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Libro PDF Neverhome Ella era más fuerte Laird Hunt

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Como yo era fuerte y él no, fui yo a la guerra para
defender la República. Pasé a Ohio desde Indiana.
Veinte dólares, dos bocadillos de tocino, y también
cecina, galletas, seis manzanas rancias, una muda
limpia y una manta. Como se notaba calor en el
aire, iba en manga corta con el sombrero calado
hasta las cejas. No solo yo tenía intención de
alistarme, y al poco ya formábamos una banda. En
las granjas la gente nos vitoreaba al pasar. Nos
ofrecía comida. Su mejor sombra donde descansar.
Tocaban sus violines para nosotros. Eso, y cuanto
hayáis oído de aquellos primeros tiempos, a pesar
de que ya hacía un año desde lo de Fort Sumter, y
ya se había librado la Primera Batalla de Bull
Run, y la de Shiloh les había minado el alma, y
aquellos primeros tiempos estaban muertos y
enterrados.
Una noche, pasados diez u once días en el
camino, bebimos whisky y aullamos bajo las
estrellas. Hicimos una carrera. Lanzamiento de
cuchillos. Una competición a ver quién engullía
más galletas. Demostraciones de fuerza. Uno de
los muchachos me rodeó por detrás para
inmovilizarme y acabó con un rasguño en el dorso
de la mano que le aparté de un guantazo. Ninguno
de los otros se atrevió a intentarlo.
En las afueras de Kettering una anciana me
trajo agua de su pozo. Al entregármela, me miró de
arriba abajo y me dijo que me anduviera con pies
de plomo. Aparte de aquella mujer, nadie más se
dio cuenta de lo que yo era. A lo largo de esa
caminata dormí como un tronco. Mandé mi primera
carta a Bartholomew desde Dayton. Volví a
mandarle más o menos la misma desde Cincinnati.
Le decía que lo añoraba a más no poder. También
le decía que era feliz a más no poder.
Me presenté como Ash Thompson, llegado de
Darke County. «¿De qué parte de Darke County?»,
me preguntaron, y yo, aunque supe enseguida que
no me escuchaban, les dije de dónde: del ángulo
noroeste de ese magnífico condado, donde mi
padre tenía su granja. Después de reírse de mis
dientes y lanzar silbidos por el grosor de mis
dedos y hacerme raspar el tablero de la mesa con
el pulgar encallecido, me dieron el uniforme azul.
Al cabo de una semana, cuando vieron que seguía
allí y que el trabajo no me asustaba, me entregaron
el arma. Era un mosquete Springfield de avancarga
modelo 1861, con alza pivotante y llave de
percusión, y dijeron que con él podía matar a un
hombre a un cuarto de milla de distancia. Eso daba
que pensar. Eso de que pudieras abatir de un tiro a
un hombre que estuviese mirándote y al que tú
podías mirar sin verle la cara. No me lo había
imaginado así cuando me lo planteé allá en casa.
Me había imaginado caras enormes disparándose
unas a otras, y no hebras de color en el horizonte.
Una danza de hombres, y no solo de las balas de
sus mosquetes. Un compañero, un verdadero
alfeñique, aún más bajo que yo, dejó caer un
comentario no muy distinto de este mientras
contemplábamos nuestros Springfields.
«No te preocupes, ricura —le dijo el oficial
que repartía los pertrechos—, te acercarás tanto a
esos rebeldes que no sabrás si besarlos o
matarlos.»
Marchamos desordenados durante varios días
en dirección sur, y llegamos a un gran campamento
a orillas del río. Me dieron una pala para
acompañar el mosquete y me pusieron a cavar
letrinas. En mi primer día, unos que ya estaban allí
se emperraron en desnudarme y echarme al agua,
pero un muchacho de la banda con la que yo había
llegado les advirtió de los apuros que pasarían si
lo intentaban, tantos que no les merecía la pena,
así que se cebaron en otro. Me quedé en la margen
y me reí con los demás cuando dejaron al pobre en
cueros, pero fui yo quien se lanzó al agua cuando
resultó que el muchacho aquel no sabía nadar. No
lamenté ir a rescatarlo, porque con la humedad y el
frío desapareció en parte mi tufo. Aquella noche
me alejé un buen trecho cauce abajo, hasta un sitio
donde nadie me veía. Allí me quité la ropa y volví
a zambullirme. Me habría quedado flotando de
espaldas en el agua un buen rato, pero, según había
observado, un campamento era una cosa muy
desparramada, y quién sabe si algún otro había
tenido la misma idea que yo. Finalmente, solo
entré y salí y me sequé y me vestí deprisa.
Cuando regresé, los muchachos de mi tienda
habían organizado una timba de cartas, y me quedé
allí un rato mirando. Entre apuesta y apuesta,
charlaban del vapuleo que iban a llevarse esos
rebeldes. Tenían pipas entre los labios, y los
mofletes todavía carnosos de la vida en la granja.
Como ellos, yo ignoraba lo que nos esperaba, pero
no me parecía algo como para armar tamaño
jolgorio en plena noche. Aun así, cuando uno de
ellos apartó la vista de sus pésimas cartas y me
preguntó a cuántos rebeldes tenía pensado matar,
sonreí, me llevé mi pipa a la boca y contesté que a
cien por lo menos. Poco después, tras ocuparme de
mi arma y lustrar la bayoneta, me tendí bajo la
manta y pensé en esos cien. También pensé en mi
Bartholomew. Pensé en los cien y luego pensé en
Bartholomew y me dormí y soñé que flotaba sin
vida en el agua fresca del río.
Habíamos hablado del asunto durante dos
meses antes de mi marcha. Creo que los dos
sabíamos desde el principio cómo terminaría la
conversación, pero hablamos del asunto, lo
estudiamos desde todos los ángulos, le dimos
vueltas y más vueltas hasta dejarlo zanjado. Yo
debía irme y él debía quedarse. Uno de los dos
tenía que atender la granja y uno tenía que irse, y
el primero era él y el segundo era yo. Éramos los
dos menudos, poco más o menos de la misma
envergadura, pero él era de lana y yo de hierro. Él
tenía migrañas en invierno y yo no había
enfermado en la vida. Además, él no veía bien de
lejos, y yo era capaz de cerrar un ojo y volarle las
orejas a una liebre a cincuenta yardas. Él

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