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Libro PDF Neverwhere Ed. 20º aniversario Neil Gaiman

Neverwhere Ed. 20º aniversario Neil Gaiman

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A mí, en principio, no me gustó la idea de
utilizar a gente sin hogar en una historia, más que
nada porque me parecía que podía caer fácilmente
en la frivolidad. Pero me gustaba la idea de las
tribus, y de que estuviera ambientada en Londres.
En un Londres mítico, mágico, más allá de la
ciudad que yo conocía. Quería probar a ver si era
capaz de abordar problemas sociales de verdad en
un relato, pero quería hacerlo a través del prisma
de la fantasía, distorsionándolos y dándoles otra
forma.
Llevaba mucho tiempo con ganas de leer una
novela en la que Londres fuera una Ciudad
Mágica. Era mi oportunidad de crear una.
Escribí el guion de una serie de televisión para
la BBC; luego, un libro que se publicaría una vez
estrenada la serie. La velocidad a la que tuve que
escribirlo para que la BBC lo publicara hizo que
aquella primera edición fuera más bien un primer
borrador. Cuando vendí el libro a una editorial
americana, tuve ocasión de reescribir la novela (lo
hice encerrado en una habitación de hotel sin
ventanas, en el corazón del World Trade Center), y
lamenté mucho que mi editora norteamericana
eliminara los pasajes cómicos. Finalmente, logré
combinar las partes que me gustaban de la edición
estadounidense con los pasajes que mi editora
había suprimido; de este modo, confeccioné una
versión definitiva del texto.
En los años transcurridos desde su
publicación, Neverwhere se ha convertido en uno
de mis libros más populares: una historia sobre un
joven que empieza a convertirse en un hombre
adulto, acerca de alguien que se siente perdido en
su propio mundo, sobre la naturaleza y el
significado de las ciudades modernas. La gente se
encariñó con los personajes, y siempre me
preguntaban cuándo iba a recuperarlos.
Yo no sabía qué contestar. Tenía otros libros
que escribir, otras historias que contar.
Neverwhere se publicó en español en 1999, a
partir del texto publicado originalmente por la
BBC. Quedó descatalogado cuando expiró el
contrato con la editorial, y enseguida se convirtió
en el libro más buscado entre mis lectores
españoles. Cuando firmo libros en algún país de
habla hispana, la pregunta que más me hacen es:
«¿Cuándo podremos volver a leer Neverwhere?».
Allá donde voy todo el mundo me pregunta dónde
pueden encontrar una edición de Neverwhere en
español: en Argentina, en México, en Nueva York,
en Barcelona y en Madrid. Los lectores españoles,
tristes, se acercan a enseñarme librerías de
segunda mano on-line en las que la edición
española de Neverwhere se vende por cientos de
dólares. Hasta ahora lo único que podía hacer era
disculparme y pedirles que tuvieran paciencia.
Que el libro que ahora mismo tenéis en
vuestras manos exista me produce una gran alegría.
Espero que lo disfrutéis. (Yo disfruté mucho
escribiéndolo, excepto una noche, cuando estaba
encerrado en la habitación escribiendo y pulsé la
tecla que no debía, y me encontré con veintiún
capítulos de cero bytes cada uno. Eso no fue nada
divertido). Le estoy muy agradecido a la editorial,
a la editora y, sobre todo, a la traductora…
Hace poco, la BBC estrenó una versión
radiofónica. La escuché mientras estaba en cama,
convaleciente, me pareció maravillosa, y me dio
mucha rabia que no durara más. «Menudo idiota el
autor. ¿En qué estaría pensando?», me dije.
Por suerte, el autor de Neverwhere todavía me
hace caso, a veces.
Escribí un relato para el Marqués, en el que
nos enteramos de cómo recuperó su abrigo. Y
ahora que está terminado, no dejo de pensar que
debería haber otro nuevo Neverwhere. Uno en el
que aparezcan las Siete Hermanas… y un asesino,
y lo habrá.
No creo que tengáis que esperar otros veinte
años para leerlo.
NEIL GAIMAN
Nueva York, agosto 2015
Introducción a la presente
edición
Cabe suponer que, aun en el caso de que ya hayas
leído Neverwhere, no habrás leído todavía esta
versión de Neverwhere.
Neverwhere empezó siendo un guion que me
encargaron escribir para una serie de la BBC. Y
aunque la serie no estaba mal, no podía dejar de
pensar que aquello no era lo que yo tenía en la
cabeza. Una novela me parecía el vehículo idóneo
para trasladar a la mente de otras personas lo que
yo había imaginado. Los libros son perfectos para
eso.
Empecé a escribir la novela durante el rodaje
de la serie homónima de la BBC, como una vía de
escape para mantener a salvo mi cordura. Cada
vez que cortaban una escena, cada vez que
eliminaban una frase o cambiaban cualquier cosa,
yo decía: «Nada que objetar, ya lo incluiré en la
novela», y de este modo recuperaba mi equilibrio.
Y así continuamos con el rodaje hasta que un día el
productor se acercó a mí y me dijo: «Vamos a
recortar la escena de la página veinticuatro, y si
me sales con eso de ya lo incluiré en la novela, te
mato».
Después de aquello, decidí limitarme a
pensarlo.
Lo que yo quería era escribir un libro para
adultos que los fascinara del mismo modo que
libros como Alicia en el País de las Maravillas, o
la serie de Narnia, o El Mago de Oz me habían
fascinado a mí de niño. Y también quería hablar de
las personas que caen en la marginalidad, de los
desposeídos (sirviéndome del espejo de la
fantasía, que a veces consigue mostrarnos esas
cosas que hemos visto tantas veces que ya nos
pasan completamente desapercibidas) desde una
óptica del todo nueva.
Empecé a escribir la novela el mismo día en
que comenzamos el rodaje de la serie, en enero, en
la cocina del piso del sur de Londres en el que
estábamos rodando. La terminé en mayo, en un
hotel de una pequeña localidad del sur de
California.
La BBC la publicó en agosto de ese mismo
año. Cuando Avon Books también quiso
publicarla, acepté su propuesta de inmediato, más
que nada porque suponía el poder escribir una
segunda versión de la novela. Me encerré en la
habitación de un hotel situado en el World Trade
Center de Nueva York, y me pasé una semana
entera escribiendo, añadiendo algunos elementos
para los lectores norteamericanos que no supieran
dónde estaba Oxford Street ni qué te puedes
encontrar caminando por esa calle, y disfrutando
de la oportunidad que se me brindaba de revisar el
texto, ampliándolo y profundizando en él allá
donde podía. Jennifer Hershey, mi editora en Avon
Books, era una editora fantástica y muy perspicaz;
nuestra principal discrepancia eran los chistes. A
ella no le gustaban, y estaba convencida de que los
lectores norteamericanos no iban a entender que
hubiera chistes en un libro que no pretendía
únicamente ser gracioso. Además, quería eliminar
el segundo prólogo, donde nos encontrábamos por
primera vez con Croup y Vandemar, en un momento
anterior al comienzo de la historia que narra la
novela y, aunque a mí me gustaba, decidí que ella
tenía razón y trasladé las descripciones al texto.
(He vuelto a incluirlo en esta edición, al final, tal
cual lo escribí entonces, para los que sintáis
curiosidad).
Una vez que di mi trabajo por finalizado,
resultó que había añadido unas doce mil palabras
y que había eliminado otras tantas. Algunas las
suprimí bien a gusto. Otras no.
Esta edición de Neverwhere, elaborada con la
ayuda de Pete Atkins, de la editorial Hill House, a
partir de las distintas versiones que escribí de la
novela, combina el texto original publicado en el
Reino Unido con el que se publicó después en
Estados Unidos; únicamente he eliminado algunas
redundancias para crear una nueva —y definitiva,
espero— versión de Neverwhere, y de paso un
quebradero de cabeza para los bibliógrafos.
No escribo secuelas. Sin embargo, espero
poder volver algún día al mundo de Neverwhere.
En un libro titulado The Lost Rivers of London, leí
que una vez encontraron una cama de bronce en
una cloaca. Hasta la fecha, nadie ha logrado
averiguar de dónde procedía ni cómo llegó hasta
allí.
Seguro que De Carabás lo sabe.
NEIL GAIMAN
Nunca he estado en St. John’s Wood.
No me atrevo. Tendría miedo de la noche infinita de los
abetos,
de toparme con un cáliz de roja sangre y del batir de las
alas del Águila.
G. K. CHESTERTON, El Napoleón de Notting Hill
* * *
Si zapatos y medias a un pobre cediste,
todas las noches y cada una,
zapatos y medias tendrás;
y que el Cristo reciba tu alma.
Esta noche, esta noche,
todas las noches y cada una,
de las comodidades de tu hogar podrás disfrutar,
y que el Cristo reciba tu alma.
Si al hambriento diste de comer y al sediento de beber,
todas las noches y cada una,
al fuego eterno no habrás de temer;
y que el Cristo reciba tu alma.
Endecha (popular)
L
Prólogo
a noche antes de marcharse a Londres,
Richard Mayhew no se estaba divirtiendo.
La velada había comenzado bien: había
disfrutado leyendo las tarjetas de despedida y
recibiendo los abrazos de varias chicas que
conocía y que no estaban nada mal; le había
gustado escuchar las advertencias sobre los vicios
y los peligros que le acecharían en Londres, y le
había encantado el paraguas blanco con el mapa
del metro de Londres que los colegas le habían
regalado entre todos. Las primeras pintas le habían
sentado muy bien, pero después, con cada pinta de
más le parecía que se divertía un poco menos.
Ahora estaba sentado en la acera, tiritando, delante
de un pub situado en una pequeña localidad
escocesa, tratando de decidir si sería mejor
vomitar o no, y no se divertía en absoluto.
Dentro del pub, los amigos de Richard seguían
celebrando su inminente partida con un entusiasmo
que, en opinión de Richard, comenzaba a rayar en
lo siniestro. Sentado en la acera, agarrando con
fuerza el paraguas cerrado, se preguntaba si
realmente sería una buena idea trasladarse a
Londres.
—Ándate con ojo —dijo una voz cascada y
vieja—. Te echarán de aquí antes de que puedas
decir esta boca es mía. O te detendrán, que
tampoco me sorprendería.
Dos penetrantes ojos lo miraban fijamente
desde un mugriento y aguileño rostro.
—¿Te encuentras bien?
—Sí, gracias —dijo Richard. Era un joven de
rostro aniñado, con el cabello oscuro levemente
ondulado y grandes ojos de color avellana; su
aspecto descuidado, como si acabara de
levantarse, lo hacía más atractivo para el sexo
opuesto de lo que él mismo podía entender o creer.
La expresión de aquella mugrienta cara se
suavizó.
—Pobrecillo, toma —dijo la vieja
depositando una moneda de cincuenta peniques en
la mano de Richard—. ¿Y cuánto tiempo dices que
llevas en la calle?
—No soy un vagabundo —le explicó Richard,
avergonzado, mientras intentaba devolverle la
moneda—. Por favor, guárdesela. Estoy bien. Solo
he salido a tomar un poco el aire. Me voy a
Londres mañana.
La vieja lo miró con suspicacia, pero cogió los
cincuenta peniques y los hizo desaparecer bajo las
múltiples capas de abrigos y chales que llevaba
encima.
—Yo he estado en Londres —le confesó—.
Me casé allí. Pero era un mal tipo. Mi madre me
dijo que no me casara con un forastero, pero yo
era joven y guapa, aunque ahora cueste creerlo, y
seguí el dictado de mi corazón.
—Seguro que sí —dijo Richard, incómodo. La
convicción de que estaba a punto de vomitar
empezó, poco a poco, a desvanecerse.
—Flaco favor me hice. Y he vivido en la calle,
así que sé lo que es eso —insistió la vieja—. Por
eso he pensado que eras un vagabundo. ¿Y a qué
vas a Londres?
—He conseguido un trabajo allí —replicó
Richard con orgullo.
—¿De qué?
—Hum… Inversiones.
—Yo era bailarina —dijo la vieja, y se puso a
bailar con torpeza por la acera mientras tarareaba
de manera inconexa. Luego comenzó a balancearse
como una peonza justo antes de detenerse, y
finalmente se quedó quieta frente a Richard.
—Déjame ver tu mano —le dijo—, te voy a
decir la buenaventura.
Richard hizo lo que le pedía. La vieja le cogió
la mano, la sujetó con fuerza y a continuación
parpadeó varias veces seguidas, como un búho que
se hubiera tragado un ratón que ahora empezaba a
rebelarse.
—Te espera un largo viaje… —le dijo,
desconcertada.
—A Londres —dijo Richard.
—No solo a Londres —replicó y, tras un breve
silencio, continuó—. No al Londres que yo
conozco.
Se puso a llover. Con un hilo de voz, la vieja
añadió:
—Lo siento. Todo empieza con unas puertas.
—¿Puertas?
La anciana asintió con la cabeza. La lluvia
arreció y repiqueteó con fuerza sobre los tejados y
el asfalto de la calzada.
—Yo en tu lugar tendría mucho cuidado con las
puertas.
Richard se puso en pie de forma algo
inestable.
—Vale —dijo, sin saber muy bien qué debía
hacer con una información de esa naturaleza—.
Así lo haré. Gracias.
La puerta del pub se abrió, y el bullicio y la
luz inundaron la calle.
—Richard, ¿te encuentras bien? —preguntó
alguien.
—Sí, estoy bien. Vuelvo enseguida.
La anciana renqueaba calle abajo, bajo la
lluvia torrencial, empapándose. Richard se sentía
obligado a hacer algo por ella: no obstante, no
podía darle dinero. Corrió tras ella por la estrecha
calle, con la fría lluvia empapándole el pelo y la
cara.—
Tome —dijo, manipulando el mango del
paraguas para tratar de abrirlo. Entonces se oyó un
clic y el paraguas se abrió como una flor,
desplegando un inmenso mapa blanco del metro de
Londres, con las líneas cada una de un color y
todas las estaciones marcadas e identificadas con
su nombre.
La anciana, agradecida, aceptó el paraguas y le
sonrió.
—Tienes buen corazón. A veces eso es
suficiente para mantenerte a salvo allá donde
vayas —dijo. Meneando la cabeza, añadió—:
Pero por lo general no.
Agarró el paraguas con fuerza para evitar que
una ráfaga de viento se lo arrebatara o lo volviera
del revés. Lo sujetó a conciencia y se inclinó casi
en ángulo recto para seguir avanzando contra el
viento y la lluvia. Richard la vio perderse en la
inclemente noche, una forma redondeada y blanca
salpicada con los nombres de las estaciones del
metro de Londres: Earl’s Court, Marble Arch,
Blackfriars, White City, Victoria, Angel, Oxford
Circus…
Richard, cuya mente divagaba por efecto del
alcohol, se encontró cavilando si habría realmente
un circo en Oxford Circus: un circo de verdad, con
payasos, mujeres guapas y peligrosas fieras. La
puerta del pub se abrió una vez más, provocando
un infernal estallido, como si alguien hubiera
subido a tope el volumen de la música del local en
ese mismo instante.
—Richard, joder, que es tu fiesta y te la estás
perdiendo.
Volvió al pub; con aquel encuentro tan raro se
le habían quitado las ganas de vomitar.
—Pareces una rata ahogada —comentó
alguien.
—Y tú qué sabrás, si nunca has visto una rata
ahogada —dijo Richard.
Alguien le pasó un vaso grande de whisky.
—Toma, de un trago. Verás cómo entras en
calor. Aprovecha, que en Londres no vas a
encontrar un escocés como este.
—Ya te digo yo que sí —suspiró Richard. El
agua de su pelo goteaba dentro del vaso—. En
Londres hay de todo.
Apuró el escocés de un solo trago y, a
continuación, alguien le invitó a otro, y después de
eso la noche se volvió confusa y comenzó a
fragmentarse: más tarde solo recordaría la
sensación de estar abandonando un lugar pequeño
y comprensible para irse a otro gigantesco que no
tenía el más mínimo sentido; y una vomitona
interminable en una alcantarilla por la que el agua
corría sin cesar, a las tantas de la mañana; y una
forma blanca con símbolos de extraños colores,
como un pequeño escarabajo redondo, que se
alejaba de él en medio del aguacero.
A la mañana siguiente, Richard tomó el tren de
Londres e inició un viaje de seis horas hacia el sur
que lo llevaría hasta los extraños arcos y capiteles
góticos de la estación de St. Pancras. Su madre le
había preparado un bizcocho de nueces y un termo
de té para el viaje; y Richard Mayhew partió hacia
Londres con una resaca de mil demonios.
H
Capítulo uno
abía pasado cuatro días corriendo,
huyendo atropelladamente por una
sucesión de pasadizos y túneles. Estaba
hambrienta y exhausta, había sobrepasado con
creces el límite de sus fuerzas y cada vez le
costaba más abrir las puertas. Tras cuatro días a la
fuga, encontró un lugar donde esconderse, una
diminuta madriguera excavada en la roca, bajo
tierra, donde estaría a salvo —al menos así lo
esperaba— y pudo al fin dormir.
El señor Croup había contratado a Ross en el
último Mercado Ambulante que se había instalado
en la Abadía de Westminster.
—Considérelo algo así como un canario —le
dijo al señor Vandemar.
—¿Canta? —preguntó el señor Vandemar.
—Lo dudo; lo dudo muchísimo, francamente.
—El señor Croup se pasó una mano por su lacio
cabello de color naranja—. No, mi buen amigo,
hablaba en términos metafóricos; me refiero más
bien a los pájaros que bajan a las minas.
El señor Vandemar asintió, poco a poco
empezaba a comprender: sí, un canario. Por lo
demás, el señor Ross no guardaba el menor
parecido con un canario. Era muy grande —casi
tanto como el señor Vandemar—, iba hecho un
puerco, apenas tenía pelo y no hablaba mucho,
aunque les había dejado muy claro que disfrutaba
matando y que además lo hacía muy bien; aquello
les había hecho gracia al señor Croup y al señor
Vandemar, la misma gracia que le habría hecho a
Gengis Kan un joven mongol fardando de su
primer saqueo o de la primera yurta a la que había
prendido fuego. El señor Ross era un canario, y
nunca lo supo. Por eso iba en primer lugar, con su
mugrienta camiseta y sus costrosos vaqueros, y
detrás Croup y Vandemar, con sus elegantes trajes
negros.
A simple vista, hay cuatro elementos
fundamentales que permiten distinguir al señor
Croup del señor Vandemar: primero, el señor
Vandemar le saca dos cabezas y media al señor
Croup; segundo, los ojos del señor Vandemar son
de un desvaído color azul cobalto, mientras que
los ojos del señor Croup son marrones; tercero,
mientras que el señor Vandemar se fabricó los
anillos que luce en su mano derecha con las
calaveras de cuatro cuervos, el señor Croup no
lleva joyas a la vista; cuarto, al señor Croup le
gustan las palabras, en cambio, el señor Vandemar
siempre está hambriento. Además, no se parecen
en nada.
Un susurro en la oscuridad del túnel; el señor
Vandemar llevaba el puñal en la mano y, de
repente, ya no estaba ahí, sino vibrando a casi diez
metros de distancia. Fue hasta él y lo cogió por la
empuñadura. Ensartada en la hoja había una rata
gris que boqueaba impotente mientras se le
escapaba la vida. Le machacó el cráneo
aplastándolo entre el índice y el pulgar.
—Bueno, esta rata no volverá a hacer cola —
dijo el señor Croup, riendo su propia gracia. El
señor Vandemar no dijo nada—. Rata. Cola. ¿Lo
coges?
El señor Vandemar extrajo la rata del puñal y
comenzó a masticarla, con delicadeza, empezando
por la cabeza. El señor Croup se la quitó de un
manotazo.
—Deja eso —dijo. El señor Vandemar se
guardó el puñal, no sin cierto resquemor—. Y
alegra esa cara. Siempre encontrarás una rata más.
Y ahora, sigamos adelante. Tenemos cosas que
hacer. Personas a las que dañar.
Tres años en Londres no habían cambiado a
Richard, aunque sí había cambiado su percepción
de la ciudad. Se había imaginado Londres como
una ciudad gris, incluso negra, por las fotos que
había visto, y le sorprendió descubrir que estaba
llena de color. Era una ciudad de ladrillo rojo y
piedra blanca, autobuses rojos y grandes taxis
negros (aunque a menudo de color dorado, o verde
o granate, cosa que al principio lo desconcertó
bastante), buzones de vivo color rojo y parques y
cementerios de verde hierba.
Era una ciudad en la que lo muy antiguo se
disputaba el espacio con lo más vanguardista, no
de forma incómoda pero sin respeto alguno; una
ciudad de tiendas, oficinas, restaurantes y casas,
de parques e iglesias, de monumentos ignorados y
palacios nada palaciegos; una ciudad con cientos
de distritos de extraños nombres —Crouch End,
Chalk Farm, Earl’s Court, Marble Arch— e
identidades extrañamente distintas; una ciudad
ruidosa, sucia, alegre, conflictiva, que se
alimentaba del turismo y lo necesitaba tanto como
lo despreciaba, una ciudad en la que la velocidad
media del tráfico no se había incrementado en los
últimos trescientos años, pese a quinientos años de
ensanchamiento de calles y torpes compromisos
entre las necesidades del tráfico —ya fuera a
caballo o motorizado— y las de los peatones; una
ciudad habitada y abarrotada por gente de todos
los colores, clases y especies.
Nada más llegar, Londres le había parecido
una ciudad inmensa, extraña y esencialmente
incomprensible a la que solo el mapa del metro,
esa elegante y multicolor representación
topográfica de líneas y estaciones, otorgaba una
apariencia de orden. Poco a poco se fue dando
cuenta de que el mapa del metro era una ficción
que te hacía la vida más fácil, pero no daba una
idea de la forma real de la ciudad que había en la
superficie: era como estar afiliado a un partido
político, se le ocurrió en una ocasión, y le pareció
algo brillante, pero después, cuando en una fiesta
intentó explicar a unos atónitos desconocidos la
relación entre la política y el mapa del metro,
decidió que en el futuro dejaría los comentarios
políticos para gente más cualificada.
Poco a poco, por un proceso de ósmosis y
conocimiento blanco (que es como el ruido blanco,
solo que más informativo), siguió familiarizándose
con la ciudad, y el proceso se aceleró cuando se
percató de que la ciudad propiamente dicha, la
City de Londres, se reducía a una milla cuadrada
—desde Aldgate, al este, hasta la calle Fleet y los
tribunales del Old Bailey, situados al oeste—, un
minúsculo distrito donde actualmente tienen su
sede todas las instituciones financieras de
Londres, y de que ahí fue donde comenzó todo.
Dos mil años antes, Londres no era más que
una aldea celta en la orilla norte del Támesis que
los romanos se encontraron al llegar a la isla y
donde decidieron asentarse. Londres creció
lentamente hasta que, unos mil años más tarde,
llegó por el oeste hasta la minúscula ciudad de
Westminster y, una vez construido el Puente de
Londres, se unió con la ciudad de Southwark,
situada en la orilla opuesta; continuó creciendo, de
modo que los campos, los bosques y las marismas
fueron desapareciendo bajo la floreciente ciudad,
que siguió expandiéndose, incorporando a medida
que crecía otros pueblos y aldeas, como
Whitechapel y Deptford al este, Hammersmith y
Shepherd’s Bush al oeste, Islington y Camden al
norte, Battersea y Lambeth al sur, al otro lado del
río Támesis, absorbiéndolos a todos —igual que
una mancha de mercurio que al aproximarse a
otras gotas más pequeñas del mismo metal las
absorbe e incorpora dentro de sí—, y conservando
tan solo sus nombres.
Londres creció hasta convertirse en algo
gigantesco y contradictorio. Era un buen sitio, una
ciudad estupenda, pero por todos los sitios buenos
hay que pagar un precio, un precio que todos los
sitios buenos tienen que pagar.
Al cabo de un tiempo, Richard se acostumbró a
Londres; finalmente, comenzó a enorgullecerse de
no haber visitado ninguno de los enclaves
turísticos de la ciudad (excepto la Torre de
Londres, cuando su tía Maude vino a pasar un fin
de semana y, muy a su pesar, tuvo que
acompañarla).
Pero Jessica cambió todo eso. Richard se
encontró acompañándola algunos fines de semana
a visitar lugares como la National Gallery y la
Tate Gallery, donde aprendió que si pasas mucho
tiempo pateando museos acaban por dolerte los
pies, que al cabo de un rato todos los grandes
tesoros artísticos acaban mezclándose unos con
otros en tu cabeza, y que exige un esfuerzo casi
sobrehumano aceptar lo que le clavan a uno en la
cafetería de un museo por un té y un pastelito.
—Aquí tienes tu té y tu petisú —le dijo—. Me
habría salido más barato comprar uno de esos
Tintorettos.
—No exageres —dijo Jessica en tono jovial
—. Y para tu información, en la Tate no hay
Tintorettos.
—Debería haber pedido ese pastel de cerezas
—dijo Richard—. Así habrían podido adquirir
otro Van Gogh.
—No —dijo Jessica, puntillosa—, no lo creo.
Richard había conocido a Jessica en Francia,
en una escapada de fin de semana a París dos años
antes; de hecho, la descubrió en el Louvre cuando
intentaba localizar al grupo de compañeros de
trabajo que había organizado el viaje. Mientras
contemplaba una escultura inmensa, retrocedió
unos pasos y chocó con Jessica, que admiraba un
enorme diamante de gran valor histórico. Intentó
disculparse en francés, idioma que no hablaba, y
entonces se disculpó en inglés para, finalmente,
volver a intentar disculparse en

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