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Olvidé decirte quiero – Mónica Carrillo

Olvidé decirte quiero - Mónica Carrillo

Olvidé decirte quiero – Mónica Carrillo


coche salió despedido dando vueltas de
campana cuando intenté esquivar a aquel
pequeño animal —una liebre, quizá— que se
cruzó en medio de la carretera.
Multitud de imágenes se agolpan en mi
pensamiento en una especie de moviola que
reproduce sin piedad los instantes previos y
posteriores al fuerte impacto. La angustia se
me hace insoportable y noto cómo de mis
ojos brotan dos amplias lágrimas que van a
morir a la boca y a mi lengua sedienta.
Asumámoslo: estoy en las últimas, he
llegado a la meta. Voy a morir. ¡Con todo lo
que tenía por hacer! Y me muero justo ahora.
No deja de ser extrañamente cómico que
me encuentre al borde de la muerte tras un
accidente de coche cuando he estado
convencida de que moriría en una catástrofe
aérea desde que tuve aquel desagradable
percance. Hace años viví un aterrizaje de
emergencia que me dejó como legado la
fobia a volar, se transformó en un sueño
recurrente que me ha acompañado durante
décadas y sólo comenzó a remitir cuando
acudí a terapia, pero nunca desapareció por
completo.
En mi pesadilla me visualizo sentada en
el asiento 23F, anticipando el golpe que
vendría después. Siempre elijo ventanilla
porque me encanta observar las nubes desde
arriba: es un espectáculo único; durante ese
espacio de tiempo de ingravidez onírica, el
suelo se vuelve de algodón y permanece así
bajo mis pies. Es la mejor compañía en los
viajes: la visión cenital del manto de nubes
impolutas. Un espejismo alfombrado que
atravesaré de nuevo en el aterrizaje, cuando
el avión vuelva a quejarse sacudiéndose con
movimientos violentos, en un último intento
de no posarse en el rígido suelo, conocedor
de que, abajo, al tomar tierra, volverá a esa
losa horizontal tenaz e infranqueable. La
realidad.
Al girar de nuevo la cabeza hacia el
exterior observo que tengo unas vistas
maravillosas al ala derecha. La superficie
plateada y uniforme del gigante de acero
únicamente se ve interrumpida por una
coreografía de tornillos milimétricamente
alineados que dejan espacio a un mensaje
claro y rotundo: «No pisar fuera de la línea».
Y justo cuando voy a plantearme cuántas
veces lo he hecho, en qué ocasiones he
atravesado yo esa línea de lo censurable, de
lo políticamente correcto, un señor se sienta
a mi lado.
Nunca he tenido suerte con mis
compañeros de vuelo. Llevo tantas millas a
mi espalda que hace años que tendrían que
haberle puesto mi nombre a un avión, pero
aun así nunca he encontrado a alguien
interesante. Y cuando digo interesante, me
refiero a un tipo especial. Y cuando digo
especial, me refiero a un hombre con quien
me hubiera ido de cena romántica al tomar
tierra o al menos hubiera hecho una fugaz
escapada al lavabo del avión para aliviar
nuestras pasiones de altos vuelos.
En mi sueño, repetido cientos de
noches, se sienta a mi lado un tipo
corpulento que llega acalorado y posa su
chaqueta, el portátil, gran parte de su cuerpo
y media vida sobre mí. Yo apenas logro
esbozar una mueca: mi espacio vital está
siendo invadido. Este hombre acaba de pisar
todas las líneas de mi contorno y nadie le ha
dicho nada. Y me entran unas ganas terribles
de gritar: «¡Oiga, azafata!, este señor ha
entrado en mi circunscripción. ¿Nadie va a
hacer nada por evitarlo?». Pero finalmente lo
miro, le regalo una media sonrisa
condescendiente y, con los labios apretados y
el hoyuelo cómplice de mi mejilla, decido
saludarle cortésmente y dejarlo pasar.
Consideremos que en un avión —me
digo para apaciguar los ánimos— la escasez
de espacio hace que nuestro entorno más
cercano sean aguas internacionales de uso y
disfrute común.
Entretanto, la sobrecargo y toda la
tripulación nos dan la bienvenida a bordo y
nos indican cómo actuar en caso de accidente
aéreo. Yo decido desconectar en ese instante.
Es obvio que todo el pasaje entiende el
mensaje de la asistente de vuelo. Todos
sabemos que, en caso de despresurización de
la cabina, al ver ese baile de máscaras de
oxígeno danzar sobre nuestras cabezas la
única opción posible que se nos ocurriría
sería la de colocárnosla en la cara y respirar
con normalidad. «Con normalidad», nos
dicen cada una de las veces que uno se sube
a un avión. ¿Acaso habría otra posibilidad?
¿Qué íbamos a hacer si no? ¿Ponernos
nerviosos? ¿Perder la calma?
Malditos sean los que se relajan en los
vuelos. Los carentes de fobias. Y esos niños
simpáticos que disfrutan con todo lo que
ocurre a su alrededor y gozan con los
movimientos irregulares de la mole de acero
que se empeña en retar la ley de la gravedad.
Mi pesadilla continúa y vuelvo a mirar
de reojo a mi compañero. Admitámoslo, el
señor del asiento 23 E está gordo. Y me
pongo a recordar cuando de adolescente tuve
algunos complejos por mi sobrepeso. La
verdad es que fui una niña armoniosa pero
con redondeces. En ocasiones me he pasado
de cóncava y en otras de convexa.
Y también recuerdo lo que me molestó
su presencia al sentarse justo a mi lado; ¡con
lo grande que es un avión! «Ocupa
demasiado —pensé al verlo—. Su brazo
invade mi espacio. ¿Por qué pone su brazo en
el reposabrazos? En ningún sitio pone “su”
reposabrazos. Es compartido. Deberíamos
turnarnos u ocupar la mitad. O que hubiera
una línea divisoria pintada en el centro.»
Pero no me da tiempo de pensar mucho
más: han saltado las alarmas, el avión
tiembla y el pasaje chilla. Es posible que todo
termine en este instante, de modo que
reconozco lo poco que me importa que este
pobre hombre ponga su brazo o deje de
ponerlo. Que me da igual la camiseta que
lleva ceñida al torso y que me deja intuir su
cuerpo como si de una radiografía se tratase.
Que ya no me incomoda su presencia. Que le
acabo de agarrar la mano sin mirarle
siquiera. Y que no me la ha soltado. Y que
esa mano que antes se me antojaba sebosa y
desagradable ahora ha sido el bálsamo
perfecto. Que su sudor ya no huele. Que su
mano cálida me está dando consuelo. Que se
la aprieto con fuerza y con un código morse
improvisado me devuelve un mensaje cifrado
que me dice que no estoy sola, a pesar de que
no viajo acompañada.
El comandante habla con tono serio. Se
dirige primero a la tripulación,
comunicándoles que han de prepararse para
el aterrizaje. Acto seguido, y ante la mirada
atenta del resto del pasaje, que no tenemos
muy claro qué hacer, nos lanza esa frase con
la que todos nos hemos angustiado en algún
momento de turbulencias:
—Señoras y caballeros, vamos a efectuar
un aterrizaje de emergencia. Hemos
intentado solventar el problema mecánico,
pero la avería persiste. Estamos en contacto
con la torre de control y nos disponemos a
tomar tierra en cuanto nos den permiso. En
nombre de la compañía y de la tripulación,
les pedimos disculpas por el contratiempo.
Haremos todo lo que esté en nuestra mano
para realizar nuestro trabajo de la forma más
diligente. Suerte a todos.
«¿Cómo que “suerte”? —digo
mentalmente de manera atropellada—.
¡Usted es el piloto, quien gobierna este
proyectil, y nosotros los que estamos en sus
manos! ¡No tengo el cuerpo para rezar ni
para encomendarme a la santísima suerte!
Haga el favor de dejarnos en tierra sanos y
salvos que no tengo el día para morirme
hoy.»
En paralelo a esa conversación conmigo
misma, oigo a lo lejos gritar a una mujer
mientras su marido intenta calmarla. A mi
lado, el señor gordo me mira, asiente
levemente con la cabeza y consigue darme
más calma que mil mantras a voz en grito.
Cerca de mí, un alto ejecutivo se suelta la
corbata con brusquedad y sacude con fuerza
las palmas de las manos contra sus
trabajados cuádriceps de gimnasio caro.
Junto al hombre con sudores fríos y
taquicardias, dos niñas que viajan con su
madre. La que está sentada junto al ala se
asoma por la ventanilla. Al ver el mar a
nuestros pies exclama con una amplia
sonrisa:
—¡Vamos a aterrizar en el agua!
Su hermana le contesta con un
entusiasmo desmedido mientras vuelca su
pequeño cuerpo sobre el de su gemela:
—¡No pasa nada, yo sé nadar!
El baile de máscaras de oxígeno no deja
de tintinear y nos recuerda que cada segundo
que se va consumiendo se esfuma también
nuestra esperanza de salir ilesos.
Éste es mi sueño recurrente. Un sueño
basado en hechos reales que me persigue
desde la adolescencia. Un sueño en el que
nunca muero porque me despierto antes de
que el avión se estrelle contra el suelo.
Uno nunca sabe cuál va a ser el vuelo de
su vida. Se habla mucho de los trenes, que
sólo pasan una vez y que has de coger por si
no vuelven a hacer parada en tu andén. Pero
nadie habla de los aviones, que te elevan
contra natura a 10.000 metros del suelo. Un
aparato gigante que te recuerda que puedes
conseguir lo que te propongas. «Estoy
volando», piensas. Y a la vez te hace sentir la
fragilidad absoluta. Porque esa máquina no
cuenta contigo. Y lo que es mejor: no le
importas.
«No me importas —te espeta en la cara
el Boeing 747—, porque, ¿sabes qué? Eres
insignificante. Un grano de arena en el
desierto, la gota en el mar. La nada más
absoluta.» Somos tan insignificantes que
sólo la idea de pensarlo se nos hace enorme.
Y entonces llegan los miedos. Como siempre.
Ese dedo enorme que nos aplasta contra el
cristal de una ventana como si fuéramos un
mosquito.
Soy miedosa por parte de padre. Para
llamarse Valentín siempre ha sido bastante
cobarde, la verdad. Quizá fue todo un juego
de mis abuelos; una manera de reírse de él y
del destino desde el principio. O quizá
quisieron darle un empujón: «El niño es
flojito. Le ha costado venir al mundo. Al
chico le asusta el miedo. Démosle fuerza con
el nombre. Que su tarjeta de presentación
sea un propósito de intenciones». Yo no
heredé de mi padre el nombre, pero sí el gen
dominante de temblar por anticipado.
Superé aquel aterrizaje de emergencia
que siempre se estrellaba en el sueño, pero
me quedaron las secuelas: el miedo
enquistado y la sensación de vulnerabilidad
constante. Y no aproveché aquella
oportunidad que me estaba dando la vida
para aprender.
Y ahora que ya no estoy soñando y que
estoy a punto de morir, ahora que apenas
logro ubicarme y que el dolor es más fuerte
que el miedo, ahora me atormentan las
imágenes. A mi mente llegan aceleradas
multitud de ideas, de cosas que haría y
aquellas que quedarían por hacer si muriera
hoy.
Los tequieros mudos al aire, los abrazos
huecos, los besos amargos, las caricias frías,
las miradas de lejos que siempre quisieron
notar el aliento. Los perdones sin acuse de
recibo, los recibos en blanco por no haberme
atrevido.
Las conversaciones que dejaría
pendientes.
2
Una vez conocí a un señor mayor que era
muy joven. No sé muy bien por qué me viene
a la cabeza Ismael en este preciso momento,
justo cuando mi vida se tambalea y las
imágenes se amontonan en mi mente y
atenazan la razón. Es probable que piense en
él porque físicamente era muy parecido a mi
padre, a quien me gustaría abrazar en este
instante.

Olvidé decirte quiero – Mónica Carrillo

 

Un hombre apuesto, bien parecido y
serio. Siempre he sentido debilidad por los
varones reservados y algo introspectivos,
como Valentín. Un tipo que se ganaba tu
confianza de manera empírica, con el paso
del tiempo. Un hombre entrañable que
siempre ha parecido más serio de lo que es y
menos sensible de lo que en realidad
esconde. Mi padre siempre ha sido mi ojito
derecho y yo el de él, sobre todo cuando mi
madre murió y sólo quedamos nosotros dos
en la ecuación. Mi X para su Y.
Hemos formado un tándem perfecto
durante todos estos años de ausencia de
mamá, el verdadero pilar de mi familia.
Valentín aprendió a cocinar para poder
seguir invitándome a comer los domingos en
su casa. Tras la falta de Esperanza, su única
mujer, tuvo que reorganizar su vida y
comenzó a realizar tareas que hasta aquel
momento eran ajenas a sus rutinas. Empezó
a plancharse las camisas y a cocinar platos
«de cuchara», como a él le gusta decir. Su
vida se volvió más triste sin mamá, pero él
supo encontrar un hueco en el abismo de su
ausencia.
Había visto a Ismael en alguna ocasión
por el barrio, pero nunca antes había tenido
la oportunidad de hablar con él. Desconozco
el motivo, pero aquel día me interrumpió en
mi paseo vespertino con Mía para
preguntarme por la raza de la entonces
cachorra.
Me dijo que quería tener un perro, pero
no sabía por qué raza inclinarse, puesto que
era un absoluto inexperto en el tema. Me
gustó que asumiera su desconocimiento con
total sinceridad. En aquel momento de mi
vida lo habitual era toparme con personas
que me aleccionaban por todo.
Con Mía como excusa; así comenzó
nuestra charla, que derivó en una profunda
conversación acerca de la vida y, sobre todo,
de la muerte. Es curioso porque fue él quien
sacó el tema, y no porque le angustiara —
según me explicó—, sino más bien todo lo
contrario. Con un discurso lúcido y preclaro
sólo quiso transmitirme una realidad
inmutable y científica: «Vamos a morir
todos».
Ismael no entendía que esa obviedad
fuese soslayada o a lo sumo abordada como
un tabú en nuestra sociedad. No le entraba
en la cabeza que huyéramos de la única
cuestión que nos iba a acompañar toda la
vida hasta su victoria final: la muerte.
Y ahora que estoy a un paso de ella, que
noto cómo me desangro, que la baja
temperatura corporal me provoca ligeros
espasmos en ciertas partes del cuerpo que no
logro ubicar ni identificar con nitidez, ahora
he recordado al viejo Ismael y, lo reconozco,
tengo miedo a morir.
Siempre he sido muy miedosa. Tuve
miedos desde niña. A estar sola, a tener
pesadillas, a suspender, a hacerme mayor, a
ser rara, a volverme loca, a gustar y a no
gustar, a que me quisieran y a que no, a la
vida y a la muerte.
Tuve miedo, incluso, a dejar de tener
miedos. Pero ahora es distinto. Por primera
vez, el miedo es real. Puedo morir. Puedo
morirme yo. Es más, es posible que ya lo esté
y no lo sepa porque nunca lo he estado antes.
¿Quién me dice que esto no es estar muerto?
Nadie ha venido de la otra vida a explicarnos
el camino de vuelta, que quizá sea este en el
que me encuentro.
En aquella conversación que me marcó
para siempre, el sabio Ismael me clavó la
mirada, me escudriñó con sus vivos ojos y
me dijo:
—Éste es vuestro momento, el de los
jóvenes, pero nunca olvides que antes fue el
de otros muchos, aunque ya no te importen.
—¿Qué quieres decir con eso? —le
pregunté algo desorientada.
—Que disfrutes intensamente de la vida
porque tienes un número limitado de cosas
que hacer y decir, de tazas de café que
tomarte, de copas de vino que paladear, ¡de
veces que harás el amor! —explicó—. Nada es
eterno, tú tampoco. No eres tan especial.
Créeme.
—¿Es ése el motivo por el que la sonrisa
se nos va borrando del rostro a medida que
pasan los años? —le interpelé.
—Ay, pequeña, envejece peor la mirada
que la sonrisa. Observa a cualquier abuelo
que veas pasar; da igual su genética o que los
años hayan respetado más o menos la
tersura de su piel. Únicamente fíjate en su
mirada: ahí está su edad.
—Entiendo lo que quieres decir, Ismael,
pero debe de resultar complicado mantener
una mirada vibrante y luminosa cuando todo
lo que viene por delante en la vida es peor.
—¿Peor? ¿Eso quién lo

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