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Libro PDF Oculus – Ray LaCroix

Oculus – Ray LaCroix

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necesito…
Intenté girarme hacia el otro lado para
evitar el sol, pero no logré moverme.
Estaba agarrotado y apenas podía abrir
los ojos. Cuando lo hice, me sacudió un
relámpago de dolor en las retinas. Era
como si el sol mismo estuviese dentro
de la habitación. Tardé unos minutos en
acostumbrarme, aunque no del todo, ya
que continuaba viendo borroso. Aún así,
nada de lo que veía encajaba con mi
dormitorio. ¿Estaba soñando uno de
esos sueños tan vívidos en los que eres
plenamente consciente de que sueñas?
Los había tenido alguna vez, pero no era
eso. Estaba despierto. Y no, no era un
falso despertar. La realidad me azotaba
con su implacable luz matinal. Pese a
eso me sentía confuso, no recordaba con
exactitud a qué hora me había acostado
o qué había cenado. Parpadeé varias
veces sin lograr recuperar la nitidez en
mis ojos. Eso me asustó, y mucho.
Aunque el sonido de las pisadas y las
difusas figuras que después las
precedieron me asustaron aún más.
Intenté hablar, pero una terrible
quemazón me horadó la garganta. Con la
voz desgarrada y dolorida les pregunté,
casi imploré, quiénes eran.
—El sujeto cuatro ha despertado
satisfactoriamente, aunque con unos
minutos de ventaja —dijo una de las
figuras con una voz fría, inquisitiva, de
un hombre de mediana edad.
—Dinos tu nombre —dijo una
segunda voz, de un hombre mucho más
joven que se había acercado y me estaba
colocando un aparato muy frío con una
luz intensa sobre mi ojo derecho.
Estaba tan absorto que no respondí ni
siquiera con una réplica. Mi corazón se
aceleraba, sentía como la sangre
retumbaba en mis sienes. No podía
moverme, estaba a merced de aquellos
extraños.
—¿Qué hacéis? —pregunté al fin.
—¡Responde! ¿Cómo te llamas?—me
espetó el mayor.
—Me… Me llamo David Graham.
—Bien —respondió la otra silueta
con una sonrisa que deduje por el tono
de su voz—. Según el sistema, no hay
daños cerebrales y tu respuesta lo
secunda del todo.
—Lo hemos logrado.
¿Acaso acababa de tener un accidente
y no lo recordaba? No, anoche me fui a
la cama y… Espera, ¿fue eso lo que
pasó?
—¿Estoy en una pesadilla? —
mascullé.
—No —dijo el más joven—, aunque
has dormido bastante.
—¿Qué me ha pasado? ¿Qué les pasa
a mis ojos? ¿Me estoy quedando ciego?
—Tus ojos no han sobrevivido, al
igual que otros órganos, pero hemos
logrado que respires sin necesidad de
máquinas.
Apartó el frío artilugio de mi ojo
mientras se reafirmaba en los daños que
había sufrido.
—Dios mío, no…
—Tranquilo, podrás volver a ver —
dijo la voz joven con firme confianza—.
Vamos a trasladarte a otra sala en la que
podremos tratarte y reanimarte por
completo.
—Dígame qué me ha pasado —
imploré. El dolor recorría mi garganta
hasta el fondo de mi estómago.
—Las respuestas llegarán enseguida.
Somos conscientes de que no recuerdas
tus últimas horas, es algo con lo que
contábamos, pero al menos tu sistema
nervioso, y en general todo tu cuerpo,
está en buenas condiciones.
—Debe estar agradecido señor
Graham —añadió el mayor—, ya que el
método utilizado en su criogenización,
aun siendo tan avanzado en su época,
contaba con muchos defectos.
—¿Crioge qué?
—Criogenizado. Ha pasado más de
doscientos años hibernando.
Con aquellas palabras y una
mascarilla sobre mi boca, las
emborronadas siluetas se tornaron más y
más oscuras.
Desperté lenta y apaciblemente
tumbado sobre una camilla ligeramente
erguida, en un cuarto pequeño de
brillantes y bruñidas paredes de color
salmón. La luz de una esfera que había
justo en el centro del techo desplegaba
un tono cálido y agradable. Ya no me
dolían los ojos, podía verlo todo con
plena nitidez. Observé a mí alrededor,
pero no había nada más. Ni una máquina
o suero clavado en mi brazo. La
ausencia de entubaciones me
desconcertaba. No era la primera vez
que me ingresaban en un hospital y sabía
que las agujas eran el día a día. Sin
embargo, allí no había ni siquiera un
atril vacío donde colgar las bolsas de
suero. La cama sobre la que me
encontraba cubría mi cuerpo desnudo
con una acolchada y blanca sábana. Me
exploré rápidamente en busca de alguna
herida o marca, pero no encontré nada,
excepto la vieja cicatriz de mi rodilla
derecha de cuando me caí en aquella
cueva de pequeño. Estudié mis manos
absorto durante quizás varios minutos:
las venas, ese lunar cerca de la
muñeca… Por alguna razón,
contemplarlas me resultaba de lo más
extraño y a la vez fascinante. Las veía
con una nitidez casi irreal.
¿Irreal?
A pesar de lo insólito de la situación,
me sentía relajado y, en cierta medida,
diría que incluso alegre. ¿Me habían
drogado? Posiblemente. Y eso de la
criogenización… ¿De verdad había
ocurrido? Rememoré el día en que mi
jefe me lo comentó en su despacho:
«Una nueva empresa privada se ha
sumado al sueño de la inmortalidad. En
este caso se trata de una muy competente
con la que hemos trabajado codo con
codo. El tener una segunda oportunidad
en el futuro no es algo precisamente
barato, así que he pensado que le gustará
saber que van a hacer una promoción
especial para nosotros. Todavía no se ha
decidido quién será el afortunado pero
he pensado mucho en usted. Después de
los grandes avances que ha logrado en
este último año, así como su ejemplar
comportamiento y compromiso con la
empresa, he considerado que se lo
merece más que cualquier otro director
de la plantilla».
Recuerdo que al principio me
asustaba la idea, pero me explicaron que
sólo entraría en ese criosueño tras sufrir
un accidente, muerte o enfermedad que
no tuviese cura. Supongo que a juzgar
por mi aspecto, la parca se adelantó
demasiado pronto. Lo último que
recordaba era que tenía veintisiete años.
Dios mío, debió ocurrir poco después
de firmar los papeles, porque ni siquiera
recordaba haberlos firmado. Palpé mi
rostro con los dedos, sintiendo mi pelo
revuelto cayéndome por la frente y mi
barba habitual de varios días; era tal y
como la recordaba la última vez.
Un sonido amortiguado a mi izquierda
interrumpió mis pensamientos. Una de
las paredes, sin aparentes fisuras, se
había abierto, descubriendo un pasillo al
otro lado. Un hombre de aspecto
delgado y muy alto entró en la
habitación. Su bata blanca de médico me
pareció idéntica a la que llevaban los
médicos de mi época. ¿De verdad estaba
en el futuro? Podía ser una coña de los
enfermeros después de todo…
Señor Graham, ¿de verdad se lo
había creído? Ja, ja, ja. No puedo
creer que sea tan ingenuo. Ha picado
como un pollo.
—¿Cómo te encuentras, David? —me
preguntó en un tono amistoso a la vez
que recatado mientras me escrutaba con
sus solemnes ojos verdes.
¿De verdad no es una broma?
—¿Graham? —volvió a insistirme.
Me había quedado traspuesto, casi a
punto de echarme a reír.
—Si… Estoy bien, creo… —creo
que estoy en medio de un sueño muy
raro, de esos que te sirven para luego
no firmar ninguna promoción de
hibernación—. Siento una sensación de
irrealidad que no sé muy bien cómo
explicar… ¿De verdad he estado
durmiendo en un ataúd de hielo?
Ahora era cuando aquel médico de
rubio cabello y tez tan blanca como la
bata me miraba con incredulidad y me
preguntaba: «¿De verdad te lo has
creído?». Pero el doctor me sonrió con
naturalidad y me dijo:
—Debiste acabar en coma tras un
accidente. La empresa de la que hemos
logrado rescatarte sólo criogenizaba a
pacientes en coma de larga duración.
Le miré serio, cauto, escrutando a
aquel hombre mientras esperaba esa
frase de: «Es todo una broma». Pero no
dijo nada de eso y comencé a asimilar
—¿realmente lo hice?— todo aquello, al
tiempo en que empezaba a disiparse la
sensación de irrealidad con la que había
despertado.
—Dios mío —suspiré—. Todo esto
es una locura… ¿En… en qué año he
despertado? ¿En el 2200? ¿2250?
—Supongo que no puedo darte una
respuesta exacta. Al menos, según
nuestros calendarios oficiales te
encuentras en el año 2239, en pleno mes
de noviembre.
—2239. —Repetí el año con perpleja
vehemencia, esforzándome por
comprender lo que significa—. Pero,
¿por qué dices que no es una respuesta
exacta?
—Porque no lo es. Desde tu época a
la actual han ocurrido innumerables
sucesos. Ha habido algunos problemas
con el calendario, pequeñas lagunas,
pero eso es una parte de la historia que
ya conocerás. Dime, ¿qué tal tus ojos?
—Bien, estupendamente. Creí que iba
a quedarme ciego.
—Sí… hemos tenido que reemplazar
tus ojos por unos implantes biónicos.
—¿Qué?¿No son mis ojos? —dije
atónito y algo asustado.
—Tranquilo, son prácticamente una
réplica en apariencia de tus ojos
originales. No debes preocuparte, todo
el mundo aquí utiliza ojos artificiales.
Yo también. —Señaló los propios con
un ademán—. Nunca se fatigan, la visión
es más nítida y perfecta y la luz solar no
puede dañarlos. También te hemos
inyectado unas nanomáquinas en el
torrente sanguíneo. Se ocupan de
mantenerte despierto durante el día o
relajarte cuando quieres dormir.
También ayudan a cicatrizar las heridas
más rápidamente entre otras cosas más.
En las últimas horas han estado
ocupándose de regenerar todo tejido
dañado de tu cuerpo, así como paliar
otras secuelas de tu criosueño.
—Todo lo que me dices suena
demasiado increíble. Ahora entiendo la
ausencia de agujas.
—El siguiente paso será ayudarte a
reinsertarte en nuestra sociedad como un
ciudadano más.
—Vaya… Dios, tengo tantas
preguntas ahora mismo. ¿Por qué me
habéis despertado ahora? ¿Por qué en
este momento?
—Sencillamente, porque ahora
podíamos lograrlo —dijo con gentileza,
esbozando una cálida sonrisa—. Eres
uno de los hombres y mujeres que hemos
conseguido rescatar de tu época, de los
primeros que podían realmente tener una
oportunidad de despertar. Habíamos
encontrado a otros con unos métodos de
criogenización obsoletos. Técnicas que
dejaban destrozado el sistema nervioso
o los órganos insalvables. Verás, no
quepo en mi entusiasmo; puedo afirmar
sin reservas que te has convertido en el
primer hombre que hemos logrado
reanimar satisfactoriamente.
—Supongo que me habéis salvado la
vida… No sé cómo se llama usted, pero
quiero darle las gracias.
—Oh vaya, pensé que me había
presentado. Soy el doctor Lambert,
aunque llámame Tyler. Vamos a pasar
mucho tiempo juntos, según creo.
—¿Ah, sí?
—Sí, me han asignado la tarea de
reinsertarte en nuestra sociedad actual y
recopilar datos para la investigación.
Aquella última frase me hizo sentir
como un ratón de laboratorio.
Comprendí que todo tenía un precio.
—Perfecto —convine brindándole
una sonrisa.
Tyler abrió un panel que se descubrió
en la pared tras pulsar una de las
esquinas, tecleó algo y se marchó
despidiéndose cordialmente. «Mañana
vendrán todas las respuestas», dijo. Yo
no tardaría en caer dormido de nuevo,
consecuencia de algo que había tocado
en esa pantalla. No sentía hambre ni sed,
pero sí mucho, mucho sueño.
Al día siguiente, despertaría con la
mente más despejada, los pensamientos
no tardarían en calibrarse y algunas
verdades me asaltarían colisionando con
lo que mi mente daba por sentado; con
ese día a día tan cercano para mi
percepción. Para mí, había pasado
menos de una semana desde la última
vez que estuve con mis padres y mi
rebelde hermano menor. Recordaba
perfectamente ese arroz con marisco que
mi madre preparó y que tanto me
gustaba. Carl enseñándome su nueva
guitarra y el entrecejo apretado de mi
padre y su indignada expresión de
desaprobación… Pero no habían pasado
unos días, tal y como mi cabeza se
esforzaba por afirmar todo el tiempo.
Todos los miembros de mi familia
debieron morir hace mucho tiempo.
2
Capítulo
Tyler Lambert estaba preparando
una exquisita cena orgánica para Lucy.
Aquellas verduras le habían costado un
elevado porcentaje de su saldo mensual,
pero sin duda merecía la pena.
Alcachofas, alubias, pimientos… todo
friéndose a fuego lento en aquella
clásica cazuela que compró el mes
pasado. Otros muchos de los
ingredientes ni siquiera los conocía,
pero, según había leído, servirían para
preparar una perfecta menestra. Aún
continuaba sorprendiéndole el sabor de
aquel aceite y su origen en esas
diminutas aceitunas. El olor de aquella
comida era asombroso.
En plena labor culinaria, escuchó el
sonido de la puerta principal al abrirse
tras un pitido. Lucy ya estaba en casa.
—¿Tyler? ¿Y ese olor?
En cuanto llegó a la sala de estar, le
observó cocinando en aquella pequeña
vitrocerámica que tan pocas veces
habían usado. Aquello sí fue una
sorpresa.
—No puedo creerlo —dijo
entusiasmada—. ¿Qué celebramos?
Tyler se volvió sonriente. Lucy estaba
preciosa. Aquel recogido que se hacía
entre diario le hacía muy atractiva.
—Celebro lo increíblemente hermosa
que vas a ese centro de enseñanza cada
día.—
Oh, ¿en serio? —le dijo con
burlona seriedad mientras se acercaba a
él. Le cogió por el talle y le besó en el
cuello—. Tú no estás nada mal con ese
delantal de la edad media.
Los dos rieron. Aquel delantal era
horroroso, con esos cuadros rojos y las
flores en los bordes, pero lo compró de
rebajas y resultaba muy útil para cocinar
sin ensuciarse. A él le encantaban los
artículos antiguos. Encontraba en ellos
un encanto que no lograban los actuales.
Mientras Lucy fue a ponerse más
cómoda, Tyler terminó aquel guisado y
lo sirvió en la mesita que tenían junto al
sofá. Colgó el delantal y se quedó con
sus vaqueros azul marino de plástica
textura y su impecable camiseta de color
lavanda de algodón. Lucy apareció con
uno de sus mullidos pijamas de dormir,
con una especie de lazo bordado en el
centro sobre un tono verdoso que iba
oscureciéndose a medida que se
extendía hacia las mangas.
—¿No te pones el pijama?
—Más tarde —contestó él—. Pero
ahora: ¡al ataque!
Lucy cogió el tenedor y comenzó a
devorar aquellas verduras como si
fuesen exquisitas gominolas.
—¿Y a qué se debe el placer de tan
suculenta cena? —preguntó ella mientras
disfrutaba de aquel manjar.
—Nada en concreto. Me apetecía
tener una cena especial, salir más tarde
por ahí…
—Deberías haber esperado al
domingo. Sabes que mañana me espera
un día muy largo con esa

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