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Libro PDF Nubes de fresa – Mel Caran

Nubes de fresa – Mel Caran

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Entra en el ascensor, mete la llave para acceder a la planta -1, zona restringida para el público, y las puertas se cierran. Al salir a la inmensa sala blanca, con distintos
espacios ambientados de diferentes maneras, observa el movimiento típico de una sesión fotográfica. Los carritos de peluquería por aquí, los percheros de vestuario por
allá, y Rafa, el jefe de maquillaje, y sus ayudantes, pincel en mano, liberando su arte sobre el rostro de la modelo.
Leo se encamina hacia el rincón donde la decoración es blanca, totalmente neutra y sin ningún elemento decorativo, simplemente un lienzo impoluto cubriendo la
pared, donde Sam está colocando los focos y preparando las cámaras.
—Buenos días, Sam —saluda Leo dándole un manotazo en la espalda.
—Buenas, Leo, ¿qué tal? —responde su compañero.
—Muy bien. —Leo no mira a su amigo, sus ojos están fijos en Elsa, que se ríe ante las bromas de Rafa, supone él.
Sam sigue con sus ojos la mirada de Leo y sus labios esbozan una maliciosa sonrisa.
—¿Y esa cara? Si no fuera porque te conozco, diría sin temor a equivocarme que el inoportuno de Cupido ha lanzado una de sus flechas directa a tu corazón y sin
opción a frenar a tiempo.
—No digas tonterías. La conocí hace dos días, aunque oficialmente ha sido hoy…
—¿Y qué? Eso no tiene nada que ver. Pero reconócelo, tío, aún no me has mirado a la cara.
Los azules ojos de Leo se clavan en los negros de Sam y fingiendo enfado le pide que lo ponga en antecedentes de lo que tienen para hoy.
—Tenemos una campaña de joyería. Nada complicado. He pensado en una tanda de imágenes con fondo blanco —explica Sam señalando a su alrededor— y luego
repetirlas en los distintos ambientes. Sobre el sofá, creo que también pueden quedar muy bien y las del espacio con la decoración de figuras geométricas, con el cuerpo
esbelto que tiene la modelo, puede quedar muy sexy.
—Ya te digo… —musita Leo, que reacciona rápido para evitar cualquier comentario de su compañero—. Me parece perfecto, entonces voy a dar órdenes a atrezo y
a peluquería.
—Sí, sí, corre, ve, que lo estás deseando…
Leo se acerca al oído de Sam y le susurra:
—No seas cabrón o nunca más te invitaré a una cerveza.
Sam, riéndose, continúa con su trabajo y Leo se acerca a Rafa, ocupado justamente con el moratón del pómulo de Elsa.
—¿Cómo lo llevas, Rafa? —pregunta al jefe de maquillaje, pero a quien mira es a Elsa y puede comprobar que su aspecto es maravilloso.
—Pues muy bien, como puedes ver tú mismo, sólo queda una ligera sombra aquí —Rafa señala bajo el ojo de Elsa—, pero eso no será problema si luego la
retocamos con el programa de tratamiento de imágenes.
—Estupendo, Rafa. Sabía que lo conseguirías.
—Gracias, Leo. Ahora seguirá Carla, que yo he dejado parado a mi equipo arriba con la preparación de las demás sesiones.
—Sí, claro; lo siento, pero es que la ocasión requería de tu experiencia y presencia.
—Lo entiendo, la verdad es que es un golpe importante. Cuídate, encanto —se despide de Elsa—. Que tengáis una buena sesión, Leo.
Se dan la mano y Rafa se va. Leo se queda frente a Elsa, mirándola sin hablar. Ella hace lo mismo, esbozando una tímida sonrisa.
—Estás espectacularmente bonita. —Es lo único que puede decir Leo y al momento ya se arrepiente, porque no sabe cómo va a reaccionar la chica.
—¡Y eso que todavía no hemos acabado con ella! —vocifera Carla por detrás de Leo—. Venga, jefe, apártese, que tengo que dejarla más guapa aún.
—¿Más aún? —pregunta Leo sin apartarse ni un milímetro.
—¡Que sí! ¡Venga! ¡Fuera! —grita la veterana maquilladora dándole un suave empujón a Leo—. Dios, estos jefes, qué pesados son…
—Carla, Carla… En un rato vengo —dice Leo mirando a Elsa.
Ella asiente, pero en cuanto él se da la vuelta…
—¡Leo! —Su voz melodiosa frena en seco a Leo, que se gira de inmediato—. Gracias. Y siento lo muy estúpida y dura que he sido contigo.
—No pasa nada. Estabas en todo tu derecho de actuar así.
Leo le guiña el ojo, ante la atenta mirada de Carla, y se va para concretar el trabajo con los encargados de vestuario y peluquería.
—Ayyyy mi niña… Mi experiencia y larga vida me dicen que aquí pasa algo… Conozco a Leo desde hace muuuuchos años, desde que empezó aquí con nosotros,
antes de que saliera de la universidad, y te puedo asegurar que esos bonitos ojos suyos hoy miran diferente.
—Jaja —ríe Elsa—. No creo, sólo es que empezamos con muy mal pie y después de la tormenta viene la calma.
—Vale, vale, lo que tú digas, pero yo no suelo equivocarme… Bien, ahora no muevas los labios, por favor…
Leo, al menos durante más de una hora, anda de un lado para otro, hablando y concretando los pasos que hay que seguir y las acciones que se deben realizar para
llevar a buen término la sesión de hoy. Como es su tónica general, siempre con total profesionalidad y saber hacer, aunque hoy… Hoy es diferente. Hoy su cabeza no
puede concentrarse del todo, y es por eso que continuamente su mirada se desvía hacia Elsa, que aguanta paciente los arreglos de maquillaje y los retoques de
peluquería.
Por fin, la modelo sale de detrás del biombo, con las prendas seleccionadas para las primeras fotos y Leo queda totalmente colapsado; bueno, no del todo
precisamente, más bien colapsado de mente, porque por lo demás… empieza a notar un leve cosquilleo en el bajo vientre que hacía mucho tiempo que no sentía. Para
empezar la sesión, Elsa viste una minifalda negra muy ajustada que realza sus esbeltas y largas piernas, y una camiseta de tirantes con un generoso escote para lucir en
su delgado cuello las joyas. La persona encargada del atrezo enseguida la acaba de preparar para las fotos, colocando en su irresistible cuello un espectacular collar de
zafiros de un azul impresionante, y colgando de sus perfectas orejas unos pendientes a juego.
La sesión transcurre sin problemas, con diferentes cambios de ropa y, por supuesto, muchos cambios de joyas. Leo admira la paciencia de Elsa, que no se ha
quejado en ningún momento. Se entiende que forma parte de su trabajo someterse a las exigencias de las sesiones, pero la mayoría de los modelos acaban en algún
momento por quejarse de algo, o pedir algún descanso en algún momento. Ella, no. Elsa acata todas las órdenes y siempre con esa sonrisa en los labios que le ilumina
toda la cara.
Por suerte, Rafa ha hecho un gran trabajo con su moratón en el pómulo y sólo será necesario un pequeño retoque en las fotos para acabar de disimularlo del todo. Al
principio, Leo percibió un pequeño resquemor en Elsa al posar, intentando mostrar su lado sano del rostro, pero ahora parece que ya se le ha olvidado por completo y
se la ve disfrutar del todo tras los focos.
—¡Perfecto, Elsa! Hemos terminado. —Sam se acerca a la modelo y se despide de ella con dos besos—. Te felicito, porque has hecho que ésta sea una muy buena
sesión y te aviso que no es nada fácil trabajar conmigo —bromea Sam—. Espero verte de nuevo por aquí y que sepas que ha sido un verdadero placer trabajar contigo.
—Muchas gracias. Lo mismo digo. Estaré encantada de volver.
Leo se acerca, atento ya desde hace rato a los últimos movimientos de su amigo y la modelo.
—¿Ha sido muy duro contigo? —pregunta Leo refiriéndose a Sam.
—¡No, para nada! Sabe muy bien en todo momento lo que quiere y lo sabe transmitir con claridad, y eso es algo muy importante para los que estamos a este lado de
la cámara —responde Elsa sin poder apartar sus ojos de los de Leo.
—Bueno chicos, yo os dejo —se despide Sam en vistas del poco caso que le hacen ya—. Leo, ¿te ocupas tú de acompañar a Elsa al departamento de personal?
Supongo que sí, ¿no?
—¿Eh? ¡Ah, sí! Sí, no te preocupes, yo me encargo.
—Perfecto. Lo dicho, Elsa, un placer. Leo, ahora tengo una aburrida reunión con la dirección en pleno —susurra Sam a su amigo—. Luego hablamos, ¿vale?
Sam se va lanzándole una mirada burlona.
—¡Suerte! —Leo se queda unos segundos en silencio y al final reacciona—. Bueno… Pues ya está.
Quiere invitarla a desayunar y eso lo está poniendo nervioso, porque no sabe cómo pedírselo.
—Pues sí, eso parece. ¿Tengo que ir a personal ahora? —pregunta Elsa con voz tímida.
—Sí. Sí. Si quieres te espero aquí mientras te cambias —dice Leo señalando el biombo—, y luego te acompaño.
—¡Uy, es verdad! Ya me iba yo con todo esto puesto —exclama Elsa pasando de forma sensual las manos por sus caderas.
—Uf, mejor que no, me pondrías en un aprieto, pelirroja. —Leo no es capaz de apartar los ojos de ella, que al escuchar el adjetivo frunce el ceño—. Uy, lo siento…
—Jajaja. Tranquilo, esta vez no me ha molestado tanto como la primera… Bueno, entonces mejor que me cambie enseguida. Me esperas, ¿no?
—Por supuesto. No me iré por nada del mundo.
—Bien —dice Elsa sonriéndole.
Se da la vuelta y desaparece detrás del biombo. Leo se queda ahí inmóvil, maquinando en su cabeza la mejor forma de hacerle la invitación a la modelo. No entiende
lo que le pasa, cuando nunca ha sido un problema para él invitar a una chica, ni mucho menos llevársela a la cama. Pero con Elsa es diferente. Esta chica lo intimida hasta
el punto de hacerle sentir como un adolescente inexperto, y cuanto más la conoce, peor es.
Después de que atrezo compruebe que todas las joyas están guardadas en su sitio y que vestuario recoja toda la ropa, Elsa se reúne con Leo, que en ese momento
está hablando por teléfono.
—Sí, Demi, en un rato subimos, aún tenemos que pasar por personal. Hasta ahora.
—Ya estoy lista —dice Elsa desde atrás.
Leo se da la vuelta y no puede evitar echarle un vistazo de arriba abajo.
—Genial. Vámonos, entonces.
Empiezan a andar y Leo se detiene.
—¿Ocurre algo? —pregunta Elsa extrañada por la actitud de él.
—Sí. No. Quiero decir que… Me preguntaba si aceptarías que te invitara a desayunar. Tómalo como una disculpa por todo lo sucedido.
Elsa sonríe.
—Leo, ya te has disculpado unas cien veces. Además, si no fuera por ti, ahora no estaría aquí, porque tu estricta asistente no me hubiera dejado hacer la sesión.
—Jajaja, sí. Demi se toma su trabajo muy en serio. Entonces, ¿qué me dices? ¿Aceptas? —vuelve a preguntar más nervioso que antes.
—Te digo que sí, pero con una condición.
—Lo que sea —afirma Leo, reuniendo incomprensiblemente las fuerzas necesarias para acercarse un poco a ella.
—Uf, eso es un poco arriesgado por tu parte, ¿no?
—Me gusta el riesgo. Y si es contigo, más aún… —la provoca él, tomando por fin las riendas de la situación.
—Vaya… Gracias. Mi condición es que no te disculpes más.
—¿Sólo eso? Vaya —bromea irónicamente—. Hecho.
Leo pone su mano sobre la espalda de Elsa para invitarla a salir por la puerta. Ese disimulado y educado gesto lo ayuda a saciar sus ganas de tener contacto con ella,
sin parecer que lo busca. Pero en ese momento, le recorre un deseo muy intenso de aferrar su cintura con fuerza, abrazarla y retenerla contra él, mientras sus labios
devoran los de ella con pasión. Por eso Leo se controla, retira su mano y recolocándose el nudo de la corbata, que parece que le esté apretando más de lo normal desde
hace un rato, camina a su lado aunque a una distancia prudencial.
Llegan al ascensor y entran. Elsa se apoya en la pared del fondo y observa cómo con gestos elegantes a la vez que graciosos él pulsa el botón de la planta baja.
Por la cabeza de Elsa empiezan a amontonarse pensamientos confusos. Leo no es tan alto como a ella le gustan los hombres. Si se quitara los tacones, cree que más o
menos tendrían la misma estatura. Pero claro, es una chica alta y entiende que sea difícil encontrar a un chico que le guste y que además sea de la estatura deseada.
Leo es muy atractivo, tiene unos ojos preciosos y su rostro es sencillamente perfecto. Y ahora que lo contempla con detenimiento, puede apreciar que debajo de ese
traje moderno debe de esconderse un buen cuerpo; o sea, sí, lo sabe con seguridad, la prueba de ello está en su cara.
Pero Elsa no quiere empezar ninguna relación, y menos enamorarse. A sus treinta y dos años ya ha cosechado un buen número de fracasos amorosos y está un poco
desanimada en temas de amor, por lo que hace tiempo que tomó una decisión: vivir la vida, disfrutarla y no meterse en líos de los que luego pueda arrepentirse.
Leo, al darse la vuelta, la ve observándolo con gesto pensativo e insistencia.
—¿Puedo preguntarte en qué piensas? —interroga él colocándose a su lado, demasiado cerca bajo el punto de vista de Elsa.
—Oh, nada… —responde ella intentando disimular—. Sólo pensaba en la casualidad de que nos hayamos vuelto a encontrar.
—Bendita casualidad…
En ese instante, el cerebro de Leo hace un clic y consciente de dónde se encuentran, el morbo se apodera de él, deja atrás sus miedos y parte de su educación y
agarrando a Elsa por la cintura la atrae con fuerza hacia él. La modelo no tiene tiempo de reaccionar, porque Leo en décimas de segundo le está devorando la boca a la
vez que sus manos recorren su espalda hasta llegar al trasero, que aprieta entre sus manos.
Elsa es incapaz de resistirse ante tal situación y rodeándole el cuello con los brazos empieza a contonear sus caderas, rozándose con él sin ningún reparo ni pudor.
Leo, sin dejar de besarla se acerca al panel de control del ascensor, activa la parada y en un arrebato descontrolado empieza a desabrochar el pantalón de la chica, la cual
lo imita y hace lo mismo con el suyo. La pone de cara a la pared y mientras le besa el cuello, le baja el pantalón e introduce una de sus manos dentro de las bragas de la
chica. Empieza a tocarla, mientras con la otra mano se prepara para la acción. Gimen al unísono, Leo al comprobar la humedad de ella y Elsa al sentir los dedos de él en
su interior. Ella lo mira con deseo por encima del hombro y acomoda los pies en el suelo, elevando las caderas y ofreciéndole con total descaro aquello que Leo más
desea en este momento.
Es ella quien se deshace de la pequeña prenda de encaje negro que aún se interpone entre ellos y susurrando entre dientes, invita a Leo a poseerla:
—Hummmm… Por Dios, Leo, hazlo ya antes de que me arrepienta…
Sentir su dureza contra las nalgas le ha hecho perder el control de la situación y lo que más desea en ese momento es sentirlo dentro de ella. Además, y aunque no se
lo haya confesado a nadie, hacerlo en un ascensor es una de sus fantasías sin cumplir.
Leo no se hace de rogar más y tanteando desde detrás el camino que lo llevará directo al placer, agarra su pene y lo desliza por la hendidura totalmente húmeda de
Elsa, presionando hacia arriba, para encontrarse así con la entrada tan deseada por él desde hace un par de días.
El miembro se introduce con facilidad dentro de ella hasta que llega hasta el fondo. Allí Leo se queda inmóvil, la rodea por la cintura con los brazos y posa sus labios
sobre su cuello. Un profundo suspiro emerge de su garganta; disfrutando de ese primer momento e intentando retenerlo en su memoria lo más nítido posible, Leo
empieza a mover su pelvis contra el trasero de Elsa. Los dos lo disfrutan al máximo y ella, presa de la pasión, se agarra al culo de Leo y ladeando la cabeza, empieza a
susurrarle al oído:
—Leo… —escucha él como muy a lo lejos—. Leo… —Otra vez—. Leo, ¿te encuentras bien?
Cuando él reacciona y vuelve a la realidad, ve que Elsa lo está agarrando del brazo, el ascensor ha llegado a su destino y las puertas están abiertas, con un montón de
gente esperando a que ellos salgan.
—Sí, sí… —responde aturdido—. Estaba pensando en… Nada, déjalo.
Elsa lo observa sin entender nada y sale del ascensor sin darle demasiada importancia, mientras esquiva a la gente que entra en él.
Justo al lado de la agencia de modelos está el bar-restaurante en el que entran los dos. Se sientan a una mesa cercana a la entrada y enseguida les vienen a tomar nota.
Leo, incómodo, se sienta de frente a la mesa, intentando no darle a Elsa una buena perspectiva de sus piernas, ya que por la presión que siente sabe que tiene una buena
erección. Trata de distraer su mente, olvidarse de la visión que acaba de tener y entablar enseguida una conversación con ella.
—Me preguntaba si vives también en Gavà o ese fatídico día te pillaba de paso y paraste a tomar un café —inquiere Leo esperando que no sea esto último lo que
ocurrió.
—Sí. Vivo en la calle de al lado. ¡No me digas que tú también vives por allí!
Leo sonríe.
—Sí, también. Dos portales más allá del bar. Espero que esto no haga que ahora te mudes repentinamente de residencia… —bromea.
—¡Dios mío, las casualidades nos persiguen! —Elsa ríe—. No, no, tranquilo, no te odio tanto como para mudarme.
—Eso parece… Lo de las casualidades, digo… Lo que me sorprende es que nunca te haya visto por allí. Una chica tan bonita como tú es imposible que pase
desapercibida.
Leo está ya más tranquilo, aunque aún con su problema entre las piernas.
—Gracias. Llevo allí tan sólo desde hace un par de meses. Antes vivía aquí en Barcelona, pero necesitaba un cambio de aires y tengo un par de amigas en Gavà, así
que decidí irme para allí.
—Pues me alegro mucho. Espero que el cambio te haya ayudado y que estés a gusto, aunque a veces te encuentres con algún vecino loco…
—Jajaja. Sí, yo también me alegro de haber dado el paso. Se está muy bien. Sigo trabajando aquí y cada día vengo y vuelvo en autobús, pero vale la pena luego estar
tan cerca de la playa, y la tranquilidad que se respira…
—¿Ah sí? ¿Trabajas aquí? ¿Dónde? —Leo está ansioso por saber cosas de ella y empieza a impacientarse por el tiempo, porque sabe que no podrá formularle todas
las preguntas que desea.
—En las oficinas de una cadena de tiendas de moda, en la zona del Eixample.
—Ah, genial. No está muy lejos de aquí.
—No. Y por cierto, tendría que ir pensando en irme si no quiero quedarme sin trabajo —confiesa Elsa apurando su café.
—Oh claro, claro. Vámonos ya, subimos para que rellenen tu ficha de hoy y firmes el contrato y ya te podrás marchar.
Leo se levanta, ya más relajado en todos los sentidos, deja unas monedas sobre la mesa y poniendo de nuevo la mano sobre la espalda de ella salen hacia la calle.
Una vez listo todo el papeleo, llega la hora de la despedida. Los dos presienten entre ellos una mezcla de tensión y nerviosismo, que se traduce en que durante un
instante se queden ambos en silencio, uno frente al otro, mirándose a los ojos, mientras la secretaria de Leo teclea en el ordenador.
Por fin, Demi anota sus datos personales y se despide de Elsa, disculpándose por haber sido tan arisca con ella al principio. Leo la acompaña hacia los ascensores.
—Lo dicho, Leo, gracias por tu ayuda.
—De nada, Elsa. Espero que no tengas más problemas con el golpe. En caso contrario, ya sabes dónde encontrarme: dímelo y correré con los gastos del médico o lo
que sea.
—No creo que sea necesario. Sólo es el golpe y nada más. No te preocupes.
—Vaya, por un momento desearía que no fuera así… ¡Espera! No me malinterpretes…
Elsa sonríe y asiente mientras con el índice pulsa el botón de llamada del ascensor.
En ese momento, Leo se está armando de valor para lanzarle la segunda invitación del día. Allá va:
—Elsa, si no te importa y te parece bien, me gustaría pasarte a recoger por el trabajo esta noche y llevarte a casa; al fin y al cabo, yo iré para allí también.
—Ah, no, mejor en otra ocasión. No es por nada, pero no sé a qué hora terminaré hoy. Tendré que recuperar la mañana, así que tranquilo. Pero te lo agradezco
mucho de todas formas.
—No me importará esperar, de verdad —sigue diciendo Leo casi en tono suplicante, siendo consciente de que se le está escapando la oportunidad de volver a verla
hoy.—
No puedo, Leo. Lo siento. Seguramente nos veremos algún día por el barrio o en la próxima sesión de fotos, si es que me llamáis para otra —dice Elsa entrando en
el ascensor—. Hasta pronto y gracias de nuevo.
Elsa se despide de él con la mano y le regala una dulce sonrisa.
—Eso espero. Hasta pronto, Elsa. —Es lo único que tiene tiempo de decir Leo antes de que se cierren las puertas.
Con las manos en los bolsillos, se da la vuelta y se encamina de nuevo hacia su despacho con aspecto taciturno, sin reparar al pasar por delante del escritorio de su
asistente que ésta lo mira divertida.
—Vaya, vaya, eso sí que han sido unas calabazas educadas… —bromea ella socarronamente.
Leo vuelve sobre sus pasos y apoyándose en la mesa de Demi de una forma que a la chica le parece de lo más sexy, la mira y no puede hacer otra cosa que sonreírle.
—Tienes toda la razón. Pero puedes estar segura de que esto no ha terminado aquí.
Leo se dirige a su despacho después de guiñarle un ojo a su ayudante, pensando para sus adentros que no parará hasta que consiga una cita con la modelo.
Capítulo 5
Por la noche, en Gavà, Leo está sentado frente al televisor encendido, pero es como si frente a él hubiera una caja negra y vacía, ya que su mente está en las palabras de
la modelo cuando le confesó que vivía en la calle de al lado.
«Pero ¿de qué lado? —se pregunta—. Mañana le diré a Demi que me pase sus datos.»
Luego lo piensa mejor, y se convence a sí mismo de que ésa es una forma muy poco galante y para nada heroica de conseguir una cita con ella. Mira el reloj y ve que
aún no es muy tarde, pasan pocos minutos de las nueve de la noche, así que igual está a punto de llegar a su casa, ya que, según dijo, hoy tendría que quedarse un poco
más en el trabajo o igual está paseando al perro, si es que tiene.
—Puedo bajar y darme unas cuantas vueltas por una calle y por la otra… ¡Dios, estoy hablando solo! Elsa… me estás haciendo perder la razón y todavía casi no te
conozco…
Leo sacude la cabeza y mientras se levanta apaga el televisor. Coge su chaqueta y las llaves y sale por la puerta de su casa, decidido a encontrarla. Al salir del portal
camina hacia la derecha para así poder comprobar si la atractiva modelo ha decidido tomar un refresco antes de subir a su casa en el bar donde se conocieron
accidentalmente.
Cuando Leo llega frente a la puerta del local, se detiene y examina el interior. Hoy es noche de fútbol, así que el bar está a rebosar, pero ni rastro de la pelirroja. Por
eso decide dar un rodeo a la manzana de su casa, ya que como dijo que vivía en la calle de al lado, Leo supone que tiene que ser o la calle de la derecha o la de la
izquierda.
Al cabo de media hora, Leo ya ha dado unas cuantas vueltas sin ningún resultado satisfactorio, por lo que al llegar de nuevo frente a su portal decide subir a casa.
En ese preciso instante, en la calle de atrás, Elsa baja del autobús y empieza a recorrer los pocos metros que separan la parada del transporte público de su
domicilio. Cuando introduce la llave en la puerta de la calle, duda si entrar y, girando la cabeza, valora la posibilidad de acercarse al bar y echar una ojeada, o si no, como
dijo Leo, mirar dos portales más allá. La verdad es que ha estado pensando toda la tarde en él, en esos ojos azules y en ese aspecto de niño grande, que le transmite
mucho morbo a la par que ternura. Pero, al final, la cordura prevalece a la insensatez y al momento desecha la idea, gira la llave y accede a la entrada de su edificio.
Por su parte, Leo sigue con sus indecisiones y cuando ya ha alcanzado el primer tramo de escaleras que conducen al primer piso donde tiene su vivienda, se para en
seco, se da la vuelta y vuelve a bajar rápido los pocos peldaños que había subido hace unos segundos. Sale del edificio y con grandes zancadas llega frente a la puerta del
bar. Entra y se sienta en el único taburete libre que queda en la barra.
—Buenas noches, ¿qué te pongo? —pregunta el camarero cuando se le acerca.
No es el mismo que le atendió el otro día. Éste es más joven; al otro lo localiza en la cocina, atareado entre bocadillos. Casi mejor, igual éste conoce a Elsa, así que
decide intentarlo.
—Una cerveza, por favor.
Leo estudia los movimientos del chico, maquinando en su cabeza la mejor forma de plantear la pregunta. El camarero deja el botellín y la copa frente a él y vuelve a
ponerse frente a los dos clientes con los que estaba comentando la última jugada del partido. Leo se toma la cerveza rápido, hace el ademán para que le cobre y entonces,
cuando el camarero se le acerca, le entrega un billete de cinco euros y se lanza.
—Quería hacerte una pregunta, a ver si puedes ayudarme…
Siente los nervios en el estómago y en su mente cruza imaginariamente los dedos para que esta osada acción le dé buen resultado.
—Dime, ¿de qué se trata? —pregunta receloso el camarero.
—Verás, me llamo Leo y soy vecino de aquí, dos números más arriba. El otro día, al pasar frente a vuestra puerta, salía de aquí una chica pelirroja y me tropecé con
ella. Me dijo que vivía por aquí cerca y me gustaría saber dónde. No la conocerás, ¿no? Ojos verdes, alta, larga melena pelirroja…
Leo ya no sigue porque por la expresión del chico entiende que no va a conseguir nada.
—Pues ahora mismo no caigo, por aquí pasa mucha gente al cabo del día. No sé quién eres, pero aunque supiera de quién me estás hablando, ¿crees que te lo diría?
No por nada, no te lo tomes a mal, pero tienes que entender que debemos respetar la intimidad de nuestros clientes.
—Por supuesto, tienes toda la razón. Olvídalo, ha sido una idiotez por mi parte. —Leo recoge el cambio que el camarero le ha dejado sobre la barra mientras
escuchaba sus explicaciones y se despide—. Buenas noches y gracias de todos modos.
—Buenas noches y suerte. Ojalá la encuentres.
Una vez en su casa, Leo se prepara un plato de pasta con tomate y mientras se lo come sentado en el sofá frente al televisor, repasa mentalmente los
acontecimientos acaecidos los últimos días.
No piensa tirar la toalla y no parará hasta que la encuentre. Como último recurso, hará uso de su puesto privilegiado en la agencia y le pedirá a su asistente que le
facilite sus datos.
Mañana es viernes, así que tiene la última oportunidad para forzar un encuentro con ella por la mañana, es por eso que toma la decisión de volver a salir un poco
más tarde de su casa y comprobar así si de una vez por todas vuelve a coincidir con la modelo.
Esa noche Leo la pasa muy agitado y, raro en él, por la mañana se levanta de bastante mal humor. Será porque empieza a presentir que será difícil volver a verla y
por la impotencia de que, sabiendo que están tan cerca, no es capaz de planear un encuentro fortuito con ella.
Como ya suponía, su paso por el bar no surte el efecto deseado, y a la media hora de salir de su casa, Leo ya está montado en su coche, triste y decaído, rumbo a su
trabajo.
Por suerte hoy es una jornada tranquila, o no, porque así tiene más tiempo de pensar y compadecerse por haber dejado pasar la oportunidad de quedar con ella
cuando estuvo aquí. Demi no pasa por alto el estado de ánimo de su jefe y así se lo hace saber en más de una ocasión.
—Madre mía, Leo, a medida que pasan las horas estás cada vez más ausente.
—Hoy no tengo un buen día, Demi. ¿Hemos acabado ya con todo? —pregunta sin levantar la vista del teléfono móvil que tiene encima de la mesa.
—Sí, por esta semana ya hemos terminado. ¡Por fin! Qué larga se me ha hecho la semana… —dice Demi con tono alegre, intentando animar a Leo.
—Creo que me iré ya a casa. Cuando suba Sam dile que me he tenido que ir. No tengo ganas de decirle que no a su invitación a una copa. —Leo le guiña el ojo a su
asistente y se despide con la mano—. Buen fin de semana, Demi.
—Igualmente, jefe, y anímate —se despide ella volviendo hacia su mesa.
Leo recoge el maletín y el móvil; cuando sale de su despacho, Demi lo aborda y, dándole un manotazo en el pecho, le pega un post-it en él.
—A ver si esto te ayuda a animarte, pero no le cuentes a mi jefe que yo te he dado esto, ¿vale? —le dice Demi guiñándole un ojo.
Leo despega el papel de la solapa de su chaqueta y ve escrito en él un número de teléfono móvil. La mira, ella le sonríe y sin más se da la vuelta y se sienta en su
escritorio, como si él ya no estuviera allí.
Una vez dentro del ascensor no puede dejar de mirar esos números escritos con la bonita caligrafía de su secretaria. Con dedos temblorosos guarda el papel en el
bolsillo interior de su chaqueta, esbozando una débil sonrisa que encierra un poco de esperanza para ese día tan horrible que está a punto de terminar.
Esta noche los dos, agotados y desanimados, más Leo que Elsa, se van a dormir pronto y el último pensamiento de cada uno es para el otro.
Capítulo 6
Empieza el tan ansiado fin de semana y hoy, sábado, es día de compras para Elsa. Esta semana con el lío del accidente, la preocupación por el aspecto de su cara y los
nervios por la sesión de fotos, no ha tenido tiempo de hacerla por internet, para, además de ahorrarse el tiempo de ir a la tienda, librarse también de cargar con las bolsas
hasta su casa, por eso hoy no le queda otro remedio que coger las bolsas reutilizables y acercarse al supermercado del barrio.
Después de enfundarse en sus vaqueros rasgados y ponerse una camiseta de tirantes se coloca su chaqueta gorda de punto; aunque es otoño, no hace frío, pero ella,
friolera de nacimiento, siempre prefiere prevenir antes que curar, que si no luego vienen los resfriados.
«Y a mi edad… ya hay que cuidarse.» Se ríe sola y cierra la puerta tras de sí.
El supermercado está a tan sólo dos calles. Ir no cuesta nada, lo malo es volver con las dos inmensas bolsas llenas de cosas, porque, eso sí, se resiste a llevar uno de
esos carritos para mujeres maduras.
«Yo antes muerta que sencilla…»
Luego sopla y resopla, ya que su edificio no tiene ascensor, y subir con las dos bolsas a tope hasta el segundo piso le cuesta.
Ya en el supermercado, coge un carrito de la compra, mete las dos bolsas dentro y saca del bolsillo trasero de su pantalón la lista que durante la semana ha ido
confeccionando. Es una chica previsora y como no puede fiarse de su mala memoria, cada vez que termina algo o se da cuenta de que le falta una cosa, lo va anotando en
un papel sujetado con un imán en la puerta de la nevera. Así todo es más fácil y no hay descuidos.
Siempre hace el mismo recorrido, siguiendo de forma ordenada todos los pasillos, así va cogiendo lo que tiene apuntado y si ve algo que no lo está y le apetece o
piensa que puede necesitar, lo coge. Eso sí, siempre controlando la cantidad de cosas que lleva, si no, si se pasa en su afán de comprar, luego es imposible llegar a casa
con las bolsas ni arrastrándolas.
Elsa ya está recorriendo el último pasillo, justo el de la leche. Hace un repaso mental rápido de su despensa y cae en la cuenta de que le quedan sólo dos brics en
casa, pero con todo lo que lleva será imposible cargar con un paquete de seis, así que mejor dejarlo para la próxima compra. Está dudando, mirando hacia la estantería
donde están colocados los lácteos, pensando en si coger aunque sea uno, para que así le lleguen las existencias hasta final de semana. Distraída gira por el lineal que hay
al final del pasillo.
Justo en ese momento choca con algo y el carrito se le empotra contra las costillas. Un gemido sale de su garganta al tiempo que gira la cabeza para comprobar con
qué ha impactado y, antes de verlo, ya sabe que ha sido contra una persona, porque junto con su gemido oye el quejido de dolor de alguien.
—Auuugggg —se lamenta una voz masculina.
—¡Oh, perdone! Iba distraída, lo siento, yo… —Elsa se calla cuando ve al hombre frente a ella—. ¡Dios!
E inmediatamente explota en una sonora carcajada.
Cuando el hombre levanta el rostro para mirarla sin dejar de frotarse la rodilla y clava sus ojos azules en ella, la expresión de dolor le cambia por completo a una de
felicidad, de forma que cualquiera diría que ha recibido una dulce caricia en lugar de un buen trompazo.
—Jajaja —ríe él irónicamente—. Sabía que eras una persona rencorosa y me la devolverías… —dice sin dejar de masajearse la rodilla.
—Madre mía, Leo, lo siento, no te he visto, de verdad. Iba pensando en la leche… —Elsa se sigue riendo.
—Sí, sí, en la leche que me ibas a dar, ¿no, pelirroja? —ríe él también.
—¡Nooooo! Te prometo que no sabía que estabas aquí, sino igual hubiera cogido carrerilla… —Elsa vuelve a soltar otra carcajada sin saber que en ese momento ha
encandilado hasta la médula a Leo—. ¿Te he hecho daño?
Deja el carrito atrás y se acerca a él, poniendo una mano sobre su hombro.
—Bueno, creo que sobreviviré, pero lo superaría antes si al menos me dieras un beso como saludo y otro como disculpa —propone Leo poniendo cara de tristeza.
—Ah, ¿sólo dos besos? Eso está hecho. —Elsa besa las mejillas de Leo con delicadeza—. ¿Mejor ahora?
—¡Mucho mejor! ¡Dónde va a parar! Pero ¿sabes qué es lo que lo acabaría de mejorar? —pregunta Leo pasando de una forma muy osada el brazo por la cintura de
Elsa.—
Dime. Si está en mi mano, no dudes que lo intentaré… Todo sea por el bienestar de tu pobre rodilla. —Elsa sigue sin poder contener su risita nerviosa.
—Espero que lo esté. Si aceptaras una invitación por mi parte, seguro que mi rodilla sanaría milagrosamente. —Leo mira fijamente a los verdes ojos de Elsa y ella se
pierde en la inmensidad del azul de los de él.
—Bueno, a ver… Invitación, ¿a qué?
—Ah, claro. Pues estaba pensando en una caída libre desde el Empire State, seguro que sólo con ver la cara con la que aterrizarías en el suelo se me pasaban todos
los males.
—Uf, y luego soy yo la rencorosa… ¿En serio querrías verme así? —pregunta Elsa poniendo carita triste.
—No, para nada. Prefiero que aceptes mi invitación a tomar una cerveza esta noche y, si luego nos apetece, cenar algo.
Leo se muerde el labio inferior, nervioso, esperando la respuesta de ella y temiendo una negativa. Está seguro de que eso segundo sería un duro golpe para su
corazón, peor que el que acaba de recibir en la rodilla.
—Oh, vaya… Me encantaría, de verdad, pero es que hoy ya he quedado con mis amigas.
—Pues sí, oh, vaya… —La cara de Leo lo dice todo, pero reacciona rápido—. Entonces, ¿qué te parece si nos damos los números de teléfono? Si por cualquier
motivo al final no salieras, me podrías dar un toque, ¿no?
A Leo eso no le hace falta, porque su eficiente secretaria se lo dio ayer, pero claro, eso es algo que no puede confesarle a la atractiva modelo.
—¿Tú no vas a salir hoy? —pregunta ella.
—Seguramente iré con Sam a tomar algo. El fotógrafo, ¿te acuerdas? —Elsa asiente—. Pero si me llamas, lo dejo todo —confiesa guiñándole un ojo.
—¿Dejarías pasar la oportunidad de pasártelo bien con tu amigo y conocer chicas, para tomar algo conmigo?
—Sí, y además sin dudarlo ni un segundo.
—Está bien —dice Elsa sacando del bolsillo de la chaqueta su teléfono móvil—. ¿Me haces una perdida? —pregunta sin apartar sus ojos de los de él.
Leo extrae su teléfono móvil del bolsillo trasero de su pantalón y se prepara para teclear.
—Por supuesto, dime.
Elsa le dice su número y Leo una vez introducidos todos los dígitos le da al círculo verde. El teléfono de Elsa empieza a sonar y ésta cuelga.
—Vale, pues ya nos tenemos. Te digo algo, ¿vale?
—Eso espero —responde Leo sin poder apartar la mirada del rostro de ella.
—Voy a seguir comprando, y tú —Elsa mira el carrito de mano vacío que arrastra Leo— deberías empezar, ¿no?
—Sí, iba a hacerlo cuando me has atropellado… —Sonríe—. Pero me ha encantado que lo hicieras…
—Muy bien, prometo volver a hacerlo entonces… Hasta luego, Leo.
—Hasta luego, Elsa.
Se despiden y cada uno de ellos sigue su camino. Leo no puede evitar la tentación de volverse para mirarla y ve cómo Elsa gira y desaparece detrás de la estantería
de lácteos.
La modelo se coloca en una de las colas de las cajas y no puede borrar la sonrisa de sus labios pensando en este segundo encontronazo. ¿Va a ser siempre así?
¿Nunca podrán encontrarse de una forma normal? Por un lado lamenta tener planes para esta noche, pero por otro, piensa que es mejor así, ya que ella no quiere ahora
mismo implicarse en una relación que no sea más que una mera amistad, y no sabe por qué, cree ver en los ojos de Leo algo más que el deseo de una amistad.
Pasa la tarde en su casa haciendo limpieza general y, de vez en cuando, recordando el atractivo rostro de Leo y su invitación para esta noche. Pero intenta a toda
costa alejar esos pensamientos de su cabeza, sube el volumen de la música y sigue dándole duro a la escoba mientras tararea las canciones que suenan en la radio.
A eso de las siete de la tarde recibe una llamada de una de sus amigas. Ha quedado con dos de ellas, Pilar y Malena, las que viven en Gavà y la razón por la que ella
se trasladó aquí. Pili y Mili para las amigas. Es esta última quien llama.
—Hola, Mili, ¿preparándoos ya para romper esta noche?
—Hola, Elsa. Pues no, porque las que vamos a romper vamos a ser Pili y yo, pero el cuarto de baño. Hemos pillado una gastroenteritis de caballo y llevamos toda la
tarde peleándonos por el rollo de papel higiénico. ¡Dios, me duele el culo!
—Uf, Mili… Madre mía, vaya plan.
—Ya te digo, como para salir estamos… ¿Te imaginas haciéndonos los cien metros lisos corriendo hacia el baño en la discoteca? Mejor no dar ese espectáculo, ¿no
crees?—
Y tanto, más que nada por si no llegáis a tiempo al baño. —Elsa se ríe.
—¡Cabrona! Tía, que lo estamos pasando fatal…
—Ay, perdona, Mili, pero es que por un momento me lo he imaginado y… —Sigue riendo—. Vale, ya, ya está. Oye, si necesitáis que os traiga alguna cosa, no sé,
agua, algo de la farmacia, unos tapones para el…
—Jajaja. ¡Ay, no me hagas reír! No, tranquila, tenemos de todo. Mejor que no aparezcas por aquí no vaya a ser que te contagiemos.
—Bueno, pues dale un achuchón muy fuerte a Pili, bueno, muy fuerte tampoco, no vaya a ser que se le escape algo… —Al otro lado del aparato Mili explota en otra
sonora carcajada a la que se le une Elsa—. Mañana os llamo para ver cómo estáis. ¡Cuidaos!
—Vale, amor. Lo intentaremos. Hasta mañana.
Elsa se queda en medio del salón, con la escoba en una mano y el móvil en la otra, mirando por la gran cristalera y pensando en que se ha quedado sin plan para esta
noche. Por un fugaz instante cruza por su mente la opción de llamar a Leo, pero inmediatamente descarta esa idea, lanza el teléfono sobre el sofá y sigue barriendo.
En su casa, Leo está hablando por teléfono con Sam, quien lo ha llamado para concretar la hora y el lugar para la fiesta de esta noche.
—No voy a salir esta noche, Sam, creo que estoy pillando algo y no me encuentro muy bien —se excusa Leo poniéndose la mano en la cabeza, pensando así que
dará más realismo a su mentira.
Al otro lado de la línea Sam se lamenta de que otra vez no puedan salir juntos y después de desearle que se mejore pronto, se despide y corta la comunicación.
Leo es consciente de que se está engañando a sí mismo. De la noche a la mañana ha cambiado su forma de ser y su ritmo de vida por una chica que, a todas luces, no
tiene ningún interés en él y que está casi completamente seguro de que le va a romper el corazón, pero decide arriesgarse pensando en que alguna vez tiene que ser la
primera que se lo rompan y no hacerlo él y vuelve a coger el teléfono. Inicia la aplicación del WhatsApp, abre un nuevo mensaje y busca el contacto de Elsa. Suspira
hondo y empieza a escribir.
Buenas tardes, pelirroja. Soy Leo. Espero que tus planes sigan adelante y lo pases bien. Si no, ya sabes dónde encontrarme… 😀
Ella no está en línea, así que Leo decide cerrar el móvil y esperar su respuesta, la cual no se hace esperar mucho, porque a los dos minutos el teléfono de Leo vibra y
emite el sonido de mensaje entrante.
P ues si sales esta noche no me va a ser tan fácil encontrarte… A saber adónde vais a corromper a pobres chicas inocentes e indefensas 😉
Después de escribir el mensaje ella sigue en línea, por lo que Leo decide contestarle de inmediato, para que así ella le responda y puedan mantener una conversación,
que ahora mismo es lo que más le apetece al atractivo joven.
T e será fácil. Estaré aquí en casa. No me apetece salir hoy, bueno no con Sam, pero ya sabes que contigo me encantaría…
El estado de Elsa cambia a: Escribiendo. Leo espera.
P ues a mí se me han roto los planes. Mis amigas están enfermas
Leo le responde:
Elsa, ¿ puedo llamarte?
Ella contesta:
Sí, claro, acabaremos antes. Jejeje
Con rapidez, Leo cierra el chat y llama a Elsa.
—Hola, Leo —oye al momento al otro lado de la línea.
—Hola, Elsa. Dime, ¿qué ha ocurrido?
—Pues nada, ellas dos viven juntas y supongo que se habrán contagiado la una a la otra una gastroenteritis muy fuerte. Las pobres están que no pueden salir del
baño… —Ríe—. Pero, claro, a mí me han destrozado la noche.
—¿Y tienes ganas de salir?
—Claro. Después de toda la semana trabajando, es necesario un poco de diversión, ¿no crees?
—Totalmente de acuerdo contigo. ¿Y no tienes con quién hacerlo?
—Bueno, hay un vecino al cual esta mañana he atropellado con el carrito de la compra, pero no sé, igual tiene la rodilla tan mal que no puede ni andar… ¿Lo
conoces?
El tono de Elsa de repente ha pasado a ser de un pícaro total y eso a Leo le está empezando a excitar a la vez que poniéndole nervioso, a él que era el rey de la
picaresca y del juego del doble sentido… ¡Quien se lo iba a decir, que iba a estar rendido a los pies de una atractiva modelo en pocos días!
—Creo saber algo de él, sí. Dicen por ahí que ahora va loco detrás de una preciosa pelirroja… —sigue el juego Leo, armándose de valor.
—¿Ahora? Es decir, tú que lo conoces, ¿crees que eso será para él una distracción pasajera?
—¡No, no! ¡No, qué va!
Leo siente arder su rostro y da gracias a todos los astros por no tenerla delante, porque si así hubiera sido, está completamente convencido de que hubiera muerto
por colapso multifuncional.
Leo escucha al otro lado de la línea como Elsa explota en una sonora carcajada y eso le relaja.
—Elsa, nada más lejos de mis intenciones. No me gusta jugar con los sentimientos de nadie. Me gustaría mucho salir contigo esta noche. Si a ti te apetece, dime qué
quieres hacer y eso haremos.
Leo aguarda impaciente la respuesta de la chica que se hace esperar más de la cuenta.
—Está bien, Leo. A mí también me apetece, pero no te voy a decir lo que quiero hacer, quiero que me sorprendas. Además, ten en cuenta que yo hace poco que vivo
aquí, así que tú sabrás mejor que yo cuáles son los sitios mejores para ir a divertirnos.
Ahora a Leo la voz de ella le parece de lo más sensual y eso le provoca un hormigueo en el estómago que sabe en qué se traducirá dentro de poco.
—Perfecto. ¿Te parece bien que te recoja a las nueve?
—Me parece genial.
—Pero aún no sé dónde tengo que hacerlo…
—Ah, no te preocupes. Si quieres quedamos en la esquina del bar, vivo en el primer portal de la calle que sube. Si es que en el fondo vivimos a cuatro pasos…
Elsa vuelve a reír y Leo siente que ya no podrá pasar ningún día más en su vida sin escuchar esa risa.
—Pues entonces hasta dentro de un rato, pelirroja.
—Hasta ahora, vecino.
Leo corta la comunicación, deja el móvil sobre la mesa del salón y mientras prolonga en su cabeza el recuerdo de la sensual voz de Elsa, al momento es consciente de
lo que le ha causado esa conversación a su entrepierna. Es increíble lo que esta mujer le provoca aun sin tenerla a su lado y ahora está del todo seguro de que será poco
probable que pueda esconder sus deseos durante el rato que dure la tan deseada velada.
No puede perder el tiempo, de lo contrario llegará tarde a su primera cita con ella, así que de camino al baño se va desnudando. Abre la mampara de cristal, deja
correr el agua de la ducha, se quita los bóxers y se mete dentro cerrando la puerta de vidrio. Mientras el agua templada cae por su musculada espalda, apoyado en las
baldosas, empieza a pensar en Elsa, en sus piernas, en su melena, en sus ojos, y no puede hacer otra cosa que agarrar con fuerza su miembro excitado y darle ese alivio
que hace unos minutos empezó a necesitar, concretamente desde que comenzó a hablar con su modelo favorita. De este modo, cree que la noche transcurrirá más
tranquila, porque ya tiembla sólo de pensar que va a pasar unas horas totalmente a solas con ella, conteniendo su deseo de abrazarla y de retenerla contra su cuerpo.
Con la mano alrededor de su pene, aprieta con fuerza. Los movimientos son rápidos y vigorosos. Sus labios retienen suspiros y gemidos de placer, que llegado el
momento ya no puede retener, porque no tarda mucho tiempo en alcanzar el clímax. Es tanta la excitación que le ha provocado la conversación y sus pensamientos hacia
Elsa que enseguida siente que le invade el orgasmo. Aún apoyado con la otra mano en las frías baldosas, se deja llevar y observa cómo su pene escupe el semen que va a
estrellarse contra la pared. Todavía masturbándose, ahora con más suavidad, disfruta de los últimos espasmos de placer y piensa en que ojalá ahora no estuviera solo y
pudiera compartir con ella este momento tan íntimo.
Capítulo 7
Leo sale del portal de su casa cuando aún faltan diez minutos para las nueve de la noche. Llega hasta la esquina y mira hacia arriba, en dirección a la que supone que es la
entrada del edificio de Elsa. Está muy nervioso, y cualquiera aunque no lo conociera lo podría asegurar, porque sus movimientos son los mismos que los de una fiera
enjaulada. Da grandes zancadas a derecha e izquierda, con las manos metidas en los bolsillos de sus vaqueros, hasta que se detiene y, dando la espalda a la calle de Elsa,
respira hondo, recapacita y se convence a sí mismo de que debe calmarse o no va a poder disfrutar de su cita.
Una vez recuperada un poco la tranquilidad, se da la vuelta y la ve venir. El corazón casi se le paraliza y con la mirada recorriendo esas piernas tan sólo cubiertas
hasta encima de la rodilla por una ajustada minifalda, siente cómo la mandíbula está a punto de desencajársele. Cuando sus ojos suben para contemplar el precioso
rostro de Elsa, no puede evitar fijarse en el escote que luce la modelo y llegar casi al éxtasis con el movimiento de sus senos al compás de los enérgicos pasos que da. Al
momento parece que ella adivina sus pensamientos y de una forma muy sensual se agarra los lados de la chaqueta para cubrirse un poco. Eso hace que Leo despierte de
su trance y por fin pueda admirar la belleza de su cara, enmarcada en esa perfecta melena pelirroja.
—Buenas noches, Leo —saluda Elsa cuando llega frente a él—. ¿Y esa cara? ¿Llevo algo mal? —pregunta la chica mirándose los pies.
—Hola, Elsa. Para nada, todo lo contrario. Estás preciosa.
Leo acerca su cara a la de ella y ésta le ofrece la mejilla. Él la besa y pasando muy despacio frente a su rostro mirándola a los ojos, posa de nuevo sus labios sobre la
otra mejilla, pero esta vez con más intensidad. Un intenso calor recorre su fornido cuerpo, la agarra de la cintura, se separa de ella y con los ojos le devora la boca.
—Qué bien hueles, tu piel, tu pelo… —Leo le acaricia la melena con dulzura.
—Y tú, qué bien besas… Pero creo que será mejor que nos vayamos ya, ¿no crees? —le pide ella agarrándole la mano y apartándola de su cintura.
Una sonrisa pícara se dibuja en el rostro de Leo y entrelazando sus dedos a los de ella, se ponen en marcha. No hacen falta más de cinco pasos cuando Leo extrae el
mando a distancia de su bolsillo trasero y lo acciona, encendiendo los intermitentes del coche que está frente a ellos.
—¿En coche? ¿Adónde vamos? —interroga Elsa sin poder disimular su impaciencia.
—Ya lo verás, si te lo digo no será una sorpresa. Sube.
Leo abre la puerta del acompañante y con un ademán educado la invita a entrar en el automóvil.
A los pocos minutos Elsa ve cómo Leo sale por el desvío hacia Tarragona. Se incorporan a la C-32 y dejan atrás su pueblo y, en un momento, también el pueblo
vecino.
—¿Qué pasa? ¿No hay sitios bonitos en Gavà? —Elsa se muere de la intriga y quiere saber ya adónde se dirigen.
—Sí que los hay. Pero a esos podemos ir cualquier otro día, si es que después de esta noche te quedan ganas de repetir. Hoy, con tiempo, quiero llevarte a un sitio
muy especial.
Leo le sonríe apartando la vista de la carretera y a Elsa le reconcome un leve hormigueo en el estómago.
—Por cierto, qué maleducada soy —dice golpeándose con suavidad la frente—, ¿cómo está tu rodilla?
Leo ríe y enseguida finge dolor frotándose la extremidad golpeada.
—Ufffff, no muy bien. Esta noche necesitaré que estés muy pendiente de mí para mitigar el dolor —bromea mirándola de reojo y observando cómo sonríe—. Tienes
una sonrisa preciosa, Elsa. Bueno, la verdad es que toda tú eres preciosa.
Leo vuelve a concentrarse en la carretera y espera su respuesta, en el fondo, muerto de vergüenza.
—Pues aunque seas un yogurín, tú tampoco estás nada mal —responde Elsa, admirando el perfil de él.
—¿Yogurín? —replica Leo—. Tampoco tanto.
—¿No? ¿Cuántos años tienes? —pregunta Elsa intrigada.
—¿Cuántos dirías?
—Hummmm, casi nunca acierto, pero yo diría que no más de veinticinco —responde ella frunciendo el ceño.
—Vaya, pues gracias por el piropo. Tengo veintiocho. Ahora te toca, ¿cuántos tienes tú? Supongo que serás mayor de edad, ¿no?
Elsa explota en una sonora carcajada y Leo tiene que dar un volantazo, pues el coche se desplaza hacia la derecha mientras está absorto observando la risa de ella.
—¡Cuidado! ¿Es que no quieres llegar a la cena o qué? —bromea Elsa sin parar de reír.
—Lo que pasa es que no puedes hacer eso. Me distraes con tu bonita sonrisa y tu espectacular risa.
—Pues fija la vista al frente y no me mires —ordena ella.
—Vale, sí. Será lo mejor. —Leo le hace caso y se obliga a sí mismo a no mirarla—. Pero venga, dime, confiesa tu edad.
—Está bien. Cuanto antes te lo diga mejor, así si quieres podemos acabar ya la cita. Esta noche has quedado con una anciana. Tengo treinta y dos tacazos.
—Vaya… Pues sí, una anciana, pero qué anciana más bonita…
Y de nuevo Leo siente en su interior ese ligero hormigueo, escuchando la risa de ella.
A los pocos minutos salen de la autopista por el desvío que conduce a Sitges. Una sonrisa pícara se dibuja en el rostro de Elsa y vienen a su mente vagos recuerdos
de ese pueblo, bien conocido por su buen ambiente y fiesta nocturnos. Después de un corto período de tiempo circulando por sus calles, se van acercando al paseo
marítimo. Leo estaciona el vehículo en una calle un tanto solitaria y le comunica a Elsa que ya han llegado.
—¿Aquí? —pregunta Elsa mirando atónita a su alrededor.
El lugar parece una zona residencial. Una calle totalmente solitaria en la que únicamente se ven bloques de apartamentos y casas con sus bonitos jardines. Pero ni
rastro de bares, restaurantes o locales con cierta alegría y diversión.
—Sí. Tenemos que andar unos cinco minutos, pero prefiero aparcar aquí porque allí no hay parking y además, me apetece pasear un rato contigo.
—¡Vale! Me parece perfecto —dice Elsa saliendo del coche.
No tienen que andar más de dos minutos para llegar al paseo marítimo y pasan sólo uno o dos más cuando Elsa ve un precioso restaurante elevado sobre el nivel de
la calle. Leo pasa su brazo por la cintura de ella para acompañarla en la subida de la escalera y al instante los aborda un camarero.
—Buenas noches, señores.
—Buenas noches —saluda Leo—. Tenemos una reserva a nombre de Leo.
—Sí señor, si son tan amables de acompañarme…
El camarero se desplaza entre las mesas, y Leo y Elsa le siguen. Él la agarra de la mano y ella lo mira, dedicándole una sonrisa de complicidad. Por fin llegan a la
mesa que les ha sido asignada y Elsa se queda absorta, de pie, aún cogida de la mano de Leo, contemplando la playa. Él tira de su mano y, sin mirarlo siquiera, ella se
sienta sin poder apartar la vista del mar.
La mesa está en primera línea y tan sólo los separan de las fantásticas aguas del Mediterráneo una perfecta hilera de palmeras que decora el límite del paseo
marítimo.
—Espero que te guste el sitio que he escogido. —Leo aún no ha mirado hacia la playa. No puede apartar los ojos de la modelo.
Elsa por fin es capaz de volver a la realidad, observa a Leo y con los ojos rebosando luminosidad saca de dudas a su acompañante.
—Es más que perfecto. El sitio es precioso y desde aquí —Elsa vuelve a mirar hacia la playa— la vista es alucinante.
—Desde luego que lo es… —afirma él sin apartar sus ojos del rostro de ella.
—¿Sí? Pero si no has mirado en ningún momento la playa —provoca Elsa.
—No me hace falta mirar la playa. Tengo algo mucho más bonito aquí delante, conmigo.
Para Elsa, la cena transcurre de lo más amena y divertida. La verdad es que no se lo esperaba, sentirse tan cómoda durante toda la velada; Leo la ha sorprendido por
lo cariñoso y atento que es. Pensaba que por su edad y su físico sería el típico creído que va sobrado de todo y que piensa que con una sonrisa todas las chicas van a
caer rendidas a sus pies, pero no, durante toda la noche se lo ha trabajado y ha logrado que Elsa se sintiera el centro de atención.
Después de cenar deciden tomar una copa en la terraza de un bar cercano al restaurante. La música ambiental no les impide seguir con la conversación que llevan
toda la noche manteniendo y, después de tres horas juntos, es como si se conocieran de toda la vida.
—Y yo me pregunto, ¿cómo una chica tan hermosa como tú no tiene novio?
—Ahora mismo es algo que no me apetece mucho. Me he equivocado bastante en mis últimas relaciones y no quiero pasarlo mal otra vez. Así que lo que quiero es
divertirme y disfrutar de la vida. Pero lo mismo puede decirse de ti, ¿ninguna belleza te ha robado el corazón?
—Estoy en ello —dice mirando fijamente a Elsa.
—Leo, perdona pero yo no…
—Tranquila, me ha quedado claro. Sólo pasarlo bien.
—Gracias, Leo.
—¿Te apetece otra copa? —le pregunta apurando el último sorbo de la suya.
—Uf, me parece que no. Creo que lo mejor sería que volviéramos, ¿no te parece?
Elsa cree ver un poco de tristeza en el rostro de Leo, y no se equivoca, porque éste desearía que la noche continuara y sobre todo desearía tener la oportunidad de
besarla.
—Como desees. Pero con una condición.
—¿Cuál?
—Que repitamos.
—Eso está hecho.
Cuando llegan al coche, Leo abre la puerta del acompañante y quedándose frente a Elsa, sus ojos azules se encuentran con la boca de ella. Sus rostros están muy
cerca y ahora ambos se miran a los ojos, pero él no está seguro aún de la reacción que tendría ella si se aventurara a besarla, así que opta por regalarle una dulce sonrisa y
dirigirse hacia el otro lado del automóvil para tomar asiento tras el volante.
Por un fugaz momento, por la mente de Elsa cruza la idea de que le hubiera gustado sentir esos bonitos labios sonrientes sobre los suyos. Pero la desecha al
momento, ya que se conoce a sí misma y sabe que si lo que prueba le gusta, luego le será muy difícil renunciar a ello. Así que mejor no destapar la caja de truenos, mejor
dejarla cerradita y tranquila.
No tardan nada en llegar a casa y tienen la suerte de que encuentran aparcamiento enseguida, casi enfrente de la casa de Elsa. Salen del coche y mientras caminan Leo
empieza a despedirse, recordándole que han hecho un trato y que le debe otra cita. Ella no se lo dice, pero en su interior piensa que ni loca se perdería esa cita de nuevo.
Realmente le ha gustado mucho su compañía y también, claro está, le atrae mucho físicamente.
Justo llegan a su portal y Leo, muy cerca de su rostro, se despide de ella, seduciéndola con la mirada. Acaban de compartir una cena y una copa en la que se lo han
pasado muy bien, hablando como dos buenos amigos y empezándose a conocer el uno al otro, pero todo bañado con una intensa tensión sexual que ninguno de los dos
puede negar ni esconder.
En el preciso momento en que Elsa abre la boca, sabe que se va a arrepentir de lo que está a punto de decir, pero un deseo incontenible le impide callarse.
—Leo, ¿quieres subir a tomar la última copa? —le pregunta acariciándole la barbilla y ejerciendo una leve presión sobre ella para apartarlo un poco.
—Me encantaría —responde él.
Los dos entran en el edificio y empiezan a subir la escalera en silencio, aunque ambos con una dulce sonrisa en los labios.
Capítulo 8
—Ponte cómodo —dice Elsa cuando entran en el salón de su casa—. Voy a quitarme los zapatos y preparo las copas. No te vayas, ¿eh?
—Ni loco se me pasaría eso por la cabeza —asegura Leo mientras mira cómo Elsa se dirige a la habitación.
Leo está nervioso. No es capaz de sentarse en el sofá y deambula por el salón, imaginando la mejor manera de abordar la situación. Esta sensación es nueva para él y
sigue sin comprenderlo. A sus veintiocho años es un hombre ya experimentado en todo tipo de relaciones y no entiende por qué cuando está cerca de Elsa se siente
como un adolescente cuando está frente a la chica con la que se va a dar el primer beso.
Él está frente a la cristalera del salón. La vista no es muy buena, ya que Elsa vive en una calle estrecha y lo más que se puede ver es el salón de los vecinos de
enfrente, pero Leo mira y no ve, su mirada está perdida mientras piensa en cómo explicarle a la modelo lo que siente.
Por el reflejo del cristal observa que Elsa se le acerca por la espalda. Leo se da la vuelta y se encuentran uno frente al otro. Ahora, sin sus zapatos de tacón, ella es
algo más bajita que Leo, tampoco mucho, tan sólo unos cinco centímetros, pero esa perspectiva hace que le den muchas más ganas aún de besarla.
—¿Qué te apetece tomar? —le pregunta Elsa, desviando la mirada hacia los labios de él.
Leo pasa su brazo por la cintura de ella e imita su gesto, deleitándose en esos labios rosados y sensuales.
—¿Te refieres a la bebida? —Casi susurra él.
—Sí, claro. ¿A qué iba a referirme, si no?
Leo percibe el tono juguetón de Elsa, a la par que intuye que, al contrario que en otras ocasiones, ella no intenta deshacerse disimuladamente de sus muestras de
cariño. Es más, diría que incluso se ha acercado todavía más a él, con lo cual sus cuerpos se rozan ligeramente y eso lo está alterando hasta el punto de no poder
contenerse.
Así que se arma de valor, descarta la idea de contarle sus deseos y sentimientos y se lanza a la piscina. Acerca su rostro al de ella, mientras con la otra mano le
levanta la barbilla y mirándola profundamente a los ojos, acerca sus labios a los de ella. Elsa le rodea el cuello y, para goce y disfrute de Leo, le devuelve el beso con
timidez.
Leo, dando un giro rápido, la atrapa entre la cristalera y su cuerpo y apoyado con las manos en el aluminio blanco que forma la ventana mira a Elsa con profundo
deseo. Ella pasa sus manos por el cuello de él y, despacio, vuelve a acercar su boca a la del atractivo chico de dulces ojos azules. El beso tímido de hace unos instantes
ha pasado a mejor vida y en lo que ahora se deleitan los labios de ambos es en un beso lleno de pasión, que seguro los va a dejar con ganas de mucho más.
Elsa hace que Leo empiece a retroceder y así lo conduce hasta el sofá. Él mira de reojo hacia atrás y ella le sonríe. Leo se deja caer y tirando de Elsa hace que ésta
caiga sentada a horcajadas sobre sus muslos. Las manos de ella se introducen bajo la camiseta de él y las de Leo se agarran a su trasero. Elsa se tensa, se cuelga de nuevo
del cuello de Leo y sus pechos rozan el pecho de él. Lo mira y vuelve a besarle.
Pero enseguida, los brazos de Elsa sueltan el robusto cuello de Leo y deslizando las manos por sus hombros, bajan hasta el pecho del chico y lo separan de ella
ejerciendo una leve presión. Leo se queda frente a ella, extrañado y sin saber qué es lo que va a pasar ahora.
—Leo, no —dice Elsa bajando la mirada y sentándose al lado de él a una distancia prudencial.
—Lo siento, yo creía que tú…
—No puedo, Leo. Creo que será mejor que te vayas.
Elsa vuelve a sentirse capaz de mirarle a los ojos de nuevo y levanta la vista, para darle más énfasis a la invitación a que se marche.
—Perdona si te he molestado. Pensaba que yo también te gustaba.
Después de arreglarse la ropa, se levanta para irse pero Elsa lo agarra del brazo.
—Y me gustas, Leo. El problema soy yo. No quiero empezar una nueva relación. No quiero volver a pasarlo mal y además no estoy segura de si voy a poder darte
todo lo que quieres. Prefiero evitar que esto acabe mal, así que mejor no arriesgarnos.
—Eso es algo que nunca se sabe —dice Leo zafándose de la mano de Elsa—. ¿No vas a tener nunca más ninguna relación por miedo a no saber si acabará bien o no?
Perdona, pero no me lo creo. Por temor te vas a perder cosas muy buenas. Aunque una relación no sea para toda la vida, siempre tiene sus momentos bonitos.
Leo observa el rostro de Elsa, precioso y ahora totalmente inexpresivo y eso le hace reaccionar y ver con claridad que ella está muy segura de lo que acaba de decir,
así que decide marcharse sin más.
—Buenas noches, Elsa.
—Buenas noches, Leo. Lo siento mucho —se despide ella.
Abre la puerta de entrada, sale al rellano y cierra la puerta tras él sin volverse para mirarla y sin decirle nada más.
No sabe cómo se siente en este momento. ¿Enfadado? ¿Triste? ¿Decepcionado? Es posible que de todo un poco, pero lo que más le pesa en el corazón es que siente
que no ha luchado lo suficiente y se ha dado por vencido muy rápido.
Elsa sigue en el salón, sentada en el sofá, con los dedos entrelazados y retorciéndose las manos de forma nerviosa, mirando en dirección a la puerta por donde hace
pocos segundos ha salido el hombre al que acaba de rechazar. Un hombre atractivo, atento, cariñoso y simpático, algo muy distinto a todo lo que ha tenido últimamente,
y que no sabe por qué extraña razón quiere apartar de su lado. Permanece así durante un rato, intentando entender su reacción sin conseguirlo. Ahora mismo se odia a sí
misma, por ser tan cobarde y, sobre todo, por haber jugado con los sentimientos de Leo.
Capítulo 9
Es lunes y, ya en la oficina, Elsa lleva un día de perros. Está siendo una jornada difícil, después de un domingo nefasto todo el día sola en casa, maldiciéndose a sí misma
a cada momento por lo que ocurrió el sábado por la noche con Leo. Hoy empeora más aún cuando por la tarde recibe una llamada a su teléfono móvil.
—¿Sí? ¿Quién es? —responde sin ganas.
—Buenas tardes, Elsa. Te llamo de Flash Models. Soy Demi, la asistente de Leo.
Al escuchar la voz al otro lado del teléfono a Elsa se le eriza la piel de todo el cuerpo y contesta entre balbuceos.
—Ah… Sí… Hola, ¿qué tal?
—¡Bien! Bueno, no del todo, a ver si tú me puedes ayudar a que todo esté bien. —Demi ríe nerviosa.
—¿Yo?
—Sí, mira te explico. Resulta que esta tarde teníamos programada una sesión de fotos con una modelo. El proyecto se lo tenemos que presentar mañana al cliente y
la chica se ha puesto enferma y no puede venir. Así que me preguntaba si querrías aceptar el trabajo. Sé que estarás ocupada ahora mismo, pero nos da igual la hora.
Sam, todo el equipo y yo esperaremos aquí hasta que nos digas.
—¿Esto ha sido idea de Leo? —El tono de Elsa deja entrever el gran recelo que siente.
—¿Leo? No, él ha estado fuera del estudio todo el día y no sabe nada al respecto. Hoy me voy a encargar yo de que todo esté en orden. ¿Por qué dices eso?
—Ah, no, por nada. Pues sí, claro que acepto. Creo que en media hora podré salir de aquí, así que calculo que sobre las ocho llegaré al estudio.
—¡Perfecto! Muchísimas gracias, Elsa. Me has salvado la vida. ¡Te debo una! Hasta luego, entonces.
—Hasta luego y gracias a ti.
Elsa cuelga el teléfono y aunque sabe que es lo mejor, le entristece saber que Leo no ha tenido nada que ver con esto, y más aún que no lo va a ver hoy.
En efecto, cuando casi a las ocho y cuarto Elsa entra en el vestíbulo de Flash Models, Sam y Demi están hablando de forma animada, sentados en los cómodos sofás
que se distribuyen por la zona central de la gran entrada de la moderna agencia de modelos.
En cuanto la ven llegar, los dos se levantan y es Sam el primero que sale a su encuentro, saludándola con dos cariñosos besos. Demi la coge de las manos y le expresa
de nuevo su profundo agradecimiento por haber aceptado venir fuera del horario de trabajo.
Como ya está todo preparado en la agencia, nada más bajar al estudio se ponen manos a la obra y todo fluye como la seda. Sam y Elsa se entienden muy bien entre
focos y flashes, así que antes de lo esperado acaban con la sesión. Poco antes de terminar, Demi recibe una llamada de Leo, interesándose por cómo ha transcurrido el
día de trabajo, por lo que la secretaria pone al día a su jefe del imprevisto de última hora, a lo que, sin dudarlo, Leo le responde que va para allí enseguida.
En el fondo, Leo no pierde la esperanza y a pesar de las calabazas recibidas, lo que más desea en ese momento es volver a ver a Elsa.
En el mismo instante en que entra en el ascensor de las dependencias de Flash Models, la sesión llega a su fin y Sam vuelve a felicitar a Elsa.
—De verdad Elsa, no sé lo que tienes, pero hipnotizas hasta a mi cámara. Tengo que reconocer que mi querido amigo Leo tiene mucha suerte…
—Leo y yo no… —Elsa baja la mirada y en su rostro se refleja la tristeza que siente—. Da igual, olvídalo, soy una idiota y no tengo remedio.
—Preciosa… —Sam agarra del brazo a Elsa y, dulcemente, con la otra mano levanta el rostro de la modelo, acerca sus labios de forma sensual a su oído y le susurra
—: No seas tonta. No tengo ni idea de lo que pasa por esa linda cabecita tuya, pero Leo es un chico «diez». Yo no te he dicho nada, pero desde que apareciste en su
vida ha cambiado y mucho. Lo conozco muy bien y puedo afirmar que está loco por ti.
La escena vista desde fuera es de lo más romántica, pero nada más lejos de la realidad. Demi se percata de la situación desde el otro extremo de la sala y se extraña
por el comportamiento de Sam. No lo creía capaz de eso, teniendo en cuenta que es el mejor amigo de Leo, quien en ese momento ya ha salido del ascensor y está
petrificado contemplando a la pareja desde el umbral de la entrada del estudio.
Elsa lo ve por el rabillo del ojo y se separa de inmediato de Sam, dándole de esta forma más realismo a la situación. El fotógrafo, al ver la expresión de la cara de la
modelo, gira lentamente su cabeza y es entonces cuando ve a Leo, que ya empieza a retroceder y a darse la vuelta, no sin antes fulminarles con la mirada.
—¡Leo, espera! —Sam sale corriendo tras él.
Leo no quiere esperar a que se abran las puertas del ascensor, quiere alejarse cuanto antes de allí. Sam ve cómo desaparece tras la puerta que da acceso a la escalera.
Cuando llega, la abre y, al salir al rellano, se para a escuchar. No sabe si Leo habrá subido hasta recepción o por el contrario habrá bajado hacia el parking.
En ese momento escucha cerrarse la puerta que da acceso al aparcamiento. Empieza a bajar corriendo y saltando los escalones de tres en tres, gritando el nombre de
su amigo sin parar. Pero para cuando Sam sale al garaje, el coche de Leo sube a toda velocidad por la rampa que lleva a la calle.
Cuando Sam vuelve de nuevo al estudio, Elsa lo aborda y agarrándolo de los brazos empieza a preguntarle de forma muy nerviosa, mientras lo sacude como a una
coctelera.
—¿Qué te ha dicho? ¿Se ha ido?
—No he podido hablar con él. No he conseguido alcanzarle, cuando he llegado al garaje ya salía por la puerta —responde Sam mientras saca el teléfono móvil del
bolsillo de su pantalón.
Ante la atenta mirada de Elsa marca un número y se pone a la escucha. Al cabo de unos segundos, cuelga.
—No lo coge. Salta el contestador.
Sam se sienta, derrotado, en una silla que hay detrás de él. Mira a Elsa y ve cómo se le empiezan a llenar los ojos de lágrimas.
—¿Me puedes explicar qué pasa entre vosotros? Antes me has insinuado que no estáis juntos, pero por la reacción de él, no sé yo si lo tiene tan claro.
—La culpa es mía. Sólo mía. —Elsa empieza a sollozar.
Sam se hace a un lado y le cede a Elsa un trozo de la silla. Ella se sienta y empieza a relatarle la cita que tuvieron el sábado.
—Todo iba bien y lo invité a subir a mi casa convencida de que quería estar con él. Pero de pronto me entró el miedo. Me acordé de que soy un desastre con las
relaciones y le pedí que se marchara.
—Pero a ti te gusta, ¿no? Y por lo que me cuentas, fue una buena cita hasta el momento de tus dudas. Entonces, ¿cuál es el problema?
—Yo soy el problema, Sam —confiesa Elsa, secándose las lágrimas con el dorso de la mano.
En ese momento se acerca Demi.
—Chicos, ¿qué pasa? He visto a Leo y, la verdad, vuestra actitud no me parece…
—Demi, ahora no. ¡Vuelve a tu trabajo! —exclama Sam.
—Sam, de acuerdo que seas mi jefe, pero no creo que debas hablarme así —responde Demi ofendida.
—Tienes razón, Demi, perdóname. Luego te cuento. Ha sido un malentendido.
—Está bien, eso espero.
Cuando Demi se va, Elsa interroga a Sam, porque no entiende nada.
—¿Ha dicho que tú eres su jefe? Creía que era Leo…
—Bueno se podría decir que soy el jefe de ella y de Leo también. —Elsa lo sigue mirando sin entender nada—. Mi padre es el director general de la empresa.
—Pero si tú eres un simple fotógrafo… —Al ver la expresión de Sam, Elsa se da cuenta de que ha metido la pata—. ¡No! No quería decir eso, quería decir que
pareces compañero de todos. Además, si eres el hijo del director se me hace raro que sólo te dediques a hacer fotos.
—Me apasiona la fotografía y odio las etiquetas y más aún las comodidades. Por eso, aunque parte de todo esto me pertenezca, me gusta ser uno más y sentir el
cariño de mis compañeros.
—Vaya…
—Bueno, pero no nos desviemos del tema. El problema es tu cabecita, Elsa. Todos cometemos errores. Mírame a mí, con casi cuarenta años y aún soltero. Pero no
por eso voy a perder los mejores años de mi vida dejando pasar oportunidades de ser feliz, sólo por miedo a que algo salga mal.
—Ya, pero es que yo no me siento capaz de mantener una relación aún y no quiero hacerle daño a Leo.
—¿Y no crees que ya se lo estás haciendo, preciosa?
Esa pregunta deja a Elsa reflexionando un momento y por fin lo ve claro.
—Sí. No puedo olvidar la cara con la que se fue de mi casa. Y ahora…
—Ve a verle, Elsa. Aclarad las cosas, pero, sobre todo, aclara tu mente. Olvídate de los miedos y vive la vida.
—Pero no sé exactamente dónde vive…
Elsa sabe que ésa es una excusa estúpida, pero es que en el fondo tiene miedo de que sus sentimientos hacia Leo se despierten del todo y eso la hace comportarse
como una adolescente inexperta.
Pero con Sam ha dado con un hueso duro de roer. Le dice la dirección y el piso y se ofrece a llevarla.
—¡Demi, nos vamos! —grita Sam desde la puerta—. Mañana te cuento. Elsa va a hablar con Leo. No te preocupes, ¿vale?
—Solucionad lo que diablos sea que pasa o me voy a cabrear. Hasta mañana, Sam. Elsa, gracias por venir y suerte.
—Gracias a ti, Demi.
—Hasta mañana —se despide Sam.
Cuando llegan a la esquina de casa de Elsa, Sam detiene el coche en una zona de carga y descarga. La chica está hecha un completo manojo de nervios y el fotógrafo
intenta calmarla.
—Venga, preciosa, tú puedes. Leo se merece una explicación y tú te mereces ser feliz. Los dos os lo merecéis. Me atrevería a decir que estáis hechos el uno para el
otro.—
¡Anda ya! Déjalo, Sam, no te pega nada ese romanticismo pasteloso.
—¿Pasteloso? No me conoces. Yo soy el romanticismo personificado.
Elsa lo mira de forma incrédula y no puede evitar esbozar una gran sonrisa.
—Así me gusta. Sonriendo, los problemas se llevan mejor.
—Muchas gracias, Sam. Gracias por tu gran ayuda.
Se despiden con dos besos y Elsa sale del coche. Con paso firme pero sintiendo un leve temblor en las piernas, empieza a dirigirse hacia el portal de Leo. Al pasar
por delante del bar que está justo al lado, Elsa mira dentro para saludar a Axel, el camarero, pero se encuentra con unos ojos azules que la miran fijamente. Leo está
sentado frente a la barra con un vaso de tubo delante de él lleno de algo parecido a whisky. Elsa, inmóvil en la calle, lo observa y ve cómo, totalmente indiferente, Leo
vuelve la cabeza y sigue contemplando su vaso como si no la hubiera visto.
Capítulo 10
Elsa está a punto de dar media vuelta e irse a su casa. De hecho, ya está de espaldas a la cristalera para encaminarse hacia su calle, pero algo en su interior la retiene y
vuelve a pensar en las palabras de Sam. Disimuladamente mira de nuevo a Leo e, incluso de perfil, puede apreciar la tristeza que se refleja en su atractivo rostro. Eso
hace que acabe de decidirse.
La modelo entra en el bar y, colocándose al lado de Leo, saluda al camarero.
—Buenas noches, Axel. ¿Me pones una cerveza?
—Buenas noches, Elsa. Ahora mismo, guapa.
Leo mira al camarero, recordando cuando días atrás le preguntó por ella y éste le dijo que no sabía de quién le estaba hablando. Mintió. Por lo visto se conocen muy
bien. Eso le hace hundirse aún más en su propia miseria. Hasta un simple camarero le miente, además de su mejor amigo, claro.
—Leo… —Elsa se acerca un poco más y posa su mano sobre el brazo de él.
—Elsa, no tienes que darme explicaciones —dice Leo apartando el brazo—. Me dejaste claro que no querías ninguna relación. Que no la querías conmigo. Adelante
con Sam, es muy buen partido. No te arrepentirás.
—Leo, no me hables así, por favor.
—¿No? ¿Y cómo quieres que te hable, Elsa? Hace dos días me dijiste que no querías ninguna relación, que no querías sufrir más y hoy te veo con mi mejor amigo,
sin esconderos de nadie y en mi propio trabajo. ¡¿Cómo quieres que te hable?! ¡Dime!
—¡Eh, chicos! ¿Todo bien? —pregunta Axel cuando le sirve la cerveza a Elsa.
—Sí, Axel, no te preocupes —lo tranquiliza Elsa.
La chica ve que hay una mesa libre y le pide a Leo que se sienten allí, para poder hablar de una forma más íntima, a lo que él accede. Agarrando de mala gana su vaso
se baja del taburete y sin esperarla se dirige a la mesa. Se sienta en una de las sillas y apoya su espalda en la pared. Elsa mientras se acerca lo observa, y aun en ese
momento de gran tensión admira su enorme atractivo.
Cuando llega junto a él se sienta en la silla de al lado, deja su cerveza sobre la mesa y lo mira. Leo la está observando también, pero Elsa no es capaz de descifrar su
expresión, que cabalga entre grandes dosis de tristeza, algo de ira y bastante de rencor.
—¿Y bien? —pregunta Leo.
Sus palabras son como cuchillos que se clavan en el corazón de Elsa. ¿Dónde está el chico dulce y cariñoso? ¿El chico que hace dos días casi hizo que Elsa cambiara
su forma de pensar en cuanto al amor? Ahora es ella la que se entristece al comprender que ella es la causante de tal cambio.
—Aunque te haya parecido todo lo contrario, no hay nada con Sam. —Elsa ve cómo los labios de Leo adoptan una mueca burlona—. Cuando hemos terminado la
sesión, me ha felicitado por mi trabajo y me ha dicho lo afortunado que eres de tenerme a tu lado…
—Uf, sí, muy afortunado…
—Déjame continuar, por favor, Leo.
—Adelante, sigue. —El tono tajante de Leo vuelve a incomodar a Elsa, pero continúa hablando.
—Yo me he venido abajo y le he dicho que tú y yo no estábamos juntos, y entonces ha sido cuando me ha cogido y acercándose a mí me ha aconsejado que no fuera
tonta, que eras su mejor amigo y que te conocía muy bien, que eres una persona sensacional y que desde que me conociste, tú… tú habías cambiado. Que dejara atrás
mis miedos y disfrutara de la vida.
—Ya…
—En ese momento has llegado y… bueno… el resto ya lo sabes. Sam me ha dicho que viniera a hablar contigo y… —En ese momento Leo no deja continuar a Elsa.
—O sea que has venido sólo porque él te lo ha pedido, ¿no?
—¡Noooo! Leo, no es así. —Elsa está a punto de llegar a su límite y siente que los ojos le empiezan a arder—. Leo, sé que te estoy haciendo daño, pero yo lo único
que quería evitar era esto, hacernos daño. Me gustas, me gustas mucho. Este fin de semana no he podido dejar de pensar en ti. Hoy cuando me ha llamado Demi para
preguntarme si podía suplir la vacante que había quedado en el estudio, en el fondo quería que hubiera sido idea tuya; cuando me ha dicho que no, que tú ni lo sabías, me
ha dolido.
El rostro de Leo cambia, sus facciones se relajan por momentos y su mirada recupera el calor de hace dos días. Elsa sigue hablando.
—Entre Sam y yo no hay nada, Leo. ¡Por Dios, es tu mejor amigo! Sé que no me conoces casi, pero sería incapaz de hacer algo así. Y estoy segura de que Sam
también.
Mira a Leo y espera su reacción.
—Está bien. Te creo. Ahora ya puedes irte.
Leo se coloca bien en la silla y adopta la misma postura que tenía en la barra, mirando su vaso como si no existiera vida a su alrededor.
—Leo, perdóname. Si tú aún quieres, estoy dispuesta a…
—No, Elsa. No quiero que llegue el día en que me digas: «¿Lo ves? Te dije que lo nuestro no iba a funcionar». —Leo la mira—. Será mejor que te vayas.
—Entiendo. Me merezco esto. No te culpo. —Elsa se levanta.
—A la cerveza te invito yo —dice Leo sin apartar la vista de su vaso.
Elsa sale del bar, desde fuera vuelve la cabeza para ver por última vez a Leo y le duele ver que éste en ningún momento levanta los ojos para mirarla. Es increíble lo
mucho que ha cambiado y se odia a sí misma al reconocer que ha sido ella la causante de tal cambio. Atrás quedó aquel chico sonriente, que no paraba de sorprenderla
con sus palabras y sus provocaciones con doble sentido. En esa mesa simplemente queda un hombre frío, derrotado y, podría asegurar sin temor a equivocarse, lleno de
rencor.
Leo deja un tiempo prudente para asegurarse de que Elsa ya ha llegado a su casa y se levanta, se dirige a la barra y paga las dos consumiciones.
—¿Todo bien, tío? —le pregunta el camarero.
—Sí, tío. Todo de maravilla —responde Leo con tono irónico.
No le hace ni pizca de gracia la forma que tiene el camarero de dirigirse a él, pero ahora mismo eso es lo que menos le importa. Sale del bar sin despedirse y va en
busca de su coche.
Conduce a toda velocidad por la carretera general y en pocos minutos llega al local donde a menudo Sam y él disfrutan de sus horas de ocio. Cuando entra observa
que no es que haya mucho ambiente —claro, es lunes—, pero para lo que él necesita cree que tendrá suficiente. Se acerca a la barra, se sienta en uno de los taburetes y
pide un cubata.
Hace un barrido visual a su alrededor y localiza a una chica que está sentada al final de la barra, de lado, mostrando su generoso escote y sus piernas cruzadas bajo
una minifalda bastante escasa, jugueteando con la cañita de su copa entre los labios, con la mirada perdida en las luces que iluminan la pequeña y desierta pista de baile.
Leo no lo duda ni un segundo. Coge la copa que le acaban de servir y se acerca a la chica. Se sienta en el taburete libre que hay a su lado y ella lo mira de arriba abajo.
—¿Con ganas de bailar y sin compañía para hacerlo? —pregunta Leo.
—Puede ser. ¿Me ofreces algo? —provoca la chica.
—Podría ser. ¿A qué estarías dispuesta? —sigue el juego Leo, pero de una forma fría y directa.
La mujer vuelve a darle un repaso general a Leo y afirma:
—A lo que quieras, cariño. Uffff, ¡cómo estás, mi amor!
Leo la agarra del brazo y la conduce hacia la pista. Una vez los dos en el centro, sus respectivas

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