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Libro PDF Nerve: Un juego sin reglas – Jeanne Ryan

Nerve: Un juego sin reglas – Jeanne Ryan

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¿Sería aquello la «consecuencia» con la
que amenazaban esos idiotas que
llevaban el juego si no se mantenía
accesible para los fans? Sin embargo,
nadie podía esperar de ella que fuese
amable con los imbéciles que llamaban
a todas horas, los asquerosos que la
seguían al cuarto de baño o aquellos
enfermos mentales que habían creado
esa horrenda web con las imágenes de
ella y de los demás jugadores
sobreimpresas con el objetivo de una
mirilla telescópica. Cuando se encontró
con aquello, se inventó una enfermedad
que la retuvo en su casa la semana
pasada entera. Pero no podía esconderse
para siempre. Y tampoco tenía pinta de
poder conseguir órdenes de alejamiento
para todo el planeta.
Su respiración se aceleraba y se
volvía menos profunda conforme se
acercaba quien fuera que venía detrás de
ella. Los pasos eran rítmicos, medidos.
Quizá no fueran humanos. Qué curioso
resultaba que la posibilidad de que se
tratase de un oso negro le preocupase
menos que si el intruso fuera otro
senderista. O quizá las pisadas no fueran
siquiera reales. Todo esto podía ser un
sueño, manipulado del mismo modo que
todos y cada uno de sus pensamientos
conscientes durante el juego, e incluso
después. Estaba resultando cada vez más
difícil descubrir qué estaba sucediendo
realmente. Como la nota que había
encontrado en una revista cuando se
escapó al centro comercial: «Querida
Abigail: el juego no se acaba hasta que
nosotros lo digamos».
¿Cómo podría saber alguien que
entraría en aquella tienda en particular,
y que hojearía aquella revista en
especial? Aun así, cuando terminó de
repasar todas las revistas de la
estantería para ver si habían toqueteado
alguna otra, ya le había perdido la pista
a la nota en cuestión, como si jamás
hubiera existido. Probablemente la había
robado alguno de esos «nosotros»
desconocidos que espiaban todos y cada
uno de sus movimientos. Aquella era la
peor parte, no ponerle cara al enemigo,
mientras que su propia imagen estaba
disponible para todos, como una especie
de cromo perverso.
A los pasos se unió un silbido. Ni
siquiera una imaginación tan activa
como la suya era capaz de concebir un
escenario en el que un animal conociese
la melodía de «Somewhere Over the
Rainbow». Se le humedecieron los ojos
al obligarse a creer que aquella persona
no era más que un simple excursionista
de buen humor.
Los pasos se detuvieron. Ella se
agachó más entre la vegetación cuando
se agitaron los arbustos cercanos.
—Sé que estás ahí —dijo una voz
profunda.
Sintió un temblor en el vientre. Se
apretó contra el árbol a su espalda, y
deseó haberse subido a él. No había
nadie en kilómetros a la redonda, y un
vistazo rápido al móvil le mostró que no
había cobertura. Mira tú por dónde. Su
móvil no le daba más que motivos de
sufrimiento en aquellos días.
Las ramas del rododendro entre las
que ella se escondía se abrieron para
revelar el rostro de un hombre con cara
de pitbull y un aliento que olía a beicon.
Cielo santo, habría sido mejor no
ponerle cara a sus torturadores. Aquel
rostro interpretaría un papel
protagonista en sus pesadillas durante el
resto de su vida. Por muy larga que esta
fuese.
Sus manos carnosas apartaron las
ramas todavía más.
—¿Por qué no sales de ahí, encanto?
Pongámonos las cosas fáciles.
Se le contrajeron todos los músculos,
y casi le cedieron las rodillas. El
absoluto pavor que surgía de su vientre
fue peor que durante la última ronda del
juego, cuando se enfrentó a un cuarto
lleno de serpientes. Y pensar que ese
había sido para ella el peor temor del
mundo.
A pesar del temblor que le sacudía el
pecho, reunió de algún modo las fuerzas
para decir:
—Déjame en paz, gilipollas.
El hombre se sorprendió.
—No hace falta ponerse borde. He
sido tu mayor partidario.
Su mirada recorrió veloz la penumbra
del sotobosque. Solo había una opción
con algún tipo de esperanza. Dejó que la
mochila se le deslizase de los hombros,
al suelo, antes de abalanzarse hacia la
zona menos densa de ramas. Aun así,
seguía habiendo las suficientes para
arañarle los brazos al atravesarlas de
golpe hacia el sendero. Por desgracia, el
hombre bloqueaba el camino de regreso
hacia su coche, de manera que su única
opción era seguir adentrándose en aquel
bosque empinado.
Echó a correr, seguida por unos pasos
atronadores. Todos los sonidos
quedaron pronto amortiguados en la
caída de la cascada, más adelante, que
le salpicó la cara con una fina llovizna
al acercarse a la barandilla
desvencijada del mirador. La única
manera de continuar avanzando era un
descenso por el pronunciado y rocoso
precipicio, con unos pedruscos
cubiertos de musgo.
Por detrás llegaba el silbido
desafinado, en un tono que atravesaba el
ruido del agua. Se volvió para
enfrentarse al hombre, cuyos bolsillos
abultaban con formas irregulares que le
traían a la mente las diversas armas en
una partida de Cluedo. Tampoco es que
el hombre necesitase un candelabro o un
cuchillo, con aquellos brazos tan
gruesos como los troncos de los árboles
cercanos. ¿Qué quería? ¿Sería un
Seguidor furibundo que había decidido
castigarla por perderse la retransmisión
del «epílogo» con los demás jugadores
la noche antes? Ella lo había visto, con
la mano en la boca, mientras sus
compañeros de juego bromeaban y se
reían a pesar de los temblores en las
mejillas y las oscuras bolsas debajo de
los ojos. Sin embargo, ninguno de ellos
había respondido a sus mensajes de
texto después de aquello, como si verse
asociados con ella supusiera una mayor
amenaza que quien fuera que les estaba
dando caza. Era demencial. A ella nadie
le había dicho nada sobre los vídeos de
seguimiento ni sobre los acosadores
cuando se apuntó al juego.
Pasó por encima de la valla tratando
de agarrarse al metal resbaladizo. ¿Sería
capaz de bajar hasta el río sin partirse la
crisma?
—No hace falta llegar a eso, Abigail
—gruñó el hombre y se metió la mano
en el bolsillo—. Solo tienes que volver
aquí y trabajar conmigo. Podríamos
grabar algo que no tiene nadie más,
ganar mil créditos.
¿Créditos? Debía de ser uno de esos
pirados que grababan vídeos de los
jugadores sin mayor motivo que ganarse
el respeto de sus colegas Seguidores,
que se concedía en forma de votos
favorables, o «créditos». De haber
alguna forma de medir el terror que
sentía, aquel tío se llevaba la palma. Los
pervertidos enloquecían con aquello.
Pero ¿sería capaz aquel hombre de ir
aún más lejos? Se le hizo un nudo en la
garganta con aquella idea. Respirar
hondo. Concentrarse en buscar una
salida.
El tipo la miró con la cabeza ladeada,
como si estuviera valorando la
composición y la luz. ¿Sería posible que
todo cuanto quisiera fuese una foto?
Contuvo la respiración cuando él fue a
sacar la mano lentamente del bolsillo.
Solo fue capaz de pensar en lo raro que
era que no hubiese discurrido toda su
vida ante sus ojos. Se acordó, no
obstante, de una película antigua que vio
en clase de Lengua en octavo curso, ¿La
dama o el tigre? Le había fastidiado que
la película dejase colgado al público.
¿No podían haber escogido un final?
Y ahora, delante de ella, un
desconocido podía estar sacando una
cámara o una pistola, dependiendo de lo
que pretendiese arrebatarle, su imagen o
su vida. Con un sollozo, se percató de
que una parte de ella deseaba la opción
que no se habría imaginado que
escogería antes de participar en el
juego, solo con tal de poner fin a aquel
horror que se había convertido en su
realidad.
La mano del tío salió del bolsillo con
un último tirón, agarrada a una cámara,
minúscula y negra, como un pequeño
insecto. Soltó un suspiro y contuvo un
sollozo en la garganta. Así que al final
se trataba de una foto. Quizá, si lo
intentaba con todas sus fuerzas, podría
fingir una sonrisa y todo se habría
acabado. Podría bajar corriendo por el
sendero, conducir de vuelta a casa como
alma que lleva el diablo y esconderse en
su cuarto el resto del día. O más. Los
Seguidores tendrían que acabar
perdiendo el interés en ella, en especial
cuando arrancase otra edición, con un
nuevo elenco de participantes.
—Una bonita sonrisa —le dijo el
hombre delante de ella.
Ella le miró fijamente y trató de
curvar hacia arriba las comisuras de los
labios. Una perla de sudor le rodó por la
sien, seguida de inmediato por otra.
Unos pocos segundos más y todo aquello
habría acabado.
Clic.
Suspiró. Vale, si eso era lo que
quería, todo bien. Bueno, bien no, pero
sí soportable.
Y entonces, con una sonrisa torcida,
el hombre metió la mano en el otro
bolsillo.
Soy la chica que está detrás de la
cortina. Literalmente. Pero después de
abrir el gran telón para el Segundo Acto,
tendré cuarenta minutos que matar, sin
cambios de vestuario ni maquillaje que
coordinar a menos que alguno de los
actores necesite algún retoque rápido.
Respiro hondo. Las cosas han ido como
la seda en la noche del estreno, lo cual
me preocupa. Siempre sale algo mal en
el primer pase. Es una tradición.
Me debato entre irme al camerino de
las chicas, donde la charla será sobre
los tíos, o quedarme fuera, en el pasillo,
donde sí que me podría tropezar
físicamente con alguno de ellos, bueno,
con uno en particular. Dado que el tío en
cuestión tiene una entrada dentro de diez
minutos, escojo el pasillo y saco el
móvil aunque la señora Santana, nuestra
profesora de teatro, nos tiene
amenazados de muerte para que los
mantengamos apagados durante todas las
representaciones.
Nada nuevo en mi página de
ThisIsMe. No me extraña, ya que la
mayoría de mis amigos está en la obra o
entre el público. Envío un mensaje:
Aún quedan entradas para los
dos siguientes pases, ¡así que
compra una si es que no has
movido ya el culo hasta aquí!
Ya está, he cumplido con mi deber
cívico.
Junto con el mensaje, cuelgo una foto
que me he sacado antes de la función
con mi mejor amiga, Sydney, la
protagonista de la obra. La foto es algo
así como esos libros de preescolar que
te muestran los contrarios: ella, la
Barbie Hollywood rubia, a mi lado, que
soy la muñeca Blythe retro con la piel
pálida, el pelo castaño oscuro y los ojos
un tanto grandes para mi cara. Eso sí,
por lo menos, la sombra metálica que he
cogido del kit de maquillaje del reparto
hace que parezcan más azules de lo
normal.
Un anuncio de Custom Clothz me salta
en el móvil con la promesa de
mostrarme lo bien que me queda su
nueva colección de verano. Pensar en
ropa de verano en Seattle es hacerse
ilusiones, en especial en el mes de abril,
pero hay un vestido de color lavanda
con falda larga que es demasiado mono
para resistirse, así que subo una foto mía
y relleno los datos de mi altura, metro
sesenta y dos, y peso, mmm, no sé
cuántos kilos. Mientras decido qué otras
medidas introducir, una risotada que me
resulta conocida sale del camerino de
los chicos, seguida de su dueño,
Matthew, que se me acerca con sigilo
hasta que nuestros hombros se tocan,
bueno, mi hombro con su bíceps
esculpido en el equipo de fútbol
americano.
Se inclina para que sus labios se
queden a milímetros de mi oreja.
—Una noventa B, ¿verdad?
Aj, ¿cómo me ha leído el móvil tan
rápido? Lo aparto de su mirada.
—A ti qué te importa.
Más bien una ochenta y cinco A, ya
puestos, especialmente con el sujetador
que llevo esta noche, fino como el
papel, que tampoco promete ningún
milagro.
Se ríe.
—Estabas a punto de compartirlo con
desconocidos, ¿por qué no conmigo?
Apago la pantalla.
—Es solo para esa bobada de
anuncio, no para alguien de verdad.
Se da media vuelta para que
quedemos frente a frente, con los
antebrazos presionados contra la pared a
cada lado de mi cabeza, y va y me dice
con esa voz suya de seda que siempre
suena como si te estuviera contando un
secreto:
—Venga, tengo verdaderas

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