---------------

Libro PDF No hay amores felices Sergio Olguín

No hay amores felices  Sergio Olguín

Descargar Libro PDF No hay amores felices Sergio Olguín 


Creía que era el final de las vacaciones y no
sabía que era el final de todo. Faltaban pocos
minutos para que se terminara de derrumbar su
vida, tal como la había conocido hasta ese
momento. Ya nada volvería a ser igual.
Líneas blancas: dobles y continuas, no pasar
otros vehículos; simples y cortadas, acelerar y
adelantar a los autos y camiones que le
interrumpían su andar decidido hacia la Capital.
Era lo único que Darío veía: las líneas blancas de
la ruta 11 iluminadas por las luces cortas de su
auto. Todo alrededor era negro, espeso e
interminable. Como su malestar.
Las luces rojas de un auto se volvían cada vez
más nítidas delante de él. Darío disminuyó
suavemente su marcha, bajó un cambio y se quedó
detrás del coche que no iba a más de noventa
kilómetros por hora. La cercanía de una curva le
impedía pasarlo, tal como la doble línea blanca le
indicaba desde el asfalto. Al pasar la curva
observó con cuidado el carril contrario y no vio
ninguna luz blanca que indicara que venía algún
vehículo de frente. Aceleró y sobrepasó el auto. A
distancia razonable volvió a ocupar su senda y de
a poco el otro coche fue perdiéndose en la nada
que quedaba detrás de él.
Era el final de las vacaciones. Quince días en
los que Darío confirmó lo que ya sabía, pero no se
animaba a poner en palabras: que la relación con
Cecilia había terminado. Tenían que separarse ya.
Esos quince días habían sido una tortura, apenas
suavizada por la felicidad de Jazmín en la playa,
corriendo ante la llegada de las olas, su risa
contagiosa ante cada descubrimiento. Era muy
probable que las fotos que se habían sacado los
tres en esas vacaciones fueran las últimas en las
que Jazmín aparecería con sus padres juntos.
¿Guardaría memoria de esos días? ¿Qué recuerdo
borroso tendría en el futuro? Su padre y su madre
tomando mate en la carpa del balneario, ella
durmiendo la siesta a la sombra en una reposera,
los juegos mecánicos que compartía con su prima
al atardecer, los helados en la calle principal de
La Lucila del Mar.
Todas dormían. Las cinco mujeres que iban con
él. Cecilia a su lado, con la cabeza hacia la
ventanilla. Atrás iban su suegra, su cuñada con la
hija en brazos y Jazmín. Estaba fuera del alcance
del espejo retrovisor, pero Darío podía imaginarse
a su hija durmiendo, el rostro bronceado por el
sol, la respiración acompasada, el sueño plácido.
Le gustaba quedarse mirando a Jazmín. Le había
quedado la costumbre de cuando era bebé y temía
que su hija fuera víctima de una muerte súbita.
Permanecía al lado de la cuna cuando se dormía o
volvía a cada rato para verla respirar. Cuando se
es padre uno se conforma con eso: con ver respirar
a los hijos, lejos del dolor y de los peligros.
Cecilia se despertó. Se limpió la saliva que
tenía alrededor de la boca y miró hacia todos
lados buscando algún referente en la ruta que le
indicara por dónde iban.
—¿Dónde estamos?
—Acabamos de pasar General Lavalle, falta un
montón.
Cecilia se dio vuelta y miró a Jazmín. Verla
dormida pareció tranquilizarla de alguna inquietud
que provenía de los sueños.
—Creo que tuve una pesadilla —dijo, pero no
agregó nada más.
Darío no se mostró interesado en saber qué
había soñado su mujer. Desde hacía varios días
sus diálogos se limitaban a lo mínimo posible. Al
fin y al cabo esa actitud era menos agresiva que la
que habían tenido antes, cuando se decían cosas
hirientes todo el tiempo. De hecho, la última
discusión que habían tenido a los gritos (por
suerte, estaban solos) todavía le producía a Darío
un rechazo físico. La recordaba y sentía náuseas.
Sobre todo, cuando recordaba la amenaza de su
mujer. Podía verla con el rostro en llamas
diciéndole me voy a llevar a la nena y no nos vas
a ver nunca más, hijo de puta. Ella sabía que
Jazmín era su vida, que nada podía hacerle daño
salvo no estar con su hija. ¿Qué podía hacer
Cecilia para separarlo de Jazmín? ¿Hacerle una
falsa denuncia? Cualquiera de su entorno podría
testimoniar lo buen padre que era, incluso su
suegra y su cuñada que viajaban atrás y que veían
con dolor la destrucción de la pareja.
Nadie iba a poder separarlo de su hija.
Nadie.
Se aferró un poco más fuerte al volante para
tratar de quitarse del cuerpo esa sensación tan
desagradable de frustración y odio que lo cubría
por completo. Cecilia había vuelto a acomodarse
para dormir. De a poco Darío recuperaba la
tranquilidad. Le hubiera gustado prender la radio,
pero no quería molestar el sueño plácido de las
pequeñas.
Detrás de su auto, a lo lejos vio una luz. Era un
vehículo que venía a más velocidad que el suyo.
En unos pocos segundos lo pasaría y él quedaría
atrás, observando las luces rojas que se harían
cada vez más pequeñas hasta desaparecer.
Observó por el espejo retrovisor la luz que se
convertía en dos faroles de luces cortas de un auto
como el suyo. Miró hacia delante y vio también
otras luces que venían de frente.
Fue un segundo, tal vez dos.
El auto de atrás se tiró a pasarlo sin tener en
cuenta la luz que se acercaba rapidísimo hacia
ellos. Darío quiso disminuir la velocidad para
facilitar el sobrepaso. El error del otro
automovilista se sumó a una mala decisión que
tomó el camión que venía de frente. El camionero
habrá pensado que el auto que se acercaba iba a
tirarse a la banquina e intentó pasar con el camión
por el medio, por el espacio que le dejaban los
dos vehículos que venían de frente. Chocó con los
dos a la vez.
Darío no atinó a nada. Fue como si un cuchillo
gigante lo partiera en dos a la vez que oía el ruido
metálico, como un trueno dentro de la cabeza, y un
aullido, un solo aullido conformado por el grito de
todos en simultáneo; vio una luz blanca, el
estallido de un flash gigante. ¿Voló el auto? ¿Se
partió? ¿Se enterró debajo del camión? Desde el
tercer segundo, Darío no tuvo más conciencia de
lo que ocurría. No supo cuánto tiempo pasó hasta
que alguien lo sacó del vehículo y lo arrastró unos
metros. Tampoco tenía idea de cuánto transcurrió
entre ese momento y la explosión del camión de
combustible. Oyó el estallido, sintió un calor que
le abrasó la piel. Quiso mover su cuerpo hacia la
bola de fuego, ir hacia allí con una sola idea:
Jazmín. Pero no pudo hacerlo, no pudo levantarse.
Y ya no supo qué ocurrió después.
II
Hay algo peor que las pesadillas y son los sueños.
Verónica Rosenthal iba en un bote de remos.
Estaba sola y disfrutaba de un día de sol en medio
de un río. Las costas de ambos lados se veían
cercanas y pobladas de árboles. Parecía el Tigre o
un lugar similar de vegetación abundante. Se oía el
canto de los pájaros y el ruido del agua cada vez
que ella remaba. Un ruido suave, de pequeñas olas
golpeando contra la madera del bote. Debía de ser
primavera porque corría una brisa apacible que le
daba de lleno. Podría pasarse horas así sin
necesitar nada más de la vida.
La pesadilla comenzó al despertarse, cuando el
sueño se diluyó y dejó paso a los recuerdos.
Entonces se vio encima de un bote similar, en un
lago, acompañada de alguien a quien no quería
recordar. Las pesadillas se acaban cuando
comienza la realidad, ¿pero qué pasa cuando un
sueño hace daño al despertar? Apretó los ojos,
intentó alejar los recuerdos, volver a dormirse.
Cuando parecía que lo iba a conseguir sintió
que alguien le agarraba el párpado y se lo abría.
Primero con cierta delicadeza, después había algo
de brusquedad al

Web del Autor

Pagina Oficial

Si no sabes descargar mira este video tutorial

[sociallocker]
[popfly]

Descargar 

Leer en online
[/popfly] [/sociallocker]

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

error: Content is protected !!
---------