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Memorias de Lázaro Hunter Los caminos del genio – Benjamín Recacha García

 Memorias de Lázaro Hunter Los caminos del genio - Benjamín Recacha García

Memorias de Lázaro Hunter Los caminos del genio – Benjamín Recacha García

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Después de dos días tragando polvo y sufriendo el acoso de los
insectos, empezaba a maldecir el haber decidido probar fortuna en
Kansas, así que toparse con una ciudad rodeada de vías de tren en
construcción fue interpretado por Lázaro como el primer golpe de
suerte en semanas.
Ni siquiera intentó leer el cartel que anunciaba dónde acababa de
llegar. Hacía tiempo que las lentes que adquirió diez años atrás en San
Francisco habían dejado de serle útiles. Ya ni se molestaba en intentar
reconocer a nadie que no se le acercara a menos de seis pies.
Aunque, a decir verdad, eso no era ningún inconveniente, puesto que
no recordaba a nadie a quien tuviera interés en reconocer.
En Kansas no habían oído hablar de aquel vendedor ambulante de
elixires milagrosos, así que montar el puesto en un pueblo que
rebosaba actividad pese al pegajoso calor del mediodía sería una
buena oportunidad para conseguir dinero fácil sin temer las
represalias de clientes descontentos. «A ver si me saco de encima toda
la mercancía y puedo disfrutar de una agradable velada bien
acompañado y durmiendo en una buena cama», pensó mientras
recorría la calle principal sin que le prestaran especial atención.
Había obras por todas partes. La expansión del ferrocarril estaba
propiciando el crecimiento del lugar. Lázaro llegó a lo que parecía el
centro de la villa, junto a una modesta iglesia de madera, tan nueva
como la mayoría de edificios.
—Oiga, amigo, ¿cómo se llama este sitio?
El lugareño miró con desconfianza al individuo de pelo oscuro,
largo y lacio, cuya cabeza estaba coronada por un sucio bombín. Las
pequeñas lentes de cristales redondos no bastaban para disimular
unas facciones, con la nariz aguileña y la piel oscura, que recordaban
demasiado a los salvajes que tanto dolor causaban entre los sufridos
cristianos que habían llegado a aquella tierra del demonio para traer
la civilización.
—Está usted en Dodge City.
—Dodge City. Muchas gracias. Parece un pueblo muy animado.
—Sí, ya… No nos gustan demasiado los forasteros que traen
problemas.
—Entiendo.
Lázaro bajó de la carreta, se tomó unos segundos para asegurarse
de que el sitio elegido era el adecuado para llamar la atención del
máximo número de personas, liberó a su escuálido caballo para que
descansara bajo la sombra del árbol más cercano, y se puso a montar
el tinglado. Abrió la mesa y el taburete plegables, descargó las cajas,
sacó unas cuantas botellas que colocó cuidadosamente sobre la mesa
y colgó del lateral de la carreta el cartel que debía atraer a los clientes.
El lema “ Healthy soda, burbujas divinas. 5 centavos el botellín” iba
ilustrado con el dibujo a color de una guapa chica sonriente. Faltaba
un último paso. Lázaro se subió a la parte trasera de la carreta, justo
detrás del cartel, carraspeó ruidosamente y, a continuación, inició el
discurso que atraería todas las miradas.

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—Buena gente de Dodge City. Damas, caballeros, niños y niñas.
Permítanme captar su atención sólo unos instantes. Tengo algo
importante que anunciarles.
Lázaro esperó a que, poco a poco, las miradas curiosas se
acercaran junto a la carreta.
—Acérquense, acérquense. Les traigo una bebida que es como un
regalo del Señor. Qué digo bebida, se trata del cáliz que otorga la
felicidad eterna. Amigos y amigas, les aseguro que cuando prueben la
healthy soda no querrán beber otra cosa. Doy gracias a Dios por
haberme conducido hasta la fórmula divina que me ha hecho posible
poner este elixir maravilloso al alcance de todo el mundo. Y
precisamente porque creo firmemente que estoy llevando a cabo una
labor humanitaria, que poco menos que estoy cumpliendo la voluntad
del Señor… —Se empezaron a oír murmullos entre el público. Algunos
cuestionaban el atrevimiento de aquel charlatán, que mencionaba a
Dios para vender su brebaje—. No se alarmen, no pretendo cometer
perjurio ni atribuirme poderes que únicamente Nuestro Señor posee.
Sólo soy un humilde comerciante que quiere ayudar a hacer de este
mundo un lugar mejor donde vivir. Por eso les traigo healthy soda al
ridículo precio de 5 centavos el botellín.
—¡Yo quiero uno!
—¡Yo también voy a probarlo!
—¡Y yo!
—Gracias, hermanos. No se preocupen, que hay para todos. Si me
permiten, les invito a que formen una cola junto a la mesa.
Tal y como había imaginado, aquella gente no iba a resistirse a
probar su “ elixir mágico” . Lázaro bajó de la carreta y se sentó en la
silla plegable. Una larga cola de sedientos “ feligreses” esperaba su
turno con una moneda en la mano. La gran mayoría eran trabajadores
que se habían tomado un breve descanso, pero también había
algunas mujeres, varias acompañadas de niños, y algún que otro viejo.
Por fin le sonreía la suerte. Haría una pequeña fortuna vendiendo
todas las botellas que llevaba en la carreta. Ya era hora, después de
tantos incidentes como había padecido en las últimas semanas.
—¡Tú! ¡Maldito bastardo! ¡Tú y tu condenada agua de alcantarilla!
Los gritos alertaron a Lázaro. Levantó la mirada hacia donde todos
se habían girado y, con sus inútiles ojos miopes, se esforzó en intentar
identificar aquella figura que se acercaba dando grandes zancadas y
agitando los brazos mientras no paraba de maldecir:
—¡Te voy a arrancar esa lengua embustera con mis propias manos!
¡Tres días estuve cagando sin parar! ¡Por poco no me entierra la
maldita disentería!
Lázaro no conocía al hombre, pero no había duda de que él sí
sabía quién era Lázaro, y no parecía tenerlo en muy buena estima.
Había llegado el momento de poner pies en polvorosa.
—Muchas gracias, buenas gentes de Dodge City. Lamento tener
que dejarles tan pronto, pero me esperan en otros pueblos.
Se apresuró a recoger las cajas que quedaban llenas, y se
disponía a subir la mesa y la silla a la carreta cuando varios hombres
se interpusieron en su camino.
—Queremos escuchar lo que tiene que decir ese hombre. Parece
que lo conoce.
Lázaro estaba en un buen aprieto. No era la primera vez, desde
luego, pero la cosa se estaba poniendo muy negra. Aquel monstruo
estaba hecho una furia, y ya lo tenía encima. Era enorme.
—¡Por fin te tengo! No te vas a escapar.
—Amigo, creo que ha habido una terrible confusión…
—No me vas a enredar con esa lengua de serpiente. ¡Cinco
botellines de esa basura me bebí!
—Puede que abusara un poco. Como con todo en esta vida, hay
que tener mesura, si no, ya se sabe que…
—¡Calla!
Los murmullos eran crecientes entre la gente que se había
agolpado alrededor de Lázaro y aquella bestia que ya lo tenía cogido
por el cuello de la camisa y lo zarandeaba al ritmo de sus acusaciones.
—Perdone que no sea capaz de recordarlo. Tengo tantos clientes
satisfechos… Nunca me había sucedido nada parecido. Permítame que
le ofrezca mis más sinceras disculpas. Seguro que existe alguna
manera civilizada de solucionar este lamentable agravio.
—¡Cierra esa bocaza! El Gran Joe no perdona.
No tenía pinta de que la cuestión fuera a arreglarse de forma
amistosa. Aquel hombre medía siete pies y debía pesar cerca de
trescientas libras. Tenía un aspecto temible. Lázaro estaba
aterrorizado, pero, incomprensiblemente, en ese momento lo que se le
pasó por la cabeza fue preguntarse qué caballo podía soportar
semejante carga.
—¡Dadme una cuerda! —exigió el Gran Joe— ¡Voy a colgar a este
malnacido!
La multitud reaccionó con vítores y gritos de aprobación. Una
ejecución pública era un espectáculo siempre bienvenido. Además,
parecía razonable que el tipo enorme exigiera venganza. No tardó en
recibir la cuerda solicitada.
El Gran Joe cogió a Lázaro con la facilidad de quien levanta una
pluma y se lo colgó del hombro, ignorando las súplicas y los inútiles
intentos por liberarse, e inició la marcha hacia el árbol más cercano —
donde dormitaba el viejo rucio— seguido por una parte de los
lugareños. Otros muchos vieron la oportunidad perfecta para hacerse
con las existencias de healthy soda. Después de todo, no parecía
probable que el pobre Lázaro fuera a echarlas de menos.
—Qué está pasando aquí.
El Gran Joe ignoró al individuo de peculiar mostacho que lucía una
estrella metálica en el chaleco —quizás ni siquiera se había dado
cuenta de que le hablaba a él— y lanzó la cuerda sobre la rama más
robusta del árbol.
—¡Eh, tú, grandullón! ¿Qué estás haciendo?
Más murmullos entre la gente. «Vaya, ya ha tenido que aparecer el
defensor de la ley, siempre aguándonos la fiesta», fue el pensamiento
de más de uno de los allí congregados.
—No metas las narices donde no te llaman.
Un sonoro «¡Uuuuuuuhhhhh!», que venía a decir algo así como
«forastero, no sabes lo que acabas de decir», surgió entre el público.
—¡Suelta inmediatamente esa cuerda, deja a ese hombre en el
suelo y levanta las manos muy despacio!
—No me hagas reír…
Nuevamente el «¡Uuuuuuuuhhhh!». Esta vez aún más sonoro.
—No pretendo ser gracioso.
Wyatt Earp sacó las esposas y avanzó hacia quien se había
atrevido a desafiarlo. Apenas llevaba un mes en Dodge City, pero sus
habitantes ya habían aprendido que poner su autoridad en duda no
era en absoluto buena idea. No le temblaba el pulso a la hora de
hacer cumplir la ley y jamás se arrugaba ante nadie. Sin embargo, el
Gran Joe no tenía ni idea de nada de eso y no estaba dispuesto a
permitir que un tipo con bigote le estropeara el momento que tanto
había estado esperando. Así que lanzó a Lázaro al suelo y se giró
hacia el Marshal con la intención de propinarle un par de mamporrazos
que le hicieran replantearse su intervención en un asunto privado.
—Yo de ti no lo haría —le advirtió Wyatt Earp.
Pero el grandullón ya estaba lanzando el primer golpe. Al Marshal
no le costó nada esquivarlo. La multitud se acercaba cada vez más
para no perderse detalle, excitada ante la perspectiva de una buena
pelea. Algunos incluso se atrevían a lanzar gritos de ánimo y Rufus
Drinkwater, el dueño del saloon, siempre atento a cualquier
oportunidad de negocio, se apresuró a abrir una ronda de apuestas. A
todo esto, y mientras el Gran Joe iniciaba la segunda acometida,
Lázaro, que ya no recibía la atención de nadie, vio la puerta abierta
para poner tierra de por medio. Recuperó su bombín, ató al rucio a
toda prisa a la carreta, renegó al comprobar que había perdido toda la
mercancía y el dinero que no había tenido la precaución de guardar
en los bolsillos (si se hubiera fijado un poco, y si no hubiera sido tan
miope, se habría dado cuenta de que a unas pocas yardas un grupo
de mujeres, ancianos y niños se relamían maravillados por lo rica que
estaba la healthy soda), y huyó a toda velocidad. Bueno, a la velocidad
a la que era capaz de huir el viejo y cansado caballo.
Mientras tanto, Wyatt Earp decidió que el juego ya había durado
bastante. El Gran Joe seguía intentando golpearlo, con nulo éxito. Era
demasiado torpe y lento, así que a la quinta acometida el Marshal le
puso la zancadilla y el gigantón cayó de bruces en el suelo,
levantando una gran nube de polvo a su alrededor y algunas
protestas entre el público, sin duda de quienes veían volar así el
dinero apostado.
—¡Maldito polizonte! —acertó a balbucear.
—Cierra la boca de una vez y estate bien quietecito o me veré
obligado a hacer uso de la fuerza. Te vas a pasar una buena
temporada entre rejas.
Lázaro, que se encontraba ya a una distancia prudente, dio gracias
a Dios por haber enviado a aquel ángel exterminador a tiempo. Wyatt
Earp esposó finalmente al forastero y pidió a sus dos ayudantes que lo
condujeran al calabozo. La multitud acabó disolviéndose, la mayor
parte de ella moderadamente satisfecha por el espectáculo que
acababa de presenciar.
Cuando el campo de visión quedó despejado, Wyatt Earp miró
hacia la entrada del pueblo, a tiempo para observar cómo se alejaba
aquella carreta tirada por un viejo caballo en la que viajaba el curioso
tipo al que su intervención había salvado de morir ahorcado. «¿Quién
eres y por qué ese tipo enorme quería matarte? Presiento que pronto
volveremos a encontrarnos».
Rapsodia II

Aunque el sol ya había iniciado su descenso, el calor era persistente,
la cantimplora estaba vacía, y Lázaro ni siquiera podía echar mano de
sus botellines maravillosos para refrescarse. Había perdido toda la
mercancía. ¿Y ahora qué? No le quedaba nada con lo que hacer
negocio. Echó mano al bolsillo y comprobó contrariado que sólo había
unas pocas monedas de cinco centavos. Su incursión en Kansas había
sido un completo desastre.
A su viejo caballo cada vez le costaba más tirar de la carreta.
Decidió que tendría que seguir a pie si no quería perder también al
rucio que heredó de su padre. Instintivamente metió la mano en el
bolsillo interior de su chaleco y respiró aliviado al comprobar que el
dólar de plata seguía en su sitio. El escuálido caballo y la moneda eran
lo único que conservaba del bueno de Jonás Hunter. Y el revólver.
«Soy un completo inútil», se repitió por enésima vez, recordando que
en su caso ir armado con un revólver era igual que llevar un tirachinas
sin proyectiles. La mala visión, sin embargo, no era la única causa de
su absoluta falta de puntería.
Tendría que regresar a Colorado, a la vieja iglesia donde
almacenaba las existencias de healthy soda. Pero era imposible llegar
sin descanso ni provisiones. El camino, bajo un sol de justicia, era
demasiado largo. Debía encontrar algún lugar donde comprar comida.
Spotted decidió que no daba ni un paso más, agachó la cabeza y se
puso a ramonear la escasa y seca hierba del suelo. Estaba claro que la
primera etapa del viaje de vuelta finalizaba allí. Lázaro entrecerró los
ojos y miró alrededor. A unas pocas yardas apenas se mantenían en
pie varios arbustos raquíticos que tendrían que servirles de cobijo.
Necesitaba agua. Al huir a toda prisa de la ciudad no había
pensado en nada más que en salvar el pellejo, pero ahora, lejos del
peligro, había recuperado la capacidad para analizar la situación en
que se encontraba, y no era buena. Sentado a la sombra de un espino
se puso a estudiar las opciones que tenía, y entonces recordó que
antes de llegar a Dodge City habían cruzado el río Arkansas. ¿Por qué
no se habían vuelto a topar con él?
—¡Seré estúpido! ¡Vamos en la dirección equivocada!
¿Y ahora qué? Spotted no era capaz de dar un paso más sin antes
disponer de un merecido descanso, y él necesitaba beber. Tenía la
boca seca y un incesante pinchazo en el estómago que le recordaba
cuán sediento estaba. Pero se sentía tan cansado… Cogería la
cantimplora y recorrería los alrededores, a ver si encontraba un
arroyuelo o alguna charca. También podía buscar cactus. Su padre le
enseñó cómo aprovechar el agua que hay en su interior. Su padre…
Era un buen hombre. Un superviviente, como él. Solitario, buen
cristiano. Vivir los dos solos en las montañas todos aquellos años le dio
los recursos para salir adelante, pero ahora había cometido un error
imperdonable. Tenía sed. «Agua… Necesito agua…» Finalmente, el
cansancio venció a la sed y Lázaro cayó en un sueño intranquilo.
—Madre, ¿por qué vivimos solos en esta cabaña en la montaña?
¿No hay más gente?
—Ah, mi pequeño Niño del Bosque empieza a crecer y a hacerse
preguntas. ¿Y dónde íbamos a estar mejor que aquí?
—Esto me gusta. Me gusta ver a los animales, pero me pregunto si
habrá otros niños como yo. ¿Tú también naciste aquí? ¿Y padre?
—No… —Flor de Otoño dudó sobre si había llegado el momento de
explicarle cómo había ido a parar a aquella cabaña solitaria en medio
de las Montañas Rocosas—. Yo nací en un campamento arapaho y viví
con mi familia hasta que ocurrió algo que me obligó a abandonar a mi
pueblo.
—¿Vivías con los indios? ¿Y qué pasó?
Flor de Otoño y su hijo pasaban juntos todo el tiempo. Su marido, un
trampero solitario, viajaba de aquí para allá constantemente, en busca
de nuevas presas. Apenas lo veían un día de cada siete, a veces
menos. Ella había criado sola al pequeño. Lo había educado en la
lengua y las costumbres de su pueblo, y ahora que ya había superado
seis inviernos quería conocer más sobre su pasado y sobre el mundo
que lo rodeaba. «Tiene derecho a saberlo», pensó.
—Verás. Es una historia triste, pero ya eres mayor para conocerla.
Cuando cumplí catorce inviernos yo ya era una mujer. Tenía mucho
carácter y, por qué no decirlo, también era muy guapa.
—Sí que lo eres.
Flor de Otoño rio, complacida.
—Gracias, cielo. El caso es que empezaba a tener pretendientes
entre los jóvenes guerreros, pero a mí entonces no me interesaban los
chicos. Era bastante rebelde. Mi padre me decía que ya era hora de
tomar un esposo y pensar en formar una familia. Al poco tiempo mi
hermana se casó con uno de aquellos jóvenes, y como entre los
arapaho es costumbre que un hombre pueda tener más de una mujer,
el marido de mi hermana me reclamó a mí también. Pero yo no quería
casarme con él. Entonces quiso tomarme por la fuerza; yo me resistí; él
me pegó, y yo encontré la manera de defenderme… clavándole un
cuchillo en el cuello.
—¡Uauuhhh! ¡Qué valiente!
—Sí, pero aquel hombre murió y mi pueblo decidió que, aunque yo
había actuado en defensa propia, debía abandonarlos para siempre.
Así que huí sin rumbo hacia las montañas. Un día tu padre me encontró.
Yo estaba débil y con pocas esperanzas de sobrevivir, la verdad. Él me
ayudó y decidí seguirle. Aunque no hablábamos mucho, porque yo no
sabía ni una palabra de inglés y tu padre apenas conocía algunas en
arapaho, nos fuimos encariñando. Al cabo de un tiempo decidimos
formar una familia y aquí estás tú.
«Tengo una sed terrible». Lázaro abrió los ojos. Le dolía la
espalda, que seguía apoyada en el tronco del espino. Era de noche. A
lo lejos se oyó el aullido de un coyote. Ni siquiera había tenido la
precaución de encender una hoguera. Intentó incorporarse, pero lo
único que consiguió fue caer al suelo. No recordaba haberse sentido
nunca tan débil. Allí tumbado, observando las estrellas que teñían el
cielo de blanco, pensó que quizás no sería tan malo aguardar a la
muerte. «¿Estará mi madre ahí arriba?». Los párpados volvieron a
cerrarse.
—¡No quiero que la quemes! —Lázaro Niño del Bosque golpeaba a
su padre con todas sus fuerzas. Las lágrimas lo cegaban y sentía una
rabia inmensa.
—Escucha, hijo: tengo que hacerlo. Tu madre estaba muy enferma y
no podemos dejar que su enfermedad siga viva. La única manera de
acabar con ella es con el fuego. Mamá no sentirá nada.
—¡Noooo! ¡No quiero! ¡Madre, despiertaaaa!
—Lázaro, madre ya no está aquí. Ha muerto y ahora está en el cielo,
junto a Dios Nuestro Señor, en un lugar mucho mejor que éste.
Lázaro ya tenía diez años y comprendía que la muerte era un
elemento más de la naturaleza, pero su cerebro se negaba a admitir
que su madre, la persona con quien había compartido la niñez, ya no
iba a volver a explicarle historias, ni a enseñarle canciones, ni a
cuidarlo cuando enfermara, ni a reír junto a él, ni a abrazarlo en las
frías noches de invierno.
—Lázaro, tienes que ser fuerte. La vida en las montañas es muy
dura. La muerte acecha a cada paso, forma parte de nuestras vidas. Tu
madre te ha enseñado muy bien y ya eres casi un hombre. Es el
momento de que te valgas por ti mismo.
Jonás Hunter lanzó la antorcha al interior de la cabaña y pronto el
fuego empezó a devorarlo todo, incluido el cadáver de Flor de Otoño.
Lázaro jamás olvidaría la visión y el calor sofocante de aquellas llamas
hambrientas.
—¡Eh, amigo, despierte!
Lázaro sintió cómo lo zarandeaban, pero tardó en abrir los ojos y
ser consciente de lo que pasaba.
—Parece que sigue vivo.
Aquella cara, aquel bigote…
—Quizás me recuerde. Ayer impedí que un tipo enorme muy
cabreado lo colgara de un árbol.
—A…gu…a… —No estaba seguro de que su voz hubiera
transmitido aquella palabra que se repetía incesantemente en su
cerebro.
—Sí, claro. Aquí tiene.
Wyatt Earp lo ayudó a levantar la cabeza para poder tragar el
líquido que tenía que devolverlo a la vida. «Qué sabor tan
maravilloso», pensó Lázaro al sentir el agua en la boca. Tragarla no
fue tan maravilloso. Tenía la garganta tan seca que al primer trago le
pareció estar bebiendo ácido, y por un segundo creyó que le iba a
perforar el gaznate. Pero aquella sensación desapareció rápidamente
y pronto el agua hizo su efecto. Lo primero que consiguió fue que
Lázaro recuperara la conciencia para que, seguidamente, lo invadiera
el temor. «¿Por qué ha venido a buscarme? ¿Va a detenerme? No
habrán enfermado quienes bebieron la healthy soda… Maldito Cuervo
Blanco… Seguro que adulteró las botellas para cargarse a unos
cuantos rostros pálidos. Pero ¿por qué iba a hacer eso si es el mejor
comerciante de las Rocosas? ¿Por qué iba a querer tirar por la borda
el negocio?».
El Marshal percibió la inquietud en el rostro del vendedor
ambulante y se apresuró a tranquilizarlo:
—No se preocupe, no he venido a detenerlo. —«Ah, ¿no?», fue la
respuesta mental de Lázaro—. Verá… Quiero que vuelva a Dodge City
con más botellas del brebaje ese que vende.
—Perdone —carraspeó—, pero —carraspeó otra vez— me temo
que no me queda ni una. —Lázaro consiguió incorporarse y volvió a
apoyar la espalda en el espino.
—Ya veo.
—Después de que aquel salvaje, al que, por cierto, no había visto
en mi vida, intentara asesinarme, perdí todas las existencias de healthy
soda. Las buenas gentes de Dodge City acabaron con ellas sin abonar
ni un centavo a cambio.
—Ya… Escuche: la situación en Dodge City es bastante
desesperada. No sé qué lleva ese brebaje que usted vende, pero la
gente que lo probó ayer no hace más que exigirlo en las tiendas de
víveres y en el saloon. Tengo a los hombres desconcertados porque
sus mujeres les piden que consigan más de esa bebida. Incluso un par
de ellas los han amenazado con abandonarlos. Las chicas de Mrs.
Laningan dicen que no trabajan hasta que no haya healthy soda en el
bar. Imagínese el revuelo que se puede montar cuando los
trabajadores del ferrocarril y los cazadores de búfalos vean que no
pueden conseguir un poco de compañía. Y todo esto ha pasado en
menos de un día.
—Lo entiendo. —En realidad Lázaro estaba perplejo. La healthy
soda estaba muy buena; a la gente le gustaba, pero nunca había oído
que tuviera propiedades adictivas hasta el punto de que su ausencia
pudiera poner en peligro el buen funcionamiento de una ciudad.
—Amigo, tiene que conseguir más de esa bebida, y rápido.
—¿Y quién va a compensarme las pérdidas?
—Escuche bien: no se lo estoy rogando, se lo ordeno. Tiene que
conseguirme más de esa bazofia, porque no pienso tolerar que en mi
ciudad reine el caos. La alternativa para usted es sencilla: o me
proporciona la bebida o lo meto entre rejas, en “ buena” compañía.
Estoy seguro de que a cierto individuo que exhibe un humor de perros
le encantaría tenerlo a usted como compañero de celda.
—Lo capto. Espero que por lo menos, si no es mucho pedir, esta vez
se me pague por la mercancía.
—Tiene usted mi palabra. Pero le advierto que como algún
ciudadano enferme por culpa de su “ mercancía” caerá sobre usted el
peso de la ley.
—Le prometo que no tengo ni idea de qué pudo pasarle a aquel
monstruo. La healthy soda es un producto totalmente natural, con un
montón de propiedades beneficiosas para la salud…
—Sí, claro —lo interrumpió Earp.
Lázaro se puso en pie y se dispuso a preparar la carreta para
reemprender la marcha. No tenía intención alguna de volver a pisar el
suelo de Kansas en la vida.
—Escuche, amigo. No es que desconfíe de usted, pero va a ir
acompañado. Mi ayudante, Jimy Scarface, lo escoltará durante el
camino. —El apodo del tal Jimy no podía ser más acertado: tenía la cara
llena de cicatrices—. Cuando lleguen al lugar donde quiera que
guarde las botellas le dará unas cuantas para poder aplacar los
ánimos en la ciudad lo antes posible. Por supuesto, le pagará por ellas.
Los sueños de libertad de Lázaro se esfumaron con la misma
velocidad que antes había decidido olvidar Kansas. El joven de la cara
cortada le dedicó una mirada de desprecio y detuvo su caballo negro
junto a la carreta, a punto para emprender el viaje.
—Estoy seguro de que no se le ocurrirá hacer ninguna tontería.
Jimy es un muchacho tranquilo, pero no dudará en actuar si usted
decide “ no colaborar” .
Wyatt Earp montó sobre su imponente semental marrón y se dispuso
a regresar a la ciudad donde debía poner orden.
—Disculpe, señor Earp. ¿No tendría algo de comida? Hace más de
un día que no pruebo bocado.
—Jimy —fue su única palabra antes de lanzarse al galope.
El ayudante del Marshal metió la mano en una de sus dos alforjas y
sacó un pedazo de carne salada. Esperó a que Lázaro pusiera la
carreta en marcha. Spotted no parecía entusiasmado. De hecho, aquel
caballo probablemente no había estado entusiasmado nunca.
—Puedes comer mientras avanzamos —dijo, al tiempo que le
lanzaba la carne.
—Gracias.
Les esperaba un largo camino hasta Colorado. Lázaro dispondría
de tiempo de sobras para planear cómo quitarse de encima a aquel
tipo. «¿Quién le haría esas cicatrices espantosas en la cara?». Pensó
en preguntárselo, pero la expresión de Jimy no invitaba a entablar
diálogo.
Rapsodia III
Lázaro y Jimy llegaron pronto a la orilla sur del Arkansas. Debían
seguir la ruta de Santa Fe, río arriba, hacia el este, hasta adentrarse en
Colorado. Antes de llegar a Pueblo se desviarían algunas millas al sur,
donde encontrarían la vieja iglesia abandonada que Lázaro utilizaba
de almacén. No era una ruta complicada, pero sí larga: unas 270 millas
que, al ritmo de Spotted, podían significar una semana.
Apenas llevaban media jornada de marcha y Jimy no podía
disimular su impaciencia. El ritmo cansino lo estaba matando. A su
caballo le costaba horrores mantener aquel trote cochinero, así que
cada vez estaba más nervioso.
—Oye, tú, a este paso no vamos a llegar nunca. La lentitud de ese
animal es desesperante.
—Lo siento, amigo, pero Spotted está viejo y cansado, y no le puedo
pedir que haga más esfuerzo del que ya hace. Si lo azuzo sólo
conseguiré que reviente, y eso sería aún peor, ¿no crees?
Media hora después el semental de Jimy Scarface tiraba de la
carreta, cargada con dos hombres y algunos trastos. No se podía decir
que estuviera contento. No era un animal acostumbrado a arrastrar
nada, aunque por lo menos ahora no tenía encima a un jinete que lo
frenaba continuamente. Spotted se había visto liberado de su pesada
carga y ahora se notaba ligero; podía trotar por la inmensa pradera.
El ritmo de la expedición se incrementó considerablemente. Si el
viejo rucio de Lázaro podía aguantarlo, completarían el trayecto en la
mitad del tiempo previsto. Y si no, con toda probabilidad el ayudante de
Wyatt Earp no lo iba a esperar.
Apuraron la primera jornada de viaje hasta que se hizo de noche.
Acamparon al abrigo de un pequeño promontorio, cerca del río.
Encendieron una hoguera y comieron de la comida con que la
municipalidad de Dodge City había aprovisionado a Jimy. Lázaro
intentó entablar conversación con su compañero, pero éste no tenía
intención alguna de hablar con él. Estaba allí obligado y no disimulaba
su malestar. «Yo no debería hacer de niñera de un sucio mestizo
charlatán. Soy un hombre de acción, tendría que estar persiguiendo a
criminales y asesinos, pero aquí me tienes, de chico de los recados».
Ante semejante panorama, Lázaro optó por echarse a dormir.
Apenas se vislumbraban las primeras luces del alba cuando la
punta de la bota de Jimy despertó a Lázaro.
—¡Eh! ¿Qué…?
—Levanta, holgazán. Tenemos un largo camino por delante.
—¿Te han dicho alguna vez que no eres muy simpático?
—No me pagan por ser simpático. Espabila o se te quitarán las
ganas de volver a abrir esa boca de farsante.
Lázaro por fin asumió que era prisionero del maldito Wyatt Earp y
que aquel desagradable ayudante era su carcelero. No le quedaba
más remedio que esperar a que todo saliera bien y considerarlo como
un negocio. Intentar huir sería un suicidio. Estaba seguro de que aquel
tipo le dispararía con sumo gusto. Tenía que confiar en la palabra del
Marshal. Después de todo, convertirse en proveedor de Dodge City
tampoco era una mala idea, siempre y cuando la healthy soda no
hiciera enfermar a nadie. Tendría que hablar seriamente con Cuervo
Blanco. «Seguro que le interesa una oportunidad así. Producir la
bebida a gran escala significaría mucho dinero».
La segunda jornada transcurrió también tranquila. El Arkansas
discurría entre amplias llanuras, donde de vez en cuando divisaban
manadas de búfalos pastando la hierba seca. Al atardecer entraron en
Colorado. Avanzaban sin obstáculos y Spotted mantenía bien el ritmo
de la carreta.
La ruta de Santa Fe era muy frecuentada por caravanas de todo
tipo que atravesaban el país desde la costa este hasta México. Con la
llegada del ferrocarril, que ya se adentraba en Kansas y planeaba su
ampliación hasta conectar ambas costas, la carretera empezaba a
perder importancia, pues era mucho más rápido y seguro viajar en tren.
De momento, sin embargo, adentrarse en Colorado y continuar hacia el
sur sólo era posible siguiendo la vieja ruta. El principal peligro eran los
indios. Los comanche, cheyenne y kiowa frecuentaban aquellas tierras
y no dudaban en asaltar a los viajantes que tenían algo que ofrecer.
Por eso la mayoría de expediciones eran numerosas e iban
fuertemente protegidas por hombres armados. Además, en el recorrido
se situaban diversos fuertes que hacían tanto la función de posta
donde reaprovisionarse como de campamento militar.
Lázaro no estaba especialmente preocupado por los indios. Su
relación con ellos casi siempre había sido amistosa, basada casi
exclusivamente en el intercambio de productos comerciales. El
problema era que en aquel momento no poseían nada con lo que
comerciar, y el revólver de Jimy no iba a salvarles la cabellera en caso
de toparse con un grupo hostil.
Iba Lázaro enfrascado en sus pensamientos, cuando divisaron una
gran caravana que se había detenido junto al camino. Habían
adoptado la típica formación circular defensiva. «Esta noche
cenaremos caliente», pensó Lázaro mientras se le empezaba a hacer
la boca agua. Además, la perspectiva de tener a alguien con quien
conversar le resultaba infinitamente más atractiva que otra noche con
la exclusiva compañía de ‘cara cortada’.
—Jimy, ¿no crees que sería una buena idea unirnos a la caravana
para pasar la noche? Estamos en pleno territorio indio y no es muy
prudente que un grupo tan reducido como el nuestro duerma al raso.
El ayudante del Marshal ni se molestó en contestar. Eso sí, dirigió la
carreta hacia el gran campamento improvisado. Con un poco de suerte
podría tomarse un par de whiskeys que le hicieran olvidar por un rato
qué estaba haciendo allí.
Lázaro y Jimy entraron en el círculo de caravanas a tiempo para
presenciar un truco de magia imposible. En el centro del campamento
un tipo manipulaba unos extraños recipientes de cristal, transparentes
y de forma ovalada, que estaban unidos por cables. De repente,
aquellos objetos se encendieron por dentro, irradiando luz, como lo
haría una lámpara de gas o de aceite, pero sin mecha ni llama.
¡Aquellos objetos ardían sin llama y sin combustible! Lázaro, Jimy y el
resto de espectadores (nadie se había percatado aún de los recién
llegados) quedaron boquiabiertos. A los pocos segundos algunos
comenzaron a aplaudir y enseguida todos los asistentes prorrumpieron
en una cerrada ovación. Estaba anocheciendo y aquellas lámparas
mágicas producían luz más que suficiente para alumbrar el
campamento.
Pero el mago no había acabado su espectáculo. Una vez
comprobado que todas las lámparas permanecían encendidas se
dirigió a una mesa donde había un extraño aparato, sin duda otro
instrumento mágico. Pidió silencio. A continuación manipuló brevemente
la máquina y… ¡empezó a sonar música! Ni Lázaro ni ninguno de los
presentes daba crédito a sus oídos. Exclamaciones de admiración
surgían espontáneamente de las gargantas de los maravillados
espectadores, que no podían creer lo que estaba aconteciendo. El
mago, en cambio, permanecía relajado. De hecho, haciendo gala de
una elegancia exquisita, se dirigió a una de las damas que, como el
resto de los presentes, era incapaz de parpadear ni de cerrar la boca,
y la invitó a bailar. La joven, sumamente ruborizada, pero encantada,
aceptó la propuesta y ambos empezaron a dar vueltas arropados por
entusiastas aplausos y encendidos vítores.
Cuando acabó la melodía los bailarines saludaron educadamente a
su público, que dedicó una última ovación a la pareja antes de que los
primeros espectadores se atrevieran a acercarse a aquel hombre
extraordinario para felicitarlo y tener el privilegio de estrechar su
mano. No olvidarían la velada durante el resto de sus vidas. Incluso
Lázaro no dudó en aproximarse. Quería saber quién era el prodigioso
mago. Su mente no conseguía descifrar lo que había ocurrido, pero
estaba seguro de que tenía que haber una explicación.
—Permítame felicitarlo por un espectáculo tan magnífico. Creo que
jamás entenderé lo que ha hecho usted, pero debo decirle que es lo
más extraordinario que he presenciado en mi vida.
—Oh, gracias. Créame, no hay nada extraordinario en estos
objetos. Todo lo que han visto ustedes es ciencia. Cualquiera con los
conocimientos adecuados podría hacer lo mismo. De hecho, debo
confesar que no soy el primero en encender lámparas incandescentes.
—Oh, vaya, disculpe mi mala educación. Soy Lázaro Hunter, y le
aseguro que en estos momentos nada me satisfaría más que conocer
su nombre.
—Por supuesto, amigo. Edison —se estrecharon la mano—, Thomas
Alva Edison. Le ruego que me disculpe. —Sus palabras quedaron
ahogadas por las efusivas felicitaciones de un nuevo grupo de
espectadores que se interpuso entre Lázaro y el inventor.
Después de que todos hubieron expresado su admiración de un
modo u otro al protagonista de la velada, y una vez que las emociones
volvieron a su cauce, varios hombres empezaron a montar una larga
mesa en el centro del campamento. Estaba claro que la noche era
especial y, por lo tanto, había que celebrarlo con una buena cena
festiva. Tras días de una alimentación frugal, para Lázaro la
perspectiva de un banquete era de lo más excitante, así que se puso a
ayudar como el que más. Jimy, en cambio, permanecía en el suelo,
apoyado en la rueda de un carromato, con la misma expresión sombría
de siempre.
En cualquier caso, allí nadie preguntaba nada. Para el casi
centenar de personas que formaban la caravana parecía como si los
dos forasteros llevaran con ellos desde el inicio del viaje.
Sentado a la mesa, Lázaro no olvidó explicar que era vendedor del
elixir más maravilloso que nadie pudiera imaginar, pero que,
lamentablemente, se había quedado sin existencias que aportar a tan
estupenda fiesta e iba de camino hacia el almacén donde las
guardaba. Aparentemente nadie se fijó en su aspecto ni se mostró
receloso por compartir la cena con un mestizo desconocido. Jimy, en
cambio, se sentó en una de las esquinas y, tras comer algo, se retiró a
un rincón con una botella de whisky en la mano. Nadie le prestó
atención. Por un rato iba a poder olvidar qué hacía allí.
El pequeño Jimy vivía con sus padres y sus dos hermanas en una
granja en las llanuras de Nuevo México. Lo que ocurrió aquella
mañana de abril, quince años atrás, lo atormentaría para siempre.
Hacía un sol radiante de primavera. Mientras Jimy ponía a punto su
caña de pescar, sus hermanas se perseguían entre risas, su padre
cortaba leña y su madre tendía la colada. Lo primero que llamó la
atención del joven fue que papá había dejado de golpear con el
hacha demasiado pronto; lo segundo, que sus hermanas ya no reían,
así que levantó la vista de la caña a tiempo para ver que un grupo de
indios montados a caballo descendía a toda velocidad el promontorio
que se alzaba al otro lado del riachuelo. Las niñas ya se habían
reunido junto a su padre, y mamá llegaba justo en ese momento
armada con dos rifles, uno de los cuales entregó a su marido.
Todo fue incomprensiblemente rápido. La primera flecha se clavó en
el tocón donde papá había estado cortando la leña. El señor O’Leary
tuvo tiempo de girarse hacia la izquierda y lanzar con todas sus fuerzas
el hacha de doble filo que aún sostenía con la mano derecha (con la
otra aguantaba el rifle). La herramienta partió en dos el cráneo del
apache que se abalanzaba sobre él. En ese mismo instante, una flecha
se clavaba en el hombro izquierdo del granjero irlandés y otra en su
muslo derecho. Pero aquel hombre intrépido no iba a darse por
vencido tan rápido. Apuntó con el rifle que su mujer había cargado y el
disparo derribó a un segundo guerrero. La señora O’Leary hizo lo
propio con un tercero. Pero eran muchos, demasiados. Las niñas
lanzaban piedras y Jimy… Jimy estaba paralizado por el miedo. Su
padre encajó una tercera flecha, en el centro del pecho, y una cuarta,
en el cuello. Aún tuvo tiempo de derribar a otro intruso antes de morir.
Su esposa siguió disparando, hasta que un tomahawk certero le
reventó la cabeza. Las niñas gritaban presas de la desesperación,
pero continuaban lanzando piedras. La mayor, Susan, de diez años,
cogió el rifle que había sido de su padre y consiguió disparar, aunque
el retroceso la hizo caer de espaldas. Un apache temible la levantó del
suelo y en un instante la había atado de pies y manos. Otro hizo lo
mismo con su hermana, Beth, que a sus ocho años no dejó de golpear
a su captor hasta que estuvo tendida, como un saco de paja, sobre la
grupa de un imponente caballo pinto. Jimy asistía a la escena
petrificado. Sentía el sudor y las lágrimas resbalando por sus mejillas y
la orina mojándole las piernas. Se le acercó el líder del grupo, quien le
dirigió unas palabras incomprensibles antes de desenvainar un
machete enorme. Lo último que vio fue el destello de la afilada hoja,
que se acercaba inexorablemente a su cara.
Aquella mañana Lázaro se sentía como nuevo. Hacía tiempo que no
descansaba tan a gusto. Eso sí, le sorprendió despertarse de forma
natural, sin que lo importunara una bota o el cañón de un rifle. ¿Dónde
estaba Jimy? El campamento iniciaba su actividad y Lázaro veía a
gente que iba de aquí para allá recogiendo cosas y preparándose
para reanudar la marcha. Otros se acababan de levantar, como él, y
tomaban un bocado antes de ponerse a trabajar.
La mayoría de los integrantes de la caravana eran colonos que se
dirigían al oeste, algunos atraídos por la fiebre del oro, otros para
trabajar en el ferrocarril, y varias familias pretendían iniciar una nueva
vida en las tierras conquistadas a los indios. Lázaro había tenido
oportunidad de charlar con algunos de ellos. Incluso llegó a plantear a
Thomas Alva Edison la posibilidad de hacer negocios juntos: «Esas
lámparas mágicas causarían furor en cualquier ciudad, y no digamos la
máquina que hace música. Con su genio y mi habilidad comercial nos
haríamos de oro en un abrir y cerrar de ojos». «Gracias, amigo, pero
para poder hacernos de oro antes tendríamos que disponer de
suficiente mercancía, y me temo que lo que les mostré anoche es todo
lo que poseo», le respondió el inventor. De hecho, se dirigía a San
Francisco para entrevistarse con dos importantes empresarios que
habían mostrado interés en financiar la fabricación de las lámparas
incandescentes. De paso, intentaría “ venderles” la producción del
fonógrafo, que así era como se llamaba la máquina que hacía música.
Lázaro le deseó suerte. «Quién sabe, a lo mejor nuestros caminos
vuelven a cruzarse en el futuro».
Finalmente, Lázaro localizó a Jimy. Dormía tendido en el suelo, con
una botella de whisky en la mano. No pudo resistir la tentación de
despertarlo al estilo Marshal: propinándole un puntapié en el costado.
El primer intento únicamente logró arrancarle un gruñido, así que
Lázaro insistió, esta vez más fuerte:
—¡Maldita sea…! —Jimy se incorporó de un brinco y con una
rapidez sorprendente para alguien que hacía un instante dormía la
mona desenfundó el revólver y encañonó a su “ agresor” — ¿Qué
demonios crees que haces, sucio mestizo?
Las miradas de buena parte del campamento se dirigieron hacia
ellos y un par de oficiales de los que escoltaban la caravana se
acercaron. Lázaro se apresuró a disculparse:
—Lo siento, Jimy. No pretendía lastimarte, pero estabas tan dormido
que…
—No se te ocurra volver a tocarme en la vida. Ningún indio
asqueroso va a volver a ponerme un dedo encima. —El odio y el
resentimiento rezumaban de cada una de las palabras.
—Tranquilícese, amigo. Aquí no queremos alborotos. Haga el favor
de guardar ese revólver.
La intervención del oficial hizo efecto y Jimy, que lucía en la solapa
del chaleco la estrella que lo acreditaba como ayudante del Marshal de
Dodge City, bajó el arma sin apartar su mirada fulminante de un
aterrado Lázaro.
En pocos minutos volvían a estar en ruta. Lázaro agradeció una
última vez la hospitalidad de aquella gente y retomaron la carretera de
Santa Fe. No tardarían mucho en tener que desviarse hacia el sur para
alcanzar la vieja iglesia donde guardaba las cajas de healthy soda.
El sol, que ya asomaba amenazante, prometía otra jornada tórrida.
Jimy azuzaba al semental y Lázaro temía por la integridad de la vieja
carreta, mientras que Spotted iba perdiendo terreno poco a poco. Pero
no tenía intención de abrir la boca. Sólo lo hizo para indicar el punto
donde debían girar. Jimy continuó imprimiendo un ritmo tan endiablado
que Lázaro incluso llegó a pensar que el magnífico caballo acabaría
reventando. Spotted ya no era más que un punto en el horizonte que
los maltrechos ojos de Lázaro eran incapaces de distinguir. No quería
perder a su rucio, por viejo y enfermo que estuviera. Era lo más
parecido a un amigo que tenía. Sin embargo, no dijo nada. Su única
esperanza era que el animal recordara el camino… y que los coyotes
no estuvieran demasiado hambrientos.
El sol empezaba a descender cuando divisaron la iglesia. Estaba
ubicada en un pequeño valle rodeado de áridos montes, junto a un
riachuelo que ahora, en pleno verano, carecía de agua. Un bosquejo
de chopos esmirriados completaba el paisaje. «Es ahí», anunció
Lázaro. Jimy azuzó aún más al caballo. Su único pensamiento era
acabar con aquello cuanto antes para regresar a toda velocidad a
Dodge City. Cuando por fin detuvo la carreta ordenó a Lázaro que
entrara en el edificio para comprobar que todo estaba en orden.
Mientras, él daría de beber al caballo:
—Date prisa y reza por que tus malditas cajas sigan ahí —le advirtió.
El vendedor obedeció sin hacer comentarios. Su mente había
retrocedido al día en que entró allí por primera vez.
Rapsodia IV

Lázaro estaba cansado de tener que desplazarse al corazón de las
Montañas Rocosas cada vez que necesitaba reponer las existencias
de healthy soda, así que decidió buscar un escondite seguro, ubicado
cerca de una ruta transitada, pero a la vez protegido de miradas
curiosas. Tenía intención de explorar las posibilidades comerciales de
Nuevo México y los estados de las grandes llanuras. Había oído que el
tren ya había llegado a Kansas y al norte de Colorado, de modo que,
con toda seguridad, pronto surgirían bulliciosas ciudades en su
entorno. El escondite, sin embargo, tenía que encontrarse en el
trayecto hacia las Rocosas. Tarde o temprano tendría que volver a
negociar con Cuervo Blanco para que le proporcionara más bebida.
Además, las pieles de reserva que le legó su padre las mantendría
bien escondidas en la cabaña de Monte Decepción. No quería
arriesgarse a perderlas, eran su única pertenencia de valor.
Al sur de Pueblo, cerca de la ruta de Santa Fe, tropezó con una
vieja iglesia aparentemente abandonada. El edificio se conservaba en
buenas condiciones, así que entró dispuesto a almacenar allí su carga.
Cuando sus ojos se adaptaron a la escasa luz que entraba por la
puerta entreabierta y los ventanucos, empezó a ver signos de que el
refugio estaba habitado, o por lo menos lo había estado hasta hacía
bien poco. Localizó mantas, platos y cazuelas, algunos con restos de
comida, lámparas de aceite… «Lo más prudente será volver por donde
he venido; ya encontraré otro escondite para mí solo». Lázaro se
disponía a salir cuando escuchó voces fuera. «Mierda. Tengo que
esconderme».
—Eh, mirad eso. Una carreta. ¿Quién demonios se ha atrevido a
profanar nuestro santuario?
—Alguien muy estúpido, con poco aprecio por su vida.
—Estamos de suerte, entonces. Esta noche cenaremos caliente.
Las tres estallaron en carcajadas. Eran la avanzadilla de un grupo
numeroso, formado exclusivamente por mujeres de edades diversas,
entre ellas algunas niñas. Todas iban armadas, con rifles, pistolas, e
incluso arcos y flechas. Lázaro se puso a temblar, cada vez más
nervioso porque no había dado aún con un escondite seguro. Por fin,
cerca del altar, tropezó con una trampilla en el suelo. Tiró de ella y
apareció un hueco aparentemente sin fondo. Rezó por que hubiera
escalones que condujeran a una cripta y metió el pie derecho en la
oscuridad. Topó con el primer escalón. Probó con el otro pie y, sí,
aquello era una escalera. Desapareció por el hueco y cerró la trampilla
justo cuando la comitiva femenina entraba en la iglesia.
—¿Hay alguien ahí? Sal y te prometemos que podrás disfrutar de un
último banquete antes de tener una muerte rápida.
—Si por el contrario esperas a que te encontremos… desearás no
haber nacido.
Más carcajadas. Lázaro había tenido la mala suerte de ir a parar al
refugio de una de las bandas criminales más temidas del Medio Oeste.
Estaba formada exclusivamente por mujeres que trataban de forma
implacable a los miembros del sexo masculino. Se dedicaban a liberar
a cualquier compañera que considerasen sometida a un hombre, pero
no se conformaban sólo con ello, sino que ideaban montones de
macabras formas de infligir dolor al supuesto opresor hasta causarle la
muerte. Jamás hacían prisioneros.
El origen de tal comportamiento había que buscarlo en los abusos
sexuales y las palizas continuadas a que fueron sometidas sus dos
fundadoras durante su tierna infancia. Jane Cutternecks y Adele Pullhearts-
up, abandonadas al nacer a la puerta de una misión en Texas,
fueron criadas por la Hermandad de los Penitentes con todo el
“ cariño” del mundo. Cuando tuvieron edad suficiente para darse
cuenta de que aquel comportamiento no era el que Dios esperaba de
los buenos cristianos, Jane y Adele decidieron adoptar apellidos y
abandonar la misión, así que Jane le rebanó el pescuezo al padre
Cristóbal y Adele le arrancó (literalmente) el corazón al padre Jesús. A
aquellos viejos babosos les esperaba una larga eternidad ardiendo
en el infierno.
Las dos jóvenes liberaron a otras compañeras menos intrépidas y
huyeron hacia el norte. Tras deambular durante días, decidieron
organizarse para sobrevivir. Robaban comida, enseres que pudieran
serles útiles, y se hicieron con caballos y una carreta. Siguieron
liberando a jóvenes cautivas en otras misiones y orfanatos, hasta que
el grupo adquirió unas dimensiones considerables. Entonces las dos
líderes creyeron que había llegado el momento de adoptar un nombre
temible y empezar a vengarse no sólo de los curas incapaces de
controlar sus “ miembros” , sino de los otros miembros del sucio sexo
masculino en general. A las pocas semanas ‘Las Amazonas
Exterminadoras’ habían sembrado el terror allá por donde pasaban,
aunque sería justo decir que también se ganaban la simpatía de
muchas mujeres.
Jane y Adele le habían echado el ojo a una bonita iglesia cerca de
Pueblo, estratégicamente muy bien situada, que, «bendito sea el Señor,
gracias por concedernos esta oportunidad», pertenecía a la
Hermandad de Los Penitentes. La conquista por parte de las
Amazonas fue una auténtica masacre. Ni uno solo de los hermanos
conservó la vida.
La banda estaba causando estragos, de manera que pronto las
fuerzas del orden tomaron parte en el asunto. Pero se encontraban
con un grave problema, y es que al gozar de la simpatía de la mayoría
de ciudadanas y como además ninguna de sus integrantes, salvo Jane
y Adele, estaba fichada, lo tenían realmente complicado para
capturarlas. Las únicas Amazonas que caían lo hacían a manos de sus
pretendidas víctimas y las que sobrevivían eran a menudo tan jóvenes
que la autoridad competente no tenía más remedio que condenarlas a
regresar a la institución de donde habían escapado.
Empezaron a circular historias acerca de la banda, a cual más
terrible. Una de las que adquirió más popularidad era la que hablaba
de sus prácticas antropófagas. Había quien aseguraba que las
Amazonas devoraban a sus víctimas como colofón a un ritual en el que
invocaban al mismísimo Satanás.
Cuando la organización adquirió unas dimensiones demasiado
grandes para mantenerse en un único núcleo, decidieron disgregarse
y expandirse hacia el norte y el este. El grupo principal permaneció en
Colorado, en la vieja iglesia, liderado por sus inseparables
fundadoras.
Lázaro, inmerso en la oscuridad, se agazapó y contuvo la
respiración, hasta que su mano derecha dio con algo. Parecía ropa. En
el centro de la pared ovalada había una diminuta abertura por donde
entraba algo de luz. Los miopes ojos de Lázaro, que ya se habían
adaptado a la oscuridad, siguieron aquel difuso rayo solar con
creciente nerviosismo, pues su mano continuaba tanteando lo que sin
duda no era sólo ropa. El intenso olor a putrefacción incrementaba su
inquietud. La iluminación no era suficiente para distinguir los bultos
tirados en el suelo, pero cuando sus dedos tocaron cabello, una nariz
descarnada y las cuencas vacías de unos ojos, no pudo ahogar el grito
aterrado que surgió de su garganta. ¡Estaba rodeado de cadáveres!
Su reacción inmediata fue olvidar toda precaución y huir del
macabro panteón. Se golpeó con paredes y techo y tropezó con los
escalones. El terror se había apoderado de él y no podía parar de
gritar. Tanto jaleo, por supuesto, acarreó consecuencias. La trampilla
que comunicaba la iglesia con la cripta no tardó en abrirse y en el
hueco aparecieron varias cabezas femeninas que reían con maldad.
Esta vez no había escapatoria posible. Él mismo se había metido en la
que iba a ser su tumba, como lo había sido de los quince hermanos
penitentes que se amontonaban allí en avanzado estado de
descomposición.
Se puso a rezar, suplicando una muerte rápida, mientras dos
amazonas bajaban los empinados escalones. Y entonces oyó los
disparos. Provenían del exterior de la iglesia. Dos, tres, cuatro, seis,
diez… incontables disparos que no tenían pinta de ser amistosos. Las
Amazonas desaparecieron instantáneamente por donde habían
aparecido, visiblemente contrariadas, maldiciendo y con sus armas a
punto para la batalla. Ahora también había disparos en el interior del
edificio. La sonoridad de aquellas paredes transformaba cada
detonación en un ruido infernal. En un momento la casa de Dios se
había convertido en el escenario de una cruenta batalla en la que sus
protagonistas caían como moscas. Lázaro hizo acopio de todo el valor
que pudo, ascendió la escalera y asomó la cabeza por la trampilla lo
justo para ver qué pasaba. Lo que vio fue a mucha gente
disparándose unos a otros; concretamente, a un grupo de mujeres
enfrentándose a… ¡sacerdotes! Los asaltantes iban vestidos con
túnicas con cruces en el pecho. Algunos llevaban capuchas, y todos
habían sustituido la Santa Biblia, ciertamente poco efectiva en
semejantes circunstancias, por rifles y revólveres.
El duelo parecía equilibrado a juzgar por el número de víctimas de
uno y otro bando. Lázaro asistía sobrecogido y cada vez más sordo a
un espectáculo grotesco en el que pedazos de sanguinolenta carne
humana, fragmentos óseos y trozos de cerebro y otros órganos salían
disparados por todas partes a la vez que sus antiguos propietarios
caían inertes. Vio cómo una niña de apenas diez años disparaba a
bocajarro a un viejo sacerdote, haciéndole volar la tapa de los sesos;
unos segundos después la misma niña salía despedida tres yardas
hacia atrás con el corazón reventado por el impacto de un disparo. Vio
flechas clavándose en todas las partes posibles de un cuerpo humano
y cómo una enorme maza destrozaba la cara de una joven que
acababa de rebanarle el pescuezo a un “ servidor” de Dios. No había
tregua. Al cabo de unos minutos eran muchos menos los combatientes
que las víctimas. Y un rato después ya sólo quedaban en pie tres o
cuatro por bando.
Una voz masculina pidió a las supervivientes que depusieran las
armas y se entregaran, a lo que éstas contestaron con una salva de
disparos. Poco después se hizo el silencio. Lázaro no sabía si se
habían acabado matando todos, si se les había agotado la munición o
si los supervivientes habían huido. Desde su refugio sólo veía una
parte de la iglesia, y la entrada no se encontraba en su campo de
visión. Al rato de no oír sonido alguno decidió que tenía que
arriesgarse a salir, así que, intentando transformarse en el ser más
silencioso del planeta, empezó a arrastrarse hacia la salida. «¿Qué
habrá sido de Spotted y la carreta?», fue el pensamiento que le vino a
la cabeza justo en el momento en que su corazón latía a doscientas
pulsaciones. Continuó su reptante camino sin incidentes, hasta que
una voz femenina aulló:
—Eh, tú, ¿a dónde crees que vas? Aún no hemos acabado contigo.
Lázaro se quedó inmóvil, preguntándose dónde recibiría el balazo.
En lugar de eso, de la oscuridad surgió otra voz, esta vez de hombre:
—Así que todavía hay una maldita zorra viva.
—Más de una —corrigió una segunda Amazona.
—No cabe duda de que sois obra del diablo, pero nosotros
tenemos al Señor de nuestro lado, así que salid de una vez de vuestro
escondite cobarde y entregad vuestras sucias almas al fuego
purificador. El Altísimo sabrá perdonar vuestros ignominiosos pecados
—sermoneó otro sacerdote.
Lázaro advirtió el destello de un objeto que cruzó a toda velocidad
por encima de su cabeza para clavarse hasta la empuñadura en el
cuello del osado servidor de Cristo, que había asomado la cabeza más
de lo que un luchador experimentado habría considerado prudente.
En el mismo instante se escuchó un disparo y una fracción de segundo
después el grito ahogado de Jane Cutternecks, quien en el impulso
para lanzar el cuchillo había expuesto el tronco más de lo que sin
duda una luchadora tan experimentada como ella habría considerado
prudente.
Al ver caer a su compañera inseparable, a Adele Pull-hearts-up la
invadió una cólera asesina y se lanzó como una loca a por aquel
penitente desgraciado al que iba a mandar al infierno. Eso sí,
devorando primero su corazón. La reacción fue tan inesperada para el
último de los miembros de la hermandad, que cuando quiso disparar
olvidó cargar antes su rifle, así que al accionar el gatillo no pasó nada,
y ya no tuvo tiempo de pensar en una alternativa. Adele se abalanzó
sobre él armada con un tomahawk, con el que le hundió la frente. El
hombre se desplomó aturdido. La líder de las Amazonas sacó entonces
el machete, que clavó en el pecho de su desdichada víctima. Con una
habilidad sorprendente le arrancó el corazón, que aún latía,
expulsando sangre a borbotones por las arterias seccionadas, y se lo
metió en la boca al tiempo que emitía un escalofriante aullido de triunfo.
Lázaro no podía creer lo que estaba contemplando. Seguía
temiendo por su vida, porque estaba seguro de que aquella bestia iría
ahora a por él, pero tuvo la serenidad suficiente para apropiarse el
revólver de uno de los muchos cadáveres que lo rodeaban. Cuando
Adele se giró hacia él, a Lázaro se le dibujó una indisimulable
expresión de terror en la cara. De la boca de la mujer rezumaban
sangre y trozos de lo que había sido el corazón de un hombre adulto.
Su sonrisa diabólica no hacía más que empeorar las cosas.
—¿Qué es ese olor nauseabundo? —preguntó la Amazona sin
dejar de sonreír—. Ya sé, son las heces y los meados que te resbalan
por las piernas. Prepárate, hombrecillo ridículo, porque ahora voy a
por ti.
Lázaro hizo acopio de todo el valor que no tenía y dijo, sin estar
seguro de que las palabras salieran de su boca:
—A mí lo que ha pasado hoy aquí no me importa. No sé por qué se
ha producido esta carnicería ni me interesa, así que si te vas ahora te
perdonaré la vida. De lo contrario, no tendré más remedio que
disparar.
Adele advirtió el temblor en la mano de Lázaro, pero como no sabía
que su miopía le impedía acertarle a cualquier objetivo que estuviera a
más de diez pulgadas de distancia, no quiso arriesgarse a morir a
manos de un ser tan insignificante, y menos después de haber
sobrevivido al tiroteo más terrible de la historia. Así que profirió una
nueva carcajada escalofriante, dio media vuelta y salió corriendo, sin
parar de reír, poseída por la locura.
Lázaro continuó en la misma postura, temblando, durante diez
minutos. Cuando fue consciente de que estaba a salvo, se desmoronó.
Cerró los párpados y se quedó dormido.
La enorme tensión acumulada se había liberado de golpe y el
sueño lo había vencido. Allí mismo, entre cadáveres, con las caras
desfiguradas, mutilados, todos con terribles signos de violencia. Había
amanecido y Lázaro recordó que tenía un viejo caballo atado a una
carreta cargada de healthy soda, que había huido al comenzar la
batalla. Le esperaba un duro día de trabajo. Después de todo lo que
había pasado no iba a dejar aquel lugar que, ahora sí, estaba
definitivamente vacío. »Pero ¿cómo voy a deshacerme de todos estos
cadáveres?». Sin duda, iba a ser un trabajo duro. Pero primero debía
encontrar a Spotted.
Lázaro saltó por encima de los tres sacerdotes muertos que había
junto a la doble puerta, abierta de par en par, y salió al exterior. Lo
primero que advirtió fue la frescura del aire. No hacía frío, pero la
atmósfera en el interior estaba viciada de olor a muerte, y salir afuera le
permitió volver a “ respirar” . En las inmediaciones de la iglesia también
yacían algunos cadáveres. Serían los primeros que cargaría en la
carreta. Se desharía de ellos lanzándolos por algún precipicio. En los
alrededores había varios lugares indicados para ello. Pero ¿dónde
estaba Spotted? Lázaro se puso a silbar como le enseñó su padre.
Según él, no había caballo que se resistiera a aquella llamada y
Lázaro debía reconocer que, en lo que respectaba a su propia
experiencia, tenía razón. A los pocos minutos vio aparecer un bulto
borroso en el horizonte, que poco a poco fue adquiriendo la forma del
rucio y la carreta.
—Menuda fiesta, ¿eh, viejo amigo? ¿Dónde te habías metido?
Un breve resoplido y un cariñoso cabezazo fue toda la respuesta
del animal. Suficiente para saber que estaba bien. Lázaro suspiró
aliviado al comprobar que su valiosa carga continuaba en la carreta.
Aquel fue el día más duro de su vida. Tuvo que cargar cuarenta y
tres cadáveres y luego lanzarlos desde un escarpado precipicio que
se asomaba a un riachuelo. «Que Dios me perdone, pero ésta es la
sepultura más cristiana que puedo proporcionar a estos desdichados».
Hicieron falta cuatro viajes. Al acabar, ya con el sol poniente, Lázaro
estaba exhausto. Le dolían todos los músculos, y entonces recordó
que en la cripta había otro montón de cuerpos. «Ahí se van a quedar.
Ya estaban antes de que yo llegara, y no creo que deba temer porque
decidan aplacar su sed con mi healthy soda. La bebida que resucita a
los muertos… Je, je, sería un buen lema comercial».
Precisamente aquel pozo de los horrores era el mejor lugar para
almacenar la healthy soda. Se armó de valor y bajó la mitad de la
carga. La otra mitad la volvería a subir a la carreta para venderla.
Durante las semanas siguientes Lázaro visitó varios pueblos, donde
su elixir milagroso tuvo muy buena acogida. Fueron buenos tiempos.
Un día, mientras descansaba en el saloon de Hermosilla entró un
hispano, con la cara desencajada y santiguándose compulsivamente.
—¡Ay, madrecita! ¡Qué gran tragedia! ¡Han encontrado un montón
de cadáveres de sacerdotes, mujeres y niñas junto al río Cucharas!
Fueron asesinados brutalmente. Es la obra del Diablo. ¡Ay, madrecita!
Lázaro estuvo a punto de atragantarse con el whisky y empezó a
sentir mucho calor, pero logró mantener la compostura.
Al día siguiente una escena parecida se repitió en Booneville.
Mientras la gente hacía cola para adquirir healthy soda, escuchó cómo
varias personas hablaban sobre el diablo de San Bartolomé. Aguzó el
oído y se enteró de que un poderoso demonio habitaba la vieja iglesia
escondida en un pequeño valle en las estribaciones de los Picos
Españoles. «No me extraña, todo el mundo sabe que esas montañas
están malditas», aseguró uno de los paisanos. Satanás había
corrompido las almas de los hermanos que habitaban la parroquia,
quienes se habían embarcado en una vorágine de lascivia y
depravación. La obra del Diablo había concluido en un baño de
sangre, como atestiguaban los cuerpos encontrados a orillas del
Cucharas. «Ahora las almas en pena de esos desdichados vagan por
el valle, condenadas a una eternidad de sufrimiento», concluyó con
pleno convencimiento el narrador de la historia. Una mujer que
escuchaba tomó la palabra: «Uf, me da escalofríos de sólo pensarlo.
Desde luego, no pienso acercarme en la vida por allí». El resto de
contertulios mostró ostensibles gestos de aprobación. Incluso Lázaro
empezó a dudar sobre si realmente no habría un demonio en su
almacén.
Unos días más tarde, en la ruta hacia el siguiente destino, se cruzó
con dos hombres a caballo que lo hicieron parar para advertirle sobre
un peligro mucho peor que los indios. «Tenga cuidado, amigo. Sobre
todo si piensa pasar la noche al raso. Han aparecido cadáveres de
hombres con terribles heridas. Hay testigos que aseguran que no se
trata de obra de los salvajes, sino de una poderosa bruja enviada por
el mismísimo diablo. Esté alerta». Lázaro agradeció la advertencia al
tiempo que no pudo evitar pensar en la despiadada guerrera que
sobrevivió a la batalla de San Bartolomé.
Rapsodia V

De aquello hacía ya más de un año. Lázaro casi se alegraba de que
circularan historias a cual más terrorífica sobre el lugar, así la gente se
mantenía alejada. Por lo que a él respectaba, ya se había
acostumbrado a almacenar su mercancía entre esqueletos con túnica.
Ninguno de aquellos cadáveres lo había molestado nunca, ni tampoco
las ratas que se habían encargado de dejar los huesos bien limpios.
Desde luego, el Diablo no había aparecido por allí. Y si lo había hecho,
habría sido en su ausencia.
Cuando salió con la primera caja, Jimy estaba dándole de beber a
su espléndido caballo, cuya respiración revelaba evidentes muestras
de agotamiento. No había rastro de Spotted. El ayudante de Wyatt Earp
no hizo ademán de ayudar, así que Lázaro volvió a por más mercancía.
Y continuó hasta que hubo vaciado la cripta. En Dodge City tendrían
healthy soda por un tiempo. Lázaro pensó que, si la cosa salía bien,
habría que buscar la fórmula para abastecerles regularmente.
El sol ya estaba muy bajo en el horizonte, lo que llevó a Lázaro a
considerar que lo mejor sería pasar la noche allí, pero Jimy no opinaba
igual. «Partimos inmediatamente, y si hace falta continuaremos de
noche». El mestizo no dijo nada. Cuando se disponía a subir a la
carreta, el ayudante de Marshal cogió el caballo y desapareció tras
unas rocas. «Ahora vengo«, fue toda su explicación. «Debe de
haberle dado un retortijón», concluyó. Mientras esperaba decidió
poner a prueba su puntería. Hacía demasiado tiempo que no tocaba su
revólver Colt del 38. Su puntería era tan desastrosa que cada vez que
practicaba se desesperaba. La miopía era un gran hándicap para
acertar desde lejos, pero no servía de excusa cuando el objetivo
estaba al alcance de la mano.
Lázaro encontró una calavera que un año antes había pertenecido
a un hermano penitente y la situó sobre una roca junto a la iglesia. Se
alejó diez pasos, apuntó entrecerrando los ojos, disparó… y la bala
pasó a un par de yardas de la roca. Se acercó un par de pasos y
repitió la operación, con idéntico resultado. Se colocó a cinco pasos…
La bala rozó la roca sobre la que había colocado el cráneo. Ahora ya
estaba apenas a un par de pasos de distancia. Con el brazo estirado
la calavera quedaba a poco más de una yarda. Accionó el gatillo… y
los huesos saltaron en mil pedazos, algunos de los cuales le rebotaron
en la cara. Lázaro trataba de encontrar explicación a su inesperado
éxito, cuando escuchó la voz de Jimy:
—Menudo inútil. Me pregunto cómo has sobrevivido todo este
tiempo siendo tan estúpido.
Allí estaba, junto a la roca tras la que había desaparecido, a unas
treinta yardas de distancia, con el revólver aún humeante, y los
pantalones por las rodillas.
—He estado a punto de volarte los sesos. La próxima vez no tendré
tantos miramientos antes de disparar.
Lázaro agachó la cabeza y volvió a la carreta.
No habían hecho más que iniciar el regreso cuando Jimy hizo
detener su caballo y, renegando, bajó de un salto. «No se te ocurra
siquiera imaginar que podrías escapar. Te voy a estar apuntando, y te
aseguro que no me pondría a llorar si me obligas a apretar el gatillo».
Dicho esto, salió corriendo hacia unos matorrales al borde del camino.
«Otro retortijón», pensó Lázaro, a quien se le había dibujado una
sonrisa socarrona. Se le pasó por la cabeza azuzar el caballo, pero
Jimy tenía buena puntería y, total, si ya había llegado hasta allí, ¿qué
más daba vender la healthy soda en Dodge City o en cualquier otro
lugar?
No tuvo mucho más tiempo para pensar, porque de repente
apareció una enorme nube de polvo por el otro lado del camino, de la
que surgió un grupo de jinetes de pinta poco amistosa. Toparse con
aquel tipo insignificante a bordo de una carreta repleta de cajas en
medio del desierto era un regalo inesperado para la banda de Pancho
el Loco.
Él y sus cuatro hombres formaban una temible banda de cuatreros
que, tras atemorizar todo Texas y ser perseguidos por las autoridades
mejicanas y tejanas, había huido hacia el norte, buscando nuevos
“ mercados” . La aventura no podía comenzar mejor.
—Mirad qué tenemos aquí. A un paleto con una carreta llena de
mercancía que nos va a ceder muy amablemente.
—Pégale un tiro, Pancho.
—Mejor lo atamos al caballo y lo arrastramos, así nos reímos un rato.
¡JA, JA, JA!
Desde luego, aquellos tipos no eran precisamente delicados.
«¿Dónde está Jimy y su revólver mágico?», se preguntaba un cada vez
más nervioso Lázaro.
—No seáis brutos, que vamos a asustar a nuestro anfitrión.
—¿Anfi qué? “ Pos” sí que hablas raro. ¡JA, JA!
—¡Pégale un tiro!
—Mira, Pancho, ¡si es un maldito indio!
—Arranquémosle la cabellera, entonces. ¡JA, JA!
—¿Qué llevas en las cajas, sucio indio?
Lázaro no entendía por qué Jimy no acababa con aquellos salvajes
de una vez.
—No te entiende, Pancho. ¡JA, JA!
—¡Pégale un tiro!
—Oye, que te estoy hablando. Y cuando Pancho le habla a un indio
sucio como tú, Pancho espera que contestes inmediatamente, ¿o es
que quieres que te rebane ese sucio pescuezo de maldito indio?
Lázaro tenía la impresión de que repetían demasiado las palabras
indio, sucio y maldito.
—Ah, ¿es que no se lo vamos a rebanar igualmente? ¡JA, JA!
—¡Pégale un tiro!
—Discúlpenme, caballeros… —Lázaro intentaba aparentar calma,
pero estaba aterrado—. No va a ser necesaria tanta violencia. En
cuanto les enseñe el contenido de las cajas verán cómo los ánimos se
calman.
—¿Qué dice el indio? También habla “ mu” raro.
—Venga, abre ésa.
Un tembloroso Lázaro pasó a la parte trasera de la carreta y abrió
la caja que le señalaba Pancho.
—¡Pero si llevas un bar ambulante! Mira el indio, qué “ espabilao” .
—¡Pégale un tiro y nos llevamos las cajas!
—Espera. A ver, indio, ¿qué hay en las botellas?
—Yo la llamo healthy soda —la única esperanza de Lázaro pasaba
por su capacidad de convencer mediante la palabra… a unos tipos
amantes de la violencia gratuita y un cociente intelectual similar al de
un cactus. Definitivamente, lo tenía muy crudo—. Es un elixir maravilloso
con una gran cantidad de propiedades beneficiosas para el
organismo…
—¿Pero qué dice el indio? ¿Tú lo entiendes, Pancho?
—¡Pégale un tiro de una vez! ¡Vuélale los sesos! ¡JA, JA, JA!
—A ver, dame una de esas botellas. —Lázaro alargó un botellín a
Pancho el Loco con mano temblorosa—. Pero te advierto que como no
me guste desearás no haber nacido.
—¡JA, JA, JA! ¡Eso es!
—Dale también a mis sedientos compañeros.
Lázaro sacó cuatro botellines más.
—Pero, Pancho, y si te gusta, ¿qué? ¿No vamos a pegarle un tiro a
este indio?
El líder de los cuatreros engulló el contenido de la pequeña botella
de un solo trago y sus subordinados lo imitaron. Lázaro sudaba
profusamente. En aquel momento el tiroteo de un año atrás en la
iglesia le parecía un juego de niños. La posibilidad de conservar la
vida dependía de que a aquellos mejicanos sádicos les gustara el
brebaje cuya fórmula secreta únicamente conocía el viejo Cuervo
Blanco. Durante su experiencia como vendedor ambulante muy pocas
veces alguien había reaccionado de forma negativa a su sabor, y en
esas contadas ocasiones Lázaro sospechaba que se había debido a
argucias para ahorrarse unos centavos. Los cinco cuatreros
escupieron ruidosamente.
—¿Pero qué es esta porquería?
—¡Sabe a rayos!
—¡El indio nos quiere envenenar!
—¡Pégale un tiro, Pancho!
—¿Acaso creías que embotellando meados con azúcar ibas a hacer
negocio? —Pancho se dispuso a desenfundar su enorme revólver—.
Los malditos gringos tendrán que agradecerme que les libre de una
serpiente como tú.
Lázaro invocó una última vez a la puntería de Jimy, pero estaba
claro que el ayudante de Marshal en realidad no era más que un
cobarde… o simplemente esperaba que hicieran el trabajo por él. El
dedo de Pancho el Loco empezaba a presionar el gatillo cuando una
flecha pasó rozándole la mano y se clavó en la caja que Lázaro había
abierto. Inmediatamente cuatro flechas más describieron la misma
trayectoria, clavándose junto a la primera. Los cuatreros se revolvieron
nerviosos sobre sus caballos, que se pusieron a relinchar inquietos.
No veían desde dónde estaban siendo atacados y se sentían
vulnerables. Otras cinco flechas se clavaron en la misma caja, pero esta
vez habían sido disparadas desde el lado opuesto. Estaban a merced
de los indios. Los dos cuatreros más impacientes efectuaron varios
disparos a ciegas, pero enseguida Pancho les ordenó guardar sus
armas. No era un lumbreras, pero tenía la suficiente experiencia como
para saber que los atacantes podían acabar con ellos en cuanto
quisieran. No era cuestión de provocarlos.
Seis pieles rojas se acercaban a caballo. Pancho barajó durante un
instante atacar primero, pero la idea se le borró de la cabeza en
cuanto observó las siluetas de otra decena de jinetes sobre la loma por
la que ellos mismos habían descendido sólo unos minutos antes.
—Los malditos indios nos han estado siguiendo —anunció.
—¡Acabemos con ellos!
—¡Eso, Pancho, volémosles esas sucias cabezas!
El Loco valoraba el coraje de sus hombres. No se arrugaban ante
nadie, y ese arrojo los había sacado de más de una situación
comprometida. Pero una cosa era ser intrépido y otra muy diferente, un
suicida. No entendía cómo a alguien se le pudo ocurrir apodar ‘el
Coyote’ a Luis y ‘el Zorro’ a Tito.
—Haáahe —el portavoz del grupito se dirigió a Lázaro, quien
respondió del mismo modo.
—¿Entiendes lo que dice? —El tono de Pancho ahora era
apremiante, pero mucho menos hostil.
—Sí, son cheyennes. Mi madre era arapaho.
—Está bien, está bien. Dile que no queremos problemas, que
lamentamos haber invadido su territorio, que nos iremos de aquí
inmediatamente, sin oponer resistencia a tan grandes guerreros, y que
jamás volveremos a pisar este lugar. Si lo haces te juro por la virgen de
Guadalupe que no volveremos a molestarte en la vida.
Lázaro se dispuso a traducir, aunque iba a introducir unos ligeros
cambios. No se había sentido muy bien tratado por Pancho y sus
secuaces. Por suerte, aquellos indios no entendían el inglés.
—Me temo, gran guerrero, que estos forajidos no tienen intención
de rendirse fácilmente. El hombre peludo dice que la bebida milagrosa
que contienen estas cajas ahora le pertenece y que el brujo que la
produce, o sea yo, ahora también es todo suyo.

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