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Libro PDF Pasaje Al Paraíso – Michael Connelly

Pasaje Al Paraíso - Michael Connelly

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música mientras conducía por
Mulholland Drive en dirección al paso
de Cahuenga. La melodía le llegaba en
forma de secuencias errantes de trompa
y fragmentos de cuerda que resonaban
entre las colinas pardas, secas por el sol
del verano, y se confundían con el ruido
del tráfico procedente de la autopista de
Hollywood. Bosch no acababa de
reconocer la música; sólo sabía que
avanzaba hacia su punto de origen.
Harry aminoró al avistar los
vehículos -dos sedanes de la brigada de
detectives y un coche patrulla- en una
pequeña desviación con el firme de
grava. Tras aparcar detrás de ellos,
salió de su Caprice y miró a su
alrededor. Un solitario agente de
uniforme montaba guardia apoyado
contra el guardabarros del coche
patrulla, a cuyo retrovisor lateral se
había atado la clásica cinta amarilla
para marcar la escena del crimen, que en
Los Ángeles se emplea por kilómetros.
La cinta atravesaba la carretera y
colgaba de un cartel blanco, en el que
las pintadas hacían casi ilegibles las
siguientes palabras:
CUERPO DE
BOMBEROS DE LOS
ÁNGELES
PISTA FORESTAL
PROHIBIDO EL PASO –
PROHIBIDO FUMAR
El policía de uniforme -un hombre
corpulento con la piel quemada por el
sol y pelo rubio cortado al cepillo- se
irguió cuando Bosch se dirigió hacia él.
Aparte de su tamaño, lo primero que a
Harry le llamó la atención fue la porra.
La llevaba colgada de la anilla del
cinturón y estaba tan gastada que los
rasguños sobre la pintura acrílica negra
dejaban a la vista el aluminio de debajo.
Normalmente los que peleaban en la
jungla lucían con orgullo sus armas
cubiertas de heridas de guerra, en señal
de clara advertencia. Aquel poli, que
según rezaba su placa se llamaba
Powers, sin duda era de los que
disfrutaban repartiendo leña.
El agente Powers miraba a Bosch
con arrogancia, sin quitarse sus Ray-Ban
a pesar de que el sol ya se estaba
poniendo y un cielo de nubes
anaranjadas se reflejaba en los cristales
espejados. Era uno de esos atardeceres
cuyo resplandor recordaba a Bosch el
de los incendios provocados años atrás
durante los famosos disturbios de Los
Ángeles.
–Vaya, vaya, Harry Bosch -exclamó
Powers sorprendido-. ¿Cuándo has
vuelto?
Bosch lo miró un momento antes de
contestar. No conocía a Powers, pero
eso no importaba. Toda la División de
Hollywood debía de estar enterada de
su historia.
–Ahora mismo -respondió.
Bosch no le dio la mano. Nadie se
daba la mano en la escena de un crimen.
–Es tu primer caso desde que has
vuelto a Homicidios, ¿no?
Bosch sacó un cigarrillo y lo
encendió, sin preocuparle que se tratara
de una clara infracción del reglamento.
–Más o menos. – Bosch cambió
rápidamente de tema-. ¿Quién ha
llegado?
–Edgar y la nueva del Pacífico, su
hermana de sangre.
–Rider.
–Como se llame.
Bosch no dijo nada más al respecto,
consciente del desprecio en la voz del
policía. Poco importaba que Kizmin
Rider tuviera talento o fuera una
investigadora de primera; por mucho
que Bosch insistiera, Powers no
cambiaría de opinión. Para el agente
sólo existía una razón por la cual él
seguía de uniforme en vez de lucir la
placa dorada de detective: era un
hombre blanco en una época en que se
favorecía a mujeres y miembros de
minorías étnicas. A juicio de Bosch, era
mejor no hurgar en ese tipo de heridas.
Al parecer Powers interpretó el
silencio de Harry como signo de
desacuerdo, porque en seguida cambió
de tema.
–Bueno, me han dicho que deje
pasar al forense y al de Huellas cuando
lleguen, así que ya deben de haber
acabado el registro. Si quieres puedes
entrar con el coche.
Bosch se dirigió a la calzada, arrojó
al suelo el cigarrillo a medio fumar y lo
aplastó firmemente con el zapato. No
quería causar un incendio forestal el día
de su retorno a Homicidios.
–Iré andando -replicó-. ¿Y la
teniente Billets?
–Aún no ha llegado.
Bosch regresó al coche y metió la
mano por la ventanilla para recoger su
maletín. Después volvió hasta donde
estaba Powers. – ¿Lo encontraste tú?
–Sí, señor -contestó Powers con
orgullo. – ¿Cómo lo abriste?
–Llevo una palanqueta en el coche.
Primero abrí la puerta y luego forcé el
maletero. – ¿Por qué?
–Por el olor. Era evidente. – ¿Lo
hiciste con guantes?
–No, no tenía. – ¿Qué tocaste?
Powers tuvo que pensar un momento.
–El tirador de la puerta y el del
maletero, nada más. – ¿Te han tomado
declaración Edgar o Rider? ¿O has
escrito algo tú?
–De momento no.
–Mira, Powers. Ya sé que estás muy
orgulloso, pero la próxima vez no lo
hagas, ¿de acuerdo?
Todos queremos ser detectives, pero
no todos lo somos. Así es como se joden
las escenas del crimen y tú lo sabes.
El policía enrojeció y apretó la
mandíbula.
–Mira, Bosch -respondió el agente-.
Lo único que sé es que si os hubiera
dicho que había un vehículo sospechoso
con pestazo a fiambre, habríais pensado:
«¿Qué coño sabrá Powers?», y vuestra
maldita escena se habría podrido al sol.
–No te lo niego, pero al menos
habríamos tenido la opción de cagarla.
Ahora, en cambio, ya está jodida.
Powers permaneció rabioso, pero en
silencio. Bosch esperó un segundo, listo
para continuar la discusión, pero al final
lo dejó. – ¿Me dejas pasar?
Powers se dirigió a la cinta
amarilla. El policía tendría unos treinta
y cinco años y Bosch observó que
caminaba con los andares arrogantes de
un veterano de la calle. Era una manera
de caminar que en Los Ángeles, al igual
que en Vietnam, se contagiaba en
seguida.
Finalmente Powers levantó la cinta y
Bosch pasó por debajo.
–No te pierdas -comentó el
patrullero.
–Muy gracioso, Powers. Te has
quedado conmigo.
A ambos lados de la estrecha pista
forestal, la maleza llegaba hasta la
cintura. En la calzada de grava había
desperdicios y cristales rotos: la
respuesta de los intrusos a la
advertencia de la verja.
Bosch dedujo que aquél sería uno de
los lugares nocturnos favoritos de los
adolescentes de la ciudad que yacía a
sus pies.
A medida que avanzaba la música se
oía cada vez más fuerte, pero Bosch
seguía sin reconocerla.
Cuando llevaba recorridos unos
cuatrocientos metros, llegó a un claro
que supuso que serviría de base a los
bomberos por si se declaraba un
incendio en la maleza de las colinas
circundantes. En cambio, ese día se
había convertido en el escenario de un
asesinato. Al fondo del claro Bosch
divisó un Rolls-Royce Silver Cloud y,
junto a él, a sus compañeros: Rider y
Edgar. Rider bosquejaba la escena del
crimen en una libreta, mientras Edgar
tomaba medidas y las recitaba en voz
alta. Al percatarse de la presencia de
Bosch, Edgar lo saludó con una mano
enguantada y dejó que la cinta métrica se
enroscara automáticamente.
–Harry, ¿dónde estabas?
–Pintando -respondió Bosch,
acercándose a Edgar-. He tenido que
limpiarme, cambiarme y guardar las
cosas.
Bosch se aproximó al borde del
claro y contempló el panorama que se
extendía a sus pies. Se encontraban en lo
alto de un risco detrás del Hollywood
Bowl, el célebre auditorio al aire libre.
A la izquierda, a no más de
cuatrocientos metros, se hallaba la
construcción en forma de concha de
donde procedía la música. Aquella tarde
se celebraba la gala anual del Día del
Trabajo, con la Filarmónica de Los
Ángeles. Desde donde estaba, Bosch
veía a dieciocho mil personas sentadas
al otro lado del cañón, disfrutando de
uno de los últimos domingos del verano.
Joder -exclamó al comprender el
problema.
Edgar y Rider se acercaron. – ¿Qué
tenemos? – preguntó Bosch.
–Un hombre de raza blanca -contestó
Rider-. Sabemos que son heridas de
bala y poco más.
Hemos mantenido el maletero
cerrado, pero ya hemos avisado a todo
el mundo.
Bosch se encaminó hacia el Rolls,
sorteando las cenizas de una vieja
hoguera en el centro del calvero. Los
otros dos lo siguieron. – ¿Puedo? –
preguntó Bosch al acercarse al coche.
–Sí, ya hemos registrado el exterior
-le respondió Edgar-. Aunque no había
gran cosa. Aparte de un poco de sangre
debajo del coche, nada. Hacía tiempo
que no veía una escena tan limpia.
Jerry Edgar, al que habían llamado a
casa como al resto del equipo, llevaba
tejanos y una camiseta blanca. En el
pecho izquierdo lucía el dibujo de una
placa con la palabra HOMICIDIOS y las
siglas del Departamento de Policía de
Los Ángeles. Cuando adelantó a Bosch,
Harry leyó en la espalda:
«Nuestro día empieza cuando el
suyo acaba». La camiseta contrastaba
con la piel oscura de Edgar y resaltaba
su torso musculoso y la agilidad de sus
movimientos. A pesar de que Bosch
había trabajado con él en numerosas
ocasiones durante los últimos seis años,
nunca se habían relacionado demasiado
fuera del trabajo y hasta ese momento no
se había dado cuenta de que Edgar era
un auténtico atleta que debía de
frecuentar el gimnasio.
Era raro que Edgar no llevase uno
de sus elegantes trajes de rayas, pero
Bosch creía conocer la razón.
Seguramente se había puesto atuendo
informal porque éste le impedía realizar
la tarea más odiada: la notificación de
los hechos al familiar más cercano.
Al acercarse al Rolls todos
aminoraron el paso, como si lo que
contenía pudiera resultar contagioso. El
coche estaba aparcado de cara al norte,
con la parte trasera a la vista de los
espectadores situados en los niveles
superiores del Bowl. Bosch volvió a
considerar la situación. – ¿Vais a sacar a
este tío con toda esa gente pija mirando?
– preguntó-. ¿Cómo creéis que quedará
en las noticias de la noche?
–Bueno -contestó Edgar-, la idea era
dejarte la decisión a ti. Ahora que eres
el tres…
Edgar sonrió y le guiñó el ojo.
–Sí, claro -contestó Bosch con
sarcasmo-. Soy el tres.
Bosch todavía se estaba
acostumbrando a la idea de estar al
mando del equipo. Hacía más de
dieciocho meses que no investigaba un
homicidio, y mucho más que no dirigía
un equipo de tres detectives. Cuando
regresó al trabajo en enero, después de
su baja involuntaria lo asignaron a
Robos en la División de Hollywood. La
jefa de la brigada de detectives, la
teniente Grace Billets, le explicó que
aquel puesto era una forma de facilitarle
el retorno gradual al trabajo de
detective, aunque Bosch sabía
perfectamente que era mentira y que se
trataba de una imposición desde arriba.
A pesar de ello no se quejó, porque
sabía que tarde o temprano vendrían a
buscarlo.
Efectivamente, al cabo de ocho
meses de llevar papeleo y practicar
algún que otro arresto en la sección de
Robos, Bosch fue llamado al despacho
de Billets, donde ésta le comunicó que
iba a introducir algunos cambios. El
porcentaje de casos de homicidio
resueltos en la división había caído a su
cota más baja; menos de la mitad.
Billets, que había asumido el mando de
la brigada hacía más de un año, admitió
avergonzada que el descenso más
pronunciado se había producido bajo
sus órdenes. Bosch podría haberle dicho
que aquella disminución se debía, al
menos en parte, a que ella no practicaba
la misma política de manipulación de
datos que su predecesor, Harvey
Pounds, que siempre hallaba el modo de
hinchar el número de casos resueltos.
Sin embargo, Bosch se calló y escuchó
atentamente mientras Billets le exponía
su estrategia.
La primera parte del plan consistía
en trasladar a Bosch a Homicidios a
principios de septiembre.
Un detective de Homicidios llamado
Selby, que apenas resolvía casos,
pasaría a ocupar el puesto de Bosch en
la mesa de Robos. Billets también
pensaba reclutar a una joven e
inteligente detective con la que ya había
trabajado en la División del Pacífico,
una tal Kizmin Rider. Asimismo, y ésta
era la parte más audaz del plan, Billets
iba a cambiar el agrupamiento
tradicional en parejas. En su lugar, los
nueve detectives de homicidios
asignados a Hollywood pasarían a
trabajar en equipos de tres.
Cada uno de los equipos tendría al
mando un detective de tercer grado.
Bosch había sido puesto al frente de uno
de los grupos.
El cambio tenía sentido, al menos
sobre el papel. La inmensa mayoría de
casos de homicidio que no se resuelven
en las cuarenta y ocho horas que siguen
al descubrimiento del cadáver acaban
archivados. Billets quería solucionar
más casos, así que decidió poner más
hombres en cada uno. Lo que ya no hacía
tanta gracia a los nueve detectives era
que, con el nuevo sistema, a cada
policía le tocaba investigar uno de cada
tres homicidios (en lugar de uno de cada
cuatro). Eso les suponía más trabajo,
más tiempo perdido en juicios, jornadas
más largas y más estrés. Lo único que
consideraban positivo eran las horas
extraordinarias remuneradas. No
obstante, Billets era una mujer dura y las
quejas de sus subordinados, no le
afectaron demasiado, por lo que pronto
se ganó un mote apropiado. – ¿Alguien
ha hablado con Billets? – preguntó
Bosch.
–Yo -contestó Rider-. Estaba en
Santa Bárbara de fin de semana. Por
suerte había dejado el número de
teléfono en su despacho. Viene hacia
aquí, pero todavía está a hora y media
de camino.
Me ha dicho que dejaría a su
maridito en casa y se iría directamente a
la comisaría.
Bosch asintió e inmediatamente se
dirigió a la parte trasera del Rolls,
donde en seguida notó un olor débil pero
inconfundible, distinto a cualquier otro.
Harry hizo otro gesto de aprobación,
depositó su maletín en el suelo y lo
abrió para sacar un par de guantes de
goma del paquete de cartón. Después
cerró el maletín y lo apartó un poco.
–Muy bien, echemos un vistazo –
anunció mientras se ponía los guantes,
aunque detestaba llevarlos-.
Mantengámonos juntos. No hay que dar a
la gente del Bowl más espectáculo por
el mismo precio.
–Es bastante desagradable -le
advirtió Edgar.
Los tres detectives se colocaron
detrás del Rolls para tapar la vista al
público del concierto. No obstante,
Bosch sabía que cualquier persona con
unos prismáticos decentes adivinaría lo
que estaba ocurriendo. Al fin y al cabo
estaban en Los Ángeles.
Antes de abrir el maletero, Bosch se
fijó en que la matrícula del coche estaba
personalizada con las letras TNA. Edgar
le contestó antes de que llegase a
formular la pregunta.
–TNA Productions, en Melrose
Avenue. – ¿En qué parte de Melrose?
Edgar sacó una libreta del bolsillo y
comenzó a hojearla. A Harry le sonaba
la dirección, pero no acababa de situarla
con exactitud. Lo único que sabía era
que estaba cerca de la Paramount, que
ocupaba toda la sección norte de la
manzana a la altura del cinco mil
quinientos. El enorme estudio
cinematográfico se hallaba rodeado de
productoras más pequeñas y estudios de
rodaje de poca monta. Éstos eran como
pececillos que nadan alrededor de la
boca de un gran tiburón con la esperanza
de alimentarse de las sobras.
–Vamos allá.
Bosch volvió su atención al
maletero. La puerta no estaba cerrada
del todo y Harry la levantó suavemente
con un dedo enguantado. De inmediato
el aliento fétido y nauseabundo de la
muerte los abofeteó a todos. Bosch
deseó tener un cigarrillo en la boca,
pero sabía que era imposible. Los
abogados defensores podían hacer
maravillas con la ceniza dejada por un
policía en la escena del crimen; con
mucho menos construían una buena
defensa basándose en la noción jurídica
de duda razonable.
Atento a no rozar el parachoques
trasero con los pantalones, Bosch
introdujo la cabeza en el maletero.
Dentro descubrió el cuerpo sin vida de
un hombre. Tenía la piel de un blanco
grisáceo y vestía ropa cara: unos
pantalones de lino con vueltas y
perfectamente planchados, una camisa
azul celeste con un estampado de flores
y una cazadora de cuero. No llevaba
zapatos ni calcetines.
El cadáver yacía sobre el costado
derecho en posición fetal, excepto las
manos, que estaban a la espalda en lugar
de cruzadas sobre el pecho. Bosch
dedujo que la víctima había sido
maniatada y luego le habían retirado las
ligaduras, seguramente después de
muerto. Al acercarse, Harry distinguió
una ligera abrasión en la muñeca
izquierda, tal vez producto del forcejeo
desesperado del hombre para desatarse.
También observó que tenía los ojos
firmemente cerrados y en los rabillos se
había secado una sustancia blancuzca,
casi translúcida.
–Kiz, quiero que tomes notas

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