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Libro PDF Música para un crimen Marcelo Galliano

 Música para un crimen  Marcelo Galliano

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Nombre completo, Señorita –preguntó Manarino apenas sentada, frente a él, una bellísima joven.
—Alicia Graciela Blemer.
—Srta. Blemer, según sé, usted trabaja en la empresa del Sr. Risso.
—Sí, soy su secretaria.
—¿Su secretaria? –preguntó Manarino con cierta ironía, pitando y exhalando una bocanada de humo que se aquietó en el aire unos instantes como una grisácea,
petrificada y traslúcida paloma tras la cual cada uno podía descifrar el rostro ajeno. Al instante, el propio Manarino encendió una lámpara con la que amarilleó con más
intensidad los hermosos rasgos de la mujer, y completó:
—La felicito, debe tener grandes méritos para ser la secretaria de un empresario semejante.
—No le entiendo.
—Quiero decir que usted es una mujer muy joven…
—Diecinueve años, pero sigo sin entender —respondió la chica endureciendo el tono.
—Por favor, no he querido ofenderla. Además deberá disculpar mis desastrosos modales. ¿Puedo convidarla con un café? No son muy elegantes los vasos de papel,
pero…
—No, gracias, ¿me decía?
—Ah, sí, me refería solamente a que un cargo semejante debe llevar implícitas muchas obligaciones. Para decirlo de una manera casi metafísica… una secretaria es la
conciencia laboral de su jefe.
—Bueno… no es tan así en mi caso, en realidad soy una de sus secretarias.
—Ahora el que no entiende soy yo.
—La secretaria personal del Sr. Risso es la Sra. Estévez, una mujer con más años en la empresa. Yo entré hace poco, unos meses nomás.
—Pero es extraño —dijo Manarino inclinándose sobre el escritorio y revisando unos papeles—, no tengo datos de ninguna Sra. Estévez en la fiesta donde ocurrió el
suicidio.
—No estaba en la fiesta. Un día antes el Sr. Risso la envió a Brasil por un asunto importante.
—¿Un día antes?
—Sí.
—Y esa tal Sra. Estévez conocía bien a la Sra. Risso, supongo, habiendo sido durante muchos años la secretaria personal del señor…
—Sí, por supuesto.
—La conocía bien… ¿Muy bien?
—Inspector, yo no acostumbro a inmiscuirme en cuestiones privadas.
—Se equivoca, señorita –dijo Manarino—, no puede considerarse esto como una cuestión privada, hay una persona muerta por un disparo de arma de fuego.
—Sí, lo sé, una terrible fatalidad.
—Una persona muerta por un disparo de arma de fuego; lo de fatalidad corre por cuenta suya —reafirmó Manarino.
—Está bien —dijo la Srta. Blemer, contestando a desgano la pregunta anterior—, sí, la Sra. Estévez conocía muy bien a la Sra. Risso. Su trato con ella era la razón de
su permanencia en la empresa, ella es la única que quedó luego de la transformación que la firma sufrió hace unos años.
—Explíqueme eso.
—Si bien el Sr. Risso es el director general, la Sra. Risso tenía injerencia en la empresa en una época.
—¿Y últimamente?
—No, por lo que yo sé abandonó la empresa hace unos años. En ese entonces el Sr. Risso se hizo cargo de todo.
—¿Por qué abandonó la empresa la Sra. Risso?
—Inspector, es un tema del cual…
—Srta. Blemer, si bien estoy interrogándola de manera informal por su gentileza de estar aquí un día como éste, me veo en la obligación de recordarle que todo lo que
diga será tomado como una declaración, y que, por otra parte, todo lo que oculte podrá ser considerado, llegado el caso, como una forma de encubrimiento o de
entorpecimiento de las investigaciones.
—Tuvieron una crisis –dijo la chica, tímidamente.
—¿Qué tipo de crisis?
—Matrimonial, supongo; los datos que yo tengo son derivados de las habladurías de la empresa. Pero usted podrá averiguarlo.
—Sí, claro, pero ahora me gustaría escuchar esas habladurías.
— Por favor, Inspector, yo sigo trabajando en la empresa y…
—¿Ah, sí? Mire qué bien —replicó Manarino con ironía—, la muerta en cambio no. Conteste mi pregunta.
—Pero…
—¿Cómo se lo tengo que pedir?
—Está bien, está bien. Creo que en su momento se habló de infidelidades, pero ya le dije que fue hace mucho tiempo y las que a mí me han llegado son versiones que
pasaron de boca en boca. Espero que lo que le estoy diciendo…
—Despreocúpese, nada de esto afectará su continuidad laboral –dijo Manarino, seriamente, poniéndose de pie y acercándose nuevamente a la ventana, apoyando su
frente en el vidrio, agrisándolo con el aliento, guardando silencio por varios segundos para luego decir:
—Dígame, señorita, ¿podría darme su versión completa de los hechos de esa noche?
—Si —respondió la mujer, con dudas—. Aunque fue algo confuso.
—¿Confuso? Todos coinciden en que fue un suicidio…
—Sí, no hay duda de eso. De hecho lo poco que pude tratar a la Sra. Risso me pareció una persona rara, callada. Casi le diría que no me resulta tan extraño que se haya
suicidado en público.
—Perdón, pero hay dos cosas en lo que acaba de decir…
—¿Dos cosas?
—Sí, usted afirmó que la Sra. Risso se suicidó en público…
—Bueno, así es.
—¿Pero usted vio cuando se disparó en la sien?
—No, por Dios; pero presencié cuando sacó el arma y quiso matarse delante de todos.
—¿Cómo fue eso?
—No lo sé, yo estaba en el otro extremo de la sala. Creo que discutió con su esposo y sacó un arma.
—¿Discutió? ¿Oyó algo de lo que se dijo?
—Sí, algo. Hay una frase que me quedó grabada: la vida vejándome. Eso le dijo: te pasaste la vida vejándome. La recuerdo por lo extraño de esa palabra, vejándome,
no es muy común.
—Es cierto, no es muy común. ¿Después qué pasó?
—Los que estaban cerca gritaron y el Sr. Risso intentó convencerla para que soltara el revólver, pero ella subió las escaleras y fue a una de las habitaciones. Al instante
se oyó un disparo; Risso corrió y después… bueno…, lo que usted ya sabe, gritó desde la parte alta de la escalera: se mató, se mató, llamen a la policía.
—¿Cuánto tardó?
—¿Cómo?
—Que ¿cuánto tardó Risso en salir de la habitación y llegar a la escalera para avisarles a todos lo que acababa de ver?
—Nada…, tres segundos…, menos…
—¿Y nadie intentó subir y socorrer a la suicida, ver si continuaba con vida, ¿atenderla?
—Ya le dije, yo no estaba cerca, pero la verdad es que todos estábamos muy impresionados. Al grito de mi jefe uno de los invitados llamó a la policía. Todo fue muy
rápido.
—Comprendo. Pero la segunda cosa que usted dijo hace unos instantes fue: lo poco que pude tratar a la Sra. Risso
—Sí, fue apenas un saludo.
—Pero ¿usted jamás la había visto antes?
—No, jamás, me la presentó el Sr. Risso en la fiesta. La que la conocía de antes es la Sra. Estévez. Ya le dije que ella es secretaria de la época en que la señora Risso
estaba en la empresa.
—Sí, ya me lo dijo —respondió Manarino, sin convencimiento—, bueno, supongo que para usted hubiera sido todavía más duro ver el cadáver si la Sra. Risso hubiese
sido de su amistad.
—De todas maneras yo no vi nada.
—¿Cómo dice?
—Que no vi nada, ustedes retiraron el cadáver de la habitación cubierto con una sábana…
Manarino se recostó contra el respaldo de su asiento y asintió lentamente con la cabeza, quizá confirmando alguno de sus pensamientos. De fondo, insistente y
perturbadora, la música de Bach persistía, despertando el silencio del final de la charla.
III Segunda conversación con el oficial Vera
—¿Hago pasar al otro testigo, Inspector? Inspector… —Manarino, silencioso, había fijadosus ojos en el cigarro que se extinguía con lentitud; luego, rompiendo su
imprevista mudez, y sin mirarlo a Vera, preguntó:
—¿Joven, eh?
—No le entiendo, Inspector.
—Digo, la muchacha, la chica de recién, la secretaria de Risso –dijo, poniéndose de pie y yendo al tocadiscos, haciendo girar nuevamente el Segundo Concierto de
Brandeburgo, subiendo un poco el volumen hasta hacerlo nítidamente audible, pero no lo suficiente para molestar la charla.
—Joven y hermosa, sí —dijo Vera, para luego completar: —Disculpe Inspector, me refería a que…
—Tranquilo, Vera, ser policía no nos convierte en eunucos.
—Sí, claro —contestó el oficial—, pero como en el caso hay una muerta.
—Una muerta, sí. Una suicida habíamos quedado, ¿no?
—Bueno, eso es lo que vio todo el mundo.
—Todo el mundo, sí, un grupo de invitados a una fiesta.
—Todos los invitados —reafirmó Vera.
—Todos, sí, confirmó Manarino—. Y todos muy jóvenes.
—Si… —respondió Vera, con la voz andando casi de puntillas, acaso intentando descifrar el rumbo de la conversación, las intenciones y el pensamiento subyacente de
Manarino, justamente de Manarino… ese hombre imprevisto, genial, racional y a la vez intuitivo, que ahora parecía una fiera lastimada buscando una salida, un tahúr
tramando una martingala con la que quedarse con ese juego que todos habían dado por terminado.
—Y tan jóvenes que quizá ni conocían a la muerta.
—No, eso no es posible –tiró Vera recuperando algo de seguridad en sus palabras— Conocer la conocían todos, al menos de esa noche.
—De esa noche, sí —continuó Manarino, pensativamente—. Pero mejor esperemos oír los demás instrumentos, Vera, o, mejor dicho, los demás testigos…
IV Conversación con la vecina de los Risso
—Buenas noches, Inspector.
—Buenas noches, señora. Tome asiento, supongo que no fuma habanos. No tengo mucho para ofrecerle aquí, quizá un café.
—Le agradezco. En un par de horas me esperan para una cena navideña.
—Una cena navideña. En casa me aguarda una también, aunque a este paso que voy… Interesante, ¿no?
—¿Cómo?
—Digo, interesante que ya en pleno siglo XXI se conserven esas tradiciones, con todos los cambios que ha habido en el mundo, bueno, usted sabe, celulares,
Internet…
—Inspector, en cuanto a mi presencia aquí, quisiera saber…
—Claro, sí, disculpe, estas fechas me ponen melancólico. Intentaré ser breve para que su familia no tenga que esperarla demasiado. Su nombre, por los datos que
tengo, es Rossana Barrientos, y vive en la casona lindante a la de los Risso.
—Bueno, si se pueden llamar lindantes a dos casas situadas en la misma parquización.
—Le entiendo, sí. Hermosa zona ésa.
—Sí, es muy bonita –respondió la mujer, sin entender las desviaciones que Manarino provocaba en la conversación.
—Muchas veces he pensado… en fin… vivir en un lugar así. Le parecerá irrisorio, pero a mi esposa no le gusta, dice que no se sentiría segura. Yo siempre le contesto
que no debe hacerse problemas, que está casada con un policía.
—Sí, claro —acotó la mujer esbozando una sonrisa de compromiso.
—Perdón, ¿en que estábamos?
—Sobre mis vecinos…
—Ah, sí, lo de las casas lindantes.
—Ya le dije que lo de lindantes…
—Sí, pero lo que quise decir es que desde su casa puede advertir los movimientos de la casa de los Risso.
—Inspector, en general no estoy pendiente de la vida de mis vecinos.
—Sí, sí, no quise decirle entrometida, pero usted sabe…
—No sé adónde apunta.
—En que hay familias, digamos, notorias, por no decir ruidosas.
—No es el caso de los Risso, siempre han sido muy reservados.
—¿Siempre?
—Bueno, vinieron al barrio hace unos nueve años.
—¿Sabe algo de la vida anterior de esa gente?
—Poco y nada. Una vez hablé con la Sra. Risso y me comentó que extrañaba el barrio de Palermo.
—Palermo… Toda mi familia era de allí. Barrio de tango decía mi padre, aunque no heredé su gusto.
—Sí, lo noté al entrar.
—Señora, disculpe mi atropello, soy un grosero, si le molesta la música puedo apagarla o…
—No, por favor. Continuemos –pidió la mujer—, se me va a hacer tarde.
—Ah, sí, olvidaba su cena navideña. Sigamos. Me decía usted que estas personas eran de Palermo antes de llegar a Parque Leloir.
—Sí, pero no sé mucho más. Es gente bastante reservada, a punto de querer ocultar lo sucedido.
—¿Ocultar lo sucedido?
—Sí, la noche del hecho yo escuché el disparo desde mi casa, pero no pude distinguir de dónde venía. Instintivamente fui a la residencia de estas personas. Me atendió
el propio Risso y me dijo que él no había escuchado nada. Al otro día me entero del suicidio de la esposa.
—¿Me dice que la atendió el propio Risso?
—Sí, me atendió él mismo.
—Disculpe, pero toda la gente que había en la casona… los invitados, los mozos…
—Eso es lo que me sorprendió al leer el diario, que hayan dicho que había una fiesta. Yo no vi nada, la mansión estaba a oscuras.
—Pero, señora, yo mismo estuve en el lugar del hecho y vi los invitados y las mesas servidas…
—Inspector, le insisto, cuando yo toqué el timbre no vi nada, y Risso me dijo que no había escuchado ningún disparo. Entonces volví a mi casa en donde me esperaba
mi marido para salir.
Manarino se incorporó sin contestar, llevó ambas manos a la altura de su boca y las unió por la punta de sus dedos, se puso de pie y comenzó a caminar en silencio
por la oficina, casi en la sacrosanta postura previa a la eucaristía.
—No entiendo –murmuró pausadamente—, pero si el que lo tramó todo esto hizo desaparecer, delante de sus ojos, a un banquete con gente incluida, puede hacernos
creer lo que quiera…
—¿El que lo tramó? Inspector, los diarios aseguran que fue un suicidio.
—Justamente —respondió Manarino con gesto de derrota—, eso es lo que nos ha hecho creer, y todavía no tengo pruebas para demostrar lo contrario.
V Tercera conversación con el oficial Vera
—Inspector, llegó la otra declarante.
—Venga, Vera.
—Si quiere un café de la otra máquina…
—Quiero que se siente.
—Inspector, le decía que…
—Ahí, Vera —dijo Manarino, manteniendo su cabeza inmóvil, estirando un brazo y señalándole una silla a modo de orden, de cordial, casi fraternal orden. Dígame, ¿a
qué jugaba de chico?
—¿Perdón?
—Que ¿a qué jugaba de chico?
—Bueno, no sé…
—¿No recuerda su infancia?
—Sí, claro…
—¿Y no jugaba?
—Sí, jugaba…
—Bueno, ¿a qué jugaba?
—A muchas cosas.
—Dígame alguna de ellas.
—No se me ocurre…
—¿Su preferida cuál era?
—No me acuerdo…Ah, sí, tenía un Atari.
—¿Un Atari?
—Sí, fue uno de los primeros juegos de video…
—Ah, claro, somos de épocas distintas. Pensé que iba a decirme que jugaba a policías y ladrones, pero hubiera sido muy predecible de su parte. ¿Y a las escondidas?
—¿Cómo?
—Si no jugaba a las escondidas.
—Ah, no, no mucho.
—Es interesante, parece una tontería, pero es interesante. Hay muchas maneras de jugar a las escondidas. Una es buscar, buscar y buscar a los que aparentemente han
desaparecido. Otra es que una persona a cierta distancia tenga que adivinar los lugares donde están escondidos los demás; pero los demás pueden engañarlo, y hay varias
formas de engañar en las escondidas, ¿sabe? Una es ponerse el abrigo del otro y dejarse ver un poco para que el que intenta adivinar se confunda. Otra es elegir siempre
el mismo lugar para esconderse, o sea repetirse, y dejar que el buscador suponga algo mucho más complejo. También había una forma más cruel, mucho más cruel, que
es abandonar el juego sin avisar y entonces el buscador puede estar minutos y minutos arriesgando lugares, sin saber que todo ha terminado. Los que alguna vez la
vivimos sabemos que es una sensación fea. Estoy preocupado, Vera. Hacía años que no experimentaba ese sentimiento.
—Inspector… yo…
—No diga nada, Vera. Espero que Bach me ayude.
VI Conversación con la hermana de la suicida
Manarino miró unas gotas deslizándose en la ventana. Las calles, ya deshechas en la noche, eran cuevas solitarias que quizá a las doce se llenarían de voces y de risas;
la oscuridad confundía árboles y cielo, alguna estrella, que sobrevivía tras las nubes de la llovizna, jugaba, temblorosa, a arrugarse calumniosamente en los charcos recién
nacidos.
¿Por qué no irse a casa? ¿Por qué no reconocer que esa mujer había decidido matarse en plena vida social? ¿Por qué escarbar en algo obvio, por qué dejar esperando a
su chiquita en casa, con el turrón a medio morder y los ojos mojados de ‘papi no vino’? ¿Por qué seguir en plena Nochebuena buscando lo inhallable como un director de
orquesta, ojeroso, obsesivo, que hurga en una hoja pautada, intentando descifrar lo que los signos inertes de la partitura se niegan a decir?
—Disculpe, no la había visto. Tome asiento por favor –dijo Manarino, con cuidado, a sabiendas de que, delante, tenía una parienta sanguínea de la suicida.
—Mucho gusto, Inspector. Soy Estela del Carril.
—Sí, lo sé. Me disculpará la molestia de haberla citado un día como hoy sin que usted haya sido testigo presencial del hecho.
—Pierda cuidado —contestó la mujer, sobriamente, con vestigios de fresca impresión todavía en el rostro.
—Deberá disculparme también lo obvias que le resultarán algunas de mis preguntas… Como sabrá, yo ordené ayer que usted fuera a reconocer el cadáver a la morgue.
Pura intuición, no sé, pero me pareció que era correcto que, además del viudo, otro familiar reconociera el cuerpo.
—Sí, y lo hice.
—¿Vuelve a asegurar que el que vio es el cadáver de su hermana?
—Sí, sin ninguna duda.
—¿Le molestaría hablarme de ella?
—Para nada. Mi hermana era dos años menor que yo —comenzó la mujer—, hubiera cumplido cuarenta y ocho años en enero. Nos criamos en el Barrio de Palermo.
Mi madre era profesora de piano. Mi padre, también fallecido, era empresario del rubro automotor.
—Casualmente el mismo rubro del marido de su hermana.
—Se equivoca, Inspector. Lo correcto sería decir que el marido de mi hermana está en el rubro de mi padre, y no precisamente por casualidad; ese hombre no sería
nadie sin la ayuda que él le dio.
—Me sorprende su tono.
—¿Lo sorprende? Si conociera a ese hombre no se sorprendería.
—Parece que no le tiene ninguna simpatía.
—¿Cómo puedo tenerle simpatía al asesino de mi hermana?
Manarino se apartó del respaldo, como si adelantando su torso unos centímetros se pusiera en mejor posición para intentar explicarse lo que había escuchado.
—Señora del Carril…
—Lo que oyó, Inspector.
—Quiero recordarle que lo que diga en esta oficina será considerado como una declaración, y…
—¡Lo que oyó, Inspector! Ese hombre asesinó a mi hermana.
—Debo tomarlo como una metáfora, supongo.
—Tómelo como quiera.
—¿Como quiera? Mire señora, necesito pruebas, pruebas contundentes si es que quiero comprobar que un suicidio, un suicido cometido delante de varios testigos, es
un asesinato
—Un suicidio puede ser inducido.
—No en público.
—Pero sí en años de humillaciones y de infelicidad.
—Para usted, entonces, la historia matrimonial de su hermana es el punto.
—Toda la historia de mi hermana es el punto, Inspector. Toda la vida de esa mujer convertida en una víctima gracias a las vejaciones de ese hombre.
—¿Vejaciones?
—Sí, toda una vida vejándola —la frase, la puntillosidad textual con que había sido dicha, llamó la atención a Manarino, la mujer se apresuró a completar: —Ella
siempre me lo decía.
—¿Eso decía?
—Se lo escuché decir muchas veces.
—¿Hay otros testigos de eso?
—Los invitados de la fiesta —contestó la mujer con sospechosa seguridad.
—No tenía ese dato.
—Se lo estoy dando; ella siempre decía eso.
—Me refiero a que no tenía el dato de que usted había estado en la fiesta.
—No, no, no estuve.
Un raro silencio se formó en la charla. Manarino vio que la expresión de tristeza de la mujer se convertía en un gesto de preocupación, luego dijo:
—Es extraño, usted asegura no haber estado en la fiesta, pero afirma que hay testigos que le oyeron decir eso a su hermana.
—Bueno, no lo aseguro, lo sospecho. Sé que mi hermana quiso dispararse luego de una discusión con mi cuñado y…
—Pero lo más extraño es que una testigo declaró eso, que su hermana, la Sra Risso, dijo esas palabras: una vida vejándome.
—Le repito que era una frase que ella usaba mucho.
—¿Hay denuncias de eso? Digo, de los maltratos, de las vejaciones.
—¿Conoce alguna mujer que denuncie la infidelidad? Ese hombre la engañaba.
—Las infidelidades pueden probarse, no es fácil, es cierto, pero…
—No es necesario, están a la vista.
—Yo no veo a nadie —respondió Manarino con sarcasmo.
—Graciela Estévez, quizá ese nombre a usted no le diga nada pero…
—No crea, es la segunda vez en el día que lo escucho.
—Es secretaria de mi cuñado. Él le conservó el puesto luego de las reformas.
—Mire usted… por la forma en que uno de los testigos aludió a la Sra. Estévez yo pensé que era amiga de su hermana.
—¿Amiga?
—Sí, alguien me dijo, hace menos de una hora, que por eso estaba en la empresa desde hace tanto tiempo.
—Dios, no puedo creerlo —dijo la mujer, sumergiendo su rostro entra las manos.
—Señora, ¿se siente bien? Si lo desea puedo llamar a un médico.
—No, no, no es nada, comprenda que estoy viviendo unas horas terribles.
—Sí, lamento hacerle recordar todo esto, pero…
—Es su trabajo, prosiga.
—Intentaré ser breve. Sra. del Carril. ¿Conocía bien usted la mansión en que vivía su hermana?
—La conocía, sí; aunque no iba mucho, ya advirtió usted las diferencias que tengo con mi cuñado.
—Claramente. Yo he visto esa casona la noche del desgraciado episodio —continuó Manarino—, ayer se hicieron unos peritajes, pero me gustaría escuchar una
descripción de alguien que la conozca de antes.
—Bueno… —comenzó la mujer con dudas, volviendo a cambiar la expresión de su rostro—, no sé a qué se refiere.
—Nada en especial, créame, pero hay lugares que uno recién termina de conocer después de haberlos visto muchas veces. No sé si le ha pasado de ir a un sitio y por
ejemplo no advertir un cuadro valioso que estaba colgado. Hace poco mi esposa cambió los individuales de la mesa diaria y yo no lo noté hasta promediada la cena.
—Inspector, sigo sin entender.
—¿La casa, cómo es? —preguntó Manarino, evitando rodeos.
—Bueno, es grande, tiene seis habitaciones, un gran living…
—¿Tiene una salida de servicio o algo así?
—No que yo sepa.
—Las habitaciones, mejor dicho las ventanas de las habitaciones, dan a un parque, ¿verdad?
—No sé si todas.
—Pero en la que ocurrió el hecho sí.
—Eso creo.
—¿Sabe lo que me sorprendió? Las fotos, a usted le parecerá raro, pero tanto en el living como en la habitación había decenas de fotos.
—¿Y eso qué tiene de sorprendente, era un matrimonio que cuidaba mucho las apariencias, así que disimulaban y mostraban una vida feliz.
—Justamente, usted lo ha dicho, pero no había ni una sola foto del matrimonio expuesta en toda la casa.
—Bueno, quizá usted no las vio, recién me dijo que hay cosas que se escapan.
—Sí, pero no eso. La va a espantar mi morbosidad, pero cada vez que me encuentro con un cadáver siento la tentación de conocer cómo era esa persona cuando estaba
viva, no sé, es como una resistencia, un vestigio de humanidad que me queda a pesar de los años de profesión, como querer ver una imagen agradable de ese ser que dejó
este mundo. Pero ya le digo, entre tantas fotos no había ninguna del matrimonio.
—Si me espera un segundo… —la mujer buscó en su cartera.
—No se preocupe.
—Aquí tengo una de mi hermana, mire.
Manarino observó los rasgos lentamente, comprobando que la persona de la foto era la que había visto muerta dos días atrás.
—Gracias, pero no era necesario. Confirmo lo que noté al verla muerta, era una hermosa mujer.
—Sí, lo era —afirmó la hermana volviendo a mostrar congoja—. No merecía terminar así.
—¿Así cómo? —preguntó Manarino.
—Suicidándose.
—Suicidándose… —murmuró Manarino, pausadamente, quizá con la intensión de medir sus palabras para luego proseguir sin quitar la mirada de la foto y completar:
—Sí, esta hermosa mujer que era su hermana tomó un arma delante de varios testigos, luego corrió a su habitación y se disparó en la sien. Yo la encontré muerta. Y
usted misma reconoció el cadáver en la morgue.
VII Cuarta conversación con el oficial Vera
—Inspector, los agentes acaban de traer al vagabundo que mandó a buscar.
—Perfecto.
—No quiero ser irrespetuoso…
—Hable tranquilo, Vera —dijo Manarino, conservando en su mano un nuevo cigarro recién encendido
—Diga nomás.
—Nada Inspector, nada.
—¿Qué hace aquí ese tipo? Eso es lo que quiere preguntarme, ¿no?
—Inspector, yo no soy quien para hacerle planteos.
—Y también quisiera decirme; ¿por qué no termina con todo esto? ¿Por qué no admite que fue un suicidio?
—Tampoco soy quien para dudar de su intuición.
—O en caso de que yo tenga razón, ¿por qué no reconoce que lo han vencido, que hay un burlador riéndose a su costa?
—Inspector, yo tengo un gran respeto por usted, por su trayectoria.
—Pasado, Vera, y de nada le sirve a un investigador un pasado, por brillante que sea, si alguien le deja una muerta delante de decenas de ojos y ninguna hilacha de la
que tirar y desarmar la madeja. Usted seguramente iba a preguntarme por el vagabundo ése, qué pito va a tocar en esto ese tipo. No lo sé, realmente no sé qué fragmento
de la partitura está tocando cada testigo. ¿Alguna vez vio el David de Miguel Ángel?
—¿El qué?
—El David de Miguel Ángel… Es una escultura maravillosa, inmensa, como de cinco metros. Se la encargó la Ópera de Florencia. Lo cierto es que otros habían
intentado hacerlo, por eso se dice que Miguel Ángel tuvo que realizarlo en un bloque de mármol defectuoso. Pero cuando se le preguntó cómo lo había logrado dijo: el
David estaba dentro, yo sólo tuve que quitarle al mármol lo que le sobraba. Esto puede ser algo semejante. Quizá de todas estas voces incoherentes que estoy
escuchando… salga la música que quiero oír.
VIII Conversación con el vagabundo
—¿Así me paga lo que hice por usted la otra noche?
—Eh, cálmese y siéntese acá —dijo Manarino.
—¿Calmarme? Usted es un bueno para nada, si esa noche hubiera sabido que era policía no lo hubiese ayudado.
—Le pedí que me sostuviera la linterna mientras cambiaba el neumático, ¿le pareció una ayuda tan costosa?
—Debí dejarlo a oscuras, mire lo que obtuve: que su gente me detenga.
—Si le sirve para calmarse, le aclaro que no está detenido, ni siquiera es sospechado de nada.
—Dígaselo a sus muchachos, entonces.
—Ellos lo trajeron por orden mía.
—Y tiene el descaro de decirlo.
—¿Descaro? Solamente quiero pasar Nochebuena fumando un habano con alguien que me ayudó —contestó Manarino ofreciéndole un cigarro. El hombre miró la caja
con desconfianza y preguntó:
—¿Cuánto va a costarme esto?
—Nada que no pueda darme.
—Bueno, si es así…
Manarino le acercó un fósforo anaranjándole el rostro ajado, trillado de años a la intemperie; era difícil calcularle la edad, tal vez los meses viviendo bajo el cielo duren
cien o doscientos días cada uno, o quizá la existencia de ese hombre, como la de tantos seres arrojados como piedras al infinito, estaba compuesta por un solo e
interminable día.
—¿Cuánto hace que anda por esa zona? —preguntó Manarino.
—¿La zona en que un estúpido policía reventó un neumático?
—La zona en que este estúpido policía reventó un neumático —afirmó Manarino.
—No sé. Quizá cuatro años o cinco. ¿Para qué hacer cuentas? Contar sirve solamente para saber lo que uno ha perdido.
—¿Es un buen lugar para pedir?
—Es un buen lugar para revolver basura. Costoso y solitario.
—Un buen lugar para cometer un asesinato.
—Escuche, acepté su cigarro, sólo eso. No me gusta estar aquí, menos para que me acuse de nada.
—No lo acusé de nada.
—No, pero ya lo hará. Busca un asesino y deberá encontrarlo entre gente como yo, porque los que viven en esas casonas jamás son acusados de nada.
—Yo no culpo inocentes.
—Frase hecha. Seguramente eso pensaba cuando se dedicó a esto, pero con el tiempo se habrá dado cuenta de que los verdaderos culpables siempre se ríen de la
justicia.
—Nadie se ríe de mí.
—¿No? Alguien debe estar riéndose de usted en este momento. Usted es un sabueso perdido, sí, sólo un sabueso perdido estaría pasando esta noche con alguien como
yo.—
¿Le gustan los perros?
—Según cuales.
—Necesito un hueso, sólo un hueso para olfatear.
—¿Y qué tengo que ver yo?
—Intuyo que si sigo buscando ese hueso dentro de esas casonas me moriré de hastío.
—¿Entonces quiere que le ayude a buscar en la basura?
—No está mal la idea; hábleme de esa noche, la noche en que encontró a este idiota varado.
—No fue una buena noche, había llovido rato antes y… debo estar viejo… me molesta revisar bolsas mojadas. Además la época…
—¿La época?
—Sí, es peligrosa, bengalas, petardos… Uno puede encontrar cualquier cosa. Conozco a más de uno con un dedo menos por esos asuntos.
—Supongo que por eso debe ser difícil reconocer ruidos en estos días.
—Sí, pero esa noche hubo pocos ruidos, ya tan cerca de las fiestas la gente guarda la pirotecnia para Nochebuena y fin de año. Hubo algunos petardos, sí, y también
dos cuetazos que casi me sacan el corazón por la boca, pensé que me estaban tiroteando.
—¿Dos cuetazos? –dijo Manarino, pensando en el disparo que había escuchado la vecina.
—Sí, dos cuetazos. Ya le digo que pensé que me disparaban, porque usted sabrá que entre esos ricachones siempre hay un loquito que festeja con armas.
—Cuando me ayudó recuerdo que me dijo: ésta es una noche extraña. ¿Por qué?
—¿Yo le dije eso?
—Sí.
—Habrá sido porque era la primera vez que me topaba con un policía y no me llevaba con él, aunque en ese momento no me di cuenta de que lo que era —dijo el tipo,
riendo—. Pero ya ve que el amor duró poco. Aunque ahora que me acuerdo es posible que lo haya dicho por la loca.
—¿La loca?
—Sí, una mujer vestida de largo; es raro encontrar gente así vestida caminando de noche por la zona. Los que van a esas fiestas llegan en autos. Creí que era alguien que
estaba esperando un remisse y se había perdido o algo así.
—¿Podría describir a la mujer, o reconocerla si llegara a verla otra vez?
—Bueno… estaba oscuro, pero sí, creo que sí; me extrañó que estuviese vestida de manera tan elegante pero sucia, como si se hubiera caído. Yo me acerqué a pedirle
unos pesos, pensé que así me salvaba una noche de estar revolviendo mugre, pero la mujer se apartó enseguida.
—¿Se asustó?
—Es posible, pero reaccionó como si no quisiera ser vista, como una mujer infiel recién escapada de alguna habitación –completó el vagabundo emitiendo una risotada.
Manarino se silenció, imperturbable, pensativo ante lo que acababa de escuchar. Luego murmuró:
—Una mujer infiel recién escapada de una habitación…
—Bueno, tómelo como una idea mía.
—…que tuvo que retirarse ante la llegada de otra mujer… —prosiguió Manarino en voz meditativa, casi susurrante.
—No sé de qué habla.
—…porque hasta ese momento ella había estado…
—Había estado, ¿qué?
—¿Sabe una cosa? Pensé que usted iba a ser un instrumento más en esta partitura…
—¿Un qué?
—… pero me equivoqué. Creo que usted acaba de convertirse en solista.
El tipo largó otra risotada y dijo:
—Usted está más loco que lo que pensé. Se olvidará de mí apenas yo salga por esa puerta.
Manarino se puso de pie, caminó hasta el perchero, tomó su impermeable y dijo:
—Tome.
—¿Qué?
—Quizá vuelva a llover esta noche, y usted lo va a necesitar más que yo. Puede irse. Feliz Navidad.
El hombre se quedó un instante dudando, luego sonrió y dijo:
—Me pareceré a usted con esto.
—Está bien que así sea, usted y yo tenemos algo en común.
—¿Cómo dice?
—¿No se dio cuenta? Los dos revolvemos basura.
IX Quinta conversación con Vera
—Inspector, ese vagabundo salió con su impermeable.
—¿Por qué se dedicó a esto, Vera? —preguntó Manarino imprevistamente, sin quitar sus ojos de la ventana y escuchando de fondo, por enésima vez, el
Segundo Concierto de Brandeburgo.
—¿Cómo, señor?
—Que ¿por qué se hizo policía?
—Señor, si cometí algún error…
—No lo estoy enjuiciando. Solamente le estoy preguntando por qué no juega al futbol, o atiende un negocio, o arregla cañerías.
—Bueno, no jugaba mal de chico, aunque no creo haber sido lo suficientemente habilidoso como para ser profesional, en cuanto a arreglar cañerías…
—Eran ejemplos, sólo ejemplos. Me refería a qué lo llevo a dedicarse a esto y no a otra cosa.
—Eh… Creo que los que nos dedicamos a esto no servimos para otra cosa.
—Muy honesto de su parte.
—No quise ofenderlo, solamente…
—Y yo no lo dije con ironía. Es cierto, no servimos para nada. Mire.
—¿Qué?
—Que mire la ventana —insistió Manarino. La campana de una lejana iglesia ardió golpeando el infinito paladar de la noche, el viento propaló esa voz metálica como
una cabellera invisible que salpicó todo con sus bucles sonoros—. Hay un mundo que se nos escapa ahí fuera, decenas de personas cometiendo delitos a nuestras
espaldas.
—Pero no es nuestro trabajo arreglar el mundo —respondió Vera, tímidamente.
—¿Cuál es nuestro trabajo, entonces?
—Bueno… —intentó responder Vera, con dudas.
—No lo sabe. Y no lo sabe no porque nunca lo haya sabido, sino porque se olvidó, como todos los que estamos en esto. Allá –prosiguió Manarino señalando la
ventana—, allá afuera, en algún sitio, hay alguien que se está burlando de nosotros. Es uno de los solistas de este concierto que quiero descifrar. ¿Y sabe lo más grave,
Vera? Que ese tipo está haciendo este mundo un poco peor de lo que es —completó Manarino, con pesadumbre.
—Inspector, si puedo ayudarlo en algo… no sé en qué, pero algo…
—Lo está haciendo, Vera. Créame que lo está haciendo.
X Conversación con el ama de llaves de los Risso
—Gracias por venir, Señora Aguirre. —La mujer, una anciana, se sentó lentamente en la silla, parecía desencajada, Manarino tuvo el fugaz pensamiento de creer que,
por primera vez en toda esa jornada de interrogatorios, observaba un rostro sinceramente dolido por los acontecimientos recientes.
—No hay problema, Inspector. Puede contar conmigo para todo lo que ayude a investigar el suicidio de la Sra. Risso; además se dará cuenta de que es una semana
terrible para mí, no estoy para Nochebuena, ni para festejos.
—Por lo visto la unía a la occisa algo más que una relación laboral.
—Ni que decirlo. He sido ama de llaves de la familia del Carril durante años, desde cuando la señora era una nena que vivía con sus padres y su hermana. Después, al
casarse ella con el Sr. Risso, comencé a trabajar para el matrimonio.
—¿Cómo era ella?
—Una mujer extraordinaria. Muy bella y muy culta, usted habrá visto la biblioteca de la mansión.
—Sí, la he visto. Dígame, ¿cómo era la relación con el esposo?
—Bueno, a pesar de los años trabajando para ella, jamás me he inmiscuido en los problemas de pareja.
—Con lo que usted ha dicho confirma las desavenencias del matrimonio.
—¿Confirmar?
—Sí, tuve oportunidad de charlar con la hermana de la occisa. Me habló de infidelidades.
—Ella debe saberlo más que nadie.
Manarino fijó la vista en los ojos de la anciana y dijo:
—Creo adivinar, en esa frase, un múltiple sentido.
—Son temas que yo no debo abordar.
—Cuando en un caso interviene la justicia no hay temas que no sean abordables.
—¿La Justicia? Supuse que esto era una rutina, que estaba todo esclarecido.
—Lo único claro para mí es que hay una muerta con un balazo en la cabeza. Así que voy a pedirle que todo lo que tenga por decir me lo diga ahora, sin reparos.
—Está bien. La hermana de la señora no tiene autoridad moral para atestiguar. Desde hace tiempo su relación con la señora se convirtió en esporádica.
—¿Tiempo? ¿Cuánto tiempo?
—Nueve años.
—Desde que los Risso viven en Parque Leloir, entonces.
—Exactamente.
—¿Desde que la Sra. Risso se enteró de que su marido mantenía una relación amorosa con su secretaria?
—¿Quién le dijo eso? —preguntó la mujer, alarmada.
—Conteste a mi pregunta.
—No puedo creer lo que estoy escuchando.
—Conteste mi pregunta, señora —insistió Manarino.
—No hasta que me diga de dónde sacó ese disparate.
—Sra. Aguirre, en esta oficina los interrogatorios los manejo yo. Es tarde y estoy cansado, y a riesgo de quedar como un grosero deberé recordarle que sus canas no
implican inmunidad.
—Debería aprender a tratar a una dama…
—Créame que sé hacerlo. Tengo un par en casa, esperándome en vano.
—…y a respetar a los muertos.
—¿Conoce mejor forma de respeto que la verdad? Si la conoce dígamela, de lo contrario voy a seguir preguntando y afirmando, ante su negativa de contestarme, que
usted está entorpeciendo la investigación.
La anciana respiró ruidosamente para luego decidirse a decir:
—La Sra. Estévez fue una gran amiga de la Sra. Risso. Podría decir que la apuntaló en el peor momento personal.
—¿Cuál fue ese momento?
—Inspector…
—¿Cuál fue ese momento? —repreguntó Manarino levantando la voz.
—¡Cuando se enteró de que su marido le era infiel con su propia hermana! ¿Eso quería saber? Bueno, ya lo sabe, ¿está conforme? —completó la viejita conmovida, a
punto de largarse a llorar.
Manarino se petrificó por un instante, digiriendo lo que acababa de escuchar, luego se levantó hasta el florerito que adornaba una pequeña mesa de la oficina, tomó un
clavel y acuclillándose ante la anciana se lo dio, y le dijo:
—Lamento todo esto. Si quiere podemos continuar en otro momento.
—No. No se preocupe, soy una vieja llorona.
—Créame que la envidio.
—¿Por lo vieja o por lo llorona? —preguntó esbozando una media sonrisa.
—Por su capacidad de emocionarse.
—¿Usted no la tiene?
—Es una de las cosas que se empiezan a perder en este trabajo.
—A pesar de lo que le dije usted parece un buen hombre.
—Un hombre que delira.
—¿Por qué lo dice?
—Porque creo que tendría que archivar este caso, resignarme a que su patrona no quiso seguir viviendo, quizá por tantos años de humillación —respondió Manarino
incorporándose—. Dígame, ¿la Sra. había estado depresiva las horas previas a la fiesta?
—No tengo idea.
—Pero usted estaba siempre muy cerca.
—Sí, pero ese día el Sr. Risso decidió darme franco. Todo el servicio de la fiesta fue contratado. En esa jornada ni siquiera estuvo el jardinero, ni la seguridad habitual
de la casona; por lo que sé sólo el chofer trabajó.
—¿Usted me está diciendo que no vio a la Sra. Risso en todo ese día? —preguntó Manarino abriendo los ojos.
—Eso mismo.
—Quiere decir que usted, una de las personas que más la conocían, no solamente no fue testigo del suicidio, sino que ni siquiera puede afirmar que la Sra. Risso estaba
viva la mañana de la fiesta.
—Pero todos la vieron.
—¿Todos? No, señora –dijo Manarino, agravando el tono—, todos no… Por lo visto solamente los que el Sr. Risso eligió.
XI Sexta conversación con Vera
—Inspector, ya dos agentes han ido a buscar al chofer de… Perdón —se interrumpió Vera—, ¿le sucede algo?
Manarino se movía por la oficina con un cigarro sin encender en la boca, como si no fuera consciente de ser observado. Luego de varios segundos de caminata, y sin
ninguna ilación con lo que Vera le había preguntado, aseveró:
—Espejos.
—Creo que no le escuché bien –ensayó Vera, extrañado.
—Espejos, espejos, espejos —insistió Manarino para luego proseguir—: la música de Bach está llena de espejos; espejos que repiten, que imitan, que agrandan, que
deforman, que adelgazan, que esconden, que demuestran, que simulan. ¿Alguna vez entró a un salón de espejos, Vera? Es tal la impresión de verse multiplicado que uno
llega a creer que no hay otra cosa en el universo que uno mismo. ¿Y sabe algo? Es verdad. Sí, es verdad; porque el mundo, o lo que uno percibe como el mundo, es sólo
una proyección de uno mismo. Esto es feo, decimos, y en realidad estamos definiendo lo que a nosotros nos parece feo. Esto es maravilloso, y en realidad estamos
determinando lo que a nosotros nos parece maravilloso. Esto es así o asá…, y en realidad nos estamos describiendo a nosotros mismos. Hace dos noches entramos a un
salón de espejos.
—Inspector —se animó a pronunciar Vera—, no quiero contradecirlo, pero hace dos noches…
—¡Un salón de espejos, Vera! A eso entramos. Con un detalle: nosotros llevábamos en la cabeza el reflejo que queríamos ver. Buscábamos un suicido y lo
encontramos, buscábamos una tal Sra. Risso con un disparo en la sien y la encontramos.
—Pero, Inspector, era lo que había.
—Era lo que nos dijeron que había.
—Era lo que todas esas personas vieron.
—¡Era lo que nos dijeron que vieron, o lo que creyeron ver!
—Señor, no le entiendo.
—Vera, ni usted ni yo vimos a esa mujer disparándose. Ni usted ni yo vimos a esa mujer sacando el arma delante de todos. Ni usted ni yo sabemos si la muerta…
—¿Si la muerta qué?
Manarino se silenció imprevistamente y luego murmuró:
—Nada, Vera. Nada
XII Conversación con el chofer de los Risso
—Mire, espero que tenga una buena razón para hacerme traer aquí a esta hora, una noche como hoy.
La ventana empujaba su rectángulo de noche al son del viento. Manarino miró al recién llegado un instante, sin responderle, luego le señaló la silla, pero el tipo
prosiguió:
—Una buena razón…
—Un asesinato, y una comedia montada para engañar a la policía, ¿le parece buena razón?
—¿Asesinato? Eso es una locura, todo el mundo sabe…
—…que eso fue un suicidio —completó Manarino harto de escuchar el mismo argumento.
—Exijo hacer una llamada, quiero la presencia de un abogado.
—¿Qué le pasa, mira mucha televisión? Todavía no lo acusé de nada y ya me quiere traer un buscapleitos

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