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Libro PDF Mi error fue enamorarme del novio de mi hermana 2 – Moruena Estringana

Mi error fue enamorarme del novio de mi hermana 2 – Moruena Estringana

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cuando Robert llega del trabajo, noto
que está cansado.
—Te he dejado la comida
preparada en la mesa.
—¿Y tú?
—Yo comeré algo en mi estudio.
—No pienso dejarte marchar
hasta…—
Prefiero irme. —Me sonrojo.
—Jenna. ¿No crees que ha llegado
el momento de dejar de hacer el tonto?
—No lo sabes tú bien…
—No lo digo por… —Robert se
pasa la mano por el pelo y accedo a
quedarme.
—De perdidos al río. —Me río, y
pongo otro plato en la mesa. Robert saca
el agua y un vaso para mí.
—¿Qué tal el trabajo?
Robert me mira tras servir el agua.
—Mal. Ahora tengo que seguir
trabajando un poco aquí en casa, y más
tarde vendrá Albert para terminar unas
cosas.—
Si quieres me quedo y te ayudo
con la pequeña.
Robert me pasa el pan.
—Me vas a arruinar —comenta
sonriendo.
—No pienso cobrarte. —Le saco la
lengua y Robert me cuenta cosas sobre
el proyecto de Albert.
—Mi padre me lo comentó. Sé un
poco de qué va el tema.
Robert sonríe. Mientras comemos,
hablamos de lo que les falta por hacer y
los frutos que esperan que dé en la
empresa. Me quedo mirándolo
embobada, pero no puedo evitarlo: su
entusiasmo es contagioso.
—Entiendo por qué mi padre te ha
dado el cargo que tienes.
—¿Por? —pregunta intrigado.
—Te gusta lo que haces, y a él
también.
Robert sonríe. Cuando terminamos,
recojo las cosas y Robert friega los
platos.—
Voy a cambiarme y dormir un
poco antes de que Nora se despierte.
—Yo me voy a pintar. —Guardo
mis cosas, suponiendo que mi idea de
quedarme ha sido rechazada, y voy hacia
la puerta—. Nos vemos mañana.
—Jenna… —Me giro—. No me
importa que te quedes aquí. Es más, te lo
agradecería, pero no quiero abusar de ti.
¿Lo comprendes?
—Sí, por supuesto.
—Jenna… —dice cuando me giro
de nuevo para irme, pues sabe que no he
sido sincera.
—Empieza a ser molesto que me
conozcas tan bien —le digo entre
dientes. Robert se ríe y me vuelvo aún
con el morro torcido, pero no tardo en
cambiar mi expresión por una sonrisa.
—Este viernes es mi cumpleaños y
he pensado celebrar una fiesta en casa
para mis amigos. Me gustaría que
vinieras, pero como amiga.
—Claro, te sale más barato
invitarme como amiga… —Robert se ríe
y yo con él—. Nos vemos mañana.
—Hasta mañana, duendecillo.
Lo miro asombrada y me doy la
vuelta antes de que vea cómo me ha
impactado el apodo que ha usado. Es el
mismo que utiliza mi padre. A lo mejor
Albert se lo ha dicho… Es posible.
ROBERT
Observo a Nora dormir y miro el
reloj. Son casi las siete de la mañana;
dentro de poco me tengo que ir trabajar.
La idea de volverme a la cama queda
descartada, así que opto por darme una
ducha y tomarme un café. Otra noche que
la pequeña se ha removido en sueños
por sus pesadillas. He tratado de
abrazarla, de mimarla, de calmarla, pero
seguía llorando. ¿Qué la atormenta? Me
duele verla así.
A las ocho de la mañana, Jenna
toca a la puerta con los nudillos. La abro
esperando que no note las muestras de
cansancio en mi cara, pero nada más
entrar me mira y sé que se ha dado
cuenta. Me asombra la capacidad que
tiene para percibir lo que me pasa, y a
mí con ella me ocurre lo mismo:
enseguida sé cuándo algo le molesta. No
sabía que se podía conocer tan bien a
una persona en tan poco tiempo y me
parece increíble. Más aún, no deja de
ser mosqueante.
—No has dormido, pero tengo la
solución. Y por si me lo preguntas, estoy
de oferta y te saldrá gratis.
Jenna deja su mochila, algo más
abultada de lo habitual, sobre el sofá.
—¿Y cuál es esa solución? ¿Darle
un somnífero a Nora? —bromeo.
—No. Me quedo esta noche aquí y,
como tengo el sueño muy ligero, me
levanto y te ayudo con la pequeña.
—No…
—¿Te molesto?
—No sigas por ahí.
—¿Entonces? También lo hago por
el bien de la empresa de mi padre. Si no
cumples en tu trabajo…
—Mentirosa.
—Vale. No puedes seguir así y yo
no tengo nada mejor que hacer.
—Salvo pintar.
—Sí, y estudiar, pero puedo
repasar también aquí. No me sale bien
últimamente lo que pinto…
—Estás mintiendo.
—No…
—Se te nota en la cara, Jenna. Y
no, Nora es mi problema y no puedo
permitir que te tomes tantas molestias.
—Para eso están los amigos, y yo,
cuando tengo un amigo, lo doy todo por
él. A menos que cometa una estupidez y
salga corriendo en mitad de la noche…
—Agranda los ojos y sonrío por su
desvarío, por cómo cambia de un tema a
otro—. Como hice con Matt.
—Me lo imaginé.
Ya empieza a cansarme ese
nombre; siempre habla de él. Tal vez
sea su novio de verdad… ¿Qué estoy
diciendo?
—Robert, sabes que lo que te
propongo es una buena opción.
—Ya no sé ni lo que quiero, llevo
casi tres días sin dormir.
—Razón de más. Te dejo que tú
pidas las pizzas.
—Chantajista.
Jenna sonríe, pero su sonrisa le
dura poco, se sonroja y me mira dudosa.
—¿Te molesta que me quede a
dormir? Quiero decir… no creo que si a
mí se me declarase alguien, me gustaría
que…
—Si a ti no te molesta, a mí
tampoco. Jenna, no me molesta tu
presencia, así que quítate eso de la
cabeza de una vez.
—Odio molestar.
Su confesión me pilla
desprevenido, sobre todo porque ha
entrado como un huracán, decidida a
hacer lo que ella disponía por el bien de
mi salud.
—No molestas.
—Si alguna vez te molesto…
—… Te lo diré.
Sonríe y se va a la cocina. Ya tengo
preparado su desayuno, se ha convertido
en una rutina.
—Me voy, Jenna.
—Nos vemos luego. No tengas
prisa por volver, la peque y yo
estaremos bien.
Estoy convencido de que será así.
Confío en todos mis amigos, sé que
quieren a Nora y la cuidan, pero cuando
está con Jenna, siento que Nora no
podría estar en mejores manos.
Me voy sonriente por la actitud de
Jenna, y agradecido. Dudo que solo haga
esto por lo que dice sentir por mí; en el
fondo, me cuesta creer que de verdad lo
sienta. Más bien pienso que le está
pasando conmigo como le pasó con
Matt. Es la única razón posible, yo no he
hecho nada para despertar en ella esos
sentimientos tan puros por mí. «Eso es
lo que tú quieres creerte…» Rujo para
mí cuando mi conciencia me aguijonea y
la acallo una vez más.
* * *
Cuando llego casa a las cinco de la
tarde, Jenna está en el sofá dibujando y
Nora jugando tranquilamente con sus
juguetes en el parque. Ambas me miran y
me sonríen, y de pronto siento como si
lo tuviera todo en el mundo en este
momento. Me quedo aturdido por mis
pensamientos y me acerco a ellas
tratando de arrinconarlos en mi mente.
—Ya estoy aquí. —Nora se levanta
en el parque y alza los bracitos hacia mí.
La cojo y le doy un sonoro beso,
haciendo que la pequeña se ría—.
¿Cómo se ha portado?
—Muy bien, como siempre.
Jenna se levanta y saca las llaves
de su moto de la mochila.
—¿Ya te has arrepentido?
—No, pero tengo que ir a comprar
unas pinturas antes de que cierren la
tienda. No tardo. ¿Necesitas algo?
—¿Dónde compras las pinturas?
Pienso en dónde puede haber en
este pueblo un taller de pinturas y no
recuerdo ninguno. Cuando Jenna me
comenta dónde va, niego con la cabeza.
—Eso está a más de cuarenta y
cinco minutos de aquí.
—¡Qué va! En moto tardo menos.
—Ya que esta noche tú me haces un
favor a mí, yo te hago ahora otro: te
llevo a por las pinturas. —Jenna abre la
boca para protestar, pero no la dejo
hablar—: No pienso cambiar de
parecer. Me cambio y bajo.
—Bueno, está bien —refunfuña
Jenna antes de cogerme a Nora de los
brazos—. Voy a cambiarla. Y a preparar
la bolsa con lo que pueda necesitar.
Tardamos casi una hora en salir
hacia el centro comercial para comprar
sus pinturas. En cuanto el coche se pone
en marcha, Nora no tarda en dormirse y
Jenna se relaja en el asiento a mi lado.
En cuanto se despierta la pequeña,
pide que le hagamos caso. Cuando
aparcamos y la ponemos en su carrito,
Nora sonríe a las diferentes personas
que pasan por su lado, que se paran a
mirarla y le hacen carantoñas,
encandilados por la simpatía de la
pequeña. Ya en el centro comercial,
Jenna me dice dónde está la tienda de
pinturas y nos dirigimos hacia allí. Sigo
a Jenna de cerca mientras las elije. La
observo mirar el precio de un caballete,
pero tras hacer una mueca, lo deja donde
estaba y va hacia los pinceles. Me
comenta que va a aprovechar que llevo
el coche para coger unos lienzos, y coge
varios. Cuando llegamos a la caja, la
cajera le sonríe y la saluda con afecto;
salta a la vista que es una clienta
habitual.
—¿Ya has gastado las de la semana
pasada? —Jenna asiente con la cabeza
retraída—. Hoy has venido bien
acompañada, qué niña más bonita. ¿Qué
son?, ¿tus hermanos?
Jenna alza la cabeza un segundo,
pero antes de que aparte la mirada de la
señora y vuelva a centrarse en sus
pinturas, veo como sus ojos verdes se
tiñen de dolor.
—Es el novio de mi hermana, y la
niña es su hermana.
Jenna paga y, mientras salimos, me
da la impresión de que ha
empequeñecido: lleva los hombros
caídos y no mira a su alrededor.
—Jenna…
Me mira, pero no sé qué decirle. Sé
por qué se ha puesto así. Porque la
mujer ha dado voz a mis pensamientos:
que Jenna parece mucho más joven que
yo. Pero no tengo palabras para
reconfortarla, pues soy el primero que
ve nuestra diferencia de edad como algo
malo. Alguna vez me he pregunto si las
cosas no serían diferentes si Jenna
tuviera la edad de Ainara, veintitrés
años. Pero no los tiene.
—Tengo hambre. Ahora vengo. —
Jenna da un beso a Nora y se va hacia un
puesto de gofres. Dejo que vaya y me
quedo con Nora algo rezagado. Ella
necesita distanciamiento y yo…, yo no
sé lo que necesito. Me niego a querer
sentir nada por Jenna, quiero
convencerme de que no es más que
simpatía, pero no paro de pensar en ella,
de anhelar su presencia.
Estoy portándome como un imbécil.
Ni siquiera he dicho que me guste…,
todo debe seguir como estaba…
Cuando Jenna regresa con su gofre
y me ofrece, no puedo evitar mirar sus
labios manchados de chocolate y aprieto
los puños para no acercarme y besarla.
—No —le digo con brusquedad.
Jenna se da cuenta pero no dice
nada. ¿Y qué va a decir? Todo esto es
por mi culpa, por no saber cuál es mi
sitio. Soy el novio de su hermana y,
hasta que Jenna apareció, todo me iba
muy bien, ¿no? Además, no se puede
añorar lo que no se ha conocido. Esta
frase acude a mi mente, como para
rescatarme de mis dudas, y decido
aferrarme a ella con todas mis fuerzas.
JENNA
Llegamos a donde está mi estudio.
Aunque ha comentado que le gustaría
ver mis cuadros, le pido a Robert que
me espere en el coche; ahora mismo
necesito estar sola. Entro y dejo los
lienzos donde tengo los otros y las
pinturas en su sitio. Me miro en el
espejo y pienso en las palabras de la
cajera. Sé por qué ha creído que era mi
hermano: parezco mucho más joven que
Robert. Aunque él tenga solo
veinticuatro años, yo no aparento que
tenga casi veinte. He escuchado esa
cantinela desde niña. Mi madre y mi
hermana siempre se quejan de lo poco
que cuido mi aspecto, de que mi ropa
divertida y mis coletas me hacen parecer
una adolescente. ¿Lo pareceré también a
los ojos de Robert? Él no me trata como
una niña, me escucha y acepta mis
consejos como si fuera adulta, pero la
duda se ha instalado en mí. Quiero creer
que él me acepta como soy, que no ve en
mí solo mi imagen exterior, sino lo que
soy… Pero ya no lo tengo tan claro.
Me suelto el pelo y me miro al
espejo. El hecho de que lleve siempre
dos coletas es porque para pintar me
molesta el pelo en la cara, y hacerme
una sola coleta no me sale muy bien. Me
miro al espejo con el pelo suelto,
tratando de verme más madura, más
mujer, pero sigo siendo yo. Un peinado
no me cambia pero, a pesar de ello, bajo
del estudio con el pelo suelto. Si nunca
me he preocupado por mi aspecto es
porque hasta ahora no he tenido motivo
para querer estar guapa para nadie; para
mí siempre han tenido prioridad otras
cosas, no pasarme horas en mi cuarto
como mi hermana, arreglándose.
—A mí me gustan tus coletas —
comenta Robert cuando me ve entrar en
el coche con el pelo suelto.
—Son de niña pequeña. —Me
gusta que empiece a conocerme, pero en
algunos momentos, como ahora, me
resulta molesto.
—Jenna, debes ser tú misma, digan
lo que digan los demás y piensen lo que
piensen. Si sigues siendo tú misma pese
a que la gente te quiera hacer cambiar,
es porque eres mucho más fuerte que
ellos. Y si decides cambiar, que sea
porque tú quieres, no porque otros
esperan que lo hagas.
—Gracias.
—De nada.
Me echo hacia atrás en el respaldo
del coche y miro la noche.
—Preferiría que en vez de darme
las gracias, sonrieras.
Lo hago y Robert se ríe.
—Qué fácil es hacerte reír…
Nunca he conocido a nadie que se ría
tanto como tú, salvo Laia. Sois las dos
personas más risueñas que conozco.
—Nora también.
Robert se ríe y asiente. Cuando
llegamos a su casa estoy más tranquila.
Tal vez no era lo que esperaba escuchar
de Robert, él no puede sentir lo mismo
que yo, pero sus palabras me han
aliviado.
—Yo preparo la cena mientras tú
cambias a Nora —le digo.
Voy a la cocina para ver qué hay en
la nevera. Cuando lo decido, Robert ya
ha bajado con Nora cambiada y con
hambre. Mientras le da su potito, yo sigo
preparando la cena.
—¿Te gustan los bocapizzas?
—Como de todo… lo que me gusta.
—Y se ríe.
Hablamos de todo un poco mientras
cena la pequeña. Nora está casi
terminando cuando se escucha el timbre
de la puerta.
—Qué raro, no espero a nadie.
—Tus amigos vienen muchas veces
sin avisar —le recuerdo.
—Cierto.
Robert va a abrir la puerta. Miro
por encima de la cabeza de Nora a ver
quién es, y en cuanto lo averiguo, me
pongo seria y me centro en la pequeña:
me siento incapaz de mirar a mi
hermana, y más sabiendo lo que va a
venir a continuación. No me apetece ver
cómo se dan un beso de bienvenida.
—Esta noche hay una fiesta…
Hola, Jenna —saluda mi hermana al
reparar en mí.
—Hola.
La ignoro, como siempre. Desde
niñas, este es el triste trato que tenemos.
—Pues como te decía, hay una
fiesta. No te iba a decir nada porque
sabía que no querrías dejar a la niña con
Albert y Bianca otra vez, pero cuando
mi padre me comentó que Jenna pasaría
la noche aquí para ayudarte con ella, no
he podido evitar venir a pedirte que
vengas conmigo a la fiesta —explica
Ainara, que va perfectamente arreglada
para la ocasión con un elegante vestido
plateado.
—Gracias por la invitación, pero
esta noche me quedo en casa.
—Robert, ahora somos novios
formales y, al igual que yo entiendo que
tienes a Nora, tú sabías antes de ir el
otro día a mi casa qué clase de vida
social llevo yo.
Miro a mi hermana, sin creerme lo
que ha dicho. ¡Su vida social no es
comparable en absoluto con tener un
bebé a tu cuidado!
—Ainara, sabía muy bien quién
eras y en qué círculos te mueves, pero
tienes que comprender que yo tengo una
responsabilidad con Nora.
—¡Estoy cansada de ir siempre
sola, y últimamente casi no pasamos
ningún tiempo juntos! ¿Acaso todo ha
cambiado entre nosotros?
Mi hermana pone morros y Robert
se pasa la mano por el pelo, cansado.
—No, pero…
—Pues sí, tienes una hermana
pequeña, pero también una novia, y no
me gusta ir siempre a esas fiestas sin ti.
«Nadie te obliga a que vayas a esas
fiestas», pienso para mí.
—Yo me quedo con Nora, no me
molesta. Idos a la fiesta. Es importante
para mi hermana aparentar ante sus
amigos que es feliz con su novio.
Lo digo con ironía y Robert se da
cuenta, pero Ainara me sonríe sintiendo
que se ha salido con la suya.
—No…
—Me lo debes. Y a ella no le
importa.
Robert murmura «Me importa a
mí», pero mi hermana se hace la tonta y
se va al salón.
—Vamos, ve a cambiarte, yo te
espero aquí en el salón.
Robert me mira y asiente. Noto su
duda y su desconcierto por la actitud de
mi hermana, pero, como ella ha dicho, él
sabía quién era antes de ir a mi casa el
otro día, y si está con ella, es porque
acepta llevar esa clase de vida,
supongo.
Termino de dar de cenar a Nora,
recojo la cocina, apago el horno, pues la
cena ya está hecha, y me dispongo a
subir para acostar a Nora. Ainara sigue
sentada en el sofá, no se ha acercado ni
un momento a ver a la niña. ¿Acaso eso
es lo que le gusta a Robert?
—Es igual que Robert —comenta
mi hermana.
—Sí, idénticos.
Subo las escaleras y, al entrar en el
dormitorio de Nora, escucho la ducha en
el cuarto de baño. Preparo las cosas
para bañar a Nora y, cuando termino de
secarla y de vestirla, la echo para que
duerma. Ya se le estaban cerrando los
ojitos de sueño, así que, al dejarla en su
cunita, no tarda en dormirse.
Me giro para salir y descubro a
Robert en la puerta mirándome. Salgo y
cierro la puerta.
—Me sabe mal irme y dejarte sola
con ella.
—Pero si no lo haces, te sentirás
peor. Es tu pareja.
—Sí, supongo. ¿De verdad estarás
bien?
—Sí, no es la primera vez que lo
hago.
—Guarda mi parte de la cena; me
la llevaré mañana para almorzar.
Asiento y me dirijo a las escaleras,
pero Robert me detiene.
—¿Cuál me queda mejor? —
comenta mostrándome dos corbatas.
—La verde.
Minutos después, cuando Robert
me dice lo siento antes de irse, le
sonrío. No entiendo por qué está tan
afligido. Debería estar contento de
poder pasar una noche con mi hermana;
ella es su novia y yo, su amiga. Sin
embargo, aunque le haya dicho que no
pasa nada, ya me había hecho ilusiones
de pasar la noche a su lado, viendo la
tele, charlando… Por desgracia, la
realidad ha vuelto en forma de mi
hermana, para recordarme cuál es mi
sitio. Es mejor que no lo olvide.
Al poco de acostarme, Nora se
despierta llorando y me levanto para
calmarla. Poco a poco lo consigo, pero
no tarda en despertarse otra vez, agitada
por las pesadillas. Al final me siento en
una mecedora cerca de su cuna y le cojo
la manita, para que se duerma tranquila
sintiendo la seguridad de mi presencia.
Pasado un rato por fin se queda
dormida, y yo también.
ROBERT
Cuando consigo sacar a Ainara de
la fiesta son más de las tres de la
mañana. Estoy agotado y no he dejado
de pensar en Nora y sus pesadillas. No
tenía que haber ido. Jenna no tiene por
qué cargar con una responsabilidad que
es mía.
Llevo a Ainara en su casa y, ya en
la puerta, se echa a mis brazos y me
besa. Trato de corresponderle, pero
finalmente me aparto.
—Estoy preocupado por Nora.
—Porque es una niña, que si no, me
podría celosa. Nos vemos.
Y se da media vuelta y se va,
aceptando sin más mis pocas ganas de
prolongar el beso. ¿Siempre ha sido así
nuestra relación? Llego a casa pensando
en ello, pero cuando subo al cuarto de
Nora y veo a Jenna sentada en la
mecedora, dormida, sujetando la mano
de la pequeña, me olvido de todo menos
de observarlas…, sobre todo a Jenna.
No sé el tiempo que llevo así
cuando Jenna se despierta y me sonríe
cuando se percata de mi presencia, aún
medio dormida.
—¿Ya has vuelto? —pregunta
levantándose.
—Sí. ¿Qué tal se ha portado?
—Bien, no tiene la culpa de sus
pesadillas. Vete a dormir, yo me quedo
con Nora.
Beso a Nora y me voy a mi cuarto,
pero cuando me meto en la cama, me
resulta imposible conciliar el sueño con
Jenna tan cerca. ¿Por qué tiene que
pasarme esto? Al final solo el cansancio
hace que caiga rendido y me suma en un
profundo sueño. Lo malo es que hasta en
sueños Jenna me persigue.
A la mañana siguiente, cuando bajo
a desayunar, el olor a café recién hecho
embriaga mis sentidos. Al entrar en la
cocina, veo que Jenna ya se ha vestido y
otra vez lleva el pelo suelto, aunque hoy
se lo ha recogido con dos horquillas a
los lados. Cuando me mira, sigo viendo
su cara infantil, pero ya no la veo tan
joven como al principio.
—Buenos días. Te he preparado
café.
—Buenos días. ¿Has dormido
bien?
—Muy bien.
Tomo mi desayuno y me despido de
Jenna para ir a trabajar. Curiosamente,
estoy mucho más descansado que días
anteriores. Me parece increíble haberme
dormido con esa tranquilidad y sé que es
porque confiaba en que, si le pasaba
algo a Nora, Jenna se haría cargo de
ella.
JENNA
Termino la tarta que estoy
preparando para la fiesta de esta tarde.
Laia ha venido por aquí esta mañana
para traer unas cosas para la fiesta y,
como ya he terminado de dar de comer a
Nora y la he acostado, estoy ultimando
el postre.
Robert me ha llamado para decirme
que llegaría más tarde. Esta semana ha
estado muy ocupado y ha llegado casi a
las cinco todos los días. Nuestra amistad
va bien. Ya hemos superado mi
vergüenza por mi confesión y su miedo
de hacerme daño al no sentir lo mismo
por mí.
Estoy terminando la tarta y
metiéndola en el frigorífico cuando de
pronto la miro y me pregunto si es una
tontería hacerle algo así. Va a cumplir
veinticinco años y, aunque yo soy de las
que piensan que hay que celebrar
orgulloso cada año, hay personas que no
son de la misma opinión.
Tocan al timbre. Cierro el
frigorífico para ir a ver quién es,
esperando que sean Laia o Dulce para
traer más cosas, o incluso Bianca, que
me dijo ayer que se pasaría por la tarde
para ayudar; cualquiera menos la
persona a la que me encuentro
realmente.
—Hola. ¿Está Robert? —pregunta
mi hermana.
—No.
—Mejor. Podéis pasar. —Abre la
puerta del todo y me quedo pasmada
viendo que un equipo entero de catering
empieza a entrar en la casa con varias
cajas.—
¿Qué es esto?
—¿No esperarías que me fuera a
olvidar de su cumpleaños?
—No, pero…
—Pues esta es su fiesta sorpresa.
Mi hermana sigue dando órdenes a
diestro y siniestro y, cuando llegan al
patio, lo primero que hacen es retirar los
globos que he estado colocando esta
mañana.
—¿Quién ha puesto esta
ordinariez?… Aunque no sé ni para qué
pregunto. Jenna, ¿esto es cosa tuya?
—Sí.
Y tiene razón. «¿En qué demonios
estabas pensando?», me pregunto. Me
meto en la casa y la dejo hacer, es lo
mejor. Es su novia y es normal que ella,
y no yo, sea quien prepare su fiesta
sorpresa.
Subo al antiguo cuarto de Robert y
me pongo la tele, con la esperanza de
poder ignorar los ruidos de abajo. Lo
malo es que la pequeña no puede
hacerlo y se despierta llorando.
—Vamos, pequeña, no pasa nada.
La cojo en brazos y la acuno para
que vuelva a conciliar el sueño y poco a
poco lo consigue. Cierro la puerta,
confiando en que no vuelvan a
despertarla, y bajo a comentarle a mi
hermana que es la hora de la siesta de la
pequeña y necesita silencio.
—El tiempo apremia. Por un día
que no duerma no va a pasar nada.
—¡Sí que pasa! Es una niña
pequeña, necesita sus horas de
descanso. ¿Qué clase de madre serás
para ella? —estallo.
Mi hermana me mira y pestañea
asombrada un par de veces; luego
sonríe.—
Lo siento —le digo mortificada.
Nunca le he hablado así.
—No pasa nada. Seguro que, tras
mi sorpresa de esta noche, se te quita
esa cara de agria que tienes.
—¿Cómo? ¿Qué sorpresa?
—Ya lo verás.
Me dedica una sonrisa enigmática y
se aleja, dejándome allí plantada y
sorprendida porque no se haya
defendido de mis acusaciones. Pero ¿por
qué le he dicho algo así? Supongo que
en el fondo pienso que no puede
ocuparse de Nora. Para bien o para mal,
Ainara solo piensa en ella.
Me llevo las manos a la cabeza y
siento una mano en mi espalda.
—Yo pienso lo mismo que tú.
Me vuelvo y veo a Dulce.
—Hola, no te he oído entrar.
—Con este escándalo, no me
extraña.
—Voy a ver a Nora.
—Te acompaño.
Subimos las dos al cuarto de la
pequeña y, tras comprobar que está
durmiendo, entramos en el cuarto de
Robert.—
Había traído para hacer una
ensalada, pero veo que no hará falta.
—No.
—Jenna, no te sientas mal por lo
que le has dicho.
—Es mi hermana, no es mala
persona…
—Yo no creo que sea mala
persona; sencillamente, no veo que
encaje aquí —comenta mirando a su
alrededor refiriéndose a la casa de
Robert.—
El nivel de vida de Robert no es
un problema. Ella se encargará de que
mi padre le compre lo que quiera
cuando se casen.
—¿Crees que él será feliz con ella?
—Sí, lo creo.
—Jenna…
—Es su novia. Tal vez nosotros no
lo entendamos, pero ella ha preparado
esta fiesta para él, y él la quiere tal
como es. Así que supongo que este tipo
de detalles le gustarán.
—Ah, Jenna, estás aquí. —Mi
hermana entra y me tiende el teléfono—.
Llama a Robert y dile que se pase por el
supermercado a comprar unas cuantas
cosas. —¿Para qué voy a hacer eso? No
hace falta, hay comida de sobra.
—Es para entretenerlo. No quiero
que llegue antes de que todo esté
preparado. Le he llamado antes de venir
hacia aquí y me ha dicho que llegaría
sobre las cinco, pero todo se está
retrasando más de lo que pensaba. —Mi
hermana pone morritos fingidos para
darme pena—. No sé qué hacer para
entretenerlo…
—Trae, yo me encargo —se presta
Dulce.—
Gracias… —Se la queda
mirando y dice—: Perdona, no recuerdo
tu nombre.
—Dulce.
—Eso, Dulce. Y, por cierto, ¿no
pensareis presentaros así en mi fiesta?
He invitado a algunos amigos y van a
venir elegantes.
—Yo no pensaba cambiarme —
contesto.
—No esperaba menos de ti.
Siempre queriendo llamar la atención
con tu absurda idea de ser diferente.
¿Tanto te cuesta por un día vestir
normal, en vez de con esa ropa hortera?
Quiero que todo salga bien. —Ainara se
cruza de brazos exasperada.
—Su ropa no es hortera —me
defiende Dulce—, y no te preocupes,
nos cambiaremos para no ridiculizarte
con nuestras modestas ropas delante de
tus amigos.
Ainara se va satisfecha y Dulce
llama a Adair. Le dice que vayan a
buscar a Robert al trabajo y que lo
entretengan para que así Doña Perfecta
pueda organizar la fiesta.
—Cuando la peque se despierte,
nosotras nos vamos a mi casa y ya
encontraremos algo que ponernos. Tengo
muchos vestidos que mi madre me envía
con frecuencia, pero que no uso —dice
con una sonrisa.
—Yo también tengo algunos…
—… Y no pienso disfrazarme más
de lo necesario.
Sonrío y nos quedamos en el cuarto
hasta que Nora se despierta y la
vestimos para llevárnosla de paseo a
casa de Dulce. A medio camino, Robert
me llama al móvil.
—He llamado a casa, pero no
estabais. ¿Va todo bien?
—Sí, he salido con Dulce para
comprar unas cosas para la «simple»
cena.
Robert se ríe, pensando que lo digo
por la fiesta sorpresa que cree que sus
amigos le estamos preparando, no por lo
que está organizando mi hermana.
—Hago las mejores barbacoas que
hayas probado, y no tienen nada de
simples.
—Lo imagino —digo tratando de
que no note en mi voz lo que me apena
no poder disfrutar esta noche de sus
sencillas barbacoas.
—Tened cuidado.
—Tranquilo, Nora está en buenas
manos.—
Yo me iré con estos un rato a
tomar algo. Han venido a por mí.
—Pasadlo bien.
—¿No piensas felicitarme el
cumpleaños? —Robert me lo dice
sonriendo.
—Aún no.
—Vas a ser la última.
—No creo. —Sonrío y le cuelgo
tras despedirme.
—Estás coladita por él. Nora y yo
somos testigos de ello.
Nora me mira y sonríe.
—No sirve de nada estarlo.
—Pero lo estás.
—Desgraciadamente, sí.
De camino a casa de Dulce, le
cuento todo lo que ha pasado con Robert
y mi horrible confesión. Dulce no se ríe,
me comprende. Ya en su casa y mientras
buscamos qué ponernos, me cuenta que
ella sabe muy bien lo que es amar un
imposible y odiarse todos los días por
eso.
—Lo siento —comento a Dulce.
—Tranquila, lo tengo asumido.
Cuando más lo quiero, más lo odio.
—Yo no odio a Robert, pero no
creo que pueda soportar verlo casado
con Ainara y ser su cuñada.
—Eso tiene que ser duro. Y sé lo
que se siente al ver que la persona que
te gusta y de la que hace tiempo que no
sabes nada es el novio de tu hermana.
—¿Te pasó a ti lo mismo?
—Sí. Pero bueno, ahora vamos a
ponernos guapas sin dejar de ser
nosotras mismas y a quien no le
gustemos, que no mire. ¿De acuerdo?
—De acuerdo.
Dulce saca más vestidos y me
percato de que todos son de marca y
parecen muy caros, no encajan con la
imagen que tengo de ella, pero no digo
nada.
Dejamos a Nora en su carrito y le
ponemos dibujos animados, pero no les
hace mucho caso. Pese a eso y al ver
que no vamos corriendo a cogerla
cuando nos llama, al final se entretiene
con los muñecos que tiene puestos en el
carrito.
Dulce me deja un vestido blanco de
tirantes con toques de florecitas verdes y
una chaquetilla de color verde, y ella se
pone un vestido lila que resalta aún más
sus ojos.
—¿Quieres maquillarte un poco?
—Siempre me he visto muy rara
cuando me maquillan para las fiestas.
—Yo no suelo maquillarme mucho.
A ver si te gusta.
Me siento y la dejo pintarme.
Cuando termina y me miro al espejo, me
gusta la sencillez del maquillaje. Con
muy poco ha conseguido resaltar mis
rasgos pero me sigo sintiendo yo, y eso
hace que sonría.
—Me tienes que enseñar.
Dulce se ríe y me lo explica. Luego
me aconseja dejarme el pelo suelto,
recogido solo de un lado, y me presta
unos bonitos pendientes verdes. Cuando
salimos las tres, miro la pequeña casa
de Dulce. Es acogedora, pero no tiene
muchas fotos en ella.
—¿Vives sola?
—Sí. Mis padres viven con mi
hermana a una hora de aquí.
—No tienes muchas fotos.
—No soy muy fotogénica.
Estamos casi llegando a casa de
Robert cuando este me llama.
—¿Dónde estáis?
—Estamos llegando. ¿Y tú?
—En mi casa. —Por la forma que
lo dice, sé que algo va mal.
—Has visto la fiesta que te ha
organizado Ainara.
—Sí.
—Todo saldrá bien.
—No era lo que tenía pensado.
—Ella lo ha hecho porque creía
que te gustaría.
—Lo que me hace pensar: ¿hasta
qué punto me conoce? —Su comentario
me deja pensativa—. Por favor, no
tardéis.
Cuelgo y miro a Dulce.
—No parece que le haya hecho
mucha ilusión la fiesta.
—Tal vez solo está sorprendido,
como todos.
Me encojo de hombros y nos
dirigimos hacia allí. ¿De verdad Ainara
no le conoce? Pienso en la fiesta, en
Robert, y me pregunto si él, al igual que
yo y sus amigos, hubiera preferido una
fiesta familiar, sencilla y con poca
gente.
CAPÍTULO 8
ROBERT
Mientras termino de vestirme,
escucho la música clásica que ha
seleccionado Ainara y me digo una vez
más que ella ha hecho todo esto por mí.
Sin embargo, no era lo que yo tenía
pensado hacer. ¿Seré un inconformista?
No lo sé.
Oigo a Jenna decirle algo a Nora.
Salgo de mi cuarto y me quedo quieto al
verla. Lleva un vestido blanco

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