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Libro PDF Moros y cristianos José Javier Esparza

Moros y cristianos  José Javier Esparza

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José Javier Esparza comienza la historia de este libro donde terminó La gran
aventura del Reino de Asturias —del que lleva vendidos más de 30.000
ejemplares—. Han concluido los tiempos agónicos de la primera resistencia
cristiana contra el invasor musulmán y entramos en una España de moros y
cristianos donde no siempre es fácil separar historia y leyenda: una España de
doncellas cautivas y reinas moras, de guerreros y trovadores, de monjes y
comerciantes en un tiempo en el que la vida era una apuesta continua.
El periodo de Reconquista que ahora se abre —desde el siglo X al comienzo del
XIII— no va a ser más pacífico que el anterior pero el escenario se amplía hacia
el sur de las montañas y asistimos al nacimiento y expansión de los reinos
cristianos: Castilla, Navarra, Aragón y Portugal, enfrentados al poder de Al
Ándalus.
En esta España de los cinco reinos vivirán, guerrearán y amarán personajes
míticos que, sin embargo, existieron realmente, como el gran Abderramán, el
conde Fernán González, Almanzor, el Cid Campeador o la reina Urraca,
enfrentados en batallas épicas que cambiaron el curso de la historia, hasta
llegar, en 1212, al lance definitivo: Las Navas de Tolosa.
«La necesaria continuación de La gran aventura del Reino de Asturias, el libro
de historia más vendido de 2010»
José Javier Esparza
Moros y cristianos
La gran aventura de la España medieval
ePub r1.0
Sarah 01.03.14
Título original: Moros y cristianos
José Javier Esparza, 2011
Editor digital: Sarah
Estilos y fuentes obtenidos del libro:
La gran aventura del Reino de Asturias,
editado por nuestro compañero Banshee.
ePub base r1.0
Para Aurora.
H
INTRODUCCIÓN
LA GRAN AVENTURA DE LA ESPAÑA
MEDIEVAL
ubo un momento en el que la España histórica, la Hispana que habían creado los
romanos y que se perpetuó con los visigodos, estuvo a punto de desaparecer. Fue en
el año 711, cuando una potencia extranjera intervino para decidir una guerra civil. Dos
facciones de la élite goda se enfrentaban por hacerse con la corona. Una de ellas llamó
en su socorro a los extranjeros. Lo mismo había pasado otras veces, pero en esta
ocasión ocurrió algo nuevo: los extranjeros, una vez cumplido su objetivo, no
volvieron a su casa, sino que se quedaron aquí y se hicieron con el poder. Esos
extranjeros eran los musulmanes del norte de África, que desde medio siglo antes
estaban protagonizando una prodigiosa expansión por toda la cuenca del Mediterráneo
y hasta las inmensas extensiones de Persia. Así comenzó la invasión musulmana de la
Península Ibérica.
En muy pocos años, los nuevos amos se extendieron por toda la vieja Hispana.
Con el poder local en plena descomposición, no les costó demasiado conquistar los
principales centros de la vida española: Toledo, Sevilla, Mérida, Zaragoza y las áreas
más fértiles y ricas de la Península, desde los valles del Guadalquivir, el Tajo y el Ebro
hasta el litoral mediterráneo. En ciertos lugares tuvieron que emplear la fuerza militar.
En la mayoría de los casos, sin embargo, les bastó con llegar a pactos con los grandes
terratenientes y los patricios de las ciudades. ¿En qué consistía ese pacto? En esto: a
cambio de la conversión al islam y de una declaración de sumisión política, los
poderes locales mantendrían ciertas libertades y los grandes propietarios conservarían
sus posesiones. El poderoso Teodomiro, amo de lo que hoy es Murcia, se islamizó
como Tudmir. El decisivo clan de Casio, en el valle del Ebro, se islamizó como Banu-
Qasi. Las conversiones de este género debieron de contarse por millares. Y así, en
muy pocos años, la Hispana goda se convirtió en un país bajo control musulmán.
Sin embargo, hubo un lugar donde el poder musulmán tuvo que retroceder: fue en
un pequeño rincón de la Cornisa Cantábrica, al abrigo de los Picos de Europa. Allí, en
Asturias, el tesón y la fe de unos pocos hombres, pegados a un terruño imposible,
salvaron literalmente la cristiandad en España. Entre colonos, monjes, reyes y
guerreros, un minúsculo enclave en Cangas de Onís creció hasta convertirse en todo
un reino que abarcaba desde el Duero hasta el Cantábrico, desde las costas atlánticas
de Galicia y Portugal hasta las sierras de Álava y de Soria. Al mismo tiempo, el
Imperio carolingio, en lo que hoy es Francia, marcaba una ancha frontera con los
musulmanes a lo largo de los Pirineos: a eso se lo llamó Marca Hispánica y de ahí
nacerían el reino de Navarra, el condado de Aragón y los condados catalanes. Desde
ese momento, y durante dos siglos de hierro, la vieja Hispana cristiana y goda trató de
sobrevivir frente al nuevo poder musulmán. Es la historia que hemos contado en otro
volumen: La gran aventura del Reino de Asturias. Fue una epopeya extraordinaria.
Pero era una historia que no había hecho más que empezar. Cuando el Reino de León
se consolidó en el tercio norte de la Península, comenzó en realidad una aventura
nueva: la gran aventura de la España medieval.
Viajemos ahora en el tiempo: estamos en León, noviembre del año 931, corte del
rey Ramiro II. Han pasado ya dos siglos desde el episodio fundacional de Covadonga,
cuando comenzó la resistencia contra el moro. Y ahora una tensa inquietud recorre las
calles de la que fue ciudad legionaria, reconvertida en capital del viejo Reino de
Asturias. Ramiro acaba de ser coronado tras una áspera guerra civil. Ya no es rey de
Asturias: Ramiro es ya rey de León, que ése es el nuevo nombre del reino, y sus
dominios abarcan desde Galicia hasta Álava y desde el Cantábrico hasta el Duero.
León tampoco es Oviedo: al cobijo de las viejas murallas romanas han ido
acogiéndose centenares de personas venidas de todas partes, lo mismo nobles que
siervos, lo mismo astures que mozárabes o francos, y el núcleo urbano, si así se le
puede llamar, es un caos más bien menesteroso e insalubre. Pero es esa pequeña y
caótica ciudad, capital de un reino precario, la que ahora, noviembre de 931, se
conmueve por un hecho insólito: Toledo pide socorro. Es la primera vez que pasa algo
semejante.
En efecto, Toledo, la vieja capital goda, pide auxilio al rey de León. Toledo es
ciudad mora, sí, pero siempre ha sido muy celosa de su autonomía. Y ahora, ante la
presión del emir de Córdoba, los toledanos prefieren recurrir al rey de los cristianos
antes que doblar la cerviz. ¿Una ciudad mora pidiendo socorro a un rey cristiano
contra el rey de los moros? Sí. Porque en esta España de moros y cristianos, y en este
momento de nuestra historia, los campos no están definidos de manera tajante. En la
España mora sigue habiendo numerosísimos mozárabes, es decir, cristianos bajo
poder musulmán, que probablemente constituían todavía la mayoría de la población
en Al-Ándalus. Por otro lado, las viejas ciudades hispanas —Mérida, Zaragoza, la
propia Toledo—, aunque obedientes a Córdoba, no van a dejar de amagar pactos con
los cristianos cada vez que vean sus libertades amenazadas por el poder moro. Y
además, en escenarios como el valle del Ebro y Navarra hay un intenso intercambio
entre cristianos y moros, en paz unas veces, en guerra otras, haciendo el paisaje
extremadamente fluido. Por eso los patricios de Toledo, sintiéndose presionados por
Córdoba, resolvieron pedir socorro al rey de León.
La llegada de los mensajeros de Toledo a la capital leonesa debió de ser cosa digna
de verse: no sabemos cómo fue, pero podemos imaginar una comitiva de notables
personajes ataviados a la usanza mora, cruzando la áspera Meseta castellana, con
rumbo a una ciudad lejana en un mundo que en realidad estaba comenzando a nacer.
No perdamos de vista otra cosa: que Toledo recurriera a León significaba que los ricos
estaban pidiendo ayuda a los pobres. Porque la España cristiana, a la altura del año
931, era el mundo pobre: sin capacidad para acuñar moneda propia, con rutas
comerciales muy primarias, con una población bastante escasa y condenada a una
economía de subsistencia. Y sin embargo, a pesar de esa precariedad, León estaba en
condiciones de socorrer a Toledo. ¿Por qué? Porque aquel reino cristiano del norte
había encontrado en la Reconquista una razón de ser: desde las crónicas de Alfonso
III, a finales del siglo IX, la monarquía que pasó de Oviedo a León se había
identificado plenamente con la herencia goda y por tanto reclamaba todo el territorio
de lo que un día fue Hispania. Y esa doctrina, la recuperación de la «España perdida»,
había dado un sentido a todos los esfuerzos de aquella gente.
¿Cuál era entonces la situación? ¿Qué estaba pasando? Muy sumariamente,
podemos decir que el paisaje estaba así: por una parte, los cristianos no sólo habían
llevado sus fronteras hasta el río Duero, sino que incluso lo cruzaban hacia el sur en
busca de nuevas tierras; los musulmanes de Córdoba, por su lado, consolidaban su
frontera al sur del Sistema Central, de manera que la Meseta norte, todo lo que hoy es
Castilla y León, quedaba abierta a las expediciones cristianas. O sea que, sólo dos
siglos después de la invasión mora, más de un tercio de la Península ya era de nuevo
cristiano. Y en los años siguientes la expansión cristiana hacia el sur iba a ser todavía
más intensa. El escenario de la Reconquista ya no estará en las estepas del valle del
Duero, sino en las sierras castellanas, en el valle del Tajo y en las grandes llanuras del
Ebro. Hasta aquí vamos a trasladar ahora nuestro relato.
Todo esto abre una nueva etapa en la historia de la Reconquista, y eso es lo que
vamos a contar en Moros y cristianos. Han terminado los tiempos agónicos del primer
Reino de Asturias, aquellos tiempos siempre bajo amenaza, siempre al borde de la
catástrofe, aquella resistencia desesperada contra un enemigo infinitamente superior,
donde todos los días se jugaba la supervivencia de la cristiandad en España. El
periodo que ahora se abre no va a ser más pacífico, pero el gran proceso histórico es
otro: dejamos atrás la fase de la resistencia, primero, y de la consolidación después, y
pasamos a una etapa nueva. Asistiremos al nacimiento y expansión de varios reinos
cristianos en la Península, a su superioridad militar frente al islam y, en definitiva, a la
conformación de las identidades históricas y políticas que van a dar lugar a España tal
y como la conocemos hoy.
Varios reinos cristianos, sí: los cinco reinos. Y ahora es ya momento de hablar de
ellos. Hasta entonces no había otro que el Reino de Asturias, que fue el primero que
surgió en la Península como resistencia al islam y que reivindicó la herencia de la
corona goda (Navarra vino después). El Reino de Asturias cumplió una misión
histórica trascendental, decisiva: mantener viva la llama de la Hispana cristiana y
romana frente a los musulmanes. Cumplida esa misión, convertido ya en Reino de
León, el Reino de Asturias va a compartir protagonismo con otros poderes cristianos:
Castilla, que es propiamente hija del reino asturleonés; Navarra, que va a ser el eje de
la cristiandad peninsular durante mucho tiempo; Aragón y los condados catalanes, que
tendrán que afrontar la parte más dura de la Reconquista sobre las sólidas posiciones
musulmanas en el Ebro; y en el oeste nacerá, andando los años, el Reino de Portugal.
Todos estos reinos cristianos no siempre conforman un frente común. Con
frecuencia los veremos aliados, pero con la misma frecuencia los veremos en guerra:
las grandes familias se disputan la corona en combates que sólo pueden resolverse
con la muerte de alguno de los contendientes. Se pelea con todos y contra todos.
Vamos a asistir a intrigas sin fin y a maniobras donde la astucia se combina a veces
con la crueldad, a veces con la grandeza de espíritu. Es verdad, eso sí, que todos los
reinos cristianos mantienen un objetivo común: la proyección hacia el sur, la
recuperación del territorio ocupado por los musulmanes. En eso todos están de
acuerdo.
Naturalmente, los musulmanes no pondrán las cosas fáciles. Primero, Abderramán
III elevará el emirato de Córdoba a la condición de califato —ya explicaremos aquí en
qué consiste eso y por qué era tan importante— y lanzará agresivas campañas contra
la cristiandad española. Después, un brillante funcionario llamado Almanzor se hará
con el poder en Córdoba y, convertido en caudillo, someterá a los reinos cristianos a
su prueba más dura desde la invasión de 711. Pero Almanzor, que a punto estuvo de
destruir todo lo ganado por la cruz en la Reconquista, morirá en el año 1002, y con él
muere también su obra: el califato estalla en mil pedazos y nacen los denominados
Reinos de Taifas. De esta manera las relaciones de fuerza se invierten: a partir de
ahora, la España cristiana, más pobre pero más fuerte, impondrá sus condiciones a la
España mora, más rica pero más débil. A mediados del siglo XII, dos tercios de la
Península ya habían pasado a manos cristianas.
Esta debilidad de la España musulmana debería haber allanado el camino para la
Reconquista del resto de la Península; pero el paisaje no atraerá sólo a los guerreros
cristianos, sino también a dos tribus del norte de África fundamentalistas y guerreras:
almorávides y almohades, que caerán sucesivamente sobre Al-Ándalus soñando con
restaurar el esplendor perdido. Así vendrán nuevos tiempos de guerra sin fin.
Finalmente, la batalla de Las Navas de Tolosa, en 1212, significará el ocaso definitivo
del islam español. Y con ella empezará una etapa nueva.
Vamos a contar, en fin, tres siglos de historia de España. Tres siglos en los que
pasaron muchas cosas, y todas ellas muy importantes. Los monjes de Cluny llegarán a
España para revolucionar literalmente la cultura de la cristiandad medieval. En la
arquitectura política de la España reconquista da empieza a cobrar un auge decisivo la
nobleza, lo cual va a trastocar las relaciones de poder en nuestros reinos. Grandes
contingentes de población europea vendrán a instalarse aquí, entre nosotros, atraídos
por el reclamo de las nuevas tierras ganadas al islam y que se abrían ahora a los
colonos. Al mismo tiempo, los mozárabes, esto es, los cristianos que vivían bajo el
poder islámico del sur, afluyen en número creciente hacia el norte: veremos cosas tan
prodigiosas como la marcha masiva de 14.000 mozárabes que abandonan Andalucía
para repoblar Zaragoza bajo la protección de Alfonso el Batallador.
Los reinos cristianos lucharán entre sí por la hegemonía, pero también los reinos
moros harán lo propio. En el complejísimo mosaico de esas relaciones de poder
surgen figuras excepcionales como la del Cid Campeador, bien conocido, pero
también otros muchos campeones de la caballería medieval que vendrán a visitarnos
aquí, en estas páginas. Y con los caballeros vendrán a visitarnos, una vez más, los
colonos que roturan tierras cada vez más al sur, que fundan ciudades y que sobre ellas
edifican leyes y derechos. Veremos, por ejemplo, cómo nacen en España las primeras
Cortes democráticas de Europa: las de León.
Entramos en una España de moros y cristianos donde no siempre es fácil separar
historia y leyenda: una España de doncellas cautivas y reinas moras, de guerreros y
trovadores, de monjes y comerciantes, en un tiempo en el que la vida era una aventura
continua. Pero empecemos por el principio: estamos en León, el 6 de noviembre del
año 931. Ramiro II, que ya reinaba en Portugal y Galicia, está siendo coronado rey de
León, es decir, de León, Asturias y Castilla. Todo el viejo reino, dividido a la muerte
de Ordoño II, vuelve a estar en unas solas manos. En ese mismo momento, el caudillo
de Córdoba, Abderramán III, que ha proclamado la guerra santa, está asediando
Toledo. Los toledanos piden ayuda a Ramiro. El rey de León se dispone al combate.
Algo, sin embargo, se interpondrá en su camino. La historia vuelve a comenzar.
1
ESPÍRITU DE RECONQUISTA
La irresistible ascensión del rey Ramiro
¿Y quién era este Ramiro II que acudía en socorro de la capital del Tajo? No era un
rey cualquiera, Ramiro. Ojo a este caballero, porque va a ser el último gran rey de su
estirpe y uno de los más señeros de la España cristiana. Pasará a la historia como El
Grande, y con razón, por su energía y su talento estratégico. Sus enemigos
musulmanes le llamarán «el Diablo» por su ferocidad en el combate. La Crónica de
Sampiro dice de él que «no sabía descansar»: labori nescius cedere, casi las mismas
palabras que las crónicas dedican a su padre, el rey Ordoño. El hecho es que con este
incansable Ramiro, que reinará veinte años, León iba a conocer su momento de
máximo esplendor. Pero ¿de dónde había salido Ramiro II?
Retrocedamos un poco. Vayamos al año 910. Es la fecha en la que el último gran
rey de Asturias, Alfonso III el Magno, es obligado a abdicar por sus hijos. El reino, ya
de León, se divide. Los hijos de Alfonso se reparten los territorios: García se queda
con León; Ordoño, con Galicia y Portugal; Fruela, con Asturias. Nuestro Ramiro es
hijo de Ordoño, el que se ha quedado con Galicia. En aquel momento es un mozalbete
de doce años. En 914, García muere y Ordoño pasa a unificar de nuevo todos los
territorios. Ordoño II, que asestó golpes decisivos a los musulmanes, reinará diez
años. A su muerte estalla una guerra civil en Asturias: los hijos de Ordoño reclaman el
trono, pero Fruela, el otro hermano del rey muerto, hace valer sus derechos y toma la
corona. Y este Fruela, a su vez, muere de lepra al año siguiente —estamos ya en 925
—, de manera que el conflicto se reproduce, ahora entre el hijo de Fruela —Alfonso
Froilaz, el jorobado— y los hijos de Ordoño; entre ellos, Ramiro.
Fue un triste periodo para la corona leonesa. Ordoño había tenido seis hijos, de
los cuales tres pelearán por la corona: Sancho, Alfonso y nuestro Ramiro. Cuando los
hermanos Ordóñez —que así se les llamaba— consiguieron eliminar la oposición del
hijo de Fruela, el paisaje quedó bastante despejado: Alfonso (IV) era coronado rey de
León, lo cual incluía los territorios de Castilla y Asturias; Sancho ocupaba la corona
de Galicia y a Ramiro le correspondía reinar en Portugal, entre los ríos Miño y
Mondego. Los tres eran reyes, pero la primacía jerárquica correspondía al de León, es
decir, a Alfonso.
Y esa partición en reinos, ¿no implicaba una fragmentación del territorio, un
debilitamiento político de la corona? No. En León había empezado a ocurrir desde los
tiempos de Alfonso III algo muy importante, y es que va tomando forma la idea
imperial: varios reinos unidos bajo un solo imperium. El modelo es, evidentemente, el
del viejo Imperio carolingio de los francos, proclamado a su vez heredero de Roma: el
rey, convertido en emperador, reparte el territorio entre sus hijos, que actúan como
reyes cada cual en su parcela. Para la ideología de la Reconquista significa un decisivo
paso adelante. Desde finales del siglo VIII, Asturias había empezado a verse como
heredera natural del viejo reino godo, lo cual la legitimaba para reclamar el primer
puesto entre los reinos de Hispania. Ahora, la idea imperial completaba la teoría:
Asturias, metamorfoseada en Reino de León, no sólo reclamaba la herencia goda y la
primogenitura entre los reinos cristianos, sino que además podía reivindicar el
liderazgo de todos los territorios hispanos y, ojo, eso incluía también a los territorios
sometidos al islam. Ésa es la trascendencia de la idea imperial leonesa.
Ramiro compartía, sin duda, esa doctrina imperial, que era, por así decirlo, la
ideología dominante en el reino. Pero su puesto, de momento, está en otro lugar: en la
dirección de un pequeño territorio elevado a la condición de reino, entre los ríos Miño
y Mondego, en lo que hoy es el norte de Portugal. Vaya por delante que Ramiro no
parece tener problema alguno con esa posición subordinada: acepta su puesto y lo
ejerce a plena satisfacción. La región portuguesa es la que más avanza en la
Reconquista: la frontera se proyecta tenazmente hacia el sur. Desde las plazas de Viseo
y Coimbra se adivina ya el valle del Tajo. Ramiro era un hombre de aquella tierra: se
había criado allí desde niño, acogido a los cuidados del caballero Diego Fernández y
su esposa Onega. Allí se casó nuestro hombre con una noble local: Adosinda
Gutiérrez, hija del conde Gutier Osóriz y, al parecer, pariente del propio Ramiro. Le
dará tres hijos: Bermudo, Teresa y Ordoño. La repoblación de esta zona se había
encomendado desde mucho tiempo atrás al infante Vermudo Ordóñez, hermano del
viejo Alfonso el Magno. Para él trabajaban don Diego Fernández y doña Onega, que
era sobrina de Vermudo. Cuando Vermudo y Diego envejezcan, Ramiro se impondrá
por sí solo como líder natural del reino; no sólo por su sangre real, sino también por
sus cualidades personales.
En 926, como antes señalábamos, se resuelve el problema sucesorio. Los hijos de
Ordoño apartan al hijo de Fruela, el jorobado, que queda confinado en un rincón de
Cantabria, las Asturias de Santillana. Alfonso es coronado rey de León (Alfonso IV) y
nuestro Ramiro lo es en su solar portugués. Esta coronación del año 926, en el caso de
Ramiro, viene a ser la confirmación solemne de un liderazgo indiscutible. Porque
Ramiro era osado e inteligente, religioso y caballeroso, y venía a ser el espejo de las
virtudes características de la época. Un dato interesante: el primer gesto de Ramiro
como rey en Portugal es formalizar una ceremoniosa muestra de agradecimiento a sus
mentores, Diego Fernández y Onega, aquellos que le habían criado; como sus tutores
ya habían muerto, Ramiro materializa su gratitud en la persona de la hija de éstos,
Muniadona Díaz, y su esposo Hermenegildo González, a los que dona una villa con la
firma de todo su séquito. Un hombre agradecido.
Ramiro podía haber quedado como rey local en su pequeño rincón portugués,
pero el destino había dispuesto las cosas de otro modo y en apenas dos años se
disparan los acontecimientos. Primero, en 929, ocurre algo imprevisto: su hermano
Sancho, que reinaba en Galicia, al norte del Miño, muere, y la corona gallega va a
parar a Ramiro. Y muy poco después, a la altura del año 931, la esposa del rey
Alfonso IV de León, la navarra Oneca, muere súbitamente. Alfonso, que debía de
amarla mucho, entra en honda depresión. El monarca leonés se siente incapaz de
superar la pérdida: la dirección del reino representa ya para él un peso insoportable.
Así que toma una decisión que iba a suponer un vuelco histórico: opta por retirarse al
monasterio de Sahagún para entregarse a la oración. ¿Y la corona? Alfonso nombra
un sucesor: su hermano Ramiro; nuestro Ramiro.
Es el 6 de noviembre de 931 cuando Ramiro II se hace coronar rey de León.
Todos los territorios de la vieja corona vuelven a estar unificados bajo un solo cetro.
Y parece que Ramiro tenía desde el principio ideas propias sobre el gobierno del
reino. Para empezar, quiere hacer valer su posición ante los demás poderes de la
Península. Y la primera oportunidad se le presenta con aquella llamada de socorro
toledana, con la vieja capital goda levantada contra Abderramán. Ramiro se mueve
con rapidez. Se traslada a Zamora y organiza un ejército para ejecutar la expedición
toledana. Ha entrado ya el año 932.Todo está dispuesto para la marcha sobre Toledo.
Pero entonces…
Pero entonces el rey recibe un mensaje inquietante. Se lo envía el obispo Oveco, a
quien Ramiro había encargado el gobierno de la corte durante su ausencia. Y ese
mensaje cuenta algo increíble: su hermano Alfonso, el anterior rey, retirado en el
monasterio de Sahagún, se ha arrepentido de su renuncia, ha dejado el convento, ha
reunido a sus partidarios y ha marchado sobre León para recuperar el poder. Es una
gigantesca traición. Y no sólo eso, sino que el otro Alfonso, el jorobado, el hijo de
Fruela II, al que habíamos dejado confinado en un pequeño rincón de Cantabria, se
ha sublevado también. La corona vuelve a estar en peligro.
Nunca sabremos las razones por las que Alfonso IV, el monje, rompió su
compromiso y quiso recuperar la corona. Tampoco sabremos si se había puesto de
acuerdo con el otro Alfonso, Froilaz el jorobado, para sublevarse, o si éste se limitó a
aprovechar la crisis para levantarse a su vez. Lo que sí sabemos es que Ramiro fue
implacable. Primero recabó sus apoyos: tenía, incondicionales, los del conde
castellano Fernán González y el rey navarro Sancho I Garcés. Después llegó a León,
aplastó a los partidarios de su hermano Alfonso y a éste lo encerró en un calabozo.
Acto seguido, se dirigió sobre Oviedo, donde estaban los rebeldes del jorobado, los
aniquiló a su vez y encerró al jorobado y a sus hermanos. El castigo para los
sublevados fue tan ejemplar como brutal: todos perdieron los ojos. Y así cegados,
terminaron sus días recluidos en el monasterio de Ruiforco de Torío.
Salvaje, ¿verdad? Ésos eran, sin embargo, los usos de la época, y la corte leonesa
no será una excepción. El hecho es que, ahora sí, Ramiro ya podía acudir en socorro
de la capital toledana. Será su primera gran expedición militar. Y en el curso de la
misma entrará en la historia una pequeña ciudad que entonces no era más que un
villorrio subalterno: Madrid.
Los problemas del califa Abderramán
Y a todo esto, ¿por qué se sublevaba Toledo? Veamos: la España mora era rica y
poderosa, pero estaba al borde de la descomposición; la España cristiana era pobre y
de fronteras precarias, pero estaba sacando partido de la debilidad musulmana. Ése
era el paisaje a la altura del primer tercio del siglo X. Así la frontera había bajado hasta
más allá del Duero, así se habían fortalecido el reino de Navarra y los condados
catalanes y aragoneses. Por eso ahora, año 932, podía el rey Ramiro concebir el
proyecto de acudir a Toledo para ayudar a la vieja capital hispana en su sublevación
contra Córdoba. El poder musulmán había menguado de manera alarmante en los
decenios anteriores. Al-Ándalus estaba en crisis. Por eso se sublevaba Toledo, una vez
más. Y por eso el moro, Abderramán III, se veía obligado a intervenir. Pero ¿por qué
el poder musulmán menguaba? ¿Qué pasaba en la España mora? Para entenderlo
conviene retroceder un poco y reconstruir lo que había pasado en los últimos dos
siglos. Así tendremos un adecuado mapa de la situación.
Recordemos: desde la invasión de 711, el poder musulmán, pactando con la vieja
élite hispana o imponiéndose sobre ella, había ocupado los principales centros de
riqueza de la España goda. Ahora bien, los moros no habían sido capaces de construir
un sistema político sólido: primero, por las peleas tribales y étnicas entre los propios
invasores; además, por la dificilísima integración de la población autóctona, ya fuera
cristiana (los mozárabes), ya conversa al islam (los muladíes). El poder moro,
asentado en Córdoba, no puede constituir un poder homogéneo. Los invasores —
árabes, sirios, bereberes— son una minoría mal avenida que se reparte de manera
conflictiva los dominios conquistados y que, además, ha de hacer sitio a las grandes
familias locales que pactan con los nuevos amos y se convierten al islam para
mantener sus privilegios. El resultado es un precario y problemático mosaico.
El poder instalado en la capital cordobesa, en efecto, no es capaz de otorgar
solidez a los enormes territorios que nominalmente controla. Muy temprano, en los
primeros decenios del siglo VIII, una pelea entre bereberes y árabes provocó el
abandono de las posiciones musulmanas del valle del Duero; gracias a eso podrán los
cristianos cantábricos constituir un reino. En cuanto al valle del Ebro, era musulmán,
sí, pero no estaba bajo el control de Córdoba, sino de una familia local, aquella del
conde Casio, islamizada como Banu-Qasi. Del mismo modo, quienes cortaban el
bacalao en el área de la actual Extremadura no eran los invasores árabes, sino una
familia local llamada al-Galiki, es decir, «los gallegos», y en lo que hoy es Murcia
tampoco mandaban los extranjeros, sino ese otro noble hispanogodo llamado
Teodomiro. Asimismo, en Toledo, por encima y por debajo de los gobernadores
enviados por Córdoba, era determinante la influencia de los patricios de la ciudad, de
origen hispanogodo e hispanorromano; de hecho, Toledo va a vivir en permanente
insurrección durante siglos. Y el gran rebelde de la sierra malagueña, Omar ibn
Hafsún, no fue un árabe ni un berebere, sino, al parecer, un godo de familia
islamizada —Hafs— que se levantó contra el poder del emir.
¿España mora? Realmente, no. El poder cordobés contempló siempre la
islamización de Al-Ándalus como una de sus prioridades políticas, pero, en la
práctica, la islamización de la población hispana debió de ser muy superficial. Tanto
que el mentado malagueño Omar ibn Hafsún, ya a finales del siglo IX, decide
convertirse al cristianismo y levanta una iglesia en su fortaleza de Bobastro. No era un
gesto gratuito: una hija de este rebelde Hafsún, de nombre Argéntea, morirá mártir en
Córdoba por negarse a abjurar de la cruz. Los martirios de cristianos en la Córdoba
del siglo IX atestiguan la fuerza de la vieja fe en el territorio formalmente musulmán
del emirato. Del mismo modo, la emigración hacia el norte de mozárabes —la
población cristiana de Al-Ándalus— no va a cesar en todo este periodo. Se calcula
que a principios del siglo X la población cristiana andalusí se elevaba al 70 por ciento
del conjunto; una mayoría sometida a un poder extranjero, reprimida en su libertad
religiosa, obligada a pagar tributos para mantener su fe, pero numéricamente
aplastante. Del 30 por ciento restante, la gran mayoría era hispana conversa: los
muladíes. Los andalusíes de origen étnico árabe

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