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Libro PDF Paris es siempre una buena idea – Nicolas Barreau

Paris es siempre una buena idea - Nicolas Barreau

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Rosalie adoraba el color azul. Había
sido así desde que podía pensar. Y de
eso hacía ya veintiocho años.
Aquel día, como hacía cada
mañana cuando a las once abría su
pequeña tienda de postales, levantó la
mirada confiando en descubrir un
pedacito azul en el cielo gris de París.
Lo encontró y sonrió.
Uno de los primeros y más bonitos
recuerdos que Rosalie Laurent tenía de
su infancia era un cielo de agosto
increíblemente azul sobre un mar color
turquesa bañado de luz que parecía
extenderse hasta el fin del mundo.
Entonces ella tenía siete años y sus
padres habían abandonado el caluroso
París, con sus casas y sus calles
empedradas, para dirigirse junto con su
hija pequeña a la Costa Azul. Ese mismo
año, cuando, tras ese luminoso verano
en Les Issambres que no parecía querer
tener fin, regresaron de nuevo a casa, la
tía Paulette le regaló una caja de
acuarelas. También de eso se acordaba
perfectamente Rosalie. «¿Acuarelas?
¿No es un poquito exagerado, Paulette?
—había preguntado Cathérine, y su
delicada voz aguda había adquirido un
evidente tono de reproche—. ¿Una caja
de pinturas tan cara para una niña tan
pequeña? No puede hacer nada con ella.
Mejor la guardamos durante un tiempo,
¿no te parece, Rosalie?» Pero a Rosalie
no le parecía bien renunciar al valioso
regalo de su tía. Se puso hecha una fiera
y abrazó la caja de pinturas como si
estuviera defendiendo su propia vida. Al
final, su madre suspiró nerviosa y
permitió que la caprichosa niña de las
largas trenzas castañas se saliera con la
suya.
Aquella tarde Rosalie pasó varias
horas pintando con total dedicación,
pincel y acuarelas en mano, hoja tras
hoja, hasta que el cuaderno de pintura
estuvo lleno y los tres botecitos de color
azul que incluía la caja casi vacíos.
Tanto si se debía a esa primera
mirada sobre el mar que se había
grabado en la retina de la pequeña niña
como una metáfora de la felicidad, o a
su temprana y marcada voluntad de
hacer las cosas de forma diferente de los
demás, el caso era que el color azul
fascinaba a Rosalie más que ningún otro.
Descubrió con asombro toda la paleta
de ese color, y su curiosidad infantil
resultaba difícil de contener. «Y ¿cómo
se llama éste?», preguntaba una y otra
vez tirándole de la manga de la chaqueta
(naturalmente, azul) a su padre, una
persona muy bondadosa y paciente, y
señalando con el dedo todo lo azul que
encontraba. Se pasaba horas delante del
espejo pensativa, con la frente arrugada,
estudiando el color de sus ojos, que a
simple vista parecían marrones, pero
que cuando se observaban durante más
tiempo y con detenimiento se apreciaba
que eran de un profundo azul oscuro.
Eso era, al menos, lo que le decía
Émile, su padre, y Rosalie asentía con
alivio. Ya antes de saber leer y escribir
correctamente, conocía los más diversos
tonos de azul por su nombre. Desde el
más claro, el delicado azul seda, el azul
celeste, el azul grisáceo, el azul hielo, el
azul plomizo o el cristalino azul
aguamarina que hacía volar el espíritu,
hasta el contundente, enérgico y brillante
azur que casi dejaba sin aliento. Luego
estaban el indomable azul ultramar, el
más alegre azul aciano o el frío azul
cobalto, el grisáceo azul petróleo, que
encerraba dentro de sí los colores del
mar, o el misterioso azul índigo, que
casi rozaba el violeta, hasta un profundo
azul zafiro, el azul medianoche o el casi
negro azul noche, en el que el azul por
fin desaparecía… Para Rosalie no
existía ningún otro color tan rico, tan
maravilloso y diverso como aquél.
Aunque entonces jamás habría
imaginado que algún día sería
protagonista de una historia en la que un
tigre azul iba a desempeñar un
importante papel. Y aún menos podría
haber adivinado que esa historia (y el
secreto que escondía) transformaría su
vida por completo.
¿Casualidad? ¿Destino? Se dice
que la infancia es el suelo por el que
avanzamos toda nuestra vida.
Más tarde Rosalie se preguntaría, a
menudo, si no habría sido todo de otra
manera si a ella no la hubiera fascinado
tanto el color azul. Casi se estremecía al
pensar con qué facilidad podría haber
dejado pasar el momento más feliz de su
existencia. A veces la vida es
complicada e imprevisible pero, al
final, sorprendentemente, todo tiene un
sentido.
Cuando a los dieciocho años
Rosalie anunció —su padre había
muerto unos meses antes tras una larga
pulmonía— que quería estudiar arte
para ser pintora, del susto a su madre
estuvo a punto de caérsele de las manos
la quiche Lorraine que en ese momento
llevaba hasta el comedor. «¡Santo cielo,
hija, por favor, haz algo sensato!»,
exclamó maldiciendo para sus adentros
a su hermana Paulette, que, como era
evidente, era quien le había metido a la
niña esas ideas en la cabeza.
Como es natural, jamás lo habría
dicho en voz alta. Cathérine Laurent, que
de nacimiento era una De Vallois (de lo
que se sentía bastante orgullosa), era una
dama de pies a cabeza. Por desgracia, la
fortuna de la vieja familia nobiliaria se
había reducido mucho en los últimos
siglos, y la boda de Cathérine con el
inteligente y adorable pero poco
competitivo físico Émile Laurent, que
acabó aterrizando en un instituto
científico en vez de celebrar los
esperados éxitos económicos, no mejoró
mucho las cosas. Al final ya no quedaba
dinero ni para disponer de un buen
servicio…, a excepción de la asistenta
filipina que apenas sabía francés y que
acudía dos veces a la semana para
limpiar y quitar el polvo a la vieja
mansión parisina de altos techos
decorados con estuco y suelos de
parquet en espiga. A pesar de todo,
Cathérine no tenía ninguna duda de que
uno tenía que mantener sus principios.
Cuando ya no quedaban principios, todo
se iba a pique, opinaba.
Una de sus frases favoritas era
«¡Una De Vallois no hace algo así!» y,
naturalmente, eso fue lo que le dijo
aquella tarde a su única hija, que por
desgracia parecía querer seguir un
camino muy diferente del que su madre
tenía previsto para ella.
Suspirando, Cathérine dejó la
fuente de porcelana blanca con la
apetitosa quiche sobre la gran mesa
ovalada, preparada sólo para dos, y
pensó una vez más que no conocía a
nadie a quien le pegara tan poco el
nombre de Rosalie.
Años atrás, durante el embarazo,
había tenido ante sus ojos a una niña
delicada, rubia como ella, discreta,
tierna y, de algún modo…, encantadora.
En cualquier caso, Rosalie no era nada
de eso. Estaba claro que era inteligente,
pero también muy obstinada. Tenía su
propia cabeza y a veces podía guardar
silencio durante horas, lo que no dejaba
de sorprender a su madre. Cuando
Rosalie se reía, se reía demasiado
fuerte. Eso era poco elegante, incluso
aunque hubiera quien asegurara que
Rosalie tenía algo refrescante.
«Déjala, tiene un buen corazón»,
decía Émile cada vez que le daba un
capricho a su hija. Como cuando, siendo
una niña, arrastró en plena noche el
colchón nuevo, con la carísima ropa de
cama, hasta el balcón mojado para
dormir al aire libre. ¡Porque quería ver
cómo giraba la Tierra! O cuando le
preparó a su padre por su cumpleaños
aquel horrible pastel azul con tanto
colorante alimentario que parecía que
uno iba a intoxicarse al primer
mordisco. ¡Sólo porque tenía esa manía
por el azul! Aquello era una
exageración, había opinado Cathérine,
pero a Émile, naturalmente, le pareció
genial y aseguró que era el mejor pastel
que había probado en su vida. «¡Tenéis
que probarlo todos!», exclamó, y
repartió la masa azul en los platos de los
invitados. ¡Ay, el bueno de Émile! No
podía negarle nada a su niña.
¡Y ahora esa nueva idea!
Cathérine frunció el

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