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Máscaras de Carcosa – Dani Guzman

Máscaras de Carcosa – Dani Guzman

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TAMARA entró derecha al
cubículo, echó el pestillo, subió la tapa
del retrete, lanzó un hastiado vistazo a
ese agujero infecto y se sentó con
resignación. Procuró concentrarse, pero
su vejiga se había convertido en una
densa bola de cemento que ni fluía, ni
cesaba en su empeño por salir.
Era la primera vez en los años que
llevaba de universidad que no se
dedicaba una pícara mirada en aquel
espejo astillado porque, cuando Tamara
entraba en un baño, resbalar su mirada
por el espejo era tan indispensable
como bajarse los pantalones.
Tampoco se había molestado en
dar la luz a pesar de que la tarde ya
estaba agonizando. Era el atardecer de
un martes de mediados de octubre y
debía darse prisa si quería llegar a clase
de Montaje Cinematográfico.
Mientras trataba de relajar su
vejiga, unos pasos lentos, pero con la
seguridad de un león al acecho,
penetraron en la silenciosa oscuridad de
los servicios. Tamara, ajena a ello, tenía
la vista clavada en los mensajes que
decoraban la puerta.
“Amar significa no tener que decir
nunca lo siento” Kris 94
“Encuentra a alguien que ames y
vive como si cada día fuera el último”
Amor 05
“La vida no es más que un
interminable ensayo de una obra que
jamás se va a estrenar” Lore 83
Tamara bufó contra un rebelde
tirabuzón negroazulado, exasperada.
¿Qué podía esperar de las alumnas de la
facultad de cine? Todo era citas de
películas tan intensas… tan cargadas de
emoción… Tamara echaba de menos las
ordinarieces de los baños de su viejo
instituto donde fue la reina. Insultos,
cotilleos, amenazas, declaraciones de
amor, guarradas… pero en la facu esos
simpáticos mensajes y los vulgares
dibujos de pollas y coños habían
cambiado por frases declamadas por
algún personaje de ficción y escritas por
alguna de sus tristonas alumnas hipster
de gafas enormes.
“Los finales felices son historias
sin acabar” Mara 99
“No existen preguntas sin
respuesta, solo preguntas mal
formuladas” Raquel 33
“Carcosa lo es Todo”
Al lado de esa última cita, en vez
del nombre de la autora y su fecha de
nacimiento, o de escritura, o de lo que
fuera, había un dibujo…
Un dibujo muy extraño.
Al principio pensó que era una
especie de símbolo celta, un trisquel,
pero más… retorcido.
Mientras Tamara intentaba pensar
en la película a la que pertenecía la cita,
su mirada se quedó atrapada en el
símbolo.
Palpitaba.
El símbolo palpitaba.
Alguien llamó a la puerta
acompañando cada golpe con cada
palpitación del signo. Pom, pom, pom.
Levantó la cabeza, sobresaltada,
alerta, dejando que el rebelde rizo
resbalara hasta su nariz. Estaba sudando.
¿Cuándo había comenzado a sudar? La
oscuridad que llenaba los rincones
devoraba lentamente la escasa luz que
había. Y su corazón latía desbocado.
—¿Quién es? —preguntó aterrada.
Y no sabía por qué, pero estaba
muy, muy asustada. Su esfínter se abrió
por completo y la orina cayó en cascada
dentro del bidé.
Pom. Pom. Pom.
—Ocupado —gimoteó mientras su
mirada bajó, rebuscó, bailó entre las
citas de películas escritas a rotulador,
hasta la frase que llenaba su mente.
“Carcosa lo es Todo”
PomPomPomPomPom.
La llamada acompañaba a los
latidos de su corazón, exactamente a la
par. ¿Los estaría escuchando?
—¡Ahora salgo, joder! —gritó con
los dientes apretados antes de propinar
una patada a su lado de la portezuela—.
¡Ahora salgo!
Y vino el silencio, solo roto por su
jadeo entrecortado. Se llevó la mano a
los labios. Estaban húmedos. ¿Había
estado babeando? Una pegajosa película
de saliva manchaba su barbilla y la
limpió, asqueada, con el dorso de la
mano. Su escote también está salpicado
de saliva. Parpadeó, confusa, con el
corazón martilleando contra su esternón.
Se percató de que no solo sus labios
estaban húmedos.
La punta de sus dedos… también su
entrepierna.
Olió sus dedos y reconoció el
aroma de su sexo. Gimió, mareada,
mientras arrancaba papel higiénico para
limpiarse la mano y entre las piernas.
La oscuridad era densa, pesada,
apenas podía ver qué hacía.
—¿Cuánto tiempo llevo aquí? —se
preguntó mientras su mano buscaba el
móvil que llevaba en el bolsillo del
pantalón.
Pom, pom, popom.
Tamara se quedó paralizada. Muy
despacio, se inclinó, apoyó sus rodillas
desnudas en las sucias baldosas del
suelo del baño y miró por debajo de la
portezuela a su visitante…
Vio una colección de andrajos,
como de una túnica o una capa,
revueltos, mal cortados, mal cosidos,
rotos… Se movían… Los andrajos se
movían. Se retorcían lentamente,
expectantes, como los tentáculos de un
calamar flotando en una pecera.
Pom. POM. ¡POM!
No era una llamada.
Quien estaba al otro lado comenzó
a aporrear la puerta. El siguiente
empellón hizo saltar un trozo de azulejo
atornillado a la bisagra de la puerta. Le
siguieron nuevas embestidas. Una, dos,
tres. La puerta comenzó a combarse.
Tamara se apartó, gritando, aún con los
pantalones por los tobillos, se subió al
bidé y sus nalgas dieron contra el frío
tacto de la cerámica.
—¡Ya basta! —chilló, mientras
extendía las manos entre la puerta y ella
—. ¡Joder, ya basta! ¡Ya basta!
La cadencia de los empujones fue
disminuyendo poco a poco.
POM. POM.
Pom. Pom.
Pom… Pom…
Pom.
Tamara contó los segundos hasta
que estuvo segura de que ya no se oía
nada en los servicios. Absolutamente
nada. Muy despacio se subió las bragas
y los ajustados pantalones, y volvió a
agachar la cabeza para mirar por debajo
de la puerta.
Sus irises azules se encontraron
con una máscara blanca y unos
maliciosos ojos amarillos en cuya
profundidad parecía abrirse el abismo.
—Tamara.
De un salto volvió a encaramarse
al bidé, sin gritar, sin hacer ruido, con el
chillido atrapado entre sus labios,
agarrado a su garganta.
Era su nombre, sí, pero nunca había
sonado igual. Lo había pronunciado una
voz amordazada por una máscara y con
un acento extranjero, una voz que no
hablaba su idioma… Una voz
atractiva… Oh, sí, muy atractiva, y…
¿Desconocida? Ahora le parecía
haberla oído antes… en sus sueños,
llamándola… más grave, más insinuante,
susurrándola al oído… Sonó entonces
una risita femenina y traviesa al otro
lado y, finalmente, una carcajada grave
como un derrumbamiento.
Trató de pensar, de procesar lo que
estaba ocurriendo, pero su mente corrió
desbocada hacia la imagen del dueño de
aquellos ojos, retorciéndose en una
grotesca carcajada. La visión, que había
durado apenas unos segundos, se había
grabado a fuego en su retina: La máscara
pálida, los andrajos del rey, la
deslustrada corona real.
Y aquellos ojos amarillos,
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