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Libro PDF Mierda en mis tacones – Lorena Pacheco

Mierda en mis tacones – Lorena Pacheco

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me habría gustado inmortalizar aquel
momento, tener la opción de volver a él
siempre que quisiera, no solo a través
de los recuerdos.
Bueno, ¿y por qué no?
Andre nunca permitía que le sacara
una foto, pero estando inconsciente no
podía negarse, así que decidí
aprovecharme. Cogí el móvil y disparé
la cámara desde varios ángulos como si
fuera una pervertida. Sonreí, satisfecha,
cuando tuve unas diez fotos en mi poder.
La luz de la mañana ya se colaba a
través de la cortina blanca, por lo que
era fácil distinguir cada arañazo de su
espalda sin necesidad de utilizar el
flash.
Bajé la mirada un segundo a mis uñas
y descubrí que tenía una partida.
—Ah… Qué mierda —gruñí cuando
la miré a contraluz.
Andre se removió a mi lado, así que
me apresuré a dejar el teléfono donde
estaba y me arreglé el pelo.
—¿Rachel? —preguntó, todavía con
la cabeza bajo la almohada.
Ese acento iba a volverme loca. Esa
forma de pronunciar mi nombre y su
adorable costumbre de traducirlo
siempre a su lengua materna hacía que
dejara de sonar corriente para
convertirse en droga para mis oídos.
—Estoy aquí —respondí, y me tumbé
de nuevo junto a él—. Sigue durmiendo.
Lo besé en el hombro y empecé a
acariciarle el pelo, pero entonces él
abrió esos maravillosos ojos azules y
me dirigió una mirada que conocía bien.
Se fijó en mis labios un segundo antes
de besarlos despacio hasta que
volvimos a encendernos como la noche
anterior.
Justo en ese preciso momento, mi
móvil empezó a sonar.
—No contestes —susurró él contra mi
boca.
No me costó esfuerzo obedecer, pero
el puto teléfono siguió sonando y
sonando y empezó a cortarme el rollo.
Me aparté un poco y resoplé.
—Puede ser del trabajo —dije
mientras estiraba el brazo hacia la
mesilla de noche, pero antes de que
pudiera siquiera mirar la pantalla,
Andre tiró de mí y me obligó a
tumbarme. Se inclinó para rozarme el
cuello con sus labios.
—¿Es que se te ha olvidado ya con
quién estás?
Sonreí mientras me relajaba otra vez.
Al fin y al cabo, Andre era mi jefe. ¿Qué
prisa podía tener entonces?
—No me acuesto contigo por eso —
susurré, aún en tono juguetón—, no soy
un zorrón cualquiera.
—Tú jamás serías cualquiera, Rachel,
aunque te lo propusieras.
Le devolví el beso y traté de obviar el
hecho de que no hubiera negado lo de
«zorrón».
Sus labios retomaron el camino que
habían empezado en mi cuello y bajaron
hasta mis clavículas, siguieron por mi
esternón y se entretuvieron en mi
abdomen. Andre acarició con los dedos
el hueso de mi cadera.
—Cómo me gustas, preciosa…
Pero algo en mi cabeza se había
puesto alerta.
—Escucha, Andre… Creo que
deberíamos hablar.
—No, qué va —murmuró él, bajando
un poco más y haciendo que dudara de si
debía seguir con esa conversación.
Respiré hondo y lo detuve.
—Sí, sí deberíamos —insistí, y le
obligué a parar de golpe.
Soltó un suspiro de hastío, se peinó
con una mano su brillante pelo rubio y
se apoyó en la almohada.
—A ver, ¿qué te pasa ahora?
—Me pasa que no sé qué estamos
haciendo —solté, quizás más brusca de
lo que pretendía.
—Pues ahora mismo, nada —gruñó
él, visiblemente molesto.
—Hablo en serio. —Me crucé de
brazos—. Esto es muy divertido, pero
hay otras cosas que me gustaría hacer
contigo.
—¿Qué cosas podrían ser más
satisfactorias que esto? —preguntó con
un tono que parecía insinuar que me
había vuelto loca.
¿Satisfactorias? Como si yo fuera una
maldita muñeca de plástico o una
cerveza para quitarle la sed. Empezaba
a cabrearme.
—La vida no consiste solo en echar
polvos —mascullé—. Si solo me
quieres para eso, ya puedes pagarte una
puta.
Me puse en pie y comencé a recoger
las prendas de ropa desperdigadas por
la cama y el suelo. No me había puesto
aún la camisa cuando ya me estaba
cogiendo por la cintura otra vez.
—¡He dicho que no! —le grité y lo
empujé a un lado.
—Solo quiero hablar, Rachel, no te
pongas así. —Su tono era amable, casi
condescendiente—. Por favor, vuelve a
sentarte.
En el fondo, deseaba que hiciera o
dijera algo lo suficientemente
convincente como para evitar que me
fuera. No quería que la conversación
terminara así, pero debía ser dura si
quería que me tomara en serio. Andre
solo reaccionaba cuando lo ponías
contra la pared.
Sus ojos de cordero degollado fueron
suficiente, así que cedí y permanecí a la
espera.
—Tú no eres ninguna puta, preciosa,
sé que eres válida para muchas cosas.
Confío en ti, no lo olvides.
Vale, muy bonito, pero ¿qué cojones
significaba todo eso?
—No me gusta pensar que hago algo
malo —confesé—. No sé por qué
tenemos que escondernos. Llevamos más
de ocho meses viéndonos, ¿no es hora
de que lo hagamos oficial? Por favor…
Lo vi tragar saliva y desviar la vista,
algo que interpreté como mala señal.
—Lo hago por ti, créeme. Para que
nadie piense que eres precisamente eso
que dices que no eres. ¿Qué rumor iba a
correr sobre ti entonces?
Probablemente el rumor de que era
una trepa, era consciente de ello. Yo
misma lo había pensado mil veces y me
daba igual. Por mí, podían irse todos a
tomar por culo.
—Que les jodan —farfullé—. Si
saben lo que les conviene, se esforzarán
para que ese rumor no llegue a mis
oídos. Lo único que yo quiero es que me
cojas de la mano en público, ¿tan difícil
es de entender?
Por la expresión de su rostro, intuí
que se estaba cansando.
—No sé por qué las mujeres os
empeñáis en precipitar las cosas —
contestó—. Estoy muy presionado por
mi padre, es un hombre difícil que
espera grandes cosas de mí, no tengo
tiempo para…
Por fin entendí lo que pasaba. Y
dolía. Dolía mucho. La Raquel del
pasado volvió un momento para
recordarme lo insignificante que era.
—Para perderlo con una simple
empleada.
—Yo no he dicho eso —se excusó.
—No ha hecho falta —dije yo—, ha
quedado muy claro.
—Lo siento, Rachel, de verdad… Yo
no soy como mi padre, pero no puedo
olvidar que él es el dueño de todo.
Ojalá pudiera ignorarlo, pero dependo
de él en muchos aspectos. Déjame que
me tome un tiempo para allanar el
terreno, que le hable bien de ti, que le
haga ver todas tus cualidades…
Aquello me estaba poniendo de los
nervios. Había luchado mucho para
llegar hasta donde estaba, me había
esforzado por sobreponerme a todos
aquellos imbéciles con los que me había
topado en mi vida personal y
profesional, por demostrarles que tenía
más cojones que todos ellos juntos. Me
lo había currado, joder. Y me había
prometido a mí misma que jamás nadie
volvería a hacerme sentir pequeña y
débil, que nadie volvería a pisotearme
por no ser un hombre o una niña rica con
un apellido importante.
Pero ahí estaba Andre. Preocupado,
atrapado de alguna manera en las fauces
de su padre y salpicándome a mí. ¿Y qué
se suponía que tenía que hacer yo?
—Vaya, creía que estábamos en el
si gl o XXI y que no necesitábamos el
permiso de tu padre para ir al cine.
—No te burles de mí —me espetó con
gravedad—. No sabes la presión a la
que estoy sometido.
Creí percibir rencor en sus palabras,
aunque no fuera dirigido a mí.
Obviamente, vivir a la sombra de su
padre no debía de ser fácil, así que
decidí ser comprensiva y paciente. Veía
su angustia y su preocupación y no podía
ignorarlas.
Como tampoco podía ignorar las
palabras que mi madre solía repetirme:
«no seas tonta, Raquel, un hombre como
Andre no aparece todos los días. Es
guapo, rico y se interesa por ti. ¿Sabes
lo que habría dado yo por encontrar un
partido como él? Pero tuve la mala
suerte de enamorarme de tu padre».
Bueno, a mí no me parecía mala
suerte lo que veía cuando estaban juntos.
Amor o posición social… ¿Y si yo
podía tenerlo todo con Andre? ¿Y si por
fin podía estar con un hombre que de
verdad valiera la pena?
—Está bien… —cedí, comprensiva
—. Pero, por favor te lo pido, no me
hagas esperar mucho.
Andre me besó en la mejilla y se
dispuso a vestirse también.
—Además —añadió—, tengo una
sorpresa para ti.
Alcé mucho las cejas.
—¿Una sorpresa?
—Una muy grande —remarcó él,
torciendo una sonrisa—. Un proyecto en
común entre tú y yo.
¿Proyecto? ¿En común? Campanas de
boda repiquetearon en mi imaginación,
aunque sabía que aquello era totalmente
imposible. Después del rollo que me
acababa de soltar sobre su papi, el ogro
elitista, la sorpresa no podía ser una
pedida de mano. A no ser que toda esa
mierda de discurso sobre lo presionado
que se sentía no fuera más que algo para
despistarme.
No, no podía ser. No llevábamos ni
un año saliendo y, pensándolo bien,
había muchas cosas que no conocía de
él. Sí, vale, me sabía de memoria sus
puntos erógenos y cuántos juegos de
sábanas tenía, pero eso no era
suficiente… ¿No?
—¿Me has oído?
Sacudí la cabeza y volví al presente
para descubrir a Andre con el ceño
fruncido.
—¿Eh?
—La sorpresa. ¿No te hace ilusión?
—No —atajé—. Lo que me haría
ilusión es que me lo dijeras ahora.
Soltó una risita y se colocó bien la
americana.
—Lo siento, creo que prefiero hacerte
esperar.
Se estaba divirtiendo a mi costa, el
muy…
—Odio las sorpresas —gruñí—. Me
gusta estar preparada.
Una sonrisa maliciosa asomó a sus
labios.
—Creo que me arriesgaré —dijo
convencido—. No se puede estar
preparada para todo en esta vida,
preciosa.
Desde luego, no estaba preparada
para aquello.
—¿Que quieres que vaya a dónde? ¿Y
cuándo?
Me había dicho «en un par de días»,
pero tenía que ser un error.
—Es un pueblo pequeño, pero con
mucho encanto —me explicó Andre—.
Supuse que te haría ilusión visitar el
sitio donde crecí.
Pues no, pero bueno, tampoco podía
decírselo así. ¿Esa era su sorpresa?
Porque era una auténtica mierda.
—No es que no me haga ilusión, es
que no sé si es una buena idea que yo…
—¡Es la mejor idea que he tenido
nunca! Confío en ti más que en nadie; sé
que serás capaz de convertir ese lugar
en un hotel digno del sello Holbein. He
convencido a mi padre de que tú eres la
persona idónea para ese cometido y sé
que no me defraudarás.
Mierda, más presión, y el viejo de
por medio.
—Pero… ¿Qué pinto yo sola en
Alemania? ¿No puedes venir tú, al
menos?
Chascó la lengua como si estuviera
decepcionado.
—Ojalá pudiera, preciosa, pero, de
momento, tengo asuntos que atender
aquí. Y si lo que te preocupa es ir tú
sola, tranquila, porque no será así.
—No sé si quiero escuchar lo que
viene ahora…
—Alicia irá contigo —me dijo,
entusiasmado, como si fuera la mejor
noticia del mundo—. Ella también habla
alemán y podrá ayudarte en todo lo que
necesites.
Ni siquiera recordaba la cara de la tal
Alicia, por no hablar de que mi alemán
estaba un poco oxidado.
—¿Cuánto tiempo se supone que debo
estar allí?
Me estaba agobiando. Y mucho. ¿De
repente me iba a ir al extranjero, a un
pueblo que no conocía, con una chica de
la que no había oído hablar? Ah, y para
montar yo solita un hotel. ¿Algo más?
—No demasiado… Un par de
semanas, puede que tres. Máximo un
mes.—
¿Un mes? —chillé con una voz
bastante aguda—. ¿Y por qué no me has
avisado antes?
Andre alzó la mano para que bajara el
volumen. Yo desvié la vista hacia la
ventana del despacho y comprobé que
algunos de los trabajadores se
entretenían más de la cuenta en el
pasillo. Apartaron la vista de golpe
cuando los miré directamente.
—Las obras han empezado y creí que
disponíamos de más tiempo, pero no
dejan de llamarme con un problema tras
otro. Necesito a alguien de mi confianza
que ponga todo en marcha, que
supervises el proyecto con ese don que
tienes —continuó mi jefe.
Me estaba haciendo la pelota de
forma descarada, pero tenía razón: era
la persona idónea. Yo era la Directora
de Alojamiento del hotel, pero estaba
convencida de que habría llegado a
Directora General de no ser porque
Andre era el hijo del señor Holbein. Sin
embargo, jamás le diría algo así, pues
no quería herir su virilidad. Además,
estar por debajo de él no estaba mal, en
cualquier sentido. Prefería conformarme
con mi trabajo y poder disfrutar de su
compañía que llegar a la cima en otro
hotel y perderlo para siempre.
—Sé que lo que te pido no es fácil;
aquello se parece muy poco a
Barcelona. Pero créeme, no te lo pediría
si no creyera que eres la indicada.
Confío en que sabrás explotar las
virtudes de la zona y utilizarlas en
nuestro beneficio. Todo el mundo
entenderá de lo que eres capaz y
despertarás su admiración. Te estaré
eternamente agradecido.
Con «todo el mundo» se refería a su
padre, lógicamente. No quería decirlo
directamente, pero quería asegurarse de
que me interesara salir airosa de todo
aquello. Además, lo de «eternamente
agradecido» era como música para mis
oídos.
—Está bien. Un mes —dije, más para
mí misma que para él.
Me estrechó la mano de una manera
formal, pero el apretón fue más largo de
lo normal. Sentí un escalofrío y me
entraron ganas de abrazarlo, pero me
obligué a contenerme. Y me costó,
porque… ¿cuánto tiempo pasaría
exactamente hasta que volviera a verlo?
—Buena suerte, Rachel.
Alargó la última sílaba con sutileza y
dulzura, como sabía que me gustaba.
Qué cabrón, eso era jugar sucio.
Le di la espalda y me dirigí hacia la
puerta con la cabeza bien alta para
intentar aparentar que no estaba tan
afectada
—No la necesito.
Capítulo 2
La tal Alicia resultó ser una chica
menuda y rellenita con más curvas que
la N-340 y una lengua inquieta que me
tenía los oídos fritos. Hablaba mucho y
muy rápido, mientras me seguía dos
pasos por detrás igual que un animal de
compañía con su melenita color miel
agitándose como un par de orejas de
cocker. Cargaba con una maleta que
habría resultado ridículamente pequeña
incluso para alguien de la mitad de su
tamaño.
Nunca entendería a esas mujeres cuyo
equipaje cabía en la cabina del avión.
Yo siempre debía facturar mis dos
preciosas maletas de tamaño
monstruoso, cerradas tan a presión que
había que usar gafas protectoras para
volver a abrirlas.
Una vez superada la fase de
aeropuerto en Estrasburgo, tomamos un
tren que nos llevaría hasta Seebach, la
parada más cercana hasta nuestro
destino. El hecho de que el tren no
llegara hasta allí no me dio buena
espina.
—¿Le importa si me quedo con la
ventana? —preguntó Alicia con su voz
cantarina—. Me gustaría ver el paisaje.
—Sí, sí, lo que quieras —respondí
sin hacerle mucho caso. Me importaba
bien poco lo que hubiese tras

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