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Libro PDF Mi error fue enamorarme del novio de mi hermana – Moruena Estringana

Mi error fue enamorarme del novio de mi hermana – Moruena Estringana

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yo me siento más útil. Lo cierto es que
siempre me apoya en todo; sé que se
alegra de que quiera ganar mi propio
dinero, y yo me siento mejor. No me
gusta que me lo den todo hecho.
Bajo la vista justo cuando se abre
la puerta y veo horrorizada que mis
zapatillas blancas tienen manchas rojas
de pintura.
—Buenas tardes. Por la hora que
es, debes de ser Jenna.
La voz profunda del joven me
atraviesa. Al alzar la vista para mirarlo,
me quedo asombrada. Me aparto el
flequillo largo de los ojos con un
soplido y trato de sonreír, pero hasta eso
me he olvidado de hacer. He visto
chicos guapos, muchos, pero ninguno
que me haya impactado tanto. Sus ojos
dorados me observan alegres y su pelo
rubio ondulado le cae revuelto sobre las
cejas. Su sonrisa hace que sus rasgos se
vean aún más hermosos.
Mientras lo observo, recuerdo
mortificada que me he quedado con la
boca casi abierta mirándolo
descaradamente, y me apresuro a
responder.
—Sí, esa soy yo. —Le tiendo la
mano y él me la coge divertido.
—Soy Robert. Pasa, te estábamos
esperando.
Al oír eso, deduzco que me espera
con su novia y parte del cosquilleo que
se ha instalado en mi estómago mengua.
Es normal, un chico así no debe de estar
libre… ¿Pero qué estoy pensando?
Al entrar en la sala, lo primero en
lo que reparo es en lo acogedora que es.
Sobre el aparador hay una foto de un
niño de ojos dorados y sé que es él,
pues ya de pequeño tenía esa sonrisa
arrebatadora.
Escucho una risa infantil y me giro
hacia ella. Me encuentro con una
pequeña de poco más de un año,
mirándome con unos ojos idénticos a los
del joven.
—Tú debes de ser Nora.
Dejo mi mochila en una silla y
camino hacia ella. La niña enseguida
alza los brazos, la cojo y le sonrío.
—¿Te gustan mis coletas? Son muy
cómodas. —La pequeña tira de ellas, me
río.
—Veo que le gustas.
Me sobresalto al escuchar la voz
de Robert tan cerca y lo miro. Cuando
me llamó, me explicó que estaba
interesado en contratar a una niñera para
su hermana pequeña, que él era ahora,
además de su hermano, su padre
adoptivo.
—Sí, eso parece.
Dejo a la pequeña en el parque y
miro a Robert, esperando que no note
cómo me altera su presencia.
—Necesito que cuides de ella por
las mañanas y algunas tardes.
—¿No necesitas preguntarme nada
más? No sé, tal vez podría ser una
asesina de niños…
Robert se ríe y yo le sonrío
aliviada porque mi inapropiada broma
no le haya molestado.
—No creo, pero por si acaso,
activaré la cámara de vídeo. —Agrando
los ojos y Robert se ríe—. Es broma.
Me fío de quien te ha recomendado.
Pienso enseguida que ha sido mi
padre, aunque, por lo que parece, no le
ha dicho que soy su hija. Menos mal. No
me gusta que me contraten solo porque
soy la hija del jefe.
—Si pusieras cámaras, lo
comprendería. Es tu hermana y la
quieres, es normal que seas protector y,
a fin de cuentas, yo no dejo de ser una
extraña.
—Cierto. Ven, si te quedas más
tranquila, te haré unas preguntas. Nunca
he hecho esto, pero supongo que
funciona así. Hasta ahora hemos cuidado
a la niña entre todos. Tengo muchos
amigos y nos hemos ido apañando, ellos
la consideran su sobrina. Pero he
decidido que es mejor contratar a una
niñera que cuide de ella. —Yo asiento y
lo sigo a la cocina; cuando me ofrece un
café niego con la cabeza—. ¿Quieres
comer algo?
—Comí un sándwich en mi
estudio…
—¿Estudio?
—Sí, tengo un pequeño piso
alquilado donde voy de vez en cuando a
pintar. Es una de mis aficiones secretas.
No hace mucho que lo alquilé, pues mis
padres llevan poco tiempo en este
pueblo, pero cuando entro en él, es
como si estuviera en casa. La pintura es
mi mundo, aunque no suelo comentarlo
con la gente. Algunos piensan que soy
rara por dedicar tantas horas a mis
cuadros.
«No sé qué hago hablando tanto, a
él no le importa todo esto», pienso
mortificada, tratando de no perder la
sonrisa y no parecer estúpida. Ojalá
pudiera controlar igualmente mi sonrojo
por la vergüenza que ya surca mi cara.
—Te guardaré el secreto. —Me
sonríe y eso me relaja.
—Bueno, no es tan secreto, pero la
gente de mi entorno no habla de ello,
solo mi padre se interesa por mis
pinturas, y me he acostumbrado a
guardármelo para mí. Además, me
cuesta mucho enseñar lo que pinto,
incluso en las clases suelo ser muy
reticente a que vean mi trabajo.
Robert me mira con intensidad
antes de asentir.
—Bien. ¿Y por qué quieres cuidar
a Nora?
—Entre otras cosas, porque me
ayuda a costearme mis gastos y es un
trabajo que puedo compaginar con mis
estudios.
—¿Fumas?
—No, odio el tabaco. ¿Y tú?
Robert se ríe.
—No, pero la entrevista te la estoy
haciendo yo a ti.
Me relajo por su forma de decir las
cosas y por lo cómoda que me siento
con él, pese a que no lo conozco. Me
siento un poco menos estúpida. A veces
me sucede cuando estoy con alguien: o
escucho y no digo nada, o hablo mucho
mientras pienso que debo callarme y
dejar de decir tonterías que no le
interesan a nadie.
—Cierto, pero era para
recomendarte que no lo hicieras en la
casa.
—No lo haría, por eso te lo
preguntaba. —Robert parece divertido
por mi comentario.
—Bien hecho.
— ¿ T i e n e s noviete? —Me
sorprende su diminutivo y alzo las cejas
contrariada—. Lo digo porque no me
gustaría que lo trajeras aquí.
—No lo haría.
—Bien. La verdad es que no sé qué
más preguntarte.
—Hummm… Solo he trabajado de
esto unos meses, se me dio bien y
además soy responsable. Cuando doy mi
palabra, la cumplo. He leído mucho
sobre niños, por interés, y sé muchas
cosas por este motivo.
—¿Te gustaría estudiar
Magisterio? Tengo una amiga que va a
empezar la carrera ahora en septiembre
y otra ya está estudiándola.
—No, de momento me conformo
con acabar mis estudios de secundaria.
Pero tal vez más adelante estudie una
carrera.
—Ya, aún eres joven, ya tendrás
tiempo.—
Claro.
Miro hacia otro lado molesta y
avergonzada, como siempre me pasa al
hablar de mis estudios. Desde niña me
ha costado mucho aprobar, no por falta
de empeño, sino porque lo que para
otras personas es fácil de entender tras
leerlo, para mí, no.
—No bebo —le digo de repente—.
Por si se te ha pasado por la cabeza.
—No, pero es bueno saberlo. —
Robert me sonríe y se queda mirándome.
Me siento algo cortada pero no digo
nada—. Vamos, te diré dónde están las
cosas de la pequeña.
—¿Así, sin más?
—Así, sin más. Tengo buena
intuición.
—Pues te debe de estar fallando,
estás metiendo a una ladrona… —le
suelto a su espalda y enseguida me
arrepiento, él no me conoce, no sabe de
mis bromas. «Eres tonta», pienso
mortificada y roja como un tomate—. Lo
siento… —Pero me callo cuando Robert
se ríe.—
Muy bueno.
Me sorprende que haya pillado mi
broma y me relajo aún más. A veces,
cuando estoy nerviosa acabo diciendo
tonterías, como la de ahora, por
ejemplo.
—Has cometido un error al reírte
con mis bromas. Solo mi padre las
soporta… y las entiende, claro.
—Ha sido por el tono que has
usado. Has puesto voz grave —me dice
subiendo las escaleras.
—¿Vivís los dos solos?
—Por desgracia, sí. —La sonrisa
de Robert se pierde del todo—. Mis
abuelos eran mayores y murieron hace
poco.
—Lo siento. Yo nunca he conocido
a los míos, pero me hubiera gustado
mucho.—
Yo todo lo que soy se lo debo a
ellos.
Sin pensar lo que hago, pongo mi
mano sobre su brazo.
—Lo siento de verdad.
Robert me sonríe y de pronto me
doy cuenta del calor que desprende su
brazo y de mi atrevimiento. Lo aparto.
Robert me explica dónde están las cosas
de la pequeña.
—Creo que ya sé dónde está todo.
—Bien.
Bajamos. La niña está mordiendo
un osito y, cuando nos ve, lo suelta y nos
sonríe.—
Voy a ir a comprar. No tardaré
mucho, pero así ves si te haces con ella.
¿Te parece bien?
—Perfecto.
—Anótate mi teléfono.
Saco mi móvil y copio el número
de Robert en mi agenda. Cuando
termino, me lo coge de las manos y mira
el fondo de pantalla que tengo puesto.
—Es bonito.
—Gracias.
—¿Es tuyo?
—Sí…, pero no es de los mejores.
Le cojo el móvil, sonrojada, y lo
guardo. El fondo de pantalla es uno de
mis cuadros preferidos: un Pegaso
acunando a un bebé.
—Pintas realmente bien.
—No soy tan buena… Es solo un
hobby…, pero bueno…, pues eso.
—«Mejor me callo y dejo de decir
incoherencias.» Me muerdo el labio
nerviosa.
Robert me mira sonriente y voy
hacia la pequeña.
—No te gusta hablar de tus
cuadros.
—No. De hecho, este que llevo en
el móvil es el único que he mostrado, y
así, en el móvil. Si lo vieras en vivo, te
darías cuenta de todos los fallos que
tiene. Solo pinto porque me relaja.
—Yo ni siquiera sé dibujar. Ya lo
haces mejor que yo.
Me río por su intento de hacerme
sentir especial.
—Ese ejemplo no vale.
Cojo a la pequeña Nora en brazos y
ella me da un sonoro beso en la cara.
—Eso se lo enseñó a hacer una de
sus tías postizas. Es la reina de la casa.
—No me extraña. No puedes
negarte cuando te mira con esos ojos…
—Me callo al darme cuenta de que él
los tiene iguales.
—Me voy a comprar.
—Sí, mejor, porque si no, seguiré
diciendo tonterías.
—No las dices.
—A veces hablo antes de pensar.
—Eso es porque eres transparente
y no tienes nada que ocultar.
—Tengo muchos secretos.
—Sí, ya lo sé. Uno de ellos es que
eres una ladrona buscada por la policía.
Me río y, cuando coge las llaves
para irse, me da lástima que se acabe
nuestra conversación.
—Nos vemos ahora.
—Claro, seguiré aquí. Tus cosas
no, claro.
Robert me sonríe y se va.
Lo veo marcharse y me quedo un
rato con la peque en los brazos
observando su carita. ¿A qué ha venido
todo eso? He hecho el ridículo, no he
dejado de decir tonterías, debe de
pensar que soy medio lela. Aún no sé
cómo se ha decidido a contratarme. Las
referencias de mi padre han debido de
ser muy convincentes; solo espero que
cumpliera su promesa de no decir que
era su hija.
Nora llama mi atención y me siento
en el sofá con ella para jugar. Cuando
me mira con sus ojos sonrientes, mi
mente evoca los de su hermano y otra
vez mi corazón late con una vida
distinta. Tengo que salir más.
Últimamente, tanto estar en mi estudio
sola me ha hecho fijarme más de lo
normal en el primer chico que me habla
más de dos palabras seguidas. Sí, debe
de ser eso. Como dice mi madre, tanto
confinamiento en mi estudio no puede
ser bueno. Y empiezo a pensar que tiene
razón. Es una suerte que de vez en
cuando Matt me invite a que vaya con él
a sus viajes. Si no, mi vida se reduciría
a pintar… y nada más.
ROBERT
Llego a la comisaría donde está
Adair. Lo veo tras una mesa hablando
con Dulce. Cuando me ven me saludan y
voy hacia ellos.
—¿Y la pequeña? —me pregunta
Dulce asustada.
—No está sola, por si es eso lo que
te preocupa.
—Hombre, supongo que no serás
tan irresponsable.
La miro sonriente.
—No, está con su nueva niñera.
—¿Ya la has encontrado? ¿Y es de
fiar? Manda a Adair. Seguro que no se
le escapa si es una asesina de bebés en
potencia.
Sonrío al recordar la broma de
Jenna y recuerdo sus ojos verdes
sonrientes. No, con esa cara tan dulce,
no puede ser una asesina.
—Es solo una joven, no tendrá más
de quince años.
—¿Y tan joven la dejas con Nora?
Pienso en George, mi jefe, y en las
palabras que me dijo cuando me vio
observando los carteles:
—Conozco a la joven… —Lo vi
sonreír con cariño—. Si estás buscando
una niñera, no podrías encontrar una
mejor. Yo pondría mi vida en las manos
de esa joven sin dudarlo.
Asentí y la llamé. George es mi
jefe y confío mucho en él; tanto, que ya
sabía que contrataría a Jenna antes de
conocerla. Si George confía en ella, yo
me fío de él. Sabe lo importante que es
Nora para mí. No me recomendaría a
nadie que pudiera hacer daño a mi
hermana.
—Dulce, es la hermana de Robert,
sabe lo que hace —comenta Adair
haciendo que vuelva al presente.
—Está saliendo con esa estirada de
Ainara, perdóname que dude que sepa lo
que hace.
La miro serio, un poco cansado de
que todos cuestionen que esté con
Ainara.—
Dejemos el tema. ¿Qué tal es la
nueva niñera? —dice Adair.
—Se la ve muy dulce, y creo que
tiene muy buen trato con Nora…
—¿Crees?
—Empiezo a cansarme de que
Nora tenga tantas tías adoptivas —digo
mirando sonriente a Dulce.
—Pues no te queda… —comenta
Adair divertido.
—Nora le dio un beso.
—¿Le dio un beso y apenas la
conoce? —Dulce me mira seria—. Eso
debe de ser bueno.
—Sí, Nora es cariñosa, pero no da
besos a todo el mundo.
—A Ainara no, desde luego.
—Déjalo ya —pide Adair.
Dulce asiente. Con Ainara, Nora
tiene un recelo que a veces resulta
mosqueante. Y no entiendo por qué. Sé
que Ainara, por lo que ha vivido,
necesita tanto cariño como Nora, y tal
vez por eso no sepa cómo dárselo a la
pequeña.
—Mira, nos vamos contigo y así
vemos a la niñera…
—Ángel no tiene que tardar en
llegar a la casa —comento a Dulce.
—Lo dices como si esa fuera una
razón para que yo no vaya.
—¿Yo? No, qué va, lo de que os
evitéis mutuamente es casualidad.
—Pues sí. —Dulce mira su reloj
—. No puedo ir, he quedado. Y que
conste que no es porque Ángel vaya a
estar allí.
—No, claro que no.
Dulce se va, tras advertirme que
como la niñera le haga algo malo a
Nora, me perseguirá a mí allí donde me
esconda, y a la niñera también.
—Y luego Laia me dice que es tan
dulce como su nombre —comenta Adair.
—Lo será con ella.
—Empiezo a creer que solo es
dulce con las mujeres, pero siempre ha
sido así.
—No sé cómo pudisteis ser novios.
—Porque éramos amigos y se fiaba
de mí. Miro mi reloj para ver la hora que
es.
—Bueno, yo me voy.
—Te acompaño. He acabado mi
turno.
Asiento y, cuando salimos fuera, yo
voy hacia mi coche y Adair, hacia el
suyo. Al aparcar frente a mi casa veo
una moto, que intuyo que será de Jenna,
y también el coche de Ángel. Ha llegado
antes de lo que pensaba.
Estoy bajando del coche cuando
veo a Ángel venir de la parte trasera con
cara de mosqueado. Los adosados están
unidos de dos en dos, para que puedan
tener puerta trasera; el que está a la
izquierda del mío lleva muchos años
deshabitado.
—¿No están? —pregunto alarmado.
—Sí, pero dice que no abre a
desconocidos. ¿Se puede saber a quién
has metido en tu casa?
Sonrío y voy hacia la puerta
seguido de Ángel y de Adair, que acaba
de aparcar también y salir de su coche.
—Ya lo veréis.
Abro la puerta y, cuando entramos
al salón, los tres nos quedamos
boquiabiertos y sin palabras. Jenna nos
mira sonrojada. Nora, por su parte, cree
que esa cara sigue siendo parte del
espectáculo, y se ríe feliz.
Jenna se levanta y se quita las
plumas de indio que lleva en la cabeza,
que no sé de dónde las habrá sacado, y
nos mira a los tres, evidentemente
cortada.
—Yo…, esto…
—Tranquila, Jenna, no pasa nada
—le digo al verla tan agobiada.
Jenna asiente y mira a mis amigos.
—Estos son Adair y Ángel.
Jenna les saluda con timidez, coge
a la pequeña y la deja en su carro, pese
a las protestas de esta.
—No me has abierto la puerta —le
reprocha Ángel estudiándola.
—No.
Jenna no dice nada más, agacha la
mirada y se pone a recoger unas
marionetas que están por el suelo. La
observo extrañado, pues antes no me
parecía una persona tan vergonzosa

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