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Libro PDF Nuviana Stacy Westwood

 Nuviana Stacy Westwood

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Para ti, Shark:
No te esperes una carta de despedida, sino una de sentencia.
Puedo soportar que me hayas cambiado por una mujer mayor, aunque no más bella ni inteligente; pero lo que me ha aterrorizado al punto de llevarme
a efectuar este cobarde acto es el haber descubierto lo que eres capaz de hacer en tu oculta enajenación…
…me das miedo, eres un monstruo… tienes el alma dañada… te jactas de juez cuando en realidad eres el verdugo.
Jamás podría vivir llevando el yugo de tener que callar tus atrocidades, y al mismo tiempo no tener las agallas para poder delatarte por el amor que
desgraciadamente aun te tengo, así tenga el corazón destrozado.
Es demasiado lo que has puesto injustamente sobre los hombros de un alma inocente: todo mi amor y todo mi desprecio… una lucha injusta que me
desmorona diariamente. Es como intentar mezclar agua y aceite, simplemente es imposible.
Prefiero irme al cielo en paz, es el único modo que encuentro para terminar con este sufrimiento. Te pediría que cuando llegue tu hora ahí me busques,
pero si Dios existe, tu destino será el infierno en donde arderás merecidamente por toda la eternidad.
Qué Dios me perdone por haberte amado, porque jamás lo mereciste. Búscame en otra vida si es que me amaste como yo lo hice.
Melanie (Sunny Angel)
PD. Nulla poena sine culpa
En ese entonces no entendí el significado de las palabras en latín. Años más tarde comprendí que la expresión plasma uno de los principios fundamentales en
el ámbito del derecho penal, que mi hermana estudiaba. Ella había utilizado la locución latina “no hay castigo sin culpa”, haciendo alusión a que ninguna persona puede
ser condenada por un delito si no existe dolo o, al menos, culpa.
Su postdata permanecería incomprendida en la siguiente década y mi vida jamás volvería a ser como la había imaginado…
A la semana del desafortunado incidente me encontré junto con mi madre frente a una terapeuta. La doctora se atrevió a decir que por lo menos dos años
serían necesarios para ayudarme a superar una perdida tan grave, pero yo tenía otros planes. Ahora mi madre y yo estábamos solas en casa y debía tomar en mis
propias manos la responsabilidad que la vida me demandaba. Ella me necesitaba y no quería pasarme dos años escuchando a la doctora preguntándome como me sentía.
En los siguientes meses respondí todo lo que deseaba escuchar. La terapeuta creía ayudarme a dominar mis sentimientos, cuando en realidad aprendí a simular
tenerlos, ya que mi hermana se los había llevado a la tumba junto con ella.
Mi madre no podía dar crédito que a los cuatro meses de terapia me hubieran dado de alta. Sobre todo cuando ella, no daba señales de progreso, sino de
regresión.
Todos los días, a la hora en que Melanie se había colgado mi madre comenzaba a gritar frenéticamente llena de pánico. El hecho de haber estado presente en
casa y no percatarse de lo acontecido, la había llevado a una enajenación al borde de la locura.
La situación se agravó ocasionándome el tener una juventud dura, cruda y por demás solitaria. Una vez que los ataques de histeria cesaban, transmitía su culpa
hacia mí, lastimándome verbalmente diciendo entre otras cosas que tenía un corazón duro como mi padre que nos había abandonado, y me reprochaba no haber amado
sinceramente a mi hermana.
Yo no la afrontaba, ni discutía sobre ello, no deseaba afligirla más explicándole que la irremediable pérdida no sólo había convertido mi corazón en piedra, sino
que se lo había llevado para siempre.
En los años que siguieron me dediqué a cuidarla, a mostrarle mi cariño aun cuando cada detalle que tuviera para ella fuera ignorado. En ese tiempo aprendí a no
recibir nada a cambio a pesar de ser amorosa.
No podría decir que pasé una adolescencia envidiable. Me afronté sola a mi desarrollo biológico, psicológico, sexual y social en una etapa de la vida en lo que
más se necesita es el apoyo de la familia.
El día que cumplí dieciocho años me contactó un abogado, quien junto con un notario, extendieron unos fondos que Melanie me había dejado. Tenían
instrucciones de transferirlos a una cuenta a mi nombre. La suma era de seis dígitos con lo cual no tuve de que preocuparme económicamente de nada en el futuro. Sin
embargo, el fantasma de la duda rondaría siempre:
¿De dónde había sacado Melanie tanto dinero?
Esta y muchas otras preguntas continuaron acompañándome mientras crecía, sin embargo, nunca permití que me atormentaran porque en mi interior tenía la
confianza que el destino algún día me proporcionaría las respuestas…

Capítulo 1
Miradas
Rodeo Drive Avenue, Beverly Hills.
10 años después.
Me apresuro a vestirme después de energizarme con uno de mis entrenamientos matutinos de box en uno de los fitness clubs más exclusivos de Los Ángeles, California.
Costaba una fortuna, pero siempre le había dado prioridad a mantenerme en forma y gozaba enormemente de entrenar en un ambiente como el que ofrecían. No soy una
persona que pueda ejercitarse en casa viendo la televisión, necesito salir y estar rodeada de gente que gusta de hacer ejercicio para motivarme aún más.
Después de recibir la inmensa suma que Melanie me había dejado, me di a la tarea de encontrar un entrenamiento físico del cual disfrutara para evitar caer en
tentaciones absurdas y mantenerme en contacto con otras personas en lugar de quedarme sola en mi apartamento. Para ello probé varios deportes buscando encontrar
esa armonía interna que sustentara el frágil balance que había logrado en mi vida después de muchos años, y fue sólo el box el que me había dado la intensidad necesaria
para salir adelante.
El tiempo cura las heridas y el ejercicio ayuda a tener la mente clara. Lo que en un principio había sido mi refugio para superar ese dolor que me había
acompañado durante largo tiempo, ahora se había convertido en una de mis agradables rutinas de vida.
Lo había conocido por pura coincidencia cuando leí que cada vez más mujeres se hacían adictas a esta tendencia fitness para mantenerse en forma, por lo que
me decidí a investigar si sería algo para mí.
La supermodelo Adriana Lima, se había enamorado trece años atrás de este tipo de entrenamiento después de prácticamente odiar hacer ejercicio de cualquier
tipo. “Es muy energizante, porque que descubres tu vigor interno, aprendiendo lo fuerte y poderosa que puede ser una mujer”, había dicho.
Cuando me informe que además de Lima, otras modelos como Karlie Kloss, Gigi Hadid, Chanel Iman y Gisele Bundchen habían seguido los mismos pasos,
decidí darme la oportunidad de probarlo con la esperanza de brillar como ellas. Afortunadamente lo había hecho ya que los beneficios en mi cuerpo y mente eran
evidentes.
Por lo pronto llevaba prisa. Iba retrasada para presentarme en mi primer día de trabajo como asistente de moda en una boutique de lujo y aún me encontraba
en los vestidores del club.
¡Madre mía! ¿Cómo puede ser que a mis casi veintitrés años no sepa maquillarme adecuadamente? Estoy muy lejos de poder lograr ese look admirable que
tienen las modelos en las revistas ―pienso irritada debido al inusual cuidado que debía poner a mi maquillaje. En realidad no tenía nada de experiencia en ello y
demoraba mucho más de lo que había imaginado.
Aún no entendía cómo había obtenido el trabajo, ya que me consideraba una neófita de la moda, pero mi pasión por el deporte me ayudó a acercarme a ese
mundo que desde niña había deseado formar parte.
“Tienes una linda figura y buen porte, lo único que te hace falta es estilo, pero eso te lo daremos con las prendas apropiadas”, había dicho la asesora de moda
muerta de la envidia viendo lo tonificado que estaba mi cuerpo. En cuanto a su comentario sobre la falta de estilo, se refería arrogantemente a que vestía una falda de
Zara y una blusa de Mango el día de la entrevista, lo cual evidentemente no le habían parecido a la altura de la calidad de las prendas que la boutique comercializaba.
A pesar de su soberbia, acepté el trabajo porque deseaba aprender sobre los diversos estilos de moda que admiraba en las mujeres que lo dominaban, un sueño
que a pesar de mi pudiente posición económica, jamás había hecho realidad.
Carente de la guía de Melanie en mi juventud, había adoptado un estilo extremadamente sencillo en el modo de vestir, y a pesar de devorar revistas de moda,
no había encontrado a aquella persona que hiciera vibrar mi corazón para irme de compras a su lado. Por tonto que pareciera, seguía esperando ese momento que la vida
me había arrebatado al llevarse a mi hermana.
Caramba, ¡ya debería de estar tomando el bus hacia la boutique!
Y es que aún debía trasladarme hacia Beverly Hills, a la sección más exclusiva de la famosa avenida Rodeo Drive, en donde se encuentran las boutiques de
moda más prestigiadas internacionalmente.
Me visto rápidamente. Los materiales de las prendas que me han dado para vestir son agradables al tacto. Es la primera vez que tengo un encuentro cercano
con prendas de diseñador y más de esta calidad.
Termino de ajustarme los pantalones. Me siento un poco extraña con el nuevo estilo. No siento que me venga bien el fashion look con el que debo
presentarme.
Hmm… no sé… no es totalmente de mi gusto, ni siquiera pensando en lo mucho que debe costar ―digo aplanando la tela de la blusa con la mano y miro hacia
atrás intentando ver cómo me luce el trasero.
Me dirijo al espejo y me sorprendo de la persona que se refleja en él.
Oh, wow… vamos… se ve mucho mejor de lo que imaginaba. No puedo negar que se ve lindo, pero no se….
Escucho unos pasos a mis espaldas.
―¿Nuviana? ¿Eres tú? ―dice una voz masculina.
Volteo y me sorprendo de ver a mi amigo Chris en el vestidor de mujeres.
―Pero mujer… de no ser por tu inconfundible trasero paradito, no te hubiera reconocido. Estoy acostumbrado a verte con un estilo completamente diferente:
jeans bajos a la cadera, t-shirt corta presumiendo tu ombligo con ese sexy piercing o con tus tank-tops revelando esos torneados hombros y bien entrenados brazos que
son la envidia de las mujeres.
―Eh, si… Chris, soy yo ―respondo embarazosamente, me siento insegura por estar totalmente fuera de mi estilo, aventurándome en el que siempre había
deseado vestir. ―¿Qué haces en el vestidor de damas, Chris?
―Ashhh, ya sabes que este muñeco causa revuelo a donde quiera que va. Resulta que mi presencia resulta un tanto incomoda en el vestidor de caballeros
porque me les quedo viendo mucho al pito y las pelotas. Aquí en América hacen de todo un escándalo, en mi tierra natal, Francia, ya estaríamos bebiendo vino después
de gozarnos mutuamente.
―Tienes que aprender a ser más discreto, Chris. Esto no es Europa.
―¡Lo soy! El problema no son los hombres homosexuales, sino los heterosexuales que aún no han salido del closet y tienen esposa o familia. Lo mejor de
todo es que no me pueden echar, ya que soy socio mayoritario de este magnífico y exclusivo fitness center.
―¿Y cómo puedes identificar a los que son gays reprimidos y a los que no?
―Mi técnica es infalible, querida, sobre todo en la zona de saunas y duchas. Aquí te va: me les quedo viendo con estos ojazos negros de puta madre que Dios
me dio y, cuando hacemos contacto visual les sostengo la mirada esos segundos de más para que sean conscientes de como sutilmente la bajo para ver si tienen algo
lindo entre las piernas.
―¡No te puedo creer, Chris! ―rio divertida― Eres un atrevido.
―El contacto entre gays es mucho más directo que el coqueteo heterosexual o el bisexual femenino, querida.
―¿Y cómo reaccionan cuando saben que les ves lo que traen entre las piernas?
―Veras, hay tres tipos de reacciones. La primera es la de los heterosexuales, ellos solo desvían la mirada desinteresados. La segunda, son a los que les gusta
la salchicha como a mí, ellos buscan curiosos entre mis piernas para ver lo que tengo que ofrecer e inmediatamente entablamos conversación. La tercera es la de los
hombres reprimidos que no han tenido el valor de confesar su homosexualidad, a ellos se les comienza a erguir el sexo por sentirse excitados al experimentar el interés
sexual de otro hombre y se intimidan por la reacción de verse descubiertos.
―Eres tremendo Chris…
―Uy querida, si esta boquita hablara, te aseguro que causaría unos treinta divorcios del más alto nivel.
―¿Te has acostado con treinta hombres en este club tan elitista y que se jacta de estar lleno de gente linda?
―Aquellos que se hacen los mamones son los más atascados. No, no me he acostado con todos, a veces sólo les permito que me soben las pelotas y otras
cosillas que aún no tienes edad para saber.
―Chris, tengo casi veintitres años.
―¡Pero volvamos a ti que te ves fenomenal metida en esa ropa de diseñador!
―¿Tú crees? Me siento como una tonta. Mi estilo es más bien cool-rudo, con esto parezco niña fresa y pija.
―¡Qué va! Es un look urbano, sencillo y moderno ―dice teniéndose la confianza de saber más sobre ese mundo que yo desconozco.
Pongo cara de interrogación tratando de entender a lo que se refiere.
Comienza a dar vueltas a mí alrededor escudriñando el look. Me pone nerviosa sabiendo que es un metrosexual de estilo refinado.
―Vamos a ver que tenemos aquí… unos leggings tribales de una calidad que no sabía que te podías permitir… ―de no ser hombre, diría que lo dice con tono
envidioso, pero lo dispersa dándome una palmadita en el trasero―… y los combinaste con una blusa con sexy escote a la espalda, ¡caramba! Sin duda aplicaste los
conceptos básicos para combinar las prendas de tendencia, combinando las tonalidades del diseño tribal de los pantalones con el cálido tono de la blusa. ¡Y yo que te
creía una neófita en el tema de la moda!
Me encojo de hombros, sin entender el detalle de su análisis y amplio conocimiento del mundo de la moda. ―Si tú lo dices…
―Las mangas cortas mostrando tus hombros se te ven fenomenal, sin decir el modo en que la tela de los pantalones se aferra a las curvas de tus piernas. Eres
otra mujer cuando decides sacar el estilo y mostrar sutilmente la feminidad de tu cuerpo.
Se me queda viendo esperando algún comentario inteligente de mi parte.
Al ver que no doy muestras de reaccionar, levanta una ceja señalando incredulidad. ―Nuviana, no seleccionaste este atuendo tu misma, ¿verdad? ―dice
poniendo cara de extraña seguridad. Yo sonrío tontamente, evidenciando la respuesta.
―Tu única aportación a este magnífico conjunto son esos horrendos tenis Converse que llevas puestos, ¿cierto?
―Ashh, ¡está bien, te lo voy a confesar! La ropa me la dieron en la boutique en la que comienzo a trabajar el día de hoy. Debemos vestir las prendas que se
venden y este es uno de los conjuntos.
―Ya lo decía yo.
―En cuanto llegue a la tienda me darán unos tacones altos con los que espero poder caminar.
Chris comienza a buscar la etiqueta dentro de mi pantalón, haciendo que se me vea la braga y la línea superior de mis trasero.
―¿Chris, que andas buscando ahí adentro?
―¡Ay la mierda! Pero si son de Valentino… ahora sí que te creo el cuento de la boutique. Déjame ver la blusa, no te muevas… Ay joder… ¡es Missioni! Con
razón te ves tan espectacular, ¡la calidad es ridícula! Conociéndote, tú jamás hubieras decidido comprar semejantes prendas de ensueño.
―Eso es exactamente lo que trato de cambiar con este trabajo, Chris.
―¿Quieres que te ayude a maquillarte?
―No gracias, lo haré en el autobús. Tengo apenas media hora para llegar, me tengo que ir, voy tarde, ¡adiós y gracias por las flores!

Capítulo 2
Debut
En el camino a la boutique me maquillo lo mejor que puedo intentando lograr un look natural el cual me queda terrible, pero no tengo tiempo para más. Recojo mi cabello
hacia atrás haciendo un sencillo chongo. Cuando termino, el autobús está llegando a la última parada en la cual debo bajarme.
Rodeo Drive, Avenue. Indicaba la señalización de la avenida. El ambiente estaba dominado por un aura ultra-chic, y es que a pesar de su corta longitud de poco
más de tres kilómetros, la zona se había convertido en la meca del shopping internacional.
La boutique se ubicaba en una intersección inmejorable: En la esquina de Rodeo Drive y Santa Monica Boulevard. Al lado derecho estaba Dolce & Gabbana,
cruzando la calle estaban las boutiques de Christian Dior y Burberry. En contra esquina Versace, Porsche Design y Louis Vuitton. Una ubicación por demás pomposa
al igual que la extravagante clientela que se paseaba por las aceras.
El chico encargado de la puerta la abre al verme aproximarme. Entré contenta, motivada y curiosa por saber lo que me depararía en mi primer día de trabajo.
Para mi sorpresa en lugar de calma, encontré un ambiente lleno de agitación y nerviosismo.
La dueña, la perfeccionista e impecable Stefani Ackermann, se encargaba personalmente de todo el día de hoy. Un suceso extraordinario porque ni siquiera se
molestaba en conducir las entrevistas necesarias para los puestos de trabajo que requerían sus numerosas boutiques. Toda la responsabilidad era delegaba a la
competente gerente que manejaba el conglomerado de tiendas.
Las otras chicas, llamadas consultoras de moda, iban y venían siguiendo las indicaciones que les daba. Era claro que el día de hoy algo relevante iba a
acontecer, y yo no tenía ni idea de lo que se trababa.
―¡Estará aquí en cualquier momento, verifiquen todo nuevamente! ―ordenaba volviendo a retocar la ropa que se encontraba sin imperfección alguna.
―Hola, mi nombre es Nuviana ―decido presentarme con ella, tratando de ayudar.
―¡Ay Virgen Santa, pero que es esto! Se ve que eres nuevita… ¡y en un día como hoy, ayúdame Señor! Querida, por favor cámbiate esos zapatos tan
chamagosos que pareces el Chapulín Colorado en lugar de una chica moderna que viene a trabajar a una de mis boutiques. Ponte unos tacones de al menos diez
centímetros como todas las demás. Hoy debemos sorprender a la visita con todos los detalles posibles.
―¿De diez centímetros? No sé si podré caminar con ellos, ¿no tiene de tres centímetros?
―Tess, ¿a quién contrataste que ni siquiera sabe andar en unos stilletos de altura decente? ―reprimió a la gerente.
―Hoy comenzábamos su entrenamiento, Stefani ―contesta ella.
―Pretextos, siempre pretextos ¿Es que debo de encargarme de hasta esos tontos detalles para que todo salga de acuerdo a mis expectativas? Yo no uso
tacones tan bajos desde que cumplí doce años. Vestirás como todas, unos magníficos tacones de Louis Vuitton así no te merezcan.
―Está bien, sólo era una pregunta.
―Bryan, por favor sal a recibir el auto de nuestra visita, sé que gozas enormemente el tener la oportunidad de ponerle la mano encima a esas opulencias que
suele conducir ―le da instrucciones a uno de los encargados de seguridad.
―Así lo haré ―contesta el joven que viste un elegante traje gris obscuro, con corbata en tonos azules.
―Chicas, en cuanto cruce la puerta quiero a todas concentradas en sus caprichos y más absurdos deseos, ¿está entendido? ―dijo Stefani.
El staff asintió, yo les seguí la corriente con tal de no alterar más a la Srita. Akermann.
Todos toman sus posiciones como si fueran un comando militar esperando ser emboscados. Ella se coloca frente a uno de los escaparates que dan a la avenida,
esperando la ansiada llegada de la persona en cuestión.
No podía quitarle los ojos de encima, era un ícono de la moda. Su presencia denotaba belleza y excesiva confianza. Stefani era una hermosa rubia caramelo
entrada en los treintas. El rostro rectangular y nariz recta estaban enmarcados por un corte de cabello estilo Bob en capas que se le veía perfecto. Sin duda un peinado
casual que lucía con raya a un lado aportando un aire elegante y sumamente distinguido a su look. Su sedosa melena se movía juguetonamente de un lado al otro con el
movimiento de su cabeza.
El maquillaje era natural y perfecto al igual que el vestuario y accesorios que llevaba: un set de cuatro anillos de Botega Veneta en plata esterlina simulando un
tejido entrelazado, llevándolos todos en el dedo medio. Una blusa blanca de cuello amplio hasta los hombros mostrando unas clavículas bien definidas. La empataba con
una falda lapicero en tono negro acentuando las delineadas curvas de su cadera.
¡Los tacones estaban para arrancarse las uñas!, se trataban de unos pumps divinos, fabricados en satín italiano de la colección Coco Crystal de Sophia
Webster. El acabado del tacón con cristales incrustados me hicieron jurar jamás volverme a poner mis hasta ahora adorados Converse.
Afuera, Bryan esperaba atento sobre la legendaria Avenida de Rodeo Drive cuyo nombre se debe a una derivación del Rancho Rodeo de las Aguas, que había
sido una antigua hacienda española a la que perteneció el distrito antes de convertirse en el prestigiado Beverly Hills, conocido además por albergar las villas de artistas
y millonarios.
La avenida, que a pesar de su modesta longitud goza de una reputación excepcional en cuanto a compras de lujo se refiere, se encuentra en su mayoría en la
zona de Beverly Hills colindando al norte con Sunset Boulevard y al sur con Beverwil, en la ciudad de Los Ángeles.
Un zumbido inusual se escuchó a lo lejos. Bryan sabía lo que significaba: era la indicación de que el auto se acercaba. Ni siquiera era posible verlo aún, apenas
debería de estar por dar vuelta en el boulevard Little Santa Monica antes de tomar la avenida principal.
Bryan se volteó hacia el escaparate de la boutique asintiendo con la cabeza. Esa era la señal que Stefani Ackermann esperaba impacientemente mientras
contemplaba desde el interior.
Teniéndola de perfil, observo sorprendida su reacción al acercarse el momento en el que llegaría la ansiada visita: Sus ojos azules se abren ampliamente y la
respiración se le torna agitada denotando un corazón acelerado. A pesar de ello, trata de mantener una posición impasible, sin embargo al poco tiempo el derrame de
emociones internas la delata. El labio inferior comienza a temblarle y no sólo eso, sin nadie más notarlo veo como sus ojos acuosos no pueden controlar una lágrima
traicionera que se derrama recorriendo su mejilla.
―Tome, Srita. Ackermann ―le murmuro discretamente extendiéndole un pañuelo desechable.
Me mira sorprendida por mi discreción y sutileza. ―Gracias. Sal por favor para que le abras la puerta del auto.
En cuanto salí pude ver como Bryan se frotaba las manos emocionado de ver el auto deportivo del que se trataba. Un Hennessy Venom F5. Una de las treinta
unidades producidas en el año y vendidas desde hace doce meses. El modelo F5, era más costoso que su precursor, el Venom GT, alcanzando un precio de $1.2 millones
de dólares, siendo el auto más rápido a nivel comercial, pudiendo alcanzar los 466 Km/h, haciéndolo un objeto irresistible a una clientela internacional acostumbrada a
tales caprichos.
El auto se detiene frente a la boutique. El rugir del poderoso motor cesa. Me dirijo hacia la puerta del conductor. En mi recorrido siento una mirada
recorriéndome. Es tan fuerte que es casi palpable.
Miro curiosa al interior del auto buscando la fuente de ese poderoso escrutinio que me acaricia la piel a distancia. Es la primera vez que me acarician sin
tocarme, causándome cierta inquietud mucho más después de ver como Stefani había reaccionado.
Entre reflejos puedo ver que el conductor porta unos lentes de sol deportivos.
Pongo mi mano en la manija de la puerta, y la jalo pero no se abre. Al no ceder, jalo más fuerte una y otra vez. El conductor contempla mis intentos
despreocupado sin mover un dedo en mi auxilio. No puedo verlo pero siento como su mirada se clava en mi escote que se tiende de lo lindo frente a él por mis flexiones
intentando abrir la puerta, poniéndome aún más nerviosa.
Viendo las dificultades en las que me encuentro, Bryan se apiada finalmente y trata de ayudarme ―¡Qué barbaridad! Esto no es un Renault, Nuviana. Las
puertas se abren hacia arriba, como si fuera un Lamborghini.
―¿Como un Lambor… qué…? ―No entiendo lo que dice, así que jalo con más fuerza, forzando la maldita puerta que no se abre. Pongo mi rodilla sobre la
lámina para conseguir más torque al jalar.
―¡Vas a romper la manijaaaa, no mames! ―grita Bryan angustiado.
―¡Me vale un pepino, esta méndiga puerta se abre porque se abre! ―forcejeo con la manija, ahora con ambas manos.
El conductor presiona un botón desde el interior, haciendo que la puerta se eleve automáticamente. La acción me proyecta hacia atrás sacándome de equilibrio,
el cual me es imposible mantener con los tacones de diez centímetros que visto por primera vez en mi vida. Lamentablemente termino dándome un sentón sobre la
avenida.
Hago una mueca de estar disgustada torciendo la boca ante la mirada de los curiosos que pasan. Antes de intentar ponerme de pie, una sombra inmensa eclipsa
el eterno sol de California. Volteo hacia arriba y veo deslumbrada la inmensa silueta de un hombre que se interpone entre el astro y yo.
Miro nuevamente frunciendo el ceño tratando de distinguir algo más que su figura remarcada por el resplandor, pero sólo logro ver una manaza ancha que se
tiende frente a mi rostro. La tomo esperando que no triture mi mano. Se siente tosca al tacto, pero me sujeta con una delicadeza calculada.
―¿Estas bien, pequeña? ―se inclina para verme. Sus dedos acarician mi rostro acomodando dos mechones de cabello que me caen a los lados.
Asiento ante la ridícula situación en la que me encuentro. No puede ser. Esto no está sucediendo, y justo con un cliente VIP.
Se retira los lentes de sol, unos Oakley del clásico modelo deportivo Julliet. Un rostro magnífico enmarcando unos ojos color miel me miran interesados.
Instantáneamente se desata un intenso hormigueó en mi cuerpo. Es como si su mirada alcanzara a ver el alma poseyéndola por completo. Tiene la mandíbula bien
delineada, barba partida y un rostro bien proporcionado. Su piel broceada se torna más obscura en las mejillas por la sombra de la barba delgada y a ras de la piel,
sutilmente crecida pero no abundante, agregándole una pizca de rudeza sin perder el estilo.
En cuanto veo lo bien parecido que es, siento como se me suben los colores al rostro. ―Sí, estoy bien. Disculpe mi torpeza Sr…
―¿No sabes mi nombre? ¡Que divertido tropezar con alguien que no me conoce! ¿Acaso has estado debajo de una piedra en la última década?
―Pues, de hecho si… eso podría decirse Sr…
―Por favor no utilices formalismos, llámame Peyton.
Bryan lo interrumpe diciendo: ―Bienvenido, Sr. Brax. ―Esta impaciente por recibir las llaves del auto.
―Chico, no quiero volver a ver a esta chica haciendo el trabajo de un hombre.
―Así se hará Sr. Brax.
―No se enfade con Bryan, no es su culpa, me mandó la Srita. Ackermann para recibirlo y abrirle la puerta ―le digo hablándole aún de usted.
―¿Stefani?
Hmmm, que extraño… probablemente con la intención de incitarme con tu estupenda belleza.
―Bryan, dejo el auto en tus manos. Si subes a alguna chica no quiero encontrar ni un solo cabello o mancha cuando lo regreses.
―Oh, jamás lo haría Sr. Brax.
―Yo lo hacía cuando mi padre me forzó a trabajar en un Valet Parking para entender cómo es que se comienza desde abajo ―le revolotea juguetonamente su
melena.
Se voltea hacia mí, diciéndome. ―¿Quieres hacer rabiar a tu jefa?
―No precisamente, es la primera vez que la veo y es mi primer día de trabajo.
―¡Pues mejor aún, divirtámonos un poco, chica! ―su voz es más exigente que suave.
Me toma por detrás de la cintura, dirigiéndonos a la entrada de la boutique. Desconozco sus intenciones pero no deseo moverme de su lado. El hombre es sexy
como el mismísimo infierno.
La temperatura de su mano traspasa sin esfuerzo la delgada tela de mi blusa haciendo arder mi piel. Hacía mucho tiempo que no sentía a un hombre
tocándome, y la energía que éste despide huele a puros problemas. Es un tornado que se impacta con mi mente desatando deseo y descontrol.
Parezco una adolescente tonta, ¡qué horror! Pero es que su atrevimiento de tocarme es demasiado inesperado…
No me abraza intrusivamente, más bien de modo sutil, pero la palma de su mano en mi lumbar me hace vibrar. El antebrazo roza mi cintura con el vaivén de
nuestro andar y un bíceps duro como el acero acaricia mi hombro desnudo debilitando mi voluntad.
Su tacto me hace desear sentirlo en el resto de mi cuerpo… piuff… ¡qué calor!
Agito la cabeza tratando de retirarme esas ideas promiscuas de la cabeza. Por mucho que me costara aceptarlo este hombre ponía a prueba toda mi disciplina.
Trato de concentrarme para no tropezar y caer nuevamente al piso. Me nace una responsabilidad absurda de hacer todo bien por encontrarme a su lado y trato
no parecer una avestruz en mis intentos por caminar con los Pumps de Louis Vuitton.
El portero abre la puerta e instantáneamente el rostro de Stefani Ackermann se ilumina como si el sol hubiera entrado a la boutique, el mío en cambio se
ruboriza.
―Stefani, linda, ¿cómo estás? ¡Hace semanas que no nos vemos! ―dice efusivamente afianzándome más marcadamente de la cintura.
―Exactamente hace treinta y siete días ―contesta ella paseando su mirada a lo largo del brazo de Peyton viendo como me sujeta ahora apretadamente―.
Nuviana, querida, por favor dirígete a la sección de damas para cerciórate de que los stilletos de los estantes estén sin polvo, ¿sí? Tess te dará un trapito.
Antes de contestar, medité si debía mandarla al diablo y hacer una tremenda escena con mi sangre italiana que estaba como volcán en erupción ante su derroche
de petulancia.
El iris ámbar de Peyton se incrusta con los míos. Su mirada es controlada, la mía colérica. Apenas me conoce pero sabe leer el tipo de emociones que me
asaltan.
― Stefani, deseo que esta chica seleccione mis compras el día de hoy, y además quiero que me acompañe para ello. ―me abraza hacia él.
―Eh… Peyton, disculpa que te contradiga pero esa tarea siempre la ha hecho Tess, que es la que tiene amplio conocimiento en moda y en tus gustos. Esta
chica aún no está a su altura.
―Esta vez no será Tess, y si tienes algún problema con ello, podemos aclararlo en tu oficina ―le guiña el ojo. El comentario termina de tajo con la discusión.
Stefani se ve domada al instante ante los deseos de él.
―¿Eh… en mi oficina? ―dice desconcertada acomodándose el cabello aunque no se le ha despeinado ni un pelo―. Pues… si… claro, como tú digas.
El titán finalmente me suelta, apartándose de mi lado. A partir de ese momento comienzo a extrañar su cercanía. El sentirme refugiada, protegida por un chico
tan encantador y con una masculinidad del tamaño de Saturno ha sido una experiencia maravillosa.
―¿Cómo dijiste que te llamas? ―me pregunta, Stefani.
―Nuviana.
―Tess, ―se dirige a la gerente ignorando mi presencia nuevamente― encárgate de que Nuviana no seleccione un look inapropiado para Peyton.
Ambos se alejan subiendo por la escalera que lleva al primer piso del edificio.
Me acerco a Tess buscando consejo. ―¿Sabes qué es lo que debo hacer? No entendí muy bien mi tarea.
―Él te escogió a ti, es tu problema, no el mío.
―Pero Tess… es un cliente distinguido. ¿No te importa que falle? No lo hagas por mí, sino por el trabajo.
―Me tiene sin cuidado. Será tu primer día y el último. Sé que no estás a la altura para llevar a cabo un buen desempeño.
―Pero cuando me contrataste dijiste que tenía todo para desempeñarme bien.
―Eso pensaba hasta antes de que te entrometieras con Peyton.
¿Pero qué le pasa a esta gente? Primero la dueña trata de menospreciarme y luego está loca está tan celosa que quiere que me echen. Es increíble lo que hace un
macho alfa como Peyton en un gallinero de lujo como éste…
Otra de las asesoras de moda me aborda discretamente una vez que despide a una clienta. ―Tess está verde del coraje ―murmura―. Jamás la habían puesto
en su lugar y mucho menos una amateur como tú. Lleva años tratando de meterse dentro de esos pantalones sin conseguirlo. No entiende que es un hombre inalcanzable
para todas nosotras. Apenas Stefani tiene posibilidades.
―Ya veo. Si te soy sincera, no entiendo que le puede hacer falta a Peyton. ¿Qué puede necesitar de esta boutique un chico como él?
―Eso no es lo importante. Lo que siempre ha hecho Tess, es seleccionar las prendas más caras que tenemos hasta alcanzar un monto de cincuenta mil dólares,
así asegura una excelente comisión de ventas.
―¿Cincuenta mil? ¡Ay la virgen! ¡No me jodas, yo no me puedo gastar esa cantidad, así sea para otra persona! Es demasiada responsabilidad.
―Pfff, eso no es nada para Peyton. Lo hace gustoso por Stefani. Además, ¡piensa en tu comisión!
―Ni pensando en ello puedo gastarme el dinero de los demás de ese modo tan interesado. Tengo que aclarar esto, voy a decírselo a Peyton
Me dirijo hacia las escaleras por los que ambos habían subido.

Capítulo 3
Dominio
El primer piso de la boutique estaba modernamente decorado en un puro estilo minimalista. Era destinado a dar atención especializada a los clientes que deseaban
ordenar que sus guardarropas se mantuvieran siempre a la vanguardia, ya fuera en sus residencias habituales o en sus propiedades alrededor del mundo. Un negocio muy
redituable que ni siquiera había imaginado que pudiera existir.
Contrario a lo que había pensado, la oficina de Stefani se encontraba vacía, por lo que curioseo alrededor de los cubículos destinados como probadores.
Me veo reflejada en uno de los enormes espejos dándome cuenta lo mucho que unos buenos high heels hacen por un vestuario. Mis pantorrillas se notan
torneadas gracias a la plataforma del tacón y dan un toque chic a mi andar.
Me aflora la vanidad femenina cuando veo uno de los labiales Chanel que se encuentran sobre la mesa. Lo tomo dándome el tiempo necesario para retocar mi
maquillaje.
Nuviana, Nuviana… quieres estar perfecta para él, ¿no es cierto? ―me digo sonriendo.
Se escuchan unas voces que ascienden por las escaleras privadas que conducen a la parte posterior de la boutique.
Escucho claramente a Stefani diciendo, ―Peyton, ¿por qué insistes tanto que pasemos a mi oficina? Bien sabes que es mi santuario sagrado, en el que me
entrego con pasión a mi trabajo.
―Porque quiero pedirte algo y necesitamos privacidad.
¡Ay la mierda! ―me digo aterrada dándome cuenta que son ellos. ―¡Vienen para acá!
Angustiada por verme sorprendida husmeando por ahí, entro a la sala de juntas para ocultarme. Ellos pasan de largo hacia la sala de estar. Peyton se sienta en
el amplio sofá de piel blanca ubicada bajo un ventanal.
―¿Ya me vas a decir por qué tanto misterio? Dime qué es lo que deseas conversar ―pregunta Stefani demandando una respuesta inmediata. Se detiene frente
a él, poniendo las manos sobre la cintura denotando su impaciencia.
―¿Conversar? Quítate el sostén― le ordena sin rodeos con su gruesa voz.
La sorpresa en Stefani es casi palpable. Se queda petrificada sin saber cómo reaccionar. La saliva en la garganta se le vuelve un nudo, su pecho se abulta y
hunde rápidamente. Sin notarlo, sus senos se hinchan entrando en un estado de excitación, intensificado por la mirada desafiante de Peyton que no le quita los ojos de
encima esperando la hora en que cumplirá su capricho.
Estoy estupefacta por lo atrevido de la petición. Me quita el aliento presenciar como una mujer de carácter fuerte como ella puede quedar pulverizada con
apenas tres palabras expulsadas de los labios de un hombre al que sin duda tiene sentimientos.
Puedo imaginarme la cascada de emociones humedeciendo su entrepierna, la mía se humedece sin ser a la que se lo pide.
Stefani titubea un instante. Medita si debe entregarse a la lujuria o guardar prudencia. Antes de decidirse, se encuentra con la mirada candente de Peyton la
cual destroza su intento por mantenerse razonable. Sucumbe a la atracción comenzando a abrirse la blusa.
―¿Me la quito toda? ―pregunta aun indecisa de hacer lo correcto―. Jamás me prestaría a esto en mi oficina privada designada para mi clientela VIP, Peyton
pero por desgracia tu presencia es la perdición a mis principios… y mi más grande anhelo.
Trata de abrir el siguiente botón pero sus manos temblorosas la traicionan impidiéndole hacerlo.
―No abras la blusa, sólo quítate el sujetador. Quiero verte vestida sin llevar sujetador. ―El gigante sabe exactamente lo que desea.
Peyton se reclina en el sofá acomodándose. Coloca los brazos por detrás de la nuca como si hubiera pedido que le recitaran un poema. No sé si lo disimula, o
si ignora lo jodidamente sexy, atractivo e irresistible que es. Aunque sospecho que lo sabe muy bien el maldito.
Desde mi escondite en la entrada de la sala de juntas veo como Stefani tuerce su brazo hacia atrás, metiendo su mano por la espalda baja, debajo de la blusa
vaporosa que viste hasta lograr abrir el broche del sujetador.
Él la mira sin perder detalle. Se nota impaciente por verle los senos desnudos. Ella continúa con movimientos hábiles, pasando los brazos a través de los
tirantes. Una vez que quedan sueltos las copas se sostienen por si solas sobre su bien dotado busto.
Stefani aumenta la sensualidad del momento, despojándose de la prenda íntima poco a poco.
Sus abundantes pechos se revelan apenas disimulados por la seda translúcida. Excitada, los acaricia sobre la suave seda sintiendo lo erecto de sus pezones.
Peyton, la mira vigilante sin que el gesto pase inadvertido. ―Siempre me han encantado tus pechos firmes y redondos. Hoy te ves especialmente sexy con
esas atrevidas transparencias.
―Me vestí para ti ―confiesa ella―, sin embargo pensé que por fin me harías una promesa de amor, o que al menos admitirías tu cariño. Algún indicio que
vigorice mi esperanza de seguir esperando a que te dignes quererme.
―¿Esperas una promesa de amor por enseñarme las tetas? Ya no estamos en la universidad, Stefani. Deja de proteger a esa mujer de reputación intachable y
da rienda suelta a tus inhibiciones. Entrégate a tu parte prohibida, algo en lo que yo puedo serte muy útil.
―No cambias, pero me excitas como loca… ¿Qué más quieres que haga? Pídeme otro deseo.― le dice dejando caer el sostén al suelo. Desabrocha el siguiente
botón de la blusa mostrándole el nacimiento de sus senos.
―Quítate las bragas.
La tensión sexual que Peyton va construyendo magistralmente comienza a afectarme. Mi entrepierna alcanza un punto de humedad hasta ahora desconocido.
Ella obedece sin titubeos. Recoge hacia arriba la falda lapicero. Peyton no pierde detalle de las piernas tonificadas que se develan ante sus ojos.
Continúa subiéndola hasta que se asoma un encaje blanco que cubre su zona íntima. Tira de los delgados listones a los costados, bajándolas pausadamente y
lanzándole una mirada lasciva a su espectador. Flexiona coquetamente sus rodillas, sacando primero un lado y luego el otro.
Las coge en su puño ―Aquí las tienes ―se las avienta.
El las recibe a una mano. Las extiende y observa detenidamente deleitándose

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