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Libro PDF Nada es lo que parece Mar Carrión

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La calefacción central mantenía la atmósfera del Cleveland Tribune a una temperatura agradable, pero Zoe sudaba mientras recorría los pasillos de la redacción. La rabia
había hecho morada en su estómago. Desde hacía casi veinticuatro horas reprimía el impulso de liarse a patadas con lo primero que pillara en su camino. Vio a Rebecca
Munt moviendo los dedos frenéticamente sobre el teclado de su ordenador y deseó convertirla en el objeto de todas sus frustraciones. Era una persona muy pacífica,
jamás se había metido en una pelea, pero Rebecca era una mujer odiosa y ella estaba muy cabreada.
Pasó de largo y saludó a algunos de sus compañeros mostrándoles una sonrisa forzada que no le llegó a los ojos. No contestó a sus preguntas, ya tendrían tiempo
de enterarse de lo que le había sucedido. La mayoría eran buenos compañeros, en la redacción se respiraba un ambiente de camadería que facilitaba el trabajo pero, como
en todos lados, en el Cleveland Tribune también tenían cabida los trepas, los lameculos y los que se alegraban de las desgracias ajenas. Allí tenían a dos, a Rebecca Munt
y a Joseph Murray. En cuanto su fracaso llegara a sus oídos organizarían una fiesta.
Continuó el avance hacia la oficina del jefe de redacción sin detenerse, los pasos inseguros coreados por el ruido de los teclados y los nudillos blancos de tan fuerte
como agarraba la correa de su bolso.
Intentó cuadrar los hombros frente a la puerta de Edward Crowley y contó hasta cinco. Solía contar hasta cinco cuando tenía que enfrentarse a un problema.
Podría parecer una estupidez pero a ella siempre le daba fuerzas.
Las primeras palabras de Crowley sonaron con su habitual aspereza.
«Pasa, pasa, no te quedes en la puerta. ¿Qué tal por tierras Neoyorkinas? Espero ansioso el material jugoso que me traes. Vamos, siéntate».
El miedo se le atascó en la garganta cuando Zoe trató de tragar saliva. Sentía un temblor fino en las manos mientras su jefe se rascaba la calva brillante y
acomodaba sus más de cien kilos en su sillón giratorio. Los ojos castaños de mirada desabrida la miraron, invitándola a que hablara. Zoe sabía que en cuanto abriera la
boca y lo pusiera al corriente de lo sucedido, sus grandes mofletes tornarían del blanco al rojo carmesí y la vena desinflada de su sien se hincharía hasta amenazar con
reventar y llenarlo todo de sangre.
Suspiró y apoyó las palmas sudadas de las manos sobre el inicio de sus muslos. Rehusó sentarse, si tenía que echar a correr llegaría antes a la puerta si se quedaba
de pie. Se aclaró la garganta y lo soltó con rapidez. Siempre hablaba deprisa cuando estaba nerviosa.
—No he conseguido la entrevista.
—¿Que no has…? —Su entrecejo comenzó a fruncirse—. ¿Te puedes explicar?
—Por supuesto. Eden Peterson es una… cría mimada y consentida que se cree con el derecho de menospreciar el trabajo de los demás y de saltarse sus
compromisos cuando le viene en gana.
—No eches balones fuera. Ya sabemos todos cómo es Eden Peterson. Lo único que me interesa saber es por qué estás aquí con las manos vacías.
Ahí estaba. El tono rubicundo de sus mejillas ganando furor.
—¿Que por qué? Pues porque a pesar de que mantuve una charla muy airada con el jefe de prensa de Eden y la seguridad del Hilton estuvo a punto de ponerme
de patitas en la calle, no conseguí que la gran estrella saliera de la cama del tío con el que pasó la noche para cumplir con sus compromisos con la prensa. —Notando que
se exaltaba, respiró profundo y prosiguió—. Hice todo lo que pude. Solo me faltó entrar en la habitación e interrogarla mientras mantenía relaciones sexuales.
Lo miró con ojos suplicantes pero la vena de la sien de Crowley comenzó a hincharse como un zepelín.
—¿La seguridad del Hilton estuvo a punto de ponerte de patitas en la calle? —Su mirada entornada le puso los pelos de punta.
—Es un decir. —Se encogió de hombros, no iba a relatarle con pelos y señales sus peripecias para que Eden la recibiera—. Me refiero a que hice todo lo
humanamente posible, pero su séquito la tiene tan protegida que no cuestiona su falta de profesionalidad. Estoy… furiosa. —masculló con los labios tensos.
—Qué puñetero desastre. —Crowley se pasó una mano por la calva y se la frotó con sus dedos gordos como salchicas—. ¿Cómo demonios vamos a reparar esta
catástrofe? ¿Con qué rellenamos ahora los contenidos? —Echó un vistazo agitado a su reloj de pulsera—. ¡Faltan cuatro horas para pasar por imprenta!
—Me ocuparé de todo. Echaré mano de mis fuentes y conseguiré una entrevista con algún actor local. Samantha Perkins gana cada día en popularidad. Tal vez no
se encuentre en la ciudad pero puedo telefonear a su agente y entrevistarme con ella telefónicamente. —Procuró que su voz sonara animosa pero el semblante de
Crowley se revenía por segundos.
—¿Samantha Perkins? ¿Cómo vamos a conformarnos con la guinda cuando hemos tenido la ocasión de disfrutar del pastel entero? No quiero a Perkins, ¡joder!
Prometiste una entrevista con Peterson y deposité toda mi confianza en ti. Pero la has cagado. ¿Qué se supone que tengo que hacer ahora?
Zoe se mordió los labios antes de responder con tiento.
—¿Permitirme que repare la situación? Ya sé que Perkins no está al nivel de Peterson pero aquí en Cleveland es muy querida. —La decepción asolaba los rasgos
de Crowley y presumiendo que andaba en la cuerda floja, Zoe se apresuró en convencerle de su valía—. Hay famosos mucho más interesantes que Eden, removeré cielo
y tierra para entrevistarme con ellos. Yo… siempre consigo lo que quiero.
«¡No titubees!»
—Necesito pensar. Me harías un grato favor si te largaras de mi despacho y te tomaras la tarde libre.
—¿Así que… no quiere a Samantha?
—No, joder. ¡Claro que no! —Apoyó sus grandes manazas sobre la superficie de la mesa y se puso en pie. Los botones de su camisa a punto de reventar. —
Desaperece, ¡vamos!
Las piernas se le aflojaron como espaguetis cocidos. No podía marcharse de allí con la incertidumbre de un despido pendiendo sobre su cabeza. No hacía mucho
que trabajaba en el Cleveland Tribune —seis meses, una semana y cuatro días—, pero conocía lo suficiente al editor jefe para temerse lo peor. Nunca lo había visto tan
enfurecido.
Crowley abrió la puerta de un tirón y la invitó a que le precediera. Algunas cabezas se alzaron de las pantallas de sus ordenadores para centrar la atención en
ambos.—
¡Sophia! —Su compañera de la sección de cultura alzó los ojos castaños y los fijó en el editor jefe—. Reúnete conmigo de inmediato.
Zoe sintió que se reducía a la mitad. Todas las miradas estaban clavadas en ella y todas parecían estar preguntándole: «¿Qué has hecho para cabrear así a
Crowley?».
Cuadró los hombros y se aferró a su dignidad mientras hacía ahora el recorrido inverso. Al pasar junto a la mesa de Rebecca, su sonrisa burlesca le calentó tanto la
sangre que el pequeño diablo —o no tan pequeño— que anidaba en su interior se hizo cargo de la situación. Zoe quiso detenerlo pero no pudo, ¡era muy rápido e
impulsivo! Fingió una torcedura de tobillo y golpeó premeditadamente el vaso de plástico que Rebecca tenía encima de la mesa. El agua se derramó sobre ella y le
empapó parte del pecho y del regazo. La fina tela de su suéter blanco se le adhirió a la piel y evidenció que no llevaba sujetador. El pezón oscuro se dejó ver, fruncido y
despuntando contra la lana barata.
—¡Oh, Dios mío! Cuánto lo siento. —Zoe colocó el vaso vacío en la posición correcta y apretó los dientes para evitar una carcajada—. Estos zapatos nuevos me
están matando, no consigo dominar los tacones.
Rebecca la observaba con una mirada fulminante que se acentuó al escuchar las risitas de algunos de sus compañeros.
—Lo has hecho adrede. —La acusó.
—¿Yo? ¿Pero qué dices? En serio, nunca compres zapatos de tacón en esa tienda que hay a dos manzanas de aquí, en la calle diecisiete.
Aquella pequeña venganza hizo aflorar una exigua sonrisa a sus labios mientras se dirigía a la zona de ascensores, pero en cuanto puso los pies en la calle y
contempló el triste paisaje invernal, los diferentes tonos de grises se le colaron en el alma y su humor cayó en picado.
Durante esos seis meses había visto entrar y salir a un gran número de reporteros y periodistas que no habían cumplido con las exigencias de Edward Crowley.
Por motivos menos importantes que el suyo los había puesto de patitas en la calle. Zoe no quería perder ese empleo, era el mejor que había tenido nunca. Todos los
pasos que había dado desde que se licenciara en la Universidad estatal habían estado encaminados a trabajar en un periódico de tanto prestigio como el Cleveland
Tribune. Y ahora su futuro como redactora de la sección de cultura estaba a punto de irse al garete por culpa de la maldita Eden Peterson. Esperaba que al menos hubiera
echado una sucesión de malos polvos con el maldito Nick Rayner.
Se ajustó la bufanda alrededor del cuello, metió las manos en los bolsillos de su abrigo y se quedó mirando su Honda Scoopy. ¿Volvería a estacionarla alguna vez
allí? No podía regresar a casa con aquel humor de perros o lo pagaría con quien menos se lo merecía. Aunque por otro lado, no estaría tan mal… Echó a andar en
dirección a la calle veintiuno, donde se hallaba el café Phoenix. Sabía que una infusión relajante le vendría bien y, de paso, le aquietaría los nervios para enfrentarse a lo
que le aguardaba en casa.
En cada intersección, el viento húmedo y gélido que soplaba desde el lago Erie la hacía tiritar aunque no solo temblaba de frío. ¡Qué situación tan injusta!
Se demoró entre las diáfanas cristaleras de la cafetería hasta que empezó a oscurecer. El trayecto hasta casa era corto. Residía en un apartamento en la Avenida
Chester, frente a la plaza Perk. Era una vivienda pequeña y ruidosa pero al menos era soleada y el alquiler era bastante barato en comparación con otras de la zona. Era
todo cuanto podía permitirse. Sus ahorros de los últimos años se los había quedado su madre con sus constantes entradas y salidas de las clínicas.
Se encaramó a la motocicleta, se colocó el casco y salió a la calzada. A los pocos minutos abría la puerta de casa y las risitas de la nueva chica de su hermano le
dieron la bienvenida. Zoe puso los ojos en blanco al tiempo que cerraba la puerta con el tacón de la bota.
Habían acampado en su salón. Aidan y Lorraine se hallaban repantigados en su sofá, con los pies apoyados en su mesa de café repleta de envases vacíos de
comida china. Se estaban devorando la boca mientras la televisión emitía un documental sobre astronomía al que no le prestaban la menor atención.
Carraspeó tan fuerte que se hizo daño en la garganta. Ambos levantaron la cabeza y la miraron con sorpresa.
—¡Zoe! No te habíamos escuchado llegar. ¿No deberías estar trabajando? —Le preguntó Aidan, sin apenas inmutarse.
—Me he tomado la tarde libre. —Soltó el bolso sobre el sillón orejero, —el mobiliario de aquella casa no era excesivamente moderno— y se desprendió del abrigo
—. ¿Podríais quitar los pies de la mesa si no es mucha molestia?
La joven obedeció de inmediato. Aidan se tomó su tiempo.
—Pareces cabreada, estás a punto de echar humo por las orejas. ¿Ha ocurrido algo?
—Y de paso, estaría bien que recogierais todos esos envases vacíos y los despositarais en el cubo de la basura.
Zoe se dirigió a la cocina. Escuchó los pasos de su hermano a su espalda.
—¿Qué mosca te ha picado? Tú no sueles ser tan borde. —Aidan rodeó la isleta y se colocó delante mientras ella se servía un vaso de agua—. Creo que deberías
disculparte con… —Se detuvo como si hubiera olvidado su nombre—… con Lorraine. Esa no es forma de tratar a una invitada.
—Oh, por favor. —Puso los ojos en blanco y se llevó el vaso a los labios—. No creo que te importe lo más mínimo cómo trate o deje de tratar a esa chica.
¿Cuántas van ya en el último año? He perdido la cuenta pero Lorraine debe de hacer la número diez.
—En realidad, ella es mi número doce.
Zoe meneó la cabeza y dejó el vaso ya vacío sobre el fregadero.
Levantó la vista para mirar a su hermano de frente. Pese a todo lo que no le gustaba de él, y eran bastantes cosas, lo adoraba. Él era todo cuanto tenía. Lo veía
esporádicamente, cuando aparecía por Cleveland de visita y se quedaba unos días en su apartamento. Pero no era suficiente, menos todavía cuando se traía a alguno de
esos ligues que no llegaban a ningún sitio. Sentía que estaba enfadada con él de manera permanente por haber elegido un estilo de vida tan nómada, despreocupado e
irresponsable.
—Pues ésta será a la última que conozca. No quiero que traigas a más chicas a casa, a no ser que algún día decidas entablar con alguna de ellas una relación seria y
madura.—
Vaya si estás cabreada —murmuró con incipiente deje burlón—. ¿Problemas en el trabajo? Tú no sueles tomarte ni un minuto libre ni aunque te lo ordene el
médico. ¿Me cuentas qué ha pasado? —Agarró una manzana del frutero y le dio un bocado.
—No me apetece hablar de eso. Voy a tomar algo ligero y me iré a la cama pronto.
—No es bueno para la salud irse a la cama enfadada.
Aidan le dio un toquecito en el hombro para ablandarla mientras sus ojos oscuros, tan parecidos a los suyos, le sonreían desde arriba con ese aire embaucador que
tan infalible le resultaba con todo el mundo con el que trataba. Incluída ella.
Zoe aflojó la tensión y cargó el peso de un pie a otro.
—Hablamos mañana, ¿vale? He tenido un día de mierda y no me apetece sacar el tema. Intentad no hacer demasiado ruido, ¿de acuerdo? —Le arrebató la manzana
y le dio un bocado antes de devolvérsela.
Apagó la luz del dormitorio cuando sintió que los párpados le pesaban como losas y las letras de la novela que descansaba sobre su regazo se desenfocaban. Sin
embargo, una vez a oscuras y hecha un ovillo bajo el grueso edredón, le costó conciliar el sueño. El día siguiente sería decisivo en su futuro laboral más inmediato y las
preocupaciones se le soldaban al estómago formándole un nudo angustioso. Se desveló por completo cuando los murmullos de éxtasis de la pareja que yacía en la otra
habitación traspasaron los endebles muros y resonaron en su dormitorio.
¿Estaban…?
¡Y tanto que sí! Agarró la almohada con gesto furioso y con ella se apretó la cabeza contra el colchón, pero los gemidos crecieron y también atravesaron la espuma
viscoelástica que le servía de amortiguador.
—Dios mío… Lo que me faltaba —gimoteó impotente.
Las mujeres adoraban a Aidan y él adoraba a las mujeres. Se pegaban a él como las moscas a esas cintas adhesivas en las que quedaban atrapadas. Poseía un
atractivo fuera de lo común, un cuerpo de infarto y una habilidad innata para seducir al sexo opuesto. El problema es que luego se deshacía de ellas y les rompía el
corazón. Una vez, hacía muchos años, se lo habían roto a él y desde entonces parecía que la única forma de resarcirse era ocasionando el mismo daño que le habían
infligido.
Los gemidos de Lorraine se acentuaron al compás de su desesperación. Una de dos: o Adian era un amante de matrícula de honor o ella era una exagerada.
Aunque hacía más de un año que no mantenía relaciones sexuales tampoco las echaba de menos, pero después de la velada con Nick Rayner… Si se hubiera ido a
la cama con él ahora no estaría muerta de la envidia, tendría su entrevista con Peterson y Crowley no andaría pensando en despedirla.
¡Qué imbécil había sido!
Cansada de que aquello no pareciera tener fin, Zoe dio unos golpecitos con los nudillos en la pared, por encima del cabezal de la cama, y los sonidos del placer
menguaron.
Abandonó el apartamento por la mañana temprano. Ni siquiera desayunó. Se dio una ducha, se vistió y salió en estampida a la fría mañana que ya despertaba para
evitar cruzarse con sus invitados. Le daba vergüenza que supieran que los había escuchado, aunque a ellos seguro que les importaba un pimiento.
Como todavía era demasiado pronto para acudir a la redacción, cruzó las sombras azuladas de la ciudad en su Honda Scoopy hacia la cafetería Phoenix. Los
primeros clientes ya disfrutaban de un copioso desayuno especialidad de la casa, pero Zoe solo pidió un café y un par de tostadas aderezadas con mermelada. El
periódico de la competencia, el The Cleveland Post, ocupaba un tercio de su mesa. Mientras le servían, fue hojeando las páginas con desinterés aunque no estaba en
situación de menospreciarlo, lo mismo tenía que llamar a sus puertas para que le ofrecieran un empleo.
Paladeó las tostadas y saboreó el café con lentitud. Sus dedos pasaban las hojas sin prestar atención porque su mente estaba centrada en la conversación pendiente
con Crowley. Sin embargo, cuando llegó a la sección de cultura, la resplandeciente sonrisa de Eden Peterson le hizo dar un respingo sobre la silla. Se inclinó hasta
hincarse el canto de la mesa en el estómago. La información llegó a ella en tromba.
Tenía delante de las narices una entrevista que ocupaba dos páginas del periódico y que había sido realizada en el hotel Hilton de Time Square por un periodista
que se llamaba… Nick Rayner. Deslizó la mirada hacia la pequeña fotografía que había a pie de página junto a su nombre y el café que había bebido le subió hasta la
garganta.
—No puede ser cierto —musitó, con la voz ahogada.
Durante algunos segundos, paseó una mirada rápida y desesperada por el conjunto de letras, hasta que alzó la cabeza como si la tinta negra fuera a dejarla ciega.
Una mezcla de rabia y desolación la hicieron temblar como si un terremoto estuviera asolando la ciudad.
¡Menudo desgraciado!
«Cerdo, malnacido, hijo de… »
—…puta. —Soltó la palabra como un proyectil.
Aquello no iba a terminar así. ¡Desde luego que no! Aquel miserable se iba a enterar de quien era Zoe Carpenter.
Hizo el camino hacia la redacción con el piloto automático encendido, así que tuvo suerte de llegar ilesa. Fue incapaz de centrarse en las señales de circulación, en
los verdes o rojos de los semáforos o en los vehículos que circulaban a toda prisa en la hora punta. Sus pensamientos estaban anclados en Nick Rayner y en la manera
despreciable con que había hecho uso de sus encantos masculinos para pisotearla después como si fuera una cucaracha. Que Eden Peterson menospreciara a la prensa
era insultante, pero que lo hiciera un compañero de la profesión… Eso era incalificable.
¡Cómo se había reído de ella!
Apretó los puños de su Honda, aceleró un poco e hizo un giro temerario mientras la lluvia fina le enfriaba el rostro ardiente y le mojaba las pestañas. Ella se había
quedado obnubilada con sus miradas magnéticas y con sus medias sonrisas, y los huesos se le habían vuelto de gelatina cuando él pasó a otra fase; pero, mientras eso
sucedía, Nick Rayner ya tenía planes de despedazarla profesionalmente.
Se saltó un semáforo en rojo al tomar la Avenida Lakeside y un coche que circulaba por la calle perpendicular le lanzó una estruendosa cadena de bocinazos. A
Zoe se le subió el corazón a la garganta. El ruido estridente la sobresaltó tanto que estuvo a punto de mostrarle al conductor el dedo corazón.
Rebecca y Joseph siempre eran los primeros en llegar a redacción. El resto de sus compañeros solían hacer bromas sobre las aspiraciones de aquellos dos de
heredar el periódico. Le lanzaron miradas suspicaces mientras se dirigía a su mesa pero Zoe las obvió. Dedicó los primeros minutos a revisar sus correos, hasta que
escuchó a su espalda las inconfundibles pisadas perezosas de Crowley, como si arrastrara los pies. Se puso tensa de inmediato pero no pudo relajarse ni aun cuando se
encerró en su despacho y todo adquirió una apariencia de normalidad durante los siguientes treinta minutos. Se sentía como si estuviera en el interior de una olla a
presión que fuera a reventar en cualquier momento.
No iba mal encaminada. Dejó de teclear cuando la puerta se abrió de manera abrupta y el rubicundo rostro de Crowley surgió tras el marco de madera. Tuvo la
impresión de que contemplaba un cuadro en el que se retrataba a una fiera. Una fiera que la miraba directamente a ella.
—¡Carpenter! A mi despacho.
El grito áspero y ominoso la llevó a imaginarse así misma metiendo en una caja de cartón todas sus pertenencias. Cuadró los hombros y se coló en el despacho de
su superior aguantando la respiración. Sobre su mesa, de cara a la silla de las visitas, el The Cleveland Post estaba abierto de par en par por la sección de cultura.
Empezaba a odiar la sonrisa de Eden Peterson y todo lo referente a ella. No volvería a ver ninguna película suya.
—¡Qué diablos es esto!
Crowley apuntó el periódico con un dedo y Zoe cerró la puerta tras de sí para amortiguar sus gritos.
—Un periodista que no tiene ni idea de lo que significa la palabra ética profesional.
Intentó que su voz sonara conciliadora, sazonada con una pizca de sumisión para agradarle y suavizar el monumental cabreo que desorbitaba sus ojos de sapo,
pero su propia rabia la hizo sonar demasiado segura de sí misma.Y a él eso no le gustó.
—¿Te estás haciendo la listilla? Me importa una mierda quién sea este tío que firma la entrevista. Lo único que me interesa saber es por qué está publicada por la
competencia en lugar de ocupar nuestras páginas.
Crowley le estaba agotando la paciencia a pasos agigantados. Ya no se le ocurrían argumentos para explicar lo ocurrido. Comprendió que exigía de ella el cien por
cien, que no aceptaba errores aunque dichos errores estuvieran fuera de su control, así que se desprendió del tono conciliador y apretó los labios. Total, imaginaba que
ya estaba todo perdido.
—Se lo dije ayer. El jefe de prensa canceló la entrevista sin posibilidad de negociación. ¿Por qué razón? Se inventó que la actriz sufría una gastroenteritis cuando,
en realidad, estaba metida en la cama con ese tal Rayner. El resto de la historia está escrito en esas páginas.
—¿Y eso es todo lo que vas a decir en tu defensa? ¿Justificas lo sucedido recurriendo a líos de faldas? —Puso cara de asco.
—Es lo que ocurrió.
—Perfecto. Pues ahora voy a decirte yo a ti lo que ocurrirá a continuación.
Crowley metió sus manos gordas y peludas en el archivador que había sobre su mesa y rebuscó entre sus papeles, lamiéndose las yemas de los dedos para pasar
mejor las hojas. Impertérrita, aunque con el corazón a mil, Zoe luchó porque los hombros no se le desplomaran. Aunó fuerzas para evitar ponerse de rodillas y
suplicarle que no la despidiera. Si alguna vez alguien la hacía perder la dignidad, desde luego ese no sería el estúpido de Crowley.
Su jefe colocó una serie de papeles encima del periódico, dando un manotazo contra la madera. Luego arrojó un bolígrafo sobre ellos.
—Carpenter, estás despedida.
¡Dios! Qué daño le hicieron aquellas palabras.
—Comete usted un terrible error.
—¿En serio? Pues asumiré las consecuencias. Eres una periodista espabilada, Carpenter, pero las has cagado hasta las cejas.
—No fue culpa mía.
—Siempre es culpa nuestra. Te servirá de aprendizaje para la próxima ocasión en que te tiendan una trampa. Aquí ya no hay cabida para ti. Debemos de ser el
hazmerreír del puñetero Post.
Se dio la vuelta y se atusó los pelos ralos que se le ensortijaban en la nuca y que llevaba impregnados de gomina. Al menos, había dejado de cruzárselos de un lado
a otro de la cabeza para cubrirse la calva.
Le habría gustado preguntarle cómo habría obrado él si se hubiera visto en su situación. Pero no quería recibir más lecciones inservibles de quien se creía el mejor
en su trabajo. Era muy fácil hablar desde la barrera.
Zoe agarró el bolígrafo, se inclinó y estampó su firma.

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