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Libro PDF Need you You 2 Estelle Maskame

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Gucci me toca la pierna con la pata cuando me apoyo en la maleta, nerviosa por la emoción, mientras miro fijamente por la ventana de la sala. Son casi las seis de la
mañana, y el sol acaba de salir. Hace veinte minutos contemplé como se iba filtrando entre la oscuridad y admiré lo preciosa que estaba la avenida. Vi cómo se reflejaba
la luz en los coches aparcados a lo largo de las aceras. Dean debería de estar a punto de llegar.
Bajo los ojos hasta la enorme pastor alemán que está a mis pies. Me inclino y la acaricio detrás de las orejas hasta que se da la vuelta y se dirige sin hacer ruido
hacia la cocina. Lo único que puedo hacer es volver a mirar por la ventana, dando un repaso mental a la lista de cosas que he metido en la maleta, pero eso sólo sirve
para estresarme más y termino por apartarme de ella y abrirla. Revuelvo entre el montón de pantalones cortos, los pares de zapatillas Converse y la colección de
pulseras.
—Eden, confía en mí, lo llevas todo.
Mis manos dejan de moverse entre la ropa y levanto la vista. Mi madre está en la cocina, en bata, mirándome desde detrás de la encimera con los brazos cruzados.
Tiene la misma expresión que lleva poniendo toda la semana. Medio dolida, medio enfadada.
Suspiro y meto otra vez todo a presión en la maleta, la vuelvo a cerrar y la enderezo sobre sus ruedas. Me pongo de pie.
—Es que estoy nerviosa.
En realidad no sé cómo describir lo que siento. Por supuesto que hay nervios, porque no tengo ni idea de lo que esperar. Trescientos cincuenta y nueve días es
mucho tiempo, las cosas pueden haber cambiado. Todo podría ser diferente. Así que también estoy acojonada. Me asusta que las cosas no vayan a ser diferentes. Tengo
miedo de que en el momento en que lo vea, vuelva a sentir lo mismo. Ésa es una de las movidas de la distancia: o bien te da tiempo para seguir adelante sin alguien o te
hace darte cuenta de lo mucho que lo necesitas.
Y ahora mismo, no tengo ni idea de si echo de menos a mi hermanastro o a la persona de la que estaba enamorada. Es difícil ver la diferencia. Es la misma persona.
—No te preocupes —dice mamá—. No tienes por qué estar nerviosa. —Camina hacia el salón, con Gucci dando saltos detrás de ella, y entrecierra los ojos al mirar
por la ventana antes de sentarse en el brazo del sillón—. ¿Cuándo viene Dean?
—Tiene que estar al caer —digo en voz baja.
—Pues espero que haya un gran atasco y que pierdas el vuelo.
Aprieto los dientes y me pongo de lado. A mamá nunca le ha gustado esta idea. No quiere desperdiciar ni un solo día de estar conmigo y, según parece, que me
vaya seis semanas es tiempo desperdiciado. Son nuestros últimos meses juntas antes de que me mude a Chicago en otoño. Para ella, esto parece significar que no me
verá nunca más. Jamás. Y no es verdad en absoluto. Volveré a casa el próximo verano, después de los exámenes finales.
—¿En serio eres tan pesimista?
Por fin mamá sonríe.
—No soy pesimista, sólo celosa y un poco egoísta.
En ese mismo instante oigo el sonido del motor de un coche. Sé que se trata de Dean incluso antes de mirar, y el suave ronroneo desaparece en el silencio cuando el
vehículo aparca en la entrada de mi casa. Jack, el novio de mamá, ha dejado su camioneta un poco más allá, así que tengo que estirar el cuello para ver mejor.
Dean abre la puerta de su coche y se apea, pero sus movimientos son lentos y su cara no transmite ninguna expresión, como si no quisiera estar aquí. Esto no me
sorprende en lo más mínimo. Ayer sus respuestas eran cortantes y pasó toda la tarde mirando el móvil, y cuando me fui de su casa no me acompañó al coche como
siempre. Igual que mamá, está un poco cabreado conmigo.
Se me forma un nudo en la garganta e intento tragar mientras saco el asa de mi maleta. La arrastro sobre sus ruedas hasta la puerta de casa y me detengo para mirar
a mi madre con el ceño fruncido por la ansiedad. Por fin es el momento de salir hacia el aeropuerto.
Dean no llama antes de entrar. Nunca lo hace; no tiene por qué. Pero la puerta se abre más despacio que otras veces. Se lo ve cansado.
—Buenos días.
—Buenos días, Dean —saluda mamá. Su pequeña sonrisa se agranda cuando extiende la mano para darle a mi novio un apretoncito suave en el brazo—. Ya está
lista.
Los ojos oscuros de Dean se mueven para mirarme. Normalmente sonríe cuando me ve, pero esta mañana su expresión es neutral. Sin embargo, arquea las cejas,
como para preguntar «¿Estás lista?».
—Hola —digo, y estoy tan nerviosa que la voz me sale débil y patética. Miro a mi maleta y luego a Dean—. Gracias por madrugar en tu día libre.
—No me lo recuerdes —dice, pero sonríe un poco y eso me tranquiliza. Da un paso adelante y coge la maleta—. Ahora mismo podría estar en la cama y no salir de
ella hasta mediodía.
—Eres demasiado bueno conmigo. —Me acerco y lo rodeo con los brazos, hundo la cara en su camisa mientras él se ríe y me aprieta. Levanto la vista para mirarlo
a través de las pestañas—. En serio.
—Ohhh —murmura mamá a nuestro lado, y me doy cuenta de que sigue ahí—. Qué monos sois.
Le lanzo una mirada de advertencia antes de volver a mirar a Dean.
—Ahí tenemos la señal para marcharnos.
—No, no. Escúchame un segundo. —Mamá se pone de pie y su leve sonrisa desaparece al instante y frunce el ceño con desaprobación. Me da miedo de que,
cuando vuelva, esa expresión se haya convertido en algo permanente—. No viajes en metro. No hables con desconocidos. No pongas ni un pie en el Bronx. Y también,
por favor, vuelve viva a casa.
Pongo los ojos en blanco. Recibí un sermón parecido exactamente hace dos años, cuando venía a California para volver a ver a mi padre, sólo que casi todas las
advertencias tenían que ver con él.
—Ya lo sé —digo—. Básicamente, que no haga tonterías.
Me mira con intensidad.
—Exacto.
Suelto a Dean, doy un paso hacia ella y la abrazo. Así se callará. Siempre funciona. Me aprieta con fuerza y suspira contra mi cuello.
—Te echaré de menos —murmuro, pero mi voz suena ahogada.
—Y sabes de sobra que yo también te echaré de menos a ti —me dice apartándose de mí, con las manos todavía sobre mis hombros. Echa un vistazo al reloj de la
cocina antes de empujarme con suavidad hacia Dean—. Es mejor que os pongáis en marcha. No querrás perder el vuelo.
—Sí, mejor nos vamos —dice Dean.
Abre la puerta, arrastra mi maleta hasta el umbral y se detiene un segundo. Tal vez para ver si mi madre tiene más consejos innecesarios que darme antes de que me
marche. Por suerte, no es el caso.
Cojo mi mochila del sofá y sigo a Dean hacia fuera, pero no sin antes darme la vuelta y decirle adiós a mamá por última vez.
—Te veré dentro de seis semanas, entonces.
—Deja de recordármelo —dice, y cierra la puerta justo después. Ya se le pasará. Con el tiempo.
—Bueno —dice Dean por encima del hombro mientras lo sigo hacia su coche—, por lo menos no soy el único a quien dejas atrás.
Aprieto los ojos con fuerza y me paso una mano por el pelo, me quedo quieta al lado de la puerta del coche mientras él mete mi equipaje en el maletero.
—Dean, por favor, no empieces.
—Es que no es justo —farfulla. Nos subimos al coche al mismo tiempo, y cuando cierra la puerta deja escapar un gruñido—. ¿Por qué te tienes que marchar?
—A ver, que no es para tanto —digo, porque de verdad no veo el problema. Tanto él como mi madre han dejado claro que les parece fatal mi viaje a Nueva York
desde que lo mencioné. Es como si pensaran que nunca más volveré a casa—. No es más que un viaje.
—¿Un viaje? —se burla Dean. A pesar de su humor de perros, logra encender el motor, da marcha atrás hasta llegar a la calle y se dirige hacia el sur—. Te vas seis
semanas. Vuelves a casa un mes y luego te mudas a Chicago. Sólo me tocan cinco semanas contigo. No es suficiente.
—Sí, pero aprovecharemos el tiempo a tope.
Sé que diga lo que diga no mejoraré la situación, porque este problema se ha ido formando durante varios meses y por fin Dean lo está abordando de frente y
abiertamente. Llevo tiempo esperándolo.
—Ésa no es la cuestión, Eden —dice de forma brusca, y esto me hace callar durante un momento.
Aunque me lo esperaba, me resulta raro ver a Dean irritado. Apenas discutimos, porque hasta ahora nunca habíamos chocado por nada.
—Entonces ¿cuál es la cuestión?
—El hecho de que elijas pasar seis semanas allí en vez de conmigo —responde, pero de repente noto que su voz ha bajado mucho de tono—. ¿Qué tiene Nueva
York? ¿Quién narices necesita pasar seis semanas allí? ¿Por qué no sólo una?
—Porque él me invitó seis —digo.
Tal vez sea mucho tiempo, pero cuando acepté ir, me pareció la mejor idea del mundo.
—¿Por qué no podíais llegar a un acuerdo? —Se está irritando cada vez más; agita las manos para acompañar sus palabras, lo que hace que conduzca de forma algo
errática—. ¿Por qué no podías decir «Claro que iré, pero sólo dos semanas», eh?
Cruzo los brazos sobre el pecho y me giro para mirar por la ventanilla.
—Vale, tranquilo. Rachael no se ha quejado ni una sola vez de que la abandone. ¿Por qué no puedes ser como ella?
—Vale, Rachael es tu mejor amiga, pero yo soy tu novio. Y además ella tendrá la oportunidad de encontrarse contigo allí —dispara, y eso es cierto.
Rachael y nuestra amiga Meghan, a quien casi no he visto desde que se marchó a la Universidad Estatal de Utah, planificaron un viaje a Nueva York hace meses. A
mí también me invitaron, pero Tyler se les adelantó. De cualquier forma era inevitable que acabara en Nueva York este verano, pero supongo que no puedo culpar a
Dean por sentirse desplazado cuando Rachael, Meghan, Tyler y yo —casi todo nuestro grupo— nos vamos a encontrar sin él.
Dean suspira y se queda callado un minuto; ninguno de los dos dice nada hasta que llegamos a un stop.
—Me estás obligando a empezar la relación a distancia antes de tiempo —dice—. Es una mierda.
—Vale, pues da la vuelta —digo cortante. Me vuelvo para mirarlo, alzando las manos en el aire—. No iré. ¿Eso te hará feliz?
—No —replica—. Te llevo al aeropuerto.
La siguiente media hora la ocupa el silencio. Ya no hay nada más de qué hablar. Dean está cabreado, y yo no sé qué le puedo decir para alegrarlo, así que
terminamos atrapados en una especie de silencio forzoso hasta llegar a la terminal número 7.
Dean apaga el motor en cuanto aparca al lado del bordillo delante de las salidas y luego se gira para mirarme con intensidad. Ya son casi las siete de la mañana.
—¿Puedes por lo menos llamarme todo el tiempo?
—Dean, sabes que sí. —Dejo escapar un suspiro y sonrío, con la esperanza de que se rinda ante mis grandes ojos—. Intenta no pensar demasiado en mí.
—Lo dices como si fuera fácil —se queja. Otro suspiro. Pero cuando me vuelve a mirar, creo que se está alegrando un poco—. Ven aquí.
Se acerca para rodear mi cara con sus manos, atrayéndome con suavidad hacia la consola central hasta que sus labios encuentran los míos, y de pronto es como si
no hubiésemos discutido. Me besa lentamente hasta que yo me aparto.
—¿Estás intentando que pierda el vuelo? —Enarco una ceja mientras abro la puerta y saco las piernas del coche.
Dean sonríe burlón.
—Tal vez.
Pongo los ojos en blanco y me bajo del coche, me coloco la mochila en un hombro y cierro la puerta con suavidad tras de mí. Cojo la maleta antes de dirigirme hacia
su ventanilla, que él baja de inmediato cuando ve que me acerco.
—¿Sí, chica neoyorquina?
Me meto la mano en el bolsillo y saco el billete de cinco dólares, el

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