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Libro PDF Mayoría absoluta Cristina González

Mayoría absoluta – Cristina González

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ella de repente.
Él miró hacia la izquierda y después hacia la derecha. La pregunta había sonado sincera y cargada de verdadero interés. Irene le observó, preguntándose si no habría
sido demasiado directa. En realidad tampoco le importaba mucho a qué se dedicaba aquel hombre, pero ya que él había empezado la conversación, qué menos que tener
un poco de educación y preguntarle por su trabajo.
Sin embargo, debía dedicarse a algo de dudosa moralidad, como mínimo, porque aún guardaba silencio y parecía no saber qué responder.
—Soy administrativo en una caja de ahorros —dijo él, refiriéndose a su antiguo trabajo, a ese que le dio de comer antes de entrar a formar parte del panorama
político.
—Oh, mis padres también trabajaban en sucursales… Eran comerciales. Mi padre lleva en paro tres años… Pero ya sabes, hubo un ERE… Bueno, pero no
viene al caso. Ahora yo voy a trabajar y todo mejorará en casa —repuso ella al ver la cara de sorpresa de Marc.
Él analizó de nuevo a Irene. Observó sus iris verdosos que tanto le llamaban la atención, después su nariz ligeramente respingona y los labios, finos y rosados, que
cuando adoptaban una expresión de gravedad le hacían parecer a su dueña diez años mayor. Después se la imaginó estudiando la carrera, sin poder tener un trabajo fijo y
casi ni temporal, pues sabía por un amigo suyo que la carrera de medicina era sumamente dura y consumía mucho tiempo. Entonces se fijó por primera vez en las ojeras
de la joven. No eran profundas ni estaban excesivamente marcadas, pero tenían pinta de llevar ahí demasiado tiempo.
—Lo siento mucho —dijo él—. ¿Y has podido estudiar a pesar de las dificultades?
—Sí, trabajaba los fines de semana en una tienda de zapatos y en verano de camarera y con el dinero tenía para pagar la matrícula y mis gastos sin
sobrecargar a mis padres más de la cuenta —explicó—. Bueno, de hecho estoy aquí porque he ahorrado. Necesitaba descansar lejos de Madrid para pensar.
Él asintió.
—A mí me pasa lo mismo. Necesito descansar —dijo él.
Se miraron y se sintió una especie de calambrazo en el aire. Sin embargo, ninguno de los dos lo dejó traslucir. Irene terminó de comerse sus tostadas mientras Marc
hablaba sobre los maravillosos paisajes del Norte de la isla. Ella no había pensado hacer turismo, sólo relajarse en el hotel y pasear por la ciudad. A fin de cuentas, había
venido sola y sin coche, así que no tenía intención de ir muy lejos.
—¿Tú tienes planes para esta semana? —preguntó él.
Irene le miró una vez más. Desde el primer momento ella había sido consciente de que Marc se trataba de un hombre muy atractivo. Sus ojos marrones brillaban como
si fueran los de un niño y tenía una preciosa sonrisa. Además hablaba con mucha fluidez y era simpático. Se preguntó cuántos años tendría. Quizá tuviese novia o
incluso estuviese casado. O hijos. Entonces, cuando en su mente comenzó a aparecer todo aquel enjambre de posibilidades decidió que era hora de poner fin a la
conversación. Se había dado cuenta de que Marc le atraía. Normal: joven, atractivo, elegante y simpático. Pero ella no estaba allí para eso. Estaba allí para pensar sobre
su futuro y para relajarse. Y los hombres traen complicaciones. Cosa que ella sabía muy bien, pues había pillado a su novio de la universidad morreándose con una de
sus mejores amigas el día de su graduación.
Para ella no fue un gran drama. Tenía ya sospechas de qué clase de persona era aquel individuo, así que le sirvió de excusa para cortar con él. Y de eso hacía ya casi un
año y aún desconfiaba bastante del sexo opuesto y también de sí misma. Un recóndito lugar de su mente le decía que quizá ella no hubiese sido suficiente como para
tener contento a Daniel, que algo habría hecho mal.
Suspiró.
—Sí, tengo planes —contestó Irene sin concretar más—. Tengo que irme.
Le sonrió y se levantó de la mesa. Ahora le daba vergüenza mirarlo a los ojos, tenía la sensación de que se ruborizaría si lo hiciera.
Marc se bloqueó por un momento, sin saber muy bien a qué venía ahora aquella actitud tan huidiza. Que supiera, no había dicho nada que pudiese incomodarla.
La vio marchar. Llevaba un bonito vestido de lino blanco holgado que le llegaba por los tobillos. Muy ibicenca. Parecía un ángel pelirrojo. Rápidamente espantó
aquellos pensamientos de su mente. Seguramente aquella chica tuviese diez años menos que él y además, él no estaba allí para eso. Necesitaba descanso. Y las mujeres
sólo traen complicaciones.
2
Marc había sido campeón de natación con dieciocho años y aún conservaba la costumbre de nadar todas las mañanas durante una hora y media. El hotel en el que se
hospedaba era perfecto para tal actividad, pues estaba dotado de una amplia piscina climatizada en la que podía desfogarse con unos cuantos largos. Eso mantenía su
cuerpo tonificado y sus músculos en forma.
Pero aquella mañana, dos días más tarde del incidente de aquel anciano, que por desgracia acabó por fallecer en el hospital, no estuvo solo en la piscina, como venía
ocurriendo en los últimos días. Una joven vestida de bañador negro de cuerpo entero y con una larga cabellera de un color que no supo identificar (pues llevaba las gafas
de bucear puestas) se introdujo en el recinto y tomó asiento en una de las tumbonas.
Irene vio que un hombre salía del agua. Por un instante se quedó bloqueada al ver aquel cuerpo escultural, proporcionado y de musculatura definida. Un regalo para la
vista, desde luego, pero no tardó mucho en desviar su mirada y centrarse en su e–reader. Un puñado de músculos no tenían nada que hacer al lado de Charles Dickens y
su historia de dos ciudades.
Sin embargo, antes de comenzar a leer se prometió a sí misma que metería los pies en el agua, para irse acostumbrando. Hacía ya dos años que no podía bañarse en la
piscina y ni mucho menos en el mar. Desde que rescató a su hermana pequeña, de morir ahogada por una corriente de resaca y ambas estuvieron a punto de perecer (de
no ser por una pareja de chicos jóvenes que acudió en su ayuda), Irene no había podido volver a sumergirse bajo el agua.
Unos meses después empezó a revivir aquella experiencia en sueños y el verano siguiente descubrió que no podía permanecer más de dos minutos en la piscina sin
ser presa de una crisis de pánico.
Y, sí, se había propuesto superarlo durante aquellos días en Canarias. Aunque fuera un poquito. “Cuando salga el chico que está nadando intentaré mojarme los pies,
a ver qué tal”, se prometió a sí misma.
Ella tampoco había reconocido a Marc.
Quince minutos más tarde él salió del agua y se dirigió hacia su tumbona, bastante alejada de la de la doctora, donde se envolvió con la toalla y se quitó las gafas de
buceo.
Irene, que se había dado cuenta de que la piscina ya estaba enteramente a su disposición, respiró hondo y dejó a un lado su Kindle. Se incorporó y se acercó a la
escalinata de mosaicos que se iba sumergiendo en el agua escalón a escalón.
Puso sus pies en el primero de ellos y sintió el agua tibia rozando su piel. Bien, no pasa nada, se dijo.
Un poco más.
Se introdujo en el siguiente escalón. A esa altura el agua alcanzaba ya sus rodillas. Irene sintió su corazón empezar a acelerarse. Respiró hondo y despacio,
inspiración amplia y espiración lenta y pausada. Cuando logró normalizar su pulso, se atrevió a avanzar otro escalón. De nuevo su corazón se desbocó y repitió la
misma operación: inspirar y espirar, muy despacio, con mucha paciencia.
Marc la observaba desde su tumbona. Una vez que se había quitado las gafas de bucear no había tardado en reconocer a Irene. Es difícil olvidar una melena pelirroja
natural como aquella. No pasó por alto el cuerpo esbelto y las finas piernas de la joven. Sin embargo, lo que más le llamó la atención fue la actitud extraña de ella al bajar
la escalinata. Pareciese que le costara un mundo sumergirse en una piscina de agua caliente.
Irene consiguió normalizar de nuevo su frecuencia cardíaca, así que por fin se atrevió a poner sus pies sobre el suelo de la piscina, donde el agua ya le cubría hasta la
cintura. Su corazón se desbocó otra vez, pero con más fuerza y de una manera que le cortaba la respiración. Se obligó, reuniendo toda la fuerza de voluntad que fue
capaz, a respirar despacio y a dejar su mente en blanco. Pero ya reconocía los síntomas, tanto físicos: la taquicardia, el sudor, la sensación de falta de aire, como
psicológicos: una parte irracional de sí misma estaba convencidísima de que se estaba muriendo, de que le estaba dando un infarto, como mínimo.
Se llevó la mano al pecho e inhaló la mayor cantidad de aire que pudo. Estaba bloqueada y no sabía cómo salir de aquello. Quiso moverse hacia el borde pero no lo
consiguió. Su cuerpo no obedecía. El miedo la paralizaba.
Marc analizó la situación: desde luego no era normal. Se acercó al borde de la piscina.
—¿Necesitas ayuda? —pregunto.
Pero no obtuvo respuesta. Ella parecía no escucharlo. Estaba completamente pálida y su rostro reflejaba angustia. No lo pensó. Se lanzó al agua y la sacó de allí en
brazos. Vio que había otra tumbona ocupada, a parte de la suya, así que la llevó hasta allí y la depositó con cuidado sobre la mullida colchoneta. Después la tapó con la
toalla.
—Irene, mírame. ¿Estás bien? Mírame.
Poco a poco consiguió que la joven centrase su atención en él y recuperase su color facial.
—No mucho —alcanzó a responder ella sintiendo aún los golpes de su corazón en su pecho.
—Tranquila, respira. Te has puesto muy nerviosa —le dijo Marc.
Se sentó en la tumbona, al lado de Irene y le acarició el cabello pelirrojo despacio, tratando de relajarla. Poco a poco se dio cuenta como el pecho de la joven ascendía
y descendía más despacio y el color volvía a sus mejillas. Sin embargo, todavía estaba algo rígida, tenía los músculos de las piernas y los brazos contraídos e inmóviles.
—Estás bien, ya no hay ningún peligro —trató Marc de calmarla.
Irene lo miró a los ojos y asintió despacio. Su cuerpo terminó por relajarse y de pronto la invadió un cansancio extremo que la obligó a apoyar la espalda en la
tumbona y a cerrar los ojos. Ella lo reconocía: lo que solía suceder a sus crisis de pánico no era otra cosa que el agotamiento que aparece como consecuencia de un estrés
intenso.
—¿Te encuentras mal? ¿Te mareas? —preguntó él con una pizca de alarma en la voz.
—Sólo es cansancio —respondió Irene en un susurro—. Es por la ansiedad.
A Marc le dio la sensación de que Irene conocía muy bien su problema. “Y, además, es médico” recordó de pronto, algo que lo tranquilizó en parte (pues había oído
por ahí que no hay peor enfermo que un médico). La miró atentamente. Parecía más relajada, desde luego, pero no le daba ninguna seguridad dejarla allí medio dormida.
Tuvo una idea. Quizá si lo hubiese pensado dos veces no se lo habría propuesto a la joven doctora, pero sólo lo pensó una vez.
—Escucha Irene… No parece que estés bien aquí. Si el agua te provoca tanta ansiedad… Quizá no es el momento de intentar bañarte.
Ella despegó levemente uno de sus párpados, perpleja.
Marc decidió proseguir:
—He pensado en darme hoy una vuelta por Anaga… Por el bosque encantado de Laurisilva… En principio iba a ir yo sólo pero si quieres puedes acompañarme y así
te distraes.
La pelirroja, que hasta el momento parecía estar medio en brazos de Morfeo, se incorporó con brusquedad y lo miró con cara de póker.
—¿Distraerme de qué, exactamente? —preguntó con una leve nota de indignación en la voz—. Mi ansiedad por el agua es mi problema, señor Marc Ri…
—Rovira.
—Lo que sea —zanjó ella.
Marc pensó que quizá fuese verdad que la doctora no tuviese ni idea de quién era él. ¿Y en qué mundo había vivido hasta entonces? ¿A caso no había ido a votar? ¿No
conocía las opciones políticas de su país? ¿No encendía la televisión? ¿No miraba Twitter, Facebook ni Instagram? ¿Sería un alienígena disfrazado de pelirroja?
—Bueno, bueno… No te enfades. Entiéndeme, te he visto pasarlo muy mal ahí dentro y ahora me voy preocupado. Lo único que te pido es que no vuelvas a meterte
ahí sin alguien que te vigile, ¿de acuerdo? —terminó diciendo él utilizando un tono más paternal del que había planeado.
—Tengo casi veinticinco años, creo que sé lo que puedo y no puedo hacer —respondió ella audaz.
Está claro que los médicos no son buenos enfermos, ni aceptan bien los consejos de nadie, se dijo Marc a sí mismo. Bien, tuvo otra idea, quizá peor que la anterior.
—Déjame que te cuente una cosa: con dieciocho años fui campeón de natación… Y de pequeño sentía una fobia terrible a nadar. Tal vez pueda ayudarte… Si quieres
—se ofreció él.
Ella cambió el gesto. Pasó de estar retadora y con la mirada firme a replegarse sobre sí misma y desviar sus bonitos ojos verdes hacia el suelo.
—No creo que puedas ayudarme. Ya lo han intentado mis amigas y mis padres… Sólo me falta ir a un psicólogo —respondió ella con voz temblorosa.
Marc frunció el ceño.
—¿Siempre ha sido así? ¿Desde cuándo te ocurre esto?
Irene lo miró a los ojos. De nuevo sintió ese algo por dentro, esa sensación de familiaridad y atracción que había experimentado la primera vez que lo vio frente a ella.
Fue consciente de que se trataba de un desconocido, pero la información que iba a revelar tampoco era algo vital para ella, (no era su número de teléfono ni tampoco la
dirección de su casa).
—Me ocurre desde el año pasado… Tengo una hermana muy pequeña… Nos llevamos veinte años… Lo sé… Es una pasada… El caso es que fuimos a la playa con mis
padres y ella empezó a gritar porque el mar la arrastraba hacia dentro. Era una corriente de resaca. Intenté sacarla de ahí pero nos comenzó a arrastrar a las dos. Cuando
creí que ya no podía más se acercó una pareja joven y nos lograron sacar de ahí.
Irene guardó silencio y Marc, de manera instintiva alargó uno de sus dedos hacia el cabello pelirrojo que lo tenía hipnotizado.
—Casi te ahogas y por eso ahora te pones tan nerviosa —resumió él.
—Sí, lo he pensado así… Pero no estoy tan segura… Lo que ocurre es que cada vez que intento meterme en una piscina o en el mar, revivo lo que pasó y el miedo me
invade, igual que si estuviese allí de nuevo, ¿entiendes?
Él asintió. Irene lo observaba ahora de otra forma. Con un renovado interés, como si fuera su única esperanza.
—¿Y qué piensas que puedes hacer tú para ayudarme, Marc? —preguntó ella muy en serio.
Los iris verdes intensos se clavaron en él esperando una respuesta que pudiese servir. Marc asintió, con seguridad y dijo:
—Hagamos un trato: si te cojo en brazos y sin soltarte me meto en el agua y tú no te pones nerviosa… Te vienes conmigo al parque rural de Anaga a pasar el día.
Irene esbozó una sonrisa irónica que, pese a no ser auténtica, a Marc le pareció preciosa.
—Está bien, campeón. Pero dudo mucho que vayas a conseguir algo.
Al momento, Irene se arrepintió de haber aceptado la oferta. Pues Marc ya se estaba metiendo en la piscina con ella a cuestas y sólo ver el agua había hecho que su
corazón se acelerase.
—Oye, no ha sido buena idea… No me encuentro bien —dijo ella mirándole.
La llevaba en brazos cual princesa, pero él estaba tan fuerte que los cincuenta o sesenta kilos que podía pesar la joven le resultaban igual de pesados que una pluma.
—Mírame, Irene. Mírame a los ojos, no dejes de hacerlo.
Ella obedeció ante el tono autoritario de él. No fue difícil concentrarse en aquella mirada tan masculina. Así descubrió que en aquellos ojos no reinaba sólo el color
castaño propio del otoño, si no que también se veían briznas verdosas, como la hierba que se abre paso entre los adoquines de las aceras cuando ha llovido mucho.
—¿Ves? Estás sumergida hasta el cuello y no estás nerviosa.
Irene por primera vez desvió su mirada hacia el agua y se percató de que estaba sumergida casi por completo, claro que en brazos de Marc, que la sujetaban con
fuerza. Sin embargo, el susto fue tal que ella saltó y rodeó el cuello del político con sus dos brazos hasta quedar completamente abrazada a él.
—Sácame de aquí, por favor —suplicó ella en un susurro.
—Tranquila, ya salimos del agua.
Marc subió la escalinata de mosaicos aún con Irene en brazos y se apresuró a soltarla una vez estuvieron en tierra firme para ir directo hacia una de las duchas que
había al lado de la piscina. Abrió el agua fría y se puso bajo ella esperando que aquello bastara para calmar lo que la pelirroja había despertado en él al abrazarse a su
cuello de aquella forma.
Llevo demasiado tiempo sin estar con una mujer, pensó él mientras el agua gélida lograba poco a poco su cometido.
Irene se había envuelto en el albornoz blanco del hotel y lo esperaba sentada en una de las tumbonas. Cuando regresó, Marc parecía estar más relajado.
—El cloro me irrita mucho la piel —se excusó él—. ¿Entonces te vienes conmigo a hacer senderismo por Anaga?
Irene lo miró sonriente. Se sentía, por primera vez en mucho tiempo, realizada de verdad. Vale que había entrado en el agua en brazos y que al instante había
necesitado salir de ella con urgencia… Pero había sido capaz de estar unos segundos sumergida sin sentir esa presión desagradable en el pecho y sin hiperventilar. Y eso
la hacía feliz.
—Un trato es un trato —dijo ella.
Se levantaron de las tumbonas y él acompañó a Irene hasta la puerta de su habitación.
—Te espero en la recepción en media hora, ¿de acuerdo? —preguntó él.
Ella asintió y desapareció tras la puerta de la habitación 304.
Irene abrió el armario y sacó de él unos vaqueros oscuros, una camiseta rosa que probablemente se había comprado en Mango hacía un par de años y una sudadera
blanca de H&M para ponerse por encima. De camino a la habitación, Marc le había recomendado que se llevara ropa de abrigo, porque en el bosque de laurisilva
probablemente la temperatura fuese menor que en Santa Cruz.
Con la ropa en la mano se fue al baño, dispuesta a darse una ducha rápida. Afortunadamente tenía un pelo que consentía bien la ausencia de secador y de planchas. Su
melena pelirroja se secaba rápido y se quedaba lisa, sin una pizca de encrespamiento aunque nadie hubiese pasado ni un peine entre sus mechones.
Se vistió y después se aplicó una pizca de crema solar sobre sus pómulos y su mentón. Era muy blanca de piel y tenía una gran facilidad para quemarse, sobre todo
en lo alto de una montaña, donde el sol pega con más fuerza y hay menos atmósfera que te proteja de los rayos UVA.
Una vez estuvo lista, cogió su mochilita e introdujo en ella el teléfono, la cartera, un paquete de Kleenex y una bolsa de cacahuetes que había comprado el día anterior
por la ciudad obedeciendo a un antojo.
No olvidó tampoco coger unas gafas de sol.
Por fin, salió por la puerta y bajó a la recepción, donde esperaba Marc en pie frente a la puerta principal del hotel. Ella le observó detenidamente. Llevaba unos
pantalones de montaña grises que le cubrían hasta la rodilla y botas, también de montaña. La camiseta blanca dejaba traslucir bajo ella una capa de músculos bien
formados y también dejaba a la vista unos bíceps bastante trabajados. En uno de lo hombros, Marc llevaba una mochila negra y en el otro un forro polar del mismo color
que los pantalones.
Estaba guapo, se dijo Irene. Pero rápidamente retiró aquel pensamiento de su cabeza.
—Ya estoy, espero no haber tardado mucho —se disculpó ella.
—Que va, sólo has tardado veinte minutos —dijo él con una carismática sonrisa.
Mientras se vestía, Marc había estado reflexionando sobre el por qué se le había ocurrido semejante idea, la de invitar a Irene a pasar el día juntos. Quizá le había dado
miedo que la joven volviese a intentar sumergirse en la piscina en otro inútil intento por superar su fobia al agua. Sí, se dijo a sí mismo, prefiero que no pase el día sola.
Por otro lado, decidió omitir el hecho de que había tenido una erección al sentir el cuerpo de la pelirroja tan pegado al suyo al salir del agua.
Lo achacó simplemente a que se trataba de una mujer bella y de que él llevaba demasiado tiempo sin… En fin.
Descendieron en ascensor al parking del hotel, donde él tenía aparcado un modesto Opel Astra que había alquilado al aterrizar en la Isla unos cinco días atrás. El
propósito de Marc para el viaje había sido el de pasar inadvertido entre la gente, hacer turismo en solitario y nadar en la piscina del hotel durante unos quince días, hasta
eliminar casi por completo todo el estrés que había acumulado en los últimos meses (que era mucho). No había contado con conocer a nadie, en realidad.
Irene se sentó en el asiento del copiloto y guardó silencio. Descubrió que estaba nerviosa. No sabía si había sido una buena idea aceptar la propuesta de Marc. Sólo
sabía que era un hombre joven que trabajaba de administrativo en alguna oficina y que estaba allí pasando unos días para desconectar. ¿Y si estaba casado? ¿Y si tenía
hijos?, pensó entonces.
Después sacudió la cabeza y reflexionó. Un día de turismo no significa irse a la cama, ni darse un beso, ni nada, se dijo.
Salieron del parking y unos minutos después, también de Santa Cruz. A su derecha quedó el mar y unas plataformas petrolíferas (o al menos algo que se le parecía
mucho). No tardaron en llegar a las cercanías de la playa de las Teresitas (la única de todo Tenerife que no es de arena negra), donde cogieron una carretera hacia el
Noroeste, montañas arriba.
—Estás muy callada —dijo Marc con la intención de romper el hielo—. ¿En qué piensas?
Irene lo miró de soslayo. Marc conducía con suavidad. Movía el volante con soltura y cambiaba de marchas de una forma muy elegante. Parecía estar acostumbrado a
conducir por carreteras como aquella: sinuosa, con un barranco por quitamiedos y de carriles estrechos. Sin embargo, frente a sus ojos se desplegaban unas montañas
que terminaban en pico, tapizadas de verde y rodeadas en la costa por un mar azul turquesa. Un regalo de la naturaleza, desde luego.
—El paisaje es precioso —se animó a decir ella—. Y pensar que me iba a ir de Tenerife sin haberlo visto…
—¿No pensabas recorrer la isla? —preguntó él extrañado.
—No, sólo tenía dinero para el hotel y el vuelo… Ya no podía permitirme alquilar un coche yo sola… Y la verdad, sólo quería estar en el hotel, descansar y pensar…
—A veces, para encontrar la solución a nuestros problemas lo que necesitamos en dejar de pensar en ellos, ¿no crees? —comentó él mientras giraba el volante.
Irene pensó en aquellas palabras y llegó a la conclusión de que tal vez él tuviese razón.
—Pensé que alejándome de todo llegaría a alguna conclusión sobre mi futuro —dijo Irene—. Aunque la verdad es que no he hecho ningún progreso.
Ella esbozó una sonrisa y Marc dejó escapar una carcajada.
—Creo que nadie llega nunca a ninguna conclusión sobre su futuro, Irene.
A la joven doctora le pareció que Marc hablaba con la propia de alguien que ha vivido muchas cosas.
—Oye, ¿puedo hacerte una pregunta?
Marc la miró de reojo, lo justo como para ver los ojos verdes curiosos de Irene sin tener que desviar la vista de la carretera más de una milésima de segundo.
—Lo peor que puede pasar es que no te pueda responder —respondió él.
—¿Cuántos años tienes?
Entonces Marc tragó saliva y por primera vez en toda su vida, se sintió viejo.
—Treinta y cinco —respondió él.
Rápidamente Irene calculó que se llevaban diez años… Casi once, en realidad. Aunque eso no sé por qué me tiene que importar, se regañó ella a sí misma.
—Vaya… —dijo Irene—. Pareces más joven.
Él estalló en carcajadas.
—¿De qué te ríes? —preguntó la pelirroja en tono jovial—. No te he dicho nada malo no…
—No… Sólo que para ser lo mayor que soy al menos no lo parezco…
—Bueno, lo siento… No quería que sonara de esa forma. La verdad es que no sabía qué decir y tampoco sé por qué te he preguntado eso. Sólo tenía curiosidad —se
apresuró ella a intentar arreglar el entuerto.
—No te preocupes… Ahora me toca preguntar a mí.
—Ah, te vas a vengar de mí —respondió Irene divertida.
—Oh, sí. ¿Cuántos años decías que tenías? ¿Veinticinco? Uhm… Yo a tu edad llevaba ya cinco años trabajando.
—No te pongas en plan abuelo que hizo la mili, por favor… —bromeó Irene—. ¡Mira! Para ahí, hay un mirador —saltó de pronto ella al ver un retazo de tierra al
margen de la carretera con unas bonitas vistas a la costa y a las montañas.
Marc aparcó con una gran sonrisa dibujada en los labios. Se lo estaba pasando bien. A pesar de lo horrorosa que era aquella endemoniada carretera de montaña.
Se bajaron del coche e Irene se apresuró corriendo al mirador hasta dejar sus codos apoyados sobre la barandilla de madera. Unos pasos atrás, Marc la contempló
pensativo. La chica que le había parecido algo insegura y ansiosa en la piscina ahora se había transformado en un terremoto pelirrojo de buen rollo y risas. Y le gustaba.
Y en cierto modo, lo que más le gustaba era que no sabía en realidad quién era él. Por primera vez en mucho tiempo se sentía libre de hacer y de decir lo primero que
se le pasara por la cabeza sin la posibilidad de que lo tergiversaran y utilizaran sus palabras en su contra.
Caminó hacia el mirador y se situó al lado de la doctora, también con los codos apoyados sobre la barandilla de madera. Recorrió con su mirada el delicado perfil
femenino: ojos grandes con pestañas claras y alargadas, nariz chata y labios rosados. Estaba seria y miraba el paisaje de tal manera que pareciera que se había fundido
con él.
Irene se dejó llevar por el color turquesa del mar y por la espuma que rebotaba contra los acantilados de piedra volcánica. Respiró hondo y dejó a su mente volar
lejos. De pronto pensó que qué importaba el futuro, la especialidad, el maldito MIR a quien todo el mundo le daba una importancia desmedida… Ella quería tener una
vida tranquila, ayudar a las personas como mejor pudiera y tener amor. Pensó que el error se encontraba en tener demasiadas expectativas respecto a “la vida de sus
sueños”.
Pensó también en su ex. Agradeció al cielo que aquello hubiera terminado, porque realmente no estaba enamorada y él tampoco de ella. Aquella relación hubiese
acabado igualmente más adelante y quizá con peores consecuencias. Suspiró de nuevo y de pronto se dio cuenta de que Marc estaba muy cerca de ella, mirándola.
Se sobresaltó y dio un respingo.
—Sí que estabas abstraída… He estado aquí todo el tiempo —dijo él con una sonrisa.
—Oye Marc, ¿puedo hacerte otra pregunta?
Él la miró de nuevo, con curiosidad.
—Sí que me has salido preguntona —respondió él bromeando—. A ver, suéltalo.
Marc pensó que ella le preguntaría sobre si estaba soltero o algo semejante (era lo que habitualmente le preguntaban las mujeres nada más conocerlo… fuera del
ambiente profesional, claro).
—¿Tú crees que a tus treinta y cinco años has conseguido algo de lo que habías planeado hacer a los veinte?
Buena pregunta, difícil respuesta, se dijo Marc. No podía responder del todo sin confesar quién era ni a lo que se dedicaba… Aunque sí podía decir algo que a Irene le
fuese útil.
—Te aseguro que las mejores cosas que me han pasado jamás las planeé con antelación. Surgieron.
—¿Por ejemplo? —preguntó Irene muerta de curiosidad.
Marc inspiró y guardó silencio un minuto en el cuál la doctora pensó que tal vez se estaba pasando de directa. Aquel hombre que de momento seguía siendo un
misterio para la pelirroja, se inclinó sobre el mirador y dejó su mirada vagar por la costa.
—Por ejemplo esto —dijo él señalando el paisaje—. Estamos aquí ahora, sin haberlo planeado más allá de esta misma mañana y estamos contentos, disfrutando del
buen tiempo y del aire puro.
Irene esbozó una sonrisa sincera y se sintió aliviada. Realmente en eso consistía el futuro, en vivir el momento. ¿No? ¿Qué más daría si se equivocaba con la
especialidad? Siempre podía repetir el MIR otro año o desarrollar algún hobby…
—Gracias, Marc… Me has ayudado mucho… Otra vez —susurró ella con cierta ternura—. ¿Volvemos al coche?
Marc asintió y caminó tras ella de nuevo. No tardaron en llegar al punto donde se iniciaba la ruta de senderismo del bosque de laurisilva. Aparcaron y sacaron las
cosas del maletero. Al parecer, Marc iba más preparado que ella:
—He traído dos botellas de agua de litro y medio, tres bolsas de frutos secos y un forro polar para ti por si acaso tienes frío, estás muy delgada y seguro que eres
friolera —dijo con seguridad.
A su ex mujer le pasaba igual, siempre salía de excursión sin abrigarse bien y acababa quitándole la sudadera a su marido.
—Vaya, gracias… Aunque traigo la sudadera…
Se sonrieron mutuamente y a Marc se le hizo más patente el hecho de que llevaba demasiado tiempo sin salir con una mujer. Se recordó que Irene no era una opción,
sólo había surgido así porque no había querido dejarla sola en aquel estado en el hotel.
No tardaron mucho en introducirse hasta el mismo corazón del bosque. Hablaron a ratos y guardaron silencio en tantos otros para oír a los pájaros y disfrutar de la
tranquilidad que se respiraba allí arriba.
Los árboles eran de troncos finos y retorcidos, cubiertos de musgo y líquenes, dándole al paisaje un aspecto verdaderamente mágico. Se cruzaron con algunos turistas
a los que saludaron amablemente y prosiguieron su camino.
—¿De dónde eres? —le preguntó entonces él.
Irene pensó que no había nada de malo en decir que era de Madrid.
—De Madrid, ¿y tú?
—Yo crecí en Barcelona, pero ahora vivo en Madrid… —respondió Marc—. Ya sé que te lo pregunté el otro día, pero ahora en serio… ¿Hay algo en lo que quieras
especializarte dentro de la medicina?
Irene se detuvo un momento y miró a Marc muy seria.
—Me has dicho que tengo que dejar de pensar en los problemas para que se solucionen —le recordó ella con cara de pocos amigos.
—Vale, te preguntaré algo parecido pero de otra manera —dijo él retorciendo su discurso, cosa que se le daba muy bien (pues había sido campeón de debates durante
la época universitaria)—. ¿Si ahora decidieras que no quieres ser médico… A qué te gustaría dedicarte?
Irene se detuvo de nuevo. Fue a decir algo pero Marc se lo impidió.
—Ahora no vale que me respondas como antes.
—Está bien… —rezongó ella fastidiada—. La medicina me gusta pero lo que no me gusta es la competitividad entre médicos, los horarios infames, la presión
asistencial… La sensación de que por mucho que hagas el mundo seguirá estando igual…
Marc no pudo evitar soltar una sonora carcajada. En cierto modo sus frustraciones eran las mismas. Además ser político significaba ser odiado por gran parte de la
sociedad (y con razón).
—Si lo que quieres es intentar cambiar cosas podrías intentar meterte a política —dijo él medio en broma, medio en serio.
Ahora fue Irene la que empezó a reír.
—Política… —dijo ella mientras continuaba descendiendo por una abrupta cuesta que llevaba hasta otro mirador que indicaba la mitad de la ruta.
—¿Qué tienes con la política? Es importante para la sociedad.
—Bueno, creo que se le da más importancia de la que realmente tiene —dijo Irene.
Aquellas palabras fueron como un mazazo en el orgullo de Marc, quien vivía por para y dedicado a la política con la intención de mejorar un poquito su país (aunque
mucha gente pensara que quería arruinarlo y demás…).
—¿Y por qué dices eso? —preguntó él intentando disimular, sin éxito, que se había enfadado—. La política es esencial en la sociedad.
—Quizá tengas razón. La política mal llevada puede hacer mucho daño. Yo creo que una buena política es la que no se nota, como las compresas, vaya —sugirió ella,
ajena a que el cabreo de Marc crecía por momentos.
—No te entiendo, Irene. Te juro por mi vida que no te entiendo.
Entonces la pelirroja, que hasta el momento iba marcando el paso, se detuvo y lo miró perpleja.
—¿Estás bien? No he querido molestarte… De todos modos no te voy a engañar, no estoy nada puesta en política… Cuando estudié para el MIR me aislé del mundo
y lo único que hacía para entretenerme era leer a Charles Dickens y a Víctor Hugo. No estoy puesta ni en política, ni en música, ni en cine, ni en muchas otras cosas…
Igual para cuando salga de mi burbuja Cataluña ya es independiente, quién sabe —bromeó ella.
Pero Marc no sonreía, en absoluto.
—Te aseguro que no lo es —dijo él con una seriedad que a Irene le invitó a cambiar de tema.
—Déjalo, no me tomes en serio. No soy quien para hablar de política. Supongo que con mi escasa formación en derecho y economía cualquiera me podría manipular
para que votase a su favor. ¿Sabes? Mis padres siempre me han criticado mucho porque no me posiciono.
—¿En qué sentido? —preguntó él.
—Pensándolo mejor, dejemos el tema. A ti te afecta mucho y yo no digo más que tonterías.
Marc estaba indignado pero también muerto de curiosidad por entender la clase de pensamientos que se deslizaban por la mente de una doctora recién licenciada que
había preferido aislarse del mundo para estudiar en lugar de ver las noticias o de leer la actualidad para molestarse en ir a votar hace unos meses.
—No, por favor. Quiero saber cuál es tu opinión. Por cierto, ¿no fuiste a votar?
—No —dijo tan tranquila.
A Marc le hirvió la sangre en las venas.
—¿Y se puede saber por qué? —preguntó él intentando contenerse. De seguir así le acabaría revelando lo que no quería revelar.
—Ah, porque mi padre me dijo que ahora había cuatro partidos políticos a elegir y que estaba el panorama complicado. Y la verdad, las otras veces que he ido a votar
me había leído los programas electorales… Y esta vez me era imposible leerme cuatro programas e intentar conocer a los candidatos lo suficiente como para saber si van
a intentar cumplir algo de lo que predican.
—¿Entonces…?
—Entonces no voté. No puedo votar de manera responsable si no sé lo que estoy votando ni a quién, ¿no crees? Lo que no estoy dispuesta es a votar a uno o a otro
habiendo leído únicamente lo que la gente dice en Twitter, porque esa no es una manera seria de funcionar.
Marc tuvo que reconocer que el argumento no era malo.
—Sí, tienes razón. ¿Y qué quieres decir con que tu padre te echa la bronca porque no te posicionas?
—Ah… Bueno, mi padre es de izquierdas y mi madre es de derechas. Las discusiones en casa son monumentales… El caso es que a mí me parece que los dos tienen
razón y eso me desorienta.
Marc, por primera vez, se relajó y hasta sintió empatía por ella. Él defendía un partido político con una posición más central y se había llevado muchas críticas por
“no posicionarse”. Claro que había cosas en las que estaba de acuerdo con la derecha y cosas en las que estaba de acuerdo con la izquierda.
Esa manera de pensar había llevado a los partidos de derechas a llamarle progre y a los de izquierdas a llamarle facha. Quizá por eso en este país este tipo de política
estuviese condenada a no llegar a ninguna parte.
—Entonces tal vez debieras votar a un partido de centro —le dijo él, convencido.
—Mmm… El problema de votar a un partido es que voto cosas con las que estoy de acuerdo y también voto otras cosas con las que no estoy de acuerdo en absoluto.
—Irene, nunca llueve a gusto de todos…
—Si te digo la verdad, Marc… Detesto la política porque en mi familia sólo ha traído odio y discusiones. Rencores y faltas de respeto. Me encantaría que mis padres
pudiesen pensar diferente sin reprochárselo mutuamente, ¿sabes? Me encantaría que mis dos mejores amigas pudieran dirigirse la palabra en época de elecciones y que
pudieran escucharse mutuamente. Pero no. Porque la política divide. Y hasta que no deje de hacerlo, no van a existir en este país buenos políticos, porque los políticos,
Marc, salen de la maldita sociedad en la que vivimos.
—Eh, tranquila, estás gritando, Irene —dijo él, que vio que la pelirroja estaba peligrosamente apasionada con sus palabras.
—Lo siento —dijo ella tratando de recomponerse.
Nunca se había enzarzado con alguien en nada que pudiese parecerse a una discusión política. Y jamás se habría creído capaz ella misma de defender su opinión sobre
la política con tanta pasión.
—No, no lo sientas, está bien que defiendas lo que piensas. ¿Qué quieres decir con que los políticos salen de la sociedad? —preguntó él interesado.
—Mmm… Pues eso. Que los políticos son personas que han nacido en nuestra sociedad y que sus defectos son los nuestros, que los criticamos mucho… Pero
¿cuántos de nosotros si estuviéramos en esos puestos de poder no nos corromperíamos? ¿Cuántos no nos dejaríamos llevar por nuestra ambición, Marc? El mundo
cambiará cuando cambien las personas, no las políticas.
Casi sin darse cuenta, habían llegado al mirador, desde el que se veía el mismo paisaje que en el mirador anterior, pero desde otro ángulo.
—Vaya —susurró Irene, olvidando de repente de lo que estaba hablando—. Qué bonito…
Pero Marc no estaba viendo el paisaje. Al contrario, se había quedado sumido en una profunda reflexión que había despertado en él gracias a las palabras de la
doctora. De pronto empezó a ver a sus adversarios políticos como personas de carne y hueso, con sus virtudes y defectos… Y pensó… ¿Qué nos lleva a ver la política
desde la derecha o desde la izquierda? Porque el dinero no era una respuesta. Había gente pobre de derechas y gente rica (que no estaba dispuesta a renunciar a su
dinero) de izquierdas. Había gente de derechas que actuaba como si fuera de izquierdas y gente que decía ser de izquierdas que actuaba como si fuera de derechas.
¿Y acaso sabía alguien de dónde venía la izquierda y la derecha? Teniendo en cuenta que era un término que se empezó a utilizar el 11 de septiembre de 1789 durante
la Revolución Francesa cuando los que se sentaron a la derecha del presidente preferían que la monarquía continuara teniendo un poder superior al de la soberanía
nacional y los de la izquierda preferían limitar el poder de la realeza, se podría decir que estos términos empezaban a quedarse ya anticuados: tanto en contexto, como
en matices.
—Marc, ¿ese pueblo de ahí cuál es? —dijo Irene mientras miraba un mapa.
Él despertó de sus cavilaciones y volvió a participar de la conversación.
—Creo que es Taganana… Mira, está aquí —señaló en el mapa—. Podríamos ir a comer allí, si te parece bien.
Sin querer los dedos de Irene rozaron los suyos y ambos notaron una especie de corriente que los recorrió. Aunque ninguno dijo nada. Marc lo achacó a la sequía que
llevaba experimentando durante meses e Irene a que era normal que un hombre tan atractivo como él le atrajera (como le podría atraer a cualquier mujer) y sólo era
cuestión de autocontrolarse.
—¿Por qué no me hablas tú ahora de lo que piensas? —preguntó Irene con una sonrisa.
—¿Seguro que quieres seguir hablando de política? —preguntó Marc.
—No, de política no, me aburre. Háblame de qué es lo que podríamos comer cuando terminemos la ruta. Yo voto por unas papas arrugadas con mojo. Aún no lo he
probado.
Marc echó a reír mientras sacaba de su mochila una bolsa de frutos secos combinados.
—Mientras tanto, creo que nos vamos a tener que conformar con esto —dijo él.
Ambos tenían hambre y dieron buena cuenta de las provisiones. Se sentaron cerca del mirador, sobre una especie de muro de cemento para comer y beber agua.
Marc no perdía de vista los movimientos de Irene. Pronto se acostumbró a las sonrisas fugaces de ella y a sus ojos verdes relampagueantes. Se la veía feliz, nada que
ver con aquella mañana.
—Hay que seguir o se nos va a hacer muy tarde —dijo de pronto la doctora—. Aún nos queda una buena subida, según el mapa.
—¿Sabes? Yo vine aquí de viaje de fin de carrera hace unos años…
—¿Unos diez o quince? —preguntó ella burlona.
—Que sepas, doctora, que la experiencia es un grado —le respondió Marc con una media sonrisa antes de guiñarla el ojo.
Gesto, que por otra parte, le arrancó una pequeña taquicardia a la joven pelirroja. Marc percibió que había causado efecto, aún sin pretenderlo y curiosamente, se
sintió muy bien. No había tenido intención de flirtear, pero había salido así y a Irene no parecía haberle importado.
—¿Tú crees que este camino seguirá igual que hace quince años? —preguntó ella—. Las cosas cambian con el tiempo, señor Rovira —señaló Irene siguiéndole el juego
a Marc.
—Anda, levanta de ahí.
Y continuando con aquello, la cogió en brazos para levantarla del cemento y la dejó en pie sobre el suelo. Irene se sintió extraña, quizá no debiera de bromear tanto
con él. ¿Quién sabe si estaba casado? Desde luego, ella notaba la tensión que empezaba a crecer entre ambos y esperaba que Marc no se hubiese dado cuenta de ello.
Emprendieron la subida hacia el aparcamiento. Fue dura sobre todo para Irene, que después de estar durante meses enclaustrada estudiando, había perdido gran parte
de su forma física y su capacidad pulmonar, por lo que tuvo que obligar a Marc a que bajara el ritmo.
—Lo siento —se disculpó ella mientras jadeaba apoyada encima de una piedra.
—Eh, tranquila… No hay ninguna prisa, ya no queda mucho y podemos tomarnos el tiempo que necesites.
—Es que tanto estudiar… Me ha atrofiado los músculos —dijo Irene mientras se prometía para sus adentros que cuando volviese a Madrid se apuntaría al gimnasio
para cambiar las cosas.
Marc echó a reír.
—Estos médicos… Siempre diciéndole a la gente que haga ejercicio y ellos… Ay.
—Oye no es tan fácil estudiar tanto y mantenerse activo a la vez —se defendió ella indignada.
—Ya… Claro… Eso decís todos —dijo Marc para picarla.
No sabía por qué, pero le gustaba hacerla saltar un poquito. Era divertida cuando se apasionaba hablando, como cuando le había preguntado sobre la política antes.
—Tú eres un poco vacilón… ¿No te parece? —argumentó ella muy convencida.
—Un poco —respondió él sonriente.
Es que se estaba divirtiendo. Aunque quizá no debería ir por ese camino, se dijo Marc. ¿Y si se acostaba con ella? Bueno, podría ser un “amor vacacional”. Espantó
aquella idea de su mente hambrienta. Le atraía, sí. Era preciosa, pelirroja, ojos verdes, inteligente y joven. A cualquier hombre le atraería una mujer así. Pero debía
recordar que su única intención cuando la invitó a pasar el día con él era no dejarla sola al ver en el estado en que se había encontrado al sacarla de la piscina.
—Mira, yo no puedo más. Esta cuesta va a acabar conmigo —se quejó Irene, que no conseguía que su pulso aminorase el ritmo—. Un poco más y empezaré a
fibrilar.
Marc estalló en carcajadas.
—Eres una exagerada.
Y ni corto ni perezoso, la cogió en brazos de nuevo y subió la cuesta con Irene colgada cual saco de patatas.
—Marc, te vas a hacer daño… Bájame —insistía ella—. O eso o nos vamos a caer los dos.
—Tranquila, me gusta ser modesto, pero tengo que admitir que estoy fuerte —dijo él muy convencido.
Irene se echó a reír y Marc esbozó una sonrisa para sus adentros. Entonces ella decidió en un impulso llevar una de sus manos al bíceps derecho de él.
—Es cierto, estás fuerte. Parece que has bebido de la marmita de Astérix y Obélix.
A Marc le sobresaltó sentir las manos de ella tocando sus músculos, tanto que tuvo que bajarla al suelo.
—Está bien, ya no puedo cargar contigo más… Reconozco que soy humano y me canso —mintió él, que no estaba en absoluto cansado. Pero no podía soportar que
ella le sobase los brazos como si tal cosa.
Tenía un límite. No era de piedra.
Irene percibió que algo no andaba bien. ¿Estaba cansado? No lo parecía en absoluto. Quizá no había hecho bien en tocarle el bíceps, se dijo. Se estaba pasando. Se
prometió no volver a cruzar los límites de la confianza. Una confianza que no sabía si podía tener con él.
Al fin llegaron al punto de partida. Fin de la ruta. Irene se dejó caer en el asiento del copiloto como un peso muerto y cerró los ojos.
—Esta noche vamos a dormir bien —dijo Marc antes de arrancar el coche.
—¿Crees que nos quedan fuerzas para ir a comer a Taganana? —preguntó ella entre bostezos.
—Por supuesto. Una caminata así merece una buena ración de pescado a la plancha y papas arrugadas, ¿no crees?
Y lo cierto es que la sola mención de la comida hizo que Irene empezara a salivar como uno de los perros de Paulov. El camino en coche fue sinuoso, pero cuesta
abajo. Marc empezaba a estar cansado de conducir, se notaba en los movimientos del volante, que empezaban a ser más groseros y la caja de cambios empezaba a
chirriar cada vez que Marc necesitaba meter la primera para tomar una curva cerrada. Al final pasaron por Taganana pero no pararon allí.
—¿No íbamos a comer en el pueblo?
—Te voy a llevar a otro sitio que está cerca y también es muy especial. Podremos comer delante del mar.
Irene sonrió, emocionada. ¿Podía el día mejorar aún más?
Cinco minutos después en la carretera cruzaron el cartel que anunciaba que estaban entrando en Roque de las Bodegas. Un pequeño y entrañable pueblo costero con
una gran playa de fuerte oleaje. No hubo ningún problema para aparcar. Bajaron del coche y caminaron hacia unos restaurantes que había justo en el paseo marítimo,
frente al mar.
Se sentaron en una terraza y pidieron un menú para los dos (pues el camarero les advirtió de que los menús eran bastante generosos y ellos se habían atiborrado a
frutos secos por el camino).
No tardó en llegar una suculenta ensalada seguida por las famosas papas arrugadas, bien saladas acompañadas de mojo verde, hecho con cilantro. Después el camarero
les trajo una bandera de filetes de pescado a la plancha con ajetes.
Entonces se hizo el silencio entre ambos, que dedicaron toda su atención a la comida, hasta que no quedó nada en el plato.
Cuando terminó, Irene dejó a su mirada vagando por el horizonte, plagado de montañas que se introducían en el mar y de rocas negras en las que chocaba la espuma
blanca de las olas. Respiró profundamente y sonrió. Qué a gusto se encontraba allí: lejos de todo, en compañía de un hombre con el que se sentía cómoda, aunque no lo
conociera en absoluto.
Marc también miró el horizonte, recordando la última vez que había estado allí, con sus amigos de la universidad y con la que entonces había sido su novia. Cuánto
habían cambiado las cosas. El paisaje parecía no haber cambiado nada… Pero su vida… No había resultado ser, para nada, tal y como se la había imaginado en aquella
época. Después desvió su mirada hacia Irene, diez años menor que él y llena de ilusiones y de incertidumbre… Y con ideas al parecer, bastante claras. Él sabía lo que le
daba miedo a la joven: le aterrorizaba avanzar y tomar decisiones, porque eso significaba dejar atrás el resto de cosas. Cerró los ojos un momento y dejó que la brisa
marina le golpeara el rostro. Echaba de menos a su hija, muchísimo. El mes que viene pasaría unos días con ella, tenía pensado llevarla de excursión y al parque de
atracciones. Él también tenía miedo de que pasara el tiempo, su nena crecería y él ya no sería indispensable para nadie. No iba a mentirse a sí mismo, deseaba volver a
encontrar a una mujer con quien rehacer su vida. Alguien a quien amar. Alguien que le despertara con un beso por las mañanas.
—Marc, Marc… —dijo Irene—. Te estás quedando frito aquí sentado —sonrió la pelirroja—. Deberíamos irnos, ¿quieres que conduzca yo?
Él se recompuso rápidamente.
—No, tranquila… Mi contrato de alquiler del coche no incluía un conductor adicional —explicó él mientras se le escapaba un bostezo.
—Entonces te ordeno que te tomes un buen café —dijo ella sonriente.
Marc le devolvió la sonrisa y le pidió un café sólo con hielo al camarero.
—Ha sido un día genial —dijo Irene antes de que se levantaran de la terraza y fueran hacia el coche.
Durante el viaje de vuelta a Santa Cruz pusieron la radio y fueron cantando algunas canciones juntos. Desafinaban y se desgallitaban mientras se reían a carcajadas. Y
por fin, llegaron al parking del hotel.
Marc aparcó de una sola maniobra y salieron del coche. No dijeron nada hasta que llegaron al ascensor.
—Gracias por haber venido conmigo, ha sido un día especial, Irene —se atrevió a decir Marc, intentando no sonar demasiado cursi ni solemne.
Irene le devolvió una bonita sonrisa sincera que lo dejó hipnotizado durante unos segundos.
—Gracias a ti… Creo que tienes razón: a veces para solucionar los problemas hay que dejar de pensar en ellos —respondió ella antes de bajarse del ascensor en la
tercera planta.
—¡Espera! ¿Vas a bajar a cenar esta noche? —preguntó él antes de que se cerraran las puertas del ascensor.
Irene lo miró confundida. Casi había olvidado que ya quedaba poco para la hora de la cena.
—Supongo que dentro de una hora bajaré a comer algo —respondió la doctora—.Lo he pasado muy bien.
Y se marchó a su habitación.
Marc pulsó el número cinco en el ascensor y se revolvió el pelo con la mano. Resopló y cuando entró su habitación: la 504, resolvió tomar una ducha fría para
refrescarse las ideas.
Irene también decidió asearse. Se lavó el pelo otra vez y se duchó. Había sudado mucho durante la caminata y se sentía pegajosa y sucia. Por lo que le vino bien el
agua caliente y el gel de baño de lavanda. Para cenar decidió ponerse un vestido negro de tirantes que le llegaba por los tobillos y que tenía un bonito estampado de
flores. Era informal y tenía su encanto.
También, y por primera vez desde que había llegado al hotel, abrió su neceser de maquillaje y se aplicó una pizca de colorete y algo de sombra de ojos verde. No es
que quisiera que Marc se fijara en ella… Pero ya que él iba a estar allí, tampoco quería que la viese hecha un desastre.
Cogió la tarjeta de la habitación y su móvil y se dispuso a bajar al comedor. Una vez en la planta baja, se detuvo a leer el menú de la cena y también para respirar un
par de veces y serenarse.
—Estoy irracional —susurró.
¿Cómo iba a estar nerviosa por ver a Marc en la cena? Si llevaba con él todo el día. No tenía ningún sentido. Se quitó las tonterías a base de fuerza de voluntad y entró
en el comedor, donde una camarera le guió hasta una mesa algo apartada (donde venía cenando las últimas noches). Pero allí no estaba Marc, por ninguna parte. En parte
sintió alivio y en parte decepción.
Pidió de primero gazpacho y de segundo una porción de bienmesabe. Para beber: agua. Empezó a comer sin entusiasmo. Se centró en el plato que tenía delante y
pronto lo que había sucedido a lo largo del día comenzó a parecerle un espejismo.
—¿Y esa cara?
Irene se sobresaltó de tal manera que casi hace saltar la cuchara por encima de su cabeza. Marc contuvo la risa y se sentó a la mesa, frente a ella. La miró brevemente a
los ojos y al comprobar que estaba maquillada y que su vestido llevaba un bonito escote, se vio obligado a apartar la vista. Necesito otra ducha fría, pensó él tragando
saliva.
—Es sólo cansancio —mintió Irene, que ya estaba más animada al comprobar que aquel hombre no había sido producto de su imaginación.
—Ah, bueno. Había pensado que mañana podríamos ir a hacer kayak a los acantilados de Los Gigantes. Pero si estás cansada…
A Irene se le iluminó el rostro momentáneamente pero….
—Me encanta el kayak, Marc… Pero…
—¿Pero?
—Eso implica agua… Y aún no lo he superado. ¿Y si vuelca el kayak? Sabes que me paralizo en el agua… Preferiría ir a otro sitio.
—Escucha, Irene. Iremos en un kayak los dos, un biplaza. No va a volcar y si lo hiciera, sabes que he sido campeón de natación y que no voy a permitir que te pase
nada malo, ¿vale?
Ella lo miró poco convencida.
—¿Me prometes que si de pronto empiezo a pasarlo muy mal haremos otra cosa? ¿Me sacarás de allí rápidamente?
—Te lo prometo —dijo él—. Además, si sale bien, habrás dado un pasito más para vencer tu miedo.
Aquel punto de vista la animó y aceptó la propuesta.
Marc pidió la cena y terminaron tomando el postre a la vez.
Irene empezó a preguntarse por qué aquel hombre de pronto tenía tanto interés en hacer planes con ella… Y lo que era peor, ¿por qué ella tenía ganas de decirle que sí
a todo? Lo cierto es que habían pasado un día muy divertido y que la conversación que había entre ellos era interesante. Somos dos personas adultas que se lo pasan
bien juntas y ya está, pensó Irene.
Salieron del comedor y se detuvieron frente al ascensor. Durante unos segundos se miraron a los ojos y mientras Marc tragaba saliva, Irene luchaba por mantener su
frecuencia respiratoria bajo control.
—¿Te apetece ir a dar un paseo? —propuso él, pues sabía que no tenía ningún sueño y que si intentaba irse a dormir, acabaría bajo la ducha fría, otra vez.
Pero Irene negó con la cabeza. Estaba algo aturdida por la camisa blanca que llevaba puesta Marc y por su americana gris. Y sobre todo, por el olor a gel de baño y a
colonia.
Lo cierto es que hacía mucho que no estaba con ningún hombre, en concreto desde que mandó a paseo a su ex. Y empezaba a notarlo. Desde luego, no era prudente ir
a dar un paseo con Marc. Ya tendrían el día siguiente para pasarlo bien y seguramente también su cabeza estaría más fresca para pensar con claridad.
Y con suerte, no olerá a colonia ni llevará esa maldita camisa que le queda tan bien, pensó Irene algo turbada.
—No, estoy muy cansada… Hemos andado mucho hoy —dijo ella sonriente—. Mañana te veo.
—¿En recepción a las nueve? —preguntó él.
—A las nueve —confirmó ella.
Y se bajó en la planta número tres, en dirección a la 304.
3
A pesar de que habían quedado a las nueve en la recepción, fue inevitable coincidir en el buffet del desayuno a las ocho y media. Se encontraron en la zona del pan
tostado. A Irene le bastaba con pasar una vez las rebanadas de pan por la tostadora, sin embargo a Marc le gustaba el pan más torrado, por lo que pasaba más tiempo en
pie esperando a que su desayuno estuviera listo.
—Buenos días —saludó ella con una sonrisa tímida.
Irene esperaba que el “efecto Marc”, como ella misma lo había denominado antes de quedarse dormida, hubiese amainado un poco de un día para otro. Pero se
equivocaba. Marc llevaba una camiseta negra que, si bien no se ajustaba del todo a su cuerpo, dejaba bien claro que lo que había debajo prometía. Sin embargo, lo que
más le atrajo en aquel momento de Marc fue su pelo mojado, recién salido de la ducha, revuelto y la cara de recién levantado de la cama.
Marc, por otra parte, se había dado una ducha fría (otra más) antes de ir a dormir y se había prometido a sí mismo que debía reservar una noche de sus improvisadas
vacaciones para salir y conocer a alguna mujer con la que pasar una buena noche y así, con suerte, dejar de sentirse tan vulnerable cuando la pelirroja se acercaba a él más
de lo normal.
—¿Has dormido bien? —preguntó Marc con una gran sonrisa—. Pareces contenta.
—Sí, la verdad es que he dormido fenomenal… Por primera vez en mucho tiempo —confesó Irene mientras alcanzaba un par de cruasanes de pequeño tamaño con las
pinzas metálicas reservadas para tal fin.
Marc sonrió para sus adentros. Lo cierto es que el día anterior había sido especial. Habían estado muy a gusto juntos. Conversaron, flirtearon, comieron frente al mar
y volvieron al hotel cantando a voz en cuello en el coche. En realidad, hacía tiempo que Marc no se había divertido tanto.
—¿Estás lista para el kayak? —preguntó él mientras extraía sus tostadas carbonizadas de la tostadora.
Irene frunció los labios e inspiró profundamente, haciendo de tripas corazón.
—Recuerda tu promesa… Si me agobio mucho, me sacas de ahí —dijo seria.
Marc esbozó una media sonrisa.
—Ya verás como no hará falta, porque te lo vas a pasar bien y no te vas a estresar ni un poquito —respondió él con un tono optimista que relajó un tanto los nervios
de la joven doctora.
Irene llevó sus tostadas y sus bollos a la mesa donde desayunaba habitualmente y Marc, que vio que no tenía ningún sentido desayunar en mesas separadas, trasladó
su café y sus tostadas junto a la pelirroja.
—¿Qué es eso? —preguntó él señalando una jarra que contenía algo parecido a la leche pero de un color algo más oscuro.
—Uhm, es leche de avena —dijo Irene—. La leche de vaca me sienta mal.
—¿Puedo probar un poco? —preguntó él.
Lo cierto es que cuando compraba veía que había crecido mucho la oferta de bebidas vegetales en el supermercado, pero él nunca había sentido la curiosidad suficiente
para probar ninguna de ellas.
Hasta ahora.
Irene sonrió al ver que Marc llenaba un vaso hasta la mitad con la leche de avena. La joven pensó que tal vez le chocara el sabor lo bastante como para que no tuviese
interés en beberse el otro medio vaso. Eso fue lo que le había pasado a su mejor amiga cuando ésta quiso probarla por primera vez.
—Pues está rica… Sabe a horchata —dijo Marc—. Voy a ir a buscar una jarra de esas para mí.
—Ten cuidado no vayas a volverte vegano.
—Bueno, en realidad no tomo carne roja… —dijo él antes de alejarse de la mesa en busca de más leche de avena.
Irene abrió mucho los ojos, sorprendida. Sin embargo continuó con su desayuno, pues el día anterior había hecho más ejercicio del habitual y ahora su estómago pedía
más gasolina para funcionar.
Marc regresó con una jarra llena a rebosar de leche de avena. Mientras, Irene se dio cuenta de que aunque ya se había terminado las tostadas y los cruasanes, tenía
más hambre, así que no dudó en levantarse a poner otras dos rebanadas a tostar. Eso hizo.
Aquella mañana había decidido ponerse el bikini bajo la ropa. Si iban a hacer kayak, lo más útil es ir vestida desde el hotel para luego no tener que andar buscando un
sitio en el que cambiarse. Por eso Marc no pudo evitar fijar sus ojos en los pantalones blancos que transparentaban sin querer, la parte de abajo del bikini de color negro.
Fue sólo un momento, pero bastó para que se le subiera el corazón a la garganta y le impidiera tragar el trozo de tostada que tenía en la boca.
Cuando regresó, Irene encontró a Marc bebiendo agua.
—Me como esto y nos vamos, ¿vale? —dijo ella, feliz de tener de nuevo más pan en el plato.
No tardaron más de diez minutos en estar listos. Irene subió a su habitación a buscar la mochilita que había preparado para la excursión de aquel día y lavarse los
dientes. Marc hizo lo mismo. Subió a la 504 y aprovechó para echarse agua fría en la cara. En marzo ya hacía calor en Canarias, el suficiente como para empezar a sudar
desde primera hora de la mañana. También se cepilló los dientes y se aseguró de llevar en una bolsa deportiva todo lo necesario: bañador, chanclas, crema solar, frutos
secos, agua, su cartera y su Blackberry. Ah, y las llaves del coche.
Se encontraron en la recepción. El vestíbulo del hotel era realmente señorial. Columnas de mármol, suelo brillante, sofás de cuero… Casi destacaban más los
huéspedes que se vestían de sport para salir a correr o para ir al gimnasio, más que nada por desentonar en aquel lugar que invitaba a vestirse de gala, en lugar de Nike.
Bajaron al parking charlando sobre si después de hacer kayak, estarían lo bastante animados como para subirse a un barquito para ver delfines.
—Si te digo la verdad, a veces me mareo en los barcos —dijo Marc mientras arrancaba.
Recorrieron la autopista sur que salía desde Santa Cruz y que llegaba más allá de Adeje. Después se desviaron por otra carretera de doble sentido hasta que
alcanzaron el puerto de los Gigantes, donde Marc decidió aparcar en el propio parking del puerto. Irene empezó a notar que su corazón golpeaba más fuerte que de
costumbre su esternón cuando vio las canoas flotando en una esquina del puerto, donde dos chicos con gafas de sol, gorro y chanclas empezaban ya a organizar al
grupo.
Intentó que su miedo no se apoderase de ella antes si quiera de empezar. Lo que hizo, en su lugar, fue quitarse los pantalones y la camiseta, quedándose sólo con su
escueto bikini negro y las chanclas de dedo oscuras. Dobló el resto de su ropa y la metió en el maletero.
Marc hizo lo mismo, se quitó la camiseta y se quedó sólo con el pantalón (que era bañador), de color gris.
Inconscientemente, procuraron no mirarse demasiado el uno al otro. Pero por desgracia, Marc no pudo evitar que sus ojos chocaran con el grácil cuerpo de la pelirroja
escasamente vestido y, de esta manera, que su corazón estuviese a punto de salir por su garganta.
Cálmate, es una mujer, como si en tu vida no hubieses visto una, se dijo a sí mismo.
Irene le sonrió. Cerraron el coche y avanzaron hacia la zona de los kayaks.
Hacía sol y calor. Por suerte, ambos habían tenido la precaución de coger una gorra para evitar insolarse. Al fin llegaron con el grupo y les tendieron dos chalecos
salvavidas (gesto que a Irene le valió un suspiro de alivio, pues el chaleco hacía disminuir notablemente su ansiedad).
—¿Sois Marc y acompañante? —preguntó el otro chico que estaba organizando los grupos.
—Sí, nosotros —respondió él.
—Muy bien, esta canoa es para ti y para esta belleza —dijo el canario con mucho salero refiriéndose a Irene.
Ella se sonrojó levemente y Marc vigiló con celo a aquel hombre que no hacía más que sonreírle a la pelirroja.
—Sí, ya la ayudo yo, no te preocupes —le dijo Marc al hombre, que le daba la mano a Irene para que subiese a la canoa.
En su lugar Marc la sostuvo hasta que estuvo sentada sobre el plástico amarillo del kayak y después se introdujo él en la plaza de atrás. Así, si ella se ponía nerviosa,
Marc podría abrazarla desde atrás para que se tranquilizara. Empezaron a remar, siguiendo al grupo. El día era maravilloso. El agua estaba muy tranquila y daba gusto
remar.
—Marc… —dijo Irene con voz temblorosa—. Tengo miedo.
Él ya lo había previsto, así que paso su mano por la cintura de ella, por dentro del chaleco y apoyó su barbilla sobre el hombro de la pelirroja.
—No pasa nada, estoy aquí, contigo y no voy a dejar que te ocurra nada malo, ¿de acuerdo? —susurró en su oído.
Ella asintió, algo más tranquila y también nerviosa, paradójicamente, por sentir la mano de Marc sobre su vientre, sosteniéndola con fuerza.
—Vale… —respondió Irene—. ¿Y si hablamos de algo que no tenga nada que ver? Así a lo mejor me distraigo.
Marc sonrió. Se separó de la joven y siguió remando. Comprobó que Irene remaba muy bien, como si ya hubiese hecho kayak antes. Sin embargo, estaba temblando
de los nervios que tenía y eso había que cambiarlo cuanto antes.
—¿De qué te gustaría hablar? —preguntó Marc dispuesto a distraerla.
—Pues, no sé… De política, que a ti te gusta mucho ese tema ¿no?
Él prefirió no hablar de su trabajo. Claro que, Irene no sabía que él era el líder de uno de los cuatro partidos políticos más populares del momento, así que no podía
entender por qué ese asunto le enervaba mucho más que a cualquier otra persona. Y además, no quería hablar de política porque eso sólo le recordaba la campaña, el
estrés, los debates televisivos a los que él acudía con ilusión y también con muchísimos nervios… Tantos que alguna vez le habían acusado de meterse cocaína… Cuando
lo único que le ocurría era que el estrés y los nervios a veces dominaban sus constantes y no podía evitar que sus pupilas se dilataran más de la cuenta y que le sudaran
las manos. Además, ¿quién narices se metería cocaína para ir a la televisión? En todo caso un Valium para relajarse (cosa que alguna vez había pensado en hacer).
—Bueno, hay más cosas… Si quieres puedes hablarme de ti, de tu vida… ¿Tienes novio? —preguntó él de repente.
Marc se mordió la lengua, a destiempo. Lo cierto es que ayer por la noche estuvo preguntándose cosas acerca de Irene. Bueno, se estuvo preguntando una cosa: si ya
habría algún hombre en su vida. Si estaría ocupada. Algo que él sabía que no debería importarle puesto que no quería nada con ella.
—Lo tuve —respondió Irene de pronto—. Pero no salió bien… Aunque supongo que a mi edad es normal que estas cosas pasen…
—No, nunca se puede considerar como normal una mala experiencia en una relación… Nos afecta y engañarnos es tontería —respondió él recordando la dura travesía
que significó su divorcio en su vida.
—¿Por qué dices eso? ¿Tú también has tenido una mala experiencia?
Entonces ella se giró, por fin había salido el tema de conversación y no había sido Irene misma quien había preguntado de manera indiscreta justo lo que una parte de
sí deseaba saber.
—Sí, estoy divorciado —confesó Marc.
—¿Y sigues enamorado de ella? —preguntó Irene con un hilo de voz, temiendo la respuesta.
—No. Aunque puedo decirte que la aprecio, la quiero como a una amiga y es una persona por la que siento una profunda admiración y respeto. Al menos, terminó
bien —dijo él recordando como tras diez años de noviazgo y otros diez de matrimonio, aquella relación se fracturó por miles de razones y ninguna en particular.
—¿Y…? —Irene quiso preguntar pero sintió que se estaba metiendo donde nadie la llamaba.
—¿Si tuvimos hijos?
—Sí… Pero no tienes por qué contármelo si no quieres —se apresuró a decir ella, algo avergonzada.
—Oh, claro que quiero. Cualquier cosa con tal de que no te dé una crisis de pánico —bromeó Marc.
Irene agrió el gesto y él lo notó. De modo que la abrazó desde atrás y cuando sintió que ella respiró hondo, más tranquila, la soltó.
—Gracias, Marc —dijo la doctora con alivio—. Parece que tienes un radar para detectar mis nervios.
—A tu respuesta, te diré que tengo una hija de cinco años.
Irene sintió una punzada doble de celos y ternura al mismo tiempo y no supo cómo interpretar aquello.
—¿Y la echas de menos? —preguntó entonces la doctora.
—Mucho, todos los días, a todas horas —respondió él con la voz quebrada, pensando en la primera vez que había cogido a la pequeña Laura en brazos, nada más
nacer.
Irene se dio media vuelta en el kayak e impulsivamente dejó un beso suyo sobre la mejilla de Marc. Él se sorprendió y miró a la doctora con una intensidad que hizo
que ella empezara a temblar de nuevo. Y esta vez la causa no era el pánico a morir ahogada en el mar.
—Los padres de mi mejor amiga también están divorciados —dijo entonces Irene—. Pero él hizo algo mal. Su padre, digo.
Marc frunció el ceño.
—¿El qué?
—Dar por hecho que tenía el amor de su hija. Y en consecuencia, no prestarle la atención suficiente.
—¿Y ella le quiere? —preguntó Marc verdaderamente interesado en aquel tema.
—Sí, pero se desespera por complacerle. Su problema es que intenta ser perfecta para que él se sienta orgulloso de su hija… Y a él le es indiferente. Por eso mi amiga,
a pesar de ser guapa, inteligente, de tener buen corazón y un millón de talentos, siempre se ha sentido como un cero a la izquierda.
—Vaya —dijo él con una nota de culpabilidad en la voz—. Yo no quiero que mi hija se sienta así nunca… Para mí es lo más grande que hay en el mundo.
Irene sonrió recordando a su padre, que solía decirle lo mismo a menudo.
—Entonces sólo tienes que demostrárselo de la manera que ella lo entienda mejor —dijo Irene.
Al fin llegaron hasta el punto de encuentro del grupo y el monitor, que iba en una Zodiac con un fueraborda, comenzó a hacerles fotos a todos.
—Ahora os podéis dar un bañito aquí, si os apetece —dijo con acento canario, invitando al buen rollo.
Marc miró a Irene y ésta se retrajo sobre sí misma, temblando cada vez más. Marc la abrazó con fuerza y le dio un beso en el pelo.
—Shh… Tranquila. No voy a bañarme y a dejarte aquí. Y tú no tienes por qué bañarte si no quieres —susurró cariñosamente en el oído de ella.
—No me sueltes por favor —suplicó la doctora con un hilo de voz.
Marc se esforzó en rodearla completamente con sus hombros para hacerla sentir segura. Poco a poco, los músculos de Irene se relajaron y pudo empezar a respirar
con normalidad de nuevo. Pero Marc se resistió a soltarla. Sabía que si lo hacía, era muy probable que volviese a sufrir angustia y miedo.
—Mira, déjate caer sobre mí —le propuso Marc usando un tono de voz suave.
Ella hizo caso y dejo que su espalda se apoyara en el torso de él. Entonces Marc cogió una de las manos de Irene y la introdujo en el agua.
La pelirroja dejó que él guiara sus dedos, jugueteando con la superficie del agua, de manera que en lugar de ponerse más nerviosa, se relajó y empezó a sentir que el
miedo se evaporaba por momentos. No sabía por qué ni cómo, pero ahora veía el agua, que rozaba sus manos, y no la sentía como una amenaza.
—¿Ves? Todas las cosas que nos rodean pueden ser letales, Irene… Desde el agua hasta el casco de una moto si te golpeas contra él…
Ella esbozó una tenue sonrisa que a Marc le pareció preciosa. Se dejó llevar y acarició los mechones rojizos de la doctora, que cerró los ojos para disfrutar de aquel
contacto.
Regresaron en silencio. Irene ya no estaba tan nerviosa, aunque alguna vez que el oleaje aumentó lo bastante como para elevar el kayak ella tuvo que pedirle a Marc
que la abrazara de nuevo hasta que “el peligro” pasara.
Y al final, llegaron de nuevo a puerto. Estaban cansados, pero contentos.
Se quitaron el chaleco, pagaron el importe del kayak (unos veinte euros por persona) y se dirigieron al coche.
—¿Te apetece ver las ballenas? —preguntó Irene a Marc.
Él la miró. Estaba preciosa. La melena se le había revuelto con la brisa y el bikini le quedaba desmesuradamente bien. Demasiado. Casi no se creía que hacía unos
minutos había tenido que abrazar a aquella mujer para que se sintiera más segura.
—¿Marc? —preguntó ella.
—Está bien… Pero ahora eres tú la que me tiene que prometer que si me mareo en el barco, no me vas a dejar sólo —dijo él con una gran sonrisa.
Irene echó a reír y entonces lo abrazó y le dio un beso en la mejilla.
—Con todo lo que has hecho por mí, cómo no iba a estar contigo si te mareas —dijo ella muy cerca del rostro masculino.
Se miraron. Saltaron chispas y ninguno dijo nada.
—Anda, vístete o no llegaremos a coger el barco —dijo él, que tenía la esperanza de que si Irene se ponía algo de ropa encima, él no tuviese que tirar tanto de un
autocontrol que ya comenzaba a escasear.
Subieron al barco. Irene estaba feliz. Sentía el viento en la cara y no tardaron en aparecer a lo lejos, grupos de delfines que saltaban divertidos. Marc no estaba
disfrutando tanto. Odiaba los barcos con toda su alma. Agradecía al cielo no haber comido nada antes de subir a bordo, porque ahora su estómago estaba bailando una
sardana. Irene se giró y lo vio sentado, cubriéndose la cara con las manos, pasándolo mal.
Ella se arrepintió inmediatamente de haberle obligado a subir al barco. Se sentó a su lado y paso su delicado brazo por la gran espalda de Marc. No pudo evitar notar
bajo sus dedos la musculatura tan desarrollada de aquel hombre, cubierta tan solo por una fina camiseta blanca de algodón. Irene notó una punzada de deseo en su sexo y
se sintió húmeda de repente. Entonces retiró su brazo de la espalda de Marc y trató de serenarse. ¿Qué demonios le estaba pasando? ¿Tan necesitada de un revolcón
estaba? Con su exnovio nunca fue una mujer muy sexual, realmente.
—¿Estás bien? —preguntó Irene a Marc, suplicando para sus adentros que él no notara lo que le estaba sucediendo a ella.
—Sí, tranquila… Aprovecha y mira los delfines, tú que no te mareas —intentó bromear él, sin ningún éxito.
—Ven, deja caer tu cabeza aquí, en mi regazo. Tú me has ayudado antes y yo ahora te voy a ayudar a ti —dijo ella.
Entonces Irene hizo que Marc se apoyase sobre ella y automáticamente la doctora comenzó a acariciarle el cabello, un gesto que rápidamente hizo que el mareo de
Marc desapareciera y se sustituyera por una incipiente erección, que esperó que no fuese a más y nadie lo notara.
—¿Está mejor? —preguntó Irene dulcemente.
—Sí —susurró él mirándola a los ojos desde el regazo de la doctora—. Gracias.
Entonces Marc inclinó su cabeza y besó la mano de la pelirroja, quien se puso roja como un tomate al notar los labios de él sobre su piel. Mentalmente decidió que
aquella noche saldría en busca de algún chico con el que resolver su apuro sexual. Ella era una buena chica y no tenía por costumbre acostarse con nadie a quien no
conociera, pero debía reconocerse a sí misma que aquel estado de excitación no era normal en ella y que si no podía resolverlo ella sola en su habitación, necesitaría un
hombre que lo hiciera en condiciones.
Sí, saldría aquella noche. Quizá a alguna discoteca o pub. Utilizaría preservativo, por supuesto.
Suspiró.
—Sois tan tiernos —dijo entonces una señora que estaba sentada en frente de ellos—. Me encantan las parejas jóvenes como vosotros… Yo echo tanto de menos a mi
marido… Falleció el pobre hará ya cinco años…
Entonces Irene despegó las manos del cuero cabelludo de Marc y éste se incorporó de un salto del regazo de la doctora. Ambos empezaron a balbucear intentando dar
a entender que había habido un error: no eran pareja, ni estaban enamorados ni…
—Oh, tranquilos, no me molestáis. Mientras no os pongáis a fabricar un bebé en el barco, podéis hacer lo que queráis.
Irene sintió que se atragantaba con su propia saliva y Marc se quedó paralizado e impotente ante las imágenes que empezaron a representarse en su mente: Irene
desnuda bajo él, Irene en una cama ofreciéndose entera, su pelo rojo cayendo por su espalda desnuda… Mierda, pensó él. Mierda y más mierda, volvió a pensar.
La señora, que debía contar con no menos de setenta años, sonreía y dejaba ver que uno de sus dientes estaba manchado de su pintalabios rosa chicle. Parecía una
mujer muy risueña. Sería la dicha de la jubilación.
Regresaron a tierra. Marc agradeció al cielo pisar sobre suelo firme y después su mente volvió a imaginar a Irene sin ropa de nuevo. Él luchó con toda su fuerza de
voluntad para ahuyentar aquellos pensamientos de su imaginación mientras rebuscaba la llave del coche en su bolsillo.
—Tengo hambre —dijo entonces Irene con la intención de romper aquel silencio tan tenso que se había hecho entre ellos desde que la señora hiciera aquellos
comentarios tan inoportunos.
“Fabricar un bebé”, pensó Irene recordando aquel documental del Discovery Max titulado “Así se hace”. Casi le hizo gracia.
Casi.
—Tienes razón, yo aún estoy un poco revuelto pero creo que no nos vendría mal comer algo —dijo Marc, aliviado también de que la conversación fluida que ambos
habían tenido durante todo el día hubiese regresado.
Decidieron dar una vuelta por el pueblo y buscar en su interior algún bar que tuviese tapas apetecibles con cerveza sin alcohol. Entonces ocurrió algo.
Nada fuera de lo común, aunque muy triste. En una esquina de una calle, encontraron a un hombre acuclillado con un cartel escrito a mano y un vaso para pedir
limosna.
Irene lo miró apesadumbrada y a Marc le cambió la cara radicalmente. Ella vio como él sacaba su cartera y de ésta extraía un billete de cincuenta euros para después
introducirlo en el vaso de aquel hombre. Después echó a andar e Irene lo siguió.
—¿Te puedo hacer una pregunta? —dijo él con aire pensativo.
—Sí, claro —respondió Irene sin poder quitarse de la cabeza aquel gesto que Marc había tenido con el mendigo.
—¿Tú crees que sería posible una sociedad en la que todas las personas tengan comida y techo y trabajo? ¿Si fueras presidenta del gobierno, qué harías para acabar
con las injusticias sociales sin sobrecargar más a las personas de impuestos y obligaciones fiscales?
—Vaya, vuelves a hablar de política —dijo ella con una sonrisa—. Pues tienes que dejarme que lo piense, Marc… No son preguntas que tengan fácil respuesta. Si no,
el mundo no estaría como está, ¿no crees?
Él dibujó en sus labios una sonrisa triste y ella percibió ese sentimiento en el rostro de él.
—Sí, es cierto.
—Aunque… —añadió la joven—. Podría probar a contestarte con más preguntas.
—Te escucho —dijo Marc mirándola fijamente.
Irene se sobrecogió al sentir las pupilas de Marc posadas en ella de esa manera tan intensa. Bien, allá iba.
—¿Tú crees que sería posible un hombre sin ego, sin ambición desmedida, generoso y respetuoso con el prójimo? ¿No crees que los defectos de la sociedad son los
defectos del ser humano a gran a escala? Al final Marc, tenemos gente en este país que pasa verdaderas necesidades y por otro lado, gente que sin necesidad alguna, se
aprovecha de becas y subvenciones que no le corresponden. Así que los recursos están mal distribuidos. Además de que tenemos una clase política que deja mucho que
desear.
—Espero que no todos los políticos sean iguales —susurró Marc, algo herido por el último comentario de la joven.
—No, afortunadamente no todos los políticos son como Hitler, Stalin, Hussein, Pinochet, y el resto de líderes del mundo subdesarrollado que roban a su pueblo a
espuertas y masacran a su población.
—¡Joder, Irene, faltaría más! —exclamó Marc algo indignado.
—Los políticos de hoy en día, tanto de nuestro país, como del resto, son personas al igual que tú y yo, más malas o más buenas, con sus defectos y virtudes. El
problema Marc, es que los defectos de un político se proyectan a toda la sociedad por el poder que éste tiene. Es como… ¿Cómo explicarlo? Si un carpintero se
equivoca y fabrica mal una pieza, siempre puede hacer otra… Sin embargo, si un cirujano se equivoca y secciona un nervio, arteria o vena equivocados, puede dejar a una
persona incapacitada de por vida, ¿entiendes? Eso es lo que creo que sucede con los políticos: que por pequeños que sean sus defectos siempre se van a magnificar
cuando tocan el poder, porque su responsabilidad es tanta que repercute en toda la sociedad.
—Entonces quieres decir que los políticos no deberíamos tener defectos —intentó resumir Marc, algo confuso.
—Al menos no deberían tener demasiada soberbia (para ser capaces de escuchar opiniones diferentes), ni demasiada apetencia por el dinero que no es suyo.
Para cuando llegó Irene a aquella conclusión, ambos ya se habían sentado en una terracita y estaban picando patatas bravas mientras bebían cerveza sin. Y de nuevo,
la conversación les tenía absortos.
—¿Y tú, Marc? ¿Qué piensas de la política?
Él se quedó pensativo. ¿Qué iba a pensar? Era su trabajo, le apasionaba. Pero por otro lado, empezaba a aborrecerlo. Se había dado cuenta de que para poder cambiar
algo en la sociedad, primero había que pelearse a brazo partido con el resto de fuerzas políticas, ya que cada uno quería imponer su criterio. Tanto la izquierda, como la
derecha tenían su hoja de ruta y no estaban dispuestos a cambiar ni un ápice de ésta. Y si lo hicieran, tendrían un ejército de votantes enfurecidos que prenderían las
redes sociales de odio y faltas de respeto (tanto de la izquierda, como de la derecha), y del centro, también.
—Pienso muchas cosas… Pero creo que en parte tienes razón, que esperamos demasiado de la política. Un gobierno no es suficiente para arreglar un país.
—Pero sí para destruirlo —añadió ella con tono de preocupación—. Oye me están dando ganas de informarme un poco sobre cómo están las cosas ahora. Todavía no
he salido de mi burbuja MIR y mi mente vive en el siglo dieciocho con la historia de Charles Dickens.
Marc echó a reír. Desde luego aquella chica era algo fuera de lo común.
—No, mientras estés aquí, estás de vacaciones. Olvidémonos de la política —dijo Marc, con la idea de disuadir a la joven de que indagase en Google, ya que podría
descubrir quién era él realmente y asustarse.
Sí, se asustaría porque ahora mismo ser político en España era lo más parecido a tener la lepra.
—Está bien. Oye Marc… —empezó ella mirándolo a los ojos.
Él le sostuvo la mirada y se quedó absorto en los iris verdes de la doctora. Era preciosa e inteligente, se dijo.
—Dime —susurró él.
—Gracias por todo, lo estoy pasando fenomenal —agradeció ella de nuevo—. Hacía tiempo que no me relajaba y me divertía tanto.
Marc sintió un cosquilleo de orgullo en su interior.
—Lo mismo podría decir… El trabajo me quita la vida y los días como hoy son un verdadero soplo de aire fresco —respondió él.
Se miraron durante un minuto en el que más de una vez Marc desvió sus ojos hacia la boca rosada y suave de Irene y ésta a su vez dejó caer sus pupilas sobre los
labios de él, que prometían un cielo que hacía mucho que Irene no disfrutaba.
Entonces llegó el camarero y les trajo la cuenta, rompiendo aquel momento de tensión.
Pagaron a medias, porque Irene se empeñó en que Marc no podía andar pagándolo todo. Ella aún tenía dinero suficiente como para tomarse algo y montar en kayak,
pensaba.
Se levantaron de la mesa y emprendieron su regreso al coche. De camino, comentaban lo bonito que era el paisaje y decían qué casas de las que veían a su alrededor,
eran las que más les gustaban:
—Yo viviría allí —dijo Irene señalando un chalet de dos pisos con una bonita enredadera de hiedra que trepaba por la fachada latera.
Caminaban tan cerca el uno del otro que sin querer sus manos empezaron a rozar más de la cuenta, hasta que Marc, instintivamente agarró la mano de Irene y
entrelazó sus dedos con los de la pelirroja.
Ella, que no se lo esperaba, se quedó momentáneamente rígida y con el corazón latiendo a mil por hora, pero al ver que Marc continuaba con la conversación tan
animado, respiró aliviada y no le dio mayor importancia.
Y así, de la mano, llegaron al parking, subieron al coche y arrancaron en dirección Santa Cruz de Tenerife. Cuando llegaron al hotel, caminaron hacia el ascensor
también agarrados de la mano. Marc se resistía a soltarla.
—¿Vas a bajar a cenar? —preguntó él, al igual que el día anterior.
Se cerraron las puertas del ascensor. Estaban muy cerca y se miraban con intensidad. Marc llevaba resistiendo todo el día la tentación de robarle un beso a la doctora
y había tenido que hacer gala de su autocontrol todavía más cuando aquella señora había abierto la boca y había pronunciado las palabras “fabricar” y “bebés” juntas, en
la misma frase. Pero ahora ya no había planeado nada para el día siguiente y tenía miedo de que Irene ya no volviese a coincidir con él en el desayuno, ni en la piscina, ni
en la cena, ni en ninguna parte.
Lo que tenía claro es que quería seguir viéndola.
—La verdad es que no tengo mucha hambre —dijo ella en voz baja mientras evitaba mirar los labios de Marc, que como era bastante más alto que ella, le pillaban a la
altura de sus ojos.
—Yo… Yo tampoco. Había pensado, Irene…
Sin darse cuenta, Marc había puesto sus dedos bajo la barbilla de ella, obligándola a elevar la mirada para ver sus ojos verdes. Irene sentía que sus pulmones iban a
colapsar en cualquier momento de tener que soportar una respiración tan arrítmica.
—Sí… ¿Qué habías pensado? —preguntó ella en un susurro.
—Que mañana… Podríamos subir al Teide —dijo Marc.
Fue lo primero que se le había ocurrido. Bien podría haber elegido ir a las piscinas naturales de Garachico o visitar el drago milenario en Icod de los vinos… Pero no.
El Teide.
Sin embargo, ella esbozó una sonrisa y dijo que sí.
—Entonces mañana a las nueve en recepción, ¿no? —preguntó ella.
—Sí —respondió Marc.
De pronto las puertas del ascensor se abrieron en la planta número tres e Irene desapareció.
4
Irene empezó a caminar de un lado a otro en su habitación. Se había puesto un vestido blanco ajustadísimo y cortísimo con escote de palabra de honor. Su melena roja
caía sobre sus hombros desnudos y la sombra de ojos verde enmarcaba su mirada de un modo irresistible.
Era consciente de que necesitaba encontrar a un chico que le gustara lo suficiente (casi tanto como Marc) como para desfogarse. Era así. Ella se sentía algo sucia y
mal, porque no era su estilo, pero sentía esa necesidad. Y no quería acostarse con Marc, al menos no su parte racional que decía que Marc era más mayor que ella,
estaba divorciado y que luego, ¿qué pasaría después? Ya le había cogido cariño, le caía bien. ¿Y si…? ¿Y si se enchochaba con él? ¿Y si ya estaba enchochada? No, eso no
podía ser de ninguna manera.
Y si necesitaba sexo para apaciguar su lado romántico, eso haría.
Cogió su pequeño bolso y salió de la habitación resuelta. Había investigado en Google por dónde se salía en la ciudad y había dado con una zona de pubs que estaba
relativamente cerca del hotel. Además, era viernes por la noche, un día estupendo para salir.
Marc se había arreglado. Se puso su camisa negra y unos pantalones vaqueros con unas deportivas blancas. Llevaba algo de gomina en el pelo y se había echado su
colonia favorita.
La cuestión era simple: necesitaba sexo con una mujer porque si no, al día siguiente, no podría controlarse teniendo a Irene tan cerca. Ya había tenido dos erecciones
gracias a ella y en presencia de ella y no sabía si la siguiente vez que a la pelirroja le diera por abrazarlo, él volvería a sufrir uno de aquellos arrebatos.
Marc tenía muy claro que, en parte, se debía a la sequía que venía sufriendo desde el año anterior y se había propuesto ponerle remedio a aquel asunto esa misma
noche.
Conocía bien la ciudad de cuándo había estado hace algunos años y esperaba que las zonas de copas no se hubiesen trasladado a otra parte de la ciudad. Salió del hotel
y caminó hacia la costa, donde sabía que encontraría algún pub decente donde beber alcohol y encontrar a alguna mujer que también tuviese ganas de pasar una noche lo
más desenfrenada posible.
No tardó mucho en encontrar un local que le pareció más o menos agradable. Entró en él y pidió una cerveza. La música era horrible pero qué se le iba a hacer.
No tardó mucho en acercarse una chica alta y rubia con un escote de vértigo para charlar con él. Tengo que reconocer que está muy buena, se dijo a sí mismo. Ella
empezó a preguntarle cosas sin sentido y después empezó a hablar de su ropa y de dónde se había comprado el modelito que llevaba. Después le comentó que no
llevaba las bragas puestas. Entonces Marc empezó a recordar a Irene hablando apasionadamente sobre los problemas de la sociedad, sus ojos verdes y su sonrisa. Su
sonrisa era preciosa.
—¿Qué dices? ¿Vamos al baño? —dijo entonces aquella rubia en su oído, relamiéndose

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