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Libro PDF Martina en Tierra Firme – Elisabet Benavent

Martina en Tierra Firme - Elisabet Benavent

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No sabía explicar qué era lo que me
pasaba. Paradojas de la vida. Yo, tan
cuadriculada, tan robotizada…, como si
hubiera sufrido un jodido cortocircuito
en el centro mismo de mi placa base. No
sabía de dónde salía todo aquel
desánimo y, por eso mismo, era
incontrolable. Me repetía sin cesar que
solo había sido una discusión, bueno…,
una ida de olla incontrolable de una
Martina irrefrenable y visceral salida de
la nada. Mi primer encuentro con ella se
había saldado con una… ¿ruptura? No
me caía especialmente bien esa versión
de mí misma gritona, llorica e
irresponsable que abandonaba su puesto
de trabajo porque «su novio» le había
mentido. Siguiente paso: amordazar a
esa Martina y solucionar el asunto.
Chimpúm. ¿Y ya está? Uhmm…, no. No
era tan sencillo. Y como dicen que uno
debe preocuparse solamente de aquellos
problemas que tienen solución y yo a
aquello no se la encontraba, me
convencía de que en realidad Pablo solo
era un chico al que olvidaría. Había
sido crónica de una muerte anunciada,
una desilusión previsible que un día se
iría. Pero… había algo más allí. Supongo
que había cruzado una frontera de mí
misma que no tenía vuelta atrás. Cuando
descubres a qué sabe algo que habías
mantenido lejos por miedo a que te
gustase demasiado…, es imposible
olvidar su sabor.
Además, algo crecía en el aire,
haciéndolo más denso. Algo que me
hacía no ser yo. Una Martina
desconocida no nace de la nada para
gritar, llorar, sollozar y golpear a Pablo
porque no le ha contado que un día se
casó con una chica preciosa con la que
nunca terminó de romper. Algo había
empujado a esa Martina a nacer. ¿Los
nuevos sentimientos que despertaba
Pablo? No. No habría dado un salto tan
grande. ¿Estrés? No, estaba habituada a
dominarlo. Era otra cosa. Algo que
hacía totalmente inconcebible la idea de
ir a El Mar, trabajar con normalidad y
después pedirle a Pablo todas las
explicaciones que necesitaba para ir
rellenando los vacíos que aquel
descubrimiento había dejado en nuestra
historia. Joder…, cada vez que
recordaba a Malena apoyada en el
coche, hablándome de su relación con
Pablo, me quería morir. Tan guapa. Tan
segura de sí misma mientras hablaba.
Con tanto vivido. Tan diferente a
Martina Cara de Palo.
—Puedes creerme y no, Martina. Y no
te digo que Pablo sea mala persona…
pero lo arrasa todo a su paso y cuando
se va, no queda nada. Y créeme…,
siempre se va. Te lo dice su mujer. No
eres la primera con la que cree
encontrar el amor después de lo nuestro.
Fue como si alguien viniera a
susurrarme al oído algo que yo siempre
sospeché. A día de hoy creo que se
juntaron muchas cosas: mi terror a
darme a otra persona, mi pragmatismo
en guerra con su romanticismo, el shock
de saber que algo no funcionaba como
debería en mi interior…, ese ALGO que
me pesaba dentro y que se tornaba
monstruoso por las noches,
alimentándose de ansiedad hasta llenar
el último recodo de mi ser.
A pesar de no haberlo experimentado
antes, creí que lo que me pasaba era que
la tristeza me vagaba por las venas; por
eso me dormía a las nueve de la noche y
no despertaba hasta los primeros claros
de la mañana. Creí que estaba cansada
de sentir, porque era algo casi nuevo
que me tenía agotada. Siempre tenía
sueño pero con mi recién estrenada
debilidad emocional siempre soñaba
con él, prefería dormir para poder creer
durante un rato que había un mundo en el
que no existía la decepción y en el que
Martina no era tan cuadriculada ni Pablo
se dejaba llevar por la pasión del
momento para tomar sus decisiones. Un
mundo en el que yo no me había puesto
como una auténtica loca por algo que,
quizá, hubiéramos podido aclarar con un
diálogo civilizado. Decepción y
vergüenza…, buena mezcla.
Me dolía todo, hasta el alma y la
cabeza, de tanto repetirme que era una
tontería encontrarme tan mal por un
hombre al que casi ni conocía. Y cada
mañana al despertar el cuerpo me decía,
sencillamente, que no podía ni
levantarse, que se resistía a ser adulto,
responsable y consecuente. Yo solo
quería acurrucarme y dormir. Ahora sé
que lo que me pasaba era normal pero
entonces pensaba que o había
enloquecido o me estaba muriendo. Por
el amor de Dios…, con lo práctica que
fui siempre. La adolescencia se me vino
encima a los treinta años.
Una mañana me levanté, desayuné, me
mareé y vomité el café, la fruta y un
montón de corazones a medio digerir. El
amor se me indigestaba, por lo visto.
Maldito Pablo. Estaba en todas partes,
incluso dentro de mí misma. Y para mi
más profunda decepción, aún no han
comercializado nada similar a la sal de
frutas emocional.
Le dije a Amaia que estaba
volviéndome loca. Se lo dije sentada en
la cama, tratando de explicarle por qué
no podía ir a trabajar, por qué no me
levantaba, por qué ni siquiera quería
hablar.
—Estoy tan loca que me estoy
poniendo enferma —musité.
—Martina… —susurró ella
acariciándome el pelo—, a todas nos
han hecho daño. No dejes que se te
venga encima. Pablo no es mal chico.
Deja que te lo explique. Sé que no hay
ninguna buena razón para mentir, pero
quizá las que te dé él sirvan de algo.
—Nos precipitamos —le dije.
—Probablemente sí, pero ¿quién dice
que no podáis volver a empezar con más
calma?
—Las cosas que se rompen tan rápido
nunca pueden arreglarse.
—Venga, Marti…, esto no es propio
de ti. ¿No será que tienes síndrome
premenstrual y se suma a la bajona?
Me quedé mirándola.
—¿Cuándo te toca la regla? —le
pregunté.
—Me bajó anoche.
En un piso con tres mujeres suele
pasar que los ciclos se acompasan, lo
cual termina sumándose al caos. Todas a
la vez con el síndrome premenstrual,
llorando porque se han terminado las
galletas.
—Sí. Debe ser eso —añadí.
Cuando se fue me convencí de que
estaría a punto de bajarme la regla.
Tanto dolor y sensibilidad debían
responder a algo tan primario como un
proceso hormonal. Y me encontraba
mal, que conste. Me dolían los pechos,
no me aguantaba ni yo y sentía como si
mi cuerpo estuviera incubando una
gripe.
Pasaron los días y yo seguí sin tener
noticia alguna de mi menstruación.
Retraso, unas leves náuseas que iban y
volvían pero amenazaban con quedarse,
cansancio… y la seguridad de que no
hice las cosas como debí haberlas hecho
para poder estar tranquila. Sin Pablo.
Sin mí. Con algo que no reconocía. Esa
era yo ahora.
2
LA AUSENCIA
Sentado en mi sofá. Jodido sofá, que seguía
hundiéndose demasiado bajo mi peso, pero que ya no
albergaba el de Martina. No había nada de ella allí más
que su ausencia que, en lugar de ser un vacío, lo
llenaba todo. Miré a Elvis que sentado sobre la mesa
de centro me vigilaba. Le estaba prohibido subirse a
los muebles pero, desde que Martina me mandó al
infierno, se estaba haciendo fuerte en casa,
aprovechándose de mi desidia. No entendía nada.
Nada. La vida era, de pronto, mucho más extraña que
de costumbre.
En el salón sonaba «N=1», de Miss Caffeina, a un
volumen tan alto que casi era insoportable. Había
perdido la cuenta de las veces que había escuchado
aquella misma canción, pero no podía dejar de hacerlo
porque me recordaba a nosotros, al punto en el que
ahora nos encontrábamos. «Trama y solución de
nuestra batalla de cabeza y corazón. Sigo peleando. Es
lo que nos va a pasar. Vamos a perdernos. Vamos a
desaprender todos los secretos. Vamos a esperar a
que el tiempo haga su trabajo y olvidar». Intentaba
concienciarme de que ella ya no estaba. Y, por más
que me pesara, aquello era lo que nos pasaría. Ella se
alejaría. Nos olvidaríamos. Y la vida volvería a ser una
concatenación de intensidades y sensaciones sin un
hilo conductor.
Como si se quejara por tener que escuchar una y
otra vez la misma melodía, Elvis lanzó un maullido
lastimero desde su posición, frente a mí. Dicen que los
animales son intuitivos y empáticos con el ánimo de sus
dueños. Era cuestión de tiempo que el pobre gato
aprendiera a escribir poesía deprimente.
—No me mires así —le dije cuando la canción se
terminó para volver a empezar tras unos segundos—.
Tengo que escucharla. Si no te gusta, puedes irte a
dormir al cesto de la ropa sucia. Aún estoy a tiempo de
castrarte. Y verás qué risa.
Como si él tuviese la culpa de que yo fuera un
gilipollas que nunca encontró el momento adecuado
para confesar lo que más le pesaba. Había que ser
idiota. No hay momento perfecto. Hay que tener dos
cojones para ser consecuente, pero venía siendo
costumbre que yo me diera cuenta de esas cosas a
toro pasado.
Me decía constantemente que se iba a arreglar, que
solo le había sentado mal enterarse por otra persona,
pero que se le terminaría pasando. «Ha sido un
malentendido. Ella entenderá que tuve miedo, que una
ruptura no es siempre como a uno le gustaría». Me
engañaba. Eso lo sabía hasta yo que, por si no ha
quedado claro, era un gilipollas. Si algo había sacado
en claro del momento en el que Martina explotó, fue
que lo que más le había molestado era la incoherencia
de mis palabras. Se sentía traicionada, no porque yo
decidiera esconderle que a los veinticinco años me
casé inconscientemente (que también), sino porque le
dije que ella era la primera persona que me hacía
pensar en un «para siempre». Porque tratando de
romper definitivamente terminé durmiendo acurrucado
junto a mi ex, mientras le daba plantón a ella y a su
maldita fiesta. Porque dejé que la jodida Malena me
convenciera para darle un «beso de despedida».
Cuando me acordaba, me daba cabezazos contra todo
lo que podía.
Martina podía estar molesta por dos razones (en
realidad podía estar cabreada hasta porque no le
gustasen mis anillos, joder, me lo merecía). Una es que
no me creyera, que el hecho de haber estado casado
convirtiera en mentira todas mis promesas; la otra es
que me considerara un auténtico descerebrado por
haberme casado con una persona que no despertaba
en mí la seguridad de quererla siempre. Es muy puto
darse cuenta de que la opción que peor te deja es la
correcta. Yo no mentí, pero sí fui un descerebrado.
¿Quién le aseguraba a ella que ya no lo era?
Malena y yo nos casamos a los veinticinco años en
una ceremonia civil durante una escapada a México.
Lo llevábamos todo pensado, pero no dijimos nada
hasta la vuelta, cuando pasamos por casa de mis
padres a que la conocieran.
—Esta es Malena, mi mujer.
Y mi madre amenazó con morirse allí mismo si no le
decía que estaba de coña. Yo me eché a reír y ella,
con un tic nervioso en un ojo, se disculpó con Malena y
me pidió que fuera un momento a la cocina. Cuando
llegamos, me dio una colleja y después otra. Y otra.
Cuando conseguí alejarme lo suficiente, me llamó de
todo.—
Eres un gilipollas —terminó diciendo.
—Ya lo celebraremos con vosotros, mamá. No es
para tanto.
—¡Me la suda que os hayáis casado solos! Cada
uno hace esto como le place y si le place. Lo que me
molesta es que te conozco porque te he parido y sé
que eres lo suficientemente imbécil como para hacerlo
sin pensar en el futuro.
Y acertó. No dediqué ni un pensamiento maduro y
profundo al futuro. Solo nos imaginaba en una casa
llena de críos descalzos corriendo por todas partes,
siendo felices. Y mirad si yo era gilipollas que me
enteré de que Malena no quería tener hijos cuando
llevábamos un año casados. Después se desdijo.
Cuando todo empezó a desmoronarse, me suplicó que
lo habláramos porque quizá un hijo solucionaría lo
nuestro. Para aquel entonces yo ya había madurado lo
suficiente como para saber ver que un bebé no
arreglaría nada.
—No quiero traer niños desgraciados al mundo —le
respondí cogiendo una manta del altillo para llevármela
al sofá—. No quiero tener hijos con una persona a la
que no entiendo y que a ratos ni conozco.
Cuatro años y medio llevábamos casados entonces.
Cinco y medio juntos. Y yo no la conocía. Gracias a
Dios a ninguno de los dos se le olvidó aquella
conversación jamás. Ella nunca quiso atarnos por
obligación mediante un crío. Y el tema se esfumó. Ella
siguió tomándose la píldora puntualmente. Yo seguí
usando condón de vez en cuando, cuando ella me
avisaba de que estaba tomando antibiótico o cualquier
otra cosa que pudiera menguar el efecto de sus
pastillas. Fuimos muy responsables. Siempre. En todas
las veces que lo hicimos, que eran puras
reconciliaciones. Malena y yo nunca hicimos el amor
porque sí. Era nuestra manera de arreglar las cosas.
Follar como animales.
Me sonó un mensaje en el móvil, despertándome de
tanto recuerdo agrio. Tenía el teléfono en la mano,
pero ni me acordaba. El mensaje era de Fer y en él me
aseguraba que Martina iría a trabajar aquella tarde. Yo
no podía seguir cubriéndola en El Mar, justificando su
ausencia frente al resto de la plantilla, diciendo que no
se encontraba bien, recolocando más ayudantes en su
partida y prometiéndole a Alfonso y Marcos que todo
estaba bajo control. No había nadie que se lo creyera y
Alfonso estaba molesto.
—Si tu vida personal empieza a afectar tan
directamente a la cocina de este restaurante,
dejaremos de tenerte respeto, Pablo. Tú decides.
Alfonso habló porque teníamos una relación
personal y yo le importaba. Marcos, por ejemplo,
opinaba lo mismo pero no tenía la misma confianza
para plantar cara a una situación tan fuera de lo
común. En cualquier otro caso, hubiera despedido sin
miramientos a un cocinero que no se hubiera
presentado en El Mar sin previo aviso y eso me
torturaba. Intenté hacerme con Martina por todos los
medios que me fue posible. Incluso conseguí el
teléfono de Amaia, que aunque fue amable, me dijo
que no podía ayudarme.
—No voy a convencerla de nada y si dice que no
quiere hablar contigo, no lo hará. Al menos hasta que
cambie de idea por sí misma. Pero te lo aseguro: no se
encuentra bien. De verdad. Está hecha una mierda.
Y a pesar de conocerla solo desde hacía un mes y
medio, supe que tenía razón. Pero seguí mandando
mensajes a Martina, llamándola y dejando recados en
su contestador, pidiéndole que me llamara porque
teníamos que hablar del restaurante.
—Hablaremos de lo nuestro cuando estés
preparada, pero necesito que entres en razón y
entiendas que no venir a trabajar no es ninguna
solución. Y si miras dentro de ti misma, te darás
cuenta de que no va contigo. Esta no eres tú.
Ese fue el último mensaje que dejé antes de llamar a
Fernando y explicarle la situación.
—Te lo dije —me respondió con resquemor—. Te
pedí que lo hicieras bien, que se lo contaras. Tenía que
haberlo hecho yo.
—No. Tenía que haberlo hecho yo, pero quise
hacerlo bien y, mira por dónde, se me adelantaron —
contesté molesto—. Pero no te llamo para eso.
Necesito que la hagas entrar en razón y que vuelva a
trabajar.
—¿No ha ido?
—No. Lleva días sin hacerlo. Y ya no sé qué hacer
porque si no vuelve tendré que despedirla.
—Eso no es digno de ella —contestó con un hilo de
voz.Y no, no lo era. Me sobrevolaba la idea de que algo
más debía pasarle. ¿Y si había algo que no me había
contado? Porque seguía sin encontrarle sentido al
descontrol con el que hizo frente a la noticia de mi
matrimonio.
Pero allí estaba. Nos veríamos aquella misma tarde
y lo único que me planteaba era si podría estar en la
misma habitación que ella sin besarla y suplicarle que
me dejara explicarme. Si no reptaría por el suelo en
lugar de ponerme firme, como sabía que debía hacer, y
marcar una diferencia entre nuestros «yo» personales
y la vida profesional. Sabía que debía amonestarla,
restar de su sueldo el equivalente de todos los días que
no acudió a la cocina porque me preocupaba que
tratando de ser un buen chico, se me olvidara ser un
buen jefe. No con ella, que conste, sino con los demás.
Aquellas diferencias minarían mi cocina si no las
paraba. Me levanté del sofá, cogí las llaves del coche y
acaricié a Elvis.
—Baja de ahí —le ordené.
Pero el gato me miró de soslayo y se acomodó
encima de la mesa. Así era mi vida. No me hacía caso
ni yo, ¿cómo iba a conseguir que me lo hicieran los
demás?
Aquel día, entre una cosa y otra, se me olvidó hasta
comer. Pasé el resto de la mañana sentado en el
despacho de un abogado especializado en divorcios
amigo de mi familia, que examinó al milímetro todos los
papeles que me había hecho mandarle y que apuntó
unas cincuenta veces que había sido un acierto
casarnos con separación de bienes.
—La casa es tuya. El coche es tuyo. El negocio es
tuyo. —Yo la casa ya no la quiero —le respondí.
—Perdóname, Pablo, pero como te conozco de toda
la vida voy a permitirme el lujo de hablarte con
franqueza: no te dejes llevar por melancolías. Lo
vuestro no funcionó, pero esas cosas pasan porque las
dos partes no encajan. ¿Vas a regalarle una casa de la
que sigues pagando la hipoteca? Si no la quieres,
véndela o dale la opción de comprarla. Lleva más de
un año viviendo allí gratis mientras tú te haces cargo
de los gastos.
—Los gastos los paga ella. Yo solo me hago cargo
de la hipoteca.
—¿Te parece poco?
No. No me parecía poco

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