosa. El desarrollo de los
acontecimientos -reuniones clandestinas,
persecuciones nocturnas-, en una
Granada que fascina a sus visitantes,
llevará a Mariana a arriesgar su vida por
defender sus principios. Sus ansias de
libertad la enfrentarán a todo lo que
representa un monarca caprichoso y
cruel. Al tiempo que Mariana conspira
para que se proclame la abolida
Constitución de 1812, en Granada cunde
la inquietud. Unos asesinatos sacuden la
vida de la ciudad. El agente Antonio
Diéguez, a las órdenes de don Matías
Marculeta, es el encargado de esclarecer
unos crímenes en que las víctimas
parecen penitenciados del Santo Oficio.
La gente llama al asesino ‘el verdugo de
la Inquisición’. José Calvo Poyato realiza
una magnífica recreación de esos años
de nuestra historia y centra su mirada en
una mujer apasionante. En Mariana, los
hilos de la libertad crea una trama de
intriga al tiempo que construye una
novela sobre el valor, la lealtad y lo que
significa defender hasta el final los
ideales propios.
Título Original: Mariana, los hilos de la
libertad
©2013, Calvo Poyato, José
©2013, Plaza & Janés
Colección: Exitos
ISBN: 9788401342028
Generado con: QualityEbook v0.71
http://www.megustaleerebooks.com

GRANADA, 5 de junio de 1828
Un revuelo de palomas acompañó el sonido de las
campanas. Se iniciaba la procesión del Corpus
Christi, la fiesta principal de Granada. Las puertas
grandes de la catedral se abrieron y bajo su
arcada docenas de estandartes, banderas y cruces
alzadas se pusieron en movimiento. Poco a poco
se formó el cortejo y, como si hubiera acechado el
momento, se incorporó a él una grotesca figura
que semejaba un dragón. Entró por la calle de la
Cárcel Baja como si surgiera de la nada.
La gente comenzó a gritar:
—¡La Tarasca! ¡La Tarasca!
Superado el primer instante, el gentío la
recibió con una rechifla. La Tarasca representaba
el pecado, el mal.
Entre lujosas capas, almidonados roquetes y
nubes de incienso apareció sobre un trono
ricamente ornamentado la custodia con el
Santísimo Sacramento. Los murmullos se apagaron
despacio para finalmente convertirse en un
silencio sólo roto por el repicar de los bronces. La
gente caía de hinojos y humillaba la cabeza
bisbiseando una plegaria.
El sol brillaba sobre un cielo inmaculado y la
procesión avanzaba en medio de la muchedumbre
que llenaba el recorrido. A lo largo del trayecto no
cabía un alfiler. En el centro de la abarrotada
plaza de Bibarrambla se alzaba un templete de
abolengo clásico —una cúpula decorada con
estrellas, sostenida por columnas corintias— en
cuyos ángulos podían verse los símbolos de los
cuatro evangelistas —un toro, un águila, un león y
un hombre—, llenaban los laterales unas figuras
alegóricas de las siete virtudes. En los balcones de
la Casa de los Miradores, adornados con tapices y
reposteros, se veían a las principales autoridades
granadinas y a mujeres luciendo mantillas. Dos
compañías de carabineros, vistiendo uniforme de
gala, mantenían despejado el paso para que
transitase el Santísimo. Dio una vuelta a la plaza y,
de repente, por el Arco de las Orejas, apareció un
jinete ataviado a la antigua usanza: armadura
completa, rodela y lanza; cubría su cabeza con un
yelmo emplumado. La muchedumbre lo recibió con
aplausos y gritos de ánimo. Era el adalid de las
virtudes, el símbolo del bien. A lo largo del
recorrido Tarasca y jinete sostendrían un singular
combate que el segundo ganaría en medio del
regocijo popular.
En una casa del barrio de la Magdalena, una
joven dama, ajena por completo a la celebración,
daba arcadas sin cesar. Su cuerpo se arqueaba
sacudido por espasmos, en un intento inútil de
vomitar, al tiempo que una mujer entrada en años
le sujetaba la frente y sostenía un paño con el que
limpiaba la saliva de sus labios.
—Mariana, deberías acostarte. Quizá tu
estómago se serene un poco.
La aludida negó con un movimiento de cabeza
y susurró con un hilo de voz:
—Mejor tomaré una tisana.
Mariana de Pineda se incorporó y
tambaleándose fue hasta una butaca donde se dejó
caer desfallecida. Doña Úrsula la arropó
amorosamente y se encaminó a la cocina para
calentar el agua de la infusión. La servidumbre se
había marchado a ver la procesión del Corpus,
llevándose al pequeño José María. Mariana se lo
encomendó a Burel, su fiel criado y hombre de
confianza. En realidad, Antonio José Burel era
algo más que un criado; era un correligionario que
compartía principios y peligros.
Mariana consideraba a doña Úrsula Lapresa
como su madre. Era una mujer bondadosa que
había volcado en ella todo el cariño que jamás
pudo darle a unos hijos que nunca llegaron a su
matrimonio con José Mesa, un acomodado
industrial, dueño de varias panaderías y un
próspero negocio de ferretería, cuya clientela se
extendía por todo el reino de Granada. También él,
hasta su muerte, fue un padre para ella desde que
su tío, el ciego Pineda, se la entregara antes de
cumplir los tres años, muy poco después de
fallecer su padre, don Mariano de Pineda.
Aguardaba la tisana con los ojos cerrados y sin
quitarse de la cabeza el altercado que una semana
antes había tenido con don Ramón Pedrosa,
Alcalde del Crimen de la Real Chancillería. Hacía
tiempo que Mariana se había convertido en uno de
sus objetivos para exterminar toda resistencia al
poder que Fernando VII ejercía tiránicamente. A
Pedrosa le bastaba un leve indicio de pertenencia
a la masonería o de albergar ideas contrarias al
poder omnímodo y arbitrario del monarca para que
sus sabuesos estuvieran al acecho, dispuestos a
aprovechar un descuido y abalanzarse sobre la
presa. Eso era Mariana de Pineda para Pedrosa,
una presa. Desde su llegada a Granada las
ejecuciones por delitos políticos eran frecuentes.
A los pocos días de tomar posesión de su cargo
habían sido ejecutados los integrantes de una
logia. Tras un juicio sumarísimo, fueron
conducidos al patíbulo, alzado en la plaza de
Santo Domingo, vistiendo los mandiles y otros
adornos propios de los masones para que el
público se burlara de ellos.
Hacía poco tiempo que Pedrosa había sido
nombrado subdelegado de policía y presidente de
la Comisión para la Depuración de Delitos de
Carácter Político, lo que significaba que gozaba de
la confianza de don Tadeo Calomarde. Mariana era
consciente de que se había convertido en una
obsesión para el Alcalde del Crimen por el simple
hecho de ser una viuda que no ceñía sus
costumbres a la mojigatería que presidía las
formas de vida tradicionales entre las damas de la
llamada buena sociedad granadina, un círculo
cerrado al que ella tenía acceso por su condición
de noble. Era cierto que muchas señoras la
miraban con recelo y afirmaban, con malsana
intención, que su madre era una pelandusca que
huyó con otro hombre y que, muerto su padre, al
que consideraban uno de los suyos y todo un
caballero, la había criado un confitero. Pero su
principal pecado era la ligereza, decían, con que
se comportaba. No podían soportar que anduviera
mezclada en cosas de hombres.
En casa del marqués de los Pilares se celebraba
la festividad del Corpus a la manera tradicional.
Después de asistir a la procesión, los criados
habían repartido canastas de pan y otras viandas
en la puerta de su casa —según era costumbre
entre las familias de más prosapia— para que los
menesterosos tuvieran aquel día, además del
alimento espiritual propio de la solemnidad, pan
blanco que llevarse a la boca. Cuando las
campanas de la catedral volvieron a repicar, a eso
de la media tarde —mucho antes de que el sol se
pusiera para evitar el concurso de hombres y
mujeres después de que hubiera anochecido—,
señalando que el Santísimo Sacramento entraba en
la catedral, se iniciaba una merienda con la que
los marqueses obsequiaban a sus amistades en el
salón principal de la casa. Los invitados, más de
medio centenar, departían en corrillos donde las
damas de más edad estaban acomodadas en
sillones y divanes. Doncellas impecablemente
vestidas y criados con librea iban de un lado para
otro ofreciendo bandejas con dulces y primores de
hojaldre o bebidas refrescantes para las señoras y
vino y licores variados para los caballeros. Uno
de los corrillos, formado por media docena de
damas y un caballero, estaba pendiente de una
cincuentona de formas orondas que acariciaba su
generosa pechera con las plumas del abanico.
Ocupaba medio diván y cantaba las alabanzas de
una crema que obraba efectos milagrosos.
—¿Qué contiene ese ungüento, querida? —
preguntó una de las contertulias.
Doña Rosario Montes de Ortigosa dejó
escapar un suspiro.
—Mi perfumista dice que la base es agua de
azahar, bálsamo de pachulí y una disolución de
almizcle. Te asegura un cutis brillante y terso. —
Se pasó la mano por su cuello donde lucía un
collar de gruesas perlas. Algunas pensaron,
maliciosamente, que aludía a la crema para que
reparasen en la joya.
—¿Ha dicho almizcle, doña Rosario? —
preguntó el caballero.
—Sí, almizcle, don José. Puede comprarse al
perfumista del Campillo, el que tiene el
establecimiento frente al teatro. ¡Es el mejor de
toda Granada!
El caballero era don José de la Peña y Aguayo,
un joven abogado —rondaría los veinticinco años
— que, pese a su edad, ya había cosechado
importantes éxitos y se había convertido en una
celebrada figura del foro granadino. Tenía unos
ojos negros, grandes y vivaces, también era negro
su cabello, cortado a la moda; vestía un levitón
oscuro, de corte sencillo pero de excelente paño,
el alfiler que sujetaba su corbatín de seda era una
valiosa joya.
—¿Saben cómo se obtiene la esencia de
almizcle? —preguntó con socarronería, sin
dirigirse a nadie en particular.
La dama que compartía el diván con doña
Rosario, de formas tan enjutas que era su
contrapunto —se llamaba Hortensia Alpuente, una
solterona que rondaría también el medio siglo—,
sonreía sin despegar los labios para ocultar los
dientes que faltaban a su boca. Lo midió con la
mirada, antes de señalar con cierta ironía:
—Es usted un pozo de sabiduría. ¿No me diga
que también sabe de ungüentos? Creí que sólo era
experto en leyes.
El abogado le dedicó una sonrisa.
—Mi querida doña Hortensia, saber de dónde
se obtiene la esencia de almizcle forma parte de la
cultura general.
—¿Alguna de vosotras sabe de qué planta se
extrae el almizcle? —preguntó doña Hortensia
paseando su mirada por las reunidas.
Ninguna era versada en la cuestión planteada
por el abogado.
—¡Ya ve usted! —le espetó doña Hortensia, y
dirigiéndose a las damas—: ¡Don José, de forma
muy sutil, nos ha llamado incultas a todas!
—Nada más lejos de mi intención. No sería yo
un caballero si albergase tan perversas intenciones
y mucho menos con usted, doña Hortensia.
—En ese caso, no nos tenga sobre ascuas —
intervino doña Rosario sin dejar de agitar el
abanico sobre su generosa pechera.
En aquel momento se incorporó al corrillo
doña Norberta Pimentel, una dama de talle
escultural: cintura estrecha y caderas seductoras.
Era la única descendiente de don Agustín
Pimentel, quien había ejercido funciones de virrey
en Lima, hasta que su titular, don José Fernando
Abascal, fue liberado por los ingleses, que lo
habían apresado. Don Agustín amasó una
considerable fortuna. Absolutista convencido,
había muerto poco antes de que Pedrosa llegara a
Granada, dejando huérfana a doña Norberta —la
madre había fallecido víctima de la viruela al
término de la guerra de la Independencia—, quien
había dedicado su vida a atenderlo. Además de
huérfana, quedó dueña de una herencia
sustanciosa, corrían toda clase de rumores y todos
coincidían en señalar que se trataba de una
verdadera fortuna. Doña Norberta Pimentel era un
excelente partido, una ricahembra y una mujer
hermosa. Pero, muerto su padre, se impuso un
riguroso luto y después se mostró desdeñosa con
los pretendientes que se acercaron a ella.
—Bueno…, quería decir que la esencia de
almizcle es un producto muy usado en perfumería y
puede… puede obtenerse por vías diferentes.
Necesariamente…
El abogado parecía encontrarse en una
situación embarazosa, como arrepentido de haber
planteado la cuestión. La llegada de don Ramón
Pedrosa, que miraba sin disimulo a Norberta,
pareció sacarlo del apuro.
—Mi querido don José —lo tomó por el brazo
con gesto amistoso—, lo he buscado por todas
partes y al fin lo encuentro.
Pedrosa tenía un porte desgarbado, la piel
olivácea, los pómulos pronunciados y los ojos
grises, pequeños y acerados; disimulaba su
calvicie peinando hacia delante sus cabellos de
color castaño y llamaban la atención unas cejas tan
espesas que conferían a su mirada cierto aire de
brutalidad. En realidad no buscaba a Peña y
Aguayo, sino que iba tras doña Norberta Pimentel.
Era una de las dos mujeres, aunque por razones
muy diferentes, que ocupaban buena parte de sus
pensamientos. Las opulentas formas de la rica
heredera de los Pimentel le habían privado del
sueño más de una vez. Iba a decir algo cuando
doña Hortensia lo detuvo:
—¡Un momento, don Ramón! Don José iba a
explicarnos cómo se obtiene la esencia de
almizcle. Por un casual, ¿usted lo sabe?
Pedrosa miró a la dama y se encogió de
hombros.
—Será don José quien las instruya sobre el
asunto —respondió el Alcalde del Crimen—,
también yo me ilustraré con sus conocimientos
que, según veo, se extienden más allá de las leyes.
A Peña y Aguayo no le quedó más remedio que
satisfacer la curiosidad que él mismo había
despertado.
—Vera, doña Hortensia, se trata de una
sustancia algo grasienta y untuosa que algunos
mamíferos segregan de unas glándulas que tienen
en el prepucio, o en el periné. ¿Satisfecha la
curiosidad?
Las damas lo miraban sorprendidas, pero
ninguna preguntó y Pedrosa, con una sonrisa
malévola, miró a doña Norberta, que se había
sonrojado, al tiempo que las demás
intercambiaban miradas de desconfianza. En ese
momento el mayordomo se acercó a Pedrosa y le
susurró algo al oído. El subdelegado de policía
pidió disculpas y se alejó hacia la puerta del salón
donde aguardaban dos hombres. Peña y Aguayo
aprovechó para escabullirse.
—Estos abogados utilizan una jerga que nadie
entiende —proclamó doña Hortensia—. ¿Qué
habrá querido decir con eso del prepucio y del
peri… peri lo que sea?
—Periné —puntualizó doña Norberta.
Doña Rosario la midió con la mirada.
—Norberta, querida, me parece que tú te has
enterado de lo que ha querido decir ese leguleyo.
—En sus palabras había cierta recriminación.
El arrebol que cubría el rostro de la dama se
hizo más intenso.
—¿Qué ha dicho? —exigió saber doña
Hortensia.
—Según don José, la esencia de almizcle se
obtiene de una sustancia que segregan algunos
animales —tartamudeó la rica heredera.
—¡Eso ya lo sabemos! —Doña Rosario se
impacientaba.
—¿Qué es eso del prepucio? —preguntó doña
Hortensia con cierta candidez.
—El pene, doña Hortensia —respondió doña
Norberta, roja como la grana, mientras doña
Rosario agitaba con energía el abanico y la furia
brillaba en sus pupilas.
—¿El pene? ¿Qué es eso?
—¡El nombre fino del miembro, Hortensia, que
pareces tonta! —exclamó doña Rosario—. ¡Cómo
se nota que no has conocido varón!
A doña Hortensia, escandalizada, se le
pusieron los ojos como platos.
—¿El perfume lo segregan los machos…
por… por…? —Doña Hortensia miraba
desconcertada.
—No, doña Hortensia —matizó doña Norberta
—, lo que el señor Peña y Aguayo ha dicho es que
algunos mamíferos segregan el almizcle por unas
glándulas que están por esas zonas y se utiliza en
la elaboración de los perfumes.
—¡Eso es una porquería! ¡No me lo puedo
creer! —Doña Hortensia, sofocada, no dejaba de
abanicarse.
—¡Pues es lo que dice ese deslenguado! —
Doña Rosario buscaba sus impertinentes entre los
encajes de su pechera para ver por dónde andaba
el joven abogado.
A doña Hortensia estaba a punto de darle un
sofoco. Trataba de calmarse dando sorbos a su
limonada.
—Lo ha dicho para mortificarnos. No me
explico cómo la marquesa lo ha invitado.
—¿Por qué dices eso, Hortensia?
—Porque tiene unas juntas muy poco
recomendables.
—¿Qué quieres decir? —Doña Rosario se
olvidó de sus impertinentes.
Doña Hortensia se aseguró de que sus palabras
no salieran del corrillo.
—Que es masón y liberal.
—Pues no se diría después de ver la
condescendencia con que lo trata don Ramón.
—Lo sé de muy buena tinta. Y de las juntas ni
te cuento.
—¿A quién te refieres?
—A la viudita.
—¿Qué viudita es ésa? —preguntó una joven
que poco antes había mirado con arrobo al
abogado.
—¿Quién va a ser, Dolorcitas? Mariana de
Pineda. ¡Cómo no te andes lista…!
Doña Dolores Morales de los Ríos y Escaño
era huérfana y, como doña Norberta Pimentel,
heredera de una cuantiosa herencia, pero en nada
comparable. Entre sus amistades era sabido que
bebía los vientos por el joven abogado y no era la
única.
En aquel momento se produjo un pequeño
revuelo. Pedrosa se despedía de los anfitriones y
se marchaba a toda prisa, acompañado por dos de
sus hombres. Don José de la Peña se acercó al
grupo de señoras.
—¿Nos informará también de lo que ocurre?
—Doña Rosario lo recibió con retintín.
—Se ve que han encontrado el cadáver de una
mujer y, por lo que he escuchado, en circunstancias
muy extrañas.
—¿Qué quiere usted decir con circunstancias
muy extrañas?
—Estaba vestida con un sambenito como si
fuera una penitenciada de la Inquisición.
Sus palabras levantaron un murmullo de
comentarios.
—¡Válgame el cielo! —exclamó doña Rosario
—. ¿Qué dice don Ramón?
—Al parecer, no es el primer cadáver que
aparece en tan extrañas circunstancias. Días atrás
encontraron otro, en este caso de un hombre.
—¿Nada se ha sabido de esa muerte?
—No querían problemas en vísperas del
Corpus y como su muerte resultaba misteriosa…
—¿Qué quiere decir usted con que resultaba
misteriosa?
El joven abogado carraspeó.
—Se trata de algo desagradable. Contarlo es
casi una falta de consideración a tan egregias
damas.
—No me venga con monsergas y se muestre
ahora tan remiso. Mejor es llamar al pan, pan y al
vino, vino. ¡Como ha hecho antes, al referirse al
almizcle!
El abogado hizo un gesto de resignación.
—El cadáver estaba desnudo y su espalda
marcada con unas aspas flamígeras, como las que
adornan los sambenitos. Se las habían hecho con
una navaja.
—¡Qué horror!
EN las proximidades de Puerta Real reinaba una
gran animación y en el Campillo una numerosa
concurrencia aguardaba a que se abrieran las
puertas del Teatro Principal para asistir a una
representación de exaltación al sacramento de la
Eucaristía. Los más apegados a la tradición lo
criticaban por realizarse después de anochecido,
dando lugar a que hombres y mujeres se dieran
cita cuando las sombras de la noche ya dominaban
la ciudad. Era otra de las novedades traídas del
otro lado de los Pirineos, lo mismo que se había
impuesto que hombres y mujeres no asistieran a
las representaciones desde lugares separados. La
cazuela de los antiguos corrales de comedias era
un recuerdo. Ahora, en los palcos y el patio de
butacas dominaba la promiscuidad. La culpa,
decían los enemigos de tanto cambio e
innovación, la tenían liberales como Isidoro
Máiquez, un peligroso sujeto que había sido el
introductor en Granada de tan perniciosas modas.
Fernando VII lo había desterrado de la corte y
tuvo la ocurrencia de instalarse en Granada. A
pesar de las diatribas que sus novedades
desataron, la gente se habituó pronto a la nueva
moda.
Mariana de Pineda se había recompuesto. La
tisana había obrado un efecto beneficioso y pasó la
tarde escuchando a su hijo José María contarle,
con todo detalle, el combate sostenido por la
Tarasca y el caballero, hasta que éste doblegó al
dragón. Después de acostarlo, contarle un cuento y
arroparle amorosamente, se había vestido para
salir a la calle. A pesar de haber mejorado, la
palidez de su rostro y su mirada triste señalaban
que no se había recuperado del todo. Pero las
razones que la impulsaban a hacer aquella visita
eran muy poderosas. Acompañada de Burel, había
subido, dando un paseo, por la calle Recogidas y,
tras cruzar el puente de la Paja, bajó por la
Carrera del Genil. No resultaba fácil avanzar entre
la barahúnda de paseantes y mirones que se
concentraban ante los tenderetes de buhoneros y
vendedores ambulantes que ofrecían su quincalla y
mercancías. Había puestos de confites, turrones y
garrapiñadas; de cintas, adornos y toda clase de
abalorios. Un charlatán voceaba elixires
prodigiosos contra el dolor de muelas y las
hernias, y un vendedor pregonaba hierbas y
bebidas espirituosas con poderes para curar toda
clase de enfermedades. La gente aprovechaba que
se había retrasado el toque de queda hasta la
medianoche para disfrutar del alumbrado
extraordinario y de un paseo nocturno.
Mariana acudía a casa del tío de su difunto
esposo, un viejo cura de nombre don Pedro García
de la Serrana. Era el final de una triste historia que
comenzó meses atrás. Al pasar por delante del
teatro la gente se arremolinó, al abrirse las
puertas. Dejó atrás el Campillo y rodeó el cuartel
de Bibataubín para enfilar la calle de San Pedro
Mártir y llegar a una casita de aspecto humilde,
pero sobre cuya balconada podía verse un
pequeño escudo de armas labrado en piedra. Burel
golpeó en la puerta con el llamador y el ama de
llaves del anciano sacerdote preguntó antes de
abrir: —¿Quién llama?
—Doña Mariana de Pineda —respondió
Burel.
El ama de llaves descorrió el cerrojo y
franqueó la entrada.
—¡Doña Mariana, qué alegría! ¡Su tío
empezaba a temer que no pudiera venir!
—Sólo algo muy grave habría impedido que
acudiera. ¿Quién más ha venido?
—Está con media docena de amigos. Todos
muy compungidos, menos el abogado ese… don…
don José…
—Don José de la Peña y Aguayo —la ayudó
Mariana.
—Ése.
El ama de llaves la ayudó a quitarse la capa y
Burel le preguntó: —¿Cuándo vengo a recogerla,
señora?
—A las diez y media.
El ama de llaves la acompañó a un saloncito
donde su tío departía con los amigos que habían
acudido a despedirlo. Sentados a su alrededor
estaban don Pedro Ambel, don Cecilio Moreno,
don Martín Almela, don José María de la
Escalera, don Diego Calvo de León y don José de
la Peña y Aguayo. Comentaba los pormenores de
su puesta en libertad.
—Siento interrumpir.
Sus palabras hicieron que todos los presentes,
excepto el dueño de la casa, se pusieran en pie y le
ofrecieran sus asientos. Ella se dirigió hacia su tío
y lo besó en la frente, luego ofreció su mano a los
demás. Se estremeció al saludar a Peña y Aguayo.
Le acercaron un sillón y todos se acomodaron de
nuevo.
—¿Cómo se encuentra?
Su tío suspiró.
—Desbordado, Marianita, desbordado

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