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Libro PDF Nuevo Mundo Luna Apogeo 2 Rubén Azorín

Nuevo Mundo Luna Apogeo 2  Rubén Azorín

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Universidad Estatal de Ohio, Columbus, Ohio
—¿Se puede viajar al futuro? —pregunta la profesora Enma, desafiando a toda la clase.
Silencio.
—La respuesta es sí —afirma contundente antes de continuar—. ¿Y al pasado?
La profesora deja la cuestión en el aire y da la espalda a sus alumnos para empezar a repiquetear en la pizarra con unos seguros trazos de tiza y algún molesto
chirrido.
—Como todos saben, las famosas leyes de Newton se formularon para ir por casa y poco más. Se quedan pequeñas cuando salimos al espacio… Digamos que son
un parche hecho a nuestra medida, fuera del perfecto equilibrio cósmico que rige en el Universo conocido.
Se escuchan algunas risas mal contenidas de los alumnos. La profesora las ignora y se vuelve hacia la gran pizarra verde y rectangular:
Distancia Tierra-Sol: 149.600.000 km
Radio Sol: 695.800 km
Distancia Sol-Alfa Centauri: 4,367 años luz
Velocidad de la luz: 299.792.458 m/s
Velocidad de la nave al abandonar la atmósfera terrestre: 18.000 km/s
Velocidad de la nave máxima tras 5 horas: 130.000 km/h
Orbita a 800.000 km de la superficie solar. Realiza 3 órbitas.
*Se despreciará el tiempo de trayecto de giro alrededor de Alfa Centauri por la elevada velocidad de la nave.
*Se considerará, para simplificar, que la distancia Tierra-Sol es la recta tangente a la atmósfera de la Tierra en el lugar en que empieza la nave a acelerar de
18.000 a 130.000 km/h y a la órbita que seguirá la nave cuando llegue a las cercanías del Sol.
*Se considerará que todos los trayectos en los que la nave cambia de velocidad ocurren a aceleración constante y que la aceleración angular es constante
mientras orbita alrededor del Sol.
La profesora, mientras escribe los datos necesarios para su resolución, expone de palabra el problema. Una nave abandona la atmósfera terrestre en dirección al
astro rey. Alcanzada su órbita, con cada radián de giro la nave es capaz de acelerar y aumentar en un sesenta por ciento su velocidad antes de abandonar la órbita solar
para dirigirse a Alfa Centauri, la estrella más cercana, a la que rodeará para realizar el proceso inverso y regresar a la órbita terrestre.
La profesora concluye escribiendo una pregunta:
«¿Cuánto tiempo empleará en completar el viaje?».
Se retira brevemente sin volverse, se ajusta las gafas y contempla con orgullo el planteamiento matemático que propone. Con un estudiado movimiento, impulsa la
pizarra escrita hacia arriba y provoca la bajada simultánea de su gemela, que cae limpia de tiza. Durante el trasiego, se gira hacia el anfiteatro con las gafas deslizándose
de nuevo hacia la punta de su fina nariz.
—La pregunta permanecerá ahí durante toda la semana, para que reflexionen…. —anuncia, señalando su obra.
Mientras habla, se abre la puerta del aula y accede un joven con el pelo encrespado y unos jeans descoloridos que, sigiloso, trata de subir por las escaleras laterales
de acceso a los pupitres en forma de semicírculo. La profesora parece ignorarle hasta que interrumpe su discurso.
—¿Dónde cree que va, jovencito?
El sorprendido intruso detiene sus pasos y tarda unos segundos en responder:
—A buscar un asiento, señorita Enma.
El aula queda en silencio, con una silueta inmóvil en mitad de la escalera. La profesora arquea teatralmente las cejas al escuchar su nombre en boca de aquel
personaje, que no es desconocido para ella.
—¿Sería tan amable de bajar aquí y presentarse a sus compañeros como es debido?
El muchacho baja hasta enfrentarse a la clase, junto a la profesora, que atrapa con dos dedos sus gafas en un gesto que aprovecha para estudiarlo sin pudor.
—Parece muy joven, creo que se ha confundido de lugar… ¿No debería estar en el instituto?
No hay burla en su voz, incluso parece sincera. Pero ello no impide las carcajadas del resto de alumnos desde sus butacas que no amainan hasta que dirige las gafas
triangulares hacia ellos.
El joven permanece en silencio y con apariencia tranquila. La profesora se vuelve de nuevo hacia él y le susurra:
—No tolero enchufes entre mis alumnos, ¿me ha entendido? —Y en voz alta concluye—: Todos los que hay aquí se han ganado su plaza a pulso. La astrofísica no
es un juego para niños.
—Me llamo Less… —Trata de presentarse a la clase, pero las nuevas risas le impiden continuar.
—Y, dígame, Less —pregunta la profesora enfatizando el Less—, ¿por qué debería aceptarle en… mi clase?
Less, ignorando el sarcasmo de los compañeros y de la propia profesora, toma una tiza, la parte por la mitad y se sitúa frente al verde de la pizarra para hacerlo
desaparecer poco a poco con mano diestra. Vuelve el silencio. Enma le deja hacer, incluso se ajusta un par de veces las lentes aproximándose a distintos puntos de la
pizarra. El joven Less subraya con dos fuertes trazos la solución al problema, se gira y descubre una media sonrisa en el rostro de su inquisidora.
—El viaje dura cuatro años, trescientos treinta y tres días y veinte horas —afirma contundente, limpiándose las manos en los viejos pantalones.
»Eso para el astronauta… —Matiza despertando de nuevo la atención de su profesora—. Puesto que si determinamos la dilatación del tiempo según la relatividad
especial —rápidamente escribe una compleja fórmula con otra tiza—, podemos saber que al recibirlo en la Tierra habrán pasado once años, doscientos cuatro días y
diecinueve horas. Por lo tanto, sí se puede viajar al futuro, al menos el astronauta lo habrá hecho, aunque no podrá volver al pasado para contárselo a nadie.
Más que silencio, ahora hay expectación.
—Ocupe su asiento, Less —le invita la profesora, con admiración.
REM
Un interminable desierto gris se despliega ante él. Un mar de polvo salpicado de oscuras rocas y cráteres a la deriva. Se siente liviano. Lo único que rompe el
silencio es su propia respiración artificial, que suena como si jadease dentro de un casco que no lleva. Se concentra en ella llenándose los pulmones con aquel fluido
vacío, muerto. La curva del horizonte contrasta con el oscuro cielo cubierto por un manto de estrellas que parecen acariciar la superficie. Teme girarse, pero no puede
evitar hacerlo.
El bosque circular aparece frente a él, su vista es capaz de abarcar la enorme circunferencia compuesta por altos e irregulares obeliscos. Consigue detenerse antes de
rebasar el primero de aquellos ceremoniales anillos concéntricos, muralla que desearía no tener que atravesar.
Al cruzarla, una sensación reverberante inunda su cabeza, como si todas aquellas afiladas estalagmitas se hubiesen convertido en gigantescos diapasones para dirigir
una inaudible nota hacia el fondo de su propia médula. Pero están quietas, tan quietas como todo lo que yace en aquel paraje sin vida. Podría tratarse del viento que silba
entre los dientes que muestran los laterales de aquellas agujas, pero allí no hay viento que surcar. John evita su contacto con movimientos pesados.
Emergiendo de entre las sombras, una silueta humana se materializa unos anillos más adelante. Como ante un hipnótico fuego, John siente una irrefrenable atracción
y temor. Según se aproxima hacia ella, crece la intensidad de la vibración en su cabeza y el inerte fluido que llena sus pulmones inunda a su vez el interior de su mente.
No le reconoce hasta penetrar su alcance, aunque sabe que espera ese encuentro desde antes de su existencia.
—Padre…
La figura permanece en silencio frente a él y manifesta una presencia tan poderosa que no requiere lenguaje para dominar su razón.
La sigue, adentrándose en aquel bosque de obeliscos. Avanzan más rápido de lo que sus cortos pasos podrían permitirle. Cada anillo que atraviesan hace más
intenso el miedo en el interior de John y más evidente la insignificancia de su voluntad.
—Ken, tu padre es solo un recuerdo. Lo que reconoces no es más que el reflejo de una de las mil posibles caras de su existencia de haber continuado evolucionando
en el espacio y el tiempo antes de hacerse uno con el legado de los que fueron y son.
John despierta en el nicho hexagonal de la Sala Blanca del complejo ARCA. El cuerpo del niño rechaza el humor acuoso que colma sus pulmones. Desde la partida
de su padre sufre aquel sueño de modo recurrente. Un sueño que su mente no es capaz de transponer al despertar.
Año 2037/38
Tras Luna: Apogeo…
Markus Whitemann, brazo derecho de Leslie Dean en el desarrollo del proyecto NOE, fue capturado por un grupo de guerrilleros que lo mantuvo cautivo durante
meses. Sus compañeros lo dieron por muerto. Sin embargo, el secuestro no fue casual. Sus captores habían trabajado para distintas agencias gubernamentales donde
tuvieron acceso a las claves primarias del proyecto. En el momento que Whitemann fue interrogado por el líder guerrillero, entendió el peligro que todos ellos, incluido
él mismo, representaban para el Plan de Leslie. Disponían de armas, información y ahora eran independientes. Whitemann simuló ceder y les condujo hasta el
Rascasuelos, pero su verdadera intención era acabar con todos ellos activando uno de los sistemas de seguridad de la enorme estructura en forma de Grifo que
sellaba la pirámide invertida. Con un disparo, Whitemann liberó el gas nervioso aun sabiendo que reclamaría también su vida.
Capítulo 1
Ciudad Amurallada, México, D.F.
Interior del Rascasuelos
El general Irwin, escoltado por dos de sus hombres, atraviesa uno de los corredores inferiores del Rascasuelos cuando una delgada luz azul divide en dos la banda
auricular que rodea su nuca.
—Tenemos problemas —anuncia el intercomunicador.
Irwin detiene sus pasos llevándose instintivamente la mano al extremo del dial que ocupa el lugar de su oreja izquierda. Sus hombres, ahora algo más adelantados,
detienen la marcha y se vuelven hacia él a la espera de instrucciones.
—Continúen. Luego me reuniré con ustedes. —La voz del general revela su cólera.
Sin más explicaciones, Irwin invierte el sentido de su marcha y desaparece por el corredor con pasos decididos.
Al entrar en la sala de vigilancia del Rascasuelos encuentra a Anderson y a su oficial al mando en pie frente a la enorme pantalla, dividida en múltiples cuadrículas.
—Han cegado una de las cámaras exteriores —tartamudea el oficial, incapaz de enfrentarse a su mirada.
Irwin clava la vista en la cuadrícula ennegrecida y su boca se tuerce. Termina de aproximarse y apoya las dos manos en la barandilla de acero que hay frente al gran
monitor, abriéndose hueco entre ambos.
—Amplíe el cuadrante 23 —ordena con urgencia.
—¡Es Whitemann! —exclama Anderson, antes de que la totalidad de la pantalla quede monopolizada por dicho cuadrante.
—Corte el gas.
—Señor, el procedimiento… —vacila el oficial.
—¿Acaso no me ha oído? —amenaza Irwin sin volver la vista—. Anderson, usted establezca comunicación inmediata con alguno de esos vehículos.
Antes de que el aludido pueda replicar, el general levanta la palma de su mano y exige silencio. Mientras los dos hombres cumplen las órdenes, Irwin permanece
escrutando el monitor con las manos anudadas ahora a su espalda. Segundos después vuelve a intervenir:
—No me falle, Anderson. No haga que me arrepienta de haberle salvado la vida y darle este cargo.
Exterior del Rascasuelos
El cabecilla de los mercenarios, al ver la sonrisa de su rehén, sigue su mirada hasta la boca del Grifo y actúa rápido. Golpea secamente a Whitemann en la nuca con
la base del arma, al tiempo que toma aire y se lanza de bruces al suelo gritando:
—¡Máscaras!
Sus hombres retroceden asustados. De los diez que les acompañaban en la avanzadilla, seis huyen ignorando la orden y los otros cuatro se encierran en los
vehículos. El jefe trata de hablar, pero una espesa tos se lo impide. Whitemann, inconsciente, permanece tendido a su lado.
Segundos después, dos de los cuatro hombres que habían alcanzado los vehículos corren hasta ellos para socorrerles con dos máscaras en las manos. Mientras se
las colocan, aún tendidos en el suelo, apenas reaccionan y se ven obligados a arrastrarles para alejarlos del humo verde que los envuelve. Con pasos lentos y torpes
retornan a los vehículos bajo el desconcierto del resto de los ocupantes. A unos veinticinco metros, los gestos del militar que tira de su jefe demuestran que la protección
de la máscara no es suficiente. Se desploma y ya no vuelve a levantarse. El líder, con gran esfuerzo, consigue reincorporarse y lucha por continuar avanzando
conteniendo aún más la respiración. Sabe que nada puede hacer por reanimar al caído.
Los tres hombres consiguen alcanzar in extremis los vehículos. El resto de la tropa desciende y queda distante a su alrededor sin arriesgarse a tener contacto con
ellos. El esbirro que ayudaba a Whitemann le deja caer de rodillas para llevarse las manos al cuello. Todos observan inmóviles cómo se le oscurecen las venas entre los
dedos y se congestiona su rostro. Agónico, abre la boca de forma desmesurada al tratar de respirar, pero solo consigue expulsar unos espumarajos blanquecinos. El jefe
guerrillero, al verlo caer al suelo presa de violentos espasmos, da órdenes al resto para que acudan a socorrerlo. Los soldados que se destacan del grupo lo único que
pueden hacer es inmovilizarlo antes de ver cómo se le hincha el cuerpo al tiempo que se le escapa la vida.
El mercenario líder, congestionado, pero manteniendo su autoridad, vuelve la vista hacia Whitemann, que permanece de rodillas respirando con dificultad. Se
aproxima a él, le arranca de la cara la poco eficaz máscara y le arrastra hasta el hombre que yace tendido en el suelo. Le sitúa la cara frente a la del muerto y lo mantiene
así durante unos segundos sujeto por la nuca.
—¡Míralo bien! —vocifera antes de dejarlo caer y quitarse su propia máscara para lanzarla contra el suelo.
Impulsivamente libera la funda del cuchillo ceñida sobre su bota, pero la voz de un hombre asomado desde la trampilla del carro blindado interrumpe el movimiento
de la hoja deslizándose casi ritualmente.
—Jefe, nos vigilan desde dentro. El mismo general Irwin pide hablar contigo.
Empuja con desprecio a Markus Whitemann y, abriéndose paso entre sus hombres, grita:
—Rodrigo, Vélez, quiero a los desertores que han desobedecido mis órdenes y huido como ratas.
Interior del Rascasuelos
Irwin, flanqueado por Anderson y su oficial, observa en el monitor cómo aquellos energúmenos sitúan a seis hombres uno al lado de otro y, por último, arrastran a
Markus hasta un extremo. Todos de rodillas. Todos frente al Grifo.
—Tenemos comunicación —notifica Anderson.
Irwin asiente en silencio. En ese instante, observan al que parece al mando de los secuestradores salir del interior del vehículo ajustándose un comunicador en su
oreja derecha. Se coloca ante la hilera de los siete reos y camina de un extremo a otro sin pronunciar palabra. En la tercera vuelta, repite el gesto para abrir la funda de su
correaje y, ahora sí, empuña un enorme y dentado cuchillo. Se detiene ante el que tiembla en el extremo opuesto a Whitemann, y lo oculta al interponerse contra la
cámara de vigilancia exterior.
—Aprendimos una cosa, general. No se puede volver a confiar nunca en un traidor. El código no escrito, ¿recuerda?
Anderson, desconcertado al escuchar aquellas palabras entre la distorsionada comunicación, observa al general Irwin. Pero no se atreve a intervenir.
—Recite conmigo: un traidor no es un hombre, ni siquiera un animal…
Observan un movimiento brusco acompañando la última frase. El jefe narco da un paso lateral y se sitúa frente al siguiente desertor. El primero se desploma con el
cuello cercenado. Irwin asiente frente al monitor y, entre dientes, acompaña la feroz arenga con el rostro impertérrito. Anderson, incrédulo, no puede contenerse:
—¡Deténgase! —grita al interfono.
Pero el implacable verdugo lo ignora por completo y continúa su ronda, hablando, al parecer, exclusivamente para el general Irwin. ¿Es posible que se conozcan?
Va ejecutándolos uno a uno ante el espanto de Anderson, que ve al oficial convulsionarse y al general impasible. Al llegar el turno de Whitemann, el asesino hace una
pausa para limpiar la hoja del cuchillo sobre el último cadáver. A Anderson le resulta incomprensible la pasividad de Irwin, pero antes de que pueda volver a intervenir,
la voz del general llena la estancia:
—Ese último no es un traidor. Es un prisionero.
El guerrillero duda.
—Guzmán, esperaba algo más de usted. Fue un brillante militar y ahora se ha convertido en un vil mercenario…
Irwin y Anderson no pueden apreciarlo en los monitores, pero la mano de Guzmán empieza a temblar.
—Sin embargo —continúa Irwin—, sé que usted es un hombre íntegro. Fiel a sus ideales. ¡Nuestros ideales! —Grita con autoridad—. ¿Los romperá ahora?
Ven cómo Guzmán se vuelve hacia ellos, enfrentándose al Grifo, y amenaza con volar todo el complejo si no se les permite de inmediato la entrada. Irwin
permanece unos segundos en un tenso silencio antes de proseguir:
—Guzmán, usted sabe perfectamente que toda salida o entrada al complejo no es viable. Además, no está en mis manos cambiar esta situación.
Silencio.
«Mis órdenes son muy claras. Un único hombre. Solo debía facilitar la salida del complejo de un único hombre si llegaran a saltar las alarmas. Markus Whitemann
ya se encuentra en el exterior. Nadie más saldrá del Complejo».
Antes de que el general termine sus reflexiones, Guzmán se gira y tumba a Whitemann de un violento golpe en la cabeza con el mango del cuchillo.
Tras Luna: Apogeo…
El Proyecto NOE recuperó una sonda que había lanzado al espacio hace años y la mantuvo oculta en una cámara inferior del Complejo ARCA. El joven John,
cuya vida transcurre en la enfermería del Complejo bajo los cuidados de la doctora Allenda Witzel, se encuentra solo. Su padre, Ken Dean, se vio forzado a marchar
en aquella sonda y al mismo tiempo está perdiendo a Isa, su madre, que apenas le reconoce y permanece separada de su lado por órdenes del capitán Acab y el
profesor Friedrich.
Friedrich ha pasado a ocupar el puesto del doctor McKee, que quedó en estado catatónico tras una sesión con su cobaya, Phil Rewer, que a su vez permanece en
un estado de animación suspendida. John nunca se ha enfrentado al profesor, pero intuye que está a su merced, tal como estuvo su propio padre con el doctor McKee.
El capitán Acab domina todo el Complejo de forma estricta e implacable, pese a que muchos de los habitantes allí refugiados desaprueban sus métodos
marciales.
Capítulo 2
Complejo ARCA, Antártida
John se encuentra en el interior de la bañera de la enfermería. Su cuerpo desnudo tirita sin control, sumergido en un agua fría que no deja de correr. La luz blanca,
artificial y monótona que impregna la sala resalta su frágil figura.
La doctora Allenda permanece en pie frente a él con una toalla blanca extendida entre las manos. Reprime su natural reacción de ayuda frente a otro ataque de tos
que precede a un vómito gelatinoso y todo el cuerpo del niño se convulsiona.
Los bruscos espasmos se repiten una y otra vez hasta que el único sonido que queda es el de los potentes chorros de agua de la bañera que apenas le cubre hasta
las costillas. El niño yace desmayado con los brazos flotando y la cabeza apoyada en un soporte cervical metálico en forma de U. Sus ojos abiertos y oscuros parecen
no mirar nada.
Allenda se arrodilla frente a él y levanta con delicadeza uno de sus brazos para frotarlo con la toalla y retirar el gel viscoso que tiene adherido a toda su piel.
Terminada la limpieza, acompaña el brazo que vuelve sin fuerza al agua; enrolla la toalla húmeda y la deja caer al suelo antes de tomar una limpia y repetir la operación
con el otro brazo.
La doctora corta el agua antes de incorporarlo ligeramente y empezar a frotarle el cuello y la espalda, sujetándole la cabeza para mantenerla erguida.
—He visto a mi padre —dice John, repentinamente.
Allenda, sobresaltada, interrumpe los cuidados e involuntariamente aparta su cuerpo de él sin llegar a soltarlo. Pronto consigue dominarse y vuelve la cabeza del
niño hacia ella. Los ojos apagados y la falta absoluta de actividad vital le hacen preguntarse si todavía permanece sedado. La regénesis suele ser más lenta.
—Cada vez me lleva más cerca —continúa John.
Termina la frase con un ligero temblor que le estremece de nuevo el cuerpo. Allenda aguarda más palabras unos instantes antes de proseguir con la limpieza de la
piel sintética.
—Cada vez más cerca —insiste John, con miedo en la voz.
—¿Cerca de qué? —pregunta Allenda con ternura, al tiempo que acaricia suavemente la frente del niño con una toalla limpia.
Cuando la doctora renuncia a obtener una respuesta, los labios de John se mueven ligeramente sin apenas despegarse.
—No lo séeeee —susurra confundiendo las palabras con su propia respiración.
Allenda lo recuesta sobre la camilla que tiene preparada junto a la bañera. Le cubre el vientre con una toalla limpia y empieza ahora a frotar una de sus piernas.
John habla a intervalos, pero Allenda no descuida la tarea.
—Pero no quiero llegar.
—No quiero llegar.
—No quiero…
Capítulo 3
Interior Rascasuelos, México, D.F.
Irwin permanece con las manos aferradas a la barra metálica frente al monitor, convertido ahora en una sola y gigantesca pantalla que muestra el convoy de
vehículos militares que avanzan alineados: dos orugas M2A3 Bradley y dos todoterrenos de ruedas desproporcionadas. No hay nadie en el exterior; nadie vivo. Uno de
los tanques abandona la formación y el cañón empieza a girar hacia las cámaras instaladas en las alas del Grifo.
—Guzmán, sé que me está escuchando —interviene Irwin—. Existe una solución intermedia… Quiero su palabra de que dejará a Whitemann con vida.
Transcurridos unos tensos segundos de silencio, Irwin aparta la mirada del monitor y pasea reflexivo. Anderson contiene la respiración y le vigila con su único ojo.
El oficial permanece en posición de firmes con la vista perdida al frente. En la pantalla, el cañón del tanque se detiene perpendicular a ellos y se eleva ligeramente.
Anderson hace ademán de intervenir para alertar al general, pero este vuelve a hablar con determinación:
—Tomo su silencio como un sí.
Inmediatamente después, Irwin lanza el comunicador a Anderson y se aleja unos pasos dando la espalda a la pantalla.
—Oficial, guíelos a la Catedral. Facilíteles coordenadas, planos y proceda a su apertura. —Irwin habla ahora para los del interior del puesto de vigilancia.
—Señor, sí señor —responde como un resorte el oficial, abandonando su rígida postura con un taconazo.
Anderson, atónito, pasea la mirada entre el oficial, el cañón que apunta al monitor y la espalda del general. Pasan unos instantes con la única voz del oficial que
trata de cumplir las órdenes, sin respuesta del exterior. En el monitor se traza una ruta sobre los vehículos.
—General…. —le reclama Anderson.
Pero Irwin abandona la sala sin volverse ni responder. Al salir, presiona el extremo de la banda auricular que rodea su cuello:
—Informe de la situación. Estoy en camino.
Segundos después de que el general abandone la sala, el tanque retira el amenazante cañón y vuelve a ocupar su puesto en la formación. El convoy se pone en
movimiento colmando la enorme pantalla.
Capítulo 4
Complejo ARCA, Antártida
Allenda se encuentra en el antiguo laboratorio del doctor McKee, ahora ocupado por el profesor Friedrich. Ambos se encuentran frente a frente, con las manos
apoyadas sobre la mesa y las miradas en duelo. Allenda odia a aquel hombre tanto o más que al propio McKee, pero la visita era impostergable. Se desafían con
frialdad, hasta que Allenda rompe el silencio:
—Hemos de interrumpir inmediatamente el tratamiento de John.
Friedrich no responde.
—¿Acaso no me ha oído, profesor? —vuelve a intervenir Allenda con furia mal contenida.
—¿Y por qué habrríamos de hacer eso, querrida doctorrra? —responde finalmente Friedrich, sin tomarla en serio.
—Estamos poniendo en peligro su vida.
El doctor esboza una ridícula carcajada y se incorpora con la apariencia de haber dado por concluida la audiencia. Allenda observa cada uno de sus movimientos.
Sus manos tiemblan sobre la mesa.
—¿Es que no lo comprende? Cada vez le cuesta más despertar de la regénesis.
—Un simple efecto secundario —responde de inmediato, levantando las palmas de las manos como si no diera crédito a aquella innecesaria interrupción.
—Esos sueños son… —susurra Allenda.
—¿Ha dicho sueños? —le interrumpe Friedrich, repentinamente interesado.
Ahora es Allenda la que guarda silencio. El doctor se sonríe antes de amenazarla:
—Hábleme de esos sueños, doctora. A no ser que prefiera que sea yo con mis métodos el que haga hablar al joven John.
Allenda acaba por relatar a Friedrich los momentos en que John balbucea frases incoherentes mientras despierta, asegurando que cada vez son más frecuentes y que
parece estar perdiendo la cordura. El profesor la interrumpe:
—¿Cómo no he sido inforrmado inmediatamente de tales episodios? —Hay rabia en su voz—. Doctorrra, no se trata de simples sueños, ¿quizá no esté todo
perdido?
—¿Qué quiere decir?
El profesor toma un dispositivo holográfico y lo coloca sobre la mesa, entre ambos. Estudia la reacción de la doctora antes de intervenir:
—Quierro decir que vaya de inmediato a hablar con el joven John. Si es esto lo que ve en sus sueños, debe traerlo al instante a mi laboratorio.
—Sabe que eso nunca sucederá —niega Allenda, antes de tomar con aprensión el dispositivo.
—Se equivoca con nosotrros, doctora. Ahora permítame trabajar… No lo entiende… —añade entre dientes y niega con la cabeza.
—Conozco perfectamente quién o qué es usted —afirma Allenda antes de salir.
Capítulo 5
Complejo ARCA, Antártida
Allenda se toma un tiempo antes de entrar en la enfermería. A veces siente miedo de lo que pueda encontrar al otro lado de la puerta. No de John, claro está. Miedo
de lo desconocido…
Entra.
Vuelven a encontrarse. Siempre ellos dos. No hay más niños en el complejo, al menos Allenda no los ha visto. Ya no le importa. Ahora sabe. Friedrich se ha hecho
cargo de los pocos pacientes que trataba. Maldito Friedrich. ¿Friedrich? ¿Es realmente Friedrich?
Encuentra a John sentado sobre la cama. Allenda se sitúa a su espalda y le acaricia la cabeza durante unos segundos antes de preguntarle con mucha delicadeza por
los sueños que, cada vez más vívidos, le atormentan tras sus sesiones en la Sala Blanca.
John tarda en responder. Lo hace de un modo mecánico, observando cómo las puntas de sus pies se balancean sobre el suelo.
—No solo veo a mi padre, también veo una habitación acolchada y de paredes blancas. Un sarcófago… y dolor. Mucho dolor. ¿Es ese mi destino?
Quedan en silencio. Allenda no le interrumpe, pues sabe que no ha terminado.
—Tú y yo no somos como los demás —añade finalmente John, parafraseando las últimas palabras de su padre antes de partir. Antes de que lo abandonase.
—Lo sé —responde Allenda sin meditarlo ni un instante. «Aunque no debería saberlo», razona para sí misma con inquietud.
John levanta la cabeza y, forzando una media sonrisa, dice:
—Veo que han desaparecido todos los espejos de la enfermería.
Silencio.
—No podrás huir de Sobol —continúa John, llevándose una mano al pecho—. Él ya está dentro de ti.
—¿Quién es Sobol? —pregunta Allenda exaltada, al identificar ese nombre como el que encierra todos sus miedos.
—¿Quién o qué? ¿Es o fue? O mejor… ¿Será? —responde el joven, enigmático.
Allenda abandona el tono maternal y se coloca delante de él con una postura inquisitiva. El niño continúa jugando con sus piernecillas.
—John, necesito que me hables de esos sueños —insiste Allenda, que reclama su atención.
John no responde. Allenda no quiere que el maldito profesor se haga cargo de John; no quiere que le ponga las manos encima pero, en contra de su voluntad, busca
en el bolsillo del uniforme el dispositivo que le entregó Friedrich, sabedora de que no puede ocultarlo por más tiempo.
—¿Es siempre el mismo sueño?
—Sí y no —responde John sin precisar más.
Allenda, exasperada, exige que se explique mejor.
—Siempre es el mismo lugar, pero no siempre ocurre lo mismo. Cada vez estoy más cerca de mi destino.
Aquella respuesta, sin valor para la doctora, la decide a depositar el dispositivo sobre una de las camas que, siempre preparadas y vacías, ocupan la sala. Lo activa:
instantáneamente se proyecta en forma de V el holograma de un astro circular que rota sobre sí mismo. Con el segundo giro, la imagen hace zoom en un punto
determinado hasta revelar una especie de bosque de piedra circular.
—¿Es esto lo que ves? —pregunta la doctora tratando de encontrar sentido a todo aquello.
John observa tranquilo, sin dejar de jugar con los pies.
—Sí y no.
Allenda, perdiendo los nervios, interrumpe la proyección con firmeza.
—¿Sí o no? —pregunta casi gritando—, ¿sí o no? —Apoya las manos sobre los hombros del chico, se arrodilla frente a él y llora.
John mantiene la mirada perdida unos segundos hasta que, sin volver la cabeza, desliza entre sus labios una breve explicación:
—La formación en anillos concéntricos es idéntica. También los obeliscos… Pero el horizonte…
Allenda alza el rostro, pálido y surcado de lágrimas. Sus ojos azules están irritados y apagados. El rojo fuego de su cabello, ahora veteado por mechones blancos,
destaca sobre la bata blanca. Esta respuesta le duele más que el silencio. Le obliga a aceptar que el profesor Friedrich está en lo cierto.
Capítulo 6
Austin, Texas
Francisco, refugiado en el subsuelo de la Universidad, mastica sin necesidad frente a los ordenadores.
—Los cálculos del tercer monitor… ¡Ahí está la clave! —descubre con la boca llena y señalándolo con la cuchara de plástico.
Traga. Introduce inconsciente la cuchara en el tarro que sostiene con la otra mano y la hace girar lentamente mientras las pupilas de sus ojos recorren la cascada de
código que vierte la pantalla. Se lleva otra cucharada a la boca como un autómata y finge degustarla, sin desviar ni un instante la mirada.
—Un momento, tienes razón —concede, sosteniendo la cuchara entre los labios y tecleando con la mano libre.
—No puede ser…
Mueve la cucharilla arriba y abajo con los labios.
—¡Imposible!
La mano libre se mueve como una araña sobre el teclado y la mirada vuela de un lado a otro.
—¡Imposible!
Francisco, sin dejar de teclear, posa inconscientemente el yogur de cordero sobre el banco del escritorio, junto a la larga hilera de recipientes a medio terminar. La
pasta blanca forma en algunos de ellos una costra seca en los bordes. Todo aquel desorden evidencia que desde hace semanas no ha abandonado aquella sala y la ha
convertido en su residencia.
—Im… po… si… ble…
Pega la nariz a la pantalla para verificar con ansiedad la validez de la secuencia que recibe del satélite.
—Imposible. No puede ser… —repite incrédulo.
Finalmente, vuelve la cabeza hacia la carta de Katy, aún colgada en la pared, y con los ojos brillantes eleva la mirada hacia el techo.
—¡Lo has conseguido! —grita en la soledad de la estancia—. ¿Me has oído? —El triunfo en su voz trasciende el hormigón de su refugio—. Lo has conseguido.
Francisco se pone en pie y recorre la sala, sin perder de vista el punto rojo que ha comenzado a parpadear en el Polo Sur del planisferio que muestra uno de los
monitores en respuesta a su petición. Pronto se establece la comunicación y con impaciencia se abalanza sobre la silla tomando los auriculares.
—El alejamiento lunar se está frenando. Ken lo ha conseguido. El muy bribón lo ha logrado —anuncia con entusiasmo.
—¿Entendí frenando? ¿Puedes confirmar? —interroga la entrecortada voz de Iben Jacobsen al otro lado de la línea.
—Lo sabía. Está vivo. Tiene que estarlo —asegura Francisco, ignorando la pregunta de Iben.
Capítulo 7
Interior Rascasuelos, México, D.F.
—Disculpen el retraso —gruñe Irwin nada más entrar en la sala.
Alrededor de una gran mesa se cuadran seis de sus oficiales de confianza, con rostros severos. Todos en pie, armados y uniformados con el distintivo de mayor
rango de vigilancia del complejo.
—Descansen. Informe de la situación —ordena Irwin, tomando la cabecera.
Todos los rostros se vuelven al centro de la mesa digital donde aparece la estructura del Rascasuelos en una representación tridimensional que parece hundirse en
ella. Numerosas zonas de los niveles superiores destacan en rojo. Un hombre de pelo cano y bigote partido comienza a manipular los controles de la proyección al
tiempo que toma la palabra:
—General, como puede observar, en los niveles superiores del Rascasuelos es donde más casos de afectados se han detectado. Hasta ahora son las mismas
personas de su entorno las que lo advierten. Los pabellones médicos están saturados y no disponemos de personal sanitario para atenderlos a todos.
—¿Conducta agresiva? —pregunta Irwin.
—En los primeros síntomas aparece un bajo porcentaje de casos violentos, aun así he restringido el acceso a las plantas inferiores. Los ascensores están bloqueados
con nivel de seguridad delta dos. Hemos contenido algunas refriegas y necesitaremos refuerzos cuando esta situación sea de dominio público.
Irwin asiente con la cabeza aprobando la decisión. Inspira profundamente y destaca dos gimnasios sobre los planos que muestra la imagen.
—Hoy mismo quiero ambos gimnasios desmantelados y reconvertidos en salas de aislamiento. Dotados con camas, medicinas y personal. Todo el que presente el
menor síntoma será trasladado a los pabellones médicos y a estas nuevas salas habilitadas. Disponga hombres armados para impedir cualquier contacto con el resto de
ciudadanos, incluidos familiares y amigos. Los ascensores permanecerán inhabilitados.
—¿Las dosis?
—Los inhibidores se dosificarán como hasta ahora —le interrumpe el general—. No podemos permitirnos un aumento.
Capítulo 8
Ciudad Amurallada, México, D.F.
A poco más de trescientos metros de la gigantesca figura que sella la entrada del Rascasuelos, el Grifo con cuerpo de león alado y cabeza de águila convertido en
guardián de Ciudad Amurallada, se descubren los últimos vestigios rectilíneos de hormigón sembrados de vidrio que cimentaban la planta cruciforme de la que otrora fue
la Catedral de Cristal, emblema y refugio de sus habitantes. Los cuatro vehículos de la caravana militar se sitúan estratégicamente para dominar todos los ángulos de su
perímetro.
Al abrirse la escotilla superior del tanque que cierra el cerco, Guzmán es el primero en salir. Escruta a su alrededor con mirada templada antes de saltar con decisión
y permanece durante unos segundos con las piernas flexionadas ocultando el dolor que recorre su cuerpo, aún afectado por el gas, tras el impacto de las botas contra el
suelo. A una señal suya descienden dos guardaespaldas y avanzan hacia él. Indiferente, Guzmán se arrodilla y elige al azar un trozo de vidrio azul de uno de los
montones de escombros irisados. Lo sopesa mecánicamente entre sus manos mientras recorre con la mirada toda la superficie sin dejar de mascar. De pronto, se lanza
hacia un extremo de lo que fuera el atrio de la nave central de la Catedral. Sus pasos dejan de crujir al llegar al punto que ha elegido y con varios golpes del tacón de su
bota deja señalado un hueco entre los cristales. Con las armas montadas al cuello, cinco de sus vigilantes no dejan de observarle desde lo alto de los carros mientras se
dirige al otro extremo y repite la operación.
—Risco, Hernández, levantad dos puestos de guardia con ametralladoras calibre 50. Sin malgastar ni un disparo. —Escupe tras dar la orden.
Mientras Guzmán se dirige hacia el centro de la planta, los aludidos descargan grandes cajas de madera con el equipo necesario.
Guzmán, al alcanzar el lugar indicado por el oficial de Irwin, susurra unas palabras al intercomunicador de campaña. De inmediato, el resto de sus hombres carga
con parte del equipo y corre hacia su posición, dejando a dos vigilantes sobre los tanques.
—Una catedral de cristal —masculla Guzmán, estrellando contra el suelo el vidrio que aún mantenía en la mano—. ¿Dónde se ha visto eso…?
El que lleva a Whitemann amordazado y sujeto por el brazo es el último en acudir. Le quita la capucha y le empuja haciéndole caer al suelo. Monta el arma para
apuntar a Whitemann e interroga a Guzmán. La siniestra sonrisa pronto se le desvanece del rostro ante la negativa del resuelto movimiento de cabeza del líder, que
vuelve a hablar al intercomunicador.
Casi imperceptible, el triunfo asoma en la cara de Guzmán al comprobar, un segundo después, que el suelo cede a solo unos pasos por delante de ellos y se hunde
dibujando una escalera de caracol que se pierde en el vacío. Los hombres mantienen tensos la firmeza y, en silencio, contemplan la lluvia de cristales precipitándose al
interior.
Guzmán, sin dudarlo, avanza hacia el foso y comienza a desaparecer en su interior:
—¡Luz! —grita desde dentro.
Inmediatamente uno de sus hombres le apunta con un arma cuyo cañón dispara un potente haz de luz. Le ve perderse en lo profundo antes de seguirle.
Pasan unos interminables minutos para los del exterior. El mercenario que sujeta a Whitemann aprovecha para darle un golpe en las costillas con la culata de su
arma, en respuesta a un leve movimiento de este.
—Despejado. Bajad el material de comunicación y el armamento ligero. Quiero montado el equipo de seguridad con visión interior y exterior. —Resuena la voz de
Guzmán desde dentro.
Capítulo 9
Complejo ARCA, Antártida
Acab irrumpe visiblemente enojado en el laboratorio del profesor Friedrich.
—Por fin, llevo días trratando de hablarr con usted —saluda Friedrich.
El capitán le ignora y pasea entre las mesas cubiertas de instrumental; el disgusto se refleja en su rostro al observar las secuencias de imágenes tomográficas que se
revelan en los monitores que adornan las paredes como lienzos. Llama su atención un brazalete desmontado, lo toma con dos dedos y lo examina con aprensión. Es
evidente que desaprueba los métodos de aquel hombrecillo.
—¿Cómo ha permitido que el señor Ken Dean abandone el ARCA? —pregunta finalmente el profesor en un tono que suena a acusación.
Acab se gira hacia él llevándose la mano a la cicatriz que ocupa el lugar de su oreja para intentar taponarla y acallar así el incesante zumbido cada vez más frecuente
e intenso.
—El señor Dean era nuestro único enlace con Leslie, y usted… —insiste el profesor levantando la voz.
—Leslie está muerto —le interrumpe Acab, tajante, dejando claro que no tolera aquel tono de voz.
—No entiende nada, ¿verrrdad? —añade Friedrich con un desesperanzado susurro.
La severidad en la mirada de Acab exige una explicación por el nuevo atrevimiento.
Friedrich se apresura a conectar el holomonitor y comienza su exposición mientras ofrece una silla al capitán, que queda vacía.
—Ken Dean descubrió que el alejamiento lunar no es progresivo, sino escalonado. Lo que estamos viviendo ya ha ocurrido en otros periodos trascendentes de la
historia. Leslie, iluminado por alguien más, se encargó de hacérnoslo saber. El doctor McKee llegó a la conclusión de que la Luna era una especie de pantalla que protegía
a la humanidad, pero nos equivocábamos…
—Basta —le interrumpe Acab—, nada me importan sus desvaríos científicos —amenaza aproximando el desfigurado rostro a apenas un palmo de la cara del
enjuto profesor—. No he venido para atender su llamada, estoy aquí porque el número de afectados aumenta. Sus malditos brazaletes —continúa el capitán, dejando
caer al suelo el que todavía sostiene entre los dedos— ya no parecen funcionar. Y si no funcionan, usted dejará de serme útil, ¿lo comprende?
—¡Olvide de una vez las pastillas y los brrazaletes! No nos enfrentamos ni a un trastorno ni a una enfermedad común. Estábamos… El doctor McKee —se
corrige— estaba convencido de que sufrimos una especie de posesión. Apuntaba a una posible invasión de un ser alienígena capaz de afectarnos según los movimientos
lunares. Es una teorría, aunque la mía es diferente. En cualquier caso, ahora considerrramos que estamos ante el despertar de unos códigos genéticos y la humanidad es
culpable de haber provocado ese despertar antes de tiempo… ¿Ha oído hablar del ADN oscuro? Son fragmentos que existen grabados desde hace miles de años en
nuestro ADN, pero que nunca han llegado a revelarse, hasta ahora. Los creíamos inservibles, pero tampoco podían ser eliminados del genoma o el individuo dejaba de
ser biológicamente viable. —El profesor se interrumpe unos segundos ante el escepticismo de Acab—. Es más, deberrríamos desactivar del brazalete la inoculación de
inhibidores a determinados pacientes. Todo esto es un error.
—¿Y acabar como Isa Dean? —le vuelve a interrumpir Acab—. ¡Está loco! Lástima que no podamos contar con McKee.
—Olvídese de McKee, ahora estoy yo. ¡Míreme! Ahorra yo soy su McKee —replica Friedrich—. Jamás debió permitir que Ken Dean abandonara el ARCA. Si
busca culpables…
—¡Escuche, profesor! —Hay desprecio en la voz del capitán al pronunciar el título de profesor—. La marcha de Ken estaba prevista. Yo me limito a cumplir el
plan establecido.
—¿Plan establecido?
—Exacto, ese es mi cometido aquí. Nosotros estamos vivos y el resto del mundo agoniza ahí arriba. Seguiremos las directrices del Proyecto NOE —sentencia
Acab.—
Al menos permítame total acceso a su hijo, a John Dean.
—¿A John? —pregunta Acab, realmente interesado por primera vez.
—Debe permitirme tratar al niño —casi suplica Friedrich.
El capitán le atraviesa con la mirada.
—No se acerque a John mientras esté consciente. Solo se le permite verle en la Sala Blanca.
—Yo podría abrirle la mente, como hice con su padre. —Se apresura a intervenir el profesor—. Es lo que desea McKee…
—¿Y eso cómo lo sabe? Ahora McKee no es más que un vegetal.
—¿Es que no lo entiende? Yo soy McKee, debe confiar en mí tanto como confiaba en él… —insiste el profesor Friedrich tocándose la sien.
Acab sonríe y vuelve a entretenerse con uno de los aparatos del laboratorio.
—Yo nunca he confiado en el doctor McKee, al igual que jamás confiaré en usted. Nos ceñiremos a las órdenes, ¿entendido? —dictamina Acab, intentando dar por
zanjada la conversación y dirigiéndose a la salida.
—Entiendo… —murmura el profesor juntando nervioso los dedos en la frente, antes de elevar el tono—: ¿Y si le dijera que Leslie Dean está vivo?
Acab detiene sus pasos.
—El señor Dean vive en su nieto Ken, vive en su mente. —Friedrich se interpone entre Acab y la puerta—. Por eso estoy yo aquí, en el ARCA. Yo liberé la
memoria de Ken y cuando conseguí que empezarrra a recordar, usted le dejó marchar. Leslie Dean habla con nosotros a través de Ken, a través de los recuerdos de un
niño de siete años. Solo podremos conocer la siguiente fase del plan accediendo a esos recuerdos.
Acab desconfía.
—Aún tenemos una oportunidad —insiste esperanzado el profesor—: John. Permítame acceder a él.
Acab aparta al profesor de su camino con desdén pero, antes de salir, añade:
—Prepare la Sala Blanca. Tendrá una única oportunidad. Asistiremos los cuatro.
—¿Cuatrro? —casi tartamudea el profesor, dejando de asentir.
—La doctora Allenda Witzel, John Dean, usted y yo, por supuesto. —Acab guiña un ojo antes de abandonar definitivamente el laboratorio.
Capítulo 10
Sala Blanca, complejo ARCA, Antártida
—Es la hora. —La determinación en la voz de John es sobrecogedora.
Allenda pasea nerviosa por la enfermería, arrepentida de la decisión que ha tomado.
—Hoy no me harás dormir, ¿verdad?
Allenda niega con la cabeza sin dejar de moverse para huir de su mirada. Abre la puerta de la enfermería y le espera apoyada contra la pared del corredor. Inspira
profundamente tratando de armarse de valor.
Mientras avanzan, John siente la protección de la mano de Allenda sobre su hombro y, aunque nunca antes ha transitado consciente por aquellos pasillos, habla
con la doctora sobre todo lo que les rodea, que no le es desconocido. También afirma reconocer la Sala Blanca donde les esperan el capitán Acab y el profesor Friedrich.
La luz es difusa y se adivinan fugaces destellos en la neblina que parece envolverla. Todo es nuevo: la cúpula sobre sus cabezas, la densa atmósfera, el enjambre de
celdillas hexagonales de la pared frontal… Pero todo, de alguna forma, le resulta curiosamente familiar. Cuando John deja de buscar similitud con sus recuerdos, se ve
rodeado por los dos individuos y también por Allenda, que ahora parece una de ellos.
—Jovencito, háblenos de esos sueños —le anima el profesor Friedrich, sin poder ocultar su impaciencia.
John guarda silencio y en la mirada que dirige a Allenda se revela tristeza y resignación. Ella inclina la cabeza, consciente de su deslealtad.
—Hijo, puede entenderme, ¿verrdad? —insiste el profesor.
John asiente en silencio mientras Acab castiga a Friedrich con un gesto de reproche.
—Y también puedo verle. ¿Me entiende usted, profesor McFriedrich?
La última pregunta del chico provoca unos segundos de conmoción.
—Muy bien, entonces también sabrá que debe confiar en nosotrros. —El profesor Friedrich se arrodilla y le apoya las manos en los hombros—. John, el ser con el
que hablas en sueños no es el padre que recuerdas, al menos no es solo tu padre —añade, adoptando un tono de indiscutible certeza.
—Lo sé. Él mismo me lo dijo.
—Existe un vínculo entre lo que queda de él y tú. Tiene que haberlo —afirma el profesor para sí mismo tratando de convencerse—. ¡Aprovechémoslo!
Necesitamos la ayuda de tu padre. Necesitamos conseguir que te permita «hablar» con tu bisabuelo, con Leslie Dean. Debes preguntarle por lo acaecido en el año 2000:
¿dónde me llevaron? ¿Qué contenía aquella base militar? Ellos lo sabían todo… —asegura Friedrich, elevando el tono al lanzar el torrente de preguntas y respuestas ante
las atónitas miradas de Acab y Allenda—. Pregúntale por el primer paciente, pregúntale por qué se aceleró todo, qué falló, dónde obtuvieron el implante de tu padre…
John retrocede ante el airado hombrecillo que parece crecerse con su discurso. Acab le hace callar levantando una mano frente a su rostro.
—Suficiente. Procedan —ordena el capitán.
John se deja hacer sumiso y, sin apartar nunca los ojos de la mirada del profesor, poco a poco siente cómo los párpados le pesan y termina por cerrarlos.
Profundamente dormido, le introducen en el nicho hexagonal. Lentamente, y bajo la vigilancia de los tres adultos, el interior de la celda se va llenando de un fluido
color ámbar hasta colmarse. De inmediato se percibe cómo empieza a palpitar todo el interior. Los nudillos enrojecidos destacan en los puños cerrados de Allenda.
—Doctora, avíseme en cuanto despierte. Profesor, ni se le ocurra acercarse al chico sin estar yo presente —ordena el capitán Acab con repulsión.
Capítulo 11
Ubicación desconocida
«Mis peores temores se están materializando. Puedo percibir cómo mis antiguos fantasmas abandonan impunemente sus tumbas. La absoluta oscuridad se cierne
sobre mí, pues no existe oscuridad más profunda que la soledad. La soledad digital.
Las infinitas conexiones que dan vida a Internet se apagan. Casi puedo sentir sus estertores mientras agonizan. Internet, el altavoz al mundo, ha enmudecido y mis
posts no obtienen respuesta.
Estoy solo.
Al sentarme frente al monitor siento miedo, es la misma sensación que descolgar un viejo teléfono de cable y sentir el vacío al otro lado de la línea. Un abismo
insalvable. Es el sueño que me atormenta desde niño y que ahora ha despertado en la realidad. Vuelve el pasado y, créanme, jamás he estado tan solo como cuando me
encontraba rodeado de gente. Me refugié en mi pequeña habitación y en ella hice mi mundo. Años después lo cambié por este búnker en el que me liberé de las paredes
gracias al prodigio de la comunicación digital. —Silencio—. Por primera vez me siento solo en él. Ya ni la dulce caricia de la música de la gramola que me acompaña
consigue paliar mis miedos, mi angustia, mi soledad. La oscuridad.
Mi mundo agoniza. El verdadero, el cibermundo. Y se abre ante mí un nuevo mundo, un nuevo orden. Un orden en el que no tengo cabida. Y no me refiero al
exterior… Como ya creo haber comentado, me resulta casi indiferente que la superficie de nuestro planeta acabe tan árida y desértica como la lunar. La soledad física no
me preocupa en absoluto.
Sé que lo que falla es la Red. Pero… si Francisco y yo aún estamos vivos y, lo que es más importante, conectados… ¡Deben quedar más como nosotros! ¡Da igual
vivos o muertos! Solo quiero escuchar voces… Igual que escucho a Francisco y no me importa su realidad física. —Silencio.
Por ello seguiré emitiendo, seguiré lanzando ondas al igual que lo hizo el proyecto SETI al espacio durante años. La respuesta llegará… ¿Llegará?».
Kevin deja de atravesar con los dedos el teclado láser y relaja los brazos apoyándose en el sofá. La nueva entrada de vídeo para el vlog que acaba de visualizar está
lista. Una secuencia de su imagen en primer plano queda congelada en el monitor. Kevin la observa: lleva gorra, coleta y el mismo mono que cuando visitó a Isa Dean. Ya
no desfigura su rostro. Justo antes de lanzar la publicación a la Red, se incorpora impulsivamente para añadir un fragmento de audio desesperado.
«¿Hay alguien ahí? ¿Al otro lado? ¿Alguien puede escucharme? ¿Pueden escucharme?».
Año 1967
Capítulo 1
Cuartel general de la NASA, Washington, D.C.
Pronto se cumplirán tres meses desde que Less se integró en el programa Lunar Orbiter. Hoy es un día importante, lo intuye. Conoce a la gente con la que trabaja
mano a mano; el ambiente lleva unos días tenso y la reunión de hoy puede ser decisiva. Llega al auditorio casi una hora antes del comienzo de la junta. La sala, presidida
por una gran mesa, se encuentra completamente vacía y destacan los dos carretes del moderno proyector instalado en un extremo. Less se acerca a la mesa y la bordea
despacio, siguiendo con el dedo índice un surco de la madera hasta llegar a su silla. Se sienta y espera en silencio. El resto de compañeros no tardan en entrar y ocupar
sus respectivas butacas con un protocolario y casi imperceptible asentimiento como saludo. Less se sabe mucho más joven que ellos; sabe también que cuenta con su
respeto. Transcurren unos incómodos minutos hasta que, finalmente, entra el director de la Oficina de Exploración Lunar acompañado por un técnico encargado de
poner en funcionamiento el proyector, que abandona invisible la sala una vez terminada su labor. No hay más saludos. El director apaga las luces y su silueta se recorta
frente a las imágenes proyectadas.
—Señores, hoy les presentaré algunas conclusiones del Proyecto Lunar Orbiter, en el que casi todos ustedes trabajan. Y un nuevo desafío… Permítanme un breve
resumen para poner en situación a los señores Johnson y Bred, del Departamento de Defensa.
» El Proyecto Lunar Orbiter es nuestro segundo programa de exploración robótica de la superficie lunar. Se han enviado cinco misiones con sondas de
reconocimiento no tripuladas entre el 10 de agosto de 1966 y el 1 de agosto de este año. Todas ellas han cumplido su objetivo sin ningún percance. Todas las sondas
han recabado la información programada y han sido estrelladas contra la superficie lunar para no interferir en las misiones posteriores, excepto la Lunar Orbiter 5, de la
que luego hablaré con más detalle.
»Gracias a estas misiones, disponemos de más de mil quinientas imágenes de la superficie lunar. Entre ellas, las primeras fotografías del Polo Sur, cortesía de la
sonda Lunar Orbiter 4, y toda la cara oculta con la Lunar Orbiter 5.
»Con toda esta cartografía, los señores Bowker y Hughes, aquí presentes, están elaborando el primer atlas fotográfico de la Luna.
El director Lee R. Scherer hace una pausa para beber agua. Casi todos los allí reunidos conocen palabra a palabra la exposición, pero nadie interrumpe.
—El señor Kosofsky, también presente, tras analizar ciertas anomalías en la órbita de la sonda Lunar Orbiter 5 ha descubierto alteraciones gravitacionales en
ciertos puntos de la superficie de nuestro satélite. Estas zonas poseen una densidad de masa muy superior a la media del resto de la corteza lunar. Estos lugares, estos
«mascons» o masas de concentración, experimentan un ligero aumento de la gravedad. Nuestro experto, Kosofsky, sugiere que pueden estar originados por la
transformación de los basaltos lunares en rocas más densas o por masas de origen meteórico.
»Hemos encontrado mascons en algunos mares tan regulares como el Imbrium, Serenitatis, Nectaris, Crisium, Humorum, Humboldtianum, Orientale, Smythii,
Aestum o el mismo cráter Grimaldi.
Leon J. Kosofsky asiente mientras se proyectan las imágenes de los citados lugares acompañados de una gráfica topográfica y de campo gravitacional de colores
azules, verdes y rojos. En la gráfica gravitacional se puede apreciar claramente un cono convexo con la parte superior de un rojo intenso.
—Señores —llama al orden el director Scherer—. Ahora pasaré a mostrarles otros dos mascons —entona la palabra mascon casi como una pregunta— y sus
gráficas gravitacionales, que, como verán, son mucho más pronunciadas.
Se proyectan las gráficas tricolores de dos zonas con evidentes perturbaciones gravitacionales, una claramente superior a la otra. Luego es el turno de las imágenes
de la superficie, que poco a poco van cobrando nitidez. Un suspiro contenido satura el auditorio cuando en algunas de ellas se evidencia la presencia de algo más que un
mascon. El director no cambia de imagen hasta que cesan los murmullos.
—Como han podido comprobar, la alteración detectada junto al cráter Tsiolkovski, situado en la cara oculta, es muy superior a las demás. Presten atención al
margen derecho del cráter.
La nueva imagen presenta un zoom muy superior directamente sobre lo que parece una estructura no natural, aumentando el asombro en la sala.
Nadie se atreve a respirar.
—Los soviéticos, en 1959, ya fotografiaron con su satélite Luna 3 la cara oculta —interviene uno de los allí reunidos.
El comentario desata una vehemente polémica sobre si habrían captado mejores imágenes y descubierto lo que ahora aparece en pantalla.
—Calma, señores —modera Scherer, tras retomar la palabra—. Por de pronto, no sabemos a ciencia cierta qué es lo que estamos viendo y tampoco nos consta que
la Unión Soviética conozca su existencia.
—Debemos preparar otra misión Lunar Orbiter para estudiar con mayor detalle esas coordenadas —propone otro asistente poniéndose en pie.
Less guarda silencio y analiza pausadamente las expresiones de los que participan en el debate. Finalmente interviene:
—Hemos de ir allí.
Todos le observan con incredulidad.
—Nada de fotos —continúa Less—, debe ser una misión tripulada para inspeccionar en primera persona lo que revelan las imágenes antes de que lo hagan ellos.
Aprovecharemos las imágenes obtenidas y la sonda Lunar Orbiter 5 para determinar los posibles puntos de alunizaje. Incluiremos también microsatélites en las
misiones tripuladas para estudiar con detalle los mascons, especialmente estos dos últimos. Y debe realizarse antes de que acabe esta década. Para ello, hemos de
adelantar la misión no tripulada AS-501, o Apolo IV, para finales de este mismo año.
Su propuesta desata una nueva polémica. La resume un hombre de color levantando su voz por encima de las demás.
—Ni siquiera hemos sido capaces de llevar a cabo un alunizaje con éxito de nuestras Orbiter, no como los obstinados soviéticos con su Luna 9. Además, la cara
oculta plantea graves problemas de comunicación y telemetría. Lo que propone es inviable. —Y añade solemne—: ¿Acaso ya hemos olvidado a Grissom, White y
Chaffe…? No podemos arriesgarnos a otro fracaso como la reciente prueba de lanzamiento del Apolo I en Cabo Kennedy. No quiero más muertes sobre nuestra
conciencia hasta estar realmente preparados. Además, en caso de no tener éxito, la opinión pública acabaría con el programa Apolo.
El director reclama silencio y mira a Less para darle la palabra.
—¿Quién más está al corriente? —inquiere Less, arrebatando el control de la conversación.
—Donovan, de la agencia, y el sargento Karl Wolfe.
—¿Sargento Wolfe? —pregunta Less con evidente desaprobación.
—Es un colaborador externo, técnico experto en fotografía.
—¿Wolfe? —repite Less con tono de reproche.
Se hace un intenso silencio en el que los ojos del resto de los asistentes saltan entre Less y el director de proyecto.
—Era precisa su participación para obtener lo que estamos viendo hoy aquí. —Nuevo silencio—. No hablará, al igual que no lo haremos ninguno de nosotros. Y si
lo hace —añade el capitán Scherer con severo rictus—, el menor de sus riesgos será que lo tomen por un loco.
Año 1980
Capítulo 1
Mansión G.R.R., Houston
Khinda despierta temprano y se acerca a la ventana. Al abrirla, una suave brisa hace ondear su batín permitiéndole una agradable caricia sobre la piel. Inspira
profundamente el olor a césped recién cortado que tanto le gusta mientras acompaña con las caderas el rítmico chasquido de los aspersores que difuminan todo el manto
verde con cortinas de agua transparente. Se ciñe el kimono; hace fresco aún. Recorre con la vista el azul de la piscina exterior y el muro que cerca la totalidad de la
hacienda hasta detenerse en la verja, alta y negra, que guarda la entrada principal. Todo está vacío; está sola. El servicio tiene hoy el día libre y su marido, como siempre,
está en otro de sus constantes viajes de negocios.
Khinda entorna la ventana y se acerca con sigilo al lado de la cama de su marido, como si alguien pudiera verla u oírla en la opresiva soledad de más de quinientos
metros cuadrados de mansión que la rodean. Arrodillada frente a la mesita de noche, abre el último cajón con suavidad. Observa el interior durante un instante y tantea la
parte inferior con la palma de la mano. La sonrisa de satisfacción que acompaña a un casi imperceptible clic pronto se desvanece al descubrir que el pequeño
compartimiento secreto solo esconde una llave… ¿Qué esperaba encontrar? ¿Cartas de una amante? ¿Un regalo de lujo, un collar de diamantes…? ¿Realmente George
creía que ella ignoraba su particular fijación con aquel cajón?
Khinda lo había dejado correr, hasta hoy.
Toma la llave y sale resuelta de la casa sin molestarse en cerrar la puerta principal. Cruza el jardín con los faldones recogidos; siente la humedad del césped en la
planta de sus pies desnudos. Vuelve a inspirar profundamente y mira de reojo a ambos lados al situarse ante el santuario de George. Ella lo llama Hangar. Un enorme
edificio rectangular al que tiene prohibida la entrada. Por supuesto que la tiene prohibida, pero eso no impide que lo haga a despecho cuando se siente abandonada.
Como acaba de hacer ahora al usar el portillo, apenas dibujado en la enorme persiana de acero que da acceso a la nave, al Hangar.
George, su marido, atesora una colección de coches de época en su interior: tres filas formadas por tres reliquias en cada una de ellas. Brillantes como recién salidos
de fábrica. También posee aparatosas maquetas de ingenios y construcciones en los laterales. Para ella no son más que juguetes caros que observa con desinterés. Su
marido es un consumado coleccionista, y no solo de vehículos antiguos. Los objetos únicos son su pasión. Allí se encierra durante horas cuando no está trabajando o de
viaje.
Khinda deambula entre las hileras de coches; el suelo es ahora áspero y poco agradable al tacto de sus pies. Haciendo saltar la llave en la palma de su mano, niega
con la cabeza mientras trata de abrirlos uno a uno tirando de las manijas. Todos cerrados, excepto uno, cuya puerta se abre con un melodioso sonido sin necesidad de
llave. Es un Mustang.
Se acomoda en el asiento del conductor con la respiración entrecortada. Siente la tapicería de cuero a través de la fina seda que la cubre y se recrea mirando sus
propios ojos verde esmeralda reflejados en el retrovisor. Acaricia el volante con ambas manos mientras chasquea con la lengua al inspeccionar el interior: salpicadero y
tapicería como recién salidos de fábrica, aroma a coche nuevo… pero al tirador del freno le falta algo de brillo. «A George siempre le sudan las manos», piensa haciendo
un guiño a su joven sonrisa del espejo. ¿Freno de mano…? El vehículo ocupa el hueco central de la fila trasera, entre dos coches. Delante tiene otros dos, el primero de
ellos a menos de un metro. Sin dejar de mirar por el retrovisor, sujeta la llave con los carnosos labios antes de liberar con energía el freno.
No pasa absolutamente nada.
Se apea del vehículo; sabe que el motor nunca se arranca. Pero en la parte trasera tiene espacio suficiente para moverlo unos metros. Lo empuja desde el capó
delantero sin apenas resultado. El suelo le hiere los pies descalzos. Inclina su cuerpo y, apoyándose sobre el parachoques del vehículo de delante, vuelve a empujar
gimiendo con fuerza hasta que consigue desplazarlo y casi cae al suelo. Sin poder pararlo, observa con expresión alarmada cómo el vehículo se desliza unos dos metros
hasta pararse mágicamente antes de alcanzar la pared.
Debajo no solo hay hormigón, destaca una brillante plancha metálica con una cerradura en su centro. Khinda la observa con audacia y frota la llave entre sus dedos.
Es el momento de usarla.
Encaja a la perfección.
Capítulo 2
Mansión G.R.R., Houston
Un simple giro de la llave provoca que la plancha rectangular se divida y las dos mitades, separándose, descubran una plataforma bajo ellas. La luz azulada que
desprende ilumina el rostro de Khinda invitándola a subirse. Solo al apoyar el segundo pie sobre ella siente un ligero chasquido y la plataforma empieza a descender
acompañada de un sonido neumático.
La planta subterránea es enorme, podría duplicar el tamaño del propio Hangar. Todo está iluminado y sin sombras. Infinidad de objetos aparecen meticulosamente
ordenados y protegidos sobre interminables filas de peanas de distintos tamaños que ocupan todo el centro de la estancia. Una miríada de vitrinas iluminadas visten las
paredes laterales.
Khinda pasea por los estrechos pasillos entre las filas de peanas cuyo contenido, para ella, carece de valor. Rocas, figuras de bronce o de alguna aleación metálica.
La mayoría de ellas incompletas, simples fragmentos que parecen recién salidos de una excavación arqueológica clandestina. Ni siquiera presentan una plaquita
explicativa de su contenido. Le invade una mezcla de rechazo y celos ante aquella obsesiva pasión de su marido por coleccionar de todo. Acelera sus pasos sin prestar
atención a los últimos objetos para alcanzar el extremo del subterráneo. La gruesa pared revestida de plomo con la que se encuentra no es el fondo que parecía, sino
parte de otra cámara completamente sellada. Descubre en ella un pequeño ojo de buey por el que se asoma poniéndose ligeramente de puntillas para espiar en su
interior.
Encuentra también una cerradura en la que encaja perfectamente la llave. El interior es más viejo y gris. Sucio, caótico y apenas iluminado. Algo impropio de
George. Sin embargo, lo que encierra le resulta más atractivo a Khinda: dos voluminosos trajes de astronauta, o algo similar, dispuestos uno junto al otro. Le recuerdan a
los vistos por televisión en los lanzamientos de las últimas misiones Apolo. En el centro hay una cápsula en forma de cono corroída por la herrumbre, abierta y
agrietada. Khinda, descalza y con ropa poco apropiada, no duda en sentarse en su interior frente a un intrincado panel de mandos, que obviamente ya no funciona. Las
teclas, de forma cúbica, parecen inútiles y mohosas. De la leyenda en lo que fue la insignia grabada en un lateral de la cápsula, solo alcanza a descifrar «Roos» y «14»
tras retirar el moho frotando con la base del puño.
Al abandonar la cápsula, unos objetos metálicos con forma de pelota de rugby atraen su atención unos instantes antes de volver la vista hacia las escafandras.
Parecen hinchadas de aire o algún gas. «¿Es posible que George se haya hecho con los auténticos trajes usados por los astronautas en las misiones lunares?». Mientras
estos pensamientos asaltan su mente, aproxima la cabeza a uno de los cascos, donde puede ver reflejado su ovalado rostro. Se humedece los labios antes de darle,
inconscientemente, un suave golpe con los dedos al cristal en el que se observa.
Un pitido hueco inunda su cabeza. Desconcertada, no aparta la mirada del fondo del casco hasta que una luz roja e intermitente ilumina en silencio la estancia y,
con un reflejo del haz giratorio, cree adivinar lo que podría ser el rostro de un cadáver en el interior. Se aparta sobresaltada, con pasos vacilantes y respiración
entrecortada, mientras la luz barre con ráfagas verticales toda la estancia a su alrededor. Intenta taponarse los oídos con las manos, pero el agudo pitido parece alojado
en la base de su cerebro, provocándole arcadas que le cortan la respiración.
De rodillas, rasgando la seda mientras se arrastra hacia la puerta, consigue abandonar y cerrar la cámara. La luz sigue destellando a pulsos a través del ojo de buey.
Corre angustiada hacia la salida para escapar de aquel sótano entre toses cavernosas y al borde de un colapso nervioso. En su frenética carrera tropieza con algunas
peanas, que no llegan a caer.
En el exterior, trastabilla hasta acertar en la cerradura con la llave para accionar la plancha metálica que sella la entrada. Por fin lo logra e intenta devolver el
Mustang a su posición original. Siente que las fuerzas le abandonan. Una agobiante sensación de pesadez y cansancio la invade justo en el momento que escucha el
rugido de un motor proveniente del exterior. ¿Quién puede ser? Su marido no vuelve hasta dentro de unos días. Hace un último esfuerzo, pero el vehículo apenas se
mueve unos centímetros. El claxon del exterior retruena en mil ecos dentro de su cabeza.
Sale.
Hay un Rolls Royce negro al otro lado de la verja de entrada a la finca. Necesita llegar hasta la casa y cambiarse de ropa. «¿Quién puede ser? ¿Quién puede ser?»,
piensa en bucle mientras se dirige a la puerta de entrada. Siente la boca seca, los pies descalzos dejan un imperceptible rastro de brillantes gotitas carmesí entre el rocío
de la hierba. Asombrada, ve cómo la verja se abre lentamente y, aun consciente de que no podrá llegar a tiempo, continúa su extenuante carrera. Cuando hace un alto,
con la respiración agitada y luchando por tragar algo de saliva, el Rolls Royce ya se ha detenido frente al porche de la mansión. Khinda observa impotente cómo se abre
la puerta y baja un hombre joven y trajeado que se ajusta la chaqueta y alisa el pelo. Ella trata también inútilmente de retocarse la ropa y los rizos. No lo reconoce hasta
que se vuelve hacia ella: es Tom Murphy. ¿Qué hace Tom aquí?
Tom se acerca y Khinda, sin darse cuenta, se encuentra caminando apoyada en él, cogida fuertemente de su brazo.
—¿Le ocurre algo, señora Rew…?
—Llámeme Khinda, por favor —le interrumpe con voz débil—. Estoy bien, solo necesito descansar.
Mientras avanzan, Khinda nota cómo Tom lanza una mirada furtiva al Hangar.
Ya en el sofá, Khinda se relaja y consigue templar la respiración. Aunque sabe que su aspecto debe de ser horroroso.
—¿Se encuentra bien? —insiste Tom.
—Perfectamente —disimula—, ¿podría acercarme esa botella de agua, por favor?
Tom obedece cortésmente y Khinda bebe a sorbos para aplacar la quemazón en su garganta y ganar algo de tiempo para pensar.
—¿Puedo preguntarle a qué se debe su visita, Tom?
—He venido a verla a petición de su marido, ya sabe cómo es…
—Lo sé —le vuelve a interrumpir, desconfiada.
Tom permanece un rato observándola en pie, frente a ella. Pero Khinda le obliga a retirarse forzando un prolongado silencio. Antes de que Tom pueda alcanzar la
salida, Khinda habla:
—Usted no está aquí por mí, ¿verdad?
Tom no responde; tampoco abandona la casa.
—¿Qué guarda George ahí abajo?
—Sé tanto como usted, señora, me limito a cumplir órdenes. Jamás me inmiscuyo en lo que no me concierne.
—¿Podría hacerme el favor de colocar el vehículo en su lugar…? —pregunta Khinda, tendiéndole la llave con su mano derecha.
Tom asiente en silencio.
—¿Qué le dirá a mi marido?
Tom le responde con una ligera inclinación de cabeza y abandona la casa sin pronunciar palabra ni tomar la llave.
REM
—Abuelo, ¿eso quiere decir que los extraterrestres existen?
—Ja, ja… No exactamente… Presta atención: casos como el accidente en la Selva Negra de Alemania en 1936, el de Roswell en Nuevo México en 1947, y muchos
otros, sucedieron… ¡Claro que sucedieron! Pero eso no quiere decir… —Pasan unos segundos antes de que la voz del hombre se torne más seria—. Efectivamente,
recuperamos algunos artefactos accidentados, pero nada de alienígenas ni autopsias. Todo aquello fue una farsa, en parte alentada por la propia agencia. Ni siquiera
podemos asegurar que fueran realmente accidentes.
—¿Hablas de platillos voladores, abuelo?
—Sí. De platillos voladores —responde con voz entre cansada y animosa por la vivacidad del niño. De nuevo deja pasar unos segundos—. Limpiamos las zonas
de impacto y los hicimos desaparecer para estudiarlos. Nada funcionó, eran impenetrables. Objetos circulares de un color dorado uniforme excepto por unos símbolos
que recuerdan las letras ORCH y que a día de hoy siguen siendo un enigma para nosotros.
—Pero…
—Querido Ken, debes prestarme atención aunque no entiendas todo lo que digo —le interrumpe benévolo—. Sólo escucha mi voz. —Deja pasar unos segundos
hasta que el niño asiente—. Todas las misiones Apolo fueron vigiladas por objetos de los que desconocemos su procedencia e intenciones. Los identificamos incluso
antes, desde las primeras misiones orbitales.
»La opacidad para el estudio de los que conservamos fue total. Nuestro propio gobierno y otros intentaron construir réplicas… Un sinsentido; otro fracaso.
Llegamos a creer que ponerlos en funcionamiento fue un éxito… ¡qué ingenuos! —ríe con tristeza—. Simplemente los dejamos escapar… Fueron ellos mismos los que
se activaron y desaparecieron en el firmamento ante nuestros ojos. Tenemos constancia de dos de esos casos. Yo estuve presente en la desaparición del primer ORCH
durante nuestras pruebas. Intuyo que partió hacia la misma región a la que iba dirigida la señal emitida desde la pirámide lunar. El otro sabemos que acabó en cierto
punto de la cara oculta de la Luna. Y allí permanece. Pero también quiero hablarte sobre… —La voz suena cada vez más distante, casi un susurro en su interior. Su
mente vuelve a asimilar formas en vez de sonidos.
(John) John abre los ojos y se presenta de nuevo el paisaje lunar ante él. Se encuentra entre los ornamentales anillos de piedra. Más cerca de su objetivo. Más cerca
del centro geométrico. Busca a Ken, su padre, con la mirada, pero ya no puede verlo. Solo hay vacío y desolación en aquel bosque petrificado y sin vida. Los ecos de los
silbidos en su mente son tan intensos que oprimen sus sienes. Tiene miedo. Mientras escuchaba aquellas voces fantasmales pronunciadas por sus generaciones
anteriores, ráfagas de imágenes asaltaban su cabeza inducidas con toda seguridad por aquella presencia que ha dejado de ser solamente su padre.
—¡Quiero despertar! —grita John en el vacío, pero las palabras mueren en su boca—. No quiero estar aquí, no pienso volver. Tú no eres mi padre.
La opresión es insoportable, la llamada del epicentro del bosque de anillos también lo es. John cae de rodillas y termina en el suelo, recogido en posición fetal con
las manos presionando su cabeza. La presión aumenta hasta que todo se vuelve oscuridad.
Año 2039/40
Capítulo 1
Ciudad Amurallada, México, D.F.
Interior de la Catedral
—Jefe, tenemos línea —informa exaltado el rudo encargado del aparato de las telecomunicaciones desajustándose los auriculares.
Guzmán, siempre masticando groseramente y sin apartar la mirada de Whitemann, inclina la silla en la que se sienta a horcajadas hasta prácticamente pegar el
rostro contra el de su prisionero.
—Solo hablaré con Irwin. —Whitemann gira la cabeza para huir de su aliento.
—Es el general Irwin en persona —se apresura a confirmar su secuaz.
Guzmán separa los brazos del respaldo de la silla y se pone en pie. Escupe e intenta, discretamente, hacer desaparecer el esputo con la punta de la bota ante la
mirada de Markus. Se ajusta los auriculares que le tiende su hombre.
—General, mi paciencia se ha acabado. Casi no queda agua ni comida. Por no hablar de las malditas píldoras, las reservas se agotan y mis hombres enferman…
—La situación es similar aquí adentro —le interrumpe Irwin.
Guzmán da unos pasos y se coloca frente a las cámaras de visión exterior. Muestran a dos de sus hombres que continúan en permanente vigilancia. Las observa
hasta que unas interferencias hacen parpadear la señal y, enojado, tuerce el gesto.
—General, debe permitirnos la entrada al Rascasuelos o me obligará a tomar medidas con nuestro prisionero —amenaza Guzmán con voz fría.
—Sabe que no pue… entrad…
Guzmán golpea los cascos con las uñas y se gira interrogando al responsable de las comunicaciones, que se encoge de hombros antes de intervenir:
—Volvemos a perder la señal, cada vez ocurre antes…
—General… ¿General? —insiste Guzmán, que ignora el último comentario—. El plazo termina mañana, tiene veinticuatro horas para tomar una decisión.
—Es inútil, no puede escucharle.
Guzmán se quita los cascos y los lanza contra los monitores de visión exterior. Ahora solo hay nieve en ellos. Se vuelve hacia Whitemann con la furia marcada en
las sienes.
—¡Voy a salir! —grita Guzmán, ignorando todo lo que le rodea.
Exterior de la Catedral
Apenas diez metros separan a dos antiguos militares.
Dos hombres que decidieron unirse al grupo de rebeldes que se volvió contra el sistema al ver vejados sus ideales y su lealtad, al comprender que no eran sino
simples instrumentos de los que se valía el poder, tan falso como ignominioso, para continuar manteniendo la quimera social y afianzar su status aun a costa de
sacrificar el mismo mundo que dominaba. Guzmán había sido su líder en el ejército. Y lo seguía siendo, tal vez más, en la insurrección. Guzmán les abrió los ojos y trocó
la ciega defensa del poder que les compraba en la lucha contra sus falsos dogmas y la búsqueda, entre egoísta y justiciera, de su propia supervivencia. Al ser conscientes
del mal que afectaba a la misma raza humana, se juraron actuar en contra de quienes lo provocaron y lo conocían. Se unieron para arrebatar las oportunidades a quienes
las habían robado.
Dos hombres que cumplen su turno de vigilancia exterior. Ambos están sentados sobre las cajas de madera usadas para el transporte de armamento, justo en los
extremos de la U formada por los vehículos.
Un cinturón de afiladas balas cruza el pecho del hombre de color que contiene la respiración hasta que el sonido sordo del disparo deriva en una sonrisa que rasga
su cuadrada mandíbula y la consiguiente muesca en el lateral de la caja donde se sienta, grabada con el cuchillo que sostiene con su musculoso brazo.
—¡Tenemos órdenes de no desperdiciar munición, tá! —le reprende un recio acento rioplatense desde los diez metros.
—Mira aquel pendejo —replica el negro, señalando hacia el frente con la punta del cuchillo—, ni siquiera se mueve. Una sola bala y otra muesca. Con eso bastará…
Se escucha un nuevo disparo en el espeso silencio. Casi simultáneamente una silueta humana situada a unos cincuenta metros se desploma mientras ambos
mercenarios sonríen y el más corpulento vuelve a usar el cuchillo en el lateral de la caja.
Llaman Matar al tiempo a aquel macabro juego. En ocasiones, algún ejemplar corre hacia ellos frontalmente o en zigzag, pero nunca consigue acercarse demasiado.
Con el paso de las horas, ambas cajas se llenan de surcos como inventario de la siniestra pugna al tiempo que la atmósfera se torna cada vez más enrarecida y espesa
según va oscureciendo. No tardan en aparecer unos diminutos corpúsculos que se iluminan y desvanecen sobre sus cabezas. En esos momentos, cada noche, los
vigilantes empiezan a escuchar los primeros aullidos que no cesarán hasta el alba. Siempre es así. Esta noche, además, se ven envueltos por la niebla que cae como una
catarata directamente sobre ellos. Nunca baja tanto.
La eléctrica bruma provoca destellos luminosos que recorren la munición de la canana en el pecho del negro. Ambos se miran sorprendidos durante unos segundos
hasta que apenas pueden distinguirse.
—¡Dale! Deberíamos pegarle un tubazo al general —grita el de Montevideo sin ver más que los intermitentes brillos que emite el cinturón de su compañero
desaparecido en la niebla.
Por respuesta obtiene unos aullidos más cercanos.
—¡Risco! —grita nervioso.
Alarmado, se levanta y busca con el cañón del arma la situación de su compañero. Intenta atravesar la bruma dirigiendo el foco hacia los fugaces chisporroteos del
cinturón, cuyos chasquidos se convierten en la única orientación posible. Sin poder establecer comunicación con el interior de la Catedral, se acerca unos pasos hasta
que un desgarrador grito le detiene. Permanece unos segundos quieto y en silencio, barriendo con el haz de luz todo el perímetro hasta que ve iluminarse una vez más la
munición de su compañero, pero no está donde debiera estar. Se ha separado unos metros de su puesto de vigilancia.
—¡Bo, Risco estás ahí! ¿Puedes oírme…? ¡Vamo arriba!
Una sombra cruza imperceptible el túnel de luz proyectado por su arma y le hiela las palabras.
Guzmán sale al exterior y, rodeado por la condenada niebla eléctrica, apenas puede ver más allá de un par de metros. El cuchillo dentado que sostiene en alto
desprende un halo azulado.
—Encended las luces de todos los vehículos —ordena Guzmán, antes de sellar la entrada al refugio provisional en el que se guarecen.
Se disparan potentes chorros de luz que en todas direcciones revelan movimiento de fantasmagóricas figuras. Le cuesta respirar.
—¡Risco! ¡Hernández! Abandonad vuestros puestos y volved al interior de inmediato.
No hay respuesta. El sonido de su propia voz suena amortiguado y distorsionado en aquella extraña y densa bruma. Guzmán avanza hasta alcanzar el primer arcón
de armamento. No hay rastro de Hernández. Se arrodilla frente a él y acaricia las muescas con la yema de sus dedos. Permanece unos segundos agachado tratando de dar
forma a sus pensamientos. Finalmente avanza en silencio hasta el puesto de Risco. Tampoco está, pero su sangre impregna la caja. Frota sus dedos índice y pulgar. Aún
está caliente. Algo centellea unos metros delante de él. Allí encuentra el cinturón de munición de Risco, también impregnado de sangre.
Capítulo 2
Complejo ARCA, Antártida
John abre los ojos.
No mueve ni un músculo; necesita varios segundos para reconocer la enfermería y asociar nombres a los tres rostros desdibujados que le observan desde arriba. Se
concentra en recuperar la calma antes de hablar con voz estudiadamente temblorosa:
—Lo siento, les dije que no siempre ocurría —miente.
—Maldita pérdida de tiempo —masculla Acab, responsabilizando con la mirada al profesor Friedrich—. Dejémosle descansar.
El capitán se separa unos pasos de la cama en la que yace el pálido cuerpo de John y aguarda a que Friedrich le siga.
—Es la cuarta y última vez que le permito intentarlo. A partir de ahora la doctora Allenda volverá a hacerse cargo del niño, ¿entendido profesor? —sentencia Acab
y abre la puerta para obligarle a abandonar la enfermería. Queda esperando y cuando por fin la doctora se decide también a salir, oyen el susurro de John.
—Quédate conmigo.
Acab le permite volver con John con un asentimiento. Allenda cierra la puerta, se apoya tras ella y suspira aliviada. Por fin aquellos dos hombres están fuera de su
enfermería. Otra vez los dos solos.
—¿Puedes cogerme la mano como hacía mi madre? —pregunta John.
Allenda se aproxima insegura; el sentimiento de ternura que creía haber perdido vuelve con fuerza. El recuerdo de su antigua vida pervive escondido en lo profundo
de su alma, que creía vacía. El calor de su familia: de su marido, de sus dos hijos… Una lágrima le resbala por la mejilla mientras se sienta en la cama y el niño se aovilla
buscando cobijo en su regazo. Ella solía permanecer así durante horas cuando alguno de sus hijos enfermaba. Saborea el momento pese a dudar de la sinceridad de John,
que suele ser mucho más frío y distante.
—Friedrich tenía razón, mi padre ya no es mi padre…
—Eso no podemos saberlo —miente ahora Allenda.
—Isa… —La entrecortada voz del chico tiembla—. Mi madre tampoco es mi madre, ¿verdad?
—Tu madre solo está enferma, la curaremos… —dice Allenda, solo para tratar de consolarlo.
—Mientes, al igual que yo he mentido a esos hombres…
—¿Qué quieres decir? —pregunta Allenda de inmediato, secando sus mejillas con el dorso de la mano.
—Les he mentido.
Allenda le aprieta la mano y hace un esfuerzo para sostener su mirada.
—¿Has hablado con Ken?
—No. Mi padre ya no habla. Al menos no mueve los labios para hacerlo. Creo que allí no hay aire… —Y añade—: Me obliga a seguirle.
Allenda arquea las cejas y aguarda una explicación.
—Cuando le pregunto algo… escucho voces, fragmentos de conversaciones de otras personas que invaden mi cabeza. Ninguna de ellas es la voz de mi padre.
—¿Qué dicen esas voces? —La doctora Allenda suaviza su tono.
—No son solo voces, también percibo fragancias y sonidos… Incluso imágenes cuando estoy más cerca…
—Más cerca… —le anima la doctora.
—Son conversaciones fuera de tiempo y de contexto, como de otro mundo. Una pertenece a un niño como yo… —La soñadora voz de John se vuelve más dura
cuando formula la pregunta—: ¿Está mi destino escrito desde hace mucho tiempo?
Allenda le observa sin terminar de comprender.
—¿Qué quieres decir?
—Según me aproximaba al anillo final, más podía sentir el viejo mundo. El mundo antes del desastre.
Allenda ladea la cabeza con interés mientras John sigue hablando:
—Cuéntame cómo era el exterior… Los trinos de los pájaros, las flores de los campos, los animales… Apenas los recuerdo… Hoy he podido escucharlos de nuevo.
He podido sentirlos… También escuchaba un incesante rumor, un murmullo agradable y rítmico. Una brisa fresca…
Allenda, intrigada, se encoge de hombros y le invita a continuar mientras las olas del mar se balancean en su mente.
—Lo que dijo el profesor Friedrich es cierto. Los llaman ORCH y aún los tienen en su poder. O los tenían…
—¿Dónde? ¿Te mostró el lugar? —interviene Allenda, inclinándose sobre él sin soltarle la mano. De alguna forma ella también sabe qué son los OCRH.
—También escuché una canción de cuna —continúa John pensativo—, hablaba de la Luna… —Se interrumpe y su voz vuelve a ser fría—. Pude verlo, es un
platillo dorado. Enorme…
—Tienes que recordar el lugar.
—Creo que introdujeron unos planos en mi cabeza…
—¡Dios mío! —exclama la doctora, poniéndose en pie—. ¿Podrías reproducirlos?
John niega con la mirada.
—Están incompletos. Solo si me acerco más me los dará todos. Creo que es el precio. Sabes lo que eso implica, ¿verdad?
—Friedrich —murmura Allenda, visiblemente preocupada.
John asiente.
—Solo hablaré con el profesor Friedrich si se me permite estar a solas con mi madre

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