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Matar a Lutero – Mario Escobar

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Resumen y Sinopsis De 

Era mediodía cuando llegaron al pueblo. Atravesaron el puente empedrado y pararon a comer. Estaban hambrientos después de toda una noche cabalgando, pero
afortunadamente parecía que nadie les había seguido.
Entraron en la posada, pidieron algo de cerveza, queso y pan. Cuando Lutero se sentó frente a la mesa, comió con avidez; en los últimos días apenas había tomado
bocado, por miedo a que lo envenenaran. Eran tantos y tan poderosos los enemigos que buscaban terminar con él que no estaba a salvo en ninguna parte.
¿Tiene hambre, doctor? preguntó su amigo Schurf.
No lo negaré, aunque vuestra amistad es más preciada que el pan contestó Lutero alegre, sobreponiéndose de sus temores.
Entramos en Worms en un carro tapizado de terciopelo y ayer partimos de noche como ladrones se quejó Pedro Suaven, su abogado y consejero.
Ya sabes que las Sagradas Escrituras dicen que hay que ser mansos como corderos, pero astutos como serpientes. ¿Qué nos esperaba en la ciudad? Tal vez la horca
dijo Justo Jonás, el teólogo.
En la mesa de al lado, cuatro escoltas comían aparte, con los ojos puestos en la entrada y la mano sobre la espada. Su jefe, Juan Márquez, bebía vino dulce, era la
única manera de poder tragar los malos caldos de Alemania, pero no quitaba ojo a Lutero, debía protegerle de cualquier peligro, aunque él mismo le hubiera estrangulado
sin dudarlo ante una orden de su señor Federico.
La verdad es que, tal y como fue el viaje de ida, nunca hubiera pensado que volviéramos a casa de este modo. Alemania te recibía como a un héroe dijo Pedro
Suaven.
Los mismos que aclamaron a Jesús a su entrada a Jerusalén, después pidieron su crucifixión dijo Lutero tomando algo de queso.
La gente salía a ver la escolta. Nos acompañaban cuarenta caballeros, debían de pensar que éramos reyes o cardenales bromeó Schurf.
Muchos me animaron confesó Lutero, ¿os acordáis de aquel hombre que me dio el retrato de Savonarola?
Hasta el bueno de Bucero salió a tu encuentro dijo Justo Jonás.
Para advertirme que no fuera a Worms. Únicamente fui allí por obediencia a Dios, respeto al emperador y agradecimiento al príncipe Federico dijo Lutero más
serio.
Has salido ileso, ¡brindemos por ello! dijo Pedro Suaven.
Los cuatro hombres chocaron sus jarras y se entregaron a la comida en silencio, como si estuvieran en la receptoría de un convento.
Juan Márquez comió rápido y se acercó a la puerta. Desde su salida de la ciudad se encontraba inquieto. No creía que el emperador dejara escapar tan pronto a su
presa, tampoco el legado del Papa se conformaría con volver a Roma con las manos vacías. Tenían que apresurarse y entrar en Sajonia antes de que les dieran alcance.
Doctor Martín. Tenemos que partir dijo Márquez acercándose al monje.
Lutero miró al hombre y con una sonrisa le dijo:
Estimado guardián, disfrutamos de un merecido descanso. Somos hombres de letras y no estamos acostumbrados a la vida de los soldados.
Imagino que no quiere terminar en la hoguera, doctor Martín. Mi misión es llevarle de regreso a Wittenberg y lo llevaré ¡pardiez!, cueste lo que cueste.
El grupo de amigos se alborotó. ¿Quién se creía ese mercenario español que se atrevía a tratar de esa manera al teólogo más grande de Alemania?
Entiendo su preocupación, pero estamos en manos de Dios contestó Lutero.
En manos de Dios o del diablo, no me importa, pero debemos partir antes de que nos den alcance, porque cuando lleguen los hombres del emperador no importará
a cuál de los dos invoque su señoría.
¡Qué impertinencia! dijo Justo Jonás.
Lutero se puso en pie e intentó calmar los ánimos.
Partamos. No quiero poner en más apuros al príncipe Federico, yo también estoy deseando llegar a casa.
Tendremos que evitar las ciudades. Sería mejor que se vistiera con otras ropas dijo Márquez, señalando el hábito de Lutero.
¡Es increíble! exclamó Schurf.
Todo el mundo le conoce dijo Márquez, pero si fuera de gentilhombre, al menos pasaría inadvertido.
Todavía soy monje agustino, no puedo renunciar a mis hábitos dijo Lutero muy serio.
Sea, pero salgamos ya dijo Márquez impaciente.
El grupo se dirigió a sus monturas y partió de la ciudad en dirección a Darmstadt. Apenas una hora más tarde, Felipe Diego de Mendoza entró en Bensheim con los
caballos reventados por la marcha. Preguntó en varias posadas hasta que en la última, la más cercana al puente, tuvo una esclarecedora charla con el posadero.
¿Llegaron hoy a la ciudad varios caballeros acompañados por un monje agustino? preguntó Mendoza en tono amenazante al posadero.
No sabría decirle contestó temeroso el hombre.
¿Y si te quemo la posada y violo a tu hermosa hija? ¿Sabrías decirme

Orden de autor: Escobar, Mario
Orden de título: Matar a Lutero
Fecha: 21 ago 2016
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id: 151
Modificado: 21 ago 2016
Tamaño: 0.96MB

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