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Libro PDF Mitos griegos Friedrich Georg Jünger

Mitos griegos  Friedrich Georg Jünger

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se hace antropológico en el sentido en que lo
entendieron los griegos. El pensamiento libre se
desgaja del suelo del que procede. Pero aunque se
desprende de él, sigue ligado a él hasta el final,
incluso cuando planea sobre él, pues la historia
del pensamiento libre consiste en este
desprenderse y flotar libre. La controversia que
sostiene la filosofía con el mito, desencadenada
por los pensadores jónicos, los eleatas, los
sofistas y todos los restantes, incluye al mismo
tiempo la afirmación de que es imposible
prescindir de él. El pensador se sirve de él,
aunque sea sólo para tomar distancia. Por esta
razón, la controversia nunca tiene fin. Finalizará
sólo cuando el espíritu generador de mitos se haya
extinguido, pero entonces también habrá llegado a
su fin la filosofía griega. Ambos van juntos. Donde
mejor se capta esta controversia es en la filosofía
platónica.
Platón contrapone al mito sus propios
mitologemas. Al hacerlo, entronca con él, lo
maneja a su antojo y lo reelabora para adecuarlo a
sus propósitos. El mito platónico es un medio para
el fin, una parábola. Es una forma de crear que
pretende resaltar algo con el fin de iluminarlo, por
eso es más esquemático y tiene menos espesor. En
comparación con el mito, tiene algo ambiguo. Su
intención es pedagógica, pretende educarnos more
socratico; en él se escuda el pedagogo Platón. Con
recursos propios de la lógica y la dialéctica, el
mito pretende convencernos de algo. Parece una
figura policromada y hueca que contuviese en su
interior un arsenal de argumentos y demostraciones
áureos, los métodos del conocimiento, la ciencia
in nuce, la verdad, con lo cual se expresa en él una
verdad superior que aquí sale a nuestro encuentro.
El pensamiento mismo debe hacerse imaginativo
cuando contrapone al mito invenciones,
construcciones míticas.
En el principio está incluido el final y el final
vuelve a engendrar, a partir de sí, el principio. Es
posible que repitamos situaciones míticas sin tener
conciencia de esta repetición. En una época llena
de titanismo hemos olvidado que éste ya ha sido
superado muchas veces. Hoy en día, en un
momento de cambio en el pensamiento, en un
estado de incertidumbre que está en estricta
relación con el avance de las ciencias exactas, en
el clímax de la organización y del desamparo del
hombre asociado a ella, un tema como el que
tratamos en este libro tiene, posiblemente, una
doble utilidad para un lector atento. Le permite
aplicar el pasado al presente y el presente al
pasado. Ahora bien, ¿estamos autorizados a buscar
en otros nuestras propias tendencias? ¿Estamos
autorizados no sólo a exponer, es decir, a «sacar
afuera», sino también a imponer, esto es, a
introducir, a «meter adentro»? Porque quien
expone también «impone». Y ésta es la fórmula
universal propia de la comprensión. Es preciso
que el pasado se haga presente para que pueda ser
considerado como pasado. Ahora bien, es
menester tener en cuenta las correspondencias, y
eso no siempre es fácil. Nuestro modo de pensar
no es mítico sino que es un pensar sobre el mito.
No pensamos como pensaban los griegos sino que
repensamos lo que ellos pensaron. La pregunta que
se plantea es qué coincidencia se da entre el
pensamiento griego y el nuestro. A partir de
nuestra exposición, el lector sacará sus propias
conclusiones. Para nosotros, el modo histórico de
ver el mundo es tan corriente que apenas somos
capaces de percibir hasta qué punto es unilateral e
incluso absurdo. Tenemos la impresión de que la
materia del mundo no admite ser representada si
no la pensamos descompuesta, movida por
conceptos, como evolución. El mitólogo que
cultiva la historia especializada se enfrenta a un
pensamiento que nada sabe de la historización de
la conciencia, y sólo puede conectar con él en la
medida en que es capaz de someterlo a métodos
históricos. De ahí las investigaciones acerca de las
influencias y el origen de los mitos, las
migraciones de los dioses o la idea que se tiene de
ellos, investigaciones, en suma, acerca de lo
etnográfico, lo geográfico, lo físico, lo
cronológico. No son éstos los métodos genuinos
del mito.
Pero esto no es todo. Al ocuparnos del mito, a
menudo nos sentimos impulsados a considerarlo
de un modo más mental o conceptual y menos
corporal y sensible de lo que es. Lejos de ser una
ventaja, esto es consecuencia de la falta de
imaginación que define nuestro modo de pensar,
que se ha vuelto abstracto. Un modo de pensar
como éste, tanto cuando se enfrenta a poderes
como a imágenes, se dispone de inmediato a
extraer de ellos el significado que contienen, es
decir, convierte todo conocimiento en conceptos.
Sólo tiene significado lo que puede ser
conceptualmente separado y aislado. Sólo en este
caso se lo podrá interpretar. El significado incluye
un añadido, tal como se advierte en la doctrina
platónica de las ideas. El ente no sólo es sino que,
adicionalmente, significa algo. Pero en cuanto
significa algo, también es algo menos; cuanto más
significado tiene, menos es. El significado no sólo
añade algo al ser, también le arrebata algo. Es un
Terminus en el lenguaje conceptual que conforma
el pensamiento abstracto. Con él, el significado se
ensancha.
Se entiende que el espíritu generador de mitos
no practica una mitología científica, es decir, no se
incluye a sí mismo dentro del esquema de un
proceso histórico. Una empresa tal supondría la
disolución de su propia realidad, pues colocaría
en el lugar de la intuición los principios
evolutivos, las fórmulas y las reglas que
convertirían esta intuición en un medio expositivo.
Éste es el camino por el cual la conciencia
histórica busca aproximarse al mito. Se trata de un
empeño en conformidad con la ciencia pues, ¿qué
podría ésta colocar en su lugar? No obstante, el
artista, el hombre inspirado, siempre opondrá
resistencia. El mito tampoco da pie a ser abordado
de modo simbólico-alegórico. También este
tratamiento, a modo de evemerismo más sutil y
encubierto, disuelve el mundo de las formas. El
simbolismo, cuyo objetivo es presentar al mito
únicamente como un revestimiento, como adorno
de las ideas o de las así llamadas verdades
superiores, necesariamente conduce a
falsificaciones. Con ello se transforma en lo que
no es, en una doctrina secreta en la que el
significado oculto se convierte en lo adecuado,
mientras que lo visible, lo que está expresado, se
torna impropio. Ahora bien, no estamos frente a
una gigantesca alegoría, un entramado de tópicos y
metáforas que debería resolverse en un
conocimiento filosófico histórico superior. Aun
cuando sea inevitable abordar analíticamente el
mito, poco se ganará con ello. La pregunta acerca
de qué resulta de un proceso de aprendizaje como
ése, qué se gana y qué se pierde con ello, no es
difícil de responder. A todos estos intentos les
acompaña algo vago y turbio. Generan una luz
artificial y difusa bajo la que no querrá demorarse
aquel que ha conocido un sol más intenso.
Tenemos la impresión de recibir una lámina de
cobre, en vez de una lámina de oro, cuando se nos
ofrecen comentarios exiguos sobre un texto rico. A
menudo, un bello poema que caiga en manos de un
filólogo tendrá que padecer mucho, aunque esté
destinado a un verdadero amante de la poesía.
Muy pocos son conscientes del reverso del
proceso histórico, del hecho de que se trata un
proceso disolutivo de amplio alcance, pero nunca
lo son quienes están completamente implicados en
él, pues pierden la perspectiva que les permitiría
tener una visión de conjunto, dado que lo que ellos
llaman historia no es otra cosa que la historia de
su propia conciencia.
TITANES
Caos
Caos y los que provienen de él, la Madre Tierra
Gea, Urano, Tártaro, los titanes y los gigantes,
Tifón y las criaturas tifónicas, forman un conjunto.
Prometeo se une a ellos como un apéndice al
devenir titánico y con él se completa la esencia
titánica. Posee un espíritu titánico que se mide una
vez más con las fuerzas de Zeus y sucumbe en esta
empresa. Este ámbito del devenir primigenio
sobresale por encima de todo lo posterior y es en
sí cerrado y unitario; sus acontecimientos irradian
una luz propia. Todo lo que sale de Caos lleva la
impronta de su origen. No importa cómo se
conciba a Caos, bien sea como el espacio vacío e
inconmensurable que, a decir de Hesíodo,
engendra a Nix y Erebo, o como materia
primordial que carece de toda forma y contiene el
devenir del que proceden todas las formaciones,
todo lo engendrado y conformado. Caos no está
muerto, sino vivo.
La vida no brota de un estado inerte, muerto, ni
de la materia muerta; ante todo existe la materia y
se crea allí donde se necesita. Lo que aquí se
describe son engendramientos. Caos está en vivo
movimiento; a veces reposa con una calma
inmóvil, a veces se revuelve con desenfrenada y
furente agitación. Carece de orden y, a la vista,
parece algo confuso, algo mezclado que no se
puede distinguir ni ordenar. Aquello de lo que
proceden todos los órdenes no puede estar en sí
mismo ordenado. Caos no sólo es espacio, sino
que también ocupa espacio y lo llena. Es espacio
primigenio y oscuridad, y en un sentido estricto
también es espacio subterráneo. Más tarde, para
los filósofos de la naturaleza, Caos será otra cosa,
el todo y el universo. El pensamiento se sirve del
mito para formular conceptos. Es éste un
procedimiento que aquí nos limitamos a apuntar,
pero que no desarrollaremos.
Es preciso imaginar a Caos como un ser
oscuro que no ha sido tocado por ningún rayo de
luz, si bien en esta oscuridad la luz está incluida.
Nix y Erebo, que proceden de él, también son
oscuros. Pertenecen a la noche y a la tenebrosidad,
un ser femenino y otro masculino de cuya unión
surgen el Éter luminoso y la luminosa Hémera.
Erebo significa asimismo el espacio tenebroso
bajo la superficie luminosa de la tierra que cruzan
las almas de los muertos en su camino hacia el
Hades. En este ámbito, las potencias todavía no
resaltan con

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