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Mi desconocido marido – Barbara Hannay

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Mi desconocido marido – Barbara Hannay

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Resumen y Sinopsis 

Capitulo 1
La maleta estaba casi llena. Aturdida y asustada, Carrie la miró. ¿Cómo era posible que pudiera empacar su vida entera tan rápidamente y con tanta eficiencia?
Habían sido tres años de matrimonio, y todos sus sueños, esperanzas y anhelos estaban perfectamente doblados y colocados dentro de esa dura maleta plateada. Con
las manos temblorosas se alisó el suéter. La vista se le nublaba por las lágrimas.
Sabía que iba a ser duro, pero el paso final de cerrar la maleta y alejarse de Max casi parecía una proeza imposible de llevar a cabo. La idea era aterradora, como si
estuviera a punto de lanzarse por un precipicio. Pero no tenía elección. Tenía que marcharse de Riverslea Downs y debía hacerlo ese mismo día, antes de flaquear.
Carrie contempló el armario, ya casi vacío. Había tomado cosas de manera aleatoria, consciente de que no podía llevárselo todo de una vez. Había sacado unas
cuantas prendas urbanas, unos cuantos vaqueros y camisetas. Además, la ropa que llevaría a partir de ese momento le traía sin cuidado. Nada le importaba ya, en
realidad. La única forma de sobrevivir a esa situación era entumecer las emociones. Revisó de nuevo todos los cajones, preguntándose si debería meter algunas prendas
más en la maleta.
Y justo en ese momento lo vio, en el fondo de un cajón. Era un pequeño paquete envuelto en papel de seda.
El corazón le dio un vuelco y entonces se le aceleró. No podía dejarlo ahí.
Conteniendo las lágrimas, tomó el paquete con ambas manos. No pesaba casi nada. Lo sostuvo contra su pecho, luchando contra los recuerdos que la
bombardeaban, y entonces, por fin, lo guardó en el fondo de la maleta. Presionó las prendas de ropa y cerró los candados. Estaba lista. Ya no quedaba nada por hacer,
excepto dejar la carta que había escrito con tanto cuidado sobre la mesa de la cocina. Era una carta para su marido.
Resultaba cruel, pero no podía hacerlo de otra manera. Si hubiera intentado explicarle las cosas cara a cara, él se hubiera dado cuenta de lo difícil que era para ella y
nunca hubiera podido convencerlo. Había pensado las cosas una y otra vez y sabía que esa era la forma más limpia de hacerlo todo, la única forma.
De pie frente a la ventana del dormitorio, Carrie contempló los prados dorados bajo el sol radiante del Outback australiano. La brisa transportaba un ligero aroma a
eucalipto y a lo lejos se oía el graznido de una urraca. Un nudo duro y caliente se le alojó en la garganta. Amaba ese lugar.
«Vete ahora. No lo pienses. Solo hazlo».
Tomó el sobre que contenía la misiva, agarró la maleta y contempló por última vez la habitación que había compartido con Max durante tres años. Levantando la
barbilla, se puso erguida y salió.
Cuando sonó el teléfono, Max Kincaid decidió ignorarlo. No quería hablar, por muy buenas que fueran las intenciones del que le llamaba en ese momento. El dolor
que padecía en ese momento era demasiado fuerte y no había lugar para las palabras.
El teléfono siguió sonando durante unos segundos. El estridente timbre le taladraba la oreja. Molesto, dio media vuelta y se dirigió hacia la veranda de la fachada,
que siempre había sido uno de sus rincones favoritos. Desde allí se divisaban los prados, los bosques y las colinas lejanas que tanto había amado durante toda su vida.
Ese día, sin embargo, la hermosa vista apenas captaba su atención. Solo podía dar gracias porque el teléfono hubiera dejado de sonar. De repente, en medio del silencio,
oyó un gemido sutil. Clover, la perra de Carrie, le miraba con unos ojos tristes, desconcertados.
Sé perfectamente cómo te sientes, chica –Max acarició la cabecita de la vieja labradora–. No puedo creer que te haya dejado a ti también, pero supongo que no
cabías en un apartamento en la ciudad.
El filo del dolor que llevaba sintiendo desde la noche anterior le atravesó una vez más. Se había encontrado con una casa vacía y una simple carta, nada más. En ella,
Carrie le explicaba las razones por las que se había marchado. Le dejaba muy claro ese desencanto creciente que la vida en el campo la hacía sentir. El papel que le había
tocado desempeñar como esposa de un ganadero, al parecer, nunca había sido para ella.
Sobre el papel aquello no parecía muy convincente, sin embargo. Max no hubiera creído ni una sola palabra si no hubiera sido testigo del evidente desgaste que
había notado en la actitud de su esposa en los meses anteriores. Pero, aun así, nada de aquello tenía sentido. ¿Cómo era posible que una mujer pudiera aparentar
absoluta felicidad durante dos años y medio para después cambiar de la noche a la mañana? Tenía unas cuantas teorías sobre ese último viaje que Carrie había hecho a
Sídney, pero…
El teléfono volvió a sonar, interrumpiendo sus maltrechos pensamientos. «Maldita sea».
Desafortunadamente no podía desconectar el teléfono fijo de la misma forma en que apagaba el móvil. De repente sintió que le remordía la conciencia. Al menos
debía comprobar de quién se trataba. Si se trataba de algo serio, la persona podía dejarle un mensaje.
Se tomó su tiempo para regresar a la cocina. El teléfono estaba fijado a la pared. Había dos mensajes y el más reciente era de su vecino, Doug Peterson.
–Max, descuelga el maldito teléfono.
También había un mensaje anterior.
–Max, soy Doug. Te estoy llamando desde Jilljinda Hospital. Carrie ha tenido un accidente. Llámame, por favor.
Capítulo 2
–Buenos días, señora Kincaid.
Carrie suspiró al tiempo que la enfermera entraba en su habitación. Ya le había dicho unas cuantas veces al personal del hospital que su apellido era Barnes y
también había recalcado que ya no era «señora», sino «señorita», pero era inútil.
La nueva enfermera, que sin duda acababa de empezar su turno de mañana, le retiró la bandeja del desayuno y le colocó un tensiómetro en el brazo.
–¿Qué tal estamos esta mañana?
–Bien –le dijo Carrie con sinceridad.
El dolor de cabeza ya empezaba a desvanecerse.
–Estupendo –la enfermera la miró con una sonrisa radiante–. En cuanto termine, puede ver a la visita.
¿La visita?
«Gracias a Dios».
Carrie sintió un alivio tan grande que la sonrisa se le salió de los labios. Seguramente debía de ser su madre.
Sylvia Barnes les dejaría muy claro a todos que su nombre era Carrie Barnes, y que era de Chesterfield Crescent, Surry Hills, Sídney. La señora Kincaid, de
Riverslea Downs, ese recóndito rincón del oeste de Queensland, no existía.
El tensiómetro comenzó a presionarle el brazo y Carrie
Capitulo 1
La maleta estaba casi llena. Aturdida y asustada, Carrie la miró. ¿Cómo era posible que pudiera empacar su vida entera tan rápidamente y con tanta eficiencia?
Habían sido tres años de matrimonio, y todos sus sueños, esperanzas y anhelos estaban perfectamente doblados y colocados dentro de esa dura maleta plateada. Con
las manos temblorosas se alisó el suéter. La vista se le nublaba por las lágrimas.
Sabía que iba a ser duro, pero el paso final de cerrar la maleta y alejarse de Max casi parecía una proeza imposible de llevar a cabo. La idea era aterradora, como si
estuviera a punto de lanzarse por un precipicio. Pero no tenía elección. Tenía que marcharse de Riverslea Downs y debía hacerlo ese mismo día, antes de flaquear.
Carrie contempló el armario, ya casi vacío. Había tomado cosas de manera aleatoria, consciente de que no podía llevárselo todo de una vez. Había sacado unas
cuantas prendas urbanas, unos cuantos vaqueros y camisetas. Además, la ropa que llevaría a partir de ese momento le traía sin cuidado. Nada le importaba ya, en
realidad. La única forma de sobrevivir a esa situación era entumecer las emociones. Revisó de nuevo todos los cajones, preguntándose si debería meter algunas prendas
más en la maleta.
Y justo en ese momento lo vio, en el fondo de un cajón. Era un pequeño paquete envuelto en papel de seda.
El corazón le dio un vuelco y entonces se le aceleró. No podía dejarlo ahí.
Conteniendo las lágrimas, tomó el paquete con ambas manos. No pesaba casi nada. Lo sostuvo contra su pecho, luchando contra los recuerdos que la
bombardeaban, y entonces, por fin, lo guardó en el fondo de la maleta. Presionó las prendas de ropa y cerró los candados. Estaba lista. Ya no quedaba nada por hacer,
excepto dejar la carta que había escrito con tanto cuidado sobre la mesa de la cocina. Era una carta para su marido.
Resultaba cruel, pero no podía hacerlo de otra manera. Si hubiera intentado explicarle las cosas cara a cara, él se hubiera dado cuenta de lo difícil que era para ella y
nunca hubiera podido convencerlo. Había pensado las cosas una y otra vez y sabía que esa era la forma más limpia de hacerlo todo, la única forma.
De pie frente a la ventana del dormitorio, Carrie contempló los prados dorados bajo el sol radiante del Outback australiano. La brisa transportaba un ligero aroma a
eucalipto y a lo lejos se oía el graznido de una urraca. Un nudo duro y caliente se le alojó en la garganta. Amaba ese lugar.
«Vete ahora. No lo pienses. Solo hazlo».
Tomó el sobre que contenía la misiva, agarró la maleta y contempló por última vez la habitación que había compartido con Max durante tres años. Levantando la
barbilla, se puso erguida y salió.
Cuando sonó el teléfono, Max Kincaid decidió ignorarlo. No quería hablar, por muy buenas que fueran las intenciones del que le llamaba en ese momento. El dolor
que padecía en ese momento era demasiado fuerte y no había lugar para las palabras.
El teléfono siguió sonando durante unos segundos. El estridente timbre le taladraba la oreja. Molesto, dio media vuelta y se dirigió hacia la veranda de la fachada,
que siempre había sido uno de sus rincones favoritos. Desde allí se divisaban los prados, los bosques y las colinas lejanas que tanto había amado durante toda su vida.
Ese día, sin embargo, la hermosa vista apenas captaba su atención. Solo podía dar gracias porque el teléfono hubiera dejado de sonar. De repente, en medio del silencio,
oyó un gemido sutil. Clover, la perra de Carrie, le miraba con unos ojos tristes, desconcertados.
Sé perfectamente cómo te sientes, chica –Max acarició la cabecita de la vieja labradora–. No puedo creer que te haya dejado a ti también, pero supongo que no
cabías en un apartamento en la ciudad.
El filo del dolor que llevaba sintiendo desde la noche anterior le atravesó una vez más. Se había encontrado con una casa vacía y una simple carta, nada más. En ella,
Carrie le explicaba las razones por las que se había marchado. Le dejaba muy claro ese desencanto creciente que la vida en el campo la hacía sentir. El papel que le había
tocado desempeñar como esposa de un ganadero, al parecer, nunca había sido para ella.
Sobre el papel aquello no parecía muy convincente, sin embargo. Max no hubiera creído ni una sola palabra si no hubiera sido testigo del evidente desgaste que
había notado en la actitud de su esposa en los meses anteriores. Pero, aun así, nada de aquello tenía sentido. ¿Cómo era posible que una mujer pudiera aparentar
absoluta felicidad durante dos años y medio para después cambiar de la noche a la mañana? Tenía unas cuantas teorías sobre ese último viaje que Carrie había hecho a
Sídney, pero…
El teléfono volvió a sonar, interrumpiendo sus maltrechos pensamientos. «Maldita sea».
Desafortunadamente no podía desconectar el teléfono fijo de la misma forma en que apagaba el móvil. De repente sintió que le remordía la conciencia. Al menos
debía comprobar de quién se trataba. Si se trataba de algo serio, la persona podía dejarle un mensaje.
Se tomó su tiempo para regresar a la cocina. El teléfono estaba fijado a la pared. Había dos mensajes y el más reciente era de su vecino, Doug Peterson.
–Max, descuelga el maldito teléfono.
También había un mensaje anterior.
–Max, soy Doug. Te estoy llamando desde Jilljinda Hospital. Carrie ha tenido un accidente. Llámame, por favor.
Capítulo 2
–Buenos días, señora Kincaid.
Carrie suspiró al tiempo que la enfermera entraba en su habitación. Ya le había dicho unas cuantas veces al personal del hospital que su apellido era Barnes y
también había recalcado que ya no era «señora», sino «señorita», pero era inútil.
La nueva enfermera, que sin duda acababa de empezar su turno de mañana, le retiró la bandeja del desayuno y le colocó un tensiómetro en el brazo.
–¿Qué tal estamos esta mañana?
–Bien –le dijo Carrie con sinceridad.
El dolor de cabeza ya empezaba a desvanecerse.
–Estupendo –la enfermera la miró con una sonrisa radiante–. En cuanto termine, puede ver a la visita.
¿La visita?
«Gracias a Dios».
Carrie sintió un alivio tan grande que la sonrisa se le salió de los labios. Seguramente debía de ser su madre.
Sylvia Barnes les dejaría muy claro a todos que su nombre era Carrie Barnes, y que era de Chesterfield Crescent, Surry Hills, Sídney. La señora Kincaid, de
Riverslea Downs, ese recóndito rincón del oeste de Queensland, no existía.
El tensiómetro comenzó a presionarle el brazo y Carrie

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