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Libro PDF Náufragos Emily Bleeker

Náufragos  Emily Bleeker

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la actualidad
La llamada entró a las 5.30 de la mañana. Dave estaba en la cama medio despierto, pero abrió los ojos de golpe al oír el ruido ensordecedor del teléfono. Demasiado
pronto. El teléfono se encontraba en una pequeña mesilla negra en su lado de la cama.
Echó un vistazo a su mujer, profundamente dormida todavía, con su máscara para los ojos de satén negro y los tapones para los oídos perfectamente
colocados en su sitio. Dave siempre había pensado que la gente solo dormía así en las películas. Después, conoció a Beth. Para poder dormir bien por la noche, debían
cumplirse más requisitos que en el cuento de La princesa y el guisante. Era algo que solía ponerle de mal humor, aunque estaba empezando a encontrarlo adorable.
El teléfono volvió a sonar. A pesar de los tapones, Beth se revolvió y se tapó la cabeza con un almohadón, debajo del cual quedaron desparramados sus
ensortijados rizos rubios. No había otra cama en la calurosa y soleada ciudad de Los Ángeles con tantas mantas. Beth ponía el aire acondicionado a dieciocho grados,
desafiando a los medioambientalistas y congelando a su marido de paso. Dave sacudió la cabeza para aclararse la mente y agarró el teléfono antes de que volviera a
sonar.
—Dígame —respondió con la voz ronca del sueño.
—Hola, pregunto por David Hall. ¿Puede ponerse?
Un teleoperador. La ira nubló sus pensamientos.
—Son las CINCO de la mañana y estoy seguro de que no quiero lo que me vas a vender. Por favor, bórrame de tu listado y no me vuelvas a llamar —gruñó
Dave.
Antes de que le diera tiempo a colgar el auricular, oyó que la voz continuaba hablando:
—Señor, espere, por favor. Lillian Linden me dijo que le llamara.
Dave se detuvo y volvió a llevarse el teléfono a la oreja.
—¿Qué es lo que ha dicho?
Sintió cómo en su corazón la furia menguaba y dejaba paso a una creciente curiosidad.
—Soy de Headline News. Llamo porque tengo un mensaje de Lillian Linden —continuó al teléfono una voz joven y evidentemente nerviosa.
Dave se giró y se sentó en la cama despacio. Apretó el teléfono con más fuerza contra su oreja. Cuando puso los pies sobre el suelo de madera, sintió un
escalofrío y caminó con cuidado de puntillas en dirección al baño del dormitorio. Después de cerrar la puerta con un discreto clic, dejó que su voz adquiriese un tono de
voz normal.
—Escuche, no sé quién es usted, pero existe una razón por la que eliminé mi teléfono del listín. Ya les he dado todo lo que querían: entrevistas, sesiones de
fotos, apariciones públicas… Quiero que nos dejen a mí y a mi familia en paz —gruñó Dave.
—Me parece que no lo entiende, señor Hall. Le llamo con permiso de la señora Linden. Ella me dio su teléfono.
—Ya, sí, seguro —resopló Dave—. ¿Lillian le dio mi número? Seguuuuro. ¿Sabes qué, muchacho? Eres auténtica escoria metiéndola a ella en esto. ¿No te
parece que ya ha sufrido bastante? Pásame a tu editor o a tu productor o a quienquiera que sea tu jefe, porque voy a hacer lo posible para que te echen.
Al otro lado del teléfono se hizo el silencio. Dave empezaba a pensar que el chaval había colgado cuando oyó voces apagadas al fondo y el ruido del teléfono
al cambiar de manos.
—Hola, ¿es usted el señor Hall? ¿El señor David Hall? —preguntó una voz de hombre, sin duda, con tono de jefe.
—Sí, y ¿con quién estoy hablando? —repuso Dave, utilizando el tono de voz serio que solía emplear cuando hablaba con los jefes en el trabajo.
—Mi nombre es Bill Miller. Soy el productor de Headline News. Me parece que quiere usted hablar conmigo.
—Sí, señor. No sé quién es ese muchacho, pero tal como le he dicho, no doy más entrevistas ni hago apariciones públicas. He hecho un gran esfuerzo para
recuperar el anonimato y me gustaría continuar así. Les estaría muy agradecido si, de cara al futuro, olvidaran que mi nombre o mi número de teléfono existen —
argumentó Dave entre dientes—. ¡Sobre todo a las CINCO de la mañana!
—Lo siento muchísimo, señor —suspiró Bill Miller—. Ralph, mi ayudante de producción, no era consciente de que usted está en California y nosotros en
Nueva York. No tuvo en cuenta la diferencia horaria —Bill enfatizó las palabras, probablemente tratando de proteger al patético Ralph.
—Está bien, está bien. Entiendo que lo del horario ha sido un malentendido. Aun así, el tal Ralph me ha dicho algo así como que el número de teléfono lo
obtuvo de Lillian Linden. Sé que eso es mentira. No sé cómo han conseguido mi teléfono, pero creo que lo he dejado meridianamente claro: no quiero dar más entrevistas
a la prensa.
Bill se quedó extrañamente callado un momento y luego contestó:
—Verá, señor Hall, lamento tener que decirle que la señora Linden sí nos dio su número de teléfono. Ha aceptado participar en una exclusiva en Headline
News dedicada a explicar toda su historia.
Dave abrió la boca pero no pudo pronunciar palabra. ¿Lillian había capitulado? Hacía meses que no hablaban pero una noticia como aquella decididamente
merecía una llamada para «ponerse al día». Por supuesto, no iba a compartir «toda su historia», en palabras del señor Miller. No era eso lo que temía Dave. Pero
¿ofrecerse para una entrevista en exclusiva para uno de los programas de televisión más agresivos? Era más que confuso.
Dave se pasó la mano temblorosa por el cabello enredado y sintió que un enorme nudo le apretaba la garganta. Lo que más deseaba en el mundo era llamarla,
oír su fluida risa y saber que era feliz. Se moría de ganas por saber de los chicos, de su nueva vida, de…, pero sabía que eso era imposible. Cero contacto. Ese era el
trato.
—Lo siento, señor Miller, me parece que es usted una buena persona, pero no me interesa —sentenció y trató de aparentar seguridad—. No quiero volver a
ser el centro de atención de los medios y mi familia tampoco. Tendrán que arreglárselas sin mí.
Al otro lado del aparato se oyó una risa ahogada:
—¿Sabe? Ella dijo que diría eso. Casi palabra por palabra. Increíble.
En el rostro de Dave se dibujó una breve y suspicaz sonrisa. Lily siempre tenía la asombrosa habilidad de predecir sus pensamientos, incluso antes de que
hubieran siquiera entrado en su mente. Era imposible contar el número de veces que la había acusado, divertido, de ser una vidente. Dave sintió cómo el corazón se le
llenaba de una mezcla de felicidad y añoranza. Esa era la razón por la que no hablaba de ella ni del tiempo que habían pasado juntos.
—Bueno, puede decirle que tenía razón. Adiós, señor Miller.
—Señor Hall, por favor —intervino a toda prisa Miller—, todavía hay algo más. La señora Linden me pidió que le transmitiera un mensaje cuando usted nos
dijera que no.
¿Es que aquella conversación no iba a terminar nunca?
—Está bien, démelo. Pero después, colgaré.
—Dijo. —El señor Miller se aclaró la garganta para retrasar lo que iba a decir—. Mmm…, bueno…, quería que yo le dijera: «Me lo debes».
Aquellas palabras fueron un bofetón para Dave. Tuvo que agarrarse a la encimera del lavabo para sujetarse.
De repente no fue capaz de apretar el botón rojo del teléfono para colgar, no fue capaz de reproducir todas las desagradables palabras que había ido
reuniendo en su cabeza. Lo único que pudo hacer fue quedarse sentado, incapaz de hablar. Porque lo que aquel hombre había dicho era cierto. Dave se lo debía, y eso era
algo que nadie sabía mejor que ellos dos.
CAPÍTULO 4
DAVID: DÍA 1
Islas Fiyi
Hace un tiempo perfecto. Las palmeras se balancean rítmicamente y el agua, de un azul cristalino, iluminada por la luz del sol, centellea ante mis ojos, como si quisiera
seducirme y arrastrarme a la orilla. Y aquí estoy yo, sin que me importe lo más mínimo.
Llevo la misma ropa con la que me vestí hace veinticuatro horas, y los sofisticados zapatos de piel marrón que me regaló Beth las Navidades del año pasado
me pellizcan los dedos de los pies a cada paso que doy por el pegajoso asfalto. Pero esto no es nada al lado de la tortura que me espera en ese avión.
Sé que es algo que les molesta tanto a Janice como al resto de mis compañeros de trabajo, pero desprecio Fiyi y Adiata Beach. En realidad, no tiene nada que
ver con este archipiélago en medio del sur del Pacífico. Tiene que ver con el hecho de estar a la entera disposición de unos desconocidos con derecho a todo durante dos
semanas enteras; normalmente, gente mayor. Y una vez entro en el estrecho y diminuto jet, tengo que hacer creer que me gustan.
Los últimos cinco ganadores del Viaje de Ensueño de Carlton Yogurt han sido gente mayor de setenta años. No sé qué es lo que indica acerca de nuestra
empresa, pero al menos la campaña sobre «aumentar la regularidad» con probióticos especiales está funcionando. Nota personal: encuentra un trabajo nuevo en una
empresa joven y moderna como Pixar o Apple. No podría ir a las Islas Fiyi una vez al año, pero tampoco tendría que hablar sobre la regularidad con la que la gente
mayor va al servicio.
Tengo la sensación de que me han abandonado en el sur del Pacífico de por vida. Ahora, cada vez que vengo a las Islas Fiyi, lo único en lo que puedo pensar
es en qué clase de canguro infantil tendré que ser en cada ocasión. Al menos, esta vez solo será una semana.
Ese es mi mantra: «es solo una semana, es solo una semana». Lo repito mientras subo cada uno de los escalones de la desvencijada escalera metálica que
conduce a la cabina del avión. Echo un vistazo y veo a Theresa con su cabello siempre impecable a pesar del calor. Estoy seguro de que se debe a medio tarro de Aqua
Net. De cualquier modo, es agradable ver una cara conocida y la suya siempre es amigable.
—¡Hola, Dave, qué alegría volver a verte! —me saluda—. He oído que acabas de unirte al grupo, me alegro de que hayas llegado para la mejor parte del viaje.
Una isla privada tropical, un resort con todo incluido, cielo. Me gustaría saber cómo conseguir tu trabajo.
Siento una punzada de vergüenza, pero afortunadamente, ella no se da cuenta, ocupada como está en tomar mi equipaje de mano y guardarlo en el
compartimento que hay junto a la cabina de mando. Cuando se da la vuelta, señala con la cabeza la puerta de la cabina y baja ese tono de voz suyo tan dulcemente
sureño:
—Además, me las tengo que ver con el capitán Kent «Manos Largas» ahí dentro.
—Entiendo que Kent y tú ya no estáis juntos, ¿no?
El año pasado, cuando vivían juntos, no parecía importarle demasiado el manoseo de Kent.
Sacude la cabeza y dice:
—No, pero las manos de Kent no se han dado cuenta.
Se ríe de su propio chiste y después cambia de tema:
—Bueno, ¿cómo está el bebé? ¿Tienes fotos?
La palabra «bebé» me atraviesa el pecho como un enjambre de agujas.
—No hay bebé, Theresa, todavía no.
Se da la vuelta girando sobre sus gruesos zapatos de tacón azules y su boca dibuja un rictus forzado en un rostro que, normalmente, es una muestra
constante de alegría.
—Lo siento, Dave, creía…, como hace un par de viajes comentaste que estabais intentando tener niños y el año pasado dijiste que ibais a probar el tema de
la fecundación in vitro, deduje que…
¿En qué momento se me ocurrió contarle a la gente que íbamos a «intentar» tener un bebé? Al principio bromeaban y me daban codazos cómplices. Ahora
solo hay muestras de lástima.
—No nos ha funcionado la fecundación in vitro tampoco. Ahora vamos a hacer un último intento y… —Me encojo de hombros porque no sé cuál es el paso
siguiente. Si quisiera volcar sobre ella todos los detalles de mi vida personal, le tendría que explicar que Beth ha tenido una menopausia prematura y que vamos a utilizar
una donante de óvulos. Le diría que yo quería considerar la adopción, pero que Beth está obsesionada con la idea de quedarse embarazada. Pero no le digo nada porque
no podría entenderlo. Nadie puede.
—Lo siento, Dave. No lo sabía —dice en el mismo tono que utilizaría para saludar a familia y amigos en un funeral.
—No pasa nada. —Aprieto el asa de la maleta de mi equipo informático una, dos veces—. Bueno, creo que debería ir a saludar al capitán «Ya Sabes Quién».
Theresa da unos golpecitos con sus largas uñas color fucsia en la pequeña puerta con el cartel de «Emergencia», y cada clic produce un sonido hueco en el
plástico de la puerta.
—Claro, cielo, adelante. Cuando vuelvas, me dices qué quieres para beber.
Afortunadamente, Theresa se da la vuelta y se marcha sin tratar de volver a pedir disculpas. Puede que pasar un tiempo con desconocidos sea exactamente
lo que necesito. Llamo suavemente a la fina puerta de metal de la cabina de mandos, nadie contesta y la abro.
—Escucha, bombón, tráeme un poco de café, ¿de acuerdo? —dice Kent sin darse la vuelta—. Ah, y revisa dónde está el relaciones públicas. Si no salimos
antes de diez minutos, tendremos que hacer cola al menos durante una hora.
Desde la última vez que le vi el año pasado, la superficie de calva se le ha duplicado y lleva el poco cabello rubio que le queda corto y desordenado. No tiene
buen aspecto. Es algo que no debería alegrarme, pero no puedo evitarlo.
Carraspeo y, sin un asomo de bochorno, asume que soy yo el que ha entrado en la cabina. Dudo que Kent sepa lo que es el bochorno.
—Eh, hola, colega, me alegro de que hayas llegado a tiempo. Ahora ve a sentarte para que podamos despegar, y ¿me cierras la puerta?
Se acabó la conversación. No sé por qué trato de ser sociable con semejante hombre de las cavernas. Empujo la puerta y la cierro tras de mí tratando de
desprenderme de la sensación de enojo. Aprieto una y otra vez el asa de la maleta. Aun así, no lo consigo.
Avanzo por el estrecho pasillo camino de la cabina del avión y no puedo evitar sonreír. He pasado docenas de horas en este avión en los últimos años y
ahora me resulta familiar, casi hogareño. Todos sus pequeños defectos se me antojan entrañables, desde la ligera grieta en la puerta del lavabo hasta la luz del techo en la
parte trasera, que lleva al menos dos años fundida.
Aparte de esas pequeñas irregularidades, que solo alguien muy familiarizado con el avión podría notar, el interior del jet no tiene nada especial. Cinco
asientos de piel oscura, mesitas plegables de gran tamaño accesibles para los asientos delanteros y pequeñas pantallas que te hacen pensar que va a proyectarse una
película durante el vuelo. No va a ser así, pero para los ganadores del concurso, es una perfecta ilusión. Es como volar en una caja de zapatos elegante; a pesar de lo que
odio este viaje, prefiero estar aquí que en casa.
—Ya conoces la rutina, cielo, elige el asiento que quieras, abróchate el cinturón y apaga todos tus aparatitos hasta que estemos volando. Ya me dirás si
necesitas algo. Tenemos cosas para picar y refrescos delante. Tú solo relájate.
—Gracias, Theresa.
Apenas le presto atención porque me estoy acercando a los ganadores. Deslizo la maleta del equipo informático por debajo del primer asiento de la fila
delantera, mientras Theresa se dirige de nuevo hacia el morro del avión, con la mirada puesta en las mujeres de la segunda fila. A la izquierda, una mujer mayor con el
pelo castaño claro ahuecado está ya roncando. Debe de ser Margaret Linden.
Janice me entregó un breve informe sobre cada una de las mujeres para ayudarme a ponerme al día, ya que esta vez me unía al grupo más tarde. Así que sé
algunas cosas acerca de Margaret: ella es la ganadora del viaje, es mayor (bastante mayor), vive en Iowa y ha elegido traer consigo a su nuera, Lillian, como
acompañante.
Al otro lado del pasillo, una mujer joven está apoyada en la ventanilla, que tiene la cortinilla completamente subida. Sujeta un libro, pero lo tapa el asiento
de delante de ella, así que no puedo leer el título. Me gustaría saber qué está leyendo. Está tan absorta que no se da cuenta de que la melena castaña le cae sobre el
rostro, desprovisto de maquillaje y con el moreno de una semana en la playa. El sol la ilumina de una manera perfecta, como si estuviera bañada por la luz artificial de
un rodaje. Noto que se me queda la boca seca: es hermosa.
Qué suerte la mía. Se me dan bien las señoras mayores, supongo que a fuerza de práctica. Pero las mujeres atractivas me generan ansiedad y nerviosismo.
Además, delante de ellas digo las más grandes estupideces. Y pensar que me estaba quejando de las personas mayores…
Siento cómo me laten las sienes. Espero haberme acordado de meter paracetamol en la bolsa o puede que Theresa tenga. Me las masajeo y trato de recordar
lo que ponía en el informe: 30 años de edad, nuera de Margaret, madre y ama de casa. Ni siquiera había mirado la foto de su pasaporte. Tarde o temprano tendré que
hablar con ella, pero no ahora mismo. Lo que ahora mismo necesito es paracetamol y de manera inmediata. Tiro de mi bolsa y el dolor de cabeza se hace más agudo
mientras me agacho. Finalmente, consigo sacar la cartera y hago un movimiento con los pies para evitar caerme. ¿Es que el día todavía puede ir a peor? Lanzo la bolsa en
el asiento y abro la cremallera del bolsillo frontal. Si el paracetamol está en algún sitio, tiene que ser aquí.
Con manos agitadas busco al azar entre el desorden de objetos de oficina: bolígrafos, trozos de papel y una sorprendente cantidad de céntimos. Maldigo
para mis adentros. Si hiciera caso a Beth cuando me dice que debo ser más organizado, no estaría metido en este lío. Maldita sea. Cierro la cremallera del bolsillo con
más fuerza de la necesaria y en ese momento me doy cuenta de que un par de ojos de un verde brillante me están mirando fijamente. La «acompañante». Por cómo
frunce los labios parece que está tratando de aguantarse la risa, y me saluda como si fuéramos viejos amigos que, después de una larga separación, vuelven a verse. Por
un momento, me entra el pánico: no, recordaría esa sonrisa o, al menos, recordaría cómo hace que me suden las palmas de las manos y me palpiten los codos.
Se lleva el índice a los labios y señala a Margaret, que sigue dormida.
—Más tarde —murmura.
—De acuerdo —respondo y hago una estúpida señal con el dedo pulgar. Qué mal se me dan estas cosas.
Cuando ella regresa a su novela, yo me hundo en el asiento y abro el equipo informático sobre mis piernas. Tengo la cabeza tan repleta de pensamientos
contradictorios que, cuando el equipo se enciende, doy un ligero brinco.
No sé cómo es posible añorar el hogar y, al mismo tiempo, alegrarse de estar lejos. Pero así es. Una parte de mí tiene ansias de Beth: deseo encontrar una
hebra de sus cabellos enganchada en el botón de mi camisa en medio de la jornada de trabajo, oír el sonido de la puerta de casa al abrirse y reconocer la cadencia de sus
pasos, y saber que está en casa… Sin embargo, aquí sentado, solo frente al equipo informático y el gran número de correos electrónicos, soy más libre de lo que he sido
en meses.
Nunca pensé que tratar de tener un bebé pudiera ser tan estresante. Es algo sumamente fácil que a otras personas les suceda de manera accidental, pero, al
parecer, a nosotros nos resulta demasiado difícil conseguirlo. Me froto el caballete de la nariz con fuerza, como si pudiera borrar con el gesto mis recuerdos: los meses
de peleas, los indicadores de temperatura, los gráficos y las pruebas negativas de embarazo. Tengo que olvidarlo porque ahora mismo hay tres pequeños embriones
acomodándose en el útero de Beth. Si los tres anidan, podríamos tener trillizos. Trillizos. Sé que la mera idea debería asustarme pero no es así.
Es bueno estar aquí, que haya un poco de espacio entre nosotros y que se airee el ambiente antes de volver a casa. Después del análisis de sangre, podremos
empezar a hacer nuevos planes. Si lo de los embriones falla, siempre existe la posibilidad de que Beth abandone su obsesión por quedarse embarazada y de que
podamos volver a hablar de la adopción. Al fin y al cabo, lo más importante es tener un hijo: me muero de ganas de ser padre. Esta separación puede que sea lo mejor
que nos ha sucedido.
La vibración del teléfono en el bolsillo de los pantalones me hace dar un salto. Menos mal que lo puse en vibración en el último vuelo. De lo contrario, habría
despertado a la señora Linden groseramente con mi melodía de AC/DC. Seguramente será el señor Janus para asegurarse de que he llegado al jet a tiempo. Antes de
llevarme el teléfono a la oreja, veo la cabeza de Theresa asomándose a la cabina y cómo frunce el ceño.
—Dos minutos —vocaliza mientras el teléfono sigue vibrando.
Asiento y le doy al botón de responder.
—¿Sí?
—¿Dave? —dice Beth en un tono de voz grave y apagado.
—Eh, hola, ¿qué ocurre?
—Necesitaba oír tu voz —dice con un suspiro, como si oírme hablar la aliviara—. Esta pasada noche ha sido la peor de toda mi vida y me habría gustado
que estuvieras aquí para ayudarme.
Se le trunca la voz y yo me yergo en el asiento.
—¿Qué ha pasado, Beth?
—Lo siento tantísimo, Dave… No sé qué es lo que me ocurre. Yo… empecé a sangrar ayer por la noche y he ido al médico esta mañana. Me ha dicho…, me
ha dicho que estamos perdiendo los embriones —las últimas palabras las pronuncia como si fueran unos invitados incómodos.
Me giro hacia la ventana y musito:
—¿Qué…, qué quieres decir? ¿Cómo demonios ha podido pasar algo así? Nos dijeron que tardaríamos una semana más en saberlo.
—Me he olvidado de mis inyecciones —dice entre sollozos ahogados.
—¿Qué quieres decir con «olvidado»?
Beth sabía lo importantes que eran esas inyecciones. Su cuerpo no produce hormonas suficientes para aguantar un embarazo. El doctor Hart lo dejó muy
claro.
—No lo sé, me olvidé. No estabas aquí para recordármelo, estaba tan ocupada con el trabajo, y las inyecciones me dejaban agotada… Me olvidé, sin más. Ya
te dije que no te marcharas. Te dije que necesitaba que estuvieras aquí.
—¿Cómo has podido olvidarte, Beth? No se trata de olvidarte de dar de comer al perro por la mañana. Podrían haber sido nuestros bebés.
«MIS bebés», quiero gritarle, pero retengo las palabras antes de pronunciarlas.
—¿Cuántas inyecciones te has olvidado? —pregunto.
—Tres —susurra.
Tres. No lo entiendo. Solo hace que me he ido, ¿cuánto?, ¿veinte horas? Desde luego, no hace dos días, ni mucho menos tres. Así que yo estaba en casa
cuando se «olvidó» de dos de esas inyecciones. Le pregunté cómo se encontraba después de cada supuesta inyección, la cuidé, me aseguré de que estuviera bien. Beth
me explicó que iba cada día a casa de su amiga Stacey, la enfermera, y que ella la pinchaba, que ni siquiera le hacía daño. ¿Por qué me mintió?
No puedo respirar. Nunca he sufrido de claustrofobia pero así es como debe de ser, como si no hubiera suficiente oxígeno en la habitación, como si las
paredes se cerniesen sobre ti. Me peleo con el primer botón de mi polo y tiro de él, mientras lucho contra la única idea que no quiero creer: lo ha hecho adrede.
Apoyo la frente contra el plástico frío de la ventanilla del avión. Me tiembla la mano con la que sujeto el teléfono y trato de tranquilizarme lo suficiente para
poder hablar.—
Dave, cariño, ¿estás ahí? Por favor, no te enfades conmigo, por favor. Venga, amorcito, háblame, por favor.
Su voz me chirría en los oídos.
El avión arranca y me devuelve al presente de golpe. Mientras hablaba, las puertas del jet se han cerrado silenciosamente. Theresa se encuentra en la zona
que queda entre la cabina de mandos y la cabina de pasajeros. De nuevo tiene esa expresión de lástima. Señala el teléfono y me indica que lo apague para que podamos
despegar.
—Tengo que dejarte, estamos despegando.
Me sorprende la dureza de mi voz.
—Está bien. —Beth sorbe las lágrimas con claridad—. Llámame luego, ¿de acuerdo?
—Sí, claro.
—Te amo —susurra.
No logro decirle lo mismo.
CAPÍTULO 5
LILLIAN
En la actualidad
—Así que dígame, Lillian, ¿por qué la eligió Margaret para que la acompañara? —preguntó Genevieve avanzando en la historia.
—Dijo que me merecía un descanso. Nunca habíamos ido las dos solas de viaje, así que pensó que sería divertido.
Lillian volteó las manos a modo de conclusión, haciendo ver que en su día había creído que ir a Fiyi era más importante que acompañar a Daniel en su primer
día de colegio.—
¿La primera semana en Fiyi transcurrió sin complicación alguna? —la pregunta vino acompañada del arqueo de unas cejas perfectamente dibujadas que
invitaba a dar detalles. En el cuestionario que le habían entregado a Lillian, junto a esa pregunta en concreto había una nota entre paréntesis que decía: «Sea descriptiva».
Había estado practicando con Jerry, contándole todos los detalles del viaje con su madre. Cuando acabó, los ojos de Jerry estaban arrasados en lágrimas. Nunca hasta
entonces había oído la parte buena de la historia.
—Sí, la isla era preciosa y la gente era increíblemente amable y acogedora. Había una persona del Departamento de Relaciones Públicas de Carlton a nuestro
servicio constantemente, para asegurarse de que las vacaciones fueran maravillosas. Durante aquella primera semana hicimos un ruta por la isla en helicóptero,
contemplamos la puesta de sol en altamar en barco, y tuvimos clases de buceo; bueno, yo fui a las clases de buceo mientras Margaret nadaba y tomaba el sol. Pero lo
que hicimos realmente casi todo el rato fue comer, descansar en las hamacas y holgazanear.
En el rostro de Lillian se dibujó una sincera sonrisa.
—¿Y dónde se supone que iban a pasar la segunda semana?
La sonrisa de Lillian desapareció. El miedo y el remordimiento amenazaron con convertir su voz, entrecortada pero directa, en puro temblor.
—En un resort privado en la Polinesia Francesa. Adiata algo…, mmm… Adiata Beach, creo. La compañía lo había organizado todo.
—¿Puede especificar cómo había organizado la compañía que llegaran ustedes a la isla? —Genevieve se irguió en el asiento. Sabía que este era el momento
crucial, el momento que atraparía a los telespectadores.
Lillian hizo un esfuerzo por tragar saliva y habría jurado que, mientras contestaba, podía volver a oler la mezcla de gasolina del jet y del asfalto ardiente que
se derretía bajo el sol.
—Se contrató un vuelo chárter en un jet privado solo para nosotras.
Entonces la periodista hizo la pregunta que temía, la que iba a poner todo en marcha. Toda la mentira.
—¿Qué pasó en ese avión, Lillian?
Lillian sabía lo que deseaba la periodista cuando le había pedido la entrevista: lágrimas, lamentos y, con suerte, algo de revelación espiritual. Eso era lo que
todos querían.
—Al principio, todo transcurrió con normalidad. Margaret se tomó un somnífero tan pronto subimos al avión y estaba profundamente dormida. Theresa, la
azafata, nos trajo nuestras bebidas, yo seguí leyendo, y creo que Dave estaba trabajando. Si tengo que ser sincera, fue un viaje tranquilo.
Lillian no sabía cómo no se le había atragantado aquella palabra. «Sincera» no era precisamente el adjetivo que podía describir lo que Lillian estaba contando,
pero sonaba bien. Si tuviera que ser sincera, explicaría cómo las tres horas que pasó confinada en aquel avión le parecieron repentinamente un instante, un producto de
su imaginación y, a la vez, lo último real que había vivido. Explicaría cómo todo lo que había pasado a partir de entonces se asemejaba a un sueño surrealista del que no
podía despertarse.
Pero, a decir verdad, nunca había tenido la intención de ser sincera.
Lillian trató de centrarse de nuevo. No le iba a ayudar a ajustarse al guion pensar en lo que realmente había ocurrido. A esas alturas, ni siquiera ella estaba
segura de cuál era la verdad. Solo por la noche, en medio de la oscuridad, descubría que no podía olvidarla. En la oscuridad habría sido imposible escuchar a Genevieve
Randall haciéndole preguntas inútiles sobre el avión, cuánto tiempo pasó hasta el despegue, qué bebidas pidieron…, porque Lillian sabía lo que venía después. Por eso
era más fácil a la luz del día.
—Ahora explíqueme, Lillian, ¿cuál fue la primera señal de peligro?
La esperanza que iluminó los ojos de Genevieve la irritó. La había visto en decenas de entrevistadores. El peor momento de su vida se convertía en la
esperanza de un reportero para avanzar en su carrera profesional. Sintió un ardor en el pecho al pensarlo y se permitió un instante para alisar un imaginario pliegue en
sus vaqueros antes de continuar.
—Estábamos en nuestros asientos y faltaban quizás unos cuarenta y cinco minutos para llegar al resort. En ese momento se oyó un fuerte estallido en el
lado derecho del avión. Fue como si algo nos hubiera golpeado, pero a través de la ventana solo se veían las nubes.
—Mmm, ¿y qué pasó después?
—Theresa, la azafata, salió al pasillo y nos explicó que habíamos perdido un motor pero que todo iría bien, que nos abrocháramos el cinturón y nos lo
apretáramos bien, y que en un rato llegaríamos.
—Eso debió de asustarles —afirmó Genevieve, y trató de juntar las cejas. De no haber llevado bótox hasta la raíz del cabello, habría podido arrugar la frente
simulando preocupación. Cada una de las preguntas parecía más un deseo que una cuestión y la posición de su cabeza, ladeada, le daba a la reportera algo así como el
aspecto de un cocker spaniel mimado jadeando por un premio.
«Para ti no hay premio, Pookie», pensó Lillian antes de contestar.
—Creí en lo que había dicho Theresa. Bueno, yo nunca había viajado en un jet privado como aquel y ese era su trabajo, así que… ¿qué otra cosa iba a
pensar? Me abroché el cinturón y procuré no preocuparme más de la cuenta.
Lillian dejó caer la mano sobre su regazo con una sacudida. Habían pasado meses desde que había urdido la elaborada mentira y su mente trabajaba a todo
gas para recordar todos los detalles en orden. Lo último que quería era que Genevieve percibiera alguna incongruencia. Era evidente que se le daban bien los detalles.
—Bien, ¿cuándo fue consciente entonces? ¿Cuándo supo que el peligro iba en serio?
—El avión empezó a perder altitud y fue entonces cuando, en lugar de volar por encima de la tormenta, entramos de lleno en ella. Las turbulencias eran
increíbles —murmuró—. Oímos la voz del capitán a través del altavoz indicándonos que nos preparáramos para el impacto. Todo parecía tan irreal que creo que no
estaba segura de que estuviera pasando de verdad.
—¿Qué es lo que le pasa a alguien por la mente cuando se enfrenta a una situación de vida o muerte?
Lillian observó el brillo de sus uñas mientras sopesaba cuánto contar. El cabello, oscuro y corto, le caía sobre el rostro y deseó que los mechones color
castaño pudieran proporcionarle algún tipo de protección real.
—Piensas en la familia, en las cosas que no has dicho ni has hecho y, después, piensas en cómo salir de esa, en cómo sobrevivir.
Los labios de Genevieve se contrajeron con una sonrisa de malestar. Habían llegado al primer momento crucial de la entrevista.
—¿Qué estaba haciendo el resto de los pasajeros para prepararse para el impacto? ¿Y su suegra, Margaret?
—Margaret se despertó de golpe por las turbulencias, pero estaba un poco aturdida todavía. Teníamos el pasillo entre nosotras y el ruido era ensordecedor
así que no podíamos hablar. Hasta el momento en que Kent nos dijo que nos protegiéramos la cabeza para el impacto, le di la mano y traté de decirle que la quería, que
todo saldría bien. Dave estaba delante de mí, pero no podía verle.
—¿Y Theresa? ¿Qué hacía Theresa?
Theresa. En una ocasión, casi tres meses después de volver a casa, Lillian viajó en avión a California y creyó verla. La azafata se movía arriba y abajo por el
pasillo mientras ofrecía bebidas a los pasajeros, y su pelo rubio color trigo le cubría media cara. Lillian estaba medio dormida. El psiquiatra le había recetado Valium para
su primer vuelo en avión después del accidente. Había sido difícil dejar a Jerry y a los niños pero él no podía tomarse más días libres, así que, en lugar de su marido, era
Jill quien estaba sentada a su lado.
Fue entonces cuando oyó la voz de Theresa:
—Eh, hola, cielo, ¿qué quieres que te traiga?
Tenía ese acento inequívoco y parsimonioso del sur.
—¿Theresa? —preguntó Lillian con la voz ronca del sueño inducido—. ¿Eres tú?
En ese momento, Lillian sintió que se ahogaba abrumada por la esperanza y la confusión, hasta que pudo ver con claridad el rostro de la azafata.
—No, no, soy Jen. Pero si quiere, puede llamarme Theresa —le repuso la azafata y le guiñó un ojo divertida.
—No beberé nada —farfulló Lillian.
Jill se disculpó en su nombre y pidió zumo de manzana. Lillian volvió a dormirse convencida de que había visto al fantasma de Theresa.
Sacudió la cabeza para alejar ese vago recuerdo y se preparó para afrontar la inminente caída en su montaña rusa personal. Lo veía venir, la caída que todo el
mundo parecía adorar excepto ella. Para Lillian no era ni estimulante ni excitante. Lo único que sentía era que se caía.
—Hum, Theresa estaba en la cabina de mandos con Kent, pero después del aviso, se unió a nosotros para poder sentarse y abrocharse el cinturón como
todos.
Genevieve se inclinó hacia delante y, simulando preocupación, dijo:
—Lillian, sé que es difícil para usted, pero por favor, cuéntenos cómo murió Theresa.
CAPÍTULO 6
LILY: DÍA 1
Vuelo 1261
La azafata está de pie en la parte delantera del avión y está soltando una perorata sobre cinturones de seguridad y sistemas de flotación, pero no escucho. Estoy
observando a Dave Hall. Tiene la cabeza apoyada contra la ventana y la mirada fija. No puedo ver su rostro pero, en un momento determinado, mientras Theresa hace
ver que se pone una mascarilla de oxígeno, se frota la sien y después la cara como si estuviera enjugándose las lágrimas.
Una vez terminada su explicación, Theresa se sienta delante de mí y se abrocha el cinturón, a punto para el despegue. Dave Hall continúa inmóvil, apoya el
peso de su cuerpo contra la ventana y mira fijamente el océano mientras el avión asciende hacia el cielo. La fuerza del despegue me hunde en el asiento y me dejo llevar
por la presión mientras echo un último vistazo a las Islas Fiyi: las playas de un blanco resplandeciente enmarcan el verde fértil como si fueran un collar de perlas.
Después, solo agua de un brillante azul zafiro.
Cuando alcanzamos la altitud de crucero, vuelvo a mi libro. Es una novela romántica. No es mi género favorito, pero solo tenía diez dólares en el bolsillo y
era el libro más barato. Estoy en medio de una de esas escenas de amor subidas de tono y, algo sonrojada, paso las páginas del capítulo en busca de una que no esté
plagada de zonas corporales palpitantes.
Sin embargo, lo único que puedo oír son las palabras de Dave que se repiten en mi mente: «¿Cómo has podido olvidarte, Beth? Podrían haber sido nuestros
bebés». Cierro el libro de golpe, suspiro y me paso la mano por los enredos de mi melena sin cepillar. Va a ser un largo vuelo.
Se oye un agudo pitido y la azafata se desabrocha el cinturón y se vuelve hacia nosotros.
—Pueden utilizar sus aparatos electrónicos de nuevo. Salvo los teléfonos.
Mira a Dave como si quisiera añadir algo más pero no dice nada y se aleja de puntillas por el pasillo.
Por fin, el momento de distraerme. Aparto mi bolsa de un empujón y tiro de la pesada cartera negra donde está el equipo informático para colocármelo sobre
las piernas. En condiciones normales, jamás me habría llevado el equipo a unas vacaciones en la playa, pero Jerry descargó un software para poder chatear, y he podido
ver a los niños en su primer día de colegio y todos los días sucesivos. Sin duda, no es lo mismo que estar con ellos, pero sí es algo más que el teléfono.
Saco la cámara digital de la funda y la conecto al equipo informático a través de un largo cable blanco. He estado mandado fotos e historias de nuestro viaje
por correo electrónico a Jerry para que se las lea a los niños. No tengo la posibilidad de jugar al papel de aventurera muy a menudo en mi vida suburbana y no me
importa, pero es divertido demostrarles que soy algo más que una madre.
Creo que esa es la razón por la que me ha resultado tan duro perderme el primer día de colegio de Daniel. Siempre me había parecido lejano el momento en
que me licenciaría como madre a tiempo completo. Ahora que finalmente ha llegado ese día, tengo que tomar una serie de decisiones. Jerry me insiste en que no tengo
por qué darme prisa en volver a trabajar, pero no me apetece pasar el resto de mi vida doblando la ropa o sacando brillo a la plata. Jill lleva tiempo suplicándome que
vuelva a Stevenson a tiempo parcial y que me ocupe de algunas de sus clases de Historia. Incluso me ha prometido que recuperaré el aula donde solía dar clase. Al
menos, tendré un sitio mejor donde guardar todos mis libros sobre la Guerra Civil. Pero no sé si estoy preparada para volver a dar clases. Tendré que tratar con
adolescentes y, lo que es peor, con sus padres.
Jerry es de la opinión de que debería volver a la universidad y retomar el máster que dejé colgado cuando él empezó a estudiar Derecho, pero volver a
estudiar me da casi tanto miedo como tirarme desde un acantilado. Aunque, la verdad, fui perfectamente capaz de lanzarme desde dieciocho metros de altura en Taveuni
Island. En comparación, ¿qué importancia tiene volver una temporada a la universidad?
Cuando las fotografías empiezan a pasar de un aparato electrónico a otro, me atrevo a echarle un vistazo a Dave Hall. También tiene un equipo informático
sobre las rodillas, pero no parece estar mirando la reflectante pantalla azul. Tiene la mirada fija en un insignificante punto en la pared frente a él. ¿Por qué tiene ese
aspecto tan… desamparado?
Oh, no, siento la necesidad de ayudar. Podría sentarme en el asiento de Theresa, hablar con él un minuto o dos. Está claro que eso no va a cambiar su vida ni
a acabar con el hambre en el mundo, pero si logro que ese aspecto de flor mustia que tiene desaparezca por un instante, habrá merecido la pena. Jerry no aguanta que me
entren estos ataques solidarios, pero no puedo evitarlos. Nací con el gen reparador y probablemente moriré así.
Después de echar un vistazo un poco más largo de lo normal a Margaret, que sigue dormida, me dirijo de puntillas por el pasillo hacia el asiento vacío de
Theresa. Al encajarme en él, me golpeo con el reposabrazos en la cadera y ahogo un gemido. Me abrocho el cinturón y con el clic del cierre, Dave Hall dirige la mirada
hacia mí. La sorpresa en su rostro indica que pensaba encontrarse con Theresa, así que, sin saber qué hacer, alargo la mano y digo:
—Hola, mi nombre es Lillian.
Me mira la mano como si nunca antes hubiera visto una. Esto es un error. Antes de que pueda retirarla, Dave Hall cierra el portátil y lo mete debajo del
asiento. Después, como si se hubiera despertado por fin de una larga noche de profundo sueño, me estrecha con fuerza la mano que le ofrezco. Me inclino hacia delante
porque, francamente, me gustaría conservar el brazo en mi cuerpo.
—Hola, señora Linden. Soy David Hall —responde, a tal velocidad que farfulla las palabras—. Por favor, llámeme Dave. Estoy aquí para ayudarles a que el
viaje sea un auténtico sueño. Cualquier cosa que necesite, por favor, pídamelo. —Se señala el pecho con el pulgar y añade—. Soy su hombre.
—Bueno, Dave —pronuncio su nombre despacio—, me aseguraré de poner su número en el marcador de llamadas rápidas por si hay alguna emergencia.
Solo me he acercado para saludar. Le dejo seguir con su trabajo.
Me habría gustado echar a correr pero no me ha soltado la mano. La expresión de la cara le cambia por completo y la fuerza con la que me sujeta la mano
desaparece.
—Ha quedado de lo más cursi, ¿verdad? —la desesperación pasa de su mirada a su voz—. Lo siento mucho, será mejor que empiece de nuevo.
Al parecer he conseguido que el señor Hall se sienta peor. Estupendo. No se me da tan bien lo de ayudar a los demás.
—Escuche —digo y retiro la mano—. Vuelvo a mi asiento. Ha sido un placer conocerle, Dave.
—Señora Linden, por favor, no se vaya —me dice y extiende la mano para indicarme que no me aleje—. Normalmente se me da mucho mejor mi trabajo.
El destello de una alianza de oro distrae mi atención. Se parece a la de Jerry. Es el tipo de alianza que podrías conseguir en cualquier joyería de Sears por
cincuenta dólares. Al igual que la de Jerry, después de los años de uso el brillo original ha dejado paso a un acabado mortecino. Recuerdo que, cuando compré el anillo de
mi marido, la dependienta me explicó que podía llevarlo siempre que quisiera para que lo abrillantaran, sin coste alguno. Sin embargo, conforme el tiempo fue pasando y
nuestro matrimonio dejó de contarse en días para pasar a contarse en años, llegó a gustarme ese acabado deslucido. Cada arañazo, cada marca, es un día más, un recuerdo
más de nuestra vida juntos. No podría gustarme la alianza pulida. ¿Por qué he tenido que fijarme en el anillo? Ahora ya no puedo huir.
—No, no, no se sienta mal por mí —digo con un excesivo empeño en hacerle sentir mejor—. Seguro que se me ocurre alguna manera de hacer un ridículo
espantoso esta próxima semana y así estaremos en paz.
Me mira por el rabillo del ojo y sonríe.
—¿Sabe? Eso deberían haberlo incluido en su informe. Habría sido de gran ayuda.
—¿Mi informe? —Al menos ahora está bromeando—. ¿Me está diciendo, «señor relaciones públicas», que me ha estado espiando?
—No, estoy diciendo que Carlton Yogurt ha estado espiándola. Yo, por mi parte, me he limitado a leer lo que me han entregado. Mero espectador inocente.
Levanta las manos como si se defendiera de un ataque y cuando sonríe, tengo la sensación de que le estoy viendo por primera vez. Debe de medir lo mismo
que Jerry aproximadamente, aunque parece más alto: el cabello rizado y casi negro le forma un halo por encima de la cabeza que le suma un par de centímetros. Tiene la
tez de un moreno natural y suave, y bajo sus oscuras pestañas, destacan unos ojos de un profundo azul.
Sin embargo, no es perfecto: cuando sonríe, la nariz se le tuerce un poco a un lado y, sin duda, le sobran unos kilos. Pero es lo suficientemente atractivo para
que me intimide un poco acercarme a él.
—Espectador inocente, venga… —me río y me desembarazo de la sensación de incomodidad—. Si es usted el que viene cada año a este viaje, no creo que
sea un trabajador cualquiera. —Dave enarca las cejas mientras yo sigo hablando—. Sí, es verdad, hablé con Janice y me hizo un breve informe sobre usted.
Dave dobla los brazos sobre el reposabrazos y sus finos pero fuertes músculos se le marcan bajo la piel tostada. Me observa estudiándome de un modo que
me hace difícil mantenerle la mirada.
—Bueno, Lillian —dice bajando la voz una octava—. Yo le enseño el mío si usted me enseña el suyo.
Siento un zumbido en los oídos y todos los ruidos del avión desaparecen. ¿Está coqueteando conmigo? Hace tanto tiempo que ningún hombre que no sea mi
marido me ha prestado alguna atención, que no recuerdo ni cómo funciona ni, desde luego, cómo reaccionar. Oh, Dios mío, ¿piensa entonces que yo estoy coqueteando
también con él?
¡No, no, no! Aprieto la piedra de mi alianza, la hago girar tres veces alrededor del dedo, y pienso en algún modo de quitarle importancia al asunto, de
bromear. ¿O le digo que me está haciendo sentir incómoda, que soy una mujer casada? Voy a pasar siete días con este hombre en una isla, así que, haga lo que haga, la
situación va a resultar extraña.
Entonces, antes de que pueda decir nada, Dave se sonroja y balbucea:
—Lo siento, ha sonado francamente mal. No quería decir…, quiero decir…, ha sonado…, ay. —Se cubre la boca con la mano aturdido y concluye—: Creo
que es mejor que me calle.
Yo me echo a reír completamente aliviada y digo:
—Realmente ha sonado como…
Dave comienza a reírse.
—Que conste en acta: no estaba ligando.
De pronto, la idea resulta tan ridícula que no puedo parar de reír y las carcajadas van subiendo tanto de tono que Theresa se asoma a la cabina y levanta las
cejas con curiosidad. Reprimimos las risas hasta que se convierten en ahogados suspiros.
—Lo siento —le digo mientras trato de recuperar el aliento—. Estoy en tu asiento.
Me abrocho el cinturón y dejo que la melena me cubra el rostro sonrojado, algo avergonzada por la insinuación que esconde el gesto de Theresa.
—Está bien, cielo, parece que os lo estáis pasando muy bien los dos —dice con una insinuación tan directa que me entran ganas de encogerme y esconderme
en el compartimento de arriba—. ¿Alguno de los dos quiere algo para beber?
Ante la idea de cambiar de tema, respondo rápidamente:
—Yo tomaré cualquier cosa fría y con cafeína.
—¿Y tú, cielo? —Mira a Dave con ojos brillantes—. ¿Una cerveza?
—Solo agua, gracias —dice Dave.
Ha vuelto a sumirse en sus problemas, una pesada carga sobre sus hombros, hundidos. Estoy segura de que algo más fuerte le sentaría mejor.
Theresa nos trae las bebidas a toda velocidad mientras nosotros tratamos de no mirarnos. Cuando ambos tenemos los vasos de plástico en nuestras manos,
Dave levanta el suyo hacia el mío y propone un brindis:
—Por las islas privadas en medio del paraíso.
—Salud —respondo yo y choco ligeramente mi vaso contra el suyo.
Dave se bebe el contenido de un trago voraz y se queda jugueteando con el vaso vacío. Yo bebo despacio y me fijo en que lleva las uñas cortas y pulidas,
claramente han pasado por una manicura. Es evidente que este tipo no es de Misuri.
—Señora Linden —dice.
Estudio la soda de mi vaso y confío en que no se haya dado cuenta de cómo estaba observándolo.
—Por favor, llámame Lillian. Resultará un poco confuso si no con dos señoras Linden —me callo a la espera de que continúe hablando, pero se queda
mirando su vaso como si fuera incapaz de hablar—. Dave, ¿estás bien? —musito.
—Sí, sobreviviré. En serio, siento lo de antes, cuando estaba hablando por teléfono. Sé que se ha oído todo. Mi mujer y yo hemos estado intentando…
Levanto la mano para impedirle continuar.
—Dave, no tienes por qué contarme nada. No he venido aquí a cotillear. Solo quería asegurarme de que estabas bien.
Aprieta los labios, unas pequeñas arrugas le cubren las mejillas y forman una media sonrisa.
—Gracias, Lillian. —Vuelve a mirar el vaso y supongo que deposita en él las palabras que iba a decir y que yo he interrumpido—. Te lo agradezco. Bueno,
debería haberlo sabido porque en tu informe se decía que eras una buena persona y dispuesta a ayudar.
Le golpeo el hombro y entre risas sentencio:
—Me vas a enseñar ese informe antes de que acabe esta semana.
Su risa de barítono se mezcla con la mía.
Después, nos ponemos a hablar como si nos conociéramos desde hace años. No nos resulta difícil evitar los temas más serios. Yo le explico cosas de mi
hogar, de Jerry y los niños y al final le muestro todas y cada una de las fotografías que llevo en la cartera. Dave me cuenta la hilarante historia de la ganadora número
cinco del Viaje de tus Sueños, que se emborrachó tanto que quiso seducirle. Tenía ochenta y dos años. Nuestra conversación discurre sin interrupciones y, antes de que
me dé cuenta, el cielo empieza a oscurecerse y las nubes que sobrevolamos se tiñen de la neblina rosácea que emite el sol a punto de ponerse.
—Guau, qué bonito. —Dave contempla a través de la ventana las camaleónicas nubes que cambian de color y forma a nuestros pies. Antes de que pueda
acabar de admirar la vista, se oye un ruido muy fuerte y el avión se inclina hacia un lado. De manera instintiva, me agacho para protegerme.
—¿Qué diablos ha sido eso?
Cuando levanto la cabeza, veo que Dave está petrificado y mira a través de la ventana.
—Veo…, veo humo… Creo…, creo que hay fuego en el avión.
—Dave —utilizo mi tono de madre—, estoy segura de que todo va a ir bien. ¿Acaso conoces a alguien que haya sufrido un accidente de avión? No, ¿verdad?
Todo va a ir bien, estoy segura.
Parezco una profesora de preescolar que explica a un alumno asustado que el abejorro tiene más miedo del niño que el niño de él.
Sin embargo, no estoy segura. Echo un vistazo hacia atrás para ver cómo está Margaret. Tiene la cabeza ladeada hacia el pasillo y el pecho le sube y baja
rítmicamente. ¿Así que puede dormir a pesar del ruido estruendoso y las turbulencias, pero tiene que dormir en la habitación principal cuando viene a visitarnos porque
en el sótano hay demasiado ruido? Mi preocupación real me impide poner los ojos en blanco. Menos mal que lleva el cinturón abrochado.
Theresa entra en la cabina a toda prisa.
—Tengo que deciros que tenemos un pequeño problema mecánico, pero afortunadamente solo nos quedan cuarenta y cinco minutos hasta nuestro destino.
Kent cree que todo va a ir bien. Aseguraos de que lleváis el cinturón abrochado y todo irá genial, dice —se calla y señala a un lado con la cabeza—. Eh, ¿es ese tu
portátil, cielo?
Me está hablando a mí. Me he olvidado por completo de mi portátil, que sigue en el asiento de atrás.
—Sí, pero está apagado. Te juro que no he tratado de entrar en internet —digo repentinamente, preocupada por si he sido yo la causante del problema.
Theresa se echa a reír.
—No has hecho nada malo, pero ponlo debajo del asiento cuando puedas, ¿de acuerdo? Puede que tengamos algunas… turbulencias. Nada serio.
Está incluso demasiado tranquila. A mí no me parece que nada tenga pinta de ir «genial». Algo ha provocado humo en un motor y ha habido un ruido que ha
sacudido el avión entero y que, además, hace que me piten los oídos. ¿Y si no llegamos al aeropuerto en absoluto? ¿Y si esto va en serio?
Dave tampoco parece satisfecho:
—Theresa, ¿de qué tipo de problema mecánico estamos hablando?
Es obvio que trata de actuar con calma y contención, pero el temblor de su voz le delata.
El avión sufre una sacudida acompañada de un crujido espantoso y Theresa trata de mantener el equilibrio. Se golpea contra la puerta de los lavabos y cae
violentamente al suelo. Las luces se apagan y el avión cruje y chirría. No me parece probable que pueda aguantar mucho más y no acabe partido en mil pedazos. Justo
cuando estoy convencida de que vamos a caer de morros en el océano, el avión recupera el equilibrio y las luces se encienden. Bajo la mortecina luz amarilla, todo parece
espeluznantemente normal. Dave está un poco despeinado y Theresa está bien y trata de levantarse.
—Me da igual lo que diga Kent —resuella, y mantiene, como experta que es, el equilibrio sobre los zapatos de tacón al tiempo que apoya las manos a cada
lado del fuselaje—. Hemos perdido uno de los motores. Vamos a poder llegar a destino, pero es difícil que mantengamos la altitud, así que en lugar de volar por encima
de las nubes, lo más probable es que lo hagamos o bien por debajo de ellas o por en medio. —Toma aire con fuerza—. Estamos volando en medio de una tormenta.
Se ve el destello de un rayo a través de las ventanas y las luces se apagan. El avión da un bote de nuevo y noto la presión del cinturón contra las caderas y la
goma de la cintura de los pantalones cortos que se me clava en la piel. Dave se agarra a los reposabrazos y aprieta con tanta fuerza que las uñas se le ponen blancas.
Theresa se tambalea con cada sacudida.
—Theresa, ven a tu asiento —le digo y trato de soltarme el cinturón.
Theresa niega con la cabeza y eleva la voz por encima de las vibraciones de las turbulencias:
—¡No te desabroches el cinturón! ¡Es demasiado peligroso!
De pronto, la gravedad desaparece. Una fuerza tira de nosotros hacia arriba y solo nos retiene la presión de los cinturones. El destello de un rayo vuelve a
iluminar la cabina. Cuando el avión recupera el equilibrio, Theresa está tirada en el suelo, después de haberse caído de nuevo de manera violenta. Tiene el rostro cubierto
por el cabello y, a través de él, sus ojos me miran fijamente, sin pestañear. El brazo derecho se le dobla de una manera muy extraña, detrás del cuerpo, como si fuera una
marioneta retorcida. Tiene la cabeza demasiado lejos del cuerpo, doblada y hundida hacia el hombro, más allá del omoplato. Está ahí tendida, increíblemente quieta,
como si el titiritero hubiera cortado los hilos.
—¡Theresa! —Trato de alcanzarla sin soltarme el cinturón.
El avión vuelve a hundirse y cruje furiosamente, luchando contra los elementos.
—¡Dave! —grito, con la esperanza de que tenga un plan, o un paracaídas, o superpoderes, pero tiene los ojos cerrados con fuerza, como si estuviera
rezando. Quizás yo también debería rezar.
—¡Dave! ¡DAVE!
Repentinamente, recupera la atención y se queda mirando fijamente el cuerpo sin vida delante de él.
—¿Qué ha ocurrido? —pregunta aturdido.
—¡Theresa está muerta! —grito—. Creo que se ha partido el cuello.
—¡Oh, Dios mío, oh, Dios mío! —grita Dave—. ¿Qué está pasando? ¿Cómo ha ocurrido algo así?
Como si hubiera estado escuchando, se oye la voz de Kent a través del megáfono. Es una voz profesional, tranquila, que parece estar leyendo un guion. No
tendría ese tono tan calmado si supiera que Theresa está ahí tumbada, a solo unos metros de él, con el cuello partido.
—Desafortunadamente, debido a problemas mecánicos, nos preparamos para un aterrizaje de emergencia en el agua. Por favor, mantengan el cinturón
abrochado, el asiento en posición vertical y pónganse los chalecos salvavidas que hay debajo de su asiento. No traten de inflarlos hasta que hayamos aterrizado. Una
vez se hayan puesto el chaleco salvavidas, sigan las instrucciones de Theresa sobre la posición de impacto y las salidas de emergencia. —El megáfono se apaga.
Vamos a estrellarnos. Aturdida, batallo para ponerme el salvavidas de color amarillo neón, consciente de que lo más probable es que jamás llegue a utilizarlo.
Cuando impactemos, estallaré en un millón de pedazos. No voy a volver a ver a mi familia.
¿Qué les dije la última vez que hablamos? ¿Le dije a Jerry lo muchísimo que le quiero y que es mi mejor amigo? ¿Por qué perdí tanto tiempo peleándome con
él acerca de este viaje? Oh, Dios mío, ¡qué culpable se va a sentir!
Josh, mi primer bebé. Durante el primer mes después de volver del hospital, no le solté ni un momento, ni siquiera cuando estaba dormido. Solía
acurrucarme alrededor de su diminuto cuerpo cada noche formando una cuna con mis brazos y piernas, y observaba cómo subía y bajaba su pechito cada vez que
respiraba. Ahora no voy a verle crecer. Y el pequeño Daniel, con esa perpetua capa de suciedad bajo las uñas, el primero en reírse con mis estúpidos chistes. ¿Me
recordará siquiera?
Me abrocho la última correa del salvavidas y, con cuidado, dejo suelta la cuerda blanca que cuelga del chaleco. Entonces me acuerdo de Margaret. He estado
tan imbuida en la conversación con Dave, que me he olvidado de mi suegra. Trato de volver la cabeza pero la fuerza de la gravedad me lo impide: las lágrimas se arrastran
por mis mejillas violentamente hacia atrás hasta mi cabello. ¿Por qué estoy luchando? Quizás debería rezar una última plegaria, asumir en paz mi inevitable destrucción.
Puede que también para Margaret sea la mejor forma de morir: después de una vida plena y unas vacaciones formidables.
Pero me rebelo contra mí misma y destierro el miedo y las dudas. No voy a rendirme. Lucharé por mí y por Margaret. Tenso el cuello y me obligo a mirar
hacia la parte de atrás del avión.
—¡Margaret! ¡Margaret! —grito. Está despierta pero desorientada— ¡MAMÁ! ¡Estoy aquí!
Mueve los ojos de un lado a otro sin saber bien dónde fijar la vista hasta que su mirada se cruza con la mía. Estira los dedos hacia mí clavada en el asiento
por las mismas fuerzas que yo trato de vencer.
—¡Lillian! ¿Qué está pasando?
—Vamos a aterrizar en el mar. Escúchame bien. Tienes que ponerte el chaleco salvavidas. Está debajo del asiento.
—No puedo. —Lucha débilmente—. No puedo… Dios mío, por favor, llévame a casa —cierra los ojos—, llévame a casa con Charlie.
—¡NO, Margaret! ¡NO! ¡No te rindas! No voy a dejarte. Ponte el chaleco. Hazlo. ¡AHORA

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