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Libro PDF Mis más secretas fantasías – Los Hermanos Sinclair 01 – Julianne MacLean

Mis más secretas fantasías - Los Hermanos Sinclair 01 - Julianne MacLean

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un palmo del suelo como un fantasma que ondula y se retuerce. Rebecca Newland, vestida
de negro y sentada junto a su padre, que dormitaba en el lóbrego interior de su carruaje, se
encontraba en algún lugar, perdida a mitad de camino entre los sueños y la realidad. Su
cabeza reposaba sobre el asiento de cuero acolchado; sus párpados se cerraron por un
momento, para abrirlos rápidamente de nuevo con el estrepitoso zarandeo del carruaje a lo
largo del serpenteante y angosto camino.
Regresaban a casa tras asistir al funeral de su tío en Londres. Desgraciadamente,
nunca lo había conocido, pero suponía que ésa era la historia de su tranquila vida. Se
relacionaba con muy poca gente, enclaustrada como estaba en la retirada casa de campo de
su padre, un edificio de piedra cubierto por una espesa capa de hiedra que alejaba incluso la
compañía del sol.
Lo único que le impedía volverse loca del todo en aquel aislamiento era el hecho de
que acababa de cumplir diecisiete años y se aproximaba ya su primera asistencia a los
bailes de Temporada (¿quizá el año que viene?). Si cerraba los ojos, podía ver los destellos
y los vestidos sobre los que tanto había leído, las resplandecientes joyas y las peinetas. En
su mente, imaginaba los bailes y las fascinantes conversaciones. Estaba deseando vivirlo,
saborear cada momento, descubrir todo lo que se había estado perdiendo en la sombría casa
de su padre desde que era capaz de recordar.
Sólo pedía que le dejara ir al año siguiente, y estaba segura de que consentiría. En
realidad, tampoco podía decirse que su padre disfrutara con su presencia y, de hecho, no
tenían una relación muy estrecha. Además, su tía se había ofrecido a introducirla en los
círculos sociales una docena de veces como mínimo…
Se estaba comenzando a imaginar a sí misma haciéndole una reverencia a un
apuesto duque cuando, de repente, el carruaje viró bruscamente y el estómago se le contrajo
de miedo. Se echó hacia adelante en el asiento y se agarró con fuerza a la repisa de la
ventanilla. Entonces oyó un fuerte golpe.
—Padre, despierta —dijo, dejando de lado sus fantasías.
Su padre se removió medio adormilado, se incorporó en el asiento y miró a su
alrededor como si no supiera dónde estaba.
—¿Qué ocurre?
—¿Has oído ese ruido? —preguntó—. El carruaje ha dado un viraje muy brusco y
después se ha producido un golpe sordo.
Sin embargo, justo en aquel momento volvían a avanzar suavemente. Su padre se
reclinó en el asiento de nuevo, despreocupado, aunque molesto por la interrupción.
—Por el amor de Dios, Rebecca. Lo más probable es que se haya movido una de las
bolsas del maletero del techo. —Se cruzó de brazos y volvió a cerrar los ojos.
Rebecca pegó la frente en el frío cristal de la ventanilla y trató de ver el suelo por el
que transitaban, preguntándose si se habría caído alguna bolsa tras el rudo viraje. Poco a
poco, el carruaje comenzó a reducir velocidad, hasta llegar a moverse a paso de caracol.
Entonces, el coche se detuvo por completo y los caballos relincharon e hicieron tintinear los
arreos.
Su padre abrió los ojos y se incorporó de nuevo.
—¿Ya hemos llegado?
Rebecca seguía mirando por la ventanilla.
—No, padre. Estamos rodeados de sicomoros.
El hombre frunció el cejo y se acercó a la ventanilla.
—¿Y qué demonios hacemos aquí parados? Estamos en mitad de ninguna parte.
—Creo que tenías razón. Hemos debido de perder parte del equipaje.
Cada vez más impaciente, el hombre cogió su bastón por la empuñadura de marfil,
con sus nudosos y reumáticos dedos, esperando a que el cochero abriera la puerta para
informarles del problema. Pero no se podía oír el más mínimo sonido en el exterior.
—Tal vez haya deshecho el camino para recogerlo —sugirió Rebecca.
—Pues podría habernos avisado en vez de dejarnos aquí plantados preguntándonos
qué demonios sucede.
Rebecca volvió a asomarse por la ventanilla, miró hacia el cielo sobre el dosel de
hojas envuelto en la niebla y se dio cuenta de que se estaba haciendo de noche.
—Espero que se dé prisa —comentó—, o no podrá encontrarlo ni tampoco a
nosotros en medio de esta oscuridad.
Se quedaron sentados, esperando en silencio a que algo sucediera, pero no pasó
nada. Rebecca observó la niebla pasar junto a la ventanilla, y comenzó a ponerse nerviosa.
—¿Puedo salir a ver qué pasa? —preguntó.
Su padre gruñó, molesto, y alargó la mano hacia el tirador de la puerta. Rebecca se
colocó el chal encima de los hombros e hizo lo mismo. No habían desplegado el escalón, de
modo que bajó de un salto. Cayó haciendo un ruido sordo y se volvió para extender el
estribo.
Al hacerlo, un aire frío la rodeó y se coló, como agua helada, por las mangas de su
vestido negro de seda. Miró a su alrededor. En el bosque dominaban un silencio y una
calma apabullantes, excepto por el sonido de la niebla filtrándose entre los árboles. Podía
sentir el olor a humedad, a musgo y a corteza de árbol, pero no podía oír nada. Ni el aire, ni
los pájaros… Nada.
Un escalofrío le recorrió el cuerpo. Entonces, uno de los caballos relinchó e hizo
tintinear los arreos nuevamente. Rebecca se dio la vuelta mientras se ceñía aún más el chal
a los hombros y levantó la vista. No había nadie en el asiento del cochero. Era como si se
hubiera desvanecido, así, sin más.
¿Sería aquél un bosque encantado?, se preguntó ridículamente. ¿Habría por allí
algún ogro que se dedicaba a apresar a los cocheros de sus asientos para darse un festín con
sus sabrosos huesos?
Su padre se dirigió a la parte trasera del carruaje y observó el camino por el que
habían llegado.
—Voy a despellejarlo vivo.
Rebecca suspiró y deseó que la siesta de su padre no se hubiera interrumpido. Ahora
estaría de un humor de perros el resto del viaje, y ella tendría que soportar su cólera en el
carruaje.
—¡Smith! —gritó. Su voz fue engullida al instante por el denso frío que reinaba en
el bosque—. ¿Es que se nos ha perdido algo?
No hubo respuesta. Ni siquiera el eco.
Rebecca se acercó a su padre.
—¿Crees que deberíamos ir a buscarlo?
Su padre apoyó su frágil cuerpo en el bastón, pero, antes de que pudiera decir algo,
un ruido procedente de algún lugar por delante del carruaje hizo que los dos se volvieran.
Era el atronador estruendo de cascos de caballo golpeando pesadamente el suelo.
El corazón de Rebecca empezó a latir con más fuerza. Alguien se acercaba.
Y el hecho de encontrarse en aquel paraje desierto y fantasmagórico hizo que se le
desbocara la imaginación (¿también se iban a dar un festín con sus huesos?). Pasó su brazo
por el de su padre mientras su corazón seguía latiendo acelerado.
Al cabo de unos segundos, un enorme caballo negro con su jinete doblaron un
recodo en el camino y aparecieron ante su vista galopando hacia ellos, los cascos golpeando
con virulencia en el suelo. El hombre, cual siniestro fantasma en mitad de la niebla, era tan
oscuro e hipnotizador como su cabalgadura, tenía los hombros anchos e iba envuelto en un
gabán negro, con un sombrero de copa ladeado sobre la cabeza.
En cuanto vio el carruaje y a ellos dos parados en medio del camino, tiró de las
riendas de su corcel para detenerlo. El animal se levantó sobre las patas traseras en protesta,
agitando los cascos en el aire, flexionando sus potentes músculos bajo la piel mientras
resoplaba airado. El jinete gritó y trató de recuperar el control mientras que la bestia se
encabritó de nuevo y trazó un círculo completo con las patas traseras.
—¡Sooo!
Su voz sonó potente y autoritaria, haciendo que Rebecca se quedara helada. Por un
momento temió que el hombre fuera a caerse al suelo, pero éste agarró con fuerza las
riendas y no tardó en controlar a la enfurecida criatura.
—¡Calma, calma, Asher! —ordenó—. Calma…
Mientras el animal seguía resollando y pateando el suelo con sus pesados cascos,
Rebecca observó la buena calidad del paño del abrigo del jinete. Tenía el cuello y las
solapas de piel color chocolate, revestimiento que bajaba por toda la prenda hasta el
dobladillo inferior.
El hombre se colocó bien sobre la silla y dirigió su imponente mirada hacia Rebecca
y su padre. Tenía los ojos de un color azul pálido como el cielo al amanecer, y su mirada
era penetrante como una flecha dirigida directamente hacia su corazón. Tenía también unos
labios generosos y una nariz recta y aristocrática. Era un rostro magnífico, de facciones
poderosas, completamente arrebatador, y Rebecca se sintió cautivada por su belleza e
intimidada por su autoritaria presencia en lo alto de su gigantesca montura.
—¿Qué ha ocurrido? —preguntó con impaciencia, observando el asiento vacío del
cochero y a continuación a Rebecca y a su padre, que, según pudo ver ella, lo contemplaba
como si se tratara del mismísimo Lucifer.
El desconocido espoleó su montura para que avanzara por el camino y se les fue
acercando hasta que estuvo justo frente a ellos.
Éstos retrocedieron.
—Sube al carruaje, Rebecca —dijo su padre bruscamente.
—Pero…
—Haz lo que te digo, hija.
Rebecca pensó que hacía bien en ser prudente. No sabían nada de aquel hombre ni
de las intenciones que pudiera albergar, de modo que subió obedientemente al carruaje,
pero tuvo el valor de sostenerle la mirada al desconocido mientras lo hacía.
Se quedó sentada en el borde del asiento, inclinándose hacia adelante para poder
escudriñar por la portezuela abierta y seguir la conversación. Pero, como el caballo del
hombre estaba junto a ésta, no alcanzaba a verlo más que de pecho para abajo. La parte
superior de la portezuela impedía que le viera la cabeza y los hombros.
De este modo, aprovechando que él tampoco podía verla, se permitió recorrer con la
mirada su musculosa pierna. Sintió una curiosidad extraña, un temblor en el estómago
mientras se entretenía con los ojos en el ancho muslo y la fuerte rodilla, para seguir
descendiendo hacia la puntera de la lujosa bota de montar de color negro, a la que habían
sacado brillo con esmero. Hasta los estribos relucían.
—¿Necesitan ayuda? —le preguntó al padre de Rebecca.
«Ayuda»… Por lo menos, eso sonaba alentador.
Su padre se apoyó en el bastón.
—No, estamos perfectamente. Gracias.
—Pero, padre… —protestó ella, inclinándose hacia adelante en el asiento.
Él la miró con gesto adusto, señal inequívoca de que la estaba mandando callar.
El desconocido se movió por encima de las crines primorosamente cepilladas del
caballo para mirarla. Su corazón comenzó a latir desbocado cuando Rebecca se cruzó de
nuevo con el extraordinario azul de sus ojos, unos ojos que parecían capaces de ver en su
interior. Se sintió desnuda y expuesta, y notó cómo su sangre hervía con una excitación que
casi daba miedo.
¡Que el Cielo la ayudara! Nunca jamás se había encontrado con un hombre tan
increíble. Verlo la dejaba sin aliento. Incapaz de moverse.
Entonces, un cuervo se abalanzó repentinamente desde la copa de algún árbol,
graznando y agitando las alas delante de los caballos. El carruaje se zarandeó bajo sus pies
y el movimiento la lanzó hacia atrás, provocando que se golpeara la cabeza contra la
tapicería de cuero de los asientos. Los caballos salieron como un rayo y, antes de que
pudiera darse cuenta de lo que sucedía, comenzó a ver pasar los árboles a través de la
portezuela abierta como si fueran una masa borrosa.
Completamente aterrada, se agarró al lateral del carruaje, que continuaba ganando
velocidad mientras se balanceaba sin control sobre la irregular superficie del camino.
—¡Deteneos! —gritó, consciente de que no serviría de nada.
El carruaje giró bruscamente por una pronunciada curva en el camino y Rebecca fue
lanzada hacia el costado del coche. Se volvió a golpear la cabeza y cerró los ojos por el
dolor; cuando los volvió a abrir, vio que otra masa borrosa e imprecisa avanzaba a gran
velocidad junto a la puerta abierta.
Algo pasó velozmente junto a ella, un destello de color negro. Era el hombre en el
caballo, galopando aún más de prisa que el desbocado carruaje. El fuerte galope retumbaba
con fuerza en el suelo a medida que él desaparecía frente al carruaje, y Rebecca pudo
escuchar su voz grave, que gritaba a los caballos:
—¡Sooo! ¡Parad!
Los caballos relincharon y el carruaje se tambaleó con brusquedad. Entonces, el
ruido se fue calmando gradualmente hasta que se detuvieron.
Sobrecogida por el miedo, Rebecca se abalanzó hacia la portezuela y miró al
caballero, sentado sobre su silla por delante del tiro del carruaje, agarrándose a las riendas,
y dijo:
—¡Gracias, señor!
Comenzó a avanzar un pie, dispuesta a bajar del carruaje.
—Pero, señorita —se apresuró a advertir él, mirando por encima del hombro—. Por
favor, no…
Antes de que Rebecca tuviera ocasión de entender el motivo de la advertencia, se
hundió de repente hasta las caderas en un cenagal tan frío que se quedó sin aliento de la
impresión.
—¡Oh, diablos! —exclamó sintiendo cómo el agua le empapaba los pololos y le
entumecía la piel—. ¡Está congelada! —Agitó las manos en el aire, lanzando gotas de agua
en todas direcciones.
El hombre dirigió rápidamente su caballo hacia donde ella se encontraba.
—Deme la mano.
Aquellas simples palabras y aquella autoritaria voz hicieron que se pusiera en
movimiento, y le tendió su mano. Él la sacó del agua sin dilación, lo cual no resultó una
tarea fácil con las faldas chorreando, que pesaban como un elefante muerto. La sentó a
mujeriegas delante de él y acto seguido hizo que su caballo saliera del agua.
Una vez en terreno seco, el hombre desmontó, y Rebecca se encontró de nuevo
mirando aquellos hipnóticos ojos azules mientras él le tendía los brazos para cogerla.
—Abajo, querida —dijo—. Déjese caer en mis brazos.
«Querida».
Dios bendito… Un carruaje a la fuga y un atractivo hombre moreno envuelto en un
halo de misterio que quería que se dejara caer en sus brazos. Aquello era demasiado para
una jovencita de diecisiete años que había vivido recluida, lejos de la sociedad. Aquello
entraba en el mundo de las fantasías y los cuentos de hadas.
Ruborizada y confusa, apoyó las manos en los anchos hombros y notó la suavidad
de las solapas de pelo a través de los guantes mojados mientras se dejaba caer contra aquel
sólido cuerpo varonil. Nunca había tocado a un hombre así, nunca había tenido a ninguno
tan cerca.
Él la bajó poco a poco, y el cuerpo de ella quedó firmemente apretado contra el
robusto pecho de él. El corazón de Rebecca latía tan de prisa que se estaba mareando, y no
sabría decir si era por el susto que le habían dado los caballos al salir huyendo con el
carruaje o por estar entre los brazos de aquel hombre, aquel desconocido peligroso y
excitante con aquellos hombros tan anchos y recios como un roble, y unos ojos que la
hacían temblar con una curiosidad desconocida que no alcanzaba a comprender siquiera.
Nunca antes había experimentado algo tan excitante. Resultaba salvaje y perverso, y
vergonzosamente sensual.
Cuando por fin tocó el suelo con los pies, ni ella ni él hicieron ademán de separarse.
Él siguió sosteniéndola fuertemente, sujetándola con sus grandes manos por la cintura
encorsetada mientras la miraba.
—¿Se encuentra bien? —le preguntó.
Ella asintió.
—Creo que sí.
—Es un alivio —respondió él, levantando las comisuras de los labios en una sonrisa
abrasadora que hizo que Rebecca sintiera que se derretía por dentro—. Por un momento
creí que no podría hacer nada por usted.
A pesar del tremendo susto que se había llevado, de que se estaba quedando helada
de cintura para abajo y de que el hombre todavía la estaba abrazando, de repente se vio a sí
misma dejando escapar una risilla nerviosa.
Los ojos azules de él se dulcificaron ante la reacción de ella, y al fin retrocedió,
aparentemente complacido por el hecho de que se encontrara bien y fuera capaz de
sostenerse en pie sola sin desmayarse.
Pero Rebecca creía que aún era pronto, que había mucho tiempo para desmayarse.
—¿Seguro que no se ha hecho daño?
Esta vez Rebecca se paró a pensar en ello y se dio cuenta de que le dolía la parte de
atrás de la cabeza. Se tocó donde le dolía.
—Me temo que me he dado un buen golpe en la cabeza.
—Deje que le eche un vistazo.
Él le sacaba sus buenos treinta centímetros de altura, de manera que no le costó
nada inclinarse y examinarle la cabeza. Deslizó los dedos entre los bucles de su gruesa
cabellera rojiza y le masajeó suavemente el cuero cabelludo, buscando la zona magullada…
palpando… Entonces le acarició el cuello en sentido descendente y le masajeó los sensibles
tendones.
Cada nervio de su cuerpo empezó a temblar y a palpitar de deliciosa excitación y el
calor que le producía aquel placer. Inspiró lenta y lánguidamente y aguantó la respiración.
—Creo que sobrevivirá —dijo, dejando caer las manos a los costados y
retrocediendo de nuevo—. Pero me parece que le van a salir uno o dos chichones.
—¡Un chichón! —exclamó ella, dejando escapar el aliento contenido, regodeándose
en el indulgente deseo de apretarse contra el sólido cuerpo de aquel desconocido una vez
más y volver a sentir aquella curiosa sensación de placer erótico en su interior.
—Un chichón, sí —repitió él—. ¿Se ha hecho daño en algún otro sitio?
Rebecca pensó en ello mientras se recobraba del delicioso calor de sus manos.
—En el codo, tal vez.
Él le sonrió con picardía, como si Rebecca estuviera jugando y acabara de pillarla.
Pero la verdad era que sí se había golpeado contra el costado cuando el carruaje salió
despedido, y lo único que quería era que la tocara, la palpara y la acariciara con aquellas
manos mágicas. Bueno, claro, y que se asegurara de que no le pasaba nada.
—Deje que le eche un vistazo —propuso.
El desconocido tenía una voz profunda, suave como el terciopelo, e hizo que se le
pusiera la piel de gallina por todo el cuerpo. Le cogió el brazo y comenzó a palpar.
—¿Esto le duele?
—No.
—¿Y esto?
—No.
—¿Y aquí? —Le masajeó el músculo justo por encima del codo.
—La verdad es que es muy agradable —contestó ella con una voz ronca y sensual
que no reconocía.
El hombre tenía la cabeza inclinada hacia abajo, pero levantó los ojos con
complicidad. Enarcó entonces una de las cejas oscuras y volvió a sonreír.
—Sí que es agradable, sí.
Continuó con la exploración por encima del codo mientras su caballo pastaba con
tranquilidad en el silencioso bosque, saboreando discretamente la hierba al tiempo que
movía sus orejas para espantar a los insectos. Rebecca sintió que su cuerpo se caldeaba y se
debilitaba bajo el contacto de las manos del caballero.
—¿Cree que esto es apropiado? —le preguntó él, levantando la mirada de nuevo
con aquella misma expresión de seducción—. Ya sabe, no nos han presentado y estamos
solos.
Rebecca se humedeció los labios y meditó sobre el hecho de que ciertamente
estaban a solas en el bosque y él la estaba tocando de forma íntima; además, ella no tenía ni
idea de dónde se hallaba su padre. Podía ocurrir cualquier cosa. Aquel hombre podría
seducirla. Podría tomarla entre sus brazos y llevarla hacia el carruaje, tumbarla sobre los
asientos de suave cuero y besarle el cuello y las manos, colmarla de las pasiones más
perturbadoras, desconocidas para ella, y hacer con ella lo que quisiera sin misericordia…
Tragó saliva con dificultad.
—Tiene usted razón, señor. No nos han presentado, de modo que supongo que no es
en absoluto apropiado. Además…, debo confesarle que me pone usted nerviosa.
—No era mi intención ponerla nerviosa. —Guardó silencio mientras le exploraba la
parte superior del brazo—. Por favor, permítame tranquilizarla. No tiene nada que temer.
Sólo quiero asegurarme de que no está herida.
Pero, pese a sus intentos de reconfortarla, seguía habiendo algo increíblemente
erótico en la forma en que le hablaba y la tocaba, y en el calor y la debilidad que la hacía
sentir por dentro.
—Agradezco su preocupación.
Él continuó masajeándole todo el brazo hasta la muñeca.
—Es usted encantadora. ¿Se lo habían dicho antes?
—No.
—¿No? —inquirió él, sorprendido, y acto seguido entrecerró los ojos—. ¿Cuántos
años tiene?
—Diecisiete, señor.
Su mano detuvo la exploración que estaba realizando por el brazo de ella; la bajó
suavemente, y apartó el brazo con un suspiro.
—Demasiado joven para una exploración de codo, me temo.
—¿Cuántos años tiene usted? —preguntó ella, incapaz de controlar su curiosidad.
—Una pregunta muy osada para una señorita educada y noble como usted.
—Es la misma pregunta que usted me ha hecho a mí —arguyó ella.
—Ya, pero yo no soy una señorita educada y noble.
Ella le recorrió el ancho pecho y los poderosos hombros con la mirada.
—No, eso es evidente.
Los dos permanecieron mirándose mutuamente un momento hasta que él desvió la
mirada hacia la verde ciénaga y suspiró haciendo que sus poderosos hombros se elevaran y
bajaran.
—Será mejor que la lleve a su carruaje y la devuelva sana y salva a su padre. Seguro
que estará preocupado.
—Sí, estoy segura. —Rebecca se dio cuenta con cierta desazón de que se había
olvidado por completo de su padre mientras aquel extraordinario hombre la tocaba—. Ya
estoy bien.
Pero habían empezado a castañetearle los dientes.
Sin que ella dijera nada, el hombre se quitó el pesado gabán forrado de piel y se lo
puso sobre los hombros.
—Tenga, no vaya a coger frío.
Rebecca notó el calor del cuerpo de él en el interior de la prenda y olió la
cautivadora fragancia de su colonia.
—Gracias. Y gracias también por venir a rescatarme.
Él se llevó la mano al ala de su elegante sombrero de copa y montó en su caballo.
—Le aseguro que no ha sido nada.
Oh, no, nada, sólo salir al galope tras un carruaje a la fuga, sacar a una alterada
joven de un cenagal y hacer que se olvidara de cuánto le dolían la cabeza y el codo, con el
añadido de que su falda estaba chorreando de cieno frío y pringoso.
Él chasqueó la lengua, condujo su montura hacia el agua y agarró el arnés.
—Vamos.
Mientras él movía los animales en un ancho círculo de vuelta a la hierba, Rebecca
admiraba su figura sin el gabán. Con un elegante traje negro, una almidonada camisa blanca
y una corbata de un intenso color carmesí, su aspecto era aún más perfecto de lo que
pudiera haber imaginado. Sus hombros y las marcadas líneas de su torso y sus caderas
definían una fuerza y un vigor tremendos.
En cuanto las ruedas del carruaje entraron en contacto con la tierra seca, acercó su
montura y desmontó nuevamente.
—Permítame que la ayude.
Ella miró el carruaje con nerviosismo.
—¿No saldrán disparados los caballos otra vez?
—No mientras yo los guíe.
Lo cierto era que sabía infundir confianza.
—Entonces tengo que darle las gracias. —Rebecca aceptó la mano que le daba y
subió al carruaje.
Se acomodó en el asiento y se cubrió con el gabán para no coger frío. Él cerró la
portezuela con firmeza, pero volvió a abrirla en seguida y dijo:
—Tengo veinticuatro.
Ella lo miró aturdida mientras él le sonreía. Y volvió a cerrar.
Al cabo de un momento, comenzaron a avanzar por el camino de vuelta al lugar
donde, con toda seguridad, su padre estaría esperando hecho un manojo de nervios.
Rebecca sacudió la cabeza al pensarlo. Su padre hecho un manojo de nervios.
Seguro que no sería nada comparado con los que había experimentado ella, ya que jamás
había sentido nada tan terriblemente escandaloso y a la vez tan maravillosamente excitante.
2
—¡Gracias a Dios! —exclamó su padre, mirándola de la cabeza a los pies cuando
bajó del carruaje—. ¿Qué ha ocurrido? ¡Estás empapada!
—Estoy bien, padre —respondió ella.
—Los caballos se salieron del camino y se metieron en un cenagal —explicó el
caballero mientras desmontaba. Se quitó los guantes y se acercó hacia ellos, mientras le
echaba un vistazo a la mano deformada que el hombre apoyaba en su bastón—. ¿Le
importa que le pregunte qué le ha pasado a su cochero? ¿Dónde está?
—Me temo que no lo sé. Creíamos que se había detenido para recoger una bolsa que
se habría caído del maletero antes de que usted apareciera.
—¿No le advirtió de lo que pensaba hacer?
—No.
Golpeándose la palma con los guantes de fino cuero, su atractivo salvador miró el
equipaje dispuesto en la parte superior del carruaje.
—Parece que todo está en su sitio, incluso después de lo que acaba de suceder. —Se
volvió a mirar en la dirección por la que habían venido—. Esperen aquí, por favor. En
seguida vuelvo.
Se alejó caminando.
—Por lo menos no te ha pasado nada —dijo su padre, echándole un rápido vistazo
—. ¿Ha sido ese caballero… atento contigo?
—Mucho, sí —respondió ella, percibiendo la preocupación de su padre y
mostrándose indiferente para intentar aliviarla. No podía contarle lo que había ocurrido en
realidad, y mucho menos cuánto había disfrutado—. Estoy bien, padre.
Unos minutos más tarde oyeron unos pasos que volvían y la curiosidad hizo que
Rebecca se echara a andar hacia aquel sonido.
—¿Adónde vas, niña? —le espetó su padre—. Haz el favor de quedarte aquí
conmigo.
Rebecca se detuvo en el centro del angosto camino, pero se quedó exactamente en
el mismo sitio, dándole la espalda a su padre, ansiosa por ver el regreso de su magnífico
héroe. Por fin, éste llegó con el señor Smith al hombro como si fuera un pesado saco de
patatas.
—¿Qué diantres ha ocurrido? —preguntó.
Él continuó avanzando hacia ella, pero no se dirigió a Rebecca, sino a su padre.
—Lamento informarle de que no fue parte del equipaje lo que se cayó del carruaje,
señor. Su cochero ha bebido más de la cuenta y ha debido de resbalar.
—¿Cómo puede estar tan seguro? —preguntó Rebecca, siguiéndolos al carruaje—.
¿Y si se ha puesto enfermo?
El hombre llevó al señor Smith a la parte delantera del vehículo y, resoplando, logró
depositarlo en el pescante. Inconsciente, el hombre se cayó hacia atrás sobre el mullido
asiento y dejó caer su brazo sobre la tarima que tenía para apoyar los pies entre gruñidos y
resoplidos.
—Encontré una botella vacía a poca distancia —explicó su caballero convertido en
ídolo, mientras se sacudía las manos—. Y huele como una destilería.
El padre de Rebecca rodeó el vehículo cojeando y se situó junto a ella, apoyándose
en el bastón.
—No nos sirve de nada en el pescante. ¿Y ahora qué demonios hacemos?
—¿Me permite que le pregunte adónde se dirigían?
—A Cotswolds Arms a pasar la noche. Por la mañana retomaremos el camino en
dirección a Burford.
El hombre se dio media vuelta y se dirigió hacia su caballo.
—Tardarán una hora en llegar.
El padre de Rebecca se le acercó renqueando.
—¡Espere, señor! ¿Cómo llegaremos hasta allí?
Rebecca fue detrás de él. Después de todo lo que había hecho por ellos su atractivo
salvador, ¿los iba a abandonar en aquel momento? Seguro que no.
—Disculpe, señor —dijo—. Mi padre no puede conducir. Sufre muchos dolores en
las manos.
El hombre llegó hasta su caballo y lo guió hacia la parte posterior del carruaje.
—Lo entiendo —aseguró—, y será un placer llevarlos.
Rebecca suspiró aliviada. La asombraba lo extraño que estaba resultando aquel día
y lo milagroso que era aquel extraordinario hombre que parecía haberlo decidido todo antes
de que ella o su padre fueran conscientes de que tenían un problema que solucionar. La
cabeza seguía dándole vueltas después de la impetuosa carrera y el perturbador recuerdo de
sus manos. No lo olvidaría mientras viviera.
—Es muy amable por su parte, señor —observó su padre, mientras el jinete ataba su
montura a la barandilla situada sobre la plataforma del conductor—, pero no querríamos
causarle molestias. ¿Está seguro de que no le importa?
El caballero acarició el musculoso pescuezo de su corcel y la expresión de su rostro
se suavizó al tiempo que le hacía a Rebecca una leve reverencia.
—Como he dicho, será un placer. Hace una noche perfecta para conducir.
Rebecca percibía la reticencia de su padre a aceptar, ya que no le gustaba deberle
favores a nadie. No fuera que a la persona en cuestión se le ocurriera ir a visitarlo a su
aislada residencia campestre para darle la oportunidad de devolverle el favor. Pero, dadas
las circunstancias, no tenían muchas más opciones: era eso o dejar que condujera ella, y eso
no iba a suceder.
Su padre enderezó sus delgados hombros y, finalmente, se resignó a la necesidad de
aceptar el ofrecimiento.
—Es usted muy amable —le dijo—. Permítame que me presente. Soy Charles
Newland, conde de Creighton, y ésta es mi hija, lady Rebecca Newland.
«Presentaciones, al fin.»
El caballero tendió la mano para estrechar la del padre de Rebecca.
—Es un honor conocerlo, lord Creighton, y un placer, lady Rebecca. —Le hizo una
inclinación sin revelar nada de lo ocurrido entre ellos un rato antes. Ni un atisbo de sonrisa,
ni juguetona ni de ningún otro tipo, ni mención alguna a la forma en que le había masajeado
el cuello y los brazos—. Yo soy Devon Sinclair, marqués de Hawthorne —añadió—. Mi
padre es el duque de Pembroke.
—De Pembroke Palace —dijo el padre de Rebecca sin poder contenerse.
—Correcto.
Un encuentro ilustre donde los haya, y ellos a punto de emplear a un marqués, y
futuro duque de Pembroke, como cochero.
—Pembroke no está lejos de aquí —apuntó—. A menos de una hora a caballo en
dirección norte.
Así pues, aquello era propiedad de su padre, hectáreas y hectáreas de prósperos
pastos y tupidos y frondosos bosques. Y aquel hombre era el marqués de Hawthorne,
heredero de uno de los títulos más antiguos y prestigiosos de Inglaterra. Rebecca no
alcanzaba a asimilarlo por completo. Un estremecimiento la recorrió de arriba abajo, denso
y fascinante como la neblina que los envolvía en aquellos momentos.
—¿Y qué hacemos con nuestro cochero? —preguntó su padre—. Estoy medio
tentado de dejarlo aquí tirado.
—Padre… —lo riñó Rebecca, bajando la vista al suelo con las mejillas enrojecidas
por la vergüenza.
Lord Hawthorne sonrió. Rebecca estaba feliz de saber cómo dirigirse a él.
—Yo estaría tentado de hacer lo mismo si fuera mi cochero —repuso él—. Pero no
se preocupe. Dejaré que se recueste contra mí y me hará compañía cuando salga la luna. —
Lord Hawthorne miró hacia el cielo, cada vez más oscuro—. Lo que ocurrirá dentro de
nada, así que, si no les importa, debo insistir en que nos pongamos en camino. ¿Me
permiten?
Abrió la portezuela del carruaje y bajó el escalón, se irguió y le tendió la mano a
Rebecca. Una multitud de mariposas revolotearon en su estómago ante la emocionante
perspectiva de volver a tocarlo y, cuando envolvió con sus pequeños dedos enguantados los
enormes dedos de él, sintió la fuerza de todo su brazo y el sólido sostén que ofrecía y que
ella había experimentado en persona. Se recogió la húmeda falda con una mano y sus ojos
se encontraron con los de él durante un fugaz instante. Tenía unos deslumbrantes y
cautivadores ojos azules capaces de desarmar a cualquiera, y sintió como si el mundo se
detuviera en un precario equilibrio sobre su eje.
Rebecca se humedeció los labios y logró articular un «Gracias», con una voz queda
y refinada. Él le hizo una inclinación de cabeza y la ayudó a subir.
El corazón de Rebecca seguía desbocado cuando se sentó en el asiento de cuero y
observó al heredero ducal ayudar a su delicado padre a subir al carruaje, sujetándolo del
brazo.
Qué fuerte y hábil era, como el valiente caballero de un cuento de hadas. Nada
parecía real.
Tan pronto como se sentó su padre, lord Hawthorne recogió el escalón, pero
entonces Rebecca dijo:
—Su gabán…
Él alzó una mano.
—Insisto en que se lo quede hasta que lleguemos.

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