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Libro PDF Más que un guardaespaldas – Nikki Logan

Más que un guardaespaldas – Nikki Logan

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en su ayuda. Nadie apareció. Después de un momento, el más alto de los
hombres volvió sobre sus pasos hasta ella y le señaló hacia la sala de entrevistas.
Quizá fue el «por favor» que Brad leyó en sus labios lo que la hizo ponerse en marcha. Fuera como fuese, el agente consiguió su objetivo y Seraphina Blaise comenzó
a seguirlo mientras que otro la escoltaba. Justo antes de salir de la zona de llegadas, el hombre lo miró y le hizo un gesto con la cabeza a modo de permiso.
Brad se puso en acción de inmediato.
Dos ya le parecían demasiado y en aquel momento eran tres. El tercero era tan moreno e inexpresivo como los otros agentes, pero no llevaba la tradicional túnica ni
turbante. Por su traje oscuro, parecía más bien un chófer o un agente de la CIA.
Los tres hombres se quedaron al otro lado de una cristalera insonorizada, hablando entre ellos. Los oficiales escuchaban atentamente mientras que el chófer hablaba y
gesticulaba más que ellos.
–¿Hay algún problema? –preguntó, convencida de que podían escucharla.
Solo el chófer se molestó en mirarla un instante, antes de volver su atención a la conversación que mantenía con los empleados del aeropuerto.
Aquel no era su primer encontronazo con las autoridades, pero sí era el primero en un país conservador en el que las cosas se hacían de una manera diferente a Gran
Bretaña. Aun así, decidió no mostrarse asustada, una regla que aplicaba en todos los aspectos de su vida.
–¿Podríamos empezar, por favor? –preguntó con cortesía–. Vienen a buscarme.
Esbozó una amplia sonrisa, en un intento de calmar los agitados latidos de su corazón. Pero la discusión continuó hasta que el agente más alto estrechó la mano del
chófer y se acercó a la mesa en la que estaban sus documentos esparcidos. Abrió su pasaporte y estampó la visa en él, antes de entregárselo al hombre trajeado.
Se sobresaltó cuando el cristal se quedó a oscuras y volvió a hacerlo unos segundos después, cuando la puerta de la habitación se abrió y el chófer apareció, con su
bolsa de equipaje en una mano y su documentación en la otra.
–Bienvenida a Umm Khoreem –dijo sin más explicación.
Aunque compartiera bronceado y pelo oscuro con los otros oficiales, su acento no era árabe. Se quedó mirándolo, incapaz de moverse del sitio.
–Puede irse –añadió.
–¿Eso es todo? ¿Por qué me han retenido?
Tenía una vaga idea ya que sabía que aquellas horas en un laboratorio de Londres la perseguirían de por vida, pero quería oírselo decir. Además, quería descubrir de
dónde era su acento. Pero al parecer no era hablador. El hombre se puso las gafas de sol, se dio la vuelta y se marchó con su maleta y su pasaporte. Ella se apresuró a
seguirlo.
–Por favor, ¿podría devolverme…?
–Siga andando, señorita Blaise –dijo señalando hacia la salida–. Hasta que no pase esa puerta, no estará legalmente en el país.
Aquellas palabras le dieron la respuesta: australiano. Por la manera en que se comportaba, no podía ser personal del aeropuerto. Pero, entonces, ¿quién era? ¿Por qué
debía seguir a un completo desconocido por un pasillo largo y oscuro?
–Disculpe, ¿qué es lo que acaba de pasar? –preguntó ella acelerando el paso mientras él avanzaba con sus cosas–. ¿Por qué me han dejado ir como si nada?
–No tenían otra opción cuando el jeque que gobierna el país es el que responde por usted.
Ella se paró en seco.
–¿Usted es un jeque?
–¿Parezco un jeque?
¿Cómo iba a saberlo? Quizá todos tuvieran los mismos rasgos y aquella barba.
–Entonces, ¿cómo…?
–El jeque Bakhsh Shakoor es mi jefe. Responde por usted.
Todo empezaba a tener sentido.
–¿Y por qué iba a importarle a ese jeque lo que me pase?
–Va a alojarse en su complejo hotelero más lujoso. No le agradaría saber que una de sus huéspedes ha sido detenida por un malentendido.
Un delito penal no era precisamente algo banal y por eso lo había declarado en el formulario de inmigración. Pero iba a gastarse una fortuna en el mes que iba a pasar
en el complejo hotelero del jeque en el desierto y ser expulsada del país por un tema burocrático tendría una consecuencia nefasta para el hotel. Teniendo en cuenta
además que probablemente sería propietario del aeropuerto…
–¿No sabe lo que usted acaba de hacer, verdad?
–El jeque no tiene tiempo para nimiedades.
«Vaya manera de hacer sentir especial a una mujer».
–Así que ha decidido ser… creativo.
Apretó los labios al levantar la maleta y la empujó por delante de ellos hacia el lado del aeropuerto que oficialmente daba a Umm Khoreem, a la libertad.
–Les he dado algunas garantías –continuó él–. Nada que pueda estropear sus planes de tostarse al sol.
Sí, seguramente pensaba que había ido a Umm Khoreem por su sol invernal y no para huir de su vida y de la época del año que más detestaba.
–¿Qué clase de garantías?
El ritmo que imponía al recorrer la terminal del aeropuerto era difícil de seguir, aunque era maravilloso mover las piernas después de nueve horas en un avión
abarrotado. Se apresuró a seguirlo mientras esquivaba a grupos de pasajeros.
–Mientras permanezca dentro del hotel Al-Saqr, será una invitada del jeque y estará bajo su protección. Bajo esa condición, han obviado su reciente percance y le han
permitido la entrada a Umm Khoreem.
–Lo dice como si hubiera robado un banco.
–Se sorprendería si supiera lo mucho que sé de usted, señorita Blaise.
Se quedó mirándolo, tratando de averiguar si hablaba en serio. No había mucho que saber. No tenía antecedentes penales, salvo por una reciente condena por entrar
ilegalmente en un laboratorio para defender a aquellos que no podían defenderse solos.
No había imaginado que su mes de exilio comenzaría con una discusión. Claro que tampoco siendo detenida. Una vez más, recordó lo diferente que era aquella cultura
de la suya.
–Los límites del resort son amplios –continuó él–. Mientras permanezca dentro, estará bien.
Le fastidiaba que se ocuparan de ella.
–¿Y qué va a impedir que tome mi bolsa y desaparezca?
Desde donde estaban, se veían los edificios más altos de la capital.
Bruscamente el hombre se detuvo y a punto estuvo de arrollarlo. Unos impenetrables cristales oscuros se volvieron hacia ella.
–Yo –contestó–. También les he dado mi palabra.
–Así que ahora estoy retenida no solo por el jeque, sino por su chófer también.
–No soy un chófer, señorita Blaise. Formo parte de la escolta real.
¿Debía mostrarse impresionada por la palabra «real»? Ella misma era una celebridad entre la realeza y nunca había obtenido tratos de favor por ello, más bien todo lo
contrario.
–Por lo que voy a ser su escolta durante el próximo mes –añadió.
Enseguida se arrepintió de todo lo que había pasado en los últimos quince minutos. No era culpa de aquel hombre que se hubiese dejado engañar por gente en quien
creía que podía confiar, ni de que todo hubiera ocurrido justo antes de Navidad, la época del año que más detestaba. La idea de pasar las siguientes cuatro semanas
discutiendo con alguien no le agradaba. Había ido allí para esconderse y no para provocar a los lugareños. Pero parecía más hábil creando conflictos que tendiendo
puentes.
–Vaya, usted es el que sale peor parado –bromeó–. Va a tener que hacer de niñera durante un mes.
–No salgo mal parado. Ya lo verá cuando conozca dónde voy a pasar las próximas cuatro semanas.
Tardó unos segundos en ponerse en marcha, mientras él se dirigía a la salida. Luego, lo siguió moviéndose con toda la gracia que pudo reunir, a pesar de la bofetada de
calor del aire desértico que sintió en la cara al abrirse las puertas.
Al otro lado de la ventanilla del lujoso todoterreno de Al-Saqr, la capital, Kafr Falaj, se mostraba en todo su esplendor. Era una ciudad espectacular fundada hacía
apenas dos décadas, que había ganado terreno al desierto. Era una muestra de la supremacía del hombre sobre la naturaleza.
Claro que Sera prefería la supremacía de la naturaleza a la del hombre.
Por una página web de viajes había descubierto que su significado era ciudad de canales. Tenía su origen en una gran red de antiguas canalizaciones que rivalizaban con
los acueductos romanos y que todavía llevaban agua desde los acuíferos subterráneos y las faldas de las montañas hacia la floreciente agricultura de aquel pueblo
desértico. Un pueblo que se había convertido rápidamente en una ciudad. Por suerte, eso sería lo más cerca que estaría de Kafr Falaj y de sus numerosos residentes
extranjeros. A donde se dirigían, apenas habría un puñado de extranjeros.
Había pasado un rato contemplando la ciudad y luego el desierto y, entre una cosa y otra, lo había estudiado a él, concentrado en la autopista. El corte de pelo, las
solapas de su chaqueta, la barba cuidada, la cicatriz sobre su ceja izquierda… No habían hablado desde que la hiciera sentarse en el asiento trasero del gran todoterreno.
Se las había arreglado para pasarse al asiento del copiloto antes de que él rodeara el coche hasta su puerta. No le gustaba ir en el asiento de atrás a menos que no le
quedara otra opción.
–Así que vamos a pasar cuatro semanas juntos –dijo Sera, simplemente por romper el silencio–. ¿Cómo debo llamarlo?
–¿Cómo llamaba a su último escolta?
–Russell –contestó ella sonriendo–. ¿Qué probabilidades hay de que…
Las oscuras gafas de sol se volvieron ligeramente.
–Puede llamarme Brad, señorita Blaise.
–Sabe que Blaise es un nombre artístico, ¿verdad? Como Madonna o Bono. Al parecer, era algo común en los ochenta.
–Eso tengo entendido.
–¿Le habría gustado un apellido diferente?
–Lo cierto es que preferiría que no me llamara por mi apellido.
–De acuerdo, Seraphina.
–No, por Dios. Es un nombre tan llamativo como Blaise. Estoy convencida de que el publicista de mi padre lo eligió.
–¿Cómo le gusta que la llamen?
–Sera.
–Muy bien. ¿Qué le parece si ponemos algunas reglas?
–Parece muy preocupado en cómo hacer las cosas.
–Es necesario establecer parámetros. Tengo que cumplir una misión.
Ella abrió el pequeño compartimento frigorífico que había en el asiento trasero y sacó una botella de agua.
–No me gustan los parámetros. ¿No ha leído el informe sobre mí? Seguro que había algún comentario al respecto.
De su padre, de Russell, del escolta que lo había precedido, de su tutor, de cualquiera de sus niñeras… ¿Hasta dónde quería retroceder en el tiempo?
–Lo cierto es que había bastantes.
Y le daba la impresión de que aquel hombre los habría leído todos.
De nuevo, la mirada impenetrable fija en la carretera.
–¿Qué le parece si pongo la primera regla, Brad?
–Adelante.
–¿Qué me dice si cada vez que nos tengamos que hablar nos quitamos las gafas de sol para vernos los ojos? –preguntó ella con una sonrisa.
El silencio se hizo tenso hasta que Brad bajó la cabeza ligeramente, se quitó las gafas y las guardó en el bolsillo del pecho. Luego, se volvió para encontrarse con sus
ojos. Su mirada la recorrió como si estuviera escaneando su ADN y, por un momento, deseó haberse quedado callada.
Sus ojos grises, combinados con su piel oscura, resultaban impactantes.
«Vas a tener que dejarte las gafas puestas».
–Se da cuenta de que forma parte de un arquetipo, ¿verdad?
Volvió su atención al tráfico y ella pudo respirar más tranquila.
–¿Un arquetipo?
–Como todo nuevo cliente, quiere controlarlo todo.
Ella reparó en los ocho carriles de la autovía que se abrían paso hacia el sur en mitad del desierto, a las afueras de la ciudad. De repente, lo injusto de su comentario la
hizo reaccionar.
–Escuche, Brad, llevo toda mi vida al cuidado de profesionales. Ha habido un par de idiotas, pero la mayoría han sido personas agradables, incluso algunas
encantadoras. Pero todos ellos cobraban por estar ahí. Creo que no es mucho pedir que nos miremos a los ojos cuando nos hablemos. Al menos para saber que es una
persona de verdad.
Él fijó su mirada gris en la autopista hasta que finalmente llegó a algún tipo de conclusión y volvió a mirarla.
–Punto uno –dijo antes de volver la atención a la carretera–. Cortesía en todas sus formas.
Antes de que Sera pudiera deducir a qué se refería, cambió de carril.
–Punto dos –continuó–. Respetaré su libertad de movimientos mientras usted respete mi responsabilidad como su escolta.
–¿Es su manera de pedirme que haga todo lo que diga?
–Es mi manera de pedirle que no discuta conmigo porque sí.
Vaya. Al parecer era cierto que había leído el informe sobre ella.
–Me parece justo. Punto número tres: soy su responsabilidad, no su amiga. No se enfade si las cosas no son como le gustaría.
Lo último que quería durante el tiempo que iba a pasar en el desierto descansando era que le recordaran a su padre.
–Eso se me da bien, de hecho se me da muy bien. No estoy en esto para charlar.
–¿Algún comentario final?
–Punto cuatro –dijo él después de unos segundos–. Si necesita ayuda, acuda a mí. No importa lo que pase desde ahora hasta entonces. Me ocuparé de lo que sea.
De nuevo aquella palabra. Se habían ocupado de ella toda la vida.
–¿Está obsesionado con el control, verdad?
–Me pagan por velar por su seguridad –contestó él encogiéndose de hombros.
–De acuerdo: cortesía, cooperación, respeto y un protocolo para emergencias. Creo que lo tenemos todo cubierto. Aunque nos falta una contraseña. ¿Qué le parece
capsicum?
–¿Capsicum? –repitió él arqueando las cejas.
–Ya sabe, por si acaso uno de nosotros necesita poner fin a este acuerdo –dijo–. Es una clase de pimiento rojo –añadió y le pareció advertir una pequeña curva en la
comisura de sus labios a modo de sonrisa.
–¿Qué pasa si lo dice en un restaurante, mientras está ordenando la comanda?
–Los llamaría pimientos.
–¿Y si planta un jardín?
–¿En el desierto de Umm Khoreem?
–¿Y si estuviera escogiendo un color para la pared?
–Juro no dedicarme a la decoración hasta que no pase este mes.
Volvió a mirarla a los ojos. Esta vez había en ellos un brillo cálido.
¿Por qué aquella broma le hacía sentirse triunfadora? ¿Y en qué momento exactamente habían empezado a flirtear?
Capítulo 2
Cuanto más hablaba aquella mujer, Brad se sentía más a gusto con el mes que tenía por delante. No era una princesa desesperada dispuesta a agitar las manos cada
vez que algo no saliera a su manera. Le daba la impresión de que lo que más le preocupaba era protegerse de sí misma.
Aun así, era la hija de una celebridad y él era su guardaespaldas, así que, siguiendo la costumbre, estudió los lujosos coches que mantenían su misma velocidad en la
autopista, alejándose de Kafr Falaj. Todos ellos tenían los cristales opacos, por lo que no se veía a sus ocupantes. En otra situación, eso lo habría puesto nervioso, pero
estaba en Umm Khoreem, donde un mar rico en petróleo lo separaba de todas las zonas de conflicto en las que había estado destinado. Además, estaba cuidando de la
hija de un cantante de rock y no protegiendo a personal de Naciones Unidas. Aquellos días habían quedado atrás.
Hizo crujir los nudillos y volvió a mirar a su cliente, que seguía con la mirada perdida en las dunas que se divisaban en la distancia mientras avanzaban por la
autopista de Al-Dhinn. Recordó el informe que la empresa de seguridad con sede en Londres para la que trabajaba le había enviado. Seraphina Blaise, de veinticuatro
años, hija del líder de mediana edad de un grupo de música, The Ravens, que siempre que sacaba un nuevo álbum alcanzaba los primeros puestos de las listas. Blaise no
parecía tan mayor como para tener una hija de aquella edad.
El informe estaba lleno de adjetivos como «apasionada» e «impulsiva», pero también comprometida y leal. Había referencias al arresto que había sufrido a comienzos
de ese mismo año, así como a su excelencia académica, a sus labores de voluntariado y a su talento como fotógrafa. Él también tenía sus distinciones, todo un cajón
lleno, pero no por eso era mejor persona. Quizá fuera preferible ignorar lo que ponía en el expediente de Sera y sacar sus propias conclusiones.
Tenía una lengua afilada, en consonancia con una mente despierta, y acababa de desafiarlo como nunca nadie antes había hecho.
Físicamente, parecía esculpida por un escultor postmoderno. Aquel puñado de piezas desemparejadas proporcionaban un curioso e intrigante resultado al unirse.
Todo en ella era alargado: su rostro, su mentón, su pelo, sus dedos, sus piernas… Era más impactante que una belleza clásica. Apenas llevaba joyas; la melena suelta
sobre los hombros desnudos era el único accesorio que necesitaba.
Por otra parte, había viajado a un país conservador con los brazos y los hombros al descubierto. En otras circunstancias, lo habría achacado a la ignorancia, pero en
Sera… Era imposible suponer que no se hubiera informado sobre la región que iba a visitar. Era como si estuviera desafiando a Umm Khoreem, provocando un debate
de corte social.
Y tal vez así fuera. En su expediente constaban protestas sobre muchas cosas.
Por segunda vez en cuarenta minutos, Brad puso el intermitente y tomó el desvío de la carretera hacia Al-Saqr. Sera se irguió en su asiento y estiró el cuello para ver
lo que tenían por delante. La mujer que había conocido en el aeropuerto se estaba convirtiendo en una criatura diferente, mucho más relajada. O quizá fuera la influencia
del desierto.
–Todavía quedan quince minutos –murmuró Brad–. ¿Es la primera vez que visita el desierto?
Ella se recostó en el respaldo del asiento como si fuera una adolescente impaciente.
–Sin contar las veces que lo he sobrevolado, sí.
–Ya se dará cuenta de que no es como se lo imagina.
Sera se limitó a mirar el vasto espacio que tenían por delante y en el que no había nada.
Cinco minutos más tarde, Brad se detuvo ante la entrada de Al-Saqr. Cumpliendo las normas, el guarda salió de su garita e hizo una comprobación visual del vehículo,
incluyendo los asientos traseros, antes de confirmar que el nombre de Sera estuviera en la lista de huéspedes. Luego, levantó la barrera para permitirles el paso. Sera
reparó en la alambrada que se extendía en ambas direcciones más allá de donde la vista alcanzaba, y en el arma que colgaba del hombro del guarda. Por primera vez,
temió por su seguridad.
–¿Hay muchos problemas por aquí?
–La alambrada es para preservar la vida salvaje –le aseguró.
Lo cierto era que le facilitaban el trabajo, puesto que las únicas personas a las que se les permitía la entrada a Al-Saqr eran huéspedes registrados, personal y
proveedores. Aunque algo le decía que Sera iba a ser el centro de sus preocupaciones durante las siguientes cuatro semanas.
Aquel elegante cuello se estiró de nuevo al dejar atrás el asfalto y avanzar por un camino de tierra compactada. A su alrededor, el viento dibujaba formas geométricas
en la arena. Al llegar a la cima de una duna, vio por primera vez el resort, en mitad de una vasta extensión de dunas doradas. Parecía un oasis.
–Es precioso –murmuró Sera.
El complejo hotelero se extendía a lo largo de la cresta de una cordillera de arena. Las palmeras de dátiles que evidenciaban la presencia de agua subterránea
comenzaron a aparecer. Ocultos entre las dunas, a izquierda y derecha había pequeños edificios dispersos, que daban servicio al complejo. Por fin llegaron ante una
extensión de palmeras y azufaifos que parecían emerger directamente de la arena. Brad la miró de reojo y vio una expresión de curiosidad en su rostro.
–Oh, vaya.
Le encantaba aquel momento, el instante en el que alguien veía por primera vez Al-Saqr. Aquel resort de lujo sería su hogar durante el mes siguiente. Se detuvo ante el
acceso circular de entrada del edificio principal del resort y escudriñó el alrededor, a pesar de saber que nadie salvo personal autorizado y huéspedes podían estar dentro
del complejo. Le resultaba imposible olvidar las viejas costumbres.
–Espere –le ordenó, tirando de la manilla de la puerta.
Al bajarse, sintió el calor seco y, sin dejar de prestar atención a posibles peligros, rodeó por delante el todoterreno para abrirle la puerta mientras dos empleados
salían del edificio. El más bajo de ellos, vestido al uso tradicional, esbozó una amplia sonrisa y extendió su mano. El otro, de pelo rojizo, iba vestido de color caqui y con
botas.
Saludaron a Brad con una ligera inclinación de cabeza y luego se quedaron a la espera de que le ofreciera el brazo a Sera para ayudarla a bajar del todoterreno.
Ella se acercó entusiasmada tan pronto como puso el pie en el suelo.
–Hola.
Brad cerró la puerta del todoterreno y adoptó la pose habitual de sus colegas, manos a la espalda y postura erguida, mientras se presentaban a Sera. Poco quedaba de
la mujer del aeropuerto. Aquella Sera se había recogido el pelo en una coleta y se veía emoción en su cara. Había que ser muy insensible para no verse afectado por la
belleza única de Al-Saqr. Parecía más una chiquilla que una mujer y volvió a sentir aquel extraño nudo en el estómago.
–Señorita Blaise, bienvenida –dijo el hombre más bajo, dándole una tarjeta–. Me llamo Aqil y soy el coordinador de relaciones con los huéspedes. Cualquier cosa que
necesite, no dude en pedírmela.
–Yo soy Eric. Soy su guía asignado en Al-Saqr. La acompañaré en todas las actividades.
Dos empleados más acudieron con un carro y sacaron el equipaje de Sera del todoterreno, mientras Aqil y Eric la acompañaban al interior. Brad aspiró el aire frío que
escapaba por las puertas, cortesía del mar de paneles solares colocados entre las dunas, fuera de la vista de los huéspedes. A pesar de las muchas veces que había estado
allí, siempre le daba la impresión de entrar en la cueva de Aladino, fría, oscura y un poco mística. El vestíbulo era un buen ejemplo de la arquitectura tradicional árabe y
olía ligeramente a hierbas.
–Tendría que haber traído mi cámara –susurró Sera mirando a su alrededor.
–Es bonito, ¿verdad? –dijo Aqil sonriendo–. Tendrá ocasión de venir a este edificio muchas veces durante las próximas semanas. Por aquí, por favor.
La guiaron hasta la zona de recepción, a un extremo del vestíbulo, lleno de sofás tapizados y mesas antiguas. Eric volvió con una copa de un zumo de frutas para
Sera.
–Póngase cómoda. Enseguida vuelvo –murmuró Brad.
No estaba seguro de si lo había oído. Estaba completamente absorta admirando la puerta en forma de arco y el hierro forjado de las ventanas. Aun así, se apartó un
momento para hablar con Aqil y Eric.
–¿Cuál es el protocolo a seguir? –preguntó Aqil.
–Vigilancia permanente –respondió–. ¿En qué habitación está?
Aqil consultó el mapa que había desplegado sobre su mesa.
–La suite diez. Las contiguas están vacías.
La diez estaba bien, lo suficientemente apartada para mantener la privacidad, pero lo suficientemente cerca del edificio principal por si era necesaria una intervención
rápida. Eso implicaba que él tendría que instalarse en la once, puerta con puerta. Al-Saqr tenía suites con varias habitaciones, pero ¿un hombre y una mujer no casados
bajo un mismo techo en la península arábiga? No, ni aunque ella estuviera en serio peligro. Lo prioritario era su seguridad. No quería tener algo que lamentar. La fama
hacía que la gente hiciera cosas raras y no estaba dispuesto a correr riesgos. Ya lo había hecho en el pasado.
–Que nadie entre en su suite a menos que yo esté presente –ordenó.
–Entendido.
Repasaron algunos otros detalles y volvieron junto a Sera, que se había sentado y disfrutaba del zumo.
–Todo esto es impresionante.
El nudo de su estómago se tensó. No quería reparar en la inocencia que se adivinaba bajo aquella fachada. Quería seguir creyendo que era una cliente altiva y arrogante
porque así le resultaba más fácil detestarla.
–¿Lista para ver su habitación? –preguntó y, al verla reticente a dejar el zumo, añadió–: Es una bebida habitual aquí.
Sera se terminó el zumo de un sorbo y dejó la copa en la bandeja.
–Vamos.
Desde el aire, Al-Saqr debía de tener forma de escorpión, pensó Sera. Desde el edificio principal salían largos senderos arbolados en todas direcciones sobre la gran
duna en la que el resort estaba construido. A lo largo de ellos y separadas a cierta distancia, estaban las suites individuales.
Las habitaciones recordaban por su forma a las jaimas, y sus paredes blancas y ventanas de madera oscura eran iguales a las del vestíbulo. Le gustaba aquel entorno.
Nada le recordaría la prensa, ni su casa, ni la época del año.
–Ya hemos llegado –anunció Aqil.
Detuvo el carrito de golf a la sombra de una suite, con vistas al desierto. Tal y como estaban ubicadas las habitaciones, era fácil sentirse solo en el desierto. No había
ningún otro ser humano a la vista. Sera se tomó su tiempo para bajarse del carrito, consciente de que Brad estaba revisando la habitación antes de que entrara. Sonrió a
Aqil, que se encogió de hombros, y esperó paciente y en silencio junto a ella.
La espera mereció la pena. La estancia era fresca, oscura y olía muy bien, como la recepción del resort. Pero ahí era donde acababa todo parecido. Era una suite
sencilla, pero resultaba más lujosa que cualquier otra en la que había estado. La habitación estaba llena de muebles de estilo tradicional en la que todo encajaba a la
perfección sin resultar abarrotada. Había amplios sofás, una lujosa máquina de hacer café, un escritorio y una enorme cama en el centro. En tres de las seis paredes de la
suite había puertas de cristal con gruesas cortinas de la misma seda que había visto un rato antes.
Aqil abrió una. Al otro lado, el desierto arábigo relucía dorado. Sus dunas se extendían perdiéndose en el horizonte, donde se adivinaba el contorno de las montañas.
Justo delante, había una terraza con una piscina privada, la mitad en sombra y la mitad al sol.
La tensión que llevaba acumulada durante el último año empezó a desvanecerse.
–Este será su hogar durante el próximo mes –anunció Aqil–. Permítame que le enseñe todo.
Apenas tardaron unos minutos. No había nada que pudiera necesitar en lo que Al-Saqr no hubiera pensado.
–El señor Kruger está alojado en la suite de al lado, a su derecha –dijo Aqil al terminar el recorrido, entregándole a Brad una antigua llave de hierro igual que la de ella–.
Su equipaje ya está allí.
En ese momento, el suyo estaba llegando. Aunque solo era una bolsa, se había excedido con el equipaje. Sería feliz pasando el mes en bañador, aunque tendría que
ponerse un vestido de vez en cuando para ir a comer. A menos que comiera allí, pensó mirando la mesa que había junto a la piscina.
–Aqil, gracias. Esto es exactamente lo que necesitaba.
Silencio, tranquilidad, naturaleza… Era el lugar perfecto para descansar una temporada y sin rastro de la Navidad.
–Nos enorgullecemos de cumplir las necesidades de nuestros clientes, señorita Blaise –dijo Aqil. Luego se excusó y le dijo que le avisara si necesitaba algo.
Sera se apoyó en las cálidas puertas de cristal, cerró los ojos y trató de liberar la tensión. Cuando volvió a abrirlos, Brad seguía allí, a la espera de instrucciones.
Kruger, Brad Kruger. Un nombre sonoro para un hombre fuerte.
–Voy a sacar la cámara –dijo y se apartó del cristal–. Luego voy a darme un baño en la piscina y a descansar en la sala de estar, aunque no sé si en ese orden. ¿Por qué
no va a instalarse en su habitación y vuelve más tarde para hablar de cómo nos organizarnos?
Él asintió y se fue, dejándola allí en medio del desierto, con su corazón entristecido.
Brad apartó la mirada de aquel paisaje familiar y se levantó del sofá. Solo había tardado unos minutos en deshacer su maleta y dejar sus artículos de aseo en el cuarto
de baño.
Si la empresa de seguridad británica no le hubiera ordenado estar en permanente contacto con Sera, se iría a dormir a su apartamento de la ciudad y volvería cada
mañana al resort para estar con ella. Pero en permanente contacto implicaba cercanía, así que iba a disfrutar gratis de las instalaciones de aquel hotel de seis estrellas
durante un mes. Sus ojos volvieron a fijarse en la arena del desierto. Desde luego que había formas mucho peores de pasar la Navidad.
Un rato antes había oído el chapoteo de Sera en la piscina, así que suponía que estaría disfrutando de la vista. Había pensado que le vendría bien un poco de
tranquilidad después de su accidentada llegada al país, así que después de deshacer la maleta se había ido a dar una vuelta por el perímetro de sus suites para matar el
tiempo.
Por experiencia, sabía que las personas a las que se vigilaba no acababan de acostumbrarse a la idea de estar en permanente contacto con sus protectores, ni siquiera
aquellos cuyas vidas dependían de un alto nivel de seguridad. Era difícil encontrar el equilibrio para que el cliente se sintiera cómodo y que a la vez no se relajara tanto
como para exponerse a los peligros para cuya prevención había sido contratado. Tampoco había que permitir que el cliente confiara tanto en uno como para no hacer
caso a su instinto. Ni demasiada dependencia ni demasiado afecto, le recordó el nudo de su estómago. Como ya había descubierto en sus propias carnes, ambas cosas
podían resultar muy peligrosas.
El mejor equilibrio era una respetuosa indiferencia. Eso era lo que quería con Sera.
Su suite no había cambiado desde la última vez que había estado destinado en Al-Saqr. Tenía puertas de cristal en tres lados, una enorme puerta doble de madera hacia
el lado público, un cercado para preservar la privacidad y el resto estaba abierto al desierto. La regla de oro allí era no interferir en las habitaciones. El personal no
acudiría a la suite mientras Sera estuviera en ella.
Brad cerró con llave la suite número once y se acercó a la nueve para confirmar que estuviera vacía. Luego fue a la de Sera y llamó a la puerta. Al no obtener
respuesta, contó hasta diez antes de volver a llamar. Nada.
–¿Sera?
«Espero que no se haya ido sola a pasear», pensó.
Solo porque en el todoterreno hubiera aceptado la regla número dos no significaba que fuera a cumplirla cuando conociera los encantos de aquel lugar tan especial.
Rodeó la suite hasta una entrada que daba a la suya y que era usada por el personal de mantenimiento. Se oían sonidos de animales, alguno incluso que parecía un agudo
quejido y que no reconocía.
–¿Sera? Voy a entrar por detrás.
Al llegar a la terraza, entendió por qué Sera no lo había oído. Estaba metida en la parte más profunda de la piscina, con la barbilla sobre los brazos doblados y
apoyados en el borde y la mirada perdida en el desierto. Su melena larga parecía más oscura mojada y en sus orejas se veían unos auriculares. Siguió los cables blancos
hasta el teléfono que estaba sobre las baldosas del borde de la piscina.
Algo en su postura le hizo detenerse. Entonces lo oyó. El extraño quejido que había atribuido a los animales del desierto no provenía de un pájaro exótico. Era Sera
sollozando, tratando de amortiguar el sonido entre sus brazos. Se quedó de piedra contemplando su espalda y sus hombros y contuvo el impulso de acercarse a ella y
comprobar que estuviera bien.
Una imagen se formó en su cabeza y le impidió moverse. Era la de un pequeño llorando, con el rostro desencajado y pegado al cristal trasero de un coche alejándose.
Todavía la tenía clavada en el alma.
Las lágrimas de Sera podían ser por cualquier cosa: por el novio con el que había roto, por alguna mala noticia de casa… Por trabajo no podía ser porque el suyo no
era un trabajo propiamente dicho. El dinero de su padre la había librado de las preocupaciones que la mayoría de la gente tenía.
Se fijó en las sacudidas de sus pálidos hombros. Era evidente que el dinero no le había dado la felicidad.
Fuera lo que fuese, no era asunto suyo, a menos que implicara riesgo físico. Su misión era proteger a Sera durante cuatro semanas. Implicarse en su bienestar
emocional no estaba incluido en sus obligaciones. Ni le pagaban por eso ni se le daba bien.
Retrocedió un paso, luego otro y desapareció igual que había llegado, dejando a Sera a solas con su dolor.
Capítulo 3
–¿Ha probado los plátanos? –preguntó Sera al abrir la puerta–. Están buenísimos. Dios mío, cuánto echaba de menos los plátanos.
Brad se sorprendió al ver la alegría de su rostro. Un cuarto de hora antes, la había visto llorar desconsoladamente. Quizá el desierto, con sus continuos cambios, fuera
el lugar perfecto para ella.
–¿Acaso hay escasez de plátanos en el Reino Unido y yo no me he enterado?
Sera dio media vuelta y volvió al interior de su suite, dejando que la siguiera.
–Dejé de comerlos. Todos los plátanos llegan medio congelados desde África o Sudamérica. Hacía siglos que no tomaba uno tan bueno.
–¿Está bien?
Ella esbozó una sonrisa que parecía sincera. Eso significaba que se había recuperado rápidamente.
–Claro, ¿y usted?
–¿Necesita gotas? –preguntó, reparando en sus ojos enrojecidos.
–El agua de la piscina estaba salada –respondió ella, quitándole importancia.
Seraphina no necesitaba ni quería su ayuda.
Brad advirtió que no había deshecho su equipaje.
–¿Ya está instalada?
Ella sonrió.
–Me parece increíble. ¿Se ha fijado en la luz? Está continuamente cambiando. Van a ser unas fotos increíbles.
–¿Es lo que va a hacer?
–Voy a estar aquí un mes. Me volvería loca sin un objetivo. Además, me dedico a eso, ¿sabe?
Sí, lo sabía todo sobre sus fotografías. Ese había sido el motivo que la había llevado a salir en los periódicos en un comienzo. Había hecho fotos de animales en un
laboratorio de investigaciones secretas y la habían pillado.
–Supongo que aprovecharé la mañana y la última hora de la tarde, cuando hace más fresco y la luz es más intensa –continuó ella–. ¿Tiene que estar conmigo las
veinticuatro horas del día?
La fase de adaptación era siempre la más difícil y con Sera resultaba aún más incómoda de lo habitual.
–Sí –le confirmó– Pero no me tendrá delante todo el tiempo.
–Probablemente me quede aquí las tres o cuatro horas más calurosas del día. Tendrá libre ese tiempo.
–Tal vez.
Todo dependía de lo que hiciera mientras estuviera sola. El Wi-Fi era un peligro. Solo con que entrara en algún blog provocador…
–Mi misión es protegerla, Sera –añadió–. Tengo que estar cerca por si algo ocurriera. No me voy a ir al bar a beber, sabiendo que puede necesitarme.
El modo en que lo estaba mirando le hizo recordar a la Sera del aeropuerto.
–Este sitio parece un fuerte. ¿Qué podría pasarme aquí?
Cualquier duda de si sabía el verdadero motivo por el que estaba allí se evaporó. Había llegado el momento de enseñar sus cartas.
–Mi cometido es asegurarme de que no se meta en problemas durante este mes.
–De hecho, esa es mi intención –dijo Sera–. Está aquí porque mi padre duda de mi capacidad para cumplir la promesa que le hice.
–La empresa de seguridad británica no quiere correr riesgos. Me pagan por protegerla las veinticuatro horas del día. Así estará a salvo de cualquier loco y me ocuparé
de cualquier cuestión social que pueda surgir.
–¿Y si me comprometo a no publicar ningún manifiesto mientras estoy aquí? –bromeó ella.
No podía reírse con ella. Le habían contratado para restringir ese tipo de cosas.
–Cambiaré las contraseñas de sus aparatos a diario, incluso más a menudo si lo considero necesario.
–Por supuesto. ¿Por qué no me los quita directamente?
–Porque no es una niña.
La ironía de su comentario la hizo reír.
–Gracias por haberse fijado.
–Mi trabajo es crear un entorno sin riesgos, Sera. Soy su protector, no su padre. Ya tiene uno.
Parecía enfadada, pero no con él.
–No puede estar trabajando todo el día, Brad.
Tenía la sensación de que eso era lo que la estaba incomodando.
–No sabe que soy…
–No me preocupo por mí –lo interrumpió–. No me parece justo para usted. Siento que se tenga que molestar por algo que no va a pasar. Esta Navidad, tenía la
esperanza de no alterar los planes de nadie.
¿Era su imaginación o había puesto énfasis en la palabra «esta»?
–No es ninguna molestia, es mi trabajo. Además, proteger a alguien no es lo mismo que hacer de chófer. Es simplemente estar atento a lo que pueda ocurrir.
–No va a pasar nada por mi culpa –afirmó con determinación en su mirada–. No importa lo que mi padre piense. Me temo que va a ser un mes muy aburrido para
usted.
–No se preocupe, estaré bien –le aseguró–. Ya me buscaré la manera de entretenerme.
–Solo quiero que sepa que me parece bien que cuente con su espacio personal.
Brad no pudo evitar sonreír.
–Estoy seguro. Pero se me exige que invada el suyo.
Ella suspiró y se acercó a la mesilla para tomar su llave.
–Bueno, será mejor que nos acostumbremos. El resort ofrece un masaje en el spa para todos los que llegan en un vuelo internacional. Tengo cita dentro de media hora.
De vuelta al trabajo.
–Llamaré para que nos recoja el carrito de golf.
–Me gusta caminar. Quiero hacer fotos de camino. Y quizá después de comer también.
No era una petición, por muy amablemente que lo hubiera dicho. Aquella mujer siempre había tenido guardaespaldas, pero, por la tensión que se adivinaba en ella, no
parecía gustarle. Por suerte a él sí. Unas instrucciones claras y directas eran presagio de que el cliente aceptaría la intromisión en su vida.
–Me parece bien.
Lo cierto era que los guardaespaldas solían ser aburridos. Había que estar alerta mientras los pensamientos deambulaban observando al cliente leyendo un libro o
viendo a su hijo jugar un partido. Las consecuencias de perder la concentración podían ser muy malas. Prevenir era mejor que curar y lo sabía por experiencia.
Sera sacó la cámara y un amplio sombrero de paja de su equipaje , y se dirigió a la puerta.
–Vamos.
–¿Le ha hecho algo el suelo? –le preguntó Sera con voz ronca después de una hora en el spa.
Estaba envuelta en un gran albornoz, disfrutando de la sensación después del masaje.
Brad alzó sus ojos grises mientras se levantaba.
–Disculpe, ¿cómo dice?
Ella sonrió lentamente, pero al ver la expresión de Brad al mirarla, quiso asegurarse de que el albornoz estuviera bien cerrado y arreglarse el pelo revuelto, pero se
resistió.
–Está mirando el suelo con el ceño fruncido.
–Sí, parece que no estamos de acuerdo en algunos asuntos básicos.
Aquella risa grave le resultó más relajante que la hora de masaje o el rato que había estado llorando en la piscina. La sonrisa de aquel hombre era algo tan sorprendente
y extraño como la luz del desierto.
–¿Se siente bien? –le preguntó Brad, poniéndose de nuevo en guardia.
–Increíblemente bien –contestó sonriendo.
«Increíble» estaba siendo su palabra favorita. El desierto era increíble, las suites eran increíbles, los masajes eran increíbles. Para alguien que encontraba con facilidad
la belleza en todo lo que veía, le estaba costando manifestarlo con palabras. Seguro que tenía algo que ver con aquellos ojos.
No debería haberle ordenado que se quitara las gafas de sol.
–Esperaré junto a la puerta –dijo Brad, señalando hacia el vestuario.
La Sera que salió del vestuario quince minutos más tarde se parecía más a la mujer que le gustaba mostrar al resto del mundo. Se había tomado su tiempo para vestirse
y atusarse el pelo con estilo, usando todos los productos que había encontrado a su alcance. El cuello y los brazos le brillaban por los aceites con los que le habían dado
el masaje. Se sentía descansada y relajada.
Sera firmó su ficha en la recepción del spa, se dio la vuelta y salió por la puerta. Brad la siguió, cargando con su equipo fotográfico.
–No se olvide de comer. Un plátano no es comida suficiente, por muy bueno que estuviera.
–Después del masaje me he quedado muerta de hambre. Vamos a comer.
Se dirigieron al edificio principal del resort, deteniéndose por el camino para fotografiar a una joven gacela que se encontraron en medio de la arena, moviendo la cola
sin parar. Sera captó el color del pelaje y la profundidad de sus ojos. Entonces, recordó los rugidos de su estómago.
Brad se había cambiado el traje por unos vaqueros oscuros y una camisa clara, pero se había dejado las gafas y se había puesto una gorra de béisbol. ¿Pensaría que así
pasaría inadvertido entre los demás huéspedes? Teniendo en cuenta cómo se comportaba, probablemente el único sitio donde pasaría desapercibido sería entre las
fuerzas de élite de los mercenarios árabes.
Sera se obligó a fijarse en el paisaje mientras paseaban por el camino sinuoso de piedra que se entrecruzaba con una corriente de agua que recorría todo el complejo.
La luz era preciosa incluso en las horas centrales del día. Allí donde mirara, había una imagen digna de capturar: ondas que el viento creaba sobre la arena, pájaros que
nunca había visto, lagartijas…
Pero en aquel momento, lo único que le preocupaba era comer, en parte para distraerse del hombre que iba detrás de ella, muy cerca.
La siguió por la puerta que daba al corazón de Al-Saqr, cuyo suelo de piedra estaba cubierto de lujosas alfombras. El calor y los reflejos enseguida desaparecieron.
Sus ojos tardaron unos segundos en acostumbrarse al cambio y un poco más en divisar todo aquel espacio. El restaurante que había al fondo del edificio tenía un salón
interior y una terraza con mesas protegidas con sombrillas y vistas al desierto.
–Prefiero fuera –dijo Sera cuando le preguntaron qué prefería.
Un minuto más tarde, estaba sentada en el extremo de la terraza que daba al desierto, con su zumo favorito en una mano y una jarra de agua helada en la mesa. Brad
estaba sentado unas mesas más allá, apartado de su vista, pero controlando la situación.
Había otras seis personas disfrutando de una comida tardía, todas ellas parejas. Aquel era la clase de resort para ir de luna de miel o celebrar aniversarios, incluso
Navidades románticas. Aun así, prefería pasar aquellas fiestas allí sola que en casa.
Llegó su comida y justo después la de Brad. Sera no se dio la vuelta, pero sentía su presencia. Eso le hizo olvidarse de la magnífica vista y de la deliciosa comida.
Cuando el camarero se acercó para retirarle el primer plato, Sera se echó hacia atrás en su silla, se levantó y se dirigió hacia él.
–Esto es una tontería. Venga y acompáñeme.
–Estoy trabajando, pero gracias.
–De acuerdo, ya ha dicho lo que su jefe quiere que diga. Ahora, acompáñeme.
–Atengámonos a lo acordado.
Su actitud solo sirvió para irritarla más, en parte porque no se estaba saliendo con la suya.
–¿Qué problema hay por charlar mientras comemos?
–Me pagan para que la siga, no para que la monopolice.
–No me siento monopolizada –replicó mirando a los otros comensales–. Estoy llamando la atención.
–¿No está acostumbrada a comer sola?
¿Hablaba en serio? Solía estar sola, incluso cuando tenía compañía. De pequeña, siempre había comido con una niñera. Las pocas conversaciones que habían
mantenido se habían limitado a con qué mano tomar el tenedor y si podía dejarse parte de las alubias.
–Por si no se ha dado cuenta, este resort está lleno de parejas.
–¿Quiere que parezca que estamos juntos? –preguntó él recorriendo con la mirada el restaurante.
–Mire, yo soy la cliente y le estoy pidiendo que me acompañe… –y mirando a su alrededor para inspirarse, añadió–: por mi seguridad.
No parecía conmovido lo más mínimo.
–De acuerdo, olvídelo –concluyó–. Volveré a mi preciosa vista y seguiré sin nadie con quien comentarlo.
Con esas, se giró y volvió a su sitio. Dio un largo sorbo a su zumo y se hundió aún más en su asiento. No estaba dispuesta a rogarle. En la vida había rogado a nadie
que le hiciera compañía, por muy tentada que hubiera estado.
Sera descubrió que Brad se había acercado por el chirrido de la silla frente a la suya. Se colocó en el hueco que había hecho, dejó su vaso de agua en la mesa y se sentó
frente a ella.
–El motivo por el que no hacemos esto –dijo él sin esperar ninguna respuesta–, es la incomodidad que se crea. ¿Y si más adelante prefiere cenar sola? ¿O si lo prefiero
yo? Así no hay presión ni falsas expectativas por parte de ninguno. Todo resulta más sencillo.
–¿Piensa que voy a querer que cene conmigo? –preguntó mirándolo con recelo.
Él le sostuvo la mirada.
–No sería la primera cliente que entiende mal los términos del servicio de escolta. Las reglas existen por una razón.
–Si no puede arreglárselas con una devorahombres, eso es problema suyo –replicó girándose hacia el desierto.
–No me había dado cuenta de que estuviera incómoda.
–No lo estoy –dijo manteniendo la paciencia–. Quería… No me gusta intimar.
Porque, por su experiencia, podía ser rechazada y no merecía la pena correr el riesgo.
–¿Entonces?
–Aunque algún periódico me localizase aquí, en medio de la nada, sería imposible con esas enormes verjas y esos vigilantes armados que me hicieran fotos y que
acabaran publicadas en un tabloide, junto a una historia inventada. Confiaba en poder relajarme, aprovechando que nadie sabe que estoy aquí.
–Nadie aquí la conoce –dijo él sin pestañear–, pero a mí, sí. Estos son mis colegas.
Tenía razón. Su petición de libertad ponía en un compromiso la profesionalidad de Brad.
–Lo siento, he hablado sin pensar. Quizá podría…
–Si me voy, llamará la atención más que si me quedo –murmuró interrumpiéndola–. Terminemos de comer, ¿le parece?
Sera se sintió obligada a decir algo interesante, aunque al parecer, él no estaba dispuesto a colaborar.
–¿Así que fue militar?
–Pasé diez años en las Fuerzas Especiales.
Apenas era una niña cuando él se había enfrentado al peligro por primera vez. ¿Sería por eso por lo que sentía que le faltaba el aire cuando estaba cerca de él?
–¿Diez años? Parece saber mucho sobre desiertos.
Brad detuvo el tenedor, a medio camino entre el plato y su boca.
–Más que la mayoría.
–¿Estuvo destinado en Oriente Medio?
–Mi unidad daba apoyo a Naciones Unidas. Teníamos la base en la capital, pero salíamos mucho al desierto.
–Suena muy interesante –comentó ella levantando la vista.
–Si por interesante entiende político y volátil, sí.
–¿Cuándo dejó las Naciones Unidas?
Sus ojos se oscurecieron.
–Hace justo dos años.
–¿Por qué se fue?
Brad fijó la mirada en el horizonte.
–Un error –murmuró–, un error que cometí.
Deseó seguir indagando, pero cada pregunta le hacía sentir como la devorahombres a la que antes se había referido.
–¿Y desde entonces trabaja para el jeque?
–En cuanto surgió la oportunidad me uní a su equipo.
–¿Por qué?
–Son los mejores.
–La competencia debió de ser dura.
–Soy muy competitivo.
¿Sería consciente de lo intrigante que resultaba su sonrisa?
–¿Siempre está destinado aquí?
–No. Pero Al-Saqr es la joya de la corona del jeque Bakhsh. En algún momento, todos sus invitados vienen aquí, lo que lo convierte en un trabajo muy agradable.
Ella se reclinó en su asiento y sonrió.
–¿Cuántos de ellos han estado a punto de ser deportados nada más llegar?
Brad trató de contener una sonrisa, pero no pudo. Al igual que la vez que había visto un amago de sonrisa, su rostro se transformó.
–Tiene el honor de ser la primera, mi primera.
La idea de ser la primera en algo de Brad despertó las mariposas de su estómago y tuvo que concentrarse para seguir con la conversación.
–¿Algún cliente ha supuesto un desafío?
–No sería profesional por mi parte contarlo.
–No hace falta que me dé nombres.
Él se quedó mirándola en silencio hasta que Sera cayó en la cuenta.
–¿De verdad soy la única? Llevamos aquí tres horas. ¿Cómo he podido suponerle un desafío en apenas tres horas?
–¿Cree que resuelvo problemas de inmigración todos los días?
–Bueno, no parecía muy preocupado.
«Molesto, sí».
–Mi trabajo es dar la sensación de que controlo la situación.
¿Por qué tenía que recordarle cada cinco minutos que le pagaban por estar con ella?
Una joven bien vestida apareció en la mesa con dos platos llenos de pequeños postres. Los dejó con una amable sonrisa y les preguntó si necesitaban algo antes de
marcharse. Brad la siguió con la mirada. Sin ninguna razón en especial, se sintió molesta.
–¿Le parece bien si esta tarde hacemos fotos? En cuanto refresque.
–Como quiera.
Brad inclinó la cabeza y esperó a que Sera tomara el tenedor de postre. Le complació encantada y se deleitó en aquel exquisito y desconocido bocado. Durante los
diez minutos siguientes siguieron comiendo en silencio.
–Su interés por la fotografía, ¿es por trabajo o por afición? –preguntó él.
No era la primera persona que asumía que alguien con dinero no necesitaba ni quería trabajar.
–No sé si he vendido suficientes fotos como para considerarlo un trabajo. Pero me lo tomo más en serio que si fuera solo una afición.
–¿Cómo lo descubrió?
El interés de Brad parecía sincero.
–No recuerdo de quién fue la idea, pero sí la emoción del día en que mi tutor me llevó a comprar mi primer equipo. Y también de los viernes por la tarde, cuando un
fotógrafo profesional venía a enseñarme a usarlo.
–¿Recuerda cuál fue su primera fotografía?
–Un retrato de Blaise. Lo enmarqué y lo colgué de la pared.
Pero no porque fuera bueno, que no lo era, sino para ver a su padre todos los días.
–Luego hice un montón de retratos más de las personas que cuidaban de mí –añadió.
Solía enseñarles las buenas fotos, buscando sus elogios, pero no eran esas las que guardaba. Había empapelado las paredes de su habitación con instantáneas captadas
cuando estaban desprevenidos, mientras se preparaban para la foto de verdad. En ellas reían y ponían caras, se comportaban con naturalidad. La fotografía le había
permitido construir el mundo como quería que fuera y no como realmente era.
¿Quién quería contemplar una variedad de imágenes de personas guardando las distancias?
–Durante mi primera visita a Londres me dediqué a hacer fotos de animales que vivían en entornos urbanos. Ahí empecé a ver mejores resultados y me di cuenta de
que las personas no eran lo mío. Eso me llevó a fotografiar a los animales que estaban en refugios para ayudarles a encontrar un nuevo hogar. Me gustaba.
Brad se quedó mirándola atentamente antes de hablar.
–¿Puedo preguntarle algo más?
–Depende –contestó ella sonriendo–. Espero que no se le escapen las lágrimas cuando se muera de aburrimiento.
Pero él no sonrió ante aquel comentario jocoso. Al contrario, su rostro volvió a ponerse muy serio hasta que volvió a aparecer su máscara profesional.
–¿Hay algo que deba saber? Me refiero a hace un rato, en la piscina.
Todos los músculos de su cuerpo se tensaron. No debería sorprenderle que supiera que había estado llorando. Estaba entrenado para enterarse de todo. ¿Cómo
contarle a alguien que acababa de conocer que llevaba todo el año conteniendo el llanto? Había estado soportando como había podido la vergüenza de su arresto y el
disgusto que le había dado a su padre. A pesar de que los abogados de la familia habían mantenido el asunto de su arresto en privado, el juicio había sido público y la
prensa lo había convertido en un circo.
Y a la vez que todo aquello, la traición de su novio.
Había vivido con ello desde el día en que se había enterado de lo que Mark había hecho y por qué.
Había puesto fin a su historia de cuatro meses mientras esperaban a la puerta del juzgado. No quería seguir al lado del hombre que la había llevado a ser arrestada. La
había traicionado, aprovechándose de la publicidad que su nombre daría a la causa que dirigía sobre los derechos de los animales.
Lo cierto era que ella sola se había metido en aquel embrollo. Ella, con sus expectativas optimistas y su falta de criterio. Él simplemente se había limitado a abrirle la
puerta metafóricamente hablando para lanzarla a los brazos de las autoridades.
–Llorar es bueno –bromeó Sera–. Es mejor sacarlo todo fuera que interiorizarlo.
–Así que eso fue… ¿una catarsis?
–Fue una descompresión. He pasado unos meses horribles. Tuvo suerte de que no empezara en el aeropuerto.
No entendía nada. Las tres arrugas que se le formaron en el entrecejo así lo confirmaban.
Sera inclinó la cabeza y se quedó mirándolo. Los hombres eran unas extrañas criaturas.
–Supongo que llorar no es muy profesional, ¿no?
–He llorado –respondió él sin pensar–. Pero no hizo que me sintiera mejor.
Sera supuso que no le agradaría que sintiera lástima o curiosidad, así que no preguntó.
–No tengo ningún problema –dijo ella–. Pero gracias por preocuparse.
Parecía tan sincero que Sera tuvo que concentrarse para contener la cálida sensación que se estaba despertando en su interior. Su trabajo era preocuparse, pero su
interés no era genuino.
Nunca lo era.
–De acuerdo, pero recuerde…
–Que acuda a usted cuando lo necesite –lo interrumpió–. Regla número cuatro, no se me ha olvidado.
Se refería a si se sentía en peligro. Por un momento, le agradó pensar que tenía a alguien con quien contar. Pero para los asuntos emocionales, solo se tenía a sí misma.
–¿Qué quiere fotografiar hoy? –preguntó Brad, volviendo a un tema de conversación neutral y desviando la mirada hacia el desierto.
Era una buena idea. ¿En qué momento habían pasado de una charla entre desconocidos a una conversación trascendental?
–Todo –contestó Sera, enderezándose en su asiento–. Quizá podríamos empezar por explorar los alrededores, hacer un reconocimiento de la zona.
Él sonrió ante su intento de emplear su mismo lenguaje.
–Toda la zona cercada es terreno de Al-Saqr y representa el quince por ciento

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