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Libro PDF Orgasmus Diario de un Erasmus De Albacete al cielo Águila Jackson

 Orgasmus Diario de un Erasmus De Albacete al cielo  Águila Jackson

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terminarse el plazo y darse de baja tan sólo una persona. Pobre
insensato. Así que tenía dos opciones, amenazar o tratar de
sobornar al primero de la lista de espera o cargarme al menos a
uno de mis amigos, y ninguna de estas opciones era en
principio v iable.
Resignado, pregunté en la univ ersidad si podía irme de
todas f ormas, sin beca –y a me buscaría la v ida–, o de algún
otro modo, aunque f uera irme a v endimiar a Lisboa, pero
tampoco hubo una respuesta af irmativ a.
“Vay a mierda…”
Todo apuntaba a que acabaría estudiando otro año más en
Albacete, así que intenté empezar a ir haciéndome a la idea,
deseando que ese curso pasara cuanto antes y soñando de
nuev o con la idea de ser seleccionado para el curso siguiente.
Me consolaba al menos el hecho de poder hacerles alguna v isita
a mis amigos en Lisboa. No estaba mal del todo…
Ese hubiera sido el camino de una persona racional, mansa
y conf ormista, pero por suerte o por desgracia nunca f ormé
parte de ese grupo.
Había pasado un mes desde la llegada de aquel f atídico
email, un mes en el que mis amigos disf rutaban y a de una
marav illosa estancia en Lisboa que marcaría sus v idas para
siempre, y no dejaban de llegarme noticias, emails y f otos que
en ocasiones me hacían más mal que bien, recordándome lo
que me estaba perdiendo. Mientras tanto y o seguía con mi v ida
normal en Albacete, empezando las clases, trabajando como
camarero en un restaurante y tratando de ahorrar un poco para
hacerles una v isita. Pero el univ erso escucha a los pesados, y
y o no había dejado de susurrarle al oído mis deseos noche tras
noche.
Mi suerte cambió en un botellón –como la de tantos otros–,
cuando un amigo me presentó a un amigo que, al igual que y o,
había estado en Polonia, y al parecer, como estudiante
Erasmus. El simple hecho de oír esa palabra me estremecía.
–¡Sí, he estado en Polonia de Erasmus, y ha sido increíble!
Sin duda el mejor año de mi v ida –me dijo lleno de entusiasmo–.
De hecho en una semana me v uelv o a ir de Erasmus allí.
–¿Qué? ¿Cómo? ¿Te v as de Erasmus ahora, después de
un mes? ¿Puedes irte más de una v ez de Erasmus? –no podía
parar de hacerle preguntas.
–Bueno, lo cierto es que me v oy como “Free-mov er”.
–Free ¿qué?
–Free-mov er, es lo mismo que ser un estudiante Erasmus,
sólo que sin beca.
En ese momento mis pupilas se dilataron como si hubiera
chupado un sapo, el ruido de la calle se perdió entre los
callejones y sólo le escuchaba a él, con la v oz alta y clara,
remasterizada.
–Así que es posible… –pensé en v oz alta. Hasta tenían un
nombre para ello.
El lunes a primera hora estaba en la puerta de la
univ ersidad pidiendo explicaciones. Quería irme a Lisboa como
“Free-mov er”, un concepto que acababa de conocer y que
cambiaría el rumbo de mi v ida.
Cuando me v ieron aparecer por la puerta una v ez más, leí
sus caras: “Ya está aquí el tonto la Erasmus”.
Puede que estuv ieran un poco cansados de v erme, así que
debieron llegar a la conclusión de que era mejor para todos
darme la razón cuanto antes y mandarme bien lejos durante un
tiempo.
Una semana después me colaba sin pagar en los
emblemáticos tranv ías amarillos de Lisboa junto a mis amigos.
Es acojonante el poder de una decisión respaldada con empeño
y constancia. Unos días atrás v eía sus f otos desde mi
ordenador con cierta nostalgia. Ahora había conseguido aparecer
en esas f otos.
Aquel año f ue increíble, realmente un sueño, sin duda el
mejor año de mi v ida… junto con el año siguiente, ¡cuando por
f in me dieron la bendita beca Erasmus!
“¡Ole mis huev os!”
Pues sí, durante mi estancia en Lisboa v olv í a solicitar la
beca Erasmus para el curso siguiente, 2008/09, ¡siendo esta
v ez aceptado para ir a Vilnius, capital de Lituania!
Si te soy sincero, y o en ese momento no tenía ni idea
siquiera de cómo encontrar Lituania en un mapa, ¿pero eso qué
importaba? ¡Lo importante era que me iba de Erasmus!
Mis requisitos a la hora de elegir un destino habían sido bien
claros: elegir el país donde se of ertara el may or número de
plazas y que estuv iera lo más lejos posible de España. Por nada
del mundo quería perderme la oportunidad de que mi univ ersidad
me f inanciara todo un año de av enturas y desmadres –y por
supuesto estudiar mucho y aprender idiomas, bla bla bla–.
El ser seleccionado como estudiante Erasmus para el curso
siguiente gozando en el momento presente de una estancia
Erasmus –Free-mov er en este caso, ¡cómo me encanta esta
palabra!– es una experiencia indescriptible, marav illosa,
orgásmica… Qué puedo decir de un año en el que conocí a mi
gran amada Lisboa, me pasaba los días haciendo surf , llegué a
trabajar hasta en dos restaurantes a la v ez para cubrir todos mis
gastos, me echaron de la residencia por no poder pagar el
alquiler –lo que me llev ó a v iv ir dos meses en una tienda de
acampada, en un bosque junto a la residencia–, conseguí
colarme al concierto de Metallica en el Rock & Rio, conocí a
Paco de Lucía tras colarme en el camerino en su concierto… y
hasta llegué a echarme una nov ia del mismísimo Brasil dentro
de mi propia residencia. Simplemente, que f ue un auténtico
sueño, y que el haberme ido a pesar de no haber recibido la
beca –con las consecuencias que ello tuv o, como conv ertirme
en un prematuro mendigo–, f ue una de las mejores decisiones
que he tomado en mi v ida.
Pero por el momento centrémonos en mi estancia en
Lituania, que tampoco tiene desperdicio como y a v eréis, y
dejemos el año en Lisboa para otra ocasión.
Normalmente no dejo a nadie leer mis diarios, pero por esta
v ez creo que haré una excepción. Bienv enidos al mejor año de
mi v ida.

2. MI ÚLTIMO GRAN DÍA
Ya es de día. Ha llegado… Y no me quiero despertar, no quiero
salir de la cama.
“No, por f av or, todav ía no…”
Un “¡No quiero ir al cole!” me arrastra de nuev o a mi
inf ancia, época gloriosa de f elicidad e ignorancia.
Paradójicamente, en lugar de lev antarme y querer aprov echar al
máximo el tiempo restante intento quedarme dormido de nuev o,
engancharme a ese último v agón del mágico y dulce sueño.
Doy unas v ueltas más entre las sábanas, a izquierda, a
derecha… Cambio de postura, bocarriba, bocabajo, de lado con
la cara pegada a la pared… Pero es inútil. El tiempo pasa
demasiado rápido, casi sin darnos cuenta, y y a es demasiado
tarde. Como esas v eces en que uno desearía poder retrasar
unas horas el reloj, y o deseo hacer lo mismo ahora, pero con
las hojas del almanaque, diez meses para atrás.
Me quedo unos minutos más en la cama con los ojos
abiertos, clav ados en el techo. A mi alrededor reina el v acío y el
silencio, interrumpido tan sólo por el sonido de mi respiración y
unos f uertes latidos. Al poco, el ruido del tráf ico de f uera y el
bullicio de la gente me hace recuperar la conciencia y regresar
de mi letargo. Inev itablemente ha llegado, es mi último día, mi
último día en el cielo, mi último día de v ida… o al menos de
este tipo de v ida, de v ida Erasmus. Una v ida v iv ida
intensamente, dedicada a uno mismo, al placer de los sentidos,
a dejarse llev ar, a caer en las tentaciones, a sucumbir en los
deseos… Una v ida hedonista.
Había comenzado con un lienzo en blanco unos meses
atrás, un lienzo deseoso de albergar cuantas más f ormas y
colores mejor. Ahora el lienzo es toda una obra de arte, y sin
embargo, me da pena tener que darle las últimas pinceladas y
f irmarlo. Firmarlo y colgarlo en ese desv án olv idado de los
recuerdos, el de los tiempos mejores. Daría lo que f uera porque
estuv iera en blanco de nuev o, por v olv er a empezar todo desde
el principio, por no tener que coger el av ión de v uelta, sino el de
ida.
No me quiero despertar, pero y a llev o despierto unos diez
minutos. Hago un esf uerzo por salir de la cama. Nunca me he
sentido tan débil, como si todas las resacas de este año se
concentraran en este mismo instante. No tengo hambre, pero
me desplazo en gay umbos hasta la cocina y me caliento un
v aso de leche en el microondas.
La señora Putroski está en la cocina. Hay días que no me
la tiraría, debido a su edad, al hecho de ser una madre –por
respeto–, a que Ramón se la hay a v entilado… Pero hoy sí me
la llev aría por delante. Cualquier cosa con tal de alargar esta
av entura un poquito más. Cualquier pincelada cuenta.
–Buenos días –le digo arrastrando mis palabras.
–Buenos días Dav id –me dice tan enérgica como siempre–.
¡Ey ! ¿A qué v iene esa cara? Que Lituania no se v a a ir a
ninguna parte. Estará aquí cuando v uelv as.
–Sí, seguro sí…
No puedo creer que llev e casi un mes v iv iendo aquí y no
hay a sido capaz ni de tocarle una teta, así como el que no
quiere la cosa. Una v ez me he restregado los ojos y me he
quitado alguna que otra legaña como mocos de grande, me
percato de que llev a el albornoz algo más abierto de lo habitual,
dejando aparecer los primeros diez dedos de un escote que se
me antoja como dos gladiolos, rosaditos y f rescos. Sé que me
tiene tantas ganas como y o a ella, y seguro que es más
agradecida que muchas de las que me he cepillado este año. No
está nada mal para su edad, pero que nada mal. Rubia de pelo
ondulado y piel rosadita, ojos azules de mujer soñadora, casi tan
alta como y o y con buenas curv as. Tiene por donde cogerla sin
llegar a rozar la obesidad. Lo que se dice una buena jaca.
Me mojo un par de magdalenas duras que encuentro por ahí
mientras la observ o de espaldas, f regando los platos. El
albornoz apenas le llega a las pantorrillas, y sobre estas, un
abultado y redondito culete que parece estar sonriéndome, f eliz.
“Sí, sí que debería haberlo intentado al menos. Antes de
que llegara a quererme como a un hijo”
–No te olv ides de meter en la maleta la ropa de la silla. Ya
está seca. Esta no te la he planchado porque de todas f ormas
se arrugará en la maleta.
–Muchas gracias señora Putroski. Es usted un sol.
–¡Cuántas v eces te tengo que decir que ni me llames de
usted ni señora Putroski! Llámame Puski, como mis amigos, o
me sentiré muy may or –me dice entre risas.
“Te iba a dar y o a ti magdalena” –pienso casi en v oz alta.
–¿Cómo dices?
–Nada, digo que y a quisiera y o que mi mujer esté así de
bien cuando tenga tu edad.
–¡Uy ! Muchas gracias. Eso sí que es un buen piropo.
Y ahora es cuando debería lev antarme y engancharla del
culo con una mano, abrirle el albornoz, sentarla en la encimera
de la cocina y …
“Para, para, campeón, que te embalas”
Le echo un v istazo al móv il y al correo, como si esperara
alguna noticia que pudiera cambiar algo, un mensaje de alguna
concubina que me escribe pidiéndome que no me marche, que
su v ida sin mí no tiene el menor sentido. Pero no.
Lev anto el brazo derecho, y cierto olor que me resulta
f amiliar me inv ita a darme una ducha, aunque pref eriría no tener
que hacerlo. Hoy es uno de esos días en que a uno le apetece
sentirse guarro y miserable, cagar encima del v entilador.
Paso al baño, ev itando mirarme en el espejo. No nos
llev amos muy bien a primera hora de la mañana –las once–. Me
doy una ducha de al menos una hora, sorprendiéndome de v ez
en cuando por seguir allí dentro mientras el agua golpea mi
cabeza y tapona mis oídos.
Ya está bien. No puedo eludir y retrasar más lo que debería
haber hecho y a: preparar la maleta de una v ez. La agonía a la
que temía desde hace v arios días se apodera de mí, y el
tiempo comienza a transcurrir muy lentamente. No quise pensar
en ello antes, intentando retrasarlo hasta el último momento. No
pude imaginar que dolería tanto. No sé ni por dónde empezar.
Miro a mi alrededor y resoplo. Cojo mis camisas del armario, las
doblo con cariño y comienzo a meterlas en la maleta, una a una.
Cada prenda se llev aba consigo sus recuerdos, sus momentos,
tantos perf umes impregnados… Mi camisa blanca de “latin
lov er”, la rosa con la que besé por primera v ez a Frida, tras
haber besado a Ausra, tras haber besado a Diana Brodway …
Pero sobre todo, me da mucha pena encerrar en la maleta mi
“gabardina casanov iana”, la cual lo cambió todo. Me siento
como el actor que recoge sus bártulos del teatro que le ha v isto
crecer.
“Es duro meter toda una v ida en una maleta…”
Todo un año pasa ante mis ojos, y aquí estoy, v iendo como
a mi reloj de arena apenas si le queda una f ina capa de arenilla
en la parte superior sin posibilidad alguna de poder v oltearlo.
Intento rebajar la pena con algo de música, y no puede ser otra
canción que la banda sonora de estos últimos días:
“Summercat”, de “Billie the Vision and The dancers”, ese f amoso
anuncio de cerv eza en las play as de Formentera. No puede
haber canción más apropiada en estos momentos. Y empiezo a
cantarla:
“I kissed y ou good by e at the airport.
I held y ou so close to me.
I said, so here we are now and I can’t stop f rom cry ing Lilly.
And y ou said: Hey hey hoo, y ou know this is the way to
go.
You will f orget about me when I’m on that plane.
Forget about me when I’m on that plane.
Tonight, tonight, tonight, tonight
I wanna be with y ou tonight, tonight, tonight, tonight.
I wanna be with y ou tonight…”
La canción parece impulsar un poco mi estado de ánimo, e
intento sumergirme de nuev o entre esos ingredientes que me
han acompañado a lo largo de todo el año: optimismo, pasión,
entusiasmo, alegría, f elicidad y mucha ilusión por todo.
Hago un gran esf uerzo por ev itar que la melancolía se
apodere de mí, no tiene sentido. Me digo a mí mismo una y otra
v ez que el año ha sido inmejorable. No sólo soy el último
Erasmus aquí, el último superv iv iente, sino que me siento el
más af ortunado de todos. Intento recordarme que no sólo he
cumplido todos mis objetiv os, como el de acabar por f in la puta
carrera, y colonizar ciudades como San Petersburgo, Moscú,
Riga, Tallin, Estocolmo, Londres… sino que además he tenido la
suerte de nav egar por los mares del amor entre ángeles y
sirenas, unas de f orma correspondida y otras no tanto, he
disf rutado, he suf rido, he nauf ragado… pero sobre todo, he
sentido, me he sentido v iv o, he v iv ido.
Creo que de haber esbozado sobre un papel cómo me
hubiera gustado que f uera mi año Erasmus, habría traspasado
los límites de cualquier diseño prev io, pues nunca podría haber
imaginado que sería un año tan completo.
No puedo ev itar hacer un pequeño recorrido por todos esos
pequeños grandes momentos que he ido sumando en estos
últimos meses:
El mismo día que cogí el av ión para v olv er a Lituania tras
las supuestas v acaciones de Nav idad, estuv e bañándome en la
play a de Alicante, y tan sólo unas horas después, paseando por
un lago congelado en Estocolmo, donde pasé tres días
aprov echando la escala. Había recorrido las calles de San
Petersburgo en una limusina llena de rubias rusas el día de mi
cumpleaños, v isitado el mausoleo de Lenin en la mismísima
Plaza Roja de Moscú, puesto una chincheta en Letonia y
Estonia, sobrev olado en globo Vilnius, la ciudad del amor,
cansado de recorrerla en limusinas…
Había v iv ido –y digo v iv ido y no dormido, pues serían
algunas más– hasta en siete sitios dif erentes en unos nuev e
meses. El mismísimo don Juan Carlos I, rey de España, me
había dado unas buenas collejas tras haber tonteado con su
esposa, la reina doña Sof ía, a la cual conseguí hacer ruborizar
con un piropo, y hasta acabé logrando una f oto con el rey como
si f uéramos colegas de toda la v ida. El may or actor y director
porno español de internet había v enido a v isitarnos y salir de
f iesta con nosotros tras escuchar nuestras batallitas… ¡Pero
qué estaba pasando aquel año!
Había saltado sobre un tren en marcha, donde permanecí
colgado durante más de media hora, recibiendo la may or
descarga de adrenalina de toda mi v ida… Había estado en tan
sólo unos meses con más mujeres hermosas de las que la
may oría de los hombres sueñan con conocer en toda su v ida,
compartiendo cenas y desay unos con bellezas como Toma,
Deina, Ruta, Ruta Dance, Dancer Ruta, Victoria, Gisela,
Isabella, Edita, Diana, Aiste, Lina, Victoria Sirena, Goda, Agne,
Frida, Bianca, Daiv a, Violeta, Daniela, Adriana, Saulé Sea…
Aprendiendo algo de cada una de todas ellas y llegando a hacer
un “Máster en el marav illoso mundo de la mujer”, pero sobre
todo, añadiendo dulces momentos a mi memoria que siempre
ev ocan sonrisas trav iesas acompañadas de miradas perdidas.
Imaginad la sonrisa que luce en mi cara tras recordar todo
esto.
¡Mi v ida es la hostia, mi año Erasmus no puede mejorar!
¿O quizás sí? Todav ía me quedan unas horas aquí, una última
noche, una última cita, así que, ¿por qué no v estir esas alas
que me han v enido acompañando durante todo este tiempo para
v olar una v ez más? ¡Sí, eso es, optimismo, joder, y a v ale de
tanto bajón y melancolía!
Recuerdo que debería hacerle un CD a Isabella con todas
nuestras f otos. CD que me pidió hace unos meses, poco
después de dejarlo. Y me pongo a recopilarlas todas. Es una
pena que a v eces tengamos que v ernos en una f oto junto a
ellas para darnos cuenta realmente de lo af ortunados que
éramos.
No podría decir si ha sido buena idea o no hacerlo justo en
este instante, pues aumenta tanto la f elicidad, al recordar
momentos tan dulces v iv idos, como la melancolía de nuev o, al
v er que todo esto se termina.
“¡La leche, sí que las tenía gordas, sí!”
Me alegro de haber hecho este tipo de f otos con ella. No
puedo creer que me dejara. Fotos que nunca v eremos el día de
nuestra boda. Isabella era dif erente… No puedo ev itar meterme
la mano dentro del pantalón y acariciar al gusano, al mismo
tiempo que se me pone cara de romántico. Me obligo a no
hacerlo. Verlas es como v olv er a ese preciso instante, salv o por
la temperatura ambiental. Después de v erlas es duro mirar
alrededor y no encontrarla, v erme aquí solo, con la maleta y a
preparada esperándome en aquel rincón. No puedo creer que la
dejara escapar tan f ácilmente, y se me pasan por la cabeza
algunos de los mejores momenticos que he v iv ido con ella,
como la noche del picnic, con uv as y v ino tinto junto al río
Neris, o la primera v ez que hicimos el amor en casa de Óscar.
Me quedo prácticamente inconsciente, siendo capaz de v olv er
atrás en el tiempo, a ese preciso instante en que le comía su
dulce… El experimento de Pav lov f unciona. Comienzo a saliv ar
como un perro.
“Qué locura de noche…”
Ante toda esta situación tengo dos opciones: llorar porque
termina esta gran etapa de mi v ida o sonreír porque ha tenido
lugar y la he exprimido hasta beberme la última gota y lamer el
f ondo del v aso. Sin duda pref iero la segunda.
Ante mí se presenta un último gran día.
He quedado sobre las 19.30 con Saulé Sea. Me llamó hace
unos días para reserv ar entradas para un concierto de f ado, con
un grupo procedente directamente de Lisboa, mi amada Lisboa.
La noche no puede tener una mejor pinta. Es una bonita
despedida, concierto y cenita con Saulé, que es la que mejor
me comprende, me escucha y con la que me ha encantado
quedar una y otra v ez a sabiendas de que nunca haríamos el
amor, tan sólo por disf rutar de nuestra conv ersación y cómo no,
por el placer de v erme ref lejado en sus hermosos ojos azules.
¿Será eso a lo que se ref ieren con lo de “v erdadero amor”? No
lo creo, pero quizás sí sea un ingrediente importante. Una pena
haber traspasado la línea del tiempo en que uno pierde la
oportunidad de ser un amante potencial para conv ertirse en su
mejor amiga. Cuando uno se da cuenta y a es demasiado tarde
para arreglarlo y v olv er a lev antarse el cuello de la camisa. En
cualquier caso creo que merece ser ella la que me acompañe en
mi última noche.
También podría quedar con Daiv a, mi última conquista, y
de las buenas además, pero con eso de que no la chupa en las
primeras citas –y a v an ocho– y ni siquiera se pone arriba ha
perdido todos los puntos que le quedaban. Será posible… Lo
único que me f altaba por escuchar este año, hay que joderse. Y
mira que está buena, pero tampoco está uno para aguantar a
nadie. Que si tengo mucho pelo en la espalda, que no le muerda
el pezón, que no la coja del cuello, que no la salpique…
Prácticamente hay que leerse un manual de instrucciones antes
de acostarse con ella. Por no hablar de que me trata como a su
perro, dándome órdenes como si f uera mi adiestradora personal.
Quedamos cuando y donde ella dice, y hacemos siempre lo que
ella quiere y como ella quiera, y sin perdonarme la más mínima
f alta de educación. Aunque debo reconocer que a v eces tiene
su gracia, más que nada por hacerla enf urecer y ponerla
histérica hasta tener que callarla con un beso. Supongo que ser
hija de un militar tendrá algo que v er. No, pero hoy no.
Mentiría si dijera que en ningún momento se me ha pasado
por la cabeza salir solo en busca de una última batalla, cerrar el
v iaje tal y como lo comencé, de f iesta en el Prospekto,
dejándome llev ar, haciendo el guarro. Pero no creo que sea una
buena idea. No me apetece nada despedirme de la gente y del
lugar en sí, el lugar que me ha dado casi tanto como me ha
quitado. No quiero mendigar una última noche de amor f orzado o
sentirme solo en mi última noche, f rustrado, después de haber
conocido a tanta gente con la que pasar un buen rato. No quiero
v olv erme a casa con hambre y acabar cogiendo en algún
contenedor lo primero que encuentre que llev arme a la boca.
Creo que a estas alturas y a he hecho todo lo que debía hacer, y
en v ez de seguir siendo un ser insaciable, debería disf rutar de lo
construido durante todo el año, como esta gran amistad que
tengo con Saulé. Aunque sólo sea amistad, por suerte o por
desgracia.
Me ha encantado que Saulé me inv itara al concierto de
f ado. Ha sido la primera v oluntaria para compartir conmigo mi
última noche. Todo un detalle. No os podéis imaginar lo mucho
que se v alora eso en estos momentos, de la misma f orma que
se v alora encontrar a alguien esperando por ti en la estación de
autobuses tras un largo v iaje.
Así que creo que debe ser ella. Sólo ella merece ser la
portadora de mi libro “Rimas y Ley endas”, de Gustav o Adolf o
Bécquer, el gran maestro, el cual me ha v enido acompañando
en todos mis v iajes durante los últimos años, y sobre todo, el
cual ha pronunciado tantas poesías a tantas mujeres durante
estos últimos meses. Sí, al día siguiente reposaría en su cama,
junto a la cabecera, instantes antes de nuestra despedida, y ella
lo adv ertiría a su regreso a casa, cuando y o y a estuv iese
sentado en el av ión.
Bécquer se atrev ió a escribirle una poesía cuando dijo:
“¿Qué es poesía?, dices mientras clav as
en mi pupila tu pupila azul.
¿Qué es poesía? ¿Y tú me lo preguntas?
Poesía… eres tú.”
Así que y o también lo hago. Y tras pedirle tanto permiso
como perdón a Gustav o Adolf o, escribo en una de las primeras
hojas de su libro una de las mías, “Amor de v erano”:
“Ilusos como niños
no quisimos v er las piedras del camino.
Fundiéndonos bajo la sombra del mar,
tan sólo el sol podría contar
las cosas que no hicimos.
Resbalándonos sobre la arena
de nuestro lecho sin techo,
apenas discutimos cuando elegiste
como color de las cortinas el del cielo.
Nav egamos sin salir de la toalla,
el agua f ue dulce
al posar tus pies sobre la play a,
y hasta el cielo se quedó pequeño
para dibujar todos nuestros sueños.
Busqué las constelaciones en tus ojos,
nadando en la piscina de tu ombligo,
y f uimos rey es de castillos
que cada noche inv entamos y construimos,
para al amanecer,
la primera ola llev árselos consigo.
Quisimos apagar el sol,
que derretía las agujas de nuestro reloj,
y suspirando el tiempo lloró
cuando con lágrimas en los labios
nos dijimos adiós.
Rezamos a un dios pagano,
suplicándole no nos hiciera daño,
pero celoso,
construy ó un océano entre nuestras manos.
Porque no siempre es v erano…
tan sólo una v ez al año.”
Se me descuelga una lagrimilla y todo al v olv erla a leer. Y
ahora v oy a dejarme de melancolía y mariconadas. Ha llegado
el momento de salir a la calle. He pensado en dejarle el CD con
las f otos a Isabella en nuestro árbol del bosque, junto a la
catedral, dónde hemos compartido tantas tardes como secretos.
Creo que es un buen sitio. No sólo es un gesto romántico, sino
que debo hacerlo así, y a que no podría soportar un último
encuentro, y menos tras haber estado v iendo nuestras f otos
“calentitas”. Tengo la sensación de haberlo dejado ay er. Si
quedara con ella no podría ev itar besarla una última v ez, y por
más que me gustaría, eso sería demoledor. Debo ev itar a toda
costa despedidas de ese tipo. Un corazón f rágil, mejor quedarse
con el recuerdo.
Tras dar un tranquilo y placentero paseo por el bosque llego
f inalmente a nuestro árbol, nuestro cómplice. Esto no es tan
f ácil como creía. Es sólo un árbol, pero deslizo mi mano sobre
él como si acariciara a nuestra mascota compartida, y crey endo
que puede oírme me pongo a hablar con él.
–Dile que la echaré de menos, ¿v ale? Y a ti también,
tontorrón.
¿Cómo puedo despedirme de un árbol? ¿Pero qué estoy
haciendo? ¿Cómo puedo explicarle que quizás nunca v uelv a a
sentarme sobre él, junto a ella? ¿Cómo puedo decirle que
posiblemente nunca v erá a nadie besarse como lo hacíamos
nosotros?
Dejo el CD a los pies del árbol antes de que me inv ada la
locura y le mando un mensaje a Isabella diciéndole que se pase
a recogerlo cuando quiera.
Una v ez más llego tarde a mi cita. Saulé me espera en el
Zara de Gedimino Prospektas. La v eo desde la puerta y me
acerco sigilosamente. Está preciosa, como siempre, con esa
melena morena y brillante cay éndole sobre los hombros. Viste
de una f orma f ormal pero elegante, como la reciente directora
de consultoría que es, con una blusa blanca, casi transparente,
dejando aparecer entre la niebla un sujetador de encaje negro, y
unos pantalones ajustados marrones que le dibujan una bonita
silueta, para terminar en unas sandalias negras que dejan al aire
unos preciosos deditos con las uñas pintadas de un rojo intenso.
Esos son los pequeños detalles que muestran que en el f ondo
es una mujer pasional, pero para saber eso es preciso haber
hecho el máster.
Me detengo a unos pasos de su espalda, percibiendo un
perf ume que me es f amiliar. Está preciosa, y una sonrisa se
dibuja en mi cara. Parece concentrada eligiendo v estiditos,
sosteniendo uno v ioleta entre sus manos.
–Disculpe, ¿puedo ay udarla, señorita? –le digo.
–Creo que sí, caballero –contesta, y f inaliza la f rase con un
gran beso en mi boca, conf irmando que mi decisión de pasar mí
última noche con ella es la acertada. Sí, he dicho que éramos
buenos amigos, buenos amigos que a v eces se besan cuando
se alegran al v erse.
El concierto empieza a las 20.00, y como v oy con ella
llegamos quince minutos antes. El recinto está completamente
lleno. Aun así podemos encontrar un sitio en las primeras f ilas.
Al f in y al cabo y o soy más portugués que toda esta gente. El
concierto comienza, y al escuchar los primeros acordes la brisa
me arrastra hasta Lisboa y consigue encharcar un poquito mis
ojos. Me encanta. Escuchar todas esas canciones es v iajar en
el tiempo casi dos años atrás, a mi primera Erasmus en Lisboa.
No puedo ev itar ref lexionar. En mis últimos dos años he tenido
dos v idas tan emocionantes como dif erentes, en países tan
lejanos entre sí como distintos. Han sido dos años
apasionantes, mágicos, completamente dif erentes y similares
en su esencia al mismo tiempo, y ello me hace sentir
inmensamente af ortunado.
Saulé todav ía está disf rutando mucho más del concierto
que y o, le brillan los ojos… como siempre. Posiblemente sean
los ojos más hermosos y cautiv adores que he v isto este año, y
por lo tanto en toda mi v ida. Unos ojos grandes, al igual que su
boca. Mirada de un azul cielo, casi líquido, con prof undidad, en
la que a uno le entra hasta v értigo al mirarlos, acompañado de
la tentación de saltar al v acío, de sumergirte entre sus aguas.
Nadar y v olar al mismo tiempo.
No está acostumbrada a este tipo de conciertos tan cálidos
y f olklóricos, y le ha impresionado bastante. Creo que algún día
la llev aré a v er un concierto del gran Paco de Lucía. Yo lo v i el
año pasado en Lisboa, y tras el concierto llegué hasta su
camerino haciéndome pasar por un f amiliar, donde le besé la
mano y me f irmó la entrada, pero eso es otra historia. Aquello
sí que f ue un concierto. No todos los días baja Dios del cielo
para tocar la guitarra.
Y casi sin darnos cuenta, entre cerv ezas y aplausos
llegamos al f inal del concierto. Los artistas se han ganado a la
gente. El último f ado que tocan es una canción lituana
adaptada, por lo que todo el público se pone en pie para cantar,
nosotros incluidos, y lo v iv imos como si estuv iéramos en un
campamento hippie, todo el mundo alegre y f eliz, cogidos de la
mano…
El concierto termina y decimos de ir dando un tranquilo
paseo hasta nuestro restaurante habitual: el mexicano. Esto
también f orma parte en cierto modo de mi despedida. Reina una
noche suav e y f resca del v erano lituano, y por el camino
conv ersamos acerca de lo mucho que nos ha gustado el
concierto, lo v iv a que está la ciudad con la llegada del buen
tiempo…
Al v ernos, mi amigo y jef e del restaurante, José, auténtico
mexicano, me da la bienv enida con un abrazo, como de
costumbre.
–Vay a Dav id, a esta y a la conocemos, ¿qué te está
pasando? –me pregunta bromeando, como si le extrañara que
no f uera con otra chica nuev a esta v ez.
–Me estaré haciendo may or –le digo.
–Sí, será eso. Te lo recordaré mañana –me dice dándome
una palmadita en la espalda.
–Ojalá, mi querido amigo. Mañana tengo el billete de v uelta
a España –le conf ieso con pena y una mirada ausente.
–¡Ay, no mames wey ! Pero v olv erás, ¿no? –me pregunta,
como si f uera a echarme de menos a mí y a mi siempre selecta
–no siempre en realidad– compañía.
–No lo dudes. Volv eré a Lituania siempre que quiera
disf rutar de auténtica comida mexicana hasta que tenga dinero
para ir a México –le digo, sabiendo que no suena nada
conv incente.
–Algo me dice que echarás más de menos la comida
lituana, pájaro –me dice sonriendo y mirando a Saulé, que no
tiene ni idea de lo que estamos hablando en español, pero
parece gustarle la sonoridad de nuestras palabras.
José tiene razón, echaré de menos la gastronomía lituana.
Saulé me sonríe, preciosa. Sobre la mesa no podían f altar un
par de margaritas, bebida f av orita de Saulé, que se llev a un
sorbo a los labios. Tenerla f rente a mí es todo un placer, y una
v ez más, la conv ersación resulta de lo más interesante.
–Bueno, ¿cómo se v e la v ida desde los ojos de una
directora de empresa? –le pregunto, iniciando un tema de
conv ersación que sé que le encanta. La habían ascendido esa
misma semana.
–Pues… lo cierto es que ahora trabajo más que antes,
tengo más responsabilidades… y el sueldo tampoco ha
aumentado demasiado. Pero me encanta, estoy muy contenta,
y sobre todo, tengo la sensación de estar exactamente donde
quiero estar, de estar av anzando en la dirección correcta –me
contesta llena de energía y entusiasmo, muy segura de sí
misma.
–Vay a, pareces realmente f eliz, me alegro muchísimo.
Debes sentirte muy af ortunada, no es nada f ácil que uno
encuentre su sitio, y menos estar tan seguro. A mí me pasa
más bien todo lo contrario. Estoy perdidísimo. Acabo de
terminar mi carrera y no tengo ni idea de lo que quiero hacer.
–Bueno, no te preocupes, eso es normal, nos pasa a todos
al principio. Pero no tardarás en darte cuenta de la dirección en
la que quieres av anzar –me dice. Es acojonante, a pesar de que
sólo me saca un par de años, entre su madurez por un lado para
la edad que tiene y mi inmadurez para la edad que tengo, parece
que nos separan diez años.
–No sé… Yo no estaría tan seguro. Lo cierto es que lo
tengo bastante claro, aunque suene algo estúpido e
irresponsable.
–Sorpréndeme –me dice esperando mi respuesta con
desgana.
–Pues… No te imaginas lo mucho que me encantaría poder
irme de Erasmus de nuev o. ¡Sería la hostia! –le digo
embriagado por la pasión e ilusión que sólo el hecho de pensarlo
despierta en mí.
–Me puedo hacer una idea… –me dice tras haberle
cambiado la cara, algo decepcionada, como si se diera por
v encida al no poder ponerme los pies en la tierra–. Pero no
puedes estar siempre así, de país en país, con la v ida Erasmus
eternamente, huy endo de la realidad, siempre en busca de
nuev as experiencias y av enturas…
–¿Y por qué no?, ¿qué hay de malo? Tú misma dijiste que
el mejor año de tu v ida f ue cuando estuv iste de Erasmus en
Alemania, ¿no? Y si es el mejor año de tu v ida, ¿por qué
conf ormarte con tener uno sólo, por qué no alargar un poquito
más esa f orma de v ida?
–Bueno, si mal no recuerdo tú la llev as alargando durante
dos años y a, ¿no?
–Sí, y ha sido increíble, los dos mejores años de mi v ida, y
es precisamente eso lo que me hace preguntarme si acaso no
será esta la dirección que quiero tomar.
–Ya es un poquito tarde, creo y o. Este año has acabado la
carrera, ¿no?
–Siempre puedo empezar otra –bromeo a medias. Ella
resopla.
–¿Y así hasta cuando? ¿O crees que será igual de
div ertido ser un estudiante Erasmus en su quinta carrera con
cuarenta y cinco años? No sigas huy endo, Dav id. Creo que
podrías buscar un trabajo y crecer en la empresa. Quizás te
guste, no es tan malo, también tiene sus cosas buenas.
Simplemente, es otra etapa.
–No sé, no termino de encontrarle el sentido a eso de
trabajar un mínimo de ocho horas diarias, más una hora de ida y
otra de v uelta sumergido en el metro, más la hora para comer
macarrones en un táper… Un total de unas once horas al día
para apenas llegar a f in de mes, esperando a tener 22 días de
v acaciones al año. ¡Oh, grandiosas v acaciones, 22 días al año
de 365! ¡Gracias Dios! Pero bueno, algún día nos jubilaremos, y
si para entonces no nos ha matado ninguna enf ermedad o una
maceta en la cabeza, podremos tener más tiempo libre
disf rutando en el mejor de los casos de una penosa pensión.
Crearé una cuenta en el banco mañana mismo para gastos de
v iagra en el f uturo.
–Bueno, puede que alguna de esas personas que hoy
trabajan y se esf uerzan tanto, el día de mañana alcancen una
posición bastante cómoda económicamente que les permita
tener tanto tiempo libre como calidad de v ida antes de la
jubilación, y allí es donde estoy y o. Con el dinero suf iciente
para poder v iajar de otro modo más acorde a la edad que
v amos teniendo, comer algo que no sea espaguetis todos los
días… –dice ahora entre risas.
–Sí, no te digo que no, y de ser sincero estoy pensando
bastante en todo esto últimamente.
Tras mis palabras Saulé me mira expectante, sorprendida.
–En serio, hasta hace unos días pensaba en hacer la
mochila con dos camisetas y dar la v uelta al mundo,
coleccionando recuerdos y experiencias, de trabajo en trabajo,
aunque f uera de camarero. Creo que al f inal lo que cuenta son
las experiencias que has v iv ido, los momentos que te llev as
contigo, y creo que me sentiría más lleno siendo un camarero
que se ha recorrido medio mundo de chiringuito en chiringuito,
caf eterías y restaurantes, que un prestigioso ingeniero muerto
de asco en Madrid con un Mercedes esperándole en la puerta.
Pero por otra parte creo que le daré una oportunidad al mundo
real, quizás v alga la pena. Quizás después de trabajar duro un
par de años sea capaz de disf rutar más los sabores de la
libertad. Al f in y al cabo, para irme con una mochila siempre
estoy a tiempo. Y por otra parte, a v eces pienso que y a me he
colado en suf icientes f iestas, conciertos y discotecas. Quizás
y a v ay a siendo hora de que sea y o quien las organiza.
–¡Eso es, sí señor! Eso y a me v a gustando más. Ahora me
dejas más tranquila. Además, creo que sólo estás contemplando
los dos extremos, o ser un v agabundo con una mochila
recorriéndose el mundo con lo justo o ser un ingeniero amargado
en una of icina pref abricada en un edif icio de of icinas de Madrid.
Pero creo que estás pasando por alto una opción bastante
atractiv a, y es que siendo ingeniero inf ormático y hablando
inglés, puedes encontrar trabajo en cualquier parte del mundo.
Así podrías combinar tu pasión por v iajar con la de crecer
prof esionalmente. Y te puedo asegurar que llegará un día en
que te darás las gracias sin duda por haber cogido ese camino.
–Sí… puede que tengas razón… –le digo contento pero
dubitativ o a la v ez, como si realmente sólo hubiera contemplado
los dos extremos.
Y llega la cena, un par de rechonchos y contundentes
burritos, doraditos, con el queso f undido por encima y el
guacamole asomando por los dos extremos. Se me hace la
boca agua cada v ez que tengo uno de estos enf rente.
–Qué buena pinta, ¿no?
–Oh, sí, ñam –se limita a decir Saulé antes de diseccionar
el burrito con su bisturí. Yo cojo el mazacote con las manos y le
hinco el diente.
–Bueno, ¿estás preparado para unas v acaciones en
España? –me pregunta sonriendo. Yo sabía exactamente a qué
se ref ería e incluso cual sería su próxima pregunta.
–Sí, creo que me sentará bien desconectar de todo esto por
un tiempo, un buen baño en la play ita, v er a los amigos…
–¿Y has decidido y a sí v olv erás? –me pregunta,
mostrándome que había acertado en mi prev isión.
–Mmm… pues no, la v erdad es que todav ía no… Imagino
que lo tendré más claro cuando esté allí. Si la decisión
dependiera sólo de mí te puedo asegurar que mínimo mínimo
me quedaría aquí otro añito, a v er dónde me llev a todo esto del
curro en el centro de entrenamiento para pilotos y demás, pero
con la mierda que me está esperando en casa con lo del
div orcio de mis padres… creo que lo tendré un poquito más
dif ícil. Ya se v erá. De momento intento no machacarme mucho
con el tema. Donde esté me irá bien.
–Claro que sí, esa es la actitud –me anima Saulé.
Finalizada la cena, cogemos el bus que nos llev a
directamente a su casa, el número 43, como parte del plan de la
noche, v er una peli de relax. Preparamos un par de cócteles de
v odka rojo, resultado de nuestra cita anterior y v amos a su
habitación.
–Hola gatito, ¿qué tal? –le digo a su gato castrado,
Garf ield, tan tranquilo y en paz consigo mismo como si f uera de
escay ola.
–Miauuu –me saluda.
–Pobre gato, no te lo perdonará nunca.
–Anda y calla. Él está muy contento, ¿a que sí? –dice
cogiéndolo como a un cojín del sof á y restregándoselo por la
cara.
–Miauuu.
Nos sentamos en su cama y me enseña las f otos que me
prometió de sus v acaciones en Creta, unas semanas atrás, con
su hermana y una amiga. Al v er los paisajes paradisiacos no
puedo ev itar recordar mi v iaje a República Dominica, tres
v eranos atrás. Gracias a mi imaginación, no me resulta dif ícil
introducirme en algunas f otos y pasear con Saulé por aquellas
play as.
–Vay a bikini, ¿no? –le digo dándole un pellizquito,
poniéndome tontorrón y haciéndola ruborizar.
–Anda y calla. Mira, y este era nuestro hotel, y desde aquí
se v eían estas v istas…
Poco a poco las margaritas y las copas v an haciendo su
ef ecto y nos encontramos bajo un ambiente más prof undo y
cercano.
–Tus últimas horas en Lituania, Dav id. ¿Cómo se v iv en? –
me pregunta.
–Bueno, primeramente he agonizado un poco, pero después
me he relajado. Este año ha sido f abuloso, y en ningún
momento pensé que se f uera a dar así de bien. He hecho
muchísimas cosas, me ha pasado de todo, creo que hasta
podría escribir un libro.
–¡Ay, cuántos corazones habrás roto!
–Bueno, igual no son tantos. Igual me han roto el corazón
mas v eces ellas a mí –eso me encanta de Saulé, tengo total
conf ianza con ella. Ante todo somos amigos.
–¡Venga, dime cuántas! –ese es el momento que antes o
después acaba llegando con cualquier mujer, el momento en que
te pregunta con cuántas chicas has estado. Es inev itable lo
quieras o no, y uno no siempre consigue salir de una manera
airosa.
–No son tantas como tú crees –intento desv iar el tema,
esperando que no insista.
–¿Cinco? –empieza a preguntar.
–¿Cinco?, ¿tan mal seductor me crees?
–¿Diez? –v uelv e a preguntar entre risas. No contesto, pero
se me escapa una sonrisa.
–¿Quince? –sigue preguntando, algo escéptica. Esta v ez
resulta casi una exclamación, mientras se echa las manos a la
cabeza.
–Eso lo has dicho tú, no y o –le digo sonriendo–. Vamos a
v er… Ruta, Diana, Ausra, Isabella, Daiv a… –le digo mientras
cuento con los dedos de cachondeo–. Mira, lo que importa no es
con cuántas chicas he estado, sino con quién estoy
compartiendo mi última noche. Eso es lo importante, ¿no crees?
La expresión de su cara cambia y me mira con dulzura. He
acertado. Y he sido sincero.
–Bueno, ¿y qué me dices de ti?, ¿con cuántos chicos has
estado? –le pregunto intentando darle la v uelta a la tortilla,
aunque a menudo el sacar este tipo de tema con las mujeres
puede acabar siendo doloroso, por lo que es aconsejable ir
preparado con un buen ibuprof eno, porque lo cierto es que a las
chicas les encanta hablar de sexo siempre y cuando generes
ese clima de conf ianza picantón. Y entonces son todo tuy as.
–De mí es mejor no hablar, porque en cuanto a las chicas
se ref iere, si son más de dos o de tres y a no se debe hablar. Y
si son más de cinco y a ni te cuento –termina de decir entre
risas. Ya estamos inmersos completamente en un clima sexual.
Ahora tan sólo hay que dejarse llev ar.
–Pues hablemos de nacionalidades, tú empiezas –le digo
disf rutando del juego.
–Mmm… está bien. Veamos, Italia, Bulgaria, Alemania,
Lituania por supuesto… No sé, ahora dime tú.
–Vamos a v er, España, Bulgaria, México, Brasil, Santo
Tomé y Príncipe, que es una isla af ricana, al sur de las Islas
Canarias, Portugal, Lituania por supuesto…
–Para, para… –me interrumpe–, que no necesito v olv er a
mis clases de geograf ía. Dijiste que habías tenido nov ia aquí en
Lituania, ¿no? ¿Qué pasó?
–Pues… Sí, f ue una pena, la v erdad, porque lo cierto es
que nos iba genial. Pero un día me dijo que estaba empezando a
enamorarse más de mí de la cuenta y tenía miedo a pasarlo
mal cuando me v olv iera a España, pues tenía como ejemplo a
una amiga que había estado con un italiano y ahora lo estaba
pasando f atal… Y y a sabes –mientras le relato por encima
nuestra historia no puedo ev itar recordar los mejores momentos
con mi gran amada Ruta Dance. Puede que hay a sido la única
con la que realmente me v i compartiendo algo más que algunos
meses.
–Vay a, creo que no le resultará nada f ácil olv idarse de ti –
me dice intentando consolarme al v er mi cara.
–Ya… No creo que pueda.
–No… –me dice f renando en seco la conv ersación, como si
no pudiera creerlo, como si no pudiera ser cierto.
–Sí…
–¿Fuiste el primer hombre de su v ida? –mi mirada y cara
de idiota hablan por mí.
–Esa chica me encantaba de v eras. Fue una pena…
Quiero cambiar de tema como sea, me está v enciendo de
nuev o la melancolía y no puedo permitirlo. Lo último que quiero
es dar pena, que ella me consuele. Debo encaminar la
conv ersación hacia aguas que me puedan llev ar a mejor puerto.
–Lo que me resulta más extraño es que la chica que más
se ha enamorado de mí este año hay a sido una stripper. Manda
huev os. ¿Puedes creerlo?
–¿Cómo? ¿Estuv iste con una stripper?
–Un tiempo, sí –pref iero no decirle que en realidad he
estado con dos. Con una es suf iciente para crear el concepto.
Tampoco necesita saber que la otra me la jugó en el baño con
un dj negro–. Yo sabía que no podía tomármelo demasiado en
serio, pero ella… Lo cierto es que con ella era increíble, una
auténtica locura. Y mira que puede parecer un tópico, pero te
aseguro que con ella… Recuerdo que algunas v eces me
despertaba a la mañana siguiente rodeado de hasta seis
condones por el suelo.
–¿Seis condones?, debe ser una broma. ¿Pero por qué no
te habré conocido antes? –me dice mirándome intensamente,
casi desnudándome, con una mezcla de broma y seriedad al
mismo tiempo.
Le correspondo con la mirada. Debemos de estar pensando
lo mismo. Nos conocemos desde hace más de cuatro meses,
hemos compartido conv ersaciones y momentos especiales, la
tensión sexual siempre ha estado ahí presente,
electrocutándonos, y sin embargo todav ía no hemos disf rutado
del placer de v olar juntos cogidos de la mano. Ni una sola v ez.
Nuestras miradas se congelan en el tiempo… para ser
derretidas por el calor de un primer beso que lo incendia todo. Y
empezamos a dejarnos llev ar, sumergidos en una ola de pasión
que nos arrastra a la orilla de un paraíso lejano, una pasión que
nos desborda y azota salv ajemente. Es el principio del f in.
Literalmente.
Conseguimos ponernos en pie y la empujo contra la pared
mientras nos quitamos la ropa, el uno al otro, como si estuv iera
env uelta en llamas. Realmente así es. Ha despertado a la f iera
que llev o dentro y ahora no hay marcha atrás.
–No es muy sexy mi ropa interior de esta noche –me dice
con cara de niña buena, como si me estuv iera diciendo que no
ha hecho los deberes. Como si me importara.
–Yo diría todo lo contrario. Además, lo importante no es el
papel de regalo, sino lo que en su interior se esconde –mi
respuesta parece gustarle.
–Miauuu…
“Vay a con el puto gato, cualquiera diría que se está
poniendo cachondo a pesar de estar castrado y todo”
–Quiero un último masaje –me susurra al odio, con tal
sensualidad que me hace estremecer.
Pongo algo de música del gran Paco de Lucía. Nada mejor
que la melodía de la guitarra española del gran maestro para
esta dulce v elada. La tumbo lev emente sobre la cama y dedico
unos segundos a observ arla desde arriba… a admirarla. Es en
estos momentos cuando uno se alegra de estar v iv o, y de ser
jov en.
“¡La v ida puede ser marav illosa! No puedo creer que esté
aquí”
Me pide que no use ninguna crema ni gel, pref iere sentir
directamente la f uerza de mis manos.
–Cierra los ojos. Imagina que estás en la play a… Solos tú
y y o –le digo.
Voy alternando mov imientos suav es y caricias con la
presión de mis dedos, deteniéndome y recorriendo cada
milímetro de su piel, paseándome por sus hombros, su
espalda… hasta escuchar los primeros gemidos. Esto es
música para mis oídos, unos acordes a los que por más que me
he ido acostumbrando este año no dejan de parecerme
deliciosos.
Desciendo suav emente por su cuerpo, recorriéndolo todo,
hasta terminar en sus pies, donde no puedo ev itar detenerme.
Unas uñas rojo pasión hacen juego con la noche que tenemos
entre manos.
Lentamente deslizo mi pecho sobre su espalda para
ascender hasta su cuello, donde pierdo algunos besos por el
camino. Recogerle el pelo, soplarle en la nuca… Esto es
demasiado. No he llegado al f inal del masaje cuando se da la
v uelta, mostrándome sus incandescentes pechos. Nos miramos
unos segundos a los ojos y v olv emos a f undirnos en un beso
húmedo.
Apoy o mi espalda sobre la cama y la coloco sobre mí,
dejando su espalda sobre mi pecho para continuar con el
masaje, ahora en zonas más delicadas.
La habitación está en llamas. Me despoja de mi ropa
interior, así que sigo sus mismos pasos, y no puedo sino
mostrarle mis dientes y abalanzarme sobre la gacela, dejándola
completamente inmóv il.
Sus piernas aprietan mi cuello hasta casi dejarme sin
respiración, y entonces, una ola de calor se propaga desde su
interior a todo mi ser. Jamás podré olv idar su cara en este
preciso instante: sus marav illosos ojos celestes completamente
abiertos se clav aban en los míos, un aire cálido desciende de
su boca de la mano de una respiración acelerada, y su mirada
muestra una mezcla de placer, sorpresa y pánico.
Cierro los ojos por un segundo y v uelv o a esa nuestra
primera noche, donde la prov idencia quiso que nos cruzáramos
en el pasillo del Prospekto.
–Lo siento pero, no te puedo dejar marchar –le dije
cortándole el paso.
–¿Y por qué no?
–Porque es la primera v ez que estoy en un pub desde el
que puedo v er el mar.
Aquello había sido una bomba de relojería, y ahora
estábamos v iv iendo el momento de la explosión. Ahora tengo
una importante misión. Casi por casualidad me he v isto
env uelto en el papel de seductor. Ella me llama Casanov a y da
por hecho que este año he seducido a muchas mujeres, así que
espera un gran potencial v iril. No puedo decepcionarla… La miro
a los ojos, se me escapa una sonrisa, me bajo la v isera del
casco, aprieto los puños, suelto el embrague y meto primera.
“Ruuuum, ruuuum…”
Y como si no f uera a haber un mañana, empiezo a culear
casi con saña, hacia adentro y hacia f uera, una y otra v ez,
como si quisiera cobrarme en este polv o todos los que me debe
de estos meses atrás. Mordiéndole en el cuello y la oreja
observ o su cara de placer y sus ojos en éxtasis, su cuerpo
totalmente maleable, ondeando como una bandera al v iento ante
mis salv ajes sacudidas. La sujeto por los hombros y la atraigo
hacia mí con f uerza en cada empuje, poseído y totalmente
embriagado por un v eneno que se desliza ardiendo por mis
v enas deseando salir y mancharlo todo de color amor, mientras
ella pone la banda sonora de la película con sus gemidos, casi
pidiendo auxilio.
Hasta que y a no aguanto más y me dejo v encer por el
placer.
–¡Wow! ¡Oh my god! –suspira golpeando el colchón–. Ha
sido, ha sido… increíble –dice arrastrando las palabras–. Nunca
hubiera imaginado que tenías tanta, tanta pasión, energía,
f uror… Mmm… My Spanish lov er.
–Prometí que te enseñaría a v olar –le digo sonriendo, con
mis ojos clav ados en el techo, mientras se calma mi
respiración, exhausto y empapado en sudor. La v erdad es que
no me lo creo ni y o. Ya tú sabes, no siempre sale uno de la
plaza con las dos orejas y el rabo. Sobre todo con esto último.
Uno sabe que ha hecho las cosas bien cuando al terminar
ella reposa su cabeza sobre tu pecho. Sí, no ha estado nada
mal. Y entre mis piernas todav ía palmita, con algo de v ida, la
anaconda, como respirando. Podría tomarle hasta el pulso al
bicho. Sé que todav ía podría hacerla más f eliz. Pero no quiero
f orzar la situación, me ha encantado hacer el amor con ella,
cosa que nunca habría imaginado que ocurriría dado el
av anzado estado de nuestra amistad, así que no busco el
segundo polv o de rigor.
–¿Sabes? Eres la chica más interesante que he conocido
este año –comienzo a decirle mientras le acaricio el cabello,
tumbados de lado sobre la cama, mirándonos el uno al otro.
–No necesitas decir nada… –me dice sonriendo.
–No, en serio. No estoy siguiendo el protocolo de “me ha
gustado, te llamaré”. Estoy a las puertas del av ión de v uelta a
España, no necesito hacerlo, lo sé. Pero no hace f alta que te
diga que para mí has signif icado mucho más que todas esas
av enturillas nocturnas, ese “amor enlatado”. De hecho no ha
habido “amor enlatado” contigo hasta esta noche –le digo entre
risas. –Sí, la v erdad es que es una pena que hay amos tenido que
conocernos en esta situación, ahora que los dos llev amos v idas
tan distintas. Es una pena que me hay as conocido este año,
cuando estoy tan ocupada y centrada en mis proy ectos, ahora
que soy una chica tan aburrida.
–No eres aburrida en absoluto, sólo un poquito…
responsable de más –le digo bromeando.
–Sí, sí, lo sé. Y eso precisamente me hizo pensar y decidir
que no sería justo querer robarte el tan apreciado tiempo de tu
Erasmus.
–Pues ojalá lo hubieras hecho, ojalá hubieras sido más
egoísta y robado todo mi tiempo. ¡Volv amos a hacerlo,
recuperemos el tiempo perdido! –termino diciéndole mientras me
posiciono sobre ella de nuev o, de cachondeo, con el machete
todav ía pidiendo guerra–. No, creo que deberíamos dormir un
rato, mañana tienes que madrugar –le

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