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Nací para quererte Fabiana Peralta

Nací para quererte  Fabiana Peralta

Nací para quererte Fabiana Peralta

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Estaba seguro de que nunca recuperaría momentos como los vividos junto a Alexa; después de haberlo tenido todo, ahora sabía lo que era estar vacío y sin alma. Lo peor
era que nadie le creía, y no los culpaba. «Cría fama y échate a dormir», dice el refrán: él se había encargado a lo largo de su vida de que todos creyeran que era un hombre
sin compromisos emocionales, así que era el único culpable de su destino.
La había perdido y no podía echarle la culpa a nadie. Alexa había confiado en él, pero no había sabido cuidar su amor.
Dos meses no era tanto tiempo, pero para él era una eternidad; cada día se hacía interminable y nada de lo que antes le interesaba parecía tener demasiado sentido.
Lo que más inquieto lo tenía era que en su mente parecía haber un gran agujero negro: se esforzaba, lo intentaba denodadamente, pero no lo conseguía, y cuanto más
probaba a recuperar los acontecimientos de aquella noche menos parecía recordar.
Recordaba con nitidez el momento en que llegó a la fiesta y se acercó a saludar al anfitrión, o en el que se encontró con un par de conocidos y, acto seguido, se
dirigió a la barra para pedir un martini. Luego, con la copa en la mano, fue hacia la terraza, donde conversó con otros colegas e intercambió algunas bromas. También
rememoraba con claridad cuando Lindsay Stranford se acercó a saludarlo. Era una modelo con la que había compartido varias campañas publicitarias y a la que hacía
tiempo que no veía. A partir de ese momento empezaban los traspiés en su memoria, y su mente saltaba a la animada conversación con Julianne, pero no sabía en qué
momento ella entró en escena —suponía simplemente que se había acercado y que se había integrado en el grupo—. Esos eran los últimos recuerdos diáfanos; luego,
todo era borroso: un pasillo oscuro que recordaba haber transitado apoyado en el hombro de alguien, y, finalmente, un gran misterio hasta que se despertó en su cama
con Julianne al lado, con una terrible jaqueca y desnudo por completo.
Llevaba en su haber muchas borracheras a lo largo de su vida, la peor de todas cuando Noah, su amigo, lo tuvo que ir a buscar a aquel hotelucho donde lo encontró
casi sin conciencia; aun así poseía recuerdos nítidos de aquel día, a diferencia de la noche de la que nada podía recordar, como si todo lo que esa mujer había dicho acerca
de lo ocurrido entre ellos no hubiera pasado en realidad.
Ansiaba acordarse, precisaba entender qué había pasado por su cabeza para ligar con otra y llevársela a su casa. Había ido a esa fiesta solo por compromiso. Cuando
salió de su apartamento tenía el firme propósito de hacer acto de presencia y luego volver a arreglar las cosas con Alexa. Era un gran tormento pensarlo, y quién iba a
dar crédito a que Brian Moore estuviera arrepentido de tirarse a una mujer; mucho más si esa mujer era poseedora de una belleza innegable como Julianne. Sin embargo,
su recuerdo no le atraía lo más mínimo y eso hacía que las piezas de ese rompecabezas no terminaran de encajar.
Acababa de llegar de Milán, donde había ido por trabajo, y al finalizar sus obligaciones se había retrasado unos días más su regreso a la realidad, una realidad en la
que la mujer a la que amaba ya no estaba a su lado. Hacía días que había dejado de intentar comunicarse con ella, ya que sistemáticamente Alexa no atendía a sus
llamadas y mensajes. La última vez que lo hizo le gritó que la dejara en paz antes de colgarle, y le ratificó lo dicho aquella mañana antes de cerrar la puerta de su
apartamento: «Estás muerto, y como los muertos no hablan, no lo hago contigo».
Ese no había sido el único intento de acercamiento que él había probado; en varias ocasiones había ido a casa de Alexa, donde también había sido rechazado, al igual
que en la galería de arte de su hermana, donde le había cerrado literalmente la puerta en las narices.
Incluso tuvo que soportar la bronca que le echó su hermana cuando llegó del viaje a Londres. Apenas Olivia se enteró de lo ocurrido le dijo de todo, lo insultó
prácticamente en todos los idiomas con una furia que jamás antes le había conocido.
«No tienes remedio ni sentimientos. ¿Cuándo piensas madurar? La vida se pasa y cuando te quieras acordar estarás solo, sin cariño y sin afectos verdaderos», le
había dicho su hermana entre otras cosas. Noah Miller, su futuro cuñado, también le había dado un gran sermón —claro que menos riguroso que el de su hermana, pero
haciéndole entender que había sido un completo idiota.
De todas formas, y aunque nadie lo creyera, lo cierto era que no tenía que decírselo para que lo supiera.
Se levantó de la cama dejando todos sus pensamientos a un lado, se dio una concienzuda ducha y al salir, con rapidez y sin preocuparse mucho de lo que se ponía,
acabó por vestirse de manera informal, con unos vaqueros gastados y una camiseta blanca de mangas largas. A continuación, preparó el bolso de mano y una pequeña
maleta con ropa suficiente como para una semana, revisó su documentación, se puso un abrigo y se dispuso a salir sin más demora: debía llegar al aeropuerto en menos
de una hora.
Mientras caminaba para conseguir un taxi, pensó que inevitablemente sería una semana difícil; aunque Alexa no lo quisiera ver, tendría que hacerlo a la fuerza ya que
Noah y Olivia se casaban y habían planeado una sencilla boda en la lujosa villa La Soledad, rodeados de quienes ellos consideraban que eran sus verdaderos allegados y
testigos de la lucha que había supuesto estar juntos y en paz.
Por ese motivo, algunos de los involucrados en la boda estaban trasladándose a Austin en el avión privado de Industrias Miller, propiedad de su amigo e inminente
cuñado.
En el camino, Noah lo llamó al móvil:
—Brian, ¿dónde estás? Queremos salir a tiempo.
—Tranquilo, estoy a cinco minutos de llegar.
—Perfecto. Estamos esperándote en el avión. Solo faltas tú.
En cuanto colgó, se percató de que el chófer del taxi se había inclinado para tener una mejor visión por el retrovisor y le señaló un gigantesco cartel que
promocionaba un perfume en el que estaba su fotografía; aparecía con el torso desnudo y rodeado de mujeres bellísimas que insinuaban estar lamiéndolo y
toqueteándolo, como si fuera una deidad irresistible.
—Ese es usted, ¿verdad?
Él asintió con la cabeza modestamente, sin hacer ningún aspaviento.
—¡Qué envidia, hombre! Apuesto a que tiene todas las mujeres a sus pies.
—No le voy a negar que las cosas así se facilitan y mucho, pero… aunque no me crea, la única que me interesa no me da ni la hora.
El chófer lo miró por el retrovisor, como si efectivamente no pudiera figurarse que existiera una mujer que se le resistiera; además sabía de su fama de donjuán
porque a menudo lo veía en las revistas rodeado de diferentes mujeres. Pero no hizo ningún comentario. Tan solo se encogió de hombros y continuó conduciendo.
Al bajar del automóvil, Brian se encontró con que no tenía cambio para pagar el viaje, de manera que, como se había levantado dadivoso, le dejó una generosa
propina al taxista, que le había ayudado a cargar su maleta y ahora también a descargarla.
Estaban en primavera pero la temperatura aún era baja, por lo que se ajustó la chaqueta de cuero y caminó decidido. Una vez dentro de la terminal, se quitó las gafas
oscuras y, carismático, se acercó al mostrador de facturación con su tarjeta de embarque. Todo fue muy rápido. Tan solo tuvo que insinuar una sugestiva sonrisa para
que la empleada le facilitara con celeridad todos los trámites. Muy pronto se encontró ingresando en la pista donde aguardaba el jet de Industrias Miller. Subió la
escalerilla irradiando una innegable seducción, mientras la azafata de cabellera dorada, que lo esperaba al final, tácitamente lo desnudó con la vista.
—Bienvenido a bordo, señor Moore —dijo la joven, que se esforzaba en sonreír más de la cuenta.
—Buenos días —le contestó él lacónica pero educadamente, mientras pasaba por su lado con cierta arrogancia.
El corazón le palpitaba con tal fuerza que parecía desbordársele del pecho, y sus pasos de pronto se tornaron zancadas para atravesar el sector de descanso de la
tripulación y poder ingresar en la zona de asientos para así verla por fin. En cuanto entró se fijó con disimulo en la ocupación de los lugares: al ver a Collin sentado
junto a Alexa una oleada de celos lo invadió y casi quiso arrancarlo de su lado. Ella hizo como si nadie hubiera llegado, no le dispensó ni siquiera una mirada furtiva.
Brian intentó encontrar equilibrio y mostrarse sensato, por lo que se limitó a saludar a todos tratando de pasarla por alto —se lo había prometido a Noah y a Olivia y
les iba a demostrar que cumpliría con su palabra.
Sin más dilación, saludó a su cuñado con un gran abrazo y palmadas en la espalda, luego abrazó y besuqueó a su hermana casi interminablemente, se dirigió a la otra
fila de asientos, extendió la mano y aferró con fuerza la ofrecida por Collin Crall y, finalmente, se inclinó para saludar a la pareja que formaban Edmond y Curt. En otra
zona se encontraban la hermana de Noah con su novio y la administradora legal de la ONG que presidía Olivia, y también se acercó a saludarlas.
Alexa miraba por la ventanilla con la vista fija en la pista, sin apartar la mirada ni por un instante. Su respiración era errática y rogaba serenarse para que él no se
diera cuenta de cuánto le afectaba su presencia.
«¡Maldito! Está increíblemente guapo, y su perfume… parece que se hubiera bañado en él. Sabe que me desequilibra.»
Aunque la rubia estaba realmente afectada, se había prometido a sí misma que nadie lo notaría, así que permaneció impertérrita, como si Brian no estuviera realmente
allí. Por suerte, Curt y su incondicional amigo Edmoncito, rompieron con histrionismo el silencio y propiciaron una conversación fluida, en la que integraron también al
agente Crall del FBI, excompañero de Noah, detective del departamento de Policía de Nueva York.
—¿Nerviosos? —preguntó Brian a su cuñado y a Olivia mientras se acomodaba en uno de los asientos frente a ellos.
—No —contestó su hermana, mientras Noah levantaba su mano y se la besaba—, ansiosa en mi caso.
—Yo lo mismo —ratificó su amigo.
—Todo saldrá muy bien —aseguró Brian mientras se abrochaba el cinturón de seguridad.
Tras el cierre de la puerta y de que los auxiliares de pista quitaran la escalerilla, el comandante lanzó las indicaciones para comenzar con el despegue.
—¿Qué sabes de tus padres?
—Brian, son los tuyos también. Tú no cambias —lo regañó Olivia mientras él ponía los ojos en blanco—. No pasarán la semana con nosotros, pero llegarán a
tiempo para la ceremonia.
—¡Ja! Por supuesto. Cómo iban a confraternizar con la plebe durante una semana.
—Vale… ¿Qué os parece si obviamos comentarios que solo nos amargan? —sugirió Noah sabiendo que el apoyo de los padres de Olivia la desmoralizaba.
—No te preocupes, mi amor; a estas alturas del partido, y aunque reprenda a Brian, sé que tiene razón. He ganado a mi hermano en cuanto a escándalos y manchas
al apellido Mayer-Moore, y sé que no me lo perdonan.
—Por eso mismo no entiendo para qué los quieres ahí; yo que tú no les hubiera invitado.
Se encogió de hombros sin contestar a su hermano.
—Oli, dijimos que nada opacaría nuestro momento —le espetó Noah elevando ambas cejas.
—Y así será. No me amargo, te lo prometo.
Noah le besó la coronilla y le dispensó una mirada de reproche a Brian por sus desafortunados comentarios. Ella sonrió forzada intentando deshacerse de la angustia,
pero lo cierto era que Olivia aún recordaba con pesar cada palabra de la conversación mantenida con su madre cuando le informó de que Noah y ella se casaban.
—No hace ni dos meses del escándalo que protagonizaste con Murray y, a pesar de lo candente que sigue todo, me dices así, tan fresca, que nos pondrás en boca de
todos con una boda que no hará más que remover la vergüenza que la prensa se encargó de retratar con todo lujo de detalles y hasta con fotos de tus moratones. ¿En qué
piensas últimamente, Olivia? Parece que disfrutas denostando nuestro prestigioso apellido.
—Pienso en ser feliz, mamá, feliz como nunca lo he sido. Pero claro, tú no entiendes lo que es eso porque ahora comprendo que nunca lo has sido verdaderamente.
Es increíble, ahora me doy cuenta de que en realidad tú eres la que no tiene carácter y prefieres vivir cómodamente cubierta de grandes mentiras. La verdad, me da
lástima que no te animes a ser feliz. No sabes lo que te pierdes.
»Esos moratones que he mostrado al mundo, y que a ti te escandalizan tanto, a mí me enorgullecen; me hace feliz saber que me atreví a hablar y a mostrar lo que
ningún hombre debe hacerle a ninguna mujer. Rompí el silencio, mamá; pude hacerlo, y gracias a Dios sobreviví para contarlo.
—Eres una insolente. Desde que te has atrevido a desafiar tu destino te comportas de una forma tan vulgar que a veces creo que no eres mi hija, por no hablar de esa
fundación estúpida que se te ha ocurrido crear, donde a menudo se te ve rodeada de gente que no es de tu clase. Me avergüenzo ante nuestras amistades cada vez que me
preguntan si es cierto. Lo único bueno de todo esto es la posición económica de tu futuro esposo.
—Doy gracias de haberme atrevido a desafiar mi destino, y también doy gracias a Noah, pero no como tú por su dinero, sino por ser la persona que creyó en mí y
me animó a dar el paso. Doy gracias por tenerlo a mi lado y que me haya dado fuerzas para romper el silencio. Nunca me ha dejado sola; hasta estuvo a mi lado cuando
me vi obligada que declarar en contra de Murray, muerta de miedo, por tener que enfrentarme a él, por tener que mirarlo a los ojos y recordar cada uno de los escarnios a
los que me sometió. Lástima que no pueda agradecértelo a ti también, ni a mi padre. Pero eso ya no me quita el sueño. Sé que en tus reglas de esposa perfecta no entra
que una alce la voz para decir basta. Ahora creo que Brian tiene razón. ¿De verdad fuiste tú quien nos parió?
—Eres una grosera. Como si no supieras lo mucho que me sacrifiqué por teneros a ambos.
—Sí, claro, sacrificaste tu figura sin saber si volverías a recuperarla. Eso ya me lo has contado. Lo que nunca me has explicado es si disfrutabas cuando me movía
dentro de tu panza. ¡Ah, nooo, claro, eso no es hierático, ni chic!
»Mamá, te enviaré la invitación. Si queréis participar en mi boda, tú y mi padre seréis bienvenidos. Adiós.
—Olivia, uno, dos, tres, probando comunicación y regresando a la tierra —bromeó Brian intentando traerla de regreso a la realidad.
—¿Cómo?
—¿En qué pensabas, hermanita? Noah y yo estamos charlando, pero tú por lo visto estás a años luz de aquí.
—Lo siento, me he quedado colgada. ¿Qué decíais?
—Tu hermano me estaba contando que quiere volver a estudiar —dijo Noah.
—¿En serio? ¡Guau, qué sorpresa escuchar eso!
—Sí, quiero obtener un título y quiero impulsar mi propio negocio… no sé en qué campo todavía, pero necesito invertir mi dinero en algo que me garantice el futuro
cuando ya no pueda subirme a una pasarela ni protagonizar campañas publicitarias. La juventud no es eterna y los años pasan con celeridad.
—Brian Moore, lo escucho y no lo creo: ¿estás diciéndome que quieres sentar cabeza?
—Va siendo hora, ¿no crees?
Olivia miró disimuladamente hacia Alexa. Estaba segura de que, aunque se empeñara en mostrarse desinteresada, había oído la conversación. Ahora bien, seguía
claramente en su postura, sin mostrar ningún síntoma de haber escuchado nada. Brian también la miró con disimulo al advertir hacia dónde iba dirigida la mirada de
Olivia, pero se encontró con la misma pared de cemento contra la que se estrellaba últimamente con mucha frecuencia. Volvió a mirar a su hermana y apretó los labios
mientras se encogía de hombros.
—Jódete —le dijo Noah bajito solo para que ellos tres escucharan.
—Lo sé —contestó apenado y sin preocuparse por disimular.
2
«Es prudente no fiarse por entero de quienes nos han engañado una vez.»
RENÉ DESCARTES
Aterrizaron en Austin-Bergstrom y, al pasar por la cinta para recoger los equipajes, Brian y Alexa coincidieron inevitablemente, ya que sus maletas venían a la par.
Brian, con buen tino, se hizo cargo de la situación y se la alcanzó.
—No es necesario que demuestres lo que no eres. Sé de sobra que de caballero no tienes nada; es tarde para impresionarme.
Se quedaron mirando fijamente y luego Alexa tiró de su maleta y continuó caminando como si él no existiera.
Un silbido se escuchó de pronto tras la nuca de Brian.
—No eres santo de la devoción de la rubia, por lo que veo —se mofó el agente del FBI—. Por cómo os vi la última vez, debo decir que no pensaba que la dejarías
escapar tan pronto.
Brian destinó una mirada letal a Collin, que se reía burlonamente mientras hablaba y recogía su equipaje.
—O sea, que Alexa está libre.
—¡Y una mierda! Alexa no está libre. Más vale que te mantengas alejado de ella si no quieres que estampe mi puño contra tu cara.
—Yo me mantendré alejado, pero, si ella me tira la caña, uno no es de piedra.
—Mira, Crall, sé que como amigo de Noah no querrás arruinarle la boda, ¿verdad? Así que no me provoques porque me encontrarás. Pongamos un poco de nuestra
parte para que el acontecimiento salga bien.
—¿Qué pasa? —preguntó Miller.
—Nada, que Brian parece muy susceptible y nada apto para las bromas.
—Ah, entiendo: habláis de Alexa.
—¿Tú también estás de broma?
—Y tú estás de muy mal humor por lo que veo. Cambia esa cara. Eres mi padrino y se supone que debes acompañarme en este paso.
—No lo dudes. Estoy feliz, amigo, por ti, por mi hermana. Seremos familia, Noah.
Le palmeó la espalda para demostrarle lo satisfecho que se sentía.
Camionetas pertenecientes a la finca La Soledad aguardaban en la entrada del aeropuerto para trasladarlos allí. La villa estaba ahora habitada por muchas personas
que cuidaban de que nada les faltara a Ana, la madre de Noah, y a Josefina, la madrina, a quienes este no les permitía que hicieran nada más que disfrutar de la vida y de
los cotilleos interminables con sus amigas. Ana se había mudado a la finca para acompañar y consolar a su querida amiga, que aún no se había repuesto de la nefasta
pérdida de su fiel compañero Julián.
Alexa aceleró el paso para sentarse junto a su amiga. Noah se acomodó en el asiento contiguo al del chófer, y Brian insolentemente se sentó junto a su rubia
debilidad.
Alexa cerró los ojos y exhaló con desagrado. El roce de su cuerpo la descontrolaba. Más allá de la ira que le provocaba recordarlo con aquella mujer, no podía negar
que aún la afectaba. Estaba temblorosa y odiaba sentirse así, porque temía que él lo notase. Quien por supuesto sí lo notó fue Olivia, que cogió de inmediato su mano y
se la aferró con fuerza para infundirle confianza; ambas se comprendieron sin hablar.
—¿Con quién hablabas? —se interesó Alexa, en un mero intento por ignorar la presencia de Brian a su lado.
—Con Tiaré. Alejandro y ella ya han llegado a la villa.
—Oh, estoy intrigada por conocer a su canijo.
—Es muy agradable. Noah y él se cayeron muy bien cuando estuvimos en Sevilla, ¿verdad, mi amor? —le dijo mientras le tocaba el hombro.
—Sí, es un tío muy entretenido. Lo pasamos de lujo los días que estuvimos allí, y fueron además unos excelentes anfitriones.
—Y al hermano de Alejandro… deberías conocerlo, es modelo publicitario. Creo que podríais conectar —dijo Olivia, provocando adrede un ramalazo de ira en Brian
—. Es un rubiazo muy guapo.
—Por Dios, cómo es posible que la santa y correcta Olivia se haya atrevido a ponderar a otro hombre en presencia de mi caramelito preferido —Olivia se mordió el
labio inferior y puso los ojos en blanco—. No te enfades, que estoy bromeando; de todas formas, tu idea no me seduce ni un poquito. Para muestra un botón. Y otro
dandi con cabeza hueca y la entrepierna siempre lista no es lo que busco.
—Gracias por lo de dandi con cabeza hueca. Tú siempre tan peyorativa en tus descripciones. A estas alturas deberías saber que muy pocas cosas me ofenden.
—No, si ya sé que tienes la cara de piedra.
—Además, te recuerdo que las rubias no tienen mejor fama que los modelos, y según la gente sí mucho en común —le espetó mordaz Brian—. Con respecto a la
entrepierna, hasta hace poco no te quejabas.
—Brian, no estamos solos. —Olivia miró al chófer, que estaba intentando contener el acceso de risa.
—Yo no he empezado —contestó él a la defensiva.
—Oli, sabemos de sobra que la lengua de Brian y Alexa no tiene mesura. Así que no los provoques, cariño. Además, prometimos mantenernos al margen,
¿recuerdas?
—De acuerdo, Noah.
Un profundo silencio invadió el momento, pero pronto fue interrumpido por Alexa, quien, fiel a su esencia, no iba a dejar que la última palabra la tuviera él.
—El problema es que no solo la tenías lista para mí; es obvio que de tener exclusividad no me hubiera quejado.
—¡Alexa!
—¿Qué, Oli? No te hagas tantas cruces por lo que pueda escuchar el señor; yo no me las hago, y eso que soy la cornuda —continuó—. Uno debe asumir los títulos
que gana por idiota, y por enredarse con gente que no vale la pena. Yo asumo mis errores. No como otros, que intentan fabricarse una historia tan inverosímil que lo
único que les falta por decir es que los adormecieron con láudano para no recordar. Son verdaderamente asombrosas las leyendas que los inmorales pueden llegar a
inventarse con el único fin de que se los perdone por todos sus pecados.
—Te vas a tragar tus palabras, rubia. Este inmoral, como tú dices, te demostrará que no es tal, o al menos no lo fue el tiempo que estuvo contigo. —Él era un gran
libertino, pero estaba seguro de sus sentimientos por ella y tenía la plena seguridad de que cuando encajara las piezas del rompecabezas, todo lo que ahora no podía
explicar cobraría sentido.— Y cuando eso suceda —sentenció, tomándola por la barbilla y obligándola a que lo mirara—, te aseguro que no te alcanzará la vida para
arrepentirte.
—No, si de eso no me caben dudas, Brian Moore —rebatió ella mientras apartaba su mano—. No me alcanzará la vida para arrepentirme por haber caído en tu
juego. Parece que te olvidas de la forma en que te encontré.
Alexa no permitiría que notase su debilidad. Tenía los ojos acuosos, pero haría lo posible para no derramar ni una lágrima; jamás la habían humillado tanto como lo
había hecho Brian, y rememorar tan irreverente escena la quebraba por dentro.
—¡Basta! Basta, por favor, ya aburrís. Os oigo y parece que el tiempo ha retrocedido, y os aseguro que lo que menos quiero es que el tiempo vuelva atrás. Madurad
ambos y lavad los trapos sucios en privado; lamento el infortunado comentario tonto que se me ha ocurrido hacer.
—Pues hermanita, la próxima vez piensa antes de abrir tu boca.
—Te aseguro que lo haré, Brian —zanjó Olivia, harta de tanto drama.
Continuaron el viaje en silencio.
Llegaron a la villa, donde fueron recibidos con gran alegría y entusiasmo. Tras el almuerzo, las damas tenían prevista una sesión de spa, así que todas se fueron a la
ciudad para disfrutar de un día de acicalamiento, mientras los hombres se quedaron en la mansión enclavada en lo alto de las colinas de Austin, jugando al tenis y
disfrutando de la piscina y de la sala de juegos.
3
«Las almas ruines sólo se dejan conquistar con presentes.»
«Si quieres gozar de una buena reputación preocúpate por ser lo que aparentas ser.»
SÓCRATES
—Hola, Benji. Me tienes olvidada, pero como verás yo me encargo de recordarte que existo.
—¿Qué quieres, Julianne?
—¿A ti qué te parece que puedo querer?
—Te doy suficiente dinero, pago tus tarjetas, concedo todos tus caprichos.
—Una migaja para la fortuna que amasas. Lo que me das se lo gasta tu esposa en una tarde de compras, por no hablar de lo que significaría que se arruinasen los
planes que tienes para tu hijo. ¿Qué crees que diría si se entera de lo granuja que ha sido su padre al fastidiarle los planes con su novia?
—No abuses de mi generosidad y no te pases. No me amenaces.
—Benji, ¿cómo puedes creer que te amenazo? Es solo que me tienes olvidada y no lo soporto, cariño. Tal vez si me hicieras un regalito extra… ¿Sabes? He visto un
coche que me gusta mucho y quisiera cambiar el que tengo.
—Es lo último que te concedo: depositaré el dinero en tu cuenta.
—Sé generoso, Moore. Así no tendré que molestarte tan a menudo.
—Te he dicho que es lo último. Lo que te doy mensualmente es más que suficiente.
—Yo decido qué será lo último. El apartamento que me has comprado no se mantiene solo, y mi forma de vida ha tenido cambios sustanciales; además, quiero verte.
—Julianne, estás abusando.
—Cariño, no quiero pensar que me usaste. Me hiere pensarlo. Antes de que consiguieras, con mi ayuda, que Brian se alejara de esa chica, eras más generoso
conmigo, y juntos nos divertíamos mucho más que ahora. Me siento recluida en este apartamento; me alejaste de la empresa porque Brian no debía verme allí y, por si
fuera poco, me privas de ti. ¿Cuándo me vendrás a ver?
En aquel momento Geraldine entró en la sala.
—De acuerdo, hablo con mi administrador para que obtenga su pago cuanto antes y así podamos finiquitar la transacción. Con respecto a su cita, mañana mismo le
digo a mi secretaria que haga un lugar en mi agenda para concedérsela, y así tratamos esos temitas pendientes.
—Cómo me gusta pensar que ella está cerca. Me excita y sé que a ti también —se rio sonoramente—. Por cierto, me he enterado de que estuvo en California de
compras por Rodeo Drive, y me dieron muchos celos; yo también quiero comprarme ropa allí. Después de todo, lo merezco más que ella y estoy segura de que nada de
lo que se pueda poner le quedará como a mí.
—Eso es indiscutible.
—Me gusta saber que no te hace tan feliz como yo. No seas malo, ven a verme pronto, ¿adivinas, Benji, dónde tengo mi mano en este momento? Sí, cariño, oigo tu
respiración y te aseguro que no te equivocas. Está exactamente donde te la estás imaginando. No sabes lo húmeda que estoy, y es por ti; estoy segura de que tu
entrepierna en este momento también está palpitando.
—Un placer seguir haciendo negocios con ustedes. Nos vemos muy pronto.
—Ven esta noche. Añoro dormir junto a ti. Estoy segura que tú también añoras aferrarte a unas caderas firmes y no a su carne fofa y caída. Me vestiré tan solo con
unas gotas de tu fragancia preferida, y no tendrás que dormir rodeado del aroma a cremas anti-age.
—Buenas noches. Mi secretaria lo llamará.
—Te estaré esperando, Benji, como siempre. Dime si vendrás.
—Perfecto, lo haré —le contestó en un tono neutro (Benjamin Moore era muy bueno disimulando).
—¡Qué feliz me haces, cariño! Estoy ansiosa por que llegues. No vengas muy tarde. ¿Quieres que te espere para cenar juntos?
—No es necesario.
—Oh, me hubiera hecho ilusión. Está bien, pero que no sea muy tarde, ¿eh?
—Haré todo lo posible. Adiós.
Tras un larguísimo día en La Soledad, todos se retiraron temprano para un merecido descanso.
Alexa se alojaba en la habitación que había ocupado el tiempo que había vivido en la finca con Olivia. Se sentía agobiada. Eran demasiados recuerdos y pesaban
mucho, pero su amiga bien merecía el esfuerzo. Oli más que nadie era merecedora de los días felices por los que estaba atravesando. «Serán solo unos pocos días —
intentó convencerse una vez más, como cada día desde que se enteró de dónde sería la boda—; simplemente tengo que centrarme en ignorarlo y todo pasará pronto.»
Cerró los ojos tras meterse en la cama y un estremecimiento le recorrió todo el cuerpo; era muy difícil no abrigar sentimientos y sensaciones cuando se encontraba
precisamente en el sitio donde todo había comenzado. Recordó la primera vez con Brian. Él se comportó como un energúmeno —«como lo que es», pensó de inmediato,
y al instante juzgó que tal vez hubiera sido oportuno pedir que le preparasen otra habitación, pero eso habría comportado que Brian se diera cuenta de que aún sentía
algo por él, y bajo ningún concepto dejaría que nadie notara su debilidad por ese imbécil, del que debía olvidarse cuanto antes.
Dio la vuelta a un lado y otro, pero en esa cama era imposible no pensar en él. Evocaba los momentos compartidos como un rayo de sol al amanecer que se colaba
sin pedir permiso. Los susurros entre jadeos no tardaron en hacerse presentes, como si las paredes estuvieran impregnadas por ellos. Hasta fue capaz de oír las palabras
que dijeron mientras se amaban —recordó las que fueron calladas porque no eran necesarias— y también sentir las sensaciones que vivió: notó en su cuerpo las caricias,
los besos, y en su delirio creyó volver a experimentar la fatiga de sus cuerpos tras haberse amado desmedidamente. Pero era consciente de que recordarlo no era
comparable con experimentarlo.
Añoraba las sensaciones que Brian producía en su cuerpo, la serenidad que encontraba en su pecho y la seguridad que probaba entre sus brazos.
En aquel momento, invadida por un ramalazo, lanzó un largo suspiro, y solo entonces permitió que las lágrimas aparecieran. Enfadada consigo misma, afligida por
una enorme tristeza, no pudo evitar el deseo de que todo hubiera sido diferente.
—¿Por qué, Brian? ¿Por qué no pudiste sentir y comprometerte con la relación al igual que yo?
Sin encender la luz, se levantó y abrió la contraventana para salir a la terraza: necesitaba aire. Sentía que allí dentro se estaba asfixiando.
Otra ráfaga de recuerdos volvía a invadirla —todo parecía un interminable déjà vu— cuando lo vio apoyado en la barandilla fumando. Brian la miraba fijamente
mientras le daba una fuerte calada al cigarro. Estaba como aquella vez, solamente vestido con ropa interior, y Alexa sintió ganas de adorar con la vista su cuerpo
torneado. Aquella aura de intensa potencia masculina era desmedida. Había una perfección absoluta en cada línea de aquel cuerpo varonil, desde los firmes músculos de
las piernas hasta los hombros anchos y los bíceps, pasando por el tórax y la espalda. Tozuda, Alexa giró la cara para ocultarse entre las sombras y secó con disimulo las
lágrimas. Ambos permanecieron en silencio, sin hacerse caso durante algunos minutos y sumidos en sus propios pensamientos. Hasta que él decidió hablar:
—Te echo de menos.
Ella no contestó, pero él continuó hablando. Alexa no quería mirar hacia Brian, así que concentró su vista en la nada, en la inmensidad de la noche.
—Sé que me oíste en el avión, pero quiero contártelo yo mismo: voy a presentar mi tesis, quiero mejorar y dejar la carrera de modelo. Me he propuesto cambiar la
vida que llevo, darle otro enfoque. Quiero ser digno de ti.
—Es tarde para todo. Haz lo que te plazca pero no me tengas en cuenta en tus planes. Yo ya no formo parte de tu vida y nunca volveré a tener algo contigo.
Advirtió el calor de su cuerpo, la tibieza que irradiaba; aunque no lo miraba, sabía que estaba muy próximo a ella porque podía sentir su aroma masculino mezclado
con su perfume. Temblorosa, volvió la vista hacia él y le sostuvo la mirada. Ansiaba que entendiera que ella no tenía dudas de que todo había acabado.
—Te echo de menos —volvió a decir él, instigándola con su aliento.
La tomó de la barbilla y las sensaciones, placenteras y palpitantes, parecieron surgir de las manos masculinas allí donde la palpaba. Luego la rozó con sus carnosos
labios en la mejilla, en la nariz, en la unión del cuello y por todo su rostro. Apartándose levemente, la miró a los ojos; clavó su mirada azulina en sus iris verduzcos sin
decir nada. Luego, se retiró y la dejó tambaleante. A continuación, paseó su vista por todo su cuerpo con ansia y se percató de su excitación. Levantó la mano y con su
dedo índice le recorrió el cuello, bajó hasta su escote y por encima de la seda del pijama presionó la punta de uno de sus pezones, que se advertía erecto y punzante.
—Sé que me extrañas tanto como yo a ti, pero también sé que no te das permiso para ceder. No te culpo. Haces bien. Me gusta que seas así, orgullosa, difícil,
íntegra. Alexa, te prometo que me convertiré en alguien digno, y entonces te demostraré que soy el hombre que esperas que sea. Te demostraré que puedo amarte sin
condiciones y que tú también puedes amarme sin temor a equivocarte. Seré paciente. Me ganaré tu amor y tu respeto.
Le dio un beso en la comisura de los labios mientras enredaba sus dedos en sus mechas y con el pulgar le acariciaba la mejilla.
—Seré todo lo que anhelas.
Tras pronunciar esas últimas palabras dio media vuelta y se marchó, dejándola con el pecho agitado y con una sensación de la que sabía que sería difícil despojarse.
Brian Moore era su amor y quería creerle, pero su sentido común le decía, como al principio de todo, que a su lado nada sería como él insinuaba. Conocía muy bien a
los tipos como él. «Esa clase de hombres no cambian, tan solo descansan; ya lo comprobaste en el pasado —se dijo mientras tragaba saliva—. No caigas otra vez en sus
encantos, no te dejes llevar por las frases que ha dicho. Es un gran mezquino que únicamente piensa en su satisfacción y sabe muy bien lo que una mujer desea escuchar.
No lo permitas, no dejes que vuelva a hacerte daño.»
Giró sobre sí y entró en la habitación con poca convicción pero decidida a no ceder.
4
«Ella está vestida de fuerza y dignidad, y se ríe sin temor al futuro.»
PROVERBIOS 31:25
Alexa se había encargado de evitar a Brian los días posteriores al encuentro en el balcón de La Soledad, y no era extraño que lo hubiera logrado, ya que la casa era lo
suficientemente grande para que pudiera hacerlo.
La intensa actividad en la finca desde que habían llegado había marcado el correr de los días, razón por la cual el jueves pareció llegar muy pronto. Los organizadores
de la boda habían llegado a La Soledad y desde muy temprano estaban preparándolo todo; la casa había perdido la calma que siempre reinaba en ella. Habían comenzado
a llegar las flores y todo lo necesario para montar una fiesta a la que asistirían no más de cien personas, el círculo más íntimo de la pareja.
Esa mañana Brian entró en la cocina para desayunar. El aroma a café flotaba en el aire y era ciertamente tentador. Allí se encontró con Alexa y Crall, que charlaban
animadamente. Ella no se preocupó en disimular cuando él llegó. Continuó con el mismo tono insinuante con el que estaba hablándole al agente del FBI, que se mostraba
interesado también. Collin se había quedado con las ganas con la rubia, y como todo hombre que se precie, no pensaba quedar como un tonto sin intentar seducir a
Alexa. Después de todo, Brian Moore no era su amigo; simplemente lo conocía a través de Noah, así que no tenía por qué tenerle lealtad. Además, la rubia le había
dejado bien claro que entre Moore y ella todo había terminado y no existía la más mínima posibilidad de una reconciliación.
Brian pasó directamente a servirse una taza de café y luego se acomodó al lado de Alexa, mirándola con una arrogancia abrumadora.
—Es desagradable ver cómo te ofreces descaradamente —le dijo con ironía, como si se tratara de un razonamiento intranscendente.
—Pero ¡¿quién te crees que eres para hablarme así?!
Brian volvió su vista hacia el agente del FBI, ignorándola, mientras que a este lo miró con furia, sin preocuparse en disimular su mal humor; aunque sabía que ya no
tenía derecho a reclamar nada respecto a Alexa, se resistía a que así fuera. Regresó lentamente la mirada hacia ella y le espetó sonando muy seguro:
—Creo simplemente que aún soy el que te calienta y el que te hace hacer cosas estúpidas. Por ejemplo, regalarte como carne podrida por el solo hecho de demostrar
que ya no te importo.
—Lo tuyo es el colmo del egocentrismo y la desfachatez.
Collin Crall se dio cuenta de que estaba de más y, demostrando su sagacidad, se levantó sin que ellos ni siquiera lo advirtieran, porque ya estaban enzarzados en una
discusión en la que no le interesaba participar. Se retiró del lugar para dejarlos solos.
—Déjame corregirte. No es egocentrismo, es confianza en mí mismo y es plena convicción acerca de tus sentimientos.
—Pues déjame sacarte de tu estúpido error: tú ya no significas nada para mí.
—¡Mentirosa! La otra noche en el balcón sentí claramente cómo te estremecías con mi tacto.
—Eso no es cierto. Simplemente me cogiste por sorpresa y… ya no me interesa continuar con esta estúpida discusión. ¿Es que ni siquiera puedes comportarte y
pensar que estamos a horas de la boda de tu hermana? No todo gira en torno a ti. Los protagonistas de lo que aquí se está gestando son Olivia y Noah.
Alexa se puso de pie para intentar escapar de él, pero Brian no estaba dispuesto a dejarla. La tomó por la muñeca y la retuvo contra su voluntad. Ella forcejeó con
determinación para zafarse. Él se le acercó de manera amenazadora y la obligó a apretarse contra la pared.
—Mientes, y lo haces muy mal. Te conozco demasiado. El tiempo que estuvimos juntos me aprendí de memoria los tonos de tu respiración. Incluso aunque no la
oyera me bastaría con mirarte a los ojos, porque ellos te delatan.
—¡Basta! No quiero seguir escuchándote. Eres exasperante y muy corto de memoria. Pero por suerte la mía funciona muy bien. Puede, como dices, que tu cercanía
todavía me estremezca, pero estoy más que dispuesta a remediarlo, porque no mereces que nadie se sienta así por ti.
Su mirada no se apartaba de ella, y habían desaparecido el desafío intrépido y el deleite presumido, suplidos con algo feroz y poderoso rápidamente reconocible:
deseo.
Alexa puso las manos en su pecho para alejarlo, pero él no se mostraba dispuesto a dejarla ir. Sus brazos parecían bandas de acero que la encerraban. Durante un
momento pensó en que su cercanía no era sana para ella; su cuerpo macizo, caliente y musculoso se cernía pretencioso sobre el suyo y ella lo añoraba tanto que no
encontraba la voluntad para apartarse. Se odiaba por ello; se odiaba por permitirle que le quitara toda su dignidad. Brian afirmó su cuerpo contra el de Alexa, la tomó de
la nuca y se adueñó de su boca. Ella consideró abrirla para volver a probar sus besos, pero sabía que si hacía eso quedaría devastada. Continuó forcejeando con él, pero
Brian Moore no estaba dispuesto a ceder, encaprichado en tomar lo que tanto ansiaba, lo que tanto añoraba. Sin embargo, Alexita no era precisamente una carmelita
descalza y sabía imponer muy bien su voluntad.
—No quiero saber nada más de ti. Déjame en paz. No creo más en ti, Brian. Lo arruinaste todo, no soy tu juguete.
—No pretendo que lo seas, te juro que no. Te extraño, me vuelvo loco de pensar que puedas estar con otro hombre, me desquicia creer que puedes olvidar mis besos
y mis caricias.
—Cuando metiste a «esa» en tu cama no te importó demasiado lo que podía pasar.
—Te equivocas. Te lo he dicho mil veces. Por qué no quieres creerme. Casi me morí cuando me desperté a su lado; por eso no entiendo cómo pudo haber ocurrido.
Enjaulándola entre sus largos brazos, asaltó su boca nuevamente y erosionó con su lengua el borde de su labio inferior una y otra vez para proporcionarle el contacto
que ella anhelaba tanto como él. Aquella embestida pareció demoler la estabilidad de Alexa e hizo que el deseo la golpeara duramente. Fiel a su esencia, no estaba
dispuesta a dejarse doblegar por la debilidad que él le provocaba, así que se exigió luchar para apartarlo. Sin embargo, una severa voluntad constituía una gran fuerza
disuasoria para no permitirle actuar, y Brian continuó lamiendo sus labios, mordiendo su mandíbula y chupando la unión entre su maxilar y su cuello; no podía
detenerse, estaba ansioso por acceder más a ella, así que desplegó sus manos y expertamente le recorrió la columna vertebral hasta provocarle un escalofrío de placer que
hizo estremecer todo su cuerpo. Hábilmente, retomó el camino y regresó a su boca, volvió a lamerla, a perder sus labios entre los suyos… Ansiaba con desesperación
que ella entendiera cuánto necesitaba sus besos; con la misma ansiedad, bajó sus manos hasta su derrière y las desplegó por las nalgas para dejarlas descansando en sus
muslos y atraerla con ese movimiento más hacia él.
Tras darse cuenta de que la lucha por alejarlo era infructuosa, y tras comprobar que ella era presa del mismo deseo, dejó de luchar, pero en el momento en que se
aprestaba a ceder y a permitirle que escanciara su lengua con total autonomía, Noah y Olivia entraron y los obligaron a detenerse.
—Oh, no sabíamos que estabáis aquí —dijo Oli sin poder disimular la extrañeza por encontrarlos besándose, cuando creía que volver a verlos juntos sería
inimaginable.
Muy pocas cosas provocaban que Alexa se ruborizara, pero después de haber jurado y perjurado que no volvería a caer en los encantos de Brian Moore, la situación
encendió sus mejillas de un rojo incandescente. Brian hacía que se sintiera humillada. Aprovechó la confusión y se apartó de sus brazos; afectada, salió casi corriendo de
la cocina.
Brian se metió una mano en el bolsillo, frustrado y con ansias de salir tras ella, pero se contuvo y con la otra mano se mesó el cabello.
—Lamentamos la interrupción —se disculpó Noah sin mucho sentido.
—¿Habéis hecho las paces? —preguntó Olivia incrédula.
—¿Te parece que en ese caso se hubiera ido así? No, Olivia, solamente ha sido un beso robado y a la fuerza.
—Sabes que te quiero, Brian, pero no deseo que continúes haciéndole daño. Tal vez sería bueno que te alejaras de ella y le permitieras continuar con su vida.
Últimamente la veo apagada, sin ganas de nada, y lo peor de toda esta situación es que ha corroído nuestra amistad: por ser tu hermana ella ha dejado de confiar en mí
como lo hacía antes, ha levantado un muro entre ambas imposible de derribar y no me permite acercarme.
—Y para variar, soy el culpable.
—Creo que tu hermana solo quiere lo mejor para los dos. Comprende que hemos quedado justo en medio de esta situación.
—Noah, sabes perfectamente que jamás sentí nada importante pon ninguna mujer. Con Alexa es diferente, no puedo alejarme. No voy a darme por vencido hasta
reconquistarla.
—Pero hiciste mal las cosas. No soy quién para juzgarte, pero ella confió en ti y la defraudaste. Mierda, Brian, no quiero decírtelo nuevamente, pero te comportaste
como un capullo con Alexa.
—Lo sé y por eso quiero remediarlo.
—No veo la manera. El tiempo no vuelve atrás para deshacer tus acciones —dijo Olivia de forma hiriente—. Solamente eso podría cambiarlo todo.
En ese instante entró Ana.
—Por fin os encuentro. Olivia, Brian, han llegado vuestros padres.
—¡Tan temprano! —dijo Brian y cerró los ojos mientras suspiraba con desdén—. Espero que papá no la tome conmigo como cada vez que nos encontramos. No
quiero arruinarte el día, Oli, pero no estoy de humor para sus reproches.
Olivia le dio un beso a su hermano para darle ánimos; luego se colgó del brazo de ambos hombres y salió escoltada por ellos a recibir a sus padres.
Cuando llegaron a la sala, la sorpresa invadió a ambos hermanos: los Moore no estaban solos. Los acompañaba una joven a la que Olivia no dudó en abrazar.
—Rebecca, no me lo puedo creer. ¡Qué sorpresaaaaa!
—Perdón por venir sin invitación. Llegué anoche de Londres. Los tíos no sabían que venía y ni tu madre ni tu padre permitieron que me quedara. Insistieron en que
los acompañara.
—No te disculpes. Me encanta que estés aquí. Tú no necesitas invitación. Eres de la familia, Becca. Lamenté mucho que no pud

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