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Libro PDF Mi regreso Rossana Colomé

Mi regreso  Rossana Colomé

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sonó. Me levanté y caminé hacia la pared de la
cocina donde colgaba el aparato que seguía
timbrando y descolgué.
– ¿Diga?
– Julieta, tengo una sorpresa para ti, ¡terminé tu
libro! -dijo Alejandro al otro lado del teléfono-.
Fue una tarea complicada y me llevó más tiempo
de lo que esperaba, pero ha sido muy interesante
exhaló y por unos instantes se mantuvo en silencio,
pensé que diría algo sobre mis sueños-. ¿Cuándo
vienes a recogerlo?–se apresuró a decir, como
interrumpiendo nuestros pensamientos.
– ¡A primera hora mañana!–respondí emocionada.
Alejandro rio al otro lado del teléfono, y de nuevo
se quedó callado, sumido en un inquietante
silencio-. Alex, ¿pasa algo?
– Julieta, creo que descubrí algo importante cuando
leía tus escritos. Es necesario que hablemos – dijo
en tono más serio.
– Esperaba algo así–dije como hablando para mí
misma-, me refiero a que con un orden, quizá
comprendería mejor lo que pasa en mis sueñosy…
– No es algo que tenga que ver con tus sueños–me
cortó en seco. No pensé en nada, pero sentí una
inmensa necesidad por saber lo que había
descubierto y decidí no esperar ni un segundo más.
– Ahora mismo voy para allá. Y Alex, no tengo
palabras para agradecerte esto que has hecho por
mí.
– Fue un honor ayudarte y saber cuánto confías en
mí. Ya verás, ahora soy yo el que está en deuda
contigo–añadió. Luego de despedirnos, colgué el
teléfono regresé al sofá donde se encontraba
Salvador. El me miró a la expectativa.
– Necesito ir a casa de Alejandro, ¿vienes
conmigo? –le dije sin dar una explicación.
Salvador se levantó clavando sus hermosos ojos
cafés dentro de los míos, tratando de encontrar una
explicación a tanta urgencia.
– ¿Es tan importante?, ¿por qué tienes que ir hoy?–
preguntó mirándome con un dejo de tristeza-. Pero
si casi acabo de llegar, pensé que cenaríamos
juntos. Quería hablarte sobre alguien que
conocíy…
– Me lo cuentas en el camino –lo interrumpí en
tono de súplica-. Además es mejor si manejas tú,
yo estoy demasiado nerviosa –Salvador caminó
hacia mí y me abrazó.
– ¡Lo que sea por la mujer de mi vida! –dijo con
tono dramático y me miró sonriendo, sus ojos
brillaban. Aquella mirada se había convertido en
el motor de mí existencia desde el día que él llegó
a mi vida.
Lo besé en la mejilla y me solté de su abrazo para
caminar hacia el armario en busca de mi paraguas.
Salvador tomó las llaves de su coche y salió de la
casa para esperarme. El sabía muy bien donde
vivía Alejandro así que no necesité guiarlo.
Salimos de Cuernavaca en dirección a Tepoztlán
tomando la desviación por la carretera. Todo el
día había llovido y aunque en aquel momento solo
era una simple llovizna, el asfalto se encontraba
mojado y resbaloso. Un hombre que estaba parado
en la carretera nos movía las manos en alto,
haciéndonos señas como para indicarnos que
bajáramos la velocidad, los dos lo miramos sin
entender la razón. Un poco más adelante pudimos
ver que un camión de carga se había salido de la
carretera y se había estampado contra unos árboles
a la orilla del camino. Salvador pisó el freno de
golpe y el coche patinó sobre el asfalto que estaba
húmedo. En ese momento, un viejo árbol, contra el
cual había chocado el camión, caía sobre la
carretera. Salvador había perdido el control del
volante, el coche se dirigía en dirección al árbol.
Un chillido salió de mi garganta al darme cuenta
de que nos estrellaríamos con él. Todo sucedió
demasiado rápido, cuando abrí los ojos tenía el
cuerpo entumido y la cabeza me daba vueltas.
Miré a mí alrededor tratando de ubicarme y
entonces me encontré con algunas ramas que
entraban en el automóvil por el parabrisas roto. El
tablero aplastaba mi pecho y mis piernas estaban
atrapadas debajo de él. Entonces, miré hacia
Salvador temiendo por su estado. Sus ojos estaban
cerrados y su rostro cubierto de sangre. Quise
levantar la mano para limpiarle los ojos y la
frente, quise gritar y llamarlo, pero no podía
mover los brazos ni los labios, no podía
despertarlo. Cerré los ojos arrepentida de haberlo
llevado conmigo, de no haberme quedado en casa
con él para escucharlo. Lo que me quería decir
Alejandro, en ese momento dejó de ser importante,
y lloré adolorida. En aquel momento desesperado
nada podía hacer por Salvador, sólo me quedaba
rezar y pedirle a mi Dios que lo ayudara a él,
“llévame a mí, pero Salvador tiene que vivir”
repetía dentro de mí.
La vida es como la llama de una vela encendida,
cuando ésta se apague esa llama desaparecerá para
siempre, pero cuando la vela se vuelva a encender,
una llama nueva la iluminará. No se acaba,
solamente se apaga.
EL HOMBRE DE MIS
SUEÑOS
2014
Todo comenzó hace dos años, había terminado el
bachillerato y decidí continuar con mis estudios
universitarios en el Distrito Federal. Dado que las
oportunidades de trabajo son mejores ahí, mi
hermano Manuel y Bernardo, quien era su mejor
amigo y mi novio, se habían marchado hacía ya
cinco años, a vivir allí. Desde aquel momento ya
pensábamos en la idea de que yo también me fuera
a estudiar la carrera, sobretodo porque estarían
ellos para cuidarme. Sé que existen muchachas de
mi edad capaces de enfrentar la vida solas en el
D.F., pero yo no fui criada para eso. Cuando
miraba mi reflejo en el espejo de mi habitación, no
sólo veía a una chica menuda y rubia de mediana
estatura y ojos cafés, veía a mis padres… y a
Bernardo. No me concebía sola por mí misma.
Mi historia con Bernardo estaba lejos de una
novela romántica. Nos conocíamos de toda la vida
y siempre lo consideré como un familiar. Pero
crecimos y comenzó a celarme más que mi
hermano y luego a buscarme de manera insistente.
Cuando confesó que se había enamorado de mí, me
sentí muy mal, lo quería, pero no en ese sentido y
no era mi intensión lastimarlo. Por cariño a él e
inducida por mi madre, comencé a aceptar sus
invitaciones y traté de verlo de una forma distinta.
En un principio fue difícil, pero siempre había
pensado que la mujer que él eligiera como esposa
sería muy afortunada, pues era un hombre
maravilloso. Claro que no pensaba en la
posibilidad de que me considerara en ese sentido y
cuando lo hizo también quise amarlo y
corresponderle con el mismo interés que mostraba
por mí. Manuel y mis padres estaban muy
contentos con la idea de que Bernardo pasara a
formar parte de la familia como mi futuro esposo y
yo, que nunca antes me había enamorado, supuse
que lo que había entre nosotros era un verdadero
amor. Como lo esperaba, Bernardo se convirtió en
un novio maravilloso, comprensivo y amoroso,
aunque estaba convencida de haber hecho lo
correcto, a veces dudaba porque había algo que
faltaba entre nosotros dos.
Antes de tomar la decisión de vivir en el D.F., hice
prometer tanto a mi hermano como a Bernardo que
ambos me ayudarían a establecer en la ciudad.
Poco antes de mi llegada, decidieron cambiarse a
otro departamento más amplio, con tres
habitaciones, y cercano a la universidad donde
estudiaría. Sus consentimientos y promesas de
apoyo me daban seguridad. Nunca había sido una
persona valiente y no estaba acostumbrada a
enfrentar sola las situaciones complicadas,
prácticamente no había salido de Cuautla y sus
alrededores, y mi mundo se limitaba a mi familia,
vecinos y amigos de escuela. En mi mente no
existía otra forma de vida además de lo poco que
conocía y nunca imaginé que pudiera existir otro
hombre sobre la tierra que fuera más perfecto para
mí, como el propio Bernardo.
Mis padres no me llevaron al D.F., fue el último
fin de semana de las vacaciones de verano que
empaqué todas mis cosas y llenamos el coche de
mi hermano con ellas. No fue un camino largo, y
nos sirvió para recordar nuestra niñez con nuestros
padres. Bernardo había tenido que irse antes de
Cuautla por cuestiones de trabajo, así que el había
prometido hacerse cargo de preparar el
departamento para mi llegada. Al mediodía del
sábado nos encontrábamos los tres reunidos en el
umbral de mi nuevo hogar. Se trataba de un lugar
sencillo por Coyoacán, el departamento constaba
con un pequeño recibidor con una mesa alta
pegada a la pared, sin espejo, y con una pila de
papeles majados por las llaves de Bernardo. Más
adelante, a la izquierda, estaba la sala de imitación
de piel color chocolate y una mesa cuadrada
también de piel al centro, sin adornos ni lámparas.
Dos fotografías de la ciudad de noche enmarcadas
con aluminio era lo único que le deba vida a aquel
lugar. A la derecha estaba el comedor, con una
mesa para seis que hacía juego con la sala, al
centro de la mesa, un frutero de cerámica rústica,
que mi abuela le había regalado a Manuel cuando
se vino a vivir aquí para que no se olvidara de su
tierra, me dio ternura ver que lo utilizaba aunque
no pegara en nada con su decoración. Al fondo,
estaba la barra que dividía la cocina del comedor,
sobre ésta, había dos cavas con vinos y otras
botellas. A la par con la cocina, había un pequeño
balcón que correspondía al área de lavado y un
baño completo, el cual compartirían Bernardo y
Manuel. Manuel era quien había ocupado el cuarto
más grande junto al baño, la primera puerta de
lado derecho, correspondía a la habitación de
Bernardo y la del fondo y más pequeña, era la mía.
No me importó el tamaño, ya que era la que
contaba con un baño interior. Sobre mi cama,
Bernardo había dejado un ramo de rosas rojas y
una tarjeta.
Y ese fue el comienzo de mi vida en compañía de
mis dos custodios, Manuel un hombre fuerte de
estatura media, piel blanca, cabello castaño y los
ojos del verde que siempre soñé con tener, y
Bernardo, un moreno de estatura impresionante y
labios carnosos. No es que fuésemos los más
guapos del mercado, pero miradas no nos faltarían.
Mis ángeles guardianes, no me dejaron sola ni
para desempacar mis cosas, que a duras penas
alcanzaron en el closet de pared. Manuel encontró
una lata grande, donde metió las rosas de Bernardo
y las colocó sobre la mesa del recibidor de la
entrada. Bernardo terminó por cederme una parte
de su closet para acomodar abrigos y cosas de frío
que todavía no iban a servirme y mi hermano se
encargó de encontrar sitio para mis maletas. La
cocina estaba casi vacía, no sólo de víveres sino
también de platos, vasos, cubiertos y sartenes.
Decidimos que sería urgente una visita al
supermercado después de almorzar.
Aquel día de mi llegada, salimos a comer a la zona
de la Condesa para celebrar mi unión con ellos en
la ciudad. Bernardo escogió el Creperie de la
Paix, un restaurante de crepas, su favorito. El
restaurante era un muy agradable y acogedor, se
encontraba en una esquina desde donde se podía
contemplar el cruce de calles y demás restaurantes
cercanos, gente que caminaba sobre la banqueta,
coches, taxis, en fin. Escogí una mesa para tres
muy cerca de la entrada, en el exterior, desde
aquel sitio podía disfrutar de la vista de la ciudad
que era lo que más me interesaba en aquel
momento. Fue una comida agradable, ellos se
pasaron contándome sus anécdotas viviendo allí y
luego me dieron los consejos básicos sobre la
ciudad, como dónde pedir un taxi, sitios seguros,
lugares donde era mejor no meterse, cómo tomar el
metro y de qué gente alejarme. El D.F. es una
ciudad muy grande que ofrecía muchos peligros a
los que no estaba acostumbrada. No sé si fue el
cansancio o el tedio de escuchar lo mismo por
horas, pero dejé de escucharlos, por unos minutos
me sentí sumergida en aquel escenario lleno de
gente y olores, al cual era yo completamente ajena.
Quizá fue una voz o el ruido fuerte de algún vaso
chocando con otro, pero algo me devolvió a aquel
sitio y me obligó a mover la cabeza y buscar,
sentía como si me hubieran llamado por mi
nombre. Mi mirada paró de repente en un par de
ojos azules que me observaban con descaro y que,
al haber sido descubiertos por los míos, se
movieron esquivándome. El hombre ya no me
miraba, en ese momento se mostró atento a lo que
una mujer le decía. Estaban sentados en una mesa
esquinada, también afuera, pero al fondo del local.
Parecía que discutían. Mi atención quedó atrapada
en aquella escena y no precisamente por la
discusión, sino por el hombre. El más atractivo
que hubiera visto en mi vida. Sus ojos, de mirada
dulce, me inquietaban de una manera que no
comprendía. Vestía con una camisa rosa pálido y
tenía los puños arremangados hasta la altura del
codo. La piel de su rostro ligeramente rosada y
labios rojos, el pelo castaño oscuro perfectamente
peinado y acomodado, algo ya poco común en la
gente joven de la ciudad. Aunque vestía de forma
ligera, tenía una figura inmaculada. Me impresionó
tanto que no podía despegar los ojos de aquella
mesa, olvidándome de la mía. Por unos segundos,
deseé con todas mis fuerzas que él también me
mirara, saber que era consciente que yo estaba ahí
y que me había fijado en él. Sonreí por lo bajo
comprendiendo lo absurdo y tonto de mi
pensamiento y me mordí el labio apenada,
entonces, el hombre movió la cabeza en dirección
a mí y sus ojos se clavaron en los míos. Tragué
saliva. Me quedé helada al mirarlo, mi corazón
latía con fuerza atrapado dentro de su mirada azul
profunda, y supe que él también era consciente de
mí. La mujer en su mesa, se movió bruscamente
levantándose de su silla, los dos la miramos y el
hombre la tomó de la mano obligándola a sentarse.
Bajé el rostro avergonzada, sintiéndome algo
culpable, y prometí no volver a mirar en aquella
dirección. El resto de la comida fue algo
incómodo, me costaba seguir el hilo de la plática y
era una tortura evitar mirarlo. Después de que
Manuel hubiera pedido la cuenta, miré de reojo
hacia la otra mesa con la intensión de grabarme su
rostro. Allí, continuaba la discusión.
– Vamos Regina, ya pagué –dijo mi hermano
mientras se levantaba. Entonces me puse de pié y
desvié los ojos hacia aquel hombre por última vez,
de nuevo él me miró y un imán entre nosotros
mantuvo nuestras miradas juntas impidiéndonos
despegarlas. La mujer que lo acompañaba se
levantó de la mesa y comenzó a caminar hacia mí.
El dejó de mirarme para ir detrás de ella, la tomó
por el brazo pero ella se zafó bruscamente y
continuó en mí dirección. El hormbre sacó un
billete del pantalón y lo dejó sobre la mesa antes
de correr tras de ella. Me puse nerviosa, realmente
sentí que ella vendría hacia mí, y quise escapar de
aquel sitio. Había pasado por alto que mi mesa
estaba a la entrada del sitio. Pasaron junto a
nosotros, ella miraba hacia la calle, tenía los ojos
rojos y acuosos y apretaba los labios. El la
llamaba y de vez en cuando alargaba el brazo
intentando tocarla. Los dos me empujaron
accidentalmente, lo cual no me molestó, pues
gracias a eso, los dedos de él rozaron mi brazo y
pude sentir el olor de su perfume. El pidió
disculpas casi sin mirarme y continuó
persiguiéndola, una vez más agradecí aquel
accidente, pues pude también escuchar su voz. Un
taxi llegó para nosotros y subimos, discretamente
miré hacia atrás para mirarlo por última vez, él le
había abierto la puerta a ella y caminaba hacia su
lado del coche. Mientras me alejaba en el taxi,
tuve una sensación rara, como si me estuviera
despidiendo de un ser querido y extrañamente me
sentí triste al saber que nunca más lo volvería a
ver.
Aquella noche soñé con el hombre de la crepería
por primera vez. Hacía un par de años que había
comenzado a tener sueños muy vívidos y
recurrentes, sueños que me hacían sentir inquieta
cuando despertaba. Y en mis sueños, rara vez
podía ver las caras. En aquel sueño, la escena
tenía poca importancia, era de noche, como
sucede en la mayoría de mis sueños, y caminaba
por la calle tomada de la mano de un hombre. Ya
lo había soñado antes, pero esta vez lo miré y su
rostro era el del extraño del restaurante. El me
abrazaba y me besaba y yo me sentía enamorada
de él, aquel amor y el gozo que sentía parecían
reales. Luego, fue cómo si pudiera separarme de
mi cuerpo y comencé a ver la escena desde otro
ángulo. La muchacha que caminaba en la calle
seguía siendo yo, estaba segura de eso aunque
lucía diferente. Era como si estuviera viendo una
película de la escena y desde donde miraba me
sentía angustiada, algo me apretaba el corazón
pero no lograba entender porqué ya que todo
parecía estar bien en aquel momento. Quería
evitar que continuásemos caminando pero no
podía hacerlo. En eso escuché el sonido de unas
llantas de coche sobre el asfalto y de nuevo
regresé al cuerpo de la muchacha en la calle,
otra vez me volvía parte vívida de la escena. Giré
la cabeza para mirar el coche que se acercaba y
los faros delanteros me cegaron. El coche frenó
de golpe junto de mí y un hombre se bajó
insultándonos mientras el extraño del
restaurante trataba de protegerme, entonces me
desperté. Sudorosa y asustada, con la mirada del
atacante grabada en mi memoria, estaba segura que
lo había visto antes, en alguna parte. Aunque
despierta, todavía sentía pánico y lloraba. Me
levanté de la cama y fui hacia el baño para
lavarme la cara, de regreso me tiré de lado sobre
el colchón y doble la cintura para poder abrazar
mis piernas. Traté de olvidar mi sueño,
recordando al extraño del restaurante, tratando de
adivinar de qué se trataba su discusión con la
mujer. De nuevo dormí y otra vez soñé. Estaba en
una pradera, tenía un vestido largo y de color
claro. Un hombre estaba conmigo, él me
abrazaba y besaba. Entonces movía el rostro
apartándome y mi mirada quedaba atrapada en
una mancha oscura sobre la falda de mi vestido,
haciéndome sentir avergonzada, igual a como
tantas veces antes había soñado. Uno de mis
sueños más repetitivos. El hombre que me
acompañaba tenía el cabello largo y vestía con
una chaqueta de terciopelo rojo y botones
dorados. Mi inclinaba sobre una manta en el
suelo, donde habían dos niños acostados, y
tomaba el borde de la manta con la que tallaba la
mancha en el vestido, luchando desesperada por
quitarla. El hombre se inclinaba junto a mí y lo
miraba nerviosa y avergonzada. Nunca le había
visto la cara, pero en esa ocasión pude mirar sus
ojos por primera vez. Su mirada, era la del
desconocido del restaurante, ojos azules y
mirada profunda que me sonreían y brillaban. El
me miraba con ternura, me cabello se movía con
el aire sobre mi rostro, entonces él levantó la
mano, estaba a punto de tocarme cuando
desperté. Abrí los ojos contenta a pesar de que no
hubo contacto por qué sentía que amaba al hombre
de mi sueño. Salí de mi habitación y fui a la cocina
a tomar un vaso de leche. Sentados en la mesa,
desayunaban Manuel y Bernardo. Al verlos, me
paré en seco frente a ellos recordando que todo
había sido un sueño, en realidad no conocía a
aquel hombre del restaurante. Me sentí un poco
decepcionada y recordé que al que amaba era a
Bernardo y me acerqué a él para darle un beso en
la mejilla. Me sentí como un Judas porque toda la
noche había soñado con otro hombre. ¿Cómo me
había dejado impresionar por aquél de ésta
manera? Ni siquiera lo conocía. Varias veces me
tuve que repetir durante ese día que todo había
sido un sueño y que probablemente, nunca más
volvería a verlo ni lo conocería, por ratos hasta
me sentía desilusionada de mi realidad. Lo peor es
que a partir de ese momento, todos los sueños
repetidos que me atormentaban adquirieron un
nuevo rostro, el del desconocido del restaurante.
El primer día de escuela, Manuel y Bernardo me
acompañaron. En realidad prefería llegar sola,
pero ellos habían insistido y se veían tan
emocionados con la idea, que no quise
decepcionarlos. La universidad era un lugar
grande, contaba con dos estacionamientos y varios
edificios que se dividían por carreras. El
destinado a las oficinas se encontraba al frente,
rodeado por un patio enorme con árboles. A sus
costados se encontraban los edificios donde se
encontraban los salones de clase y al fondo había
tres canchas de básquet y dos auditorios y el food
court. Después de ubicar mi nombre en las listas
que se habían colocado afuera del auditorio, me
despedí de mis custodios y caminé entre los demás
estudiantes hasta llegar al edificio de psicología.
Para mi buena suerte, predominaban las mujeres en
el salón de clases, eso me hizo más fácil
acercarme a conocerlas. Muchos de mis
compañeros eran muchachos de otras ciudades que
habían venido a estudiar la carrera y como yo,
vivían con algún familiar o amigo. No me fue
difícil relacionarme y desde los primeros días
pude conseguir buenos compañeros de estudio.
Aquel primer año pasó volando. La escuela,
estudios, nuevos amigos, y eso sin tomar en cuenta
un departamento que decorar, paseos, antros, el
tráfico y una ciudad grande y hermosa, todo me
atrapó hasta el punto de haber intentado convencer
a mis padres para que vinieran a pasar la navidad
con nosotros, que obvio, no aceptaron. Pero
después de haber regresado a Cuautla para noche
buena, no había regresado en meses a mi ciudad
natal. Consideraba justo pasar ahí mis vacaciones
de verano, y ver de nuevo a la familia y amigos.
Bernardo fue quien me ayudó a empacar y me
llevó en su coche.
Aunque estaba demasiado bien acomodada en la
ciudad, regresar ahí y volver a ver la casa donde
guardaba todos los recuerdos de mi vida removió
sentimientos, como aquella reja de metal negra con
puntas de lanza tras la cual siempre me sentí
segura y a salvo de la gente mala y que ahora no
significaba resguardo. La entrada en forma de arco
llena de buganvilias, el jardín del frente, el olor a
madera que se percibía desde afuera de la casa,
seguían dándome la sensación de hogar. El piso
rojo donde jugaba de niña y los maceteros en cada
rincón de la casa, me hicieron recordar aquella
vida tranquila y tan distinta a la de mi nueva
ciudad. Mi habitación estaba intacta, la cama
matrimonial parecía enorme comparada con la
individual que utilizaba en el D.F., y ni qué decir
del espacio, mientras en el departamento, apenas y
podía caminar rodeando la cama, en mi antigua
habitación rosada y blanca, había un tocador, un
escritorio y un juguetero lleno de peluches y
muñecas empolvadas, todo ese ambiente evocaba
a mi niñez, de la cual tenía buenos recuerdos pero
nada más, lo mejor que me había pasado era irme
a estudiar fuera y en aquel momento estuve más
segura que antes.
Una semana después de mi llegada a Cuautla, mis
amigos organizaron una excursión a Tepoztlán. Me
hubiera negado a ir, pero aquel era el lugar
favorito de Mili, mi amiga de infancia, y ella no
aceptaría una negativa de mi parte. Después de
todo, no era tan mala idea visitar Tepoztlán, un
lugar precioso y acogedor, lleno de leyendas y
cuentos. La gente del pueblo dice que allí viven
hadas y duendes y que varias veces han sido
visitados por extraterrestres y otras presencias del
cielo y del inframundo, que es un lugar cargado de
energía donde la realidad y lo paranormal
conviven. Mucha gente del resto de la república y
de otras partes del mundo viene en busca de
brujos, adivinos y xamanes para que les lean el
futuroo les hagan algún “trabajito”, también vienen
en busca de amuletos, y otros, para cargarse de
energía. Pero la verdad es que siempre he creído
que existen muchos charlatanes que

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