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Libro PDF Odisea – Annette J. Creendwood

Odisea – Annette J. Creendwood

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Te amo… – dijo Andrés contra su pelo – te amo… te amo y nunca me cansaré de hacerlo.
Pestañeando algo atontada, como si fuera un mal sueño, Alicia se dio cuenta que alguien apretaba suavemente su hombro.
– Creo, mi niña, que él ya está durmiendo – sonrió Nina en tanto hacía un gesto indicando a Andresito.
Alicia, desperezándose, se apretó los labios e incorporándose con lasitud, se inclino y beso suavemente la frente de su hijo.
– El señor Ugalde te llamó hoy… – dijo Nina una vez que Alicia se reunió con ella en la cocina y con sospecha enfatizo – dos veces.
Meneando la cabeza, Alicia ni siquiera la miró. Estaba claro que no aprobaba el interés que Sebastián Ugalde manifestaba para con ella, aún cuando hubiese sido el mejor
amigo de Andrés y ella le haya dicho un sinfín de veces que sólo sentía por él un cariño fraterno.
A pesar de ello, Nina no lo soportaba.
Nunca de los nunca lo llamaba por el nombre, aún cuando muchas veces se lo pidió el propio Andrés aludiendo que no era necesario ser hostil ni amargarse porque sí…
sin embargo, Nina respondía con un obstinado silencio que, incluso a su marido, lo ponía de los pelos.
– ¿Cómo te fue hoy? – decidió preguntar Nina mientras sacaba una taza del mueble y le servía café recién hecho.
Estirando el borde de su labio, Alicia decidió levantar los ojos y enfrentar los ojos calmos de la cariñosa mujer.
Ella la conocía demasiado bien, quizás demasiado, y es que desde que Nina llegó a su casa a trabajar por ser una conocida de Andrés, paso a desempeñar en parte el
papel que su adorada abuela había actuado en su vida. Por ello estaba segura que intuía su desdicha y el desánimo que corroía su vida día tras día después de la muerte
de Andrés.
– Mejor… – suspiro Alicia con cansancio – hoy por lo menos me pude concentrar y hacer algo con su vida.
Haciendo un gesto de aprobación, Nina colocó frente a ella su acostumbrado café y le hizo un afectuoso mimo en la espalda.
– Cada día irá mejor… – sentencio ella con convicción – ya verás que cada día todo irá mejor.
Alicia, suspirando, delineó una sonrisa a medias. Disponiéndose a tomar su café, no pudo menos que esbozar una suave sonrisa.
El café, a pesar de ser su bebida favorita, le recordaba que su vida ya nunca sería la misma… sobre todo después de aquella negra mañana donde volvió a estar sola como
siempre.
Eran las diez de la mañana y Alicia ya estaba en su oficina escribiendo como todos los días.
Aún cuando para ella todas las mañanas eran difíciles, y continuamente eran el recordatorio de todas aquellas cosas que habían quedado inconclusas, todavía sentía en el
pecho la necesidad de seguir escribiendo.
Debía hacerlo… si no lo hacía, la poca cordura que le quedaba se iría irremediablemente al retrete.
Perdiendo más de una hora buscando una idea, el sonido del teléfono la sacó momentáneamente de su concentración, y mirando ese artefacto con la idea de asesinarlo, se
obligó a morderse los labios con disgusto para no darle un manotazo de antología.
El teléfono, como si adivinara su intensión, se quedo mudo de golpe.
Bien…
Inspirando con fuerza, se dijo que no deseaba hablar con nadie.
Después de la muerte de Andrés todas las llamadas se habían vuelto condolencias y pésames que no deseaba escuchar.
Llevándose las manos a la cara torció la boca con fastidio en tanto su mirada se enfocó sobre el vidrio de la mesa. Una fotografía solitaria capturó su atención
recordándole su adolescencia en la entrada de la Iglesia de su pueblo natal junto a un grupo de jóvenes estudiantes venidos de la capital.
Mordiéndose un labio, Alicia evocó como quien no quiere la cosa, la imagen deprimente de ese pueblo miserable, un lugar tan olvidado que nada interesante ocurría, y
vagamente rememoró aquellos días en que su abuela Rosario todavía vivía y ella le dedicaba algunas horas de su tiempo a la parroquia del pueblo asistiendo a ese
pequeño grupo juvenil con el único deseo de que Dios alargara la vida de su abuela y la protegiera de su huraño padre.
Tendría 17 años cuando unos jóvenes voluntarios llegaron para levantar casas y formar un pequeño villorrio al costado del pueblo. El padre Camilo había pedido la
ayuda de algunas ONGs ya que había aumentado el número de personas que habían quedado sin techo después de las lluvias del último invierno, y en el momento en
que vio materializada la ayuda, insto a todos sus colaboradores a que le dieran una mano a aquellos afuerinos.
Con ánimo conscripto, Alicia haciendo caso de su guía espiritual, emprendió rumbo hacia aquel lugar a pesar de que hacía un calor de los mil diablos. Aún vestida con
sus pantalones cortos y una polera sin mangas, corría tan poca brisa que la sensación de sofoco era demasiado agobiante.
Apenas diviso la pequeña explanada donde se realizarían los trabajos, como si fueran hormigas obreras, aquellos fornidos muchachos que fácilmente le llevaban cinco o
más años, estaban levantando los postes que servirían de soporte para armar las casas, en tanto otros clavaban en el piso las piezas que actuarían como parte del
armado.

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Sin saber mucho del asunto, Alicia se acercó tímidamente a un grupo donde rápidamente la rezagaron sin prestarle demasiada atención.
Retrocediendo con la idea de que estaba haciendo el tonto en todo esto, tropezó sobresaltada con un muchacho muy alto. El sol no le permitía ver sus facciones, pero si
apreciar que sus ojos, de un oscuro que parecían dos puntos perennes, y su cabello claro, tal cual como el trigo que ondeaba los campos en verano.
– ¿Qué necesitas muchacha? – preguntó este desde su enorme altura mientras se tapaba el sol con el dorso de la mano.
– Vengo de la parroquia… – resopló ella nerviosa – el padre Camilo me envió…
– Tráeme agua niña… – le indicó él interrumpiéndola sin mucha delicadeza – ¡el calor de este lugar no se aguanta!
Con presteza y sin cuestionarse mayormente, Alicia se apresuró a cumplir el encargo del muchacho, y cuando regresó se encontró con que este se encontraba
encaramado sobre una gran viga clavando un travesaño. Embelesada, observó como este se había sacado la camiseta que llevaba, exponiendo sin ninguna dificultad una
espalda ancha y unos marcados brazos.
– ¿Eso qué traes ahí es agua? – preguntó un joven situándose a su lado con los ojos puestos en la botella que llevaba.
Asintiendo con azoro, Alicia se dispuso a darle un vaso.
– ¿Eres de por aquí? – inquirió este mientras bebía con rapidez.
– A sí es – confirmo ella a la vez que miraba de reojo al otro muchacho en el momento en que se volvía mostrando su rostro en pleno.
Embobada contempló el rostro más perfecto que en su vida había visto…
Unos rizos rebeldes caían sobre la frente de ese muchacho, siendo algunos frenados precariamente por un delgado cintillo, armonizando perfectamente con una leve
barba que marcaba el contorno de un firme mentón y unos delgados labios.
Sin siquiera percatarse, una muchacha, de muy malos modos, se acercó y le quitó la botella de las manos. Sin decir palabra alguna, como si fuera una acróbata de circo, se
subió por un madero y se la entregó a aquel muchacho.
Bebiendo su contenido de golpe, los ojos de él chocaron con los de Alicia. Sosteniendo su mirada, ambos se quedaron viendo por un tiempo que a ella le pareció
eterno…
Como nunca en sus cortos años, una sensación asombrosa la recorrió de arriba a abajo.
Retirando su vista de pronto, Alicia se dijo que debía hacer algo antes de que cometiera una estupidez, por lo que busco al padre Camilo para preguntarle en que otra
cosa podría colaborarle.
Cuando ya la tarde caía y estaba a punto de irse, aquel extraño muchacho le cortó el paso mostrando la botella que había traído.
– Gracias – musitó extendiéndola.
Sin decir nada, Alicia la recibió y cuando se disponía a seguir con su camino, unos largos dedos se cernieron sobre su delgado brazo deteniendo con suavidad su avance.
– Gracias – repitió este mirándola intensamente.
No estaba segura si fue por la expresión de su mirada, su rostro, o por que se veía mayor que algo dentro ella pareció moverse con demasiado brío.
– De nada – contestó ella con un hilo de voz.
Y como si fuese un halo de luz, aquel muchacho se inclino y la beso en la mejilla.
Abriendo los ojos más de lo normal, Alicia se desprendió de él con precipitación, y sintiendo que le ardía toda la cara, se alejó con paso raudo rumbo para su casa sin
mirar atrás.
Aspirando con fuerza, Alicia se volvió a tocar el rostro como lo hizo ese día.
Ningún otro beso la había afectado como ese simple contacto en el borde de su rostro.
Ni siquiera los besos de Andrés
Claro, en ese tiempo era muy joven…
Apoyando la espalda en el respaldo de su cómodo asiento, Alicia recordó así mismo como aquel mismo día ella cogió un cuaderno y comenzó a escribir.
Su mente divagó sobre todo tipo de historias donde aquel desconocido y ella eran los protagonistas realizando los más increíbles oficios: él era agente secreto… médico
forense… misionero en Tailandia… y ella, a su lado, como su amiga y su compañera se convertía, a lo largo del tiempo, en la mujer de su vida.
Pero como todo lo bueno en su vida, aquellos sueños también estaban destinados a desaparecer…
Al mes siguiente, su abuela Rosario falleció de un infarto y ella tuvo que volver con su padre y la insufrible de su madrastra a la gran ciudad.
Dos años después conoció a Andrés. Se enamoraron y se casaron casi enseguida.
– Alicia… – resopló una voz desde las lejanías intentando hacer contacto con aquellos ojos color miel – ¿me escucha?
Para Clarisa, el que Alicia estuviera en otro planeta era algo absolutamente normal, de hecho, aquello era pan de cada día, sin embargo, detrás de ella había un par de
personas que desconocían completamente los hábitos de su jefa.
– Me acompañan dos personas de la editorial… ¿se acuerda que le dije que hoy vendrían? – murmuró la mujer casi transpirando, sin saber más que hacer para que Alicia
reaccionara.
Suspirando con fuerza, Alicia se esforzó por no mostrar contrariedad, y reprendiéndose interiormente por dejar que sus recuerdos la llevaran demasiado lejos, hizo su
mejor esfuerzo y se aprestó a atender a aquellos individuos mostrando una encantadora sonrisa.
Capítulo 2
Pasándose la mano por la cara, movió el cuello haciéndolo sonar.
Hacía rato que estaba revisando algunas carpetas y por un momento especuló que estaba perdiendo el training después de estar dos años en Europa grabando esa
historia épica.
Mesándose el cabello, había pensado erróneamente en que después de terminar el rodaje de aquello podría por fin irse de vacaciones. Pero no pudo estar más
equivocado. El consejo directivo de la televisora le había pedido que aplazara un tiempo más su bien merecidos días de descanso, puesto que para ellos, ahora le era
absolutamente necesario. Conocedores de su fino olfato para encontrar un proyecto prometedor, necesitaban de todo su talento pues tenían serios problemas con el
segmento de las 7 de la tarde donde sus competidores estaban ganando en sintonía por más de diez puntos.
Tomándose el puente de la nariz, Alejandro se dijo que hacia más de cinco años que no se tomaba un día libre y su cuerpo comenzaba a pasarle factura junto con su
olvidada vida social.
Para que iba a hablar de cuando había sido la última que había salido con alguien.
Definitivamente no era lo mismo el sexo casual con alguna muchacha casquivana que con alguien que por lo menos le supiera el nombre, claro que una esposa no
encajaba para nada en su tumultuosa existencia donde muchas veces no tenía tiempo ni siquiera para comer.
Sobresaltándose fugazmente al escuchar el sonido de la puerta abriéndose, aquello lo sacó momentáneamente de su concentración dándose cuenta que una guapa mujer
de cabello oscuro y de amplia sonrisa avanzaba hacia él con una carpeta entre las manos.
– ¿Puedo interrumpirte? – preguntó ella plantándose frente a él mirándolo con los ojos muy abiertos remarcando aún más la claridad de sus ojos verdes.
– ¿Qué necesitas? – contestó él volviendo la vista a los papeles sin prestarle demasiado caso.
A pesar de encontrar a Pamela, su asistente, muy eficiente, todos los días se maldecía por haberle actuado tan inconscientemente. Tenía plena conciencia de que la culpa
había sido de él por haberla besado en aquella cena corporativa, y aunque en aquella oportunidad estaba tan borracho que apenas se podía estar de pie, aquello no era
excusa para su comportamiento tan poco conveniente.
Estaba convencido de que los escrúpulos que se cargaba eran a causa de su madre, y aunque no era un santo ni mucho menos, su naturaleza emotiva, siempre a raya,
estaba haciendo estragos en su interior recordándole lo importante que era el respeto. Un principio fundamental que en él estaba fuera de toda discusión.
– Tengo algo para ti – repuso ella extendiendo un documento hacia él sin dejar de mirarlo.
– ¿Qué es? – preguntó este con desinterés elevando apenas la
mirada.
– Llegó hace tiempo y no me había percatado de lo que era… lo leí hace unos días y creo es una buena historia que puede servir para uno de tus proyecto.
Sin darle mucha importancia, Alejandro alzó la mirada y de mala gana tomó el legajo de hojas que esta le alargó. Examinando con escasa atención las primeras líneas, de
pronto, en contra de su voluntad, se fue involucrando en el relato de dos jóvenes llenas de sueños, pero que, por un juego del destino, una de ellas queda postrada en una
cama…
Reclinándose, se dejó absorber por la lectura, entusiasmándose con la forma en que el escritor narraba la escena provocando en su interior una sensación sumamente
inesperada.
– ¿De dónde lo sacaste? – preguntó Alejandro sacando por fin su mirada de lo que leía para ver a su secretaria.
– Ya te lo dije… – respondió ella con satisfacción – lo trajeron hace unos días. Yo lo leí de un tirón y creo, sinceramente, que es una buena historia.
Suspirando con fuerza apretó los labios asintiendo. Por primera vez estaba de acuerdo con Pamela con respecto a algo.
– Necesito hablar con Agustín – indicó él dejando el manuscrito sobre la mesa.
Al momento la mujer afirmó y, cuando iba de camino a la puerta, la voz potente del hombre la hizo volverse.
– ¡Espera! – señaló golpeándose el borde del mentón con el dedo y, picado por la curiosidad, preguntó levantando el documento con la otra mano – ¿de quién se supone
es esto?
– Creo que la escritora se llama Alicia Uribe… – manifestó la mujer desde el dorso de la puerta – ¿quieres que te concerté una cita con ella?
– Sí, hazlo… – y pestañeando algo confundido, sonrió estirando a penas los labios – no vaya ser cosa que alguien se nos adelante.
Pamela, sin más, salió de la oficina con una expresión de triunfo. A pesar de saber que su jefe era un hombre insoportable, era el productor más profesional y dedicado
que conocía… como también el más atractivo.
Por esa razón no había caso que pudiera sacárselo de la cabeza.
En tanto, Alejandro frunció el ceño mientras observaba obtusamente el documento que tenía frente a sus ojos.
Por una inexplicable razón, como si retrocediera en el tiempo, se vio nuevamente como ese muchachito, estudiante de arquitectura lleno de sueños que, por azares del
destino, llegó a colaborarle al padre Camilo en la construcción de aquellas casitas en ese ruinoso y olvidado pueblo, perdido en el fondo de la cordillera.
Reclinándose pesadamente sobre su mullido asiento, Alejandro Roldán se llevó ambas manos al rostro y como si fuese ayer, el rostro imberbe de esa muchachita
apareció ante su vista como si fuera una alucinación.
En aquella oportunidad, había creído que aquella sensación extraña que le recorrió las entrañas era debido a ese inclemente sol que azotaba su espalda sin cesar y a su
cabeza atolondrada… sin embargo, al estrellar su mirada en los ojos color miel de esa adolescente desgarbada y de aspecto aniñado, como si fuera una halo de luz, algo
cambio dentro de él.
Intentando crear distancia, con rudeza, le pidió que le trajera agua, no obstante, nada más volverse la pobre, él aguzó la vista sobre ella y, con la mirada entrecerrada,
recorrió sin ningún disimulo su cuerpo, notando perfectamente las curvas que discretamente mostraba debajo de una delgada polera y unos pantaloncillos cortos.
Por su modo de andar, estaba seguro que ella no debía tener más de 15 años…
Sacudiendo la cabeza con profusión, pues no tenía ninguna intensión de ir a parar a la cárcel por estupro por causa de una estupidez, Alejandro se aprestó a clavar unos
travesaños para afirmar unos paneles, por lo que sin demora, subió en un dos por tres por sobre aquella débil edificación.
“Este calor es demasiado infernal y de seguro que mis neuronas se están derritiendo…”
Como si le diera alergia, decidió sacarse la polera, a lo que Norita, una de sus amigas de la facultad que estaba de punto fijo clavando algunas tablas, sin ningún recato,
hizo sonar un ronco silbido de admiración haciendo que este esbozara una sonrisa divertido. Empuñando con ganas el martillo, apreció de refilón como aquella
muchachita había regresado y le extendía un vaso de agua al idiota de Martínez, un novato de la facultad.
Aquel parecía devorarla con los ojos…
– Norita… – dijo volviéndose a su compañera mientras le indicaba a la muchacha – ¿podrías traerme el agua de la botella que aquella niña tiene en su mano? Le pedí que
me lo trajera…

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Exhalando con fuerza, Norita hizo lo que este le pidió y, bajando con agilidad, hizo su encargo. Nada más alzar aquella botella y tocarla con los labios, Alejandro no
pudo evitar cruzar su mirada con la de aquella niña… eran unos enormes ojos miel que no dejaban de verlo aumentando más ese desconcierto que hasta el día de hoy no
sabía ni podía explicar…
– ¿Para qué soy bueno?
La voz amable de Agustín Curia lo hizo sacudir la vista de pronto y regresar al presente abruptamente.
De la misma edad que él, aquel hombre de ojos verdes y expresión de niño bueno de un tanto celebrado entre las mujeres, era parte de la plana mayor de ejecutivos del
canal y en la persona con quien trabajaba para llevar adelante los proyectos más ambiciosos que tenía entre manos la estación televisiva.
– Tengo una historia que pienso que puede ser útil – resopló Alejandro intentando recuperar la compostura que sus recuerdos le estaban haciendo perder, y extendiendo
el legajo de papel en dirección a Agustín, rezó porque este no notara el desconcierto del cual era objeto.
Agustín, con sorpresa tomo aquel manuscrito y, sentándose frente a Alejandro, leyó a saltos cada capítulo. Luego de un breve instante, la historia lo fue agarrando
quedando con la mirada fija en una página por bastante tiempo.
– ¿Conseguiste hablar con la escritora? – preguntó el hombre mirando directamente a Alejandro después de un largo momento.
– Le pedí a Pamela que lo hiciera.
– Vale la pena intentarlo… – Agustín torció la boca en una mueca aprobatoria – es una de esas historias que a la gente le gusta… amigas siempre amigas… algo de drama,
comedia, romance…
Y después de conversar un rato más, Alejandro se aseguro de contar con esa cita para el día siguiente para luego volver a casa caminando.
Con la mente embotada, cada paso que daba era de una calma mortal, y como si estuviera recuperando una costumbre olvidada, aspiro fuerte el aire y intento disfrutar
de ese breve paseo.
Torciendo una tenue sonrisa, la mente de Alejandro volvió a recrear una vez más las suaves facciones de esa pequeña desconocida; aquellas que le inspiraron ternura y
una calidez que parecía deslizarse dentro de su pecho, cubriéndolo completamente…
Alzando apenas una ceja, se preguntó qué habrá sido de ella.
Debe de haber dejado de ser esa cría que le inspiraba simpatía y, muy probablemente, se hubiera transformado en una mujer.
En una hermosa mujer…
Apenas puso un pie en su departamento, Alejandro calentó un trozo de pizza mientras se volvía hacia su perro labrador que constantemente empujaba su pierna,
restregándose con el hocico abierto.
– Lo siento Suki… – inclinándose débilmente, Alejandro frotó con afecto la cabeza color canela de su crecido cachorro – hoy no habrá paseo.
Sentándose en la pequeña mesa del comedor, el hombre siguió en su lectura, entusiasmado con lo que leía no dándose cuenta de lo avanzado de la hora.
– Esta mujer tiene talento… – susurró por fin, después de pasarse la palma de la mano por sobre un ojo, e indicando el texto, hizo un gracioso gesto con los labios
mirando a su perro – puede que llegue a ser un éxito… ¿te imaginas?
El perro que estaba acurrucado a sus pies, en respuesta, dio un par de ladridos en señal de aprobación.
– Gracias por el apoyo… – sonrió para sí – sí… es justamente la historia que necesito.
Con esa convicción, se recostó sobre la cama pensando en esa historia que, sin saber cómo, lo había transportado diez años atrás, entibiando su corazón con recuerdos
que se había esforzado en olvidar.
Capítulo 3
El reloj marcó con prontitud las seis de la mañana.
Alejandro, moviendo un brazo con pesadez, lo dejó caer sobre los ojos para luego volverse y taparse el rostro con una almohada.
Había leído hasta muy tarde y el cansancio lo hizo sentirse como si el peso de todo el universo estuviera sobre sus hombros.
Ya se le estaba dando mal trasnochar.
Bañándose y vistiéndose con prontitud, tomó su café matutino mientras le daba de comer a su perro. Luego de ello, garabateo una nota a la asistente y se dispuso a
comenzar otro día de trabajo.
Nada más llegar comenzó con el ajetreo típico de su correo electrónico mientras repasaba su agenda para el día de hoy.
Dentro de todas las numerosas reuniones de pauta y administración que tenía programadas, rezongó nada más ver la cita con la escritora para las 11 de la mañana.
Resoplando con las mejillas infladas y maldiciéndose por tener tantos compromisos pensó en que, eventualmente, Agustín podría cubrirlo en lo de la escritora… pero
desecho inmediatamente esa idea. Su naturaleza impaciente le decía que aquello era mejor hacerlo él mismo. Además, conocía de sobra como era Agustín: si era una
mujer guapa se olvidaría de inmediato a que había ido y buscaría la forma de ligar con ella, y si era el contrario, alguien no muy agraciado, no estaría más de dos segundos
y tendría que volver a concertar otra cita.
En resumen, sería otra pérdida de tiempo.
Llegando antes de la hora señalada, Alejandro notó que en la dirección que le proporciono Pamela, una atmósfera fuera de lo común envolvía aquel lugar. Nada más llegar
a una calle corta cimentada de adoquín y ensanchaba, apostadas en los extremos, una serie de cafeterías aparecieron ante su vista. Aquellas estaban decoradas en colores
vivos junto a unas llamativas mesitas donde unos mozos vestidos con un delantal blanco de cintura atendían diligentemente a los comensales que a esa hora iban a
desayunar.
El aire estaba saturado a un espeso olor a café y buñuelos, incitando a su estomago a sonar con un particular gruñido…
Intentando ignorar aquel deseo de sentarse y disfrutar de aquel ambiente nada convencional, el cual le recordó sus años de universidad, llegó a una pequeña oficina en el
interior de un añoso edificio. Observando con detenimiento sus terminaciones, estimó que a pesar de su edad, aquel se encontraba en óptimas condiciones, y más aún, le
daba a aquel lugar el toque justo de sobriedad y elegancia.
– Buenas días… – saludó a la mujer mayor que parecía ser la secretaria – soy Alejandro Roldán, vengo del canal 111 y tengo una cita con la señora Alicia Uribe.
– Claro… – respondió la secretaria bastante afectada al ver a semejante espécimen y, con algo de nervio, tecleteó un botón de su teléfono mientras miraba con
fascinación aquel hombre.
Dibujando una leve sonrisita, Alejandro notó como la mujer no dejaba de verlo mientras le pestañeaba con intensión extendiendo sus labios coloreados de un tono que
parecía ser coral.
– Puede que no me escuche – resopló Clarisa con tono de disculpa luego de pasado un minuto y, volviendo a presionar la tecla, rogó a Dios que Alicia no estuviera otra
vez en las nubes.
Alejandro, arqueando una ceja, desvió la vista al tiempo que hacía una mueca de fastidio… perder el tiempo era algo que lo irritaba enormemente, sin embargo, respiró
hondo y se dijo que no podía perder la paciencia.
Eran recién las 11… a las 12 tenía una reunión de pauta y, enseguida, otra reunión sobre un proyecto extranjero.
Luego de que pasara lentamente otro par de minutos, la secretaria en cuestión se levantó de su escritorio y, con una tímida sonrisita, se dirigió al despacho que estaba a
su derecha dejando la puerta abierta tras ella.
Sin pensarlo mucho, Alejandro decidió seguirla. No podía seguir derrochando más minutos… puede que incluso aquella escritora viviera demasiado en su mundo y no se
diera cuenta de lo que sucedía en la realidad, y él tenía una tarde llena de actividades.
Pero al llegar al umbral, como si algo se detuviera, su mirada se perdió sobre el rostro inclinado de una mujer muy menuda con una familiar expresión y unos ojos color
miel.
Clarisa, nerviosa, movió con presteza el brazo de Alicia con la esperanza de que esta reaccionara.
– Señora Uribe… – expresó la mujer sudando frío – Alicia… ¿me escucha?
Como si la hubiera pescado durmiendo profundamente, Alicia se remeció por completo, pasándose las manos por sobre los ojos.
Nuevamente una de sus ideas la había transportado muy lejos…
– Señora Alicia… – susurro su secretaria en tanto abría los ojos enormemente – un representante del canal 111 está aquí… ¿se acuerda que le dije que hoy vendría?
Levantando apenas la mirada, Alicia notó que detrás de Clarisa había alguien y, sin cuestionarse mayormente, se levantó de su asiento como si nada hubiera pasado.
Estaba enterada de esa visita no entendiendo mayormente porque un canal tan importante se tomaba la molestia de ir a verla por un escrito, sobre todo por uno del cual
no recordaba haber enviado.
– Buenos días… – resopló mientras se acercaba a ese extraño, y apreciando rápidamente sus facciones, notó como este era alguien muy alto, fornido y atractivo.
Extendiendo una mano, se presentó – soy Alicia Uribe.
El hombre frente a ella, sin decir palabra, apretó suavemente su mano mirándola fijamente.
Ensanchando apenas una tenue sonrisa, Alicia instintivamente, despegó su contacto como si alguien la hubiera mordido, y cruzándose de brazos, se los apretó
firmemente sobre el pecho como si con ello bastará para protegerse.
Repentinamente, la presencia de ese hombre la hizo sentirse vulnerable como cuando era una adolescente, y desviando la mirada, la mantuvo a buen resguardo de él.
– ¿Puedo ofrecerle un té, un café… – preguntó ella intentando ser amable, y ladeando el rostro, extendió un par de dedos por entremedio de los brazos mientras se
encaminaba hacia unos sillones que estaban al costado, acomodándose en el borde del más cercano.
– No se preocupe… – negó este con suavidad mientras tomaba asiento frente a ella y torcía el labio al ver que ella, a propósito, no lo miraba de frente – vengo de parte
del canal 111… mi nombre es Alejandro Roldán y el objetivo de mi visita es por un texto que usted escribió… uno muy bueno, por cierto, y que nos interesaría poder
producir.
– ¿Producir? – preguntó Alicia levantando sus ojos al instante y pestañeando intrigada, inquirió sorprendida al tiempo que alzaba los hombros – ¿qué texto? yo no he
enviado ninguna historia a su canal.
– ¿Ah, no? – resopló Alejandro, arrugando levemente la frente – déjeme decirle que llegó a nuestras oficinas una historia suya llamada “Cartas para Alelí”, y déjeme
decirle que nos ha encantado.
– ¿A sí? – preguntó Alicia entornando los ojos, pues no era común que un canal de televisión con la fama de 111 se interesará en una historia como esa. Aquella era una
muy complicada, en comparación con otros escritos “más fáciles de vender”. Su tema central era demasiado denso y algo árido para un público popular.
– Así es… – repuso el hombre estirando los labios – hace tiempo que 111 quiere darle un giro a las series juveniles… pensamos que hay temáticas que no han sido
exploradas y valores que son necesariamente importantes de seguir recalcando como la amistad, la lealtad, el esfuerzo, los afectos… – aspiro con fuerza al ver como ella
le dedicaba su atención, mientras que un fugaz pensamiento tomo forma en su cabeza y añadió – por ello, creemos conveniente que además de contar con su historia, su
colaboración nos sería de utilidad para elaborar un adecuado guión.
No tenía ni idea porque había dicho eso, pero la expresión desconcertada de la mujer lo incito a que insistiera en ello…
– ¿Cómo dijo que dijo? – preguntó ella sin comprender cerrando su ojo derecho como si le entrará mugre.
– Lo que dije… – expresó Alejandro apretando los labios divertido – una historia tan buena como la suya no debiera ser desfigurada en manos de un torpe guionista… –
y torciendo la boca, agregó – créame que aquello sería una verdadera lástima.
Alicia, apoyándose en el borde del sillón, entrecerró los ojos confundida. Apretándose las manos a la altura del pecho, con dedos nerviosos, rotó sobre la mano
izquierda la delgada argolla de matrimonio que todavía descansaba en su dedo anular.
Aquel detalle no pasó desapercibido para Alejandro y, por un segundo, la sensación de que corría en su espalda un chorro de agua fría lo hizo estremecerse con
incomodidad.
– Puede que tenga razón… – musitó Alicia con una tímida sonrisa

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