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Libro PDF Novia de invierno – Lynne Graham

Novia de invierno - Lynne Graham

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Angie siempre había amado a Leo
Demetrios, pero él simplemente la
deseaba. Después de todo, ella no era
más que la hija del mayordomo.
Durante dos años, Angie mantuvo en
secreto el fruto de aquel fin de semana
de pasión, pero se vio obligada a pasar
las navidades con Leo. ¿Cómo podía
seguir ocultándole que Jake era su hijo?
Leo parecía convencido de que Angie
era una seductora, una mentirosa y una
ladrona. ¿Por qué iba a creerla si le
decía que era el padre de Jake?
Editado por Harlequin Ibérica.
Una división de Harper Collins Ibérica,
S.A.
Núñez de Balboa, 56
28001 Madrid
© 1997 Lynnc Graham
© 2016 Harlequin Ibérica, una división
de Harper Collins Ibérica, S.A.
Novia de invierno, n. º 1232 – enero
2016
Titulo original: The Winter Bride
Publicada originalmente por Mills &
Boon®. Ltd., Londres.
Publicada en español en 2001
Todos los derechos estan reservados
incluidos los de reproducción, total o
parcial.
Esta edición ha sido publicada con
autorización de Harlequin Books S.A.
Esta es una obra de ficción. Nombres,
caracteres, lugares, y situaciones son
producto de la imaginación del autor o
son utilizados ficticiamente, y cualquier
parecido con personas, vivas o muertas,
establecimientos de negocios
(comerciales), hechos o situaciones son
pura coincidencia.
® Harlequin, Harlequin Bianca y
logotipo Harlequin son marcas
registradas propiedad de Harlequin
Enterprises Limited.
® y ™ son marcas registradas por
Harlequin Enterprises Limited y sus
filiales, utilizadas con licencia.
Las marcas que lleven ® estan
registradas en la Oficina Española de
Patentes y Marcas y en otros paises.
Imagen de cubierta utilizada con
permiso de Harlequin Enterprises
Limited.
Todos los derechos estan reservados.
I.S .B.N.: 978-84-687-8032 – 0
Conversión ebook: MT Color & Diseño,
S.L.
Índice
Portadilla
Créditos
Índice
Capítulo Uno
Capítulo Dos
Capítulo Tres
Capítulo Cuatro
Capítulo Cinco
Capítulo Seis
Capítulo Siete
Capítulo Ocho
Capítulo Nueve
Capítulo Diez
Si te ha gustado este libro…
Capítulo 1
UN aumento…? ¿De verdad me estás
pidiendo un aumento? — preguntó
Claudia mirando atónita a la joven—.
Creo que somos más que generosos con –
tigo. Te damos un salario, pensión y
alimentación com pleta, ¡y recuerda que
sois dos!
Angie se sintió tremendamente
avergonzada ante aquella respuesta,
pero insistió:
—Pero trabajo seis días a la semana,
y además tam bién hago de niñera por las
noches…
—No puedo ni siquiera creer que
estemos teniendo esta conversación —
contraatacó Claudia, roja de ira—. Te
ocupas de los trabajos de la casa y
cuidas de los niños. ¿Por qué no ibas a
cuidarlos? De todos modos, tienes que
cuidar de Jake por las noches… no
esperarás que te paguemos un extra por
eso, ¿no? No sé cómo puedes ser tan
desagradecida después de todo lo que
hemos hecho por ti…
—Es que me cuesta mucho llegar a
fin de mes —la in terrumpió Angie
humillada.
—¿Sí?, pues no entiendo qué haces
con el dinero —re plicó su jefa
secamente—. Lo que sí sé es que mi
marido, George, se va a quedar de
piedra cuando le cuente cuáles son tus
exigencias.
—No son exigencias —contraatacó
Angie tensa—, son peticiones.
—Pues petición denegada —contestó
Claudia airada, caminando resuelta
hacia la puerta de la cocina—. Estoy
muy enfadada y muy decepcionada
contigo, Angie. Aquí tienes un trabajo
muy bueno. ¡Dios, ojalá alguien me pa –
gara a mí por quedarme en casa y llenar
el lavavajillas! Os tratamos, a Jake y a
ti, como si fuerais de la familia, te
cuidamos cuando estabas embarazada…
y te diré una cosa: ¡ninguno de nuestros
amigos habría considerado si quiera la
posibilidad de meter en casa a una
niñera emba razada y soltera!
Angie no respondió, no había nada
más que decir. No quería arriesgarse a
que Claudia estallara y la echara.
Ninguna niñera trabajaba la cantidad de
horas que traba jaba Angie aunque, en
realidad, no era solo una niñera, por
mucho que Claudia insistiera en ello.
Había entrado en casa de los Dickson
como niñera aceptando una mise ria en
lugar de un salario digno, pero sus horas
de trabajo habían ido en aumento hasta
convertirse también en sir vienta. En
aquel momento se había sentido tan
agradeci da de tener un techo bajo el que
cobijarse que no había puesto ninguna
objeción.
Lo cierto era que, cuando había
estado embarazada, había sido muy
inocente. En aquel momento, los Dick –
son habían sido para ella como una
parada de autobús: Angie había creído
que, en cuanto tuviera al niño, podría
encontrar un trabajo mejor. Sin embargo,
poco a poco, aquella idea había ido
desvaneciéndose al comprender el
dinero que costaba mantener a un niño y,
más aún, lo que costaba alquilar una
casa en una ciudad tan cara como
Londres. No había tenido elección.
—No se hable más —murmuró
Claudia graciosamente desde el umbral
de la puerta, consciente de que quien ca –
lla otorga—. ¿No crees que deberías ir
metiendo a los ni ños en el baño? Son
más de las seis y media, y están ar mando
un buen alboroto.
Eran más de las ocho cuando Angie
consiguió por fin meter a los niños en la
cama. George y Claudia habían salido a
cenar hacía tiempo. Sophia, de seis
años, y Be nedict y Oscar, los gemelos
de cuatro años, eran niños encantadores,
ricos en juguetes y pobres en cariño y
atención por parte de sus padres. George
era juez, y nun ca estaba en casa, y
Claudia era una mujer de negocios que
pocas veces abandonaba la oficina antes
de las siete.
Tenían una casa espaciosa,
bonitamente amueblada, un Porsche y un
Range Rover, pero Claudia era tan taca –
ña, que había ordenado instalar un
contador de gas en la habitación de
Angie, sobre el garaje. El dormitorio no
disponía de calefacción central y, en
origen, había sido un trastero, así que
hacía un frío helador.
Angie arropó bien a su hijo, tratando
de que asomara solo la coronilla de
cabellos negros rizados, cuando sonó el
timbre de la puerta. Salió al pasillo y
corrió escaleras abajo a abrir antes de
que el timbre despertara a Sophia, que
tenía un sueño muy ligero. Se retiró un
mechón de cabello rubio platino del
rostro y presionó el intercomu nicador.
—¿Quién es?
—¿Angie…?
Angie dio un paso atrás, alarmada.
Sedosa, sexy, aquella voz ronca tenía
cierto acento griego. Hacía más de dos
años que no escuchaba aquella voz, y
reconocerlo la llenó de pánico. El
timbre volvió a sonar, impaciente.
—¡Por favor, no llames así… vas a
despertar a los ni ños! —exclamó por el
intercomunicador.
—Angie… abre la puerta —ordenó
Leo.—
No… no puedo… no me está
permitido abrir por las noches, cuando
estoy sola —musitó ella, diciendo la
ver dad—. No sé qué quieres de mí ni
cómo me has encontra do, pero me da
igual. ¡Vete de aquí!
Leo presionó otra vez el timbre con
insistencia. An gie, de mal humor, se
apresuró al porche, corrió las corti nas, y
abrió.
—Gracias —respondió Leo con
frialdad.
Atónita ante su sola presencia, Angie
abrió la boca. El pulso le latía
furiosamente.
—No puedes entrar…
—No seas ridícula —contestó él
arqueando una ceja.
Angie miró involuntariamente sus
ojos, del color de una noche tormentosa,
y se estremeció ante la respuesta de su
cuerpo. Era Leo Demetrios en persona:
de pie, de lante de la puerta de los
Dickson, con su metro noventa de
estatura y su aire de sofisticación y
devastadora mas culinidad. La chaqueta
de etiqueta destacaba sus anchos
hombros, y los pantalones de confección
impecable acentuaban las estrechas
caderas y las largas, larguísimas
piernas. Cada línea de sus bellos y
exquisitos rasgos ex presaba confianza
en sí mismo, y sus cabellos eran ne gros,
espesos y brillantes. Angie no podía
creer que fuera real, que estuviera de
verdad delante de ella.
—No puedes entrar —repitió
restregándose las manos sudorosas en la
pernera de los vaqueros.
—Angie… tengo sed —musitó Sophia
medio dormida, desde las escaleras.
Angie se dio la vuelta sobresaltada y
corrió al pasillo escasamente iluminado.
—Vuelve a la cama, yo te llevaré un
vaso de agua.
Leo entró en el vestíbulo y cerró la
puerta. Angie se volvió hacia él y lo
miró con ojos suplicantes, pero no dijo
nada. No quería desvelar y alertar a la
niña de la pre sencia de un extraño en
casa. Se mordió el labio llena de
frustración y corrió a la cocina por un
vaso de agua, que subió al dormitorio.
Claudia y George habían salido a to mar
una cena rápida, y podían estar de vuelta
en cual quier momento. Se enfadarían si
veían que había dejado pasar a un
extraño.
Confusa, acostó a Sophia y se
apresuró a bajar de nuevo las escaleras.
Leo seguía de pie en el vestíbulo. No le
hubiera extrañado encontrarlo sentado
en uno de los sofás de piel del salón. La
gente extendía alfombras cuando pasaba
Leo, jamás lo dejaban de pie en el vestí –
bulo o delante de la puerta. Su imperio
electrónico, de éxito internacional,
generaba una enorme riqueza que le
confería un poder y una influencia
inmensas en el ámbito de los negocios.
Angie captó la mirada desinhibida de
Leo, que escru taba su esbelta figura, y
vaciló en el último escalón. Sus
espectaculares ojos negros la
observaban provocativa mente,
recorriendo desde sus generosos pechos
hasta los ojos. Angie se quedó sin
aliento, se detuvo en seco. Su corazón
latía tan aprisa y estaba tan sofocada,
que sentía mareos.
—No te retendré mucho tiempo —le
informó Leo con una sonrisa.
—¿Qué estás haciendo aquí? —
preguntó Angie con un susurro, tratando
de recobrarse de aquel instante de atur –
dimiento—. ¿Has venido por mi padre?,
¿está enfermo?
—No, que yo sepa Brown está
perfectamente bien —contestó Leo
frunciendo el ceño.
Angie se ruborizó. Comprendía
perfectamente el des concierto
momentáneo de Leo. Sin duda, el
infierno se helaría antes de que Leo
Demetrios hiciera de chico de los
recados de uno de los sirvientes de su
abuelo. Rebe lándose momentáneamente
contra las rígidas reglas de Claudia,
Angie abrió la puerta del salón y lo
invitó a pa sar.
—Podemos hablar aquí —dijo tensa,
tratando de fingir que todo era normal.
Sin embargo, con Jake arriba,
durmiendo, y Leo aba jo, comportándose
como un cortés y frío extraño, era im –
posible. Quizá Leo tuviera miedo de que
ella volviera a echarse en sus brazos,
pensó horrorizada. Angie bajó el rostro
ruborizado, pero los humillantes
recuerdos siguie ron acudiendo a su
mente como misiles que encontraran
fácilmente su objetivo.
Había vivido obsesionada con Leo
durante más años de los que deseaba
recordar, y no había sido precisamen te
una de esas adolescentes que se sientan
a soñar espe rando a que ocurra el
milagro. A los diecinueve años, ya había
tramado todo un plan para conquistarlo,
y había roto todas las reglas con el
único objetivo de pescarlo. Había
olvidado quién era él y quién ella. Y,
finalmente, había conseguido lo que
buscaba: Leo se había lanzado sobre
ella tan deprisa y con tanta pasión, que
la cabeza le había dado vueltas y más
vueltas.
El silencio se hizo tenso. Nerviosa,
Angie levantó la cabeza y vio a Leo
observándola. Estaba atrapada sin re –
medio, tenía el pulso acelerado, sudaba.
Angie se pasó una mano por los largos
cabellos que caían en torno a su rostro y
se los apartó de la cara. Los ojos de Leo
siguie ron de cerca aquel movimiento en
cascada de cabellos brillantes. Las
pestañas negras velaban su mirada pene –
trante. De nuevo los labios de Leo
parecieron endurecer se y ponerse
tensos.
—¿Cómo has descubierto dónde
vivía? —se apresuró Angie a preguntar
al comprender que el silencio se hacía
insoportable.
—Mi abuelo me pidió que te
buscara…
—¿Wallace? —inquirió ella
frunciendo el ceño incrédu la.
—He venido únicamente a ofrecerte
su invitación —continuó Leo con
sencillez—. Wallace quiere que vayas a
pasar la Navidad con él.
—¿La Navidad? —repitió Angie
confusa.
—Quiere conocer a su bisnieto.
Aquel último y sorprendente anuncio
dejó a Angie con la boca abierta. Sus
rodillas parecieron fallar, de modo que
se sentó en un sillón. ¿Leo sabía que
tenía un hijo? Jamás habría supuesto que
Wallace Neville quisiera compartir
aquel secreto con su nieto.
¿Wallace quería conocer a Jake? Dos
años atrás, la había exhortado a
deshacerse del bebé. La noticia de que
la hija del mayordomo estaba
embarazada de uno de sus nietos lo
había enfurecido. Aquel caballero
flemático al que lo aterrorizaba el
escándalo había tratado por todos los
medios de facilitarle la huida de
Deveraux Court.
—Los viejos sienten que van a morir
—explicó Leo con una mirada
indescifrable, fija sobre ella—. Y,
francamen te, de lo que se muere es de
curiosidad. Es evidente que si te
humillas agradecida ante él eso
redundará en tu pro pio provecho.
—¿Humillarme? —repitió Angie
airada.
—Conozco el trato que hiciste con
Wallace, Angie. Conozco toda la
historia —alegó Leo severo.
—No sé de qué estás hablando —
contestó Angie incré dula, tensa.
—Sabes muy bien de qué estoy
hablando —contraatacó Leo—. Los
robos, Angie —se apresuró Leo a
recordarle—. Wallace te pilló con las
manos en la masa, confesaste.
Angie levantó la vista. La angustia y
el resentimiento eran evidentes en la
expresión de su rostro.
—¡Me prometió que jamás se lo diría
a nadie!
Angie deseaba morirse allí mismo.
Wallace le había prometido mantenerlo
en secreto y, más que nada, Angie
deseaba ocultárselo a Leo. No podía
soportar la idea de que él pensara que
era una ladrona, que había robado pe –
queños objetos de arte de Deveraux
Court, donde vivían y trabajaban su
padre y su madrastra.
—Después de tu partida, no volvió a
desaparecer nada, y eso resulta bastante
significativo. Wallace tenía pocas
esperanzas de mantener en secreto la
identidad del culpa ble.
—Así que entonces mi padre debe
saberlo también —musitó ella
mortificada.
—Yo jamás he hablado de ese tema
con él —replicó Leo tenso.
Jamás había sufrido humillación más
amarga en su vida. Angie bajó los ojos y
observó los zapatos italianos de piel de
Leo. Odiaba a Leo por creer y aceptar
sin más que ella era una ladrona. ¿Era
ésa la razón por la que se había referido
a Jake como si el niño no tuviera nada
que ver con él? ¿Tan ofensiva le
resultaba su falta de honesti dad, que se
sentía incapaz de reconocerla como a la
ma dre de su hijo?, se preguntó Angie
rabiosa. Wallace que ría conocer a su
bisnieto. ¿Acaso él no tenía el menor
interés de conocer al niño? Angie era
incapaz de pensar con claridad, nada de
lo que oía tenía el menor sentido para
ella.—
Quiero que te marches —contestó
Angie tembloro sa—. No te he pedido
que vengas.
—Esa respuesta es completamente
irracional, estoy convencido de que
pronto cambiarás de opinión —asegu ró
Leo—. Wallace habría llamado a la
policía de no haber le contado que
estabas embarazada. Tuviste suerte de
es capar sin una condena judicial. Esos
robos tuvieron lugar durante un largo
período de tiempo, no fueron el resulta –
do de una tentación repentina.
Angie cerró los ojos brevemente.
Cuando, en el calor del momento, había
confesado una culpa que no había
cometido, lo había hecho creyendo así
proteger a alguien a quien amaba y
pensando que, en todo caso, no tenía ya
nada que perder. Después de todo, había
perdido a Leo y había aceptado
abandonar Deveraux Court antes de que
su estado se hiciera patente. Tras el
rechazo de Leo, se había sentido
desolada, y era excesivamente orgullosa
como para presentarse ante él y contarle
cuáles eran las consecuencias de su fin
de semana de pasión.
—Wallace está dispuesto a olvidar el
pasado por el bien de tu hijo —continuó
Leo.—
Mi hijo tiene un nombre… se llama
Jake —contestó Angie.
—Sería una estupidez, en tu posición,
hacer caso omi so de la oferta de paz.
Estoy convencido de que Wallace está
dispuesto a mantenerte.
—No quiero nada de ninguno de
vosotros —contestó Angie
profundamente ruborizada y disgustada,
levantan do la vista—. Pero me gustaría
saber por qué Wallace cree de pronto
que es su deber ofrecerme dinero.
—Es obvio que se debe a que su
nieto, Drew, ha deja do de lado su deber
de manteneros al niño y a ti —contes tó
Leo con ojos duros como diamantes,
sosteniendo la mirada de Angie en una
franca y dura colisión.
Angie se quedó helada. ¿Por qué iba
a ser deber de Drew mantenerlos a ella
y a Jake? De pronto compren dió, pero
todo aquello no logró sino confundirla
aún más. Era evidente que Leo creía que
Drew, su primo, era el padre de Jake,
pero, ¿por qué?
Angie estaba encendida de ira. Saber
de dónde se ha bía sacado Leo esa idea
era lo de menos. Estaba dema siado
enfadada por la opinión que Leo debía
de tener so bre su moral. De modo que
Leo la veía como una ladrona y una
buscona. Al fin y al cabo, solo una joven
promiscua habría mantenido relaciones
íntimas con los dos nietos de Wallace en
cuestión de tres meses. Leo pa recía feliz
de creer que ella se había acostado con
su pri mo inmediatamente después de
acostarse con él, y más contento aún de
pensar que el niño era de su primo.
—Angie, no he venido aquí a discutir
contigo ni a ha blar de temas personales
que, francamente, no tienen ninguna
relación conmigo —explicó Leo en tono
de re proche—. Te he traído la invitación
de Wallace, pero no tengo tiempo para
altercados… Tengo una cita, y llego
tarde.
Por una décima de segundo, Angie
sintió como si la hubiera acuchillado.
¿Una cita? ¿De modo que el apena do
viudo había vuelto por fin a la
circulación? ¡Bravo por él! Y, por
supuesto, los sórdidos problemas
persona les de Angie no tenían ningún
interés para él. En reali dad, para un
hombre como Leo; sincero, inteligente y
apasionado solo en la cama, escapar del
escándalo de verse relacionado con una
ladrona era algo de lo que se podía
felicitar.
—Angie…
Angie se volvió. Estaba pálida.
Sentía la necesidad de aplastar a Leo, de
castigarlo por su deliberado distan –
ciamiento de ella, de hacerle daño, de
herirlo por fingir que entre ellos no
había habido jamás nada más que una
intrascendente amistad.
Los rasgos de Leo, duros y oscuros,
parecían impa cientes. Él insistió:
—Wallace te espera el jueves.
Supongo que puedo de cirle que aceptas
su invitación…
Angie apartó los ojos de Leo. Sentía
un torbellino de emociones en su
interior, pero la más fuerte era la ira.
—Debes de estar de broma —sonrió
amargamente—. No tengo ningún deseo
de pasar las navidades con tu abuelo, y
estoy segura de que él tiene menos ganas
aún de pasar las conmigo.
—Pensé que te tentaría la idea de
hacer las paces con tu propia familia.
Una risa irónica resonó en la
habitación. ¿Hacer las paces? Leo no
sabía de qué estaba hablando. Jamás
había tenido con su padre más que una
relación tensa y difícil. Soltera y con un
hijo, y etiquetada de ladrona, ¿qué bien –
venida imaginaba Leo que le iban a dar?
—Me marché de Deveraux Court…
sabiendo que no volvería jamás. No me
dio pena, y no quiero volver ni de visita.
Esa fase de mi vida terminó para
siempre.
Los ojos negros de Leo, directos y
desinhibidos, se fijaron en ella
examinando su perfil.
—Supongo que he tenido muy poco
tacto mencionan do esos robos.
—Jamás esperaría ningún tacto ni
consideración por tu parte —alegó
Angie conteniendo las lágrimas,
decidida a no desmoronarse delante de
él—. Pero me niego a que me manejen.
Estás loco si has creído que voy a
presentarme ante tu abuelo con el
sombrero en la mano, como pidién dole
caridad. Yo sola me las arreglo muy
bien.—
Trabajas de sirvienta… siempre
juraste que no traba jarías de sirvienta.
Angie vaciló, apretó los puños.
Sirvienta. Pero no de Leo que, desde la
cuna, se había visto rodeado de criados
sin rostro que lo habían servido bajo la
democrática e igualitaria etiqueta de
«personal doméstico». Angie giró la
cabeza bruscamente, ruborizada y
tentada de abofetear lo.
—¡Dios…! ¡Solo el más estúpido y
egoísta de los orgullos podría obligarte
a rechazar tan magnánima invita ción!
Wallace podría hacer mucho por tu hijo.
Piensa en el niño. ¿Por qué tiene que
sufrir él por tus errores? —exi gió saber
Leo—. Tu deber, como madre, es tener
en cuen ta su futuro.
Una ola de dolor e ira embargó a
Angie, que se vol vió hacia él con ojos
azules brillantes como zafiros.
—¿Y qué hay del deber de su padre?
La boca sensual y generosa de Leo se
torció en una mueca antes de responder:
—Cuando te acuestas con una
persona tan irresponsa ble y egoísta
como Drew, debes saber que, si algo
sale mal, estás sola.
Leo estaba enfadado, comprendió
Angie de pronto. La tensión era patente
en sus rasgos, en la fría condena que
reflejaba su brillante mirada. Angie
reconoció aque lla mirada, comprendió
que Leo no era tan indiferente como
quería aparentar. Fingía que no le había
importado que se hubiera acostado con
su primo inmediatamente después de
hacerlo con él. Un amarga felicidad la
inva dió. Leo no la deseaba pero, según
parecía, tampoco de seaba que otro
hombre la deseara.
—Lo creas o no, yo creí, en ese
momento, que el pa dre de Jake era fuerte
como una roca —explicó Angie—.
Estaba enamorada de él. Creía que
jamás me dejaría en la estacada.
—Tenías solo diecinueve años… ¿qué
podías saber de los hombres y de sus
motivaciones? —respondió Leo con
impaciencia, mirando el reloj y
caminando hacia la puer ta—. Tengo que
marcharme.
La brusquedad de su marcha
sorprendió a Angie, que se apresuró a
seguirlo hasta el porche. Al abrir la
puerta él la escrutó abiertamente, sin
previo aviso, y Angie sin tió que el
tiempo volvía peligrosamente atrás
haciéndole recordar intimidades del
pasado. Leo… respondiendo con una
asombrosa y primaria pasión a sus
flirteos, tumbán dola en la hierba, junto
al lago, presionando los labios contra
los de ella con una voracidad explosiva.
Angie se sintió cohibida, violenta y
ruborizada.
Las mejillas de Leo parecieron
oscurecerse resaltan do los pómulos. Un
brillo divertido e irónico se reflejaba en
sus ojos. Leo levantó una mano y dejó
que su dedo moreno acariciara
suavemente la trémula línea de sus
aterciopelados, generosos labios,
provocando en ella una cadena de
sensaciones estremecedoras, dejándola
clava da en su sitio, inmóvil.
—Qué desperdicio que te dediques al
servicio domésti co, Angie —comentó
dándose la vuelta e internándose en la
noche antes de que ella pudiera
reaccionar—. Piensa en lo que te he
dicho, Wallace está ansioso por conocer
a ese niño… te llamaré mañana para que
me des tu respuesta.
—No, no me llames, no serviría de
nada. Estoy decidi da, no tengo nada que
considerar —contestó Angie tensa—.
De todos modos, no tendría tiempo. Los
Dickson tienen mucha vida social, y la
casa siempre está llena de invita dos en
Navidad.
—¿Será posible que de verdad hayas
cambiado tanto? —murmuró Leo—.
Pensé que estarías deseando salir de
esta casa, que te marcharías sin mirar
atrás, igual que te marchaste de la casa
de mi abuelo.
Angie se enfadó. Naturalmente, Leo
había supuesto que la perspectiva del
dinero la decidiría rápidamente a
aceptar la invitación, pero se
equivocaba. ¿Se equivoca ría ella
también con respecto a él? Jamás le
había dicho a Leo que Jake era hijo
suyo… en una ocasión, en mitad de una
disputa, había estado a punto, pero al
final había guardado silencio. ¿Por qué?
En lo más hondo de su alma, la
mortificaba recordar que, aquella noche,
le había dicho a Leo que podían hacer el
amor con toda seguri dad. Había
mentido, y lo había hecho con plena
concien cia, a propósito, con
conocimiento de causa.
Angie lo observó caminar a grandes
zancadas hacia el Ferrari negro. Estaba
helada en el umbral de la puerta,
temblando. Tras la tensión del
encuentro, su cuerpo comenzaba a
reaccionar. De pronto, se encendió una
luz. Angie oyó detenerse el Range Rover
de George. Claudia salió del coche de
un salto.
—¿Qué demonios está ocurriendo
aquí? —exigió saber echando una
mirada inquisitiva hacia Leo, de pie
entre las sombras, sin dejar de dirigir su
ira contra Angie mientras caminaba en
su dirección.
—Vine a traerle un mensaje a Angie
—contestó Leo fría mente.
—¿Dejas que un extraño entre en mi
casa cuando mis hijos están durmiendo
en la planta de arriba? —preguntó
Claudia con un ataque de ira.
—Cariño… —intervino su marido
—… no creo que debas calificar al
señor Demetrios de extraño.
—Mi padre trabaja para Leo —
contestó Angie tratando de ser breve—.
Lo conozco desde hace años.
Claudia se detuvo y miró a su marido,
esperando que le dijera qué hacer.
George estrechó la mano de Leo.
Consciente de que había hecho el
ridículo, Claudia le lanzó a Angie una
mirada llena de reproches.
—Hablaremos de esto en privado.
—Si no te importa, ahora me voy a la
cama —contestó Angie con calma—. No
quería que Leo tocara el timbre, así que
tuve que dejarlo entrar.
Angie subió las escaleras, consciente
de que no podría evitar otra regañina de
Claudia, pero demasiado nerviosa por la
visita de Leo como para preocuparse. La
había he cho sentirse airada, enfadada,
extraña, hipersensible… Seguramente se
debía a que había sentido vergüenza al
recordar cosas que ninguna mujer, con
una pizca de orgu llo, habría deseado
recordar. Eso era todo, se repetía en
silencio.
Decidida a conformarse con aquella
explicación, An gie se metió en la cama
luchando contra el deseo de to mar en
brazos a su hijo y apretarlo contra sí
para recon fortarse. Habría sido un gesto
egoísta, y ella no era una madre
egoísta… ¿o sí?
Soportaba a una jefa que hubiera
podido acabar con la paciencia de un
santo, y todo para que Jake pudiera
comer bien, vivir en una casa cómoda y
jugar en un es pacioso jardín con muchos
juguetes. No tenía nada suyo, hasta la
ropa que llevaba su hijo había
pertenecido a los gemelos. Pero Jake era
demasiado pequeño como para darse
cuenta. Aquel año, no obstante, Angie
quería ofre cerle unas verdaderas
navidades. Esa era la razón por la que
había pedido un aumento. No obstante,
el recuerdo de ese suceso apenas podía
captar su atención en ese mo mento.
Le resultaba casi imposible de creer
que Wallace Ne ville quisiera invitar a la
hija de su mayordomo a su mansión.
¿Pensaría instalarla en la casa principal,
o espe raría que se instalara en las
húmedas y lóbregas depen dencias de la
planta baja de su padre y madrastra? Y,
si el abuelo de Leo le ofrecía ayuda
económica, ¿sería ella tan débil como
para aceptarla?
Incómoda ante la idea, Angie dio
vueltas y más vuel tas en la cama sin
poder dormir. La cuestión, de todos
modos, era irrelevante. Claudia
montaría una escena si ella le pedía unos
días vacaciones en Navidad. Y, mien tras
Jake no tuviera edad para ir a la
guardería, los Dick son podían estar
tranquilos.
A pesar de todo, Angie siguió
despierta recordando la primera vez que
vio a Leo, a los trece años. Cada Navi –
dad y cada verano Leo había ido a
visitar a su abuelo, y aunque su inglés
era perfecto, seguía siendo, esencial –
mente, griego. Su padre había sido un
rico magnate grie go que se había casado
con la hija de Wallace. Exótico,
fascinante, y extravagantemente guapo,
Leo se convirtió, como era natural, en el
objetivo del primer flechazo amoroso de
Angie. Él, en cambio, con ocho años
más que ella, jamás había reparado en
su existencia.
El verano en el que Angie tenía
catorce años Leo lle vó a su novia a casa
de su abuelo. Aquella novia tenía un
risita sofocada de lo más irritante.
Angie, profundamente divertida,
observaba a Leo hacer una mueca cada
vez que ella reía. Pero al año siguiente
aquella risa desapare ció. Petrina
Phillipides, una perfecta muñeca de
porcela na, una rica griega de sedosos
cabellos negros, llegó al verano
siguiente a visitar a Leo acompañada de
una vieja niñera que hacía las veces de
carabina. Y Angie observó incrédula
cómo Leo se enamoraba de ella. ¿Cómo
no se daba cuenta Leo de que Petrina era
una niña mimada, una engreída sin
cerebro?
No, Leo había estado ciego, y al
verano siguiente Pe trina tuvo aún más
motivos para mostrar su vanidad. Lle –
vaba el anillo de compromiso de Leo.
Angie estaba ho rrorizada, pero ni
siquiera entonces se dio por vencida.
Después de todo, muchos compromisos
se rompían antes de llegar al altar,
razonó ilusoriamente.
Sin embargo, cuando Wallace salió
de viaje para asis tir a la boda de Leo
Angie se mostró inconsolable. Para
entonces tenía ya diecisiete años, y
comenzaba a estar harta de languidecer
por un hombre que siempre había estado
fuera de su alcance y que, finalmente, se
había convertido en el marido de otra
mujer. Angie comenzó entonces a salir
con chicos. Su figura elegante y esbelta,
sus rasgos agradables y su melena rubia
no dejaron de procurarle admiradores.
A las navidades siguientes Petrina
estaba ya embara zada. Pocos meses
después, se convirtió en la insensible
madre de una niña preciosa. Leo
adoraba a su hija. Angie sintió su
corazón palpitar al ver a Leo prodigar
amor a Jenny, su hija. Petrina, en
cambio, se mostraba indiferen te y
petulante, y dejaba a la niña al cuidado
de la niñera en cuanto la decencia se lo
permitía. Estaba visiblemente molesta
porque fuera su hija, y no ella, el centro
de aten ción de todas las miradas. Angie,
mientras tanto, no deja ba de preguntarse
por qué Leo no habría esperado a que
ella creciera.
Pero aquel mismo año la tragedia se
cebó en la fami lia de Leo. No se celebró
la Navidad en Deveraux Court. Leo
permaneció en Grecia. Su mujer y su
hija habían muerto en un accidente de
tráfico. Al verano siguiente, sin
embargo, Leo volvió, solo y
melancólico, instalándo se en el Folly,
junto al lago, y rehuyendo toda
compañía.
Y Angie, haciendo gala de su total y
completa estupi dez, decidió que había
llegado el momento de aprove char la
oportunidad, que tenía que ser entonces,
antes de que Leo volviera a Grecia y se
enamorara locamente de alguna otra
mujer, o nunca.
—Ahora que sé quién es Leo
Demetrios —comentó Claudia la tarde
siguiente, de buen humor—, comprendo
que no pudieras dejar a un hombre tan
importante en la puerta. Pero él es la
única excepción, Angie. No vuelvas a
abrir la puerta nunca más mientras
estamos fuera.
El dinero lo era todo, reflexionó
Angie. Claudia había llamado por
teléfono a todas sus amigas contándoles
co sas como: «No puedes ni imaginarte
quién estuvo anoche en mi casa… era el
hombre más encantador… debe tener
millones… Sí, el padre de nuestra niñera
trabaja para él… tengo la sensación de
que los griegos no son tan clasistas
como nosotros…»
Angie cerró de golpe la puerta del
lavavajillas refle xionando sobre las
estúpidas palabras de su jefa. Claudia
no podía ni imaginarse lo clasistas que
eran los griegos. Cuando, al despertar
de su estado de embriaguez, Leo se
había dado cuenta de que estaba en la
cama con la hija del mayordomo, se
había levantado más veloz que el rayo.
Ni siquiera entonces, sin embargo, se
había sentido Angie preparada para el
rotundo rechazo que acabaría con aquel
breve episodio de intimidad y que la
dejaría sin esperanza… ni orgullo.
El timbre de la puerta sonó. Angie se
encaminó hacia el vestíbulo y se detuvo
en seco delante del porche. Por la
ventana lateral podía ver la gorra del
chófer de una im presionante limusina.
Contuvo el aliento y abrió. Leo,
tremendamente atractivo y elegante con
un traje gris, ca misa de seda blanca y
corbata azul, la miraba. Estaba
guapísimo. El corazón de Angie palpitó.
Una intensa y excitante emoción la
paralizó.
—No esperaba que volvieras —
susurró ella.
Leo esbozó una efímera sonrisa y
desvió la vista por encima de su
hombro.
—¿Señora Dickson?
—Llámame Claudia, por favor…
Leo pasó por delante de Angie como
si fuera invisi ble y estrechó la mano que
Claudia le tendía.
—¿Leo…? —musitó Angie confusa.
—He venido a hablar con tu jefa,
Angie. Si nos discul pas…
—Vamos al salón —intervino
Claudia sonriendo satis fecha—. Prepara
café, Angie.
Molesta e incrédula ante aquella
respuesta, Angie se dirigió a la cocina a
preparar café. Luego, volvió al sa lón.
—Lo lamento mucho, pero me temo
que no podemos prescindir de ella ahora
mismo. Vamos a tener invitados en
navidades y… —estaba diciendo
Claudia.
Angie abrió la puerta, que estaba
entornada, y se que dó de pie en el
umbral, furiosa al comprender que la ha –
bían excluido de una discusión que la
concernía directa mente. ¿Cómo se
atrevía Leo a hacer algo así?
—¿Cuándo tuvo Angie sus últimas
vacaciones? —pre guntó entonces Leo,
de pie junto a la chimenea.
—Eh… pues… —tartamudeó Claudia,
que no estaba preparada para esa
pregunta.
—En realidad, Angie no ha tenido
nunca vacaciones en esta casa, ¿verdad,
señora Dickson? —continuó Leo con un
brillo de ironía en los ojos.
—¿De dónde demonios te ha sacado
esa idea? —con traatacó Claudia
irritada.
—Leo… —comenzó a decir Angie en
voz baja.
—Las condiciones de trabajo de
Angie son vergonzosas, son la comidilla
del vecindario —continuó Leo se rio—.
En realidad decir que es una esclava en
esta casa es incluso generoso.
—¿Cómo… cómo dice? —preguntó
Claudia sorprendi da.
—¡Leo, por el amor de Dios! —
intervino Angie horrori zada.
Pero Leo, sin embargo, ni siquiera la
miró.
—Se ha aprovechado de que era una
adolescente, de que estaba embarazada.
Lleva más de dos años trabajan do sin
cesar, trabaja más de ocho horas diarias,
y a cam bio le paga una miseria. Hay que
ser responsable con los empleados, es
un deber, y usted lo ha olvidado. Y no
eres ni pobre ni tonta, así que no hay
circunstancias ate nuantes que puedan
justificar tu falta de escrúpulos —aca bó,
tuteándola.
—¿Cómo te atreves a hablarme en
ese tono? ¡Fuera de mi casa! —exclamó
Claudia roja de ira.
—Ve a hacer tu maleta, Angie —
murmuró Leo sin par padear,
comenzando a esbozar una sonrisa—. Te
espero en el coche.
—Yo no voy a ninguna parte… —
comenzó a decir An gie.
—Así que soy la comidilla del
vecindario, ¿eh? —co mentó Claudia
mirando a Angie con una expresión acu –
sadora—. ¡Cuando pienso en todo lo que
hemos hecho por ti!
—No has hecho nada por ella
excepto utilizarla en tu propio beneficio
—intervino Leo irónico.
—¡Estás despedida! ¡Quiero que ese
niño y tú salgáis de esta casa ahora
mismo! —gritó Claudia.
Capítulo 2
ANGIE sacó la pesada maleta por la
puerta mien tras Claudia seguía gritando
detrás de ella. Un hombre de uniforme la
esperaba listo para ayu darla. La puerta
de la casa se cerró de golpe tras ella.
An gie se apresuró al jardín de atrás a
recoger a Jake, en donde había
permanecido mientras hacía la maleta.
Poco tiempo le había llevado hacerla,
con Claudia de pie, sol tando gritos. La
señora Dickson se había negado a que se
llevara la ropa de Jake, argumentando
que no se la había regalado, sino
prestado. Y lo mismo había ocurrido con
los juguetes. Angie tomó a su hijo en
brazos y lo estre chó. El niño la miró
confuso, con los ojos muy abiertos.
—Jake… mataré a Leo por esto… ¡te
lo juro!
El chófer le abrió la puerta de la
limusina. Angie en tró, tensa, y levantó la
vista. Leo miraba fijamente al niño
sentado sobre su regazo.
—Es muy… moreno —comentó Leo
tras un momento de vacilación. Angie,
sobresaltada, bajó la cabeza y sentó al
niño en el asiento, ocupándose de
abrocharle el cintu rón—. Pensé que
sería rubio… —continuó Leo sin apartar
los ojos de Jake.
El niño levantó la vista mostrando
sus ojos castaños, su pelo negro rizado y
su piel aceitunada. Angie, rubori zada, se
apresuró a explicar:
—Es que ha salido a mi madre… era
muy morena. Ocurre a veces… es cosa
de los genes, ya sabes.
—Yo no conocí a tu madre.
Angie se alegró. Su madre había sido
tan rubia como ella. Había vivido en
Deveraux Court solo unos meses, hasta
el divorcio de su marido. En aquel
entonces, estaba embarazada de Angie,
pero a pesar de todo había preferi do
marcharse sola a quedarse con un
marido al que, poco a poco, había
aprendido a despreciar debido a su falta
de ambición.
Angie respiró hondo. Aquello, sin
embargo, no calmó sus nervios, a punto
de estallar. Miró a su hijo y se pro metió
no levantar la voz ni hacer nada que
pudiera alte rarlo.
—¿Te das cuenta de lo que has
hecho? —preguntó con teniendo la ira
con gran esfuerzo.
—¡Creo que empiezo a darme cuenta
—confesó Leo—. No puedo llevarte a
Deveraux Court hasta el jueves, Wa llace
tiene invitados. No sería apropiado que
llegaras mientras están allí.
Angie, temblorosa, echó la cabeza
atrás. Sus ojos bri llaban acusadores.
—Le has robado a mi hijo su hogar y
el único lugar seguro que tenía para
vivir…
—Deberías darme las gracias —
alegó él con ojos desa fiantes.
—¿Darte las gracias? —repitió
Angie tartamudeando incrédula.
—¿Cómo has podido vivir en esa
casa, esclavizada, con esa arpía?
¿Dónde está tu indomable espíritu,
dónde tu sentido común? ¿Es que no
comprendes que jamás de biste aceptar
esas condiciones de trabajo durante
tanto tiempo?
Angie, roja de ira, respiró hondo
tratando de conte nerse.
—Lo acepté por el bien de mi hijo.
Con ese trabajo podía estar con él todo
el día… y él disfrutaba de muchas
ventajas que yo jamás habría podido
ofrecerle.
—He tratado de dialogar cortésmente
con esa mujer, le he pedido algo
razonable —aseguró Leo declinando
toda responsabilidad.
—Has interferido en un asunto que no
era de tu in cumbencia, le has dado a
Claudia solo dos minutos para
recapacitar y acceder a tu demanda, y
después has pasa do a la ofensiva. Te
dije que no estaba dispuesta de nin gún
modo a ir a Deveraux Court —le
recordó Angie ele vando la voz—. Pero
tú no escuchas, claro, y ahora estoy sin
casa y sin trabajo por tu culpa.
—Deja ya de hacer teatro

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